Nueva experiencia V
Lo que Carla a sentido también lo siento yo .
El frío de la montaña se colaba por las rendijas de la cabaña, pero en la cocina hacía calor. El horno de leña aún emanaba resplandor, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de madera. Jorge y yo llevábamos solo los pantalones del pijama, el torso desnudo expuesto al ambiente cálido del lugar.
—Joder, Rubén —dijo Jorge sirviéndose otro café, sus ojos brillando con esa mezcla de satisfacción y picardía—, tu Carla es una fiera. Anoche no me dejó dormir. Tres veces, tío. Tres veces me montó como si fuera suyo.
Sentí cómo mi sangre se agitaba al escucharlo. No era celos, era algo más primitivo. Mi propia polla se movió dentro del algodón del pijama, recordándome mi propia noche.
—No sabes la de Sara —respondí, mi voz más ronca de lo que pretendía—. Tú hija no descansa… Me cabalgó hasta dejarme seco. Aún siento su sabor en la boca.
Jorge soltó una carcajada, pero sus ojos no se apartaban de mi entrepierna. Yo tampoco podía dejar de mirar el bulto que crecía bajo su tela a cuadros. Él lo sabía. Siempre lo había sabido. Desde aquel verano en la playa, cuando me pilló mirando a un chico en la ducha.
—Te pone, ¿eh? —murmuró, dando un paso hacia mí.
No respondí. Mi silencio era toda la confirmación que necesitaba.
—Acompáñame al baño —dijo, y no era una petición.
Lo seguí por el pasillo oscuro, el corazón martilleando contra mis costillas. La puerta del baño se cerró con un chasquido que resonó como un disparo en la noche. Jorge se giró. Sin preámbulos, se bajó los pantalones del pijama. Su polla saltó libre, gruesa, oscura, ya semi-erecta y pesada contra su vientre.
Me miró fijamente, sus ojos casi negros en la penumbra iluminada solo por unos rayos de sol que entraban por la ventana alta.
—Chúpala —ordenó.
Caí de rodillas sobre el frío suelo de baldosas. El contraste entre el frío del suelo y el calor de su carne en mi boca me hizo gemir. Jorge echó la cabeza hacia atrás, apoyándose contra la pared de azulejos, mientras yo trabajaba con lengua y garganta, saboreando su sabor salado, el peso de su glande contra mi paladar.
—Así, puta… así me gusta —gruñó, sus caderas comenzando a moverse, marcando el ritmo.
Mis manos se aferraron a sus muslos, sintiendo la tensión de sus músculos, el poder contenido de su cuerpo. Me cogió del pelo, guiándome, usando mi boca a su antojo, sus gemidos resonando contra las paredes del baño.
De repente, me apartó de un tirón. Jadeaba, su polla brillando con mi saliva, completamente erecta ahora, imponente.
—Ensálivate el culo —ordenó, su voz ronca, dominante—. Quiero follarte. Quiero sentirte apretado alrededor de mi polla.
Me giré apoyando las manos en el lavabo, mirándonos en el espejo empañado. Me bajé los pantalones hasta los tobillos, exponéndome. Me escupí en la mano y froté entre mis nalgas, preparándome, abriéndome para él.
Jorge se posicionó detrás de mí. Sentí la punta de su miembro presionando contra mi entrada, insistente, exigente.
—Dime que lo quieres —exigió.
—Fóllame —suspiré, mirándolo en el espejo—. Fóllame, Jorge.
Penetró de una estocada. El dolor inicial se disolvió en una plenitud absoluta, en la sensación de ser completamente llenado. Comenzó a moverse, despacio al principio, luego con fuerza, con urgencia.
—Qué buena estás —murmuró contra mi oído, su aliento cálido—. Qué culo más delicioso tienes, puta. Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te folle como a una zorra.
—Sí —gemí, arqueándome para recibirlo mejor—. Sí, dame más…
Alternó la follada con momentos en los que me giraba, me obligaba a arrodillarme de nuevo y me metía su polla en la boca, sabiéndome a mí mismo en su carne, antes de volver a penetrarme, más profundo cada vez, hasta que el lavabo se movía contra la pared con cada embestida.
—Voy a correrme —anunció, sus dedos clavándose en mis caderas—. Voy a preñarte, Rubén. Voy a llenarte de mi leche.
—Dentro —supliqué, perdiendo toda vergüenza—. Córrete dentro, Jorge. Lléname.
Unos cuantos empujones más, salvajes, desenfrenados, y sentí cómo se tensaba, cómo su polla palpitaba dentro de mí, descargando su semen caliente, abundante, empapándome por dentro. Jorge gritó, un sonido animal, primitivo, mientras su cuerpo se estremecía contra el mío.
Permaneció dentro un largo momento, ambos jadeando, sudorosos, conectados de la forma más antigua. Luego se retiró lentamente, y vi en el espejo cómo su semilla comenzaba a escurrirse por mis muslos.
Se limpió con una toalla y me la ofreció. Me limpié mientras él se subía los pantalones, su semblante relajado, satisfecho.
—Imagina lo que se avecina —dijo, una sonrisa perezosa curvando sus labios—. Cuando Carla y Sara se enteren de esto… Cuando las cuatro paredes de esta cabaña presencien lo que somos capaces de hacer los cuatro juntos…
Se acercó y me besó, un beso húmedo, profundo, que sabía a promesas.
—Continuará… —susurró contra mis labios, y la anticipación me estremeció más que el frío de la montaña.

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!