Mi Pequeño consuelo
Hola este en mi primer relato espero que les guste.
He estado encerrado en mi garaje convertido en guarida desde que mi esposa se quedó tan embarazada que dejó de ser atractiva.
Estoy inclinado sobre mi puesto de trabajo con la polla en la mano. De pronto la puerta se abre y golpea la pared. «Papá, anoté… oh».
En la puerta se encontraba mi pequeño de solo 6 años, me levanto, y cubro mi polla dura como una roca y empapada él la sigue con la mirada.
“Mateo”- Digo mientras lo miro ahí de pie.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Mateo, inclinando la cabeza.
—¿Puedo ayudar? —pregunta inocentemente .
Mi reacción instintiva es ¡ni hablar! Una idea terrible. Pero luego pienso en esos labios en mi polla. En cuánto tiempo ha pasado desde que le di duro a un culo virgen. No soy pedófilo, pero joder, cuando no has follado durante un mes entero, un agujero es un agujero.
¿Y se puede llamar infidelidad si se mantiene dentro de la familia?
“Claro, Mateo”, le digo, “cierra la puerta y ven a mi lado”.
Mateo cierra la puerta tras de sí. Sigue con su uniforme de fútbol: pantalones cortos azul marino, camiseta y zapatos de fútbol.
Lo tomé en mis brazos y apoyé mi nariz en su cuello. «Si algo no te gusta me detendré» le digo.
Él asiente. “Y no le decimos a mamá, ¿de acuerdo?”. Mierda, qué cliché de abusador. Mateo vuelve a asentir. Mierda, de verdad vamos a hacerlo.
Mi primer instinto es ir directamente a la boca. Morderle los labios hasta que se hinchen y sangren. En cambio, le pongo un beso en la cabeza. Se ríe cuando le pongo otro en su mejilla con hoyuelos. Luego dejo que mis labios se detengan en su mandíbula.
—¿Te gusta, Mateo? —susurro, y él asiente, con el rostro rojo como un tomate. Bajo la boca, rozando su cuello, y pregunto de nuevo: —¿Sigue estando bien?
Su «ajá» ahora es más agudo. Lo beso debajo de la oreja, como solía hacerlo con su madre antes de que le salieran tres papadas y una barriga como una pelota de pilates. La barbilla de Mateo es suave, y se le forma un pequeño hoyuelo cuando le doy un beso.
Se acerca más, rodeándome el cuello con los brazos. Me inclino y lo siento en mi regazo, apoyo su trasero sobre mi muslo y finalmente lo beso en los labios.
—Bien hecho —gruño contra sus labios. Tengo la mano en su pelo, me paro poniendo mi verga a la altura de su cara.
—Muy bien, Mateo, esto es lo que tienes que hacer —le digo —. Solo tienes que poner la punta en la boca, ¿vale?
Él asiente, con los labios entreabiertos y la lengua asomando. Arruga la nariz, pero lo hace, envolviendo su cabeza con los labios. Gimo y casi me corro en ese instante. Es tan caliente, húmedo y estrecho que bien podría ser una vagina.
Los ojos de Mateo se clavan en los míos. Le aliso el pelo. «¿Qué tal sabe, Mateo?»
Se aparta y se limpia la boca. «Está salada»,
“Sigue así Papá esta muy duro.”
Se inclina hacia mí, envolviéndome en el calor suave y húmedo de su boca. «Eso es, así mismo», digo, mientras le acaricio la espalda.
Tose un poco. Le limpio la saliva de la barbilla. Apoyo la palma de la mano en la nuca.
No dice nada, y eso me basta. Alterna entre lamer la cabeza y frotarla contra su mejilla, como si no supiera qué hacer a continuación. En realidad es mi pequeño, ansioso, con la mente empapada y deseoso de complacerme. Hace un pequeño sorbo descuidado y luego frunce el ceño.
Es tan jodidamente puro que veo estrellas.
Lo intenta de nuevo, esta vez con más fuerza, y se mete otra pulgada. No voy a mentir, tengo muchísimas ganas de penetrarlo. «Papá quiere meterte la polla por el culo».
Por primera vez, Mateo parece que va a decir que no.Casi espero que salga corriendo, pero solo se muerde el labio.
—¿Dolerá? —pregunta en voz tan baja que tengo que inclinarme para oírlo.
“Sí, puede que sí. Pero solo un poquito. Papá será delicado. Pararé si tú me lo dices. Siempre.”
“Vale, papi. Confío en ti.” Apenas termina de hablar cuando lo acerco, lo levanto y lo siento en el borde del banco de trabajo. Se recuesta contra mí, dócil, y me deja bajarle los calzoncillos hasta los tobillos. Está completamente relajado, sin un músculo, pero su pene está erecto y balanceándose. Eso me excita, más de lo que debería.
“¿Te sientes bien, Mateo?”, murmuro.
Asiente con tanta fuerza que le tiemblan las orejas. «Es raro».
«¿Raro en el buen sentido o raro en el mal sentido?»
Lo piensa un momento, con el ceño fruncido, y luego traga saliva. «Bien, creo».
Lo chupo como si fuera un batido, y él me agarra la nuca, con los nudillos blancos. Su pequeña pelvis se sacude, como si intentara frotarse contra mi cara. Ese es mi chico, le doy una última mamada a su pene y le doy un beso en el muslo antes de levantarme. Agarro una manta negra de mudanza y la extiendo en el suelo.
—¡Arriba, Mateo! —digo con un gruñido, levantándolo y haciéndolo girar al mismo tiempo, y luego lo recuesto con cuidado boca arriba sobre la manta.
Me arrodillo sobre él. Tiene las rodillas levantadas, temblorosas, y el pene erecto. Me detengo un instante para admirar su cuerpito delgado gracias al fútbol.Es perfecto. Quiero que se quede así para siempre.
«Mmm, no crezcas nunca.» Él me mira, con los ojos muy abiertos y la boca abierta. «Vale, Mateo, Esto va a ser raro, y puede que te pique un poco al principio, pero si es demasiado, paramos, ¿vale?»
Él asiente, conteniendo la respiración. Engancho mi dedo con más saliva y rodeo su ano, presionando suavemente en el centro. Se contrae y se relaja, todo su cuerpo tiembla de anticipación.
Presiono y presiono hasta que la punta de mi dedo encaja. Mateo aprieta los dientes y me aprieta la muñeca. —¿Estás bien? —pregunto. Mateo niega con la cabeza y me suelto. —¿Qué pasa?
“Siento como si estuviera haciendo caca”, dice Mateo
—Ah, sí, a veces es así —digo, sin apartar la mirada—. Es lo que se siente al principio. Ya pasará, te lo prometo.
Introduzco mi dedo lentamente, lo mantengo quieto, espero a que se relaje y, cuando lo haga, le pregunto: «¿Listo, Mateo?».
Muevo el dedo ligeramente. Se tensa, luego se relaja y, en un minuto, respira con normalidad. —¿Quieres probar más? —le pregunto, y asiente. Tiene las orejas rojas como un tomate.
Giro el dedo, abriéndolo poco a poco, y realmente es un trabajo arduo, y los bordes de su ano se aprietan con fuerza. Empieza a jadear, respirando débilmente por la nariz, mientras le froto el vientre con la otra mano. Su erección no disminuye ni una sola vez. Agrego otro dedo. Sisea, pero no se aparta.
Acaricio el interior, buscando, y doy con el punto que hace que todo su cuerpo se estremezca. Jadea, “Papá, ¿qué fue eso?”
Me río suavemente. «Ese es tu botón mágico, Mateo.»
Él también se ríe, y la tensión entre nosotros se disipa, y me pongo a trabajar preparándolo de verdad para Papá. Soy cuidadoso con mi chico. Mis malditas manos tiemblan de ganas de penetrarlo. Mi polla gotea tanto que ni siquiera necesito más saliva. Quiero que esto sea bueno para él. Quiero que lo desee de nuevo.
Alineo la punta de mi pene, acomodándola justo contra su abertura. Empujo solo la punta, deteniéndome mientras su rostro se contrae. Su respiración es entrecortada y agitada, pero antes de que le pregunte, jadea: «¡Sigue!», así que lo hago, con calma, solo un par de centímetros a la vez. Estoy temblando, apretando con fuerza su muslo mientras empujo más profundo.
Se tensa como si estuviera apretando un tubo de pasta de dientes con las dos manos, y yo me quedo inmóvil, dejando que se acostumbre. —¿Quieres que pare? —pregunto. Sacude la cabeza con tanta furia que puedo oír el sonido de sus oídos.
Avanzo lentamente, sintiendo cada pliegue y cada latido. Apenas voy por la mitad, pero joder, está apretado. Su respiración es rápida y superficial, y es tan pequeño, tan delicado, y me aterra la idea de romperlo, pero Dios, cada centímetro que introduzco en su pequeño y apretado cuerpo es el paraíso.
Cuando estoy completamente dentro, con mis testículos presionados contra su trasero, me quedo ahí un segundo. Le acaricio la mejilla, le presiono la sien con el pulgar y él parpadea. «Ya está dentro. Lo lograste. Eres increíble.»
Él asiente. «¿Puedes besarme otra vez, papi?»
Sí. Le sostengo la cabeza, nuestras narices se juntan, y él me devuelve el beso, como si nunca hubiera besado a nadie antes, que de hecho no lo ha hecho.
Me inclino hacia adelante y él grita. Inmediatamente, me detengo; empiezo a retroceder para alejarme de él. Me da una palmada suave en la muñeca. «No, no, estoy bien, solo… ay».
¡Menos mal que no quiere parar! Y sé justo lo que necesita. «¿Qué tal el fútbol, campeón?»
Su diminuto aro es como un puño alrededor de mi pene. «Marqué dos goles. Uno fue de penalti», dice entre jadeos. «Y Dani bloqueó, como… ¡uf!… todos los goles. Fue genial».
Tengo muchísimas ganas de darle una paliza, pero dejo que se acostumbre, le doy tiempo. «¡Ay, ojalá lo hubiera visto!».
Él sonríe, luego hace una mueca. «Está bien, ya puedes hacer ese movimiento».
La boca se abre de golpe, luego se cierra de golpe. Jadea pequeños «ah, ah, ah-ah-AH» con cada centímetro. No puedo creer lo jodidamente caliente que está.
Quiero correrse ahí mismo, pero de ninguna manera voy a correrse ahora, quiero que esto dure mucho mas.
“¡Oh!”, grita Mateo. “Hazlo otra vez”.
Dijo mientras tocaba su pequeño pene, despacio al principio, luego un poco más rápido, y Mateo arquea la espalda como si intentara levantarse del suelo. Todo el tiempo lucho contra el impulso de embestirlo con fuerza, pero logro mantenerme a la mitad de mi longitud. Aun así, se le cruzan los ojos con cada embestida. Acariciándole el pelo, le beso el sudor de la frente. Parece que eso lo calma. Su respiración se vuelve más regular; su cuerpo se relaja.
“¿Ya lo tengo en la barriga?”, pregunta, y casi me da un ataque en ese mismo instante.
“Sí, Mateo. ¿Quieres sentirlo?” Él asiente, así que guío su palma hacia abajo, dejando que presione contra su vientre plano y tembloroso. Empujo un poco mientras lo hace, y la expresión de su cara… oh, joder, eso me perseguirá para siempre.
Es tan ligero que puedo moverlo con una mano, así que lo hago: le doblo las rodillas, lo separo más y lo follo más profundamente. «Papi, ¿qué pasa si me cago encima de ti porque no sé si me estoy cagando o si te estás retirando?»
Eso es… extrañamente sexy… bueno, uno siempre aprende algo nuevo sobre sí mismo. “Lo limpiaré. No hay problema, Mateo”
“¿Puedes tocarme?”, pregunta.
“Sí, Mateo como tu desees” Sonríe, tirando de su pequeño pene con mi mano. Su cuerpo se arquea hacia mí, y yo simplemente observo a mi hijo volverse loco con su propia polla mientras lo follo lenta y dulcemente.
—Papá —jadea.
“¿Sí, Mateo?”
“Algo le está pasando a mi pito.” Su pequeño puño está moviendo su pene como si le fuera la vida en ello.
“Eso se llama correrse, Mateo”, le digo, y solo pensar en mi pequeño eyaculando por primera vez me da vueltas la cabeza. Ni siquiera estoy seguro de si tiene edad suficiente para que salga algo, pero joder, quiero verlo. “Se sentirá muy, muy bien. Puede que eyacules algo, o tu pene simplemente temblará mucho. Apenas puedo articular palabra porque estoy a punto de correrme, pero quiero que él termine primero. “Papá también se va a correr pronto, pero seguro que va a eyacular algo húmedo”.
“¿Como orinar?”
No puedo evitar reír. «No como la orina. Será más espesa, más caliente y tendrá mejor sabor. ¿Quieres eso, Mateo? ». Responde con un movimiento de todo el cuerpo contra mí, que es el sí más grande que existe.
Lo follo como si quisiera que nunca se separar de mi. Mantengo una mano apoyada en la nuca, sosteniéndola, la otra está entre sus piernas, mi pulgar acariciando sus testículos, y todo su cuerpo está apretado alrededor de mi polla como si estuviera buscando la máxima puntuación.
“¡¡Papi!!”, dice, como si estuviera exorcizando un estornudo. Se sacude una y otra vez, pero no sale nada, como esperaba.
Me meto dentro, una, dos veces, y luego me descargo, inundándolo con lo que parece un litro de leche de papi. El agujero de Mateo se contrae, como si su cuerpecito quisiera exprimirme hasta la última gota, y maldita sea, lo intenta. Me da vueltas la cabeza. Me quedo dentro de él todo el tiempo que puedo, pero veo manchas, y tengo que sacarlo antes de desmayarme y aplastarlo.
Mateo se queda flácido mientras mi polla gotea lo último de sí misma por su raja. «¿Papi?»
“¿Sí, Mateo?”
“¿Podemos hacerlo otra vez?”
Me río. Y pensar que me sentía culpable por ser p3d0fil0. Le revuelvo el pelo. «Claro, Mateo»..


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