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Gays, Incestos en Familia

Mi Padrastro Julián

Mi madre trae a su novio a casa, lo que no sabe que es voy a empezar a jugar con los 23CM de Julián..
Durante gran parte de mi adolescencia, mi mamá fue una mujer sola. No es que lo dijera, pero se le notaba en la forma en que prolongaba las llamadas con sus amigas, en cómo se quedaba viendo el teléfono después de colgar, como esperando que alguien más marcara. Yo crecí con esa imagen de ella, una mujer fuerte, independiente, pero con un vacío que yo no sabía cómo llenar. Mi papá hacía años que se había ido con otra mujer a otro estado, y la verdad, nunca lo eché de menos. Era un extraño con derecho a visita.

 

Hasta que apareció Julián.

 

No fue un flechazo ni nada parecido. Fue un «te presento a un amigo» que mi mamá soltó con una ligereza ensayada, como quien presenta un informe de trabajo. Tenía unos cuarenta y seis años, canas en las sienes y una sonrisa que parecía entender más de lo que decía. Según ella, llevaban meses saliendo, pero a mí no me lo presentaron sino hasta el día de mi cumpleaños número dieciocho. Ya estaba en la universidad, con la vida resuelta en apariencia, pero con el corazón hecho un enredo de dudas y deseos que apenas empezaba a descifrar.

 

La cena fue incómoda. No por él, sino por el escenario. Mi mamá, demasiado sonriente; Julián, midiendo cada palabra; y yo, deseando que el pastel se acabara pronto para encerrarme en mi habitación. Lo que menos necesitaba era un padrastro, y mucho menos uno que me regalara cosas tan… tan heterosexuales, una gorra de béisbol y unos carritos de colección. Mi mamá no sabe que soy gay, apenas estoy aceptando mi sexualidad, y el armario donde me escondo es de cristal, pero por ahora me sirve.

 

Unos meses después, cerca de Navidad, mi mamá me llamó a su habitación. Tenía ese tono de «necesito hablar contigo» que siempre significa problemas. En resumen, quería saber si me parecería bien que Julián se mudara con nosotros. Yo, con el sarcasmo a flor de piel, le solté tres condiciones, que no me molestara, que no quisiera oírlos follando, y que no se metiera en mi vida. Del resto, que hiciera lo que quisiera.

 

Y así fue. A los días se instaló. Trajo un camión de cosas, no solo ropa, sino un televisor, una computadora y otros electrodomésticos. Parecía que venía a quedarse un buen tiempo, porque parte de su trabajo era desde casa. Lo único positivo era que el internet pasó de 100 Mb a 1 Gb. Esos detalles técnicos me hacían sentir que aún controlaba algo.

 

Julián intentaba llevarse bien conmigo. Me hacía cumplidos, me invitaba al parque, a ver televisión con él, partidos de fútbol… cosas que a mí no me interesaban en lo más mínimo. Pero había algo en su voz, en la forma en que decía mi nombre, que me ponía alerta. No era amenaza, era otra cosa. Una curiosidad que no me atrevía a nombrar.

 

Hasta que una tarde, después de la universidad, llegué a casa con unas ganas enormes de masturbarme. Había pasado toda la clase fantaseando con el chico más apuesto del salón, un moreno de ojos claros que ni siquiera sabía que existía. Dejé mis cosas en el sofá, fui directo a mi habitación, me quité la ropa y me puse a ello. Puse algo de porno en la laptop y seguí hasta venirme, quedándome dormido después, con el cuerpo aún tembloroso y la piel pegajosa.

 

Cuando desperté, como a las seis, fui al baño a orinar. Escuché ruidos en la cocina y, con hambre, fui a ver. Solo estaba Julián, en ropa de casa, unos shorts holgados y una playera blanca que se le pegaba al torso. Me saludó con una sonrisa y me preguntó si quería algo de comer. Obvio que sí. Me dio un sándwich y, de la nada, soltó.

 

—Oí que ves porno homosexual.

 

Me quedé paralizado. El sándwich a medio morder, la saliva atascada en la garganta. Mi mente corrió a mil por hora ¿cómo sabía? ¿Había dejado la laptop abierta? ¿El volumen? Tragué en seco, pero no salió nada.

 

—No te preocupes —dijo él, con una calma que me heló la sangre—. Yo solía verlo cuando me aburría.

 

Eso me dejó aún más desconcertado. ¿Qué estaba pasando? ¿De dónde sacaba tanta confianza? Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en mis oídos.

 

—Mira —dijo, mostrándome su teléfono—. Este es el tipo de porno que a mí me gusta ver.

 

En la pantalla se leía el título; Daddy and Twink. Mi estómago dio un vuelco.

 

—Mira cómo me pone —agregó, bajando la mirada hacia su boxer, donde se notaba claramente su erección—. Me imagino que a ti también te gusta.

 

En ese momento me puse rojo. Era una mezcla de estrés y morbo que nunca había sentido. Me sentía raro, expuesto, como si hubiera estado desnudo todo este tiempo y apenas me diera cuenta.

 

—Bien… —fue lo único que pude decir, con la voz quebrada.

 

—Veo que tú también tienes una erección —observó, señalando con la barbilla.

 

Miré hacia abajo. Era cierto. No me había dado cuenta. Mi bóxer dibujaba una curva que delataba todo lo que intentaba ocultar.

 

—¿Ah? ¿Sí? Jeje —respondí, súper nervioso, riéndome por no llorar.

 

—Ven. Hagamos algo en mi habitación —dijo, y se fue caminando por el pasillo, en shorts y playera larga, su espalda ancha moviéndose con una seguridad que me intimidaba.

 

Me bajé de la silla, aún con la erección, y justo cuando empezaba a caminar hacia su cuarto, escuché que abrían la puerta principal. Era mi mamá, llegando con las compras. Inmediatamente fui a ayudarla, como un robot que vuelve a su programación.

 

Así terminó esa noche, con una cena incómoda, llena de miradas que no se cruzaban y silencios que pesaban más que las palabras. Los días siguientes, yo llegaba tarde a casa, y él no estaba hasta la noche, cuando yo ya estaba encerrado en mi habitación, con la puerta cerrada y la mente ardiendo.

 

Hasta que llegó un sábado por la tarde. Mis hormonas me tenían dominado. Había pasado los últimos días pensando en lo caliente que sería perder mi virginidad con un hombre de verdad. Ya estaba cansado de masturbarme cuatro veces al día, de usar mi mano como sustituto de algo que no conocía pero que imaginaba con lujo de detalle.

 

Sabía que Julián estaba en su habitación, frente a su computadora. Escuché que salió al baño y luego a la cocina. Esperé un momento, salí al pasillo en boxers, fui al baño, oriné, luego a la cocina fingiendo tomar agua… pero él ya no estaba. El silencio era absoluto.

 

Me devolví a mi habitación. Y allí, al final del pasillo, estaba él, de pie, con la puerta entreabierta, completamente desnudo. Con ese cuerpo… y con su verga, semi-erecta, velluda, el glande apenas asomándose por el prepucio. Era una imagen que grabé a fuego en mi memoria, la luz de la tarde entrando por la ventana, delineando cada músculo de su torso, cada vena de su miembro.

 

—Lástima que el lunes no pudimos hacer nada interesante —dijo, mirándome con los brazos cruzados, sin el más mínimo pudor.

 

—Eh… no… —balbuceé, nervioso de nuevo, tratando de abrir mi puerta para entrar, pero mis dedos no coordinaban.

 

—Hey, hey. No te vayas —me detuvo, con una voz baja pero firme, un tono que no admitía réplica—. Ven. Pasa por aquí…

 

Suspiré. Y finalmente, me dirigí a su habitación, que era la habitación de mi mamá también.

 

El pasillo parecía haberse alargado, el aire se volvió denso y pesado. Mis pies se movían casi por inercia, arrastrándome hacia esa puerta entreabierta que era ahora un portal a algo que tanto había fantaseado como temido. Cada paso era un latido, cada respiración un jadeo contenido.

 

Crucé el umbral. Julián cerró la puerta tras de mí con un sonido suave pero definitivo, como un cerrojo que se cierra en un mundo que ya no volvería a ser el mismo. La habitación olía a él, a colonia limpia, a sudor tenue, a hombre. No era el caos desordenado que imaginaba; todo estaba en su sitio, la computadora en un escritorio ordenado, la cama hecha con una colcha gris que contrastaba con la pasión que empezaba a desbordarse, era interesante como mi mamá había adoptado estos nuevos hábitos y gustos.

 

—Relájate —dijo, su voz más baja que antes, casi un susurro que me rozó la piel—. No va a pasar nada malo al menos que tú quieras.

 

Se acercó. Yo podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo desnudo, ese calor que solo los cuerpos vivos y excitados desprenden. Mi mirada, inevitablemente, cayó de nuevo al centro de todo, a esa erección que ahora se erguía completa, imponente, queriendo devorarse un culito virgencito como el mío. Medía unos veintitrés centímetros, de esos que te hacen preguntarte cómo cabe tanta carne en un solo hombre.

 

—¿Nunca has estado con alguien? —preguntó, con una curiosidad genuina que desarmaba.

 

Negué con la cabeza, sin poder articular palabra. Mi propia excitación, confinada en mi bóxer, era evidente, una torre de carne que pedía a gritos ser tocada.

 

—Está bien. —Su mano, grande y con venas marcadas, se levantó lentamente. Dudó un instante, y luego sus dedos rozaron mi mejilla. El contacto fue eléctrico. Yo me estremecí, como si hubiera recibido una descarga que recorrió todo mi cuerpo.— Tienes el control. Si dices «para», paramos. ¿Entendido?

 

Asentí, tragando saliva. Entendía las palabras, pero mi cerebro había desconectado, gobernado ahora por el pulso que me latía en las sienes y en la entrepierna. Era una tormenta perfecta de miedo y deseo.

 

Él fue lento, meticuloso. Sus manos me quitaron el bóxer, dejándome tan expuesto como él. La vergüenza inicial fue barrida por una oleada de deseo puro cuando sus palmas recorrieron mis costados, mis caderas, mis nalgas. Su tacto era firme pero suave, como si estuviera explorando un territorio nuevo.

 

—Eres hermoso —murmuró, y esas palabras me llegaron al alma.

 

Me guió hasta el borde de la cama y me hizo sentar. Luego se arrodilló frente a mí, a mi altura. Ver a ese hombre arrodillado, con esa mirada seria y concentrada, fue una de las cosas más poderosas y extrañas que había experimentado. Su verga, erecta y enorme, descansaba entre sus muslos, un recordatorio constante de lo que estaba por venir.

 

—¿Te gusta? —preguntó, con una sonrisa pícara.

 

—Sí… demasiado —respondí, con la voz entrecortada.

 

Su boca fue primero un soplo de aire caliente, luego un contacto húmedo y suave en el cuello, los hombros. Cada beso era una promesa, cada mordisco un susurro de posesión. Cuando finalmente tomó mi pequeño pene en su mano, un gemido ahogado escapó de mis labios. Yo solo había conocido mi propio puño, torpe y apresurado. Esto era diferente. Era una caricia experta, que sabía exactamente cuándo apretar, cuándo aligerar, cuándo usar el pulgar justo allí, en la punta sensible.

 

—Respira —murmuró contra mi piel, notando que contenía el aliento.

 

Y entonces bajó su cabeza.

 

La sensación fue tan abrumadora, tan intensamente placentera, que tuve que agarrarme de las sábanas como náufrago a una tabla. Cerré los ojos y un universo de sensaciones me invadió, el calor de su boca, la humedad de su lengua, la succión rítmica que me llevaba al borde del abismo. Era más de lo que mis fantasías más vívidas habían logrado recrear. Mi cuerpo se tensó como un arco, mis caderas comenzaron a moverse por voluntad propia, buscando más profundidad, más fricción, más de él.

 

—Así, así… —gemí, sin reconocer mi propia voz.

 

Julián me dejó explorar, dejó que mi inexperiencia se guiara por el instinto, pero sin perder el control. Su mano libre acariciaba mis muslos, mi abdomen, anclándome en la realidad mientras su boca me llevaba al cielo. Podía sentir su lengua recorriendo cada centímetro de mi miembro, sus labios sellándose alrededor de la cabeza, su garganta abriéndose para recibirme.

 

—Eres tan dulce —dijo, apartándose un segundo para mirarme, con la boca brillante de saliva—. Quiero probarte todo.

 

El orgasmo se construyó rápido, una presión imparable en la base de mi espina dorsal. Un sonido gutural, que no reconocí como mío, anunció la llegada. Le avisé con un jadeo, pero él no se separó. Se limitó a asentir, con los ojos clavados en los míos, y recibió todo. Sentí cómo mi semen llenaba su boca, cómo tragaba sin dudar, como si fuera el néctar más preciado.

 

El espasmo me sacudió, dejándome sin aire, tembloroso, vacío y lleno a la vez. Me desplomé hacia atrás sobre la cama, la vista nublada, el corazón martilleándome el pecho. El sabor a sal y a transgresión flotaba en el aire. Mi pecho subía y bajaba al ritmo de mi respiración entrecortada.

 

Pasaron unos minutos en silencio, solo roto por mi respiración agitada. Luego sentí el colchón ceder. Julián se había acostado a mi lado, sobre las sábanas, aún desnudo, observando el techo con una calma que contrastaba con mi caos interior.

 

—Tu mamá volverá en unas dos horas —dijo al fin, su voz serena, práctica, como si hubiera calculado cada segundo.

 

La mención de ella fue un balde de agua fría que me devolvió a la realidad. La culpa, la confusión, el miedo, empezaron a filtrarse entre el hormigueo post-orgásmico que aún me recorría.

 

—Esto… esto no puede volver a pasar —logré decir, aunque sonó más a pregunta que a afirmación.

 

Él se volteó de lado, apoyándose en un codo para mirarme. Su expresión era inescrutable, pero sus ojos brillaban con una intensidad que me desnudaba más que mi propio cuerpo.

 

—No tiene por qué. Pero si pasa —hizo una pausa, su mirada bajó a mis labios y luego regresó a mis ojos—, la puerta de esta habitación no tiene cerrojo. Y yo trabajo en casa de sábado a lunes.

 

Se levantó y fue al baño. Oí correr el agua. Yo me quedé inmóvil, procesando el peso de sus palabras. Mi cuerpo aún recordaba su tacto, su boca, su olor. Mi mente, en cambio, era un torbellino de emociones encontradas.

 

Cuando salió, ya con una bata de baño puesta, yo me había puesto el bóxer, aunque mis manos temblaban al hacerlo.

 

—Ve a tu habitación —dijo, sin mirarme, secándose el pelo con una toalla.— Descansa. Y no pienses demasiado.

 

Salí al pasillo, que ahora parecía normal. El sonido del televisor encendido en la sala llegó a mis oídos. La vida de la casa continuaba, ajena al pequeño éxtasis de calentura que acababa de ocurrir dentro de sus paredes. El mundo seguía girando, pero yo había cambiado.

 

En mi habitación, cerré la puerta y me apoyé contra ella. El olor de él, de nosotros, aún me envolvía y me ponía cachondo. Mis labios babeaban por tener esa verga de veintitrés centímetros en mi boquita. Me llevé los dedos a la boca, aún con su sabor, y cerré los ojos.

 

—Julián… —susurré, y mi nombre en sus labios era una oración que no sabía si quería responder.

 

Sabía que esto no era amor, no era romance, pero era algo más grande que la lujuria, era descubrimiento, era entrega, era el primer paso hacia un hombre que estaba aprendiendo a serlo. Y aunque el miedo me carcomía, el deseo me susurraba al oído, vuelve, vuelve a su puerta.

 

El sábado siguiente, cuando mi mamá salió a hacer compras, yo ya sabía lo que iba a hacer. Caminé hacia el final del pasillo, con el corazón en la garganta y la verga dura bajo el bóxer. Toqué la puerta entreabierta y entré sin esperar respuesta.

 

Julián estaba sentado en el borde de la cama, con una sonrisa que lo decía todo.

 

—Sabía que volverías —dijo, abriendo los brazos.

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© 2026, José Sanz. Todos los derechos reservados. Esta obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0). Para ver una copia de esta licencia, visita: https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/deed.es Este relato, titulado «Mi Padrastro Julián» , es una obra de ficción literaria de carácter erótico. Cualquier semejanza con personas, hechos o situaciones reales es pura coincidencia. Los personajes, situaciones y diálogos son producto de la imaginación del autor. Contenido para adultos (+18). Contiene escenas explícitas de naturaleza sexual. Todas las relaciones son consentidas y entre personajes adultos. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización expresa del autor. 

1 Lecturas/15 septiembre, 2026/0 Comentarios/por JoseSanzRelatos
Etiquetas: baño, cumpleaños, follando, gay, incesto, madre, navidad, semen
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