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Gays, Incestos en Familia, Travestis / Transexuales

Paco y la vida con su madre 9 – Paco (ahora peka) se siente atraído por su bully , ¿lo perdonara y se dejará desvirginar por el?

Paco y su bully Groncho tienen una cita. ¿Paco (ahora llamada Peka) le entregara su virginidad anal?.
Cenaron los tres en la mesa del comedor. La comida estaba lista y el ambiente era raro pero no incómodo. Mónica había preparado algo simple: milanesas con puré y ensalada. Groncho comía con ganas, sin muchos modales, pero se notaba que estaba haciendo un esfuerzo por no ser tan grosero como de costumbre.
Poco a poco se fue soltando.
Al principio hablaba poco, pero después de un rato empezó a ganar confianza. Miraba mucho a Peka, le decía que el vestidito celeste le quedaba muy bien, que las coletas con ositos le daban un aspecto muy lindo y que se veía “mucho mejor que antes”. Peka respondía con voz suave, bajando la mirada de vez en cuando, tal como su mamá le había enseñado. Groncho se animaba más con cada respuesta.
Mónica observaba todo en silencio, comiendo despacio y sin intervenir demasiado.
Cuando terminaron de comer, Mónica se limpió la boca con la servilleta y dijo con naturalidad:
—Voy un momento al baño. Ustedes sigan conversando.
Se levantó de la mesa. Antes de darse vuelta, le guiñó un ojo a su hija, rápido pero claro. Era una señal. Peka lo entendió inmediatamente. Su mamá les estaba dejando espacio a propósito.
Mónica se fue hacia el baño del pasillo y cerró la puerta, pero no se quedó ahí. En vez de entrar, se quedó parada en el pasillo, escondida en la penumbra, desde donde podía ver la mesa sin ser vista.

En cuanto Mónica se alejó, Groncho se inclinó un poco hacia adelante. Ya no tenía la misma timidez de antes. Se acercó más a Peka, que seguía sentada en su silla con el vestidito celeste puesto.
Peka sintió que le subía el corazón. Groncho estaba cerca. Muy cerca. Olía fuerte: a transpiración, a ropa sucia y también a alcohol y cigarrillos. El aliento le llegaba cuando hablaba. Era un olor desagradable, áspero, de alguien que no se cuida.
Pero a Peka le gustaba el contraste.
Le gustaba que él estuviera tan sucio y desarreglado mientras ella estaba limpia, perfumada, depilada y vestida de nenita. Le gustaba esa diferencia tan grande entre los dos. Le gustaba sentirse pequeña y cuidada frente a alguien tan grande, tan rudo y tan masculino.
Groncho se acercó todavía más. Puso una mano en el respaldo de la silla de Peka y la miró directamente a los ojos.
—Estás muy linda esta noche… —le dijo con voz ronca—. De verdad. No parecés el mismo pendejo de antes. Ahora te ves como una nena de verdad.
Peka bajó la mirada, pero no se apartó. Su corazón latía muy fuerte.
Groncho levantó una mano y le tocó suavemente una de las coletas. Luego se inclinó más y, sin decir nada más, la besó.
El beso fue directo, sin pedir permiso. Groncho tenía los labios secos y el aliento fuerte a alcohol y cigarrillo. Peka sintió el sabor y el olor de golpe. Al principio se tensó. No correspondió de inmediato. Quería resistirse un poco… no quería parecer fácil.
Groncho siguió besándola. Le puso una mano en la nuca y la atrajo más hacia él. El beso se volvió más profundo, más húmedo. Peka sintió la lengua de Groncho rozar sus labios.
Al principio siguió resistiéndose un poco. Mantenía la boca apenas entreabierta, sin entregarse del todo. Pero después de unos segundos… algo cambió.
Se soltó.
Empezó a corresponder el beso. Abrió más la boca y dejó que la lengua de Groncho entrara. El beso se volvió sucio, húmedo, con mucho movimiento. Peka gemía bajito contra la boca de Groncho, sintiendo cómo la agarraba de la nuca con fuerza. El contraste entre lo limpia y arreglada que estaba ella y lo sucio y con mal aliento que estaba él la excitaba de una forma que no podía explicar.
Desde el pasillo, Mónica los observaba en secreto.
No se movía. Solo los miraba. Vio cómo su hija, vestida de nenita con coletas y vestidito celeste, se besaba con ese chico grande, sucio y desarreglado. Vio cómo Peka se soltaba poco a poco y correspondía el beso con ganas.
Y en vez de sentir enojo o rechazo… sintió felicidad.
Sonrió para sí misma, todavía escondida en la penumbra. Su hija estaba consiguiendo lo que quería. Estaba siendo besada por el hombre que le gustaba. Estaba viviendo lo que necesitaba como nenita sumisa.
Mónica se quedó un rato más mirándolos, hasta que decidió que ya era suficiente espacio. Se alejó un poco más por el pasillo, hizo ruido de pasos como si recién saliera del baño, y volvió hacia la mesa.
Cuando se acercó, Groncho y Peka ya se habían separado un poco, aunque todavía estaban muy cerca. Peka tenía la cara roja y los labios hinchados. Groncho tenía una sonrisa satisfecha.
Mónica se sentó de nuevo en su lugar como si no hubiera pasado nada y les habló con tono tranquilo:
—¿Todo bien por acá?
Peka bajó la mirada, todavía sin poder disimular lo roja que estaba. Groncho asintió y respondió con voz ronca:
—Sí… todo bien.
Mónica miró a su hija y le dedicó una sonrisa pequeña, solo para ella.
Sabía perfectamente lo que había pasado.
Y estaba contenta por ella.

Después del beso, el ambiente en la mesa cambió. Ya no había disimulo. La tensión sexual era evidente. Peka seguía con la cara roja, mirando su plato. Groncho tenía una sonrisa satisfecha y no podía dejar de mirar a Peka.
Mónica, que había vuelto a sentarse, los observó un momento en silencio. Luego habló con tono calmado pero directo, mirando a Groncho:
—Necesito ser sincera con vos.
Groncho levantó la vista, un poco sorprendido por el cambio de tono.
Mónica continuó sin rodeos:
—Mi hija te gusta. Le gustás mucho. Y no solo porque ahora te comportás mejor con ella. Le gusta cómo sos. Le gusta que seas grande, que seas rudo, que la domines. Ella es una nenita sumisa. Le gusta que la traten así. Pero es tímida. No se anima a proponerte las cosas directamente. Por eso te lo estoy diciendo yo.
Peka sintió que quería morirse de vergüenza. Bajó la cabeza hasta casi tocar la mesa. No esperaba que su mamá fuera tan directa. Sintió que le ardía toda la cara.
Mónica siguió hablando, ahora mirando a su hija también:
—Esta noche puede ser la primera vez de Peka. Tiene una cama grande en mi alcoba. Si los dos queréis, pueden subir y hacer las cosas con tranquilidad. No hace falta que sigan disimulando ni que se queden con las ganas. Es mejor que sea sincero.
Hubo unos segundos de silencio.
Groncho se quedó mirando a Mónica, procesando lo que acababa de escuchar. De pronto, una sonrisa enorme se le dibujó en la cara. No podía creer lo que estaba pasando.
—¿En serio? —preguntó, casi riendo de la sorpresa y la felicidad—. ¿Me estás diciendo que Peka quiere… que yo me la coja esta noche?
Mónica asintió con naturalidad.
—Sí. Ella te desea. Y vos también la deseás. Así que si los dos estáis de acuerdo, pueden usar mi habitación. La cama es más grande y cómoda.
Groncho soltó una risa baja, claramente excitado. Miró a Peka, que seguía sin levantar la cara del todo, y le dijo con voz ronca:
—Entonces… ¿querés que te desvirgue esta noche, Peka?
Peka no contestó con palabras. Solo asintió apenas, con la cara completamente roja. Estaba avergonzada de que su mamá lo hubiera dicho todo tan claro, pero al mismo tiempo sentía un alivio enorme. Su mamá había hecho todo el trabajo por ella.
Groncho se levantó de la silla casi de un salto. Estaba claramente feliz. Se acercó a Peka, le tomó la mano con firmeza y la ayudó a levantarse.
—Vamos —le dijo con voz grave y emocionada.
Peka se dejó llevar. Sintió la mano grande y áspera de Groncho agarrándola. El contraste era enorme: ella vestida de nenita, limpia, perfumada y arreglada, y él sucio, con mal aliento y ropa vieja. Pero en ese momento, a ella le gustaba ese contraste.
Mientras subían las escaleras de la mano, Peka sentía que le latía el corazón con fuerza. Estaba nerviosa, sí. Pero también estaba feliz. Feliz porque su mamá había tomado la iniciativa. Feliz porque no había tenido que pedirlo ella. Feliz porque todo se estaba encaminando hacia lo que, en el fondo, ella deseaba.
Groncho la apretó la mano con más fuerza mientras subían.
—Esta noche sos mía, Peka —le susurró cerca del oído.
Peka sintió un escalofrío. No contestó, pero apretó su mano también.
Detrás de ellos, Mónica se quedó sentada en la mesa un momento más. Los miró subir las escaleras tomados de la mano. Una sonrisa pequeña y satisfecha se le dibujó en los labios.
Su hija estaba consiguiendo lo que quería.
Y ella, como buena mamá, le había allanado el camino.

Subieron las escaleras tomados de la mano. Peka sentía que le temblaban las piernas. Cada escalón que subían la acercaba más a lo que tanto había deseado… y al mismo tiempo le daba miedo.
Cuando llegaron al cuarto de Mónica, Groncho abrió la puerta y la hizo pasar primero. Entró detrás de ella.
Finalmente estaban solos.
El cuarto estaba en penumbras. Solo había una lámpara encendida sobre la mesa de luz. La cama grande de Mónica ocupaba casi todo el espacio. Peka se quedó parada en el medio de la habitación, con el vestidito celeste puesto, las coletas con ositos y los zapatos rosados. Se sentía pequeña, nerviosa y muy excitada.
Groncho se giró hacia ella. Ya no había nada de timidez en su cara. Después de lo que Mónica le había dicho en la mesa (“es una nenita sumisa”), se había soltado completamente. Ahora actuaba con total dominancia.
Se acercó a Peka, le agarró la nuca con una mano fuerte y la besó.
El beso fue profundo y asqueroso. Groncho metió la lengua sin ningún cuidado, babeando mucho. Su aliento seguía oliendo a alcohol y cigarrillos. La saliva le entraba a Peka en la boca mientras la besaba con fuerza, moviendo la cabeza y presionándola contra él. Peka se tensó al principio, pero después de unos segundos se soltó y correspondió el beso, tragando la saliva de Groncho y dejándose llevar.
Groncho la besó durante casi un minuto entero, sin darle respiro. Cuando se separó, un hilo de saliva quedó unido entre sus bocas.
—Ahora sí —gruñó con voz ronca—. Vas a hacer lo que te diga, ¿entendiste?
Peka asintió con la cabeza baja, todavía con los labios brillantes de saliva.
—Sí… —respondió con voz suave.
Groncho dio un paso atrás y se bajó el pantalón y la ropa interior de un solo movimiento. Su verga enorme de 24 centímetros saltó hacia afuera, ya semi-dura. Estaba sucia. Tenía una capa blanca y espesa de esmegma acumulada debajo del prepucio. Olía fuerte, a pescado y a sudor viejo. La cabeza estaba brillante y húmeda, y se notaba que hacía días que no se lavaba bien.
Peka la miró y sintió una mezcla de asco y excitación. Recordaba perfectamente ese olor y ese sabor.
Groncho se agarró la verga con una mano y le ordenó con tono dominante:
—Arrodíllate y chupámela. Ahora.
Peka obedeció sin dudar. Se arrodilló frente a él, con el vestidito celeste subido un poco por las rodillas. Se quedó mirando la verga sucia que tenía justo delante de su cara. El olor fuerte le golpeó la nariz.
Groncho le puso una mano en la nuca y la empujó hacia adelante.
—Abrí la boca —le dijo—. Y chupala bien. Quiero que me la limpies toda.
Peka abrió la boca y acercó los labios a la cabeza de la verga. El sabor del esmegma le llegó de inmediato: salado, amargo y fuerte. Empezó a lamer despacio, pasando la lengua por debajo del prepucio, limpiando la suciedad blanca y espesa. El olor a pescado era intenso, pero ella siguió.
Groncho soltó un gruñido de placer al sentir la lengua caliente de Peka limpiándole la verga.
—Así… buena putita —le dijo con voz ronca—. Chupala entera. Quiero que me la metas hasta el fondo.
Peka siguió lamiendo y chupando. Poco a poco fue metiendo más de la verga en su boca, tragando la saliva mezclada con el esmegma. Groncho la agarraba de las coletas con ambas manos y empezaba a mover las caderas, follándole la boca con movimientos lentos pero profundos.
Peka tenía los ojos llorosos, pero no se detenía. Cada vez que Groncho empujaba más profundo, ella hacía un esfuerzo por no atragantarse. Su propia pija chiquita de 8 centímetros estaba completamente dura dentro de la tanga roja, apretada contra el vestidito.
Groncho la miró desde arriba con una sonrisa satisfecha y le dijo:
—Mirá cómo chupás… Mónica tenía razón. Sos una nenita sumisa que necesita que la usen. Y esta noche te voy a usar bien.
Peka gimió alrededor de la verga, sintiendo cómo las palabras de Groncho la excitaban todavía más. Siguió chupando, con la boca llena de saliva, esmegma y el olor fuerte de la verga sucia.

Groncho ya no se contenía. Agarró las dos coletas de Peka con fuerza y empezó a follarle la boca con más intensidad. Sus caderas se movían hacia adelante con golpes secos y profundos, metiendo la verga gruesa de 24 centímetros hasta el fondo de la garganta de Peka cada vez que empujaba.
Peka tenía los ojos llenos de lágrimas. La verga le llegaba tan adentro que le provocaba arcadas constantes. La saliva le chorreaba por la barbilla y le caía sobre el vestidito celeste. Cada vez que Groncho sacaba la verga casi por completo, un hilo espeso de saliva y esmegma quedaba unido entre sus labios y la cabeza brillante. Luego volvía a empujar con fuerza.
—Así… tomátela toda, putita —gruñía Groncho mientras la follaba la boca—. Mírate cómo la chupás. Tu mamá tenía razón… sos una nenita sumisa que necesita que la usen.
Peka no podía contestar. Solo gemía ahogada alrededor de la verga, tragando como podía. El sabor fuerte del esmegma y el olor a pescado seguían presentes, pero ella ya no se detenía. Cada vez que la verga le rozaba el fondo de la garganta, tragaba y seguía lamiendo con la lengua lo mejor que podía.
Groncho la miraba desde arriba con una sonrisa satisfecha. Una de sus manos soltó una coleta y bajó hasta el culo de Peka. Le levantó la falda del vestidito y le bajó la tanga roja hasta los muslos. Sin detener los empujes en su boca, metió dos dedos gruesos y secos entre sus nalgas.
Peka se tensó y soltó un quejido ahogado cuando sintió los dedos rozando su ano. Groncho no esperó. Escupió en su propia mano y volvió a meter los dedos, esta vez con más lubricante natural. Empezó a moverlos en círculos, abriendo lentamente el ano de Peka mientras seguía follándole la boca sin piedad.
—Relajate —le ordenó con voz ronca—. Esta noche te voy a romper el culo. Pero primero te voy a abrir un poco con los dedos… para que no te duela tanto cuando te meta toda la verga.
Peka lloraba de la boca y de los ojos, pero no se resistía. Al contrario. Cada vez se entregaba más. Sus manos, que antes estaban tensas a los costados, ahora se agarraban de las piernas de Groncho. Su pija chiquita de 8 centímetros estaba completamente dura, goteando dentro de la tanga bajada.
Groncho metió un tercer dedo. Peka gimió más fuerte alrededor de la verga. El ano le ardía un poco, pero el dolor se mezclaba con una sensación de sumisión que la excitaba profundamente. Groncho movía los tres dedos dentro y fuera de su culo con movimientos lentos pero firmes, abriéndola mientras le follaba la boca sin descanso.
—Buena nenita… —le decía entre gruñidos—. Mirá cómo te abrís. Tu mamá tenía razón cuando dijo que eras sumisa. Te gusta que te usen los dos agujeros al mismo tiempo, ¿no?
Peka solo pudo gemir en respuesta. Las lágrimas le corrían por las mejillas y le caían sobre el vestidito. La saliva le chorreaba por la barbilla sin control. Pero seguía chupando. Seguía lamiendo la verga sucia de Groncho cada vez que él la sacaba un poco.
Groncho sacó los dedos del ano de Peka y se los llevó a la boca de ella, que todavía tenía la verga adentro.
—Limpiamelos —le ordenó.
Peka obedeció. Sacó la verga un segundo de su boca y lamió los tres dedos de Groncho, saboreando el sabor de su propio ano mezclado con saliva. Luego Groncho volvió a meterle la verga hasta el fondo de la garganta y siguió follándosela con más fuerza.
Peka ya no pensaba. Solo sentía.
Sentía la verga gruesa abriéndole la garganta.
Sentía los dedos de Groncho volviendo a su ano, ahora con cuatro.
Sentía cómo su propio cuerpo se rendía completamente.
Sentía que ya no era Paco.
Era Peka.
Una nenita sumisa que estaba siendo usada por un hombre grande, sucio y dominante.
Y en ese momento, mientras tenía la verga hasta el fondo de la garganta y cuatro dedos dentro del culo, Peka se dio cuenta de que estaba exactamente donde quería estar.

La puerta del cuarto de Mónica estaba apenas entreabierta. Desde el pasillo, ella podía ver perfectamente lo que pasaba dentro sin ser vista del todo.
Mónica no se había ido. Después de que Groncho y Peka subieran, se quedó rondando cerca. Quería ver. Quería presenciar la primera vez de su hija. Cuando escuchó los gemidos ahogados y el sonido de la verga golpeando contra la garganta de Peka, no pudo resistirse y abrió un poco más la puerta.
Lo que vio la excitó de inmediato.
Groncho tenía a Peka de rodillas, follándole la boca con fuerza. La saliva le chorreaba por la barbilla y le caía sobre el vestidito celeste. Peka tenía los ojos llorosos, pero seguía chupando con entrega. Mónica sintió un calor intenso entre sus piernas al ver a su hija en esa posición: vestida de nenita, con coletas y vestidito, siendo usada por ese chico grande y sucio.
Groncho sacó la verga de la boca de Peka y la levantó. La besó con fuerza, babeando mucho, mientras le subía el vestidito hasta la cintura. Le bajó la tanga roja hasta los tobillos y la hizo dar la vuelta. Peka quedó de espaldas a él, con las manos apoyadas en la cama de Mónica. Groncho se colocó detrás de ella, agarró su verga gruesa y sucia con una mano y empezó a restregarla entre las nalgas de Peka, acercando la cabeza a su ano virgen.
Estaba a punto de empujar.
En ese momento, Mónica abrió un poco más la puerta y habló con voz calmada pero firme:
—Espera.
Groncho se detuvo. Se giró hacia la puerta y vio a Mónica. No se sorprendió mucho. Parecía que ya sospechaba que ella estaba mirando.
Mónica entró al cuarto y cerró la puerta detrás de ella. Tenía la respiración un poco agitada y las mejillas sonrosadas. Estaba claramente excitada.
—Primero hay que lubricarla bien —le dijo a Groncho—. No la vas a penetrar así, seca. Vas a lastimarla.
Groncho la miró un segundo, luego sonrió de forma lujuriosa. Se apartó un paso, agarrándose la verga sucia con una mano, y asintió.
—Como digas —respondió.
Mónica fue hasta el cajón de su velador y sacó un bote grande de lubricante grueso. Se acercó a la cama donde Peka estaba inclinada, con la falda subida y la tanga bajada. Le pasó una mano por la espalda con cariño.
—Tranquila, mi amor —le dijo a su hija en voz baja—. Mamá te va a preparar primero.
Peka tenía la cara roja de vergüenza y excitación. No esperaba que su mamá entrara al cuarto. Pero tampoco se quejó. Se quedó quieta, con las manos apoyadas en la cama, sintiendo cómo su madre abría el bote de lubricante.
Mónica se untó dos dedos bien con lubricante y los llevó hasta el ano de su hija. Empezó a frotar en círculos, con movimientos suaves pero firmes. Poco a poco fue introduciendo un dedo, luego dos. Movía los dedos dentro y fuera del ano de Peka, abriéndola y untando bien por dentro.
Peka soltaba gemidos bajos. El lubricante estaba frío al principio, pero después se calentó. Sentía los dedos de su mamá moviéndose dentro de ella, preparándola para lo que venía.
Groncho se quedó parado al lado de la cama, masturbándose lentamente mientras observaba la escena. Ver a Mónica, la madre tetona y culona, metiéndole los dedos en el culo a su propia hija lo tenía completamente excitado. Su verga de 24 centímetros estaba dura como una piedra, todavía sucia y brillante.
Mónica metió un tercer dedo y empezó a abrir más el ano de Peka, moviendo los dedos en abanico. Le hablaba mientras lo hacía:
—Así… respirá. Relajate. Quiero que entres bien esta noche. Que no te duela tanto.
Peka gemía con la cara hundida en la colcha. Estaba avergonzada de que su mamá la estuviera preparando así, frente a Groncho, pero al mismo tiempo le excitaba enormemente. Sentía que estaba exactamente donde quería estar: siendo preparada por su madre para ser follada por un hombre.
Después de varios minutos, Mónica sacó los dedos y se los limpió con una toallita. Miró a Groncho y le dijo:
—Ahora sí. Pero ve despacio al principio. Es su primera vez.
Groncho asintió, con la verga en la mano y una sonrisa lujuriosa. Se colocó de nuevo detrás de Peka, restregó la cabeza de su verga sucia contra el ano ahora bien lubricado de la chica, y empezó a presionar.
Mónica se quedó de pie al lado de la cama, observando todo con los ojos brillantes de excitación.
La primera penetración de su hija estaba a punto de comenzar.

Groncho se colocó bien detrás de Peka. Tenía una mano en la cadera de la chica y con la otra guiaba su verga gruesa y sucia hacia el ano bien lubricado. La cabeza grande y rosada presionó contra el anillo apretado.
Peka sintió la presión de inmediato. Era mucho más grande que los dedos de su mamá. Mucho más grande que cualquier cosa que le hubieran metido antes.
Groncho empujó con cuidado pero con firmeza.
Al principio solo entró la cabeza. Peka soltó un gemido ahogado y se tensó completamente. El dolor fue inmediato e intenso. Era como si la estuvieran abriendo con fuerza desde adentro. Su ano virgen se estaba estirando alrededor de una verga de 24 centímetros de grosor considerable.
—Duele… —susurró Peka con la voz rota—. Mamá… duele mucho…
Mónica estaba de pie al lado de la cama, muy cerca. Observaba todo con los ojos brillantes. Estaba excitada, sí. Ver a su hija en esa posición, con la verga de Groncho empezando a entrar en su culo, le provocaba un calor intenso entre las piernas. Pero también estaba preocupada y protectora.
Le pasó una mano por la espalda a Peka y le habló con voz suave pero firme:
—Respirá, mi amor. Respirá profundo. Sé que duele… es normal. Es tu primera vez y él es muy grande. Pero tenés que intentar relajarte. Si te tensás más, va a doler todavía más.
Groncho se detuvo un momento, con solo la cabeza de la verga dentro del ano de Peka. La estaba mirando desde arriba, excitado por los gemidos de dolor de la chica. Aun así, esperó.
Mónica siguió hablando, acariciando la espalda de su hija:
—Vas despacio, Groncho. No la fuerces de golpe. Dejá que se acostumbre un poco.
Groncho gruñó pero obedeció. Empezó a empujar muy lentamente, milímetro a milímetro. El ano de Peka se iba abriendo alrededor de la verga gruesa. Peka tenía la cara hundida en la colcha, llorando en silencio. Las lágrimas le caían por las mejillas.
—Duele… mamá… me está rompiendo… —lloriqueó con voz entrecortada.
Mónica se agachó un poco para estar a la altura de su hija. Le apartó el pelo de la cara y le habló cerca del oído:
—Lo sé, mi amor. Lo sé que duele. Pero estás haciéndolo muy bien. Tu cuerpo se está abriendo. Respirá… eso es… así. Cada vez que saques aire, intentá relajar el culo un poquito más.
Peka obedeció. Respiraba con dificultad, sollozando de vez en cuando. Groncho seguía empujando muy despacio. Ya había entrado casi la mitad de su verga. El ano de Peka estaba completamente estirado alrededor de la carne gruesa y venosa. Se veía rojo e hinchado.
Groncho estaba aguantándose las ganas de empujar de golpe. Ver cómo el culito de Peka se abría alrededor de su verga lo tenía al límite. Pero la presencia de Mónica lo mantenía controlado.
Mónica le pasó una mano por el pelo a su hija y le dijo con voz más suave:
—Estás siendo muy valiente, Peka. Mamá está orgullosa de vos. Ya falta menos… seguí respirando.
Peka gimió y asintió débilmente contra la colcha. El dolor seguía siendo fuerte, pero las palabras de su mamá le daban fuerzas para seguir. Sabía que esto era lo que había querido. Sabía que era una nenita sumisa y que esto formaba parte de lo que deseaba.
Groncho ya había metido casi tres cuartos de su verga. El ano de Peka estaba completamente abierto alrededor de ella. Se veía obsceno y apretado al mismo tiempo.
Mónica se enderezó un poco y le habló a Groncho:
—Ya podés empezar a moverte un poco. Pero despacio. Muy despacio. No la lastimes.
Groncho asintió. Empezó a sacar y meter la verga con movimientos muy cortos y lentos. Peka soltaba gemidos entrecortados de dolor cada vez que entraba un poco más.
Mónica se quedó al lado de la cama, observando todo de cerca. Una de sus manos descansaba en la espalda de su hija, acariciándola, mientras la otra se apretaba contra su propio muslo. Estaba muy excitada, pero también completamente concentrada en cuidar a Peka.
Peka levantó un poco la cabeza, con la cara llena de lágrimas, y miró a su mamá con ojos vidriosos.
—Sigue doliendo… —susurró.
Mónica le sonrió con cariño y le secó una lágrima con el pulgar.
—Ya va a pasar, mi amor. Tu cuerpo se está acostumbrando. Sos una nena muy fuerte. Seguí así… un poco más.
Groncho siguió moviéndose lentamente dentro de ella, esperando el momento en que el dolor de Peka empezara a transformarse en otra cosa.
La primera penetración apenas estaba comenzando.

10 Lecturas/4 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: anal, baño, culito, culo, hija, madre, metro, virgen
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