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Gays, Incestos en Familia

Mi historia Parte 2: Soy la novia de mi hermano

Continúan los encuentros con mi hermano, mientras prueba cosas nuevas conmigo..

Yahir 2: Soy la novia de mi hermano­

Aún nos quedaban dos días más solos con mis abuelos. Eduardo aprovechó cada momento a solas para que yo lo desleche. Ninguno podía estar sin el otro. No era solo mi hermano disfrutando de una buena corrida, era yo, disfrutando lo que hacíamos a escondidas.

La mañana siguiente a nuestra travesura viendo porno en la tele, ni hermano me levantó con besos en la boca. Seguíamos desnudos, así que rápidamente se le paró. La tenía dura, nuevamente caliente y la frotaba en mi cuerpo moreno, igualmente desnudo para él. Nos apestaba la boca, pero no nos importó.

No sabía porqué, pero cuando frotaba su verga con la mía, había una descarga que me hacía sentir lleno de placer a mis cortos siete años.

Estaba enamorado de Eduardo, por haberme llenado de besos y cariños. Mi mente infantil veía en la tele que los novios se besaban y abrazaban, por eso creí que yo era el novio de mi hermano.

No pudimos hacer nada más, porque mi abuelita nos gritó desde abajo para ir a desayunar. Rápido nos vestimos y bajamos.

Nuestras interacciones en público eran distintas. Nos veíamos fijamente con sonrisas, compartiendo una complicidad que se sentía extasiada por lo prohibido.

En la tarde, llegó Issac, el mejor amigo de mi hermano. Estaban en el cuarto de mis papás y yo en el mío. Solo estábamos con mi abuela, porque mi abuelo estaba en el trabajo.

Mientras jugaba con mis juguetes, escuché a mi hermano hablarme. Llegué con ellos y Eduardo se levantó a vigilar las escaleras y cerrar la puerta.

Issac tenía un celular en su mano, sonreía mientras no dejaba que vea la pantalla.

— Muéstrale el video. —dijo mi hermano sentándose en la cama, al lado de Issac—. Ayer le puse Golden Edge en la madrugada, wey.

Issac y mi hermano rieron, chocaron las manos y me pidieron sentarme en medio de ellos.

Issac desbloqueó el teléfono, mostrándome lo que estaban escondiendo. Era un video porno, con una mujer rubia en cuatro y siendo penetrada por un hombre igualmente rubio.

Nuevamente, mis ojos dilatados solo se fijaban en la verga blanca y rosita del actor.

Volteé a ver a mi hermano, quien se frotaba la verga sobre su short y me sonreía con orgullo. Issac se reía, también con la bermuda abultada.

Los dos se quitaron sus pantalones y se bajaron su ropa interior. La verga de Issac era delgada, pero más pequeña que la de mi hermano. Los dos estaban erectos y comenzaron a pajearse cada uno a mi lado.

Creí que era una señal, iba a bajar mi cabeza para empezar a mamársela a Eduardo, cuando me detuvo. Issac no nos veía, estaba pegado a la pantalla siseando mientras masturbaba su verguita. Mi hermano abrió sus ojos molesto y negó con la cabeza. Entendí que lo que hacíamos tampoco podía saberlo Issac, así que regañado, me quedé viendo el video.

— Mira como se la clava. Así le voy a hacer a la perrita de mi salón. —dijo Issac riendo—.

— Yo también, wey. Así voy a hacer. —Eduardo volteó y me sonrió. Sonreí entendiendo su mensaje. Así me iba a hacer mi hermano a solas—.

 

Esa noche, nos llevaron a cenar fuera. Era invierno, porque estábamos abrigados y el aire se sentía helado.

Íbamos en la camioneta de mi abuelo, grande con dos filas de asientos además de las de enfrente. Eduardo y yo estábamos hasta atrás, tapados con una sábana que nos dieron por el frío. Mis abuelos platicaban de cosas de la familia, sin voltear ni prestar atención a lo que mi hermano y yo hacíamos.

Eduardo se recostó en su ventana y destapó la sábana un poco. Estaba erecto, con el pantalón y su bóxer en las rodillas. Me alzó las cejas, invitándome a disfrutar de su verga.

Volteé a ver a mis abuelos, que seguían sin importarles nuestra presencia.

Mi hermano me jaló de la nuca y me acostó en la silla, donde también él se acostó.

— Yo vigilo, tú chúpamela. —me susurró lentamente, cargado de una vibra diferente. Una sensación de calor—.

Bajé y comencé a chupársela. Me la llevé hasta casi desaparecer en mi boca, pues era delgada y de unos trece centímetros por la edad de mi hermano. Ya cada vez usaba menos mis dientes y mi hermano decía que lo hacía mejor. Lamentablemente no podía ver sus expresiones, porque yo estaba tapado con la sábana y él vigilando. En ese momento no sabía que era morbo, simplemente me gustaba ver la cara de mi hermano disfrutando como lo tocaba.

Despacito, comenzó a alzar su pelvis, yo seguía lamiendo su glande y el tronco como si fuera una paleta helada. En un momento, me pidió que no se la mame muy fuerte, porque se escuchaba el sonido de succión.

Escuchaba a Eduardo suspirar muy despacio, mientras con una mano en mi cabeza me iba empujando más a su erección.

Después de un rato, se tapó también con la sábana, me agarró de los cachetes y me plantó un besote. Comenzamos a compartir saliva, besándonos desesperadamente. Eduardo me lamía mi lengua y mordía mis labios. Como yo era un niño sin experiencia, solo le abría mi boca para que hiciera lo que quisiera.

Cuando llegamos a la casa, Eduardo se acomodó su erección y me dijo que lo veía en el cuarto.

Subí corriendo a esperarlo, mientras él se quedó un rato despistando a mis abuelos, hasta que ellos apagaron la luz en señal de que ya se iban a dormir.

Yo llevaba mi pijama larga por el frío, esperándolo en la cama de mi mamá.

Escuché pasos en la escalera y era él, quien nos encerró una vez más en el cuarto de mis papás.

Me comenzó a besar nuevamente, con más agresividad y ganas. Tantas, que incluso sentí que no podía respirar.

Me aventó en la cama y se quitó la ropa, mostrándome sus doce centímetros ya erectos. Me jaló el pantalón de mi pijama y yo me quité la playera.

Se recostó a mi lado y me pidió que me suba a él. Me acosté encima suyo, verga con verga, y él me tomó de las costillas para comenzar a frotarnos las vergas. Mientras me jalaba hacia adelante y atrás frotándonos, también alzaba sus piernas para chocar con más fuerza.

Sentía su verga en mi entrepierna, caliente y dura. La mía, estaba paradita, pero pequeña y tapada por mi prepucio.

Después de un rato besándome y frotándose, Eduardo me acostó boca arriba.

Me tomó la verguita y me la mamó. Como la mía era pequeña, se la llevó toda a su boca, metiéndola y sacándola. Yo me retorcía en la cama, mientras él no soltaba mi pequeña erección.

— ¿Te acuerdas del vídeo de la mañana? —me dijo en voz baja, sosteniendo mis piernas—. El que vimos con Issac.

Asentí.

— ¿Quieres que lo intentemos?

— Pero yo no tengo lo que la muchacha tenía enfrente. —dije inocentemente, refiriéndome a la vagina de la mujer—.

— Aquí mira. —me dijo acariciando mi anito, provicandome cosquillas—.

Le dije que sí, así que se acomodó y me puso la verga en mi entrada. Comenzó a empujar, pero yo estaba muy cerrado que comenzó a doler.

Lo empujé con mis manos, quejándome del ardor. Ni siquiera había entrado la cabeza.

— ¿Te duele? —me dijo—.

— Sí. Me duele mucho.

Se bajó y fue al tocador de mi mamá, trayendo una crema con él. Me puso en mi rajita y un poquito en su cabecita.

— Con crema va resbalar bien. —me tomó de la cintura y volvió a intentar entrar—.

Yo estaba sosteniendo mis piernas, con el ceño fruncido aguantando el ardor. Yo estaba muy estrecho y mi hermano no era un experto para saber dilatar. Fue entrando y yo comencé a llorar, pero Eduardo me tapó la boca.

— No llores, espera tantito. —dijo susurrando en mi oído—.

— Es que me duele mucho, ya no quiero. —dije aguantándome las ganas de llorar—.

— Lo voy a hacer despacio

Entró aún más, yo seguí llorando por un momento. Eduardo se movía muy lento, pero el ardor era más grande.

Lo veía fijamente, mientras él tenía la mirada perdida en su propia verga desapareciendo en su hermanito.

Después de un rato, ya no me dolía nada y él seguía con la mitad dentro embistiendo despacio. No estaba seguro si me gustaba, sentía que me quería hacer popo y cuando la sacaba completamente y la volvía a meter, regresaba ese ardor. Pero me gustaba ver a mi hermano imitar a los hombres de las pelis porno, verlo metérmela y gemir.

Eduardo no tardó y se corrió dentro de mí.

Yo me espanté, creyendo que así se enfermaba uno de ETS—que ya conocía—, mi hermano se río y me dijo que no pasaba nada. En la madrugada y en silencio, nos bañamos. Así inició un debate en mi mismo. Si me gustaba más tener su lechita en mi boquita o en mi culito.

 

Los días pasaron, y mi hermano y yo ya teníamos una rutina. En la noches en nuestro cuarto, solo se la mamaba y me tragaba su leche como antes. Pero en las tardes en el baño, ahí me cogía. Era más fácil, por el agua y el jaboncito que usaba Eduardo para resbalar su verga mejor. Con el tiempo, ya me gustaba que me clavara. A pesar de que solo me metía la mitad, ya sentía lo rico de tener una verga en mi culito moviéndose.

Varios meses cogíamos en secreto.

 

Un día de escuela, mi mamá llegó del mercado tarde. Nuevamente, solo los tres llenamos la casa.

Nos mandó a bañarnos y que nos apuremos. Ella se quedó en la cocina.

Subimos y fuimos por nuestras toallas.

En el baño, nomás nos desvestimos y justo frente al fregadero, Eduardo me agachó y se sacó su verga flácida.

De rodillas, me la llevé a la boca, mamando mientras crecía dentro de mí. Estuve un rato mamándosela, cuando Eduardo me levantó y me llevó a la esquina de la cerámica de la regadera. Abrió la llave, dejando caer el agua en nuestros cuerpitos calientes y comenzó a besarme como todos los días. Exceso de labios, mucha saliva y mordidas venían de mi hermano.

Me agachó para mamarme mi verga, la lamía, se la llevaba hasta el fondo y subía para besarme.

Luego llegó mi parte favorita. Aún estrellado en la cerámica, me levantó mis manos y comenzó a frotarnos las vergas. Esta vez los dos nos hacíamos para adelante, como cogiendo la verga del otro.

A veces regresaba a besarme, pasaba de picos a grandes lamidas de lengua.

Yo me sentía muy caliente, casi como si el agua que caía en nosotros, se evaporara al tocarme.

Eduardo agarró el jabón y nos llenó de él. Sobre todo su verga y mi culito. Me volteó, aún pegado a la cerámica y comenzó a puntearme. Cuando entró la mitad rápidamente por costumbre, Eduardo comenzó a embestirme duramente. Era algo que ahora siempre hacíamos porque ya me entraba fácil. Sentí un ardor más por el jabón irritando mi recto que su verga llenándome. Espero un poquito dentro mío y comenzó a embestirme despacito para no hacer ruido.

Llevamos minutos con él así. Luego me tomó de la cintura y me inclinó para acomodarse mejor. Yo le paraba mi colita, cuando embistió tan fuerte que llegó hasta el fondo. Yo gemí dejándome llevar por el placer. Sentía mis piernitas débiles, pero una debilidad deliciosa.

Los dos volteamos a vernos sorprendidos de que me la pudo meter toda. Era la primera vez desde que iniciamos, que me la metía toda.

Siguió embistiendo ahora sí con su verga completa. Me besaba el cuello, la espalda y yo me ensartaba más.

Por un momento dejé se escuchar el agua de la regadera, los pajaros de la ventana y el exterior. Solo éramos el sonido de sus embestidas y nuestros gemidos. Eduardo se corrió dentro, pero por primera vez no se salió, siguió dándome. Sentí unos cuantos chorros calientes dentro de mí. Volteé mi rostro y lo besé, ahogando los gemidos de su orgasmo.

En eso, abrieron la puerta.

Lo demás lo tengo bloqueado. Por el miedo de ese momento tal vez.

Solo recuerdo a mí y a mi hermano en nuestro cuarto con la puerta cerrada y mi mamá gritando.

Nos pegó con cinturón, como jamás nos había tocado.

La peor parte se la llevó Eduardo. Mi mamá le gritaba «violador.»

Al final, él ya era un adolescente y yo solo un niño.

Mi mamá le marcó la espalda, cicatrices que lleva al día de hoy cuando anda sin camisa. Ese día no fuimos a la escuela porque yo no podía parar de llorar. Mi mamá le contó a todos que nos habíamos peleado muy feo y por eso nos castigó. Sobre la espalda de mi hermano, dijo que cayó en nuestra cajonera de plástico.

No nos volvió a dejar solos. Se prohibió que cerremos la puerta de nuestro cuarto, que estemos a solas y por supuesto, no volvimos a bañarnos juntos.

Los años pasaron y mi mamá seguía desconfiando de los dos. Entraba a donde estuviéramos y decía: «¿Qué están haciendo?»

Si veía la ropa interior de mi hermano que no echó al cesto, venía y decía: ¿A quién no le dió tiempo de vestirse?

Mi relación con mi hermano no volvió a ser igual. Dejó de hablarme como antes. Eramos dos desconocidos viviendo juntos.

Cuando me hice adolescente, mi mamá dejó de vigilarnos. Nos volvió a dejar solos. Pero, no volvió a pasar nada entre los dos. Tal vez por eso nos dejó en paz, su presentimiento le decía que habíamos parado.

A veces me preguntaba si mi hermano se arrepentía o peor, si había bloqueado esas memorias.

7 Lecturas/22 mayo, 2026/0 Comentarios/por El autor
Etiquetas: abuela, baño, cogiendo, culito, hermanito, hermano, orgasmo, vagina
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