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Gays

Mi historia parte 5: conociendo a Francisco

Durante la primaria, Francisco nos hizo vivir muchas experiencias a mis compañeros y a mí..

Yahir: Enamorándome de Francisco

Cuando pasé a quinto año de primaria, nos volvimos a mudar de casa. Esta vez, fue a unas calles de la anterior.

Por cuestiones de tiempo y movilidad, también me cambiaron a la primaria de la colonia. Era nueva, solo tenía seis salones, uno para cada grado.

Fue difícil, pero logré hacer amigos. Lo distinto de mi anterior primaria, donde tenía puras amigas como gay promedio, era que la mayoría eran hombres. Además, andaba enclosetado por miedo, y pues solo tenía once años. Así que, andaba con el grupo de varones la mayor parte del tiempo.

Todo iba normal, hasta que llegó Francisco. Un chavo que reprobó y repetió año con nosotros. Era moreno, de pelo rizado y altura media. Tenía una hermosa sonrisa con dos colmillos y adornada por dos hoyuelos preciosos. Además, le encantaba el fútbol. Tenía piernas grandes, un culote redondo y siempre iba en shorts deportivos.

Aún recuerdo el día que lo conocí. Todos ya lo topaban porque jugaba fútbol en el parque, excepto yo claro.

El día que llegó, todos los cabrones andaban detrás de él. Sabían que ya era el líder del grupo nomás llegar y querían quedar bien con él.

Para mi sorpresa, inmediatamente me habló, pues resulta que conocía a mi hermano por el fútbol.

Jugaron una reta y yo me quedé en la esquina de la cancha. Francisco corrí a toda velocidad, metía goles con facilidad y reía risueñamente.

Paró en media cancha, alzando su playera para limpiarse el sudor. Mis hormonas se alborotaron cuando le vi el abdomen marcado, sudado y su verga abultada en su short. Ahí inició mi obsesión por él.

Nomás llegó y la dinámica de todos cambió.

Francisco era el típico morrito de calle que era super puerco. Hablaba de sexo, de porno y el tamaño de sus vergas. Creo que notó mis vibras jochis, porque inmediatamente me volvió el centro de su joteo.

Joteaba con todos, pero conmigo era distinto. Me hablaba con pronombres femeninos, me nalgueaba, me hacía bromas de doble sentido. Los demás no tardaron en imitarlo.

Sus bromas consistían en agarrarme el culo, soplarme en el cuello para erizarme, nalguearme y llamarme <chiquita>.

Francisco iba más lejos, me abrazaba de atrás untandome su verga, me pedía que me sentara en sus piernas mientras sentía su bulto en mi colita y llevaba mi mano a su verga. Todo eso con la excusa de ser bromas. Lo que más me gustaba del juego con él, era que sentía que su verga era gruesa y me moría por verla.

Yo fingía que me enojaban sus bromas, pero obviamente lo disfrutaba y hasta me decepcionaba cuando andaban tranquilos.

Al principio creí que su juego, solo era para andar chingando, pero la tensión entre los dos fue aumentando.

Un día, vino por mi a mí casa. Me llevó a la de Gustavo, la cual estaba a la vuelta de la mía. Gustavo tenía mi edad, era moreno claro, de pelo lacio y super flaco. Era bastante atractivo la verdad.

En el patio de su casa, tenía una maquinita de videojuegos, y usualmente íbamos todos a jugar Mortal Kombat.

Esa noche, cuando llegué con Francisco, estaba Héctor también. Un chavo robusto, moreno y alto. Solo estábamos los cuatro en la casa, porque los padres de Gustavo habían salido.

La maquina tenía dos controles y dos sillas, Gustavo trajo una cubeta y la puso a lado para sentarse él. Cuando perdí contra Hector, le cedí mi lugar a Francisco quedándome sin donde sentarme.

— Siéntate aquí, chiquita. Sí cabes. —dijo Francisco apuntando a sus piernas con la mirada—.

Me reí y me senté en un muslo. Francisco estaba concentrado en su partida contra Héctor. Gustavo le daba consejos a ambos, mientras yo solo veía atento.

Francisco discretamente comenzó a mover su pierna donde estaba sentado, para irme resbalando hasta que quedara en su verga. Cruzó sus brazos abrazándome y siguió jugando.

Sentí como su bulto iba creciendo aplastado por mi culito. Ambos llevábamos shorts ligeros, tanto que sentía tan bien su verga, como si solo lleváramos bóxer. De pronto, se movió acomodando mejor su verga en mi rayita. Yo volteé a ver a los otros chicos, fijándome en si nos veían. Ninguno nos hacía caso, seguían riendo y jugando. Comencé a tallarme en Francisco, fingiendo acomodarme, frotándo mi culito en su erección. Sonreí al sentirla ya bien dura y como la imaginaba, gruesa.

Francisco sostuvo su control con una mano y con la otra, la llevó a mi cintura. Hizo presión en mí, como si quisiera hundirme más en él. En eso perdió y le dió el control a Gustavo. Por fin cruzó sus manos en mi cintura y viendo que nadie se fijara en los dos, comenzó a alzar su pelvis. Sentía mi cuerpo caliente, su verga dura, expandiendo su short y su aliento cálido en mi espalda.

De pronto, comenzó a llover. Gustavo reaccionó apagando la maquina.

— Ayúdenme a ponerle las bolsas. —se levantó, tapando la maquina con las bolsas que tenía siempre—.

Héctor y yo nos levantamos a empujar la maquina más hacia atrás para que no se moje. Francisco se acomodó la verga cuidadosamente y se paró. Creí que nadie lo había notado, pero mientras ayudaba a Gustavo, volteé y vi a Héctor sonreirle a Francisco. Chocó sus hombros con los de él y le levantaba las cejas. Francisco se reía tímidamente, con la cara baja y mostrando sus bellos hoyuelos.

Entramos a la casa y nos encerramos escuchando el cielo caerse afuera.

Gustavo prendió la tele y comenzamos a verla, mientras tomábamos refresco.

Era un programa de experimentos, de discovery channel. Héctor dijo algo erróneo sobre el experimento y yo lo corregí.

— Uhmta. Eres bien nerd, cabrón. Siempre corrigiendo. Mejor chupala. —río y apretó su bulto con una mano—.

— Sí, que no ande diciendo mamadas y mejor las dé. —agregó Francisco riendo con un dedo mordido entre los dientes—.

No sé qué me pasó, tal vez por la calentura de sentir a Francisco, pero no pensé en lo que dije, y logré decir:

— Va. —miré fijamente a Héctor, con una expresión de atrevimiento. Yo hablaba en serio—.

La vibra del lugar cambió. Héctor dejó de reír. Sobo su bulto y me sostuvo la mirada.

Sonrió nuevamente, pero era una expresión de total excitación.

— Pues vente, chiquita. —quitó su mano de su bulto ahora semi erecto—.

Estábamos en una sala pequeña, con dos sillones. El grande a lado de la puerta y pegado a la ventana, ahí nos encontrábamos Gustavo, Francisco y yo. En frente, un sillón a juego con la sala, pero individual donde estaba Héctor. Avancé hacia él y me agaché viéndolo fijamente, él aún ostentaba esa sonrisa morbosa.

Volteé a ver a la única persona que me importaba en esa sala. Francisco sonreía abiertamente, sobando su bulto.

— No mames, ¿neta lo van a hacer? —Gustavo se río y se paró a cerrar mejor las ventanas—.

Nadie le contestó. En el aire, solo se respiraba la tensión. Héctor me veía fijamente, con las manos en los costados del sillón y moviendo lentamente su entrepierna. Su verga ya hacía una carpa en su short negro.

Lo tomé de las orillas y con su ayuda, le bajé la ropa e interior incluida.

Su verga era más oscura que su piel, cabezona y delgada. Tenía vellos lacios que apenas iban creciendo. Le medía unos catorce centímetros.

La tomé del tronco y la masturbe unos segundos antes de meterla a mi boca. Gracias a mis experiencias previas, logré engullirla por completo.

Héctor se aferró al sillón siseando.

— ¡A la verga! No mames, ¡ahh!

Yo seguí en lo mío, chupando toda su erección adolescente. Le hice garganta profunda, que aunque no me salía también en general, por su tamaño fue fácil.

Escuché a Francisco levantarse del sillón. Cuando volteé, lo tenía a mi costado con su short naranja hecho una enorme carpa. Bajó en un movimiento rápido toda su ropa de la cintura abajo. Su verga salió rebotando. Era una majestuosa erección de dieciséis centímetros. Morena en su totalidad y con una grande rosa fuerte. En efecto, tenía la verga gruesa. Un grosor impactomante para su edad. Tenía los vellos recortados, eso sí, más que Héctor. Una verga hermosa, tal y como la había soñado.

Dejó su ropa a un lado con una patada y azotó su verga en mi mejilla.

Solté la verga de Héctor y la masturbé con mi mano izquierda, con la otra masturbé la de Francisco y me la llevé a la boca. Entraba casi en su totalidad en mi garganta sin hacer esfuerzo. Lamía su glande alargado que me tenía excitado, alzaba su verga de tal manera que pudiera pasar mi lengua de sus huevos a su glande, hacia movimientos circulares en él y penetraba el hoyito de su pito suavemente. Hector tenía los ojos cerrados disfrutando mi ahora masturbación, Francisco miraba con atención a mi mamada mientras suspiraba con mucha fuerza.

Con mucha curiosidad, volteé a ver a Gustavo. Tenía su short de mezclilla y bóxer en las rodillas, su camisa levantada mostrando su abdomen plano y su mano derecha masturbando su verga. Era una erección delgada, morena, de unos quince centímetros. La base estaba casi lampiña y sus huevitos eran promedios para su edad. Tenía la boca semi abierta, disfrutando el espectáculo frente suyo, pero no parecía tener ganas de unirse. Sus ojos rebotaban en nosotros, viendo las erecciones de Héctor y Francisco, y mi boca engullendo ambas. Se masturbaba lentamente, como si quisiera aguantar su lechita más tiempo.

Seguí turnando las vergas de Héctor y Francisco, haciéndoles garganta profunda uno a uno. Pero, era Francisco con el que realmente lo estaba disfrutando.

Con Héctor yo hacía todo el trabajo, él simplemente gemía en voz baja.

La diferencia con Francisco era enorme, no solo en el tamaño y grosor de sus vergas. Con Francisco, me esforzaba, se la lamía con mucho detalle. Él me correspondía tomándome del cabello, hundiéndome más en él. Me regañaba su sonrisa ancha, mientras embestía con amor mi boca. Éramos cuatro en la habitación, pero cuando él tomaba el control de su mamada, era como si solo estuviéramos él y yo.

Finalmente, nuestro juego de niños llegó a su clímax. Héctor empezó a gemir con bravura, levantado su pelvis y cerrando los ojos. De su verguita, cinco chorros calentitos salieron disparados. De la sorpresa, solo conseguí tragar dos. Los demás chorros espesos, cayeron en mi rostro. Ya deslechado, se dejó caer en el sillón, acariciando su verga ya flácida otra vez.

Francisco me tomó gentilmente del rostro, y comenzó a masturbar su palo grueso con rabia. Sus músculos se tensaban mientras apuntaba su glande a mí. De él, brotaron chorros calentitos y abundantes, a los que les perdí la cuenta. La mayoría cayó en mi boca, los tragué cerrando mis ojos para evitar los que caían cerca de mis cejas.

— ¡OHHHH, SÍ! TRÁGALO —comenzó a bufar Francisco, exprimiéndole hasta la última gota a su verga—.

Para mi sorpresa, Francisco me levantó y me plantó un beso con lengua, mientras batimos la lechita de él y Héctor. Me quedé embobado, queriendo más de su boca. Él me sonrió preciosamente y me soltó.

A nuestra tensión, los gemidos de Gustavo la interrumpieron. Volteé a verlo, masacrando su erección mientras gemía a punto de venirse.

Me posicioné frente suyo, él se levantó apuntando a mi boca y se corrió en mi rostro.

Mi verga estaba hinchada en mi short. Gustavo me trajó servitoallas para limpiarme y yo me corrí en una, con las demás, me limpié la leche de tres machitos de primaria que me habían usado de galletita.

La lluvia había parado. Nos vestimos sin hablar de lo que acabábamos de hacer.

Francisco me acompañó a mi casa, preguntándome de dónde había aprendido a mamar así. Le mentí diciendo que Daniel, el amigo de mi hermano me había enseñado. Una mentira no tan mentira, solo me había saltado las experiencias de incesto que ya cargaba.

Caminábamos muy cerca del otro, con nuestras manos rosándose. Me despidió en mi casa, con esos bellos hoyuelos despidiéndose.

Si juntabas una grupo de amigos de puros varones, pervertidos por andar con mayores y calientes por la adolescencia, ¿qué obtienes? Cientos de anécdotas mías, jugando con ellos.

 

3 Lecturas/27 junio, 2026/0 Comentarios/por El autor
Etiquetas: amigos, culo, gay, hermano, incesto, mayor, mayores, sexo
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