Mi primera vez siendo penetrado
Este relato es real sucedió en Guadalajara de buga y fue mi primera vez probando el mundo gay.
Tenía dieciseis años. Era 2021 y la pandemia me tenía encerrado. Las clases virtuales se me hacían interminables y el aburrimiento me estaba volviendo loco. Empecé a meterse en todo tipo de porno hasta que un día caí en el gay. Al principio solo era curiosidad, pero el morbo me agarró rápido. Entré a grupos de WhatsApp sexuales, mandaba fotos de mi cuerpo delgado y me calentaba leer cómo me escribían putadas. En uno de esos grupos empezaron a hablar de Grindr. Esa misma noche me creé la cuenta.
En minutos ya me escribían hombres y me mandaban fotos de vergas duras, gruesas, con la cabeza brillante. El aburrimiento y la excitación se mezclaron. Quedé con un masajista de veinticinco años, complexión media, ni gordo ni flaco. Yo era flaco, cara de niño. Me dijo que era activo y que si quería podía pasar a su local solo a hacer morbo. Acepté. Nos mandamos fotos cada vez más sucias mientras yo me vestía. Me monté en un mototaxi con la verga ya semi dura dentro de la pantaloneta, sintiendo cómo el viento me pegaba en la cara y el corazón me latía fuerte.
Cuando llegué él estaba esperándome afuera. Me dio un poco de pena porque el mototaxista todavía estaba ahí, pero me arrimé igual. Le pregunté si era el de la app, él asintió y me invitó a entrar. Apenas cruzamos la puerta cerró con llave. Me llevó al baño de atrás, corrió las cortinas y quedamos encerrados en ese espacio pequeño. El aire se sentía caliente. Se sentó en la taza, bajó el short y sacó su pene. Ya estaba semi erecto: grueso, pesado, con las venas marcadas y un hilo de precum brillándole en la punta.
—Chúpamela —me dijo en voz baja.
Me arrodillé frente a él. Agarré esa verga con las dos manos, la sentí caliente y pesada, y me la metí a la boca. Empecé lamiéndole la cabeza, saboreando ese gusto salado y amargo. Después la fui engullendo más profundo. Él me agarró del pelo con fuerza y empezó a moverme la cabeza a su ritmo. Me la hundía hasta que se me llenaba la garganta y se me escurría la saliva por la barbilla y el pecho. Me atraganté varias veces, los ojos se me llenaron de agua, pero no me aparté. Me hizo bajar a lamerle las bolas, chuparlas despacio mientras le masturbaba el tronco baboso con la mano. El olor a hombre, a sudor y a verga me tenía completamente duro.
Después de un rato me mandó levantarme. Me bajó la pantaloneta y el bóxer de un solo tirón. Me volteó de espaldas, me hizo apoyar las manos en la pared y me abrió las nalgas con las dos manos. Escupió crema en mi culo y metió primero un dedo, después dos, abriéndome despacio pero con firmeza. Los dedos entraban y salían, estirándome el agujero mientras yo apretaba los dientes y gemía bajito. Sentía cómo me abría, cómo el culo se iba acostumbrando a la invasión.
Cuando notó que ya estaba más suelto, retiró los dedos y arrimó la cabeza de su verga contra mi culo. Se sentía enorme, dura como piedra. Empujó despacio. El dolor fue intenso, como si me estuvieran abriendo de golpe. Intenté poner la mano atrás para frenarlo, pero él me la apartó con fuerza.
—Aguanta… solo es la punta —me dijo con la voz ronca, completamente arrecho.
Me la fue metiendo poco a poco, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus bolas pegadas contra mis nalgas. Me quedé temblando, el culo ardiendo, su verga latiendo profunda dentro de mí. Empezó a moverse despacio, sacándola casi completa para volver a enterrármela hasta el fondo. Cada embestida me abría más. El sonido húmedo de su pija entrando y saliendo de mi culo llenaba el baño. Yo me toqué la verga y la encontré completamente dura, goteando. Empecé a masturbarme mientras él me cogía.
Entonces cambió el ritmo. Me agarró fuerte de las caderas y empezó a darme duro. Me embestía con ganas, las nalgas rebotando contra su pelvis, su verga golpeándome profundo. Yo gemía contra la pared, tocándome más rápido, sintiendo cómo el dolor se convertía en un placer sucio y pesado. Me gustaba estar así, abierto, siendo usado.
De pronto él se tensó, me clavó los dedos en la carne y se vino. Sentí su verga latir fuerte y escupir chorros calientes de semen directo dentro de mi culo. Me llenó por completo. Cuando la sacó despacio, el semen empezó a escurrirme por las nalgas y los muslos en hilos espesos y calientes.
Me dio un papel. Me limpié como pude, todavía con las piernas temblando y el culo abierto. Me subí la pantaloneta y salí del local. Fue decepcionante que se corriera justo cuando yo empezaba a disfrutarlo de verdad… pero la sensación de haber sido abierto, cogido y llenado de leche me dejó el cuerpo caliente durante horas. Me gustó haberme sentido usado.

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