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Gays, Incestos en Familia, Travestis / Transexuales

Paco y la vida con su madre 10 – Paco (ahora llamada Peka) le entrega su virginidad anal a su bully.

Paco le entrega su virginidad anal a su bully.

Groncho seguía moviéndose lentamente dentro de Peka. Ya había metido casi toda su verga gruesa de 24 centímetros en el ano de la chica. Cada vez que empujaba hacia adelante, Peka soltaba un gemido entrecortado de dolor. Su culo estaba completamente abierto alrededor de la verga, rojo e hinchado.
Peka tenía la cara hundida en la colcha de la cama de su mamá. Las lágrimas no paraban de caer. El dolor era constante, profundo y ardiente. No se parecía en nada a lo que había imaginado.
Con voz entrecortada y aniñada, le habló a su mamá:
—Mamá… duele mucho… no sabía que dolía tanto ser nenita…
Mónica estaba agachada al lado de la cama, muy cerca de su hija. Le acariciaba la espalda con una mano y le apartaba el pelo de la cara con la otra. Su tono era completamente maternal, suave y comprensivo.
—Lo sé, mi amor… lo sé que duele —le respondió con calma—. Pero esto también forma parte de ser nenita.
Peka gimió cuando Groncho empujó un poco más profundo. Su voz salió entre sollozos:
—Pero… yo pensaba que ser nenita era solo… comprarme ropita linda… y que las señoras me traten bien… y poder entrar en los vestidores de nenas… No sabía que también dolía tanto…
Mónica le acarició la mejilla con el pulgar, limpiándole una lágrima. Su voz seguía siendo tierna y paciente:
—Ser nenita no es solo eso, mi cielo. Ser nenita también es complacer a un hombre. Es dejar que te use cuando él quiera. Es abrirte para él aunque duela al principio. Es ser suave, obediente y entregada. No todo es vestiditos y coletas bonitas… también hay que saber sufrir un poquito para darle placer al macho que te domina.
Groncho escuchaba todo mientras follaba lentamente a Peka. Le gustaba oír cómo la madre le explicaba a su hija que parte de ser nenita era precisamente esto: ser follada aunque doliera. Siguió moviéndose con movimientos largos y lentos, metiendo y sacando casi toda su verga cada vez.
Peka sollozó otra vez, con voz más aniñada:
—Duele… me está rompiendo el culito… no sabía que iba a doler tanto…
Mónica se inclinó más cerca y le besó la sien. Le habló con ese tono maternal que usaba cuando Peka era más pequeña:
—Ya sé que duele, mi amor. Pero mirá lo valiente que estás siendo. Estás dejando que tu macho te abra el culito aunque te duela. Eso también es ser nenita. Las nenitas sumisas aprenden a darle placer al hombre aunque cueste. Y después… después el dolor se va poniendo más rico. Vas a ver.
Peka gimió más fuerte cuando Groncho empujó hasta el fondo y se quedó quieto un momento, completamente enterrado dentro de ella. Su voz salió entrecortada y llorosa:
—Mami… ¿de verdad esto es parte de ser nenita?
Mónica le sonrió con cariño y le acarició el pelo mientras respondía:
—Claro que sí, mi vida. Ser nenita no es solo vestirse lindo y que te digan “qué linda”. También es abrirte cuando un hombre te lo pide. Es dejar que te use el culito aunque duela al principio. Es ser su nenita… su putita… su cosita para usar. Y vos querías eso, ¿no? Por eso estás acá.
Peka asintió débilmente contra la colcha, llorando.
—Sí… quería… pero no sabía que dolía tanto…
Mónica le dio otro beso en la cabeza y le habló más bajito, solo para ella:
—Ya va a pasar, mi amor. Tu cuerpo se está acostumbrando. Groncho está siendo paciente porque yo se lo pedí. Pero esto es lo que querías… ser usada por un hombre grande y rudo. Y mamá está acá contigo. No estás sola.
Groncho, que había estado escuchando todo, empezó a moverse otra vez con movimientos más largos. Peka soltó un gemido largo de dolor mezclado con algo más.
Mónica siguió acariciando a su hija, hablándole con ese tono maternal y calmado mientras su hija era follada por primera vez en el culo.
—Así… respirá. Mamá está orgullosa de vos. Estás siendo una muy buena nenita.

Groncho seguía follándola con movimientos largos y lentos. Ya no era tan cuidadoso como al principio, pero tampoco la estaba cogiendo con toda su fuerza. Cada vez que metía la verga hasta el fondo, Peka soltaba un gemido entrecortado. El dolor seguía ahí, pero poco a poco empezaba a mezclarse con otra sensación más caliente y confusa.
Mónica se movió hasta quedar frente a su hija. Se agachó para estar a su altura y le tomó la cara con ambas manos. Peka tenía los ojos llorosos y la cara roja.
—Mirá, mi amor —le dijo Mónica con voz suave y maternal—. Estás siendo muy valiente. Mamá está muy orgullosa de vos.
Peka sollozó bajito. El dolor en su culo era constante, pero la voz de su mamá le daba algo a lo que aferrarse.
Para calmarla, Mónica empezó a darle besitos maternales. Besitos cortos y suaves en la frente, en las mejillas, en la punta de la nariz. Besitos tiernos, de mamá a hija. Peka cerró los ojos y respiró un poco más tranquila. Esos besitos suaves la estaban calmando.
Mónica notó que funcionaba. Vio cómo su hija se relajaba un poco entre gemido y gemido. Entonces, poco a poco, los besitos empezaron a cambiar.
Los besos se volvieron más lentos. Más profundos. Mónica le besó los labios con más presión. Peka, todavía llorosa y con dolor, correspondió tímidamente al principio. Pero cuando sintió la lengua de su mamá rozar la suya, algo cambió dentro de ella.
El beso se volvió profundo y sexual.
Mónica le metió la lengua con ganas, besándola como si fuera una amante y no su hija. Peka gimió dentro de la boca de su mamá. El contraste era brutal: por detrás, Groncho le estaba follando el culo con su verga gruesa y sucia; por delante, su propia madre la besaba con lengua, profunda y húmedamente.
Peka empezó a sentir placer.
No era solo el dolor. Ahora había algo más. Los besos de su mamá la estaban calmando y excitando al mismo tiempo. Cada vez que Mónica le chupaba la lengua o le mordía el labio inferior, Peka sentía que su cuerpo respondía. Su pija chiquita, que antes solo estaba dura por el dolor y la sumisión, ahora palpitaba por otra razón.
Mónica siguió besándola sin parar. Besos largos, sucios, con mucha saliva. A veces se separaba solo para mirarla a los ojos y decirle con voz maternal:
—Así… buena nena. Mamá está acá. Besá a mami…
Peka obedecía. Le devolvía los besos con más ganas cada vez. Nunca se había imaginado que su primer beso con una mujer fuera con su propia madre. Y mucho menos mientras un hombre le follaba el culo por detrás. Pero ahí estaba. Y le gustaba.
Los gemidos de Peka empezaron a cambiar de tono. Ya no eran solo de dolor. Ahora había placer mezclado. Cada vez que Groncho empujaba fuerte, ella gemía dentro de la boca de su mamá. Y cada vez que Mónica le daba un beso profundo, Peka sentía que se relajaba un poco más y que el dolor se hacía más soportable.
Mónica le habló entre beso y beso, con esa voz maternal que tanto calmaba a su hija:
—Mirá cómo te besás con mami… ¿Te gusta, mi amor? ¿Te gusta que mami te bese mientras te abren el culito?
Peka asintió débilmente, con los labios hinchados y brillantes de saliva.
—Sí… mami… —respondió con voz aniñada y entrecortada—. Me gusta… no sabía que me iba a gustar tanto…
Mónica le sonrió con cariño y volvió a besarla, esta vez más profundo y más sucio. Mientras tanto, Groncho seguía follándola por detrás, viendo cómo la madre y la hija se besaban con lengua frente a él. La escena lo tenía completamente excitado.
Peka ya no lloraba tanto. Seguía sintiendo dolor, pero los besos de su mamá lo estaban transformando en algo más. Algo que le gustaba. Algo que la hacía sentir que realmente era una nenita sumisa.
Y en ese momento, besándose con su madre mientras Groncho le follaba el culo, Peka entendió que su vida había cambiado para siempre.

Mientras Mónica la besaba profundamente y Groncho le follaba el culo con movimientos cada vez más largos, Peka se perdió por un momento en su propia cabeza.
Los recuerdos le vinieron solos.
Recordó cuando todavía era Paco. Recordó cómo se escondía en su cuarto con las tangas usadas de su mamá. Cómo las olía con desesperación, enterrando la nariz en la tela sucia, lamiendo las manchas de flujo y las marcas marrones del culo. Recordó cómo se masturbaba imaginando tocar esas tetas enormes y colgantes, meter la cara entre ese culo grande y carnoso, lamerlo, olerlo, perderse en él.
Recordó cómo la miraba cuando su mamá se cambiaba o salía de la ducha. Cómo se quedaba con la respiración entrecortada solo de verla en ropa interior. Cómo fantaseaba con cosas que sabía que nunca iban a pasar.
Porque siendo Paco, nunca habría podido tener nada sexual con su madre. Nunca habría podido besarla. Nunca habría podido tocarla. Era imposible. Era su mamá. Y él era un chico flaco, petiso, con lentes y una pija chiquita de 8 centímetros. Nunca habría tenido el valor ni la oportunidad.
Pero ahora…
Ahora era Peka.
Ahora estaba de rodillas sobre la cama de su mamá, con un vestidito celeste subido hasta la cintura, las coletas con ositos deshechas, y la verga gruesa y sucia de Groncho metida hasta el fondo de su culo. Y su propia madre estaba frente a ella, besándola con lengua, profunda y sexualmente.
Peka gimió dentro de la boca de Mónica mientras pensaba en eso.
Nunca se lo habría imaginado. Nunca habría podido soñar que su primer beso con una mujer sería con su propia madre. Y mucho menos mientras otro hombre le abría el culo por detrás. Ser Peka había cambiado todo. Ser una nenita sumisa, trans, vestida de niña y dispuesta a obedecer… le había abierto puertas que como Paco jamás habría podido abrir.
Sintió cómo Groncho empujaba más fuerte y cómo su ano se contraía alrededor de la verga. El dolor seguía ahí, pero ahora se mezclaba con algo más. Los besos de su mamá la estaban volviendo loca. Cada vez que Mónica le chupaba la lengua o le mordía el labio, Peka sentía una descarga de placer que le recorría todo el cuerpo.
En su mente, la voz de “Paco” seguía hablando:
“Esto nunca habría pasado si seguías siendo un chico… Nunca te habría besado. Nunca te habría preparado para que otro hombre te folle. Solo por ser Peka… solo por convertirte en su nenita… pudiste llegar hasta acá.”
Peka abrió un poco más la boca y dejó que su mamá la besara con más ganas. Las lágrimas seguían cayéndole, pero ya no eran solo de dolor. También había algo de emoción. De realización.
Mónica se separó un segundo del beso y le miró los ojos llorosos.
—¿Estás bien, mi amor? —le preguntó con voz maternal.
Peka asintió débilmente, con los labios hinchados y brillantes de saliva.
—Sí… mami… —respondió con voz aniñada—. Solo… estaba pensando… nunca imaginé que esto podía pasar… que vos me ibas a besar así…
Mónica le sonrió con cariño y le dio otro beso suave en los labios antes de responder:
—Porque ahora sos mi nena. Y las nenas a veces necesitan esto también. Besos de mami… mientras las usan.
Groncho, que seguía follándola por detrás, gruñó al escucharlas y empujó más fuerte. Peka soltó un gemido largo y volvió a meterse en la boca de su mamá, besándola con más ganas que antes.
En su cabeza, una sola idea se repetía una y otra vez:
“Esto solo pudo pasar porque me convertí en Peka…
Porque dejé de ser Paco.”
Y aunque le dolía el culo, aunque lloraba, aunque todo era confuso y sucio… por primera vez en su vida, se sentía exactamente donde quería estar.

Mientras Mónica la besaba con lengua y Groncho le follaba el culo con movimientos cada vez más profundos, Peka se perdió completamente en sus recuerdos.
En su mente ya no era Peka.
Era Paco otra vez.
Recordó cuando era mucho más chico. Recordó cómo, desde muy temprana edad, su madre se había convertido en el centro de todas sus fantasías. No entendía del todo lo que sentía, pero sabía que le gustaba mirarla. Le gustaba cuando salía de la ducha envuelta en una toalla que apenas le cubría las tetas enormes. Le gustaba cuando se agachaba y se le marcaba el culo grande debajo de la ropa. Le gustaba el olor que dejaba en el baño después de bañarse.
Recordó cómo, cuando tenía doce o trece años, empezó a robarle las tangas del canasto de ropa sucia. Al principio era solo curiosidad. Después se volvió una necesidad. Se encerraba en su cuarto, se llevaba la tanga a la nariz y olía con desesperación. El olor a flujo, a piel, a mujer madura… lo volvía loco. Se masturbaba imaginando que su mamá entraba al cuarto y lo descubría, pero en vez de enojarse, se sentaba encima de su cara y lo obligaba a lamerla.
Recordó fantasías más elaboradas que tenía cuando era un poco más grande. Soñaba con que su mamá lo llamaba a su cuarto por la noche. Soñaba con que ella se sacaba la ropa despacio frente a él y le decía que ya era grande, que ya podía ver cómo era una mujer de verdad. Soñaba con meter la cara entre esas tetas grandes y colgantes, con lamer los pezones oscuros, con que su mamá lo agarraba de la cabeza y lo apretaba contra su culo enorme, obligándolo a olerlo y lamerlo aunque le diera vergüenza.
Recordó una fantasía que repetía mucho: imaginaba que su mamá lo encontraba oliendo sus tangas y, en vez de castigarlo, se reía bajito y le decía “¿Tanto te gustan las tangas de mami, mi amor?”. Después se sentaba en su cara con la tanga puesta y lo obligaba a chupar a través de la tela sucia.
Esas fantasías lo acompañaron durante años. Siempre en secreto. Siempre con culpa. Porque era su mamá. Porque era un chico. Porque sabía que nunca, jamás, podría tener nada de eso siendo Paco.
Y ahora…
Ahora estaba aquí.
Ahora su mamá lo estaba besando con lengua, profunda y sexualmente, mientras otro hombre le metía la verga hasta el fondo del culo. Ahora era Peka. Una nenita vestida con vestidito y coletas. Una chica trans sumisa que su propia madre había preparado, besado y animado mientras la follaban por primera vez.
Peka gimió dentro de la boca de Mónica al darse cuenta de eso.
En su cabeza, la voz de “Paco” seguía hablando:
“Nunca imaginé que esto podía pasar… Cuando era chico fantaseaba con olerte, con lamerte, con que me usaras… pero siempre desde el lugar de un hijo varón. Nunca pensé que algún día ibas a besarme así. Nunca pensé que ibas a verme vestida de nena mientras un hombre me abría el culo. Nunca pensé que yo misma iba a ser la que te besara con ganas…”
Mónica se separó un segundo del beso y le miró los ojos vidriosos.
—¿En qué estás pensando, mi amor? —le preguntó con voz suave.
Peka la miró, todavía con la verga de Groncho moviéndose dentro de su culo, y respondió con voz entrecortada y aniñada:
—Pensaba… en cuando era Paco… en todo lo que fantaseaba contigo… en cómo te olía las tangas… en cómo te deseaba… Nunca pensé que algún día me ibas a besar así, mami… Nunca pensé que esto podía pasar de verdad…
Mónica le sonrió con una mezcla de cariño y excitación. Le pasó el pulgar por los labios hinchados y le respondió en tono maternal:
—Porque ahora sos mi nena, Peka. Y las cosas que antes eran imposibles… ahora pueden pasar. Porque ya no sos Paco. Sos mi hijita. Y las hijitas a veces reciben besos de su mamá… aunque sea de esta forma.
Groncho empujó fuerte en ese momento y Peka soltó un gemido largo. Mónica aprovechó para volver a besarla, más profundo que antes.
Peka cerró los ojos y se entregó al beso, mientras en su mente seguía repitiéndose una sola idea:
“Todo lo que fantaseaba de chico… ahora está pasando.
Pero de una forma que nunca, jamás, habría podido imaginar.”

Mientras Mónica la besaba con lengua y Groncho le follaba el culo con movimientos cada vez más fuertes, Peka se hundió todavía más en sus recuerdos.
Esta vez recordó cuando era aún más chico.
Recordó la primera vez que robó una tanga de su madre. Tenía alrededor de doce años. Su mamá había salido de la ducha y había dejado la ropa sucia en el canasto del baño. Paco esperó a que ella bajara y, con el corazón latiéndole muy fuerte, abrió la tapa del canasto y sacó la primera tanga que encontró.
Era una tanga negra, bastante usada. La llevó corriendo a su cuarto, cerró la puerta con llave y se metió debajo de las sábanas. Con las manos temblorosas, se llevó la tela directamente a la nariz.
El olor lo golpeó de inmediato.
Era fuerte. Apestoso. Olía a flujo vaginal seco, a piel caliente, a mujer. La parte de adelante tenía manchas blancas y amarillentas, espesas, que se habían secado sobre la tela. Paco las olió con desesperación, inhalando profundamente una y otra vez. Después, con timidez, sacó la lengua y empezó a lamer las manchas. El sabor era salado, ligeramente amargo, y le provocó una excitación que no entendía del todo pero que lo volvía loco.
Pero lo que más lo marcó fue la parte de atrás.
La tanga tenía marcas marrones claras en la tela, justo donde rozaba el ano de su mamá. Eran manchas de caca, pequeñas pero visibles. Algunas más oscuras, otras más claras. El olor ahí era distinto. Más fuerte, más sucio, más animal. Paco se quedó mirando esas manchas marrones durante varios segundos, con la verga dura como nunca. Y entonces, con una mezcla de vergüenza y excitación que casi le daba náuseas, acercó la nariz a esa parte de la tanga y olió.
El olor era intenso. A culo, a transpiración, a suciedad. Le dio asco… pero también le gustó. Mucho. Empezó a oler y a lamer esa parte también. Pasaba la lengua por las manchas marrones, imaginando que estaba lamiendo directamente el culo de su mamá. Se masturbaba con dos dedos mientras hacía eso, corriendo en menos de un minuto, temblando debajo de las sábanas.
Desde ese día, se volvió una rutina.
Cada vez que su mamá dejaba ropa sucia, Paco revisaba el canasto. Buscaba las tangas más usadas, las que tuvieran más manchas adelante y más marcas marrones atrás. Las que olían más fuerte. Las que estaban más “apestosas”, como él mismo las llamaba en su cabeza. Se las llevaba a su cuarto y pasaba ratos enteros oliéndolas, lamiéndolas, masturbándose mientras imaginaba que su mamá lo descubría y lo obligaba a limpiarlas con la lengua.
Recordó una vez en particular. Su mamá había tenido un día largo de trabajo como enfermera. Cuando llegó a casa, se cambió y dejó la ropa en el canasto. Paco esperó ansioso. Esa noche, cuando todos dormían, sacó la tanga. Estaba muy sucia. La parte de adelante tenía una mancha grande y espesa de flujo. La parte de atrás tenía varias marcas marrones bastante notorias. El olor era tan fuerte que casi le dio mareos. Pero se la llevó a la nariz y olió durante mucho rato, lamiendo tanto la parte de adelante como la de atrás, corréndose dos veces seguidas mientras lo hacía.
En ese entonces, siendo solo un chico, nunca se imaginó que algún día podría tener algo real con su madre. Todo se quedaba en fantasías secretas, llenas de culpa y excitación.
Pero ahora…
Ahora estaba aquí.
Ahora su mamá lo besaba con lengua mientras otro hombre le follaba el culo. Ahora era Peka. Una nenita sumisa que su propia madre había preparado, besado y animado durante su primera penetración.
Peka gimió dentro de la boca de Mónica al recordar todo eso. Las lágrimas le caían por las mejillas, pero ya no eran solo de dolor. También eran de emoción, de incredulidad.
En su mente, la voz de “Paco” seguía hablando:
“Nunca pensé que algún día iba a estar lamiendo las mismas tangas… pero de otra forma. Nunca pensé que mamá me iba a besar así. Nunca pensé que todo lo que fantaseaba de chico se iba a volver real… pero de una manera que jamás habría podido imaginar.”
Mónica se separó un segundo del beso y le miró los ojos llorosos.
—¿Qué pasa, mi amor? —le preguntó con voz suave.
Peka la miró, con la verga de Groncho todavía moviéndose dentro de su culo, y respondió con voz aniñada y entrecortada:
—Estaba recordando… cuando era chico… cuando te robaba las tangas… cómo las olía… cómo lamía el flujo… y las manchas de caca de atrás… Nunca pensé que algún día esto podía pasar de verdad, mami…
Mónica le sonrió con una mezcla de cariño y excitación. Le limpió una lágrima con el pulgar y le respondió en tono maternal:
—Ahora sí puede pasar, mi vida. Porque ya no sos Paco. Sos mi Peka. Y las cosas que antes solo existían en tu cabeza… ahora pueden ser reales.
Volvió a besarla, más profundo que antes.
Peka cerró los ojos y se entregó al beso, mientras en su mente seguían apareciendo imágenes de tangas sucias, olores fuertes y fantasías secretas que, de alguna forma retorcida, ahora estaban haciéndose realidad.

Groncho ya no se estaba conteniendo tanto. Sus embestidas eran más largas y más profundas. La verga gruesa de 24 centímetros entraba y salía del ano de Peka con un ritmo constante, abriéndola cada vez más. El sonido húmedo y obsceno de la penetración llenaba el cuarto.
Al principio, Peka seguía sintiendo dolor. Pero algo estaba cambiando.
Poco a poco, el ardor intenso empezó a transformarse. El roce constante de la verga gruesa contra su interior comenzó a generar una sensación distinta. Un calor que subía desde su culo hasta su estómago. Un cosquilleo que se volvía más placentero con cada embestida. Su cuerpo, que antes se tensaba por el dolor, empezaba a relajarse y a recibirla mejor.
Peka soltó un gemido que ya no era solo de dolor.
Era más largo. Más grave. Más… necesitado.
Groncho lo notó y sonrió. Empujó más fuerte, enterrando toda su verga hasta el fondo. Peka arqueó la espalda y gimió otra vez, esta vez claramente de placer.
Mónica, que seguía frente a ella, lo vio todo. Vio cómo la expresión de su hija cambiaba. Vio cómo sus gemidos se volvían más suaves y más largos. Vio cómo su cuerpo empezaba a moverse hacia atrás, buscando las embestidas de Groncho en vez de huir de ellas.
Una sonrisa orgullosa se le dibujó en los labios.
—Ahí está… —le dijo a su hija con voz maternal y satisfecha—. Ahí está el placer, mi amor. Sabía que iba a llegar.
Peka tenía la cara roja, los ojos vidriosos y la boca entreabierta. Cada vez que Groncho la follaba, un gemido escapaba de su garganta. Ya no lloraba. Ahora jadeaba.
Mónica le tomó las dos manos y las sostuvo con fuerza, entrelazando sus dedos con los de Peka. La miró a los ojos y le habló con cariño:
—Estás siendo muy buena, Peka. Mamá está muy orgullosa de vos. Aguantaste todo el dolor… y ahora mirá cómo empezás a disfrutarlo. Sabía que esto iba a pasar. Sabía que el dolor se iba a convertir en placer. Porque eso también es ser nenita… aprender a recibir y a sentir rico aunque cueste al principio.
Peka apretó las manos de su mamá y gimió más fuerte cuando Groncho la penetró con fuerza. Su voz salió entrecortada y aniñada:
—Mami… se siente… raro… pero rico… me gusta… me gusta cómo me llena…
Mónica le sonrió con orgullo y le dio un beso en la frente.
—Buena niña… —le dijo con tono cálido—. Muy buena niña por aguantar. Ahora podés disfrutar. Dejá que tu macho te folle el culito. Dejá que te use. Eso es lo que querías, ¿no? Ser su nenita… su putita… y sentir placer por eso.
Peka asintió, con las mejillas ardiendo. Ya no intentaba contener los gemidos. Cada vez que Groncho empujaba hasta el fondo, ella gemía sin vergüenza, apretando las manos de su mamá como si necesitara aferrarse a algo.
Groncho, al ver que Peka empezaba a disfrutar, aumentó un poco más el ritmo. Ya no era tan suave como antes. La follaba con embestidas más firmes, haciendo que el culito de Peka rebotara contra su pelvis con cada golpe.
Peka soltaba gemidos cada vez más altos. Su pija chiquita de 8 centímetros estaba completamente dura y goteaba contra la colcha. El placer era tan intenso que casi le daba vergüenza.
Mónica seguía sosteniéndole las manos, mirándola con una mezcla de orgullo y excitación.
—Así… eso es, mi amor —le decía—. Gemí para mami. Dejá que salga todo. Estás siendo una nena muy buena. Mamá está muy contenta de verte disfrutar.
Peka la miró con los ojos brillantes y respondió con voz entrecortada:
—Gracias… mami… gracias por… ayudarme… por estar acá…
Mónica le dio otro beso en los labios, esta vez más suave, y le susurró:
—Siempre voy a estar acá para vos, mi vida. Siempre.
Groncho gruñó por detrás, follándola con más fuerza, mientras Peka gemía dentro de la boca de su mamá, completamente entregada al placer que por fin había llegado.

Los gemidos de Peka ya no eran los mismos.
Ahora eran más altos, más largos y claramente necesitados. Cada vez que Groncho la penetraba hasta el fondo, un gemido roto salía de su garganta. Ya no intentaba contenerlos. Su cuerpo se movía hacia atrás por sí solo, buscando las embestidas, entregándose completamente.
Groncho notó el cambio de inmediato. Al ver que Peka ya no sufría y que empezaba a disfrutar, soltó toda contención. Sus manos agarraron con más fuerza las caderas de la chica y empezó a follarla con más intensidad. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más profundas y más fuertes. La verga gruesa de 24 centímetros entraba y salía del ano de Peka con golpes húmedos y potentes, haciendo que su culito rebotara contra la pelvis de Groncho.
Peka soltó un gemido largo y tembloroso. Su voz ya no sonaba como la de un chico. Sonaba como la de una nenita siendo follada.
Mónica seguía de frente, sosteniendo las manos de su hija con fuerza. Le acariciaba los nudillos con los pulgares y le hablaba sin parar, con ese tono maternal que tanto calmaba a Peka:
—Así… eso es, mi amor. Gemí todo lo que quieras. Mamá está acá. No tenés que aguantarte nada. Dejá que salga todo.
Peka apretó las manos de su mamá y gimió más fuerte cuando Groncho la penetró con fuerza. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora eran de una mezcla de placer y emoción.
Mónica se inclinó hacia adelante y volvió a besar a su hija. Esta vez el beso fue más profundo y más intenso que los anteriores. Peka respondió de inmediato, abriendo la boca y dejando que su mamá le metiera la lengua. Se besaron con ganas mientras Groncho la follaba sin piedad por detrás.
Cuando se separaron del beso, Mónica le miró los ojos llorosos y le habló con voz suave pero firme:
—Sos muy valiente, Peka. Muy valiente. Aguantaste todo el dolor, todo el ardor… y ahora mirá cómo lo estás disfrutando. Mamá está muy orgullosa de vos.
Peka gimió dentro del siguiente beso y respondió con voz aniñada y entrecortada:
—Gracias… mami… gracias por… estar conmigo…
Mónica le dio otro beso corto en los labios y le dijo, mirándola directamente a los ojos:
—Naciste para ser nenita, mi amor. Lo supe desde que empezaste a contarme todo. Naciste para esto. Para vestirte lindo, para ser suave, para que te dominen… y para sentir placer cuando un hombre te usa el culito. Esto es lo que sos. Y estoy muy contenta de verte vivirlo.
Las palabras de Mónica llegaron directo al pecho de Peka. Gimió más fuerte y se entregó por completo. Ya no había resistencia. Ya no había vergüenza. Solo había entrega.
Groncho, al ver que Peka se había soltado del todo, la folló con más fuerza todavía. Sus embestidas eran ahora rápidas y profundas, haciendo que la cama de Mónica se moviera con cada golpe. Peka gemía sin control, apretando las manos de su mamá como si fueran lo único que la mantenía en la realidad.
Mónica le besó la frente y le susurró cerca del oído:
—Así… buena nena. Dejá que te folle. Dejá que te use. Esto es lo que querías. Esto es lo que sos.
Peka soltó un gemido largo y tembloroso, y por primera vez desde que empezó la penetración, sintió que el placer era más fuerte que el dolor. Su cuerpo se movía solo, buscando más. Su pija chiquita goteaba sin parar contra la colcha.
Estaba completamente entregada.
A su madre besándola.
A Groncho follándola.
A su nueva vida como Peka.
Y por primera vez, se sentía exactamente donde quería estar.

Peka ya no pensaba en el dolor.
Todo su cuerpo y su mente estaban concentrados en disfrutar las embestidas de Groncho. Cada vez que él la penetraba hasta el fondo con su verga gruesa, ella gemía más fuerte y empujaba su culo hacia atrás, buscando más. Su ano ya estaba completamente abierto y acostumbrado, y ahora solo sentía una presión profunda y caliente que le llegaba hasta el estómago.
Los gemidos de Peka se volvieron más altos, más largos y más desesperados. Ya no intentaba contenerse. De su boca salían sonidos que nunca antes había hecho: gemidos agudos, entrecortados, claramente femeninos.
Y entonces, entre un gemido y otro, empezó a hablar.
—Qué lindo… —gimió con voz aniñada y entrecortada—. Qué lindo es ser nenita… qué rico… me gusta… me gusta que me follen el culito…
Groncho gruñó fuertemente al escucharla. Esas palabras lo encendieron de una forma brutal. Ver a Peka, vestida de nenita, con las coletas revueltas y la cara de placer, diciendo en voz alta lo mucho que le gustaba ser follada… lo puso completamente salvaje.
Aumentó el ritmo sin piedad. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más fuertes y más profundas. La cama de Mónica crujía con cada golpe. El sonido de piel contra piel era obsceno y constante.
Peka ya no gemía. Gritaba.
—¡Qué lindo es ser nenita! —gritaba entre gemidos—. ¡Qué rico… me gusta… me gusta que me usen el culito…!
Groncho perdió el control.
Agarró las caderas de Peka con fuerza y la folló como un animal. Sus embestidas eran ahora brutales, metiendo toda su verga de 24 centímetros hasta el fondo con cada golpe. Peka gritaba de placer, apretando las manos de su mamá con todas sus fuerzas.
Mónica seguía de frente, sosteniéndole las manos y mirándola con una mezcla de orgullo y excitación. Le hablaba entre los gemidos de su hija:
—Así… eso es, mi amor. Decí lo que sentís. Decí lo lindo que es ser nenita. Mamá está orgullosa de vos.
Peka, completamente perdida en el placer, siguió gritando:
—¡Me encanta ser nenita! ¡Me encanta que me follen! ¡Qué rico… qué rico…!
Groncho soltó un gruñido animal. Sus movimientos se volvieron erráticos. Estaba muy cerca.
Con un último empujón profundo, se enterró hasta el fondo dentro del culo de Peka y se corrió.
Su verga palpitó con fuerza mientras descargaba chorros espesos y calientes de semen directamente dentro del ano de Peka. Groncho gruñó largo y fuerte, apretando las caderas de la chica mientras se vaciaba por completo dentro de ella.
Peka sintió el calor de la corrida llenándola por dentro. El sentimiento de ser llenada por primera vez la hizo gemir más fuerte que nunca. Su propio cuerpo se tensó y, sin tocarse, su pija chiquita de 8 centímetros se contrajo y soltó varios chorritos de semen sobre la colcha, corriéndose solo por la sensación de tener el culo lleno de leche.
Groncho se quedó varios segundos completamente enterrado dentro de ella, jadeando. Cuando finalmente sacó la verga, un hilo espeso de semen blanco y espeso empezó a salir del ano abierto y rojo de Peka, resbalando por su entrepierna.
Peka se dejó caer sobre la cama, temblando, con la cara hundida en la colcha y respirando agitada. Tenía las piernas débiles y el culo palpitando. Sentía el semen caliente de Groncho saliendo lentamente de su interior.
Mónica se acercó más y le besó la cabeza con cariño. Le habló con voz suave y orgullosa:
—Hiciste muy bien, mi amor… muy bien. Mamá está muy orgullosa de vos.
Peka levantó apenas la cara, con los ojos vidriosos y una sonrisa pequeña y cansada. Su voz salió baja y aniñada:
—Gracias… mami… fue… muy rico…
Groncho se dejó caer sentado al borde de la cama, todavía jadeando, mirando a Peka con una mezcla de satisfacción y deseo renovado.
La primera vez de Peka había terminado.
Y había sido exactamente como ella necesitaba que fuera.

2 Lecturas/4 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: anal, baño, follando, hija, hijo, madre, madura, recuerdos
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