PASION GITANA (Capítulo 04)
‘’Mi bella y ardiente Carmen’’.
Su sonrisa era sublime, se notaba tan cálida su presencia, apenas levantó la mirada y a lo lejos pude apreciar sus ojos, parecían color ámbar.
—¿Quién será esta chica tan bella? —pensé, agachando la mirada cuando sus ojos conectaron con los míos, sentí pena de mirarla directamente.
Jonás me apuró a caminar para llegar pronto a casa, antes de que nuestra madre se diera cuenta de nuestra ausencia.
Apenas llegamos a casa, Jonás y yo procuramos entrar sin llamar la atención, pero fuimos muy ilusos al creer que nadie se daría cuenta que no estábamos.
—¿Dónde mierda andaban ustedes? —gritó mi madre, acercándose a nosotros con el cinturón de mi papá en la mano.
Rápidamente corrimos a encerrarnos en nuestra habitación, ni bien entramos le cerramos la puerta a mi madre, quien solo pudo darle un cinturonazo a la madera y vociferó maldiciones.
—¿Qué carajo pasa? —gritó mi padre desde algún lado de la casa, al parecer la cocina.
—¡Tus hijos que andaban sabe Dios donde! ¡Pero como salgan de ese cuarto les voy a dejar la espalda como Santo Cristo! —gritó mi madre.
—¡Ya, mujer, mañana les haces lo que quieras, ya es hora de ir a dormir! —dijo mi padre, acercándose a mi madre y le dio un beso en la sien, mientras le tocaba el trasero, claro está, sin que lo vean.
Ya entrada la noche, no sabía qué hora era, fácilmente daban las 2 o 3 de la madrugada; mi estómago rugía pues no había cenado nada, y mi hambre era atroz, peor aún después de todo el sexo que había tenido esa tarde.
Salí de mi cuarto en puntillas, tratando de no hacer ruido. Caminé lentamente por el pasillo que daba hacia la cocina y antes de llegar tenía que pasar por el cuarto de mis padres. El silencio de la casa era total, no se oía ni el ruido del aire, excepto unos gemidos que apenas se podían escuchar del interior del cuarto de mis padres.
—Que rico mi amor, ya tenía ganas de cogerte —decía mi papá en una voz muy baja, casi imperceptible.
—Más hondo, métemelo todo —gemía mi madre.
—Que rico, como la aguantas, y eso que la tengo grande —volvía a decir mi papá.
Yo me quedé con la piel erizada de solo imaginar la escena sexual de mis padres. Mi mamá es una mujer muy guapa, aún se conserva joven para su edad, y mi padre no se queda atrás, es un tipo alto y de facciones agraciadas, ojos olivo y el pelo le llega hasta los hombros, sus músculos son los de alguien que trabaja el campo y doma caballos, y realmente se le notaba que cargaba una buena herramienta en la entrepierna, que al juzgar por lo que le decía a mi madre, era cierto.
Dentro de su cuarto se escuchaban los gemidos de ambos con más intensidad, y el rechinar de la cama ya era muy notorio.
—Más despacio, los muchachos se pueden despertar —decía mi mamá.
Mi padre bufaba y se notaba el cansancio en su voz.
—Ven, chúpamelo —dijo.
Pronto se escucharon las arcadas de mi madre metiéndose el pene de papá en la boca y hasta la garganta.
—Suave, mi amor. Que nadie te lo va a quitar —decía papá entre risas.
Definitivamente, mami tenía mucha hambre de ese pene.
La curiosidad me invadía, y lejos de asquearme oír a mis padres copulando como caballos, se encendió en mí el morbo de verlos en vivo.
La llama de la lujuria me dijo que probara en abrir la puerta del cuarto, esperando que no estuviera asegurada y se abriera sin que lo noten.
Giré la perilla de la puerta que rápidamente cedió y me di cuenta que no tenía seguro. Empujé apenas un poco la puerta y el cuarto se notaba en una media oscuridad, apenas se iluminaba por uno de los faroles del exterior, que se encendían con querosene para que el patio no estuviera tan oscuro.
Me arrodillé en el suelo y acerqué apenas los ojos por la ranura que se formaba entre el margen de la puerta y el marco.
Mientras mi mirada se pudo adecuar a la falta de luz, noté casi entre sombra la silueta de mis padres, follando a más no dar. Papá embestía a mami piernas al hombro y luego la acomodó como quiso: en cuatro, de costado, caballito, la vaquera, cargada, etc. Cuantas poses existían la cogió duro y parejo, no sabía que una persona podía realizar tantas posiciones, sus años le daban experiencia definitivamente.
—Ponte boca abajo para venirme —dijo mi padre.
Mami se tendió boca abajo, sujetando la almohada y apenas flexionando una pierna.
Papá se acomodó rápido sobre ella y la clavó fuerte. La taladró con mucha fuerza hasta pegar toda su pelvis en las nalgas de mamá, empujando con toda su fuerza y tirando la cabeza hacia atrás, señal de que se estaba vaciando.
—¡Ufff! ¡mmm! —bufó papá dando sus tres últimas embestidas que hacían rebotar las generosas nalgas de mi madre, mientras le sujetaba una de sus tetas, jugando con su pezón hasta acercase a ella y plantarle un beso muy lujurioso.
—¡Hay mi amor! —gemía papá, totalmente cansado y sudoroso—. Hace tiempo que no te cachaba así.
Mamá se acostó a lado suyo, abrazada por papá, que la besaba como adolescente.
Me incorporé y me fui a mi cuarto, el hambre se me había quitado y mi pene lubricaba. No terminaba de procesar lo que acababa de ver, solo sabía que no le podía contar a nadie o me tildarían de obsceno, y hasta quizá me gane una tunda de mis padres.
♣♣♣
Paso un tiempo desde aquel suceso, casi dos años. Yo intenté volver a espiar a mis padres, pero al parecer no cogían muy seguido, o al menos no cuando yo me escabullía de mi cuarto al suyo, a ver si los podía oír teniendo sexo.
Volví a visitar a Raiza muchas veces, esta vez solo. Un día tomé valor y la fui a buscar, para mi buena suerte la encontré sola y en menos de un minuto de haber tocado la puerta, ya estaba haciéndola tragar mi verga. Esas veces le di hasta tres rondas seguidas en cada visita, le dejé leche en cada agujero de su cuerpo.
Hasta que en una de esas veces que salía de cogerme a Raiza la volví a ver a ella, la chica de los ojos ámbar, la bonita.
—Si tan valiente soy para venir a buscar sexo con esa zorra, ¿por qué no voy a ser capaz de ir a hablarle a la bonita? —dije entre mi mente.
Antes de que me diera cuenta ya estaba caminando hacia ella,
—Hola —dije.
Ella levantó su mirada penetrante, sus ojos verdaderamente eran color ámbar; su rostro era fresco, bondadoso, increíblemente bello, su piel era algo bronceada y tenía unas mejillas tan bonitas que provocaba darle besitos en los cachetes.
—Hola —me respondió.
Tenía unos labios perfectos, rojizos, de un grosor mediano, nada exagerado, sublimemente bellos y excitantes.
Me miró con una cara de extrañez cuando notó que me le quedé mirando como loco.
—¿Te conozco? —me preguntó.
—Disculpa —dije— Es que… eres…
—Soy…. ¿Soy qué? —volvió a preguntar al no darle yo una respuesta.
—¡Eres… muy bonita! —respondí casi gritando y con la cara roja por la vergüenza.
La chica se sonrojó y gritó riéndose, obviamente no la había cautivado, solo le parecí gracioso, por no decir que ‘’ridículo’’.
—Me llamo Carmen —dijo ella.
—So… so… soy Emil —respondí.
—Eres de la familia de gitanos, ¿verdad? —me preguntó.
—¿Tanto se nota? —pregunté.
—Mucho… —me lo afirmó entre risas.
—Te juro que no somos ladrones, como muchos dicen.
—Lo sé.
—¿Quieres ir a tomar algo? Te invito un helado —dije yo, sin tener un solo centavo en el bolsillo.
—¿Te parece si vamos mañana? Es que tengo que regresar a mi casa, sino mi papá me regaña.
—Entonces te veo mañana, aquí, a las tres, ¿te parece?
—Aquí, a las tres…
Carmen tomó sus libros y se fue, solo giró la mirada para decirme adiós con la mano.
Sin proponérmelo, tendría una cita con una chica hermosa. Mi primer amor.
♣♣♣
Daban la 1:30 pm en el reloj, yo sentía las piernas temblar, estaba nervioso como si fuera mi primera vez, y si lo era, pero no hablaba de sexo sino de mi primera cita con una chica, con Carmen.
Me bañé y me puse un pantalón jean azul marca Wrangler, uno que tenía para ocasiones especiales. Planché mi camisa marrón de manga larga y encima mi abrigo negro de cuero sintético. Lustré mis zapatos marca Hércules de color negro y hebilla plateada, que combinados con el resto de mi outfit lucía como todo un vaquero de las películas.
Ya eran las 2:30 pm y me di una última acicalada frente al espejo. Vaya que no tenía mala presencia, estaba guapo, alto para mi edad, y mis ojos verdes aceituna contrastaban con mi rostro bronceado, características propias de mi sangre gitana.
Me aseguré que mi billetera con el poco dinero que tenía estuviera en mi bolsillo, y no tenga que pasar vergüenza al no poder pagar. Tampoco era que la fuera a llevar a un sitio tan caro, después de todo no dejaba de ser un adolescente sin oficio ni beneficio.
Saliendo de la casa recogí unas flores de los maceteros que mi madre cuidaba con tanto esmero. Había entre tantas variedades de flores: lavandas, girasoles, crisantemos, margaritas y rosas de varios colores. Arranque unas rosas procurando quitarle las espinas, no quería que mi hermosa Carmen se espinara.
Iba caminando con prisa, ya casi llegando al parque donde me encontraría con ella, mi Carmen, cuando de pronto escuché que alguien me habló.
—¡Ya te vi, enano bien bañado! —gritó mi hermano Jonás, que iba acompañado de mi otro hermano, su mellizo Naím.
Lo único que se me ocurrió hacer fue esconder las rosas detrás de mí, en la espalda y actuar como si no pasara nada.
—¿Qué hacen por aquí? —pregunté, tratando de sonar casual.
—¿Qué haces tú por aquí? —insistió Jonás—, y encima bien bañado, hasta la loción de mi papá te pusiste —agregó riendo.
—¡Déjalo, no lo molestes! —le reprendió Naím a Jonás—. Seguramente se va de cacería.
—¿Con flores? —insistió Jonás—. Nadie va a buscar una concha y regala flores, eso solo se hace cuando es una chica seria, en nuestro caso si se trata de una gitana.
—El chibolo tiene 15 años, tampoco es que se vaya a cazar con la chica —lo contradijo Naím.
—Pero es una paya… No es posible que….
—Ya, ya, ya… Paya o gitana qué más da… son adolescentes… deja a Emil en paz —dijo Naím empujando a Jonás para continuar caminando.
A lo que se iban, Naím volteó a verme y me levantó el pulgar en señal de buena suerte.
Jonás y Naím caminaron hasta que los perdí de vista, yo no supe que decir ante tal situación, solo me quedé callado, de por sí ya estaba demasiado nervioso.
♣♣♣
Los mellizos estaban por llegar a la casa, cuando Jonás se atrevió a hablar solo para renegar por lo que acababa de pasar con Emil.
—Tenemos que decirles a nuestros padres que vimos a Emil en el parque —dijo.
—Tú no le vas a decir nada a nadie —le increpó Naím, casi como una orden.
—Pero no puede hacer eso, Emil no puede andar de romance con payas.
‘’Paya o Payo es el nombre con el que los gitanos llaman a los no gitanos’’.
—Emil va a andar con quien se le dé la gana, si se va a cazar será cuando sea grande y pueda conocer a otra gitana como nosotros, por ahora deja de joderlo —ordenó Naím.
—No me voy a callar, hermano, tengo que contar….
—Si tú dices algo, yo tambien voy a contar tus marranadas, y todo lo que haces a espaldas de nuestros padres —Naím calló a Jonás.
Jonás solo atinó a fruncir el ceño, señal de que aceptaba la propuesta, pero no estaba de acuerdo.
♣♣♣
Me senté en una de las bancas del parque, miré mi reloj y eran las 2:58 pm, levanté la mirada y la vi llegar poco a poco, caminando con una seguridad envidiable.
Carmen venía con un vestido de lunares que le llegaba hasta las rodillas, zapatos bajos y pelo suelto, su piel bronceada parecía brillar en el sol.
Me puse de pie para saludarla, no me atrevía a darle un beso en la mejilla.
Mi comportamiento era raro, me sentía tan intimidado, vulnerable y frágil frente a ella, nada que ver con mi actitud de morboso y pajero que siempre he sido. A su lado no pensaba en sexo, solo sentía deseos de besarla y abrazarla por horas, sin apartarme de ella, protegerla y hacerla mi esposa, si, mi esposa. No me lo podía creer, realmente estaba enamorado de esta chica con apenas haberla visto.
Le di las flores y la invité a sentarse junto a mí en la banca.
Agradeció el regalo y empezamos a platicar, luego la llevé a una heladería y le compré un cono de helado de menta, el más grande, quería sorprenderla.
Entre tanto caminar y charlar ya estaba haciéndose tarde, iban a dar las 5 pm. Era hora de regresar a casa, y llevar a Carmen a la suya.
La acompañé cerca de su casa, por el miedo que tenía a que su padre nos alcanzara a ver y se molestara con ella.
—Bueno, ya es hora de que entre —me dijo.
—Bueno, ¿te puedo ver otro día? —le pregunté.
—Si, claro… ¿te parece el viernes? —me preguntó.
—Claro, el viernes está bien… Te veo a la misma hora y en donde hace rato.
Antes de que ella se desplazara hacia su casa, la tomé de la mano con suavidad, ella solo sonrió, como sabiendo lo que venía.
Me acerqué a ella con nerviosismo, las piernas me temblaban y las manos me sudaban a mares.
Lentamente me acerqué más a su cara y buscando sus delicados labios la besé.
Dios santo, su boca era tan dulce, sublime; sus labios sedosos, tan suaves como la piel de un bebé, pero carnosos y excitantes.
Carmen me correspondió el beso y se pegó más a mí, cosa que aproveché para rodear su cintura con mis brazos, pegarla a mi pecho y que sienta mi calor, para yo sentir el suyo y nuestros corazones parecieron latir a la misma vez. Fueron pocos segundos los que duró aquel ósculo, pero para mí se sintieron eternos, y en cuanto separamos nuestras bocas, la mía se fue directo a su frente y le planté otro beso, uno cálido que demostraba únicamente ternura.
Carmen se ruborizó un poco sus bronceadas mejillas, rellenitas como duraznos, pero se podía notar en su ambarina mirada que le había gustado el momento.
Volvió a despedirse y se metió a su casa. La contemplé hasta que cerró la puerta y luego me di media vuelta y corrí hasta mi casa. La hora avanzaba cada minuto y seguramente me regañarían por llegar tarde. Pero mi ego y la felicidad que me invadían en ese momento me hacían sentir gigantesco. Empecé a correr más fuerte, el corazón me latía tanto que sentía que se me salía del pecho, y después de aquel beso, mi ropa interior empezó a sentirse mojada, mi pene estaba totalmente erecto, y es que no lo había notado, pero era evidente que la emoción de ver y besar a Carmen hizo a mi testosterona reaccionar naturalmente. Estaba muy duro.
♣♣♣
Apenas llegué a casa, la regañiza era más que evidente, pero esta vez fue mi padre quien me rezongó.
—¿En dónde andabas tú? Eh jovencito. —dijo mi padre, Yago.
—Estaba con mis amigos, pá… —traté de sonar disimulado.
—¿Con esa ropa? Parece más que andabas de vago —insistió Yago.
—Es que era una celebración en el colegio, entonces por eso me bañé y me arreglé. —dije, esperando que me hubiera creído.
—Anda cámbiate rápido —me ordenó mi padre—, quiero que vayas a ayudarle a Naím a darles de comer a los gallos.
Obedecí y me quité la ropa con la que salí, luego fui hasta el corral y ahí estaba Naím sacando maíz de un barril viejo que era donde Yago guardaba el maíz para sus gallos de pelea.
—¿Cómo te fue, pequeño? —me preguntó Naím apenas me vio.
—Bien, —le respondí— le di un beso a Carmen.
—¡Muy bien, hermanito! —aplaudió Naím y me abrazó celebrando.
—¿Te gusta esa niña? ¿verdad?
—Pa que te digo que no si, si… le tengo camote a la Carmen.
—Es bonita la chibola, suertudo. ¿Ya te la tiraste?
—No, todavía no, pendejo… Si no hace mucho que la conocí.
—No demores mucho noma, se nota que eres un arrecho de mierda —dijo Naím riendo.
La algarabía era grande, Naím estaba viendo como su hermanito menor estaba convirtiéndose ya en un joven.
Jonás apareció de repente y solo atinó a mirarnos, volteo la mirada y siguió su camino, seguramente directo a su cuarto.
—No le hagas caso a Jonás —dijo Naím—, él no te va a molestar ni le va a decir a nadie.
Respiré un poco aliviado por lo que Naím me dijo, le creía porque él no hablaba sin estar seguro de algo.
No me quería imaginar cómo sería si mis padres se enteran que ando dándomela de grande atrás de alguna niña, peor aún, una niña ‘’paya’’.
♣♣♣
Ya en la noche, en mi cuarto, solo podía pensar en Carmen apenas cerraba los ojos, ya quería volver a verla.
Apenas intentaba quedarme dormido mis pensamientos se posicionaban en los labios de Carmen, lo dulces y suaves que se sentían contra los míos, y de inmediato, pero sin darme cuenta, la yema de mis dedos ya acariciaba mi ligeramente lubricado glande, que ya emanaba liquido transparente que ayuda a que el roce sea más suave y excitante.
Mi imaginación ya empezaba a traicionarme, pero me sentía muy travieso y hasta degenerado imaginar que Carmen acariciaba mi verga.
—¿Así se sentirán mi pene en sus labios? —pensaba, y una sonrisa coqueta se dibujaba en mi rostro.
De inmediato sacudí la cabeza, traviesamente reía, pero quería evitar ver a Carmen como las zorras a las que les enterraba mi verga hasta chocar mis bolas en sus labios vulvares. Carmen era especial para mí, la sentía pura e inocente, y yo me alucinaba un cochino al mirarla con tanto deseo, pero la carne es débil y mi pene necesitaba cariño y atención.
—¡Hay Carmen, mi Carmen! —gemía yo suavemente, mientras deslizaba sutilmente mi mano por todo mi falo, duro, grueso y muy caliente. Con la punta de mis dedos podía sentir el contorno de las venas que se le marcaban por estar tan erecto. Mi mano izquierda se paseaba por todo mi pecho y rosaba mi abdomen, acariciaba mis tetillas que se endurecían por el electrificante tacto que me sacaba gemidos ahogados y hacía a mi pene lagrimear más lubricante, que mojaba mi mano y se rodaba hasta mis testículos que parecían soltarse y encogerse anunciando mi eyaculación.
—¡Dios, estoy tan caliente! ¡Como quisiera hacerte mía, Carmen! —gemía.
Los movimientos masturbatorios de mi mano aumentaron haciendo que mi dedo pulgar e índice terminaran ahorcando mi pene por debajo del glande, buscando mayor fricción y un agarre que me hiciera sentir que mi pene batallaba y era castigado con rudeza.
En cada roce de mis dedos por mis tetillas imaginaba que era yo quien saboreaba los pezones de Carmen, con sus pechos al aire y la boca abierta de tanta excitación.
—¿Cómo serán sus pechitos? ¿De qué color serán sus pezones? —pensaba.
Me imaginaba que sus senos se sentían suaves y apenas más grandes que unas naranjas, pero de pezones oscuros, muy chupables. Moría de ganas por lactar de esas tetas turgentes, generosas y tersas.
De pronto, mi mente se envició tanto en el pecho de Carmen que, mi imaginación provocó alucinar con mi venuda verga rozándose entre sus dos senos, como si el espacio entre ellos fuera su interior vaginal. Mi pene daba sobresaltos en cada imagen que mi mente proyectaba y quería expulsar mi semen con desesperación.
De un momento a otro, Carmen ya me la estaba chupando entera y yo le sujetaba el cabello haciéndola que se atorara con mi pedazo de carne dura y caliente. Luego pasó a ser penetrada en cuatro, como una zorrita sumisa que amaba mi pene en su interior, y yo moría con cada metida de verga dentro de su ajustada conchita que me exprimía el pene como si sus paredes vaginales me chuparan el glande, buscando no dejarlo salir de su vagina.
Me imaginaba sujetándola de la cintura, porque mis embestidas eran tan violentas que por poco la sacaba volando de cada metida.
Sus gemidos resonaban en mi cerebro como si el momento fuera real.
—¡Hay si! ¡Hay si! ¡Emil hazme tuya, cógeme como me gusta! ¡Destrózame!
No me pude contener más y en un manoteo violento contra mi verga, mi semen salió con tanta furia que llegó a mi rostro, cerca de mi boca por mi barbilla, otro chorro fue a dar a la cabecera del catre, y claramente pude oír como sonó el impacto de mi semen contra la madera. Y varios chorros más de mi leche llegaron a mi abdomen, se sentía muy caliente y espeso, era un gran torrente de leche que ese día se desperdició en vez de quedar dentro de algún culo, alguna concha o una boca hambrienta de semen.
Terminé exhausto, esa fue una paja muy rica, muy placentera.
Limpié el desastre que quedó sobre mí y mis manos lavándome con agua fría, que tambien usé para mojar mi cabeza y terminar por bajar mi calentura, que a pesar de haberme masturbado seguía con pensamientos lujuriosos y mi verga lo secundaba con saltitos que me llamaban a seguir jalándomela.
—¡Carajo, necesito un culo para tirar! —dije entre mis pensamientos.
Volví a mi cama y al pasar por el pasillo, volví a escuchar los gemidos de mi madre siendo penetrada por mi padre…
—¡Viejos calenturientos! —pensé.
Me recosté en mi cama y me tape con la cobija, abrasé mi almohada como si fuera una mujer.
—¡Así te abrazaría, mi amor, si estuvieras aquí! ¡Buenas noches, amor! —suspiré y me quedé dormido como un oso en hibernación.

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!