Mi nombre es Rafita
«Mi nombre es Rafita» capitulo de la Rosa de Guadalupe, pero con un giro más rico..
Rafita sabía, desde hacía mucho tiempo, que le caía mal a su padrastro Saúl. Lo percibía en cada mirada que el hombre le dedicaba: esa expresión de desagrado apenas disimulada, la repulsión contenida en el fruncir de su ceño y en la forma en que sus labios se apretaban con disgusto cada vez que coincidían en la misma habitación. Por eso Rafael solía moderarse, evitaba provocarlo en los momentos equivocados… al menos la mayoría de las veces.No era tan inocente como creían todos.
Aquella tarde, sin embargo, había escuchado. Había captado el sonido inconfundible, el ritmo irregular de la respiración, los gemidos ahogados que provenían del cuarto principal. Y decidió interrumpirlos. Abrió la puerta sin avisar, entró con paso deliberado y generó exactamente lo que buscaba: la frustración palpable de Saúl, el enojo contenido, la interrupción brutal de un momento privado.
Sabía perfectamente que su madre no volvería hasta tarde. Eso significaba que Saúl regresaría a casa antes, y que ambos tendrían, aproximadamente, tres horas completamente solos.
Saúl era un hombre de rasgos marcados y presencia inquietante. Completamente calvo, la piel de su cráneo brillaba bajo la luz tenue, suave y pálida.
Su rostro, de pómulos altos y mandíbula definida, se suavizaba apenas por un fino perilla negra que enmarcaba sus labios finos. Los ojos, de un marrón oscuro e intenso, podían pasar de la indiferencia al desprecio en un segundo. El cuerpo, delgado y esbelto, contrastaba con la tensión que siempre parecía habitarlo. La camisa negra que solía llevar, abierta apenas un par de botones, dejaba entrever un pecho pálido, casi lechoso, donde los pezones rosados se destacaban con una delicadeza casi incongruente sobre la piel clara y sin vello.
Apenas llegó a casa, Saúl no se detuvo ni a dejar las llaves. Caminó directo hacia el cuarto de su hijastro con el cinturón ya enrollado en una mano, el cuero negro brillante bajo la luz del pasillo. La puerta se abrió de un golpe y Rafael, que estaba sentado en la cama con el móvil entre las manos, levantó la vista de inmediato.
El color se le fue del rostro.
—Sa-Saúl… —balbuceó, poniéndose de pie de un salto— No… no hace falta…
Saúl cerró la puerta detrás de sí con un clic seco. Su cuerpo delgado se recortaba contra la penumbra, la camisa negra aún un poco abierta, dejando ver el pecho pálido y esos pezones rosados que contrastaban con la piel casi lechosa. La perilla oscura acentuaba la dureza de su expresión.
—Cállate —ordenó con voz baja, peligrosa—. Esta mañana me interrumpiste a propósito. Hoy vas a aprender lo que pasa cuando te metes donde no te llaman.
Rafita retrocedió hasta chocar contra el borde de la cama. Sus ojos se abrieron, llenos de un miedo genuino… o al menos muy bien fingido.
—Por favor… no me pegues —suplicó, levantando las manos—. Te lo juro, no lo vuelvo a hacer. Puedo compensártelo. De verdad. No hace falta el cinturón…
Saúl soltó una risa corta, burlona, mientras desenrollaba el cuero con un chasquido.
—¿Compensármelo? ¿Tú? —se acercó un paso, mirándolo de arriba abajo con desprecio—. ¿Y cómo piensas compensarme, mocoso? ¿Con otra de tus interrupciones?
Rafita tragó saliva, bajando la mirada un segundo antes de alzarla de nuevo con una expresión de falsa inocencia, su rostro reflejando nerviosismo y ese miedo que sólo alguien tan pequeño como el podría tener.
—Por favor… déjame compensártelo. No me pegues. Te lo ruego… puedo hacerlo bien. Solo… solo déjame intentarlo.
Saúl alzó una ceja, todavía sonriendo con sarcasmo.
—¿Y por qué demonios crees que querría que me “compensaras”?
Rafael mordióse el labio inferior, la voz bajita, temblorosa, pero clara:
—Porque… te puedo comer tu champiñón.
La simple frase confundió a Saúl por completo. Por un segundo pensó que el niño de 7 años se estaba burlando de él, que aquello era otra de sus provocaciones estúpidas. Frunció el ceño, a punto de alzar el cinturón de nuevo, pero Rafael lo interrumpió con voz suave, casi dulce:
—Déjame comerte el champiñón… te va a gustar. Por favor, déjame intentar.
Saúl no entendía a qué se refería. Abría la boca para exigirle una explicación cuando sintió unas manos suaves, casi tímidas, posarse justo sobre su entrepierna. El contacto lo hizo retroceder de golpe, la espalda chocando contra la puerta. Rafael simplemente le sonrió. Esa sonrisa pequeña, inocente, que no coincidía en absoluto con lo que estaba haciendo.
—Te va a gustar —repitió en voz baja.
El nerviosismo le cerró la garganta a Saúl. No pudo reaccionar a tiempo. Solo sintió cómo los dedos de su hijastro desabrochaban el pantalón con una destreza inesperada, cómo bajaban la cremallera y liberaban su polla, ya medio dura por la tensión del momento. Y entonces llegó la humedad.
Cuando Saúl volvió en sí, Rafael ya estaba arrodillado frente a él, todavía vestido con el uniforme de la escuela: camisa blanca arremangada, pantalón gris, corbata floja. La cabeza calva de Saúl se inclinó hacia abajo justo a tiempo para ver cómo aquellos labios se cerraban alrededor del glande, dándole un beso lento, húmedo, antes de sacar la lengua y lamerlo con detenimiento. Rafael se restregó un poco más, empujando los huevos peludos de su padrastro contra su propia cara, oliéndolos, frotándose la mejilla contra ellos mientras seguía besando la punta.
—Putito… —murmuró Saúl, la voz ronca—. Qué putito tan descarado…
Rafita no contestó. Solo abrió más la boca y se lo tragó hasta la mitad, la garganta apretada, caliente, suave. La humedad lo envolvió por completo. Cada vez que los dientes del muchacho rozaban el glande con una presión deliberada, Saúl sentía una punzada extraña, casi como si tuviera ganas de orinarse, una mezcla de dolor dulce y placer que le hacía apretar los puños.
—Joder… —jadeó, la mano libre buscando la cabeza calva de su hijastro para sujetársela—. Así… más profundo, putito.
Rafita obedeció. Se empujó hacia adelante hasta que la nariz le rozó el vientre pálido de Saúl, la garganta contrayéndose alrededor de la verga gruesa. Los pezones rosados del padrastro se endurecieron visibles bajo la camisa abierta. Saúl soltó un gemido bajo, casi sorprendido de sí mismo.
—Qué rico lo chupas… mierda, qué garganta tan apretada tienes.
Rafita sacó la polla hasta dejar solo el glande entre los labios y lo apretó suavemente con los dientes. Saúl tembló.
—Otra vez —ordenó, la voz más rota—. Muérdeme el champiñón. Joder… muérdeme el champiñón.
Y Rafael lo hizo. Con los ojos cerrados, todavía de rodillas en su uniforme escolar, volvió a cerrar los dientes con delicadeza alrededor de la cabeza hinchada, lamiendo al mismo tiempo, succionando, mientras Saúl le sujetaba la cabeza y gemía sin poder contenerse.
Saúl quedo hipnotizado por el cuerpo de Rafita, su piel morena, suave, esos lindos y diminutos pezones en el pecho, su penecito de 5cm, y ese culo, ese redondo, suave, firme y apretado culo, los nervios lo invadían, pero lo deseaba, estaba tan cachondo.
Saúl terminó desplomado sobre la cama, la camisa negra completamente abierta, el pecho pálido subiendo y bajando con respiraciones agitadas. Los pezones rosados estaban duros, sensibles al aire fresco de la habitación. Rafael seguía arrodillado entre sus piernas abiertas, la cara hundida en su entrepierna. Ya no chupaba solo la verga: ahora se dedicaba a los huevos, lamiéndolos con la lengua caliente, succionándolos uno por uno dentro de su boca, restregándose la mejilla contra el vello oscuro mientras Saúl gemía sin pudor.
Cada vez que la voz ronca del padrastro ordenaba «Muérdeme el champiñón», Rafael se detenía, subía hasta el glande hinchado y cerraba los dientes con esa presión precisa que hacía a Saúl arquear la espalda y soltar un quejido entre placer y esa extraña gana de orinarse. Luego volvía a bajar, tragándose los testículos otra vez, como si no pudiera saciarse.
Cuando por fin se separó, la saliva le brillaba en la barbilla. Saúl lo miraba con los ojos entrecerrados, demasiado cachondo para pensar con claridad. Rafael se puso de pie solo el tiempo suficiente para bajarse el pantalón del uniforme y el calzoncillo. Su pene apareció entonces: diminuto, delgado, el glande rosado apenas saliendo de un prepucio suave, los huevos pequeños y tersos.
Rafael lo sostuvo entre dos dedos y se inclinó hacia su padrastro con esa sonrisa inocente que ya no engañaba a nadie.
—Papi… ¿me quieres comer mi champiñoncito?
Saúl no pudo resistirse. Ni siquiera lo pensó. Abrió la boca y lo recibió todo de un solo movimiento: el pene pequeño hasta la base y los huevos suaves empujados contra su lengua. La sensación lo sorprendió; era tan distinto, tan fácil de tragar completo. Rafael soltó un gemido agudo, las manos agarrándose de la cabeza calva de Saúl.
—¡Ah… papi…! —jadeó, las caderas temblando—. Joder, qué rico… me pones tan cachondo cuando me chupas así… eres tan macho, papi… tan grande comparado conmigo…
Saúl apretó un poco los dientes alrededor del diminuto glande y Rafael se retorció, un gemido más alto escapándosele de la garganta.
—¡P-papi…! Sí… muérdemelo… me vuelve loco… qué macho eres… me tienes tan duro solo con tu boca…
Rafael seguía gimiendo, empujando suavemente contra la cara de su padrastro, dejándose morder cada vez que Saúl lo deseaba, repitiendo una y otra vez «papi» entre jadeos, diciéndole lo cachondo que lo ponía y lo macho que se sentía al tenerlo así, arrodillado ahora él sobre la cama, el uniforme todavía a medio quitar, mientras Saúl se lo tragaba entero una y otra vez.
Saúl seguía tragándoselo entero, la lengua moviéndose con avidez alrededor del pene diminuto y de aquellos huevos suaves que le cabían en su boca. Cada vez que cerraba los dientes con cuidado sobre el glande rosado, Rafael se arqueaba y soltaba un gemido agudo, las manos aferradas a la cabeza calva de su padrastro.
—¡Papi… así…! —jadeaba—. Me tienes temblando… qué rico me chupas… eres tan macho…
Saúl no respondía con palabras. Solo seguía, succionando con más fuerza, dejando que la saliva le escurriera por la barbilla mientras el cuerpo delgado de Rafita se retorcía sobre él. El niño empujaba las caderas con desesperación, buscando más profundidad, más presión, más de aquella boca que lo devoraba sin reserva.
Poco a poco el ritmo cambió. Saúl soltó el pene pequeño con un sonido húmedo y subió el cuerpo de su hijastro hasta tenerlo completamente sobre la cama. Rafita quedó tendido de espaldas, las piernas todavía abiertas. Saúl se inclinó sobre él y le metió la lengua dentro de la boca sin previo aviso. Rafita la recibió con avidez, chupándosela con la misma necesidad con la que antes le había chupado la verga, gimiendo contra sus labios.
Mientras se besaban así, profundamente, Saúl bajó una mano entre las nalgas firmes de su hijastro. Los dedos encontraron el agujero infantil: apretado, lampiño, completamente cerrado. Lo rozó apenas, dibujando círculos lentos alrededor de la entrada rosada, sintiendo cómo el muchacho se estremecía y abría más las piernas.
Rafita había pedido lengua hacía apenas unos minutos, y Saúl tenía que admitirlo: era mucho más puto y entusiasta que su insípida madre. La forma en que succionaba su lengua, la manera en que empujaba el culo hacia los dedos, los gemidos desesperados que no podía contener… todo en él gritaba hambre.
Saúl presionó un poco más el dedo índice contra ese agujero cerrado, sin penetrarlo aún, solo frotándolo, sintiendo el calor y la tensión.—Qué putito tan necesitado… —murmuró contra la boca de Rafita—. Nada que ver con tu madre.
Saúl intentó empujar los dedos dentro de aquel agujero tan cerrado, pero Rafael cerró las piernas de golpe y lo apartó con las manos. Ambos estaban ya completamente desnudos: el cuerpo delgado y pálido de Saúl contrastaba con el de su hijastro, más joven, lampiño, el diminuto pene todavía brillante de saliva.
El rechazo molestó a Saúl. Frunció el ceño, a punto de reclamar, cuando Rafael habló con voz suave:
—Vamos al baño.
Saúl parpadeó, confundido.
—¿Para qué?
Rafael sonrió. Esa sonrisa inocente que ya no engañaba a nadie, pero que seguía funcionando demasiado bien.
—Quiero que te mees encima de mí… y cuando acabes… ¿me puedes violar ahí, papi?
La frase fue directa, dicha con una falsa inocencia que casi hizo que Saúl se corriera en el acto. Un espasmo le recorrió la verga gruesa. No cuestionó nada. Al contrario: lo levantó en brazos como si no pesara nada y lo cargó hasta el baño.
Apenas abrió el agua de la ducha, el vapor empezó a llenar el espacio. Rafael no esperó. Se arrodilló de inmediato bajo el chorro tibia, abrió la boca y volvió a engullir el champiñón de su padrastro hasta el fondo. Saúl soltó un gemido grave al sentir aquella garganta apretada tragándoselo por completo otra vez. Rafael se dejó follar la boca sin resistencia, las manos apoyadas en los muslos delgados de Saúl mientras la polla entraba y salía, golpeándole la garganta una y otra vez.
—Así… trágatela toda, putito —gruñó Saúl, sujetándole la cabeza calva con ambas manos—. Más profundo…
Rafael obedeció, lágrimas de esfuerzo mezclándose con el agua de la ducha. Saúl embistió varias veces más, disfrutando de la humedad caliente y apretada, hasta que de pronto sacó la verga de aquella boca con un sonido húmedo.
La orina salió inmediatamente después, caliente y abundante. Primero le dio en la cara a Rafael, quien cerró los ojos y abrió la boca para recibirla. El chorro le corría por la frente, por las mejillas, por la lengua sacada. Saúl dirigió el chorro hacia abajo, orinándole el pecho, el vientre, el diminuto pene, y finalmente el culo, viendo cómo el líquido amarillento resbalaba entre las nalgas lampiñas de su hijastro.—Tómalo todo… —murmuró, la voz ronca de placer—. Qué putito tan sucio.
El agua de la ducha seguía corriendo cuando Saúl giró a Rafita de golpe y lo empujó contra la pared fría del azulejo. No hubo preliminares. Alineó su verga gruesa, todavía goteando orina y saliva, contra el agujero apretado y lampiño de su hijastro, y empujó de una sola embestida.
Rafita gritó. Un grito agudo, roto, que se mezcló con el ruido del agua.
—¡Ah… papi…! ¡Joder…!
Saúl no esperó a que se acostumbrara. Empezó a follarlo con violencia, las caderas delgadas golpeando con fuerza contra el culo firme del muchacho. Cada embestida era profunda, brutal, sacando gemidos desesperados de la garganta de Rafita. Los huevos gordos y peludos de Saúl le golpeaban una y otra vez esos huevitos suaves, morenos y lampiños, un sonido húmedo y obsceno que se repetía con cada embestida.
—Más fuerte, papi… —suplica, las uñas raspando el azulejo— Por favor… fóllame más duro… me tienes tan abierto…
Saúl le agarró las caderas con fuerza, los dedos clavándose en la carne, y aceleró el ritmo. El agua le corría por la espalda pálida, resbalando entre los pezones rosados que se habían endurecido de nuevo. Cada vez que sus huevos pesados chocaban contra los de Rafael, el muchacho soltaba un gemido más alto.
—Así te gusta, ¿verdad, putito? —gruñó Saúl contra su oído—. Que te destroce el culo… que te llene…
—¡Sí…! ¡Sí, papi…! Más… más fuerte… me voy a correr solo de sentirte…
Saúl lo sacó de la pared y lo hizo arrodillarse en la bañera, de espaldas a él, y volvió a entrar de un solo golpe. Ahora el ángulo era todavía más profundo. Rafita tenía la frente apoyada en el borde de la bañera, la boca abierta, gimiendo sin control mientras los huevos peludos de su padrastro le azotaban los suyos una y otra vez.
Después de varios minutos de embestidas salvajes, Rafita se giró con decisión. Empujó a Saúl hasta sentarlo en el borde de la bañera y se subió encima de él de un salto. Sin avisar, se impaló hasta el fondo sobre aquella verga gruesa.
—¡Ah, mierda…! —gritó Saúl.
Rafita no le dio tiempo a recuperarse. Empezó a montarlo con brutalidad, subiendo y bajando las caderas con fuerza, cada sentón profundo y seco. Las nalgas firmes del muchacho aplastaban los huevos de Saúl contra el borde frío de la bañera una y otra vez. El dolor placentero hizo que Saúl arquease la espalda.
Rafita se inclinó hacia adelante y le pellizcó los pezones rosados con fuerza, retorciéndolos entre los dedos.
—Te gusta que te monte así, ¿verdad, papi? —jadeaba, sin dejar de subir y bajar—. Que te aplaste los huevos… que te pellizque…
Saúl solo podía gemir. Cada vez que el culo de Rafael bajaba con fuerza, sus huevos eran aplastados sin piedad. El dolor se mezclaba con un placer tan intenso que le hacía ver estrellas.
Después de un sentón particularmente brutal, que le aplastó los testículos con una presión casi insoportable, Saúl soltó un grito ronco, completamente cachondo:
—¡Sí, violame nene…!
Rafita sonrió con malicia y obedeció. Empezó a montarlo todavía más fuerte, pellizcando y tirando de los pezones de Saúl sin piedad, mientras sus nalgas seguían aplastando aquellos huevos gordos y peludos contra la bañera una y otra vez. El sonido de la carne chocando, los gemidos de ambos y el agua corriendo llenaban el baño por completo.
Rafita seguía montándolo con una violencia casi desesperada, las caderas subiendo y bajando sin piedad. Cada sentón aplastaba los huevos gordos y peludos de Saúl contra el borde de la bañera, arrancándole gruñidos roncos. De pronto el muchacho se detuvo un segundo, apretó el culo alrededor de la verga gruesa… y se orinó encima de su padrastro.
El chorro caliente salió con fuerza, mojándole el vientre pálido, el pecho, los pezones rosados. Saúl soltó un gemido gutural al sentir el líquido resbalarle por la piel.
—¡Joder, nene…! —jadeó—. Qué putito tan sucio…
Rafita no dejó de moverse. Seguía montándolo mientras se orinaba, la cara contraída de placer, hasta que el chorro se agotó. Entonces Saúl decidió recuperar el control. Le agarró las caderas con ambas manos, los dedos clavados con fuerza, y empezó a hacerlo brincar violentamente sobre su polla. Lo levantaba y lo bajaba como si no pesara nada, embistiéndolo desde abajo con una fuerza brutal.
Rafita gritó. Los ojos se le llenaron de lágrimas casi de inmediato por la sobrestimulación.
—¡Papi…! ¡Es demasiado…! —lloriqueaba, la voz rota—. ¡Ah… no puedo… me duele, duele rico, duele rico…!
Saúl no aflojó. Seguía haciéndolo saltar sobre su verga, cada embestida profunda, cada impacto aplastando de nuevo aquellos huevos.
—Aguanta, putito… —gruñó entre dientes—. Te voy a destrozar el culo…
—¡Papi… por favor…! —sollozaba el niño, las lágrimas mezclándose con el agua de la ducha—. ¡Más… no pares… me estás volviendo loco…! ¡Violame más duro…!
El ritmo era inhumano. Rafita lloriqueaba entre gemidos, el cuerpo temblando sin control, el diminuto pene rebotando contra el vientre de Saúl.
—¡Papi… mi lechita…! ¡Creo que se me va a salir mi lechita…!
El orgasmo le llegó de golpe: solo dos pequeños chorritos de semen blanco salieron de su pene diminuto, apenas manchando la piel pálida de su padrastro. Inmediatamente después, un torrente enorme de orina salió a presión, mojándolo todo otra vez. Rafita se sacudía, llorando de puro placer, mientras seguía siendo embestido sin piedad.
—¡Lechita, papi…! —suplicó entre sollozos, la voz quebrada—. ¡Lléname… quiero tu lechita… por favor… lléname el culo…!
El constante golpeteo y aplastamiento de sus huevos fue demasiado para Saúl. Con un gruñido animal, se corrió profundamente dentro de él. Chorros espesos de leche caliente llenaron el agujero apretado de Rafael, desbordándose un poco alrededor de la verga mientras seguía embistiéndolo en los últimos espasmos.—Tómalo todo… —jadeó Saúl, aún sujetándolo con fuerza—. Toda la lechita, nene… toda para ti…
Ambos quedaron exhaustos bajo el agua tibia que seguía corriendo. Saúl estaba sentado en el borde de la bañera, la espalda apoyada contra el azulejo frío, respirando con dificultad. Rafita, todavía temblando por el orgasmo, se deslizó entre sus piernas abiertas y apoyó la mejilla contra el muslo pálido de su padrastro.
Sin decir nada al principio, acercó la boca a aquellos huevos gordos y peludos, todavía sensibles, y empezó a lamerlos con lentitud, casi con devoción. Los besaba, los succionaba suavemente uno por uno, restregándose la cara contra ellos como si no pudiera separarse.
Saúl soltó un suspiro largo, la mano descansando sobre la cabeza de Rafael.
—Tal vez… —murmuró con voz ronca, todavía recuperando el aliento—. Tal vez podríamos llevarnos bien después de todo.
Rafael sonrió contra su entrepierna y siguió lamiendo, adorando cada centímetro.
—Tu verga es tan grande, papi… —susurró entre lamidas—. Tan gruesa… y estos huevos… tan pesados, tan peludos… me vuelven loco. Eres tan macho… me tienes completamente adicto. Nadie me pone tan cachondo como tú.
Saúl cerró los ojos un momento, disfrutando de la caricia húmeda y de las palabras que alimentaban su ego. Cuando abrió los ojos de nuevo, su expresión se endureció un poco. Le agarró el mentón a Rafita y lo obligó a mirarlo.
—Si le cuentas a alguien, te parto la cara.
Rafita sonrió. Esa misma sonrisa inocente de siempre. Se inclinó un poco más y le susurró al oído, la voz baja y dulce:
—No lo diré… pero tendrás que darme más lechita.
En la noche, todo parecía ir tranquilo, mientras la mamá se bañaba, Rafita le llevó una cerveza fría a Saúl, quien le agradecio dandole un poco de lengua.
-Tú madre tiene que doblar turno.
Rafita le sonrió- Cuando se vaya, te la puedo mamar… Y después vamos a su cama, quiero que pases la noche violandome ahí, papi.

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