¿No querías ser una mujercita?
Mario es un niño de once años con un secreto: en realidad se siente María. Pero cuando su madre fallece, queda al cuidado de su padre, quién alcohólico buscará el culito de su pequeña trans..
¿No querías ser mujercita?
Mientras se bañaba, Mario… bueno, María se vió en el espejo del baño. Completamente desnuda, con su cuerpo lampiño, blanco y pequeño por sus escasos doce años, se volteó posando su mirada en su culo. Era respingado, gordo y volvía su cintura tan curvilínea como la de cualquier adolescente biológica.
Ya habían pasado seis meses desde el fallecimiento de su mamá, pero hoy más que nunca la necesitaba.
— Apúrate Mario. Con una chingada, ¿qué tanto haces? —gritó su papá del otro lado, aporreando la puerta—.
— Voy
Se colocó su ropa, secó su pelo castaño largo hasta las mejillas y salió.
— Puta madre contigo, Mario. —dijo su padre entrando al baño—. Todos los putos días los mismo, pareces vieja tardando tanto.
Se aguantó las ganas de llorar—como todos los días— y se dirigió a su cuarto.
Últimamente su padre, de nombre Pablo, estaba más irritable que de costumbre. Todo lo que María hacía o decía, le molestaba. Solo su tierna, amable y bondadosa madre mantenía la paz en la casa. Pero ella ya no estaba.
La única mujer que sabía que María era realmente una niña. Se lo reveló un día que iban de compras y María, en ese entonces Mario, se quedó viendo un vestido azul. Como la intuición de madre nunca se equivoca, le preguntó que pensaba del vestido. María contuvo las ganas de llorar y mientras comían un helado juntas, le reveló que se sentía como una niña. Que no le gustaba ser niño, no le gustaba ser como ellos.
Al principio su madre le dijo que tal vez solo era gay, y que ella estaba bien con eso, a pesar de lo difícil que sería para su padre aceptarlo. Pero, María sabía que no solo iba acerca de gustarle los hombres, era su interior que le decía que él era ella.
Los dos lloraron, su madre la besó y le dijo que la apoyaba, pero que frente a su padre siguiera siendo Mario hasta que ella pudiera hacerlo entrar en razón cuando ella cumpliera dieciocho. A Mario no le encantaba la idea, pero si en alguien podía confiar, era en su madre.
Una promesa rota al final, él seguía siendo Mario y su madre estaba muerta.
Regresó de la misa con su tía Vero. Su padre se fue con sus amigos a tomar, como hacía todos los días desde hace seis meses. Luego regresaba a casa entrada la noche, oliendo a alcohol, cayéndose y gritándole a María: «párate bien, camina como hombre, hablas como vieja, en mi casa no quiero putos.»
Luego, caía dormido hasta el día siguiente.
Esta vez, se percató que su tía tomó el camino a su casa, no a la casa de ella.
— Tía, ¿no me voy a quedar contigo hoy? —preguntó María apenada—.
— No, hijo. Tu tío y yo vamos a salir, pero te prometo que el siguiente fin de semana te saco a pasear.
Lo dejó solo en la puerta y manejó.
Habían pasado dos horas con María en casa. La tele no pasaba nada interesante y el Internet fallaba. Llevaba mucho tiempo sin quedarse sola en esa casa vacía, muerta junto con su mamá.
Aburrido entró al cuarto de sus padres, sacó la ropa de su madre y la estrujó hacia él. Todavía olía a ella. Las lágrimas cayeron y los recuerdos aparecieron.
Vio el vestido azul que hace meses vieron juntos. Su madre lo compró pero en su talla. Le prometió que cuando creciera ese sería su primer vestido.
¿Y si se lo probaba? Total, estaba sola y su padre conociéndolo, no llegaría hasta las once de la noche, como mínimo.
Se quitó su ropa y se colocó el vestido.
Le quedaba largo, pero como su madre era flaquita, se asentaba muy bien en su curvas infantiles. Tomó maquillaje de su madre aún guardado en sus cajones, lo abrió, se maquilló y se dejó bella. Sí se veía como una verdadera niña, una niña jugando a ser grande.
Se miraba en el espejo del cuarto, giraba haciendo revolotear el vestido. Se imaginó a sí misma en el futuro, lejos de su padre, con su nombre cambiado y usando este tipo de vestidos. No más Mario, solo María.
Una vida que podía esperar…
— ¿Qué chingados estás haciendo? —gritó su padre en el umbral de la puerta—.
El hombre era alto, moreno claro, barbón y fornido. No tenía un cuerpo trabajado ni mucho menos, pero tenía ese cuerpo de señor masculino y atractivo.
María dejó caer el labial al piso.
— Nada papá, solo estaba jugando.
— ¿A ser puto? Esos no son juegos, no quiero volver a verte así.
Caminó hacia él, tropesándose y llenando el cuarto de olor a alcohol.
— No soy puto. —dijo María con la voz quebrada—. Soy María, mamá lo sabía y me apoyaba. Yo soy niña.
— ¿Escuchas las chingaderas que estás diciendo?
Se paró frente a ella tomándola de los hombros.
— Eres un hombre, así naciste y así te vas a morir. Tienes pito, no vagina o ¿no me crees?
Le quitó de un tirón el vestido dejando a la aterrada niña temblando con solo un bóxer. Le bajó el bóxer dejando al aire su pequeña verga en desarrollo, lampiña como todo su cuerpo.
— ¿Ves? No eres una mujer, eres un puto y en mi casa no quiero putos. Y a vergazos te lo voy a quitar.
María cayó al suelo, desnudo y con el maquillaje escurriendo de tanta lágrima. Se arrastró dándole la espalda a su padre encendido.
Mientras se arrastraba, intentaba taparse el culo descubierto con su manita.
Pablo se quedó inmóvil, viéndolo fijamente y pensativo. María seguía llorando, se detuvo en la puerta con miedo de que su padre la golpeara si se iba.
Serio, su padre avanzó hacia ella.
La levantó mientras Maria pataleaba y la aventó en la cama.
— ¿Te crees muy mujercita? Pues te voy a tratar como una a ver si mucho te gusta.
María horrorizada, se pegó a la base de la cama. Su padre estaba apunto de violarla y ella no se movía, temblaba y lloraba. Como siempre.
Pablo comenzó a quitarse el cinturón torpemente por el alcohol en su cuerpo. Lo aventó al suelo y se bajó el pantalón dejando a la vista su boxer azul abultado. Cerró la puerta de la habitación con seguro y se acercó a la cama.
Se comenzó a desabrochar la camisa de cuadros, mostrando su pecho peludo y su panza.
— Ponte en cuatro, a ver ese culito de disque vieja. —dijo su padre ahora solo en boxer—.
María se quedó pasmada, viendo fijamente a su padre y tapando su penecito con una almohada.
— Escucha puto, no me hagas ir y ponerte en cuatro, porque no te va a gustar.
Respirando fuertemente, aguantándose el llanto, María se arrastró al centro de la cama y se puso en cuatro.
Mostró su enorme culo por genética, respingado, redondo como el de una mujercita.
Pablo sonrió y comenzó a frotar el trozo contenido apenas por ese pedazo de tela.
— Una cosa sí te voy a decir, hijo. Sí tienes culo de vieja, eh. —se acercó y comenzó a sobar las nalgas blancas de su hijo—.
Su padre nunca lo había abrazado y hoy, el primer contacto que tenía con su hijo, era tocando su culo desnudo. A punto de violarlo…
— Las tienes bien paraditas. ¿Cuántos años tienes?
— O-once. —dijo María intentando encontrar su voz—.
— Once años, cabrón. Once añitos y estás más nalgón que muchas putitas que me he echado.
Su padre comenzó a nalguearlo, con tanta fuerza que en varias ocasiones, Mario no podía seguir en cuatro. Las manos peludas de su papá, dejaban su culito rojo.
No podía creer lo que estaba pasando. Su papá iba a cogerlo y no había nadie que lo ayudara.
— Voltéate. —le ordenó su papá—.
Ya no quería ser María si esto era lo que le esperaba en el futuro. Suspiró con los ojos rojos hinchados y volteó.
Su padre se había quitado el bóxer. Tenía un monstruo entre las piernas. Era una verga morena, curvada hacia adelante, con la cabeza ancha y rosadita, a demás le colgaban dos enormes huevos listos para llenar de leche.
Toda la base estaba peluda, aunque los pelos no eran tan largos.
Su padre jalaba su verga y la frotaba con movimientos circulares. Mario nunca había visto una verga antes, pero no creía que otra pudiera estar igual de grande que la de su padre.
El hombre se acercó al culo del pequeño, escupió en su entrada y comenzó a lamer con desesperación.
Mario comenzó a removerse incómodo, con aquella lengua entrando y saliendo. Su padre hacia presión justo en la entrada, haciendo que Mario se relaje demasiado.
No sabía que estaba haciendo su padre, pero tampoco quería aceptar que se sentía muy bien.
Pablo se levantó, Mario escondía su carita en las sábanas, no queriendo que su malvado padre lo vea sonrojado.
— Pero si lo tienes rosadito, hijo. Ahorita que te reviente el culo, sí va a parecer una panochita.
El hombre, apuntó su glande cabezón a la estrecha entrada del pequeño e hizo presión.
Mario gritó retorciéndose en su lugar, queriéndose safar, pero su padre lo sostuvo de las caderas con tanta fuerza que le dolía.
— ¿No que muy mujercita? Las mujeres aguantan una verga de su macho.
El glande era tan grande que no podía entrar por completo en aquel ano virgen, pero cegado por el alcohol, Pablo siguió empujando.
Fue difícil, pero el glande logró entrar, ocasionando que Mario rompa a llorar.
Pablo estaba caliente, tenía la verga hinchada y dura como nunca la había tenido antes. El culito apretado de su hijo aplastaba su glande de la manera más deliciosa y que ninguna mujer podría igualar.
— ¡PAPÁ! POR FAVOR, YA NO SERÉ NIÑA, SERE NIÑO PERO SUÉLTAME. —gritaba el pequeño, con todas sus fuerzas ya garganta desgarrada—.
— Ya es muy tarde, putita. Si quieres ser mujer, yo te voy a hacer mujer. A partir de hoy ya no serás niño, cabroncita.
Mario era tan pequeño, que su padre sin problema lo alzó poniéndolo boca arriba.
El niño tenía la cara roja y los ojos hinchados de tanto llorar. Su padre alzó sus pies poniéndolos en sus hombros y dejando su anito ahora rojo al aire libre.
Volvió a meterle el glande, Mario volvió a empezar a llorar, pero apenas iniciaba.
Lo sostuvo bien y le ensartó toda la verga hasta el fondo, haciendo que Mario grite y se remueva con desesperación.
Se lo comenzó a coger fuertemente, tan ferozmente que el niño volteaba sus ojos, dejaba de llorar un momento y volvía a gritar al otro.
Con cada embestida, la gruesa verga de Pablo entraba y salía con más facilidad de su ahora, hija. Su pequeñita trans.
Pablo comenzó a subir su velocidad, bufando, sudando y arrugando la cara del placer del culito de su nena.
Mario sentía que lo estaban rompiendo a la mitad, le ardía el culito y tener ese trozo lo hacía sentir como cuando pujaba para hacer popo.
Ya había dejado de llorar, pero no podía ya aguantarse las ganas de gemir.
Mario ya conocía la palabra sexo, pero nunca lo había visto, no sabía que le estaba haciendo su papá pero sabía que estaba mal. Aun así, no podía dejar de sentir su culito más rico.
Al cabo de unos minutos, comenzó a gemir fuertemente. Su papá le estaba dando con fuerza, tanta que se escuchaba los golpes de su pelvis por todo el cuarto y él se comenzó a sentir en las nubes.
Su culito ya se había abierto para recibir casi toda al verga de su papi, escondía su carita porque le daba vergüenza que aquel castigo por ser trans le estuviera gustando cada vez más.
Si este era un castigo, ¿por qué tenía su verguita dura y no podía callarse sacando tantos gemidos?
— Oh, oh, oh. Papi, ya… —gemía la pequeña putita—.
— ¿Papi? Si mi amor, con ese culito, yo soy tu papi y tu mi nena. —decía casi en un susurro, mientras seguía taladrando el culito de su nueva nena—.
La calentura estando pedo era distinta, como si el alcohol fuera la gasolina para tener aguante y que su verga no bajara ni un centímetro de erección.
— Dime papi, dime papi. —tomó la cara de Mario y le escupió en la boca—.
No sabía porqué, pero a Mario no le dio asco, lo tragó y comenzó a gemir.
— Papi, papi, papi. —decía la pequeña trans—.
— Sí, putita. Soy tu papi y tu mi hija. Me encanta tu puchita mi nena. Nada que envidiarle a las otras putas.
Nuevamente sintiéndose Maria, la pequeña comenzó a gemir gritando «papi»
Sentía su cuerpecito caliente y se estaba aguantantando las ganas de orinarse.
Sus embestidas eran más fáciles, aquel culito que no podía recibir ni el glande, ya recibía los diecinueve centímetros de carne venosa.
Pablo comenzó a lanzar gemidos agonizantes, apunto de rendirse al placer. Dió una estocada final, intentando atravesar a la nena con su verga y aventó chorros calentitos y espesos en el interior.
María grito y de su verguita, varios chorritos de orina llenaron su abdomen. No se pudo aguantar, cuando sintió ese trozo golpear su culito tan profundo.
Ambos gimieron juntos, su padre se dejó caer y María intentaba encontrar aire.
Pablo se desplomó sobre el pequeño cuerpo de su hijo exhausto de placer, sintiendo como si trajera el corazón en la verga, que le palpitaba mientras iba perdiendo tamaño.
Su verga salió naturalmente del anito ahora rojo y lleno de leche.
Se dejó caer en la cama desnudo y con la verga llena de mecos y sangre.
Acarició la cabeza de su hija y la besó.
— Ahoras ya eres mujercita, pero la mujercita de papá.
Al cabo de un rato, comenzó a roncar y no volvió a levantarse.
A Maria le dolía la colita, como pudo se levantó con sus piernitas temblando y se dirigió a su cuarto.
Su padre le llamó hija y solo tuvo que aguantar el castigo, castigo que por cierto, al final le gustó mucho.
Si tuvieran que volverlo a castigar por ser María, ahora en adelante ya era un niña.
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