¿Posesión demoniaca?
Un chico va caminando por el cerro de la estrella y se encuentra con la cueva del diablo.
La noche en el Cerro de la Estrella era un manto espeso que solo la luna se atrevía a rozar. Él subía con las piernas desnudas, los shorts cortos marcándole los muslos, la playera sin mangas pegada al torso por el sudor tibio de la caminata. Buscaba lo de siempre: un cuerpo anónimo en la oscuridad, un roce que le vaciara la cabeza por un rato.
Los barrotes de la cueva aparecieron entre las sombras, negros y fríos, sellando la boca de piedra como una dentadura de hierro. En el suelo, los restos del ritual satánico todavía olían a cera quemada y a ceniza vieja. Velas negras derretidas, un círculo roto, algo que pudo ser sangre seca.
Se acercó y apoyó la frente contra los barrotes. El metal le mordió la piel con un frío que le recorrió la nuca. «Siempre busco algo que me llene de una vez», murmuró, y sus dedos se enroscaron en el hierro como si quisieran abrirlo.
Entonces, en la oscuridad detrás de los barrotes, dos ojos rojos se encendieron. No como un reflejo, sino como brasas que respiraban. Una mano bestial de garras negras atravesó los barrotes y agarró la playera sin mangas de él.
El rasgado de la tela fue un latigazo seco en el silencio del cerro. Las garras negras de Bafomet atravesaron la playera sin mangas como si fuera papel de seda, dejando al descubierto el pecho del chico, los tatuajes negros sobre su piel sudada brillando bajo la luna. Un tirón más y los shorts cortos cedieron, desgarrados desde la costura hasta el dobladillo, las piernas desnudas temblando contra los barrotes fríos. El chico sintió el aire nocturno en su pene expuesto, en su ano vulnerable, y un gemido escapó de sus labios. El aliento de Bafomet cayó sobre su cuello como una llamarada — un calor infernal que le abrasó la nuca y le recorrió la columna hasta hacerle arquear la espalda. Terror y deseo se enredaron en su vientre, una corriente eléctrica que le endureció el miembro. Las pezuñas del demonio arañaron la tierra junto a los restos del ritual satánico mientras su cuerpo musculoso aprisionaba al chico contra los barrotes de la cueva. Un gruñido gutural, posesivo, vibró en la oscuridad cuando Bafomet frotó su pene bestial entre los glúteos del chico — la carne infernal, gruesa y ardiente, deslizándose por la hendidura sin penetrar aún. El chico mordió su labio inferior y empujó las caderas hacia atrás, ofreciendo su ano al demonio. La cabeza del pene de Bafomet presionó contra la entrada y empezó a abrirlo.
La cabeza del pene bestial atravesó el anillo de carne y el chico soltó un grito ronco, las manos aferradas a los barrotes fríos de la cueva. Bafomet embistió hasta la raíz de una sola arremetida, el calor infernal de su miembro abrasándole las entrañas. El sudor del chico resbalaba por su espalda tatuada y goteaba al suelo mientras el demonio follaba su ano con un ritmo brutal, las pezuñas clavadas en la tierra, los cuernos inclinados hacia adelante. Cada embestida arrancaba un gemido, el pene del chico rebotando duro contra su vientre, líquido presemial escurriendo por el glande.
Bafomet lo levantó por los muslos sin sacar su pene del ano, clavándolo entero en el aire. El chico sintió la espalda contra el pecho velludo del demonio, el aliento ardiente en su nuca, y las embestidas profundas le arrancaron gemidos involuntarios que resonaron contra los barrotes. Sus piernas colgaban abiertas mientras el pene bestial lo atravesaba una y otra vez.
Luego el demonio lo lanzó de rodillas sobre la ceniza de los restos del ritual satánico. Lo montó a cuatro patas, las pezuñas flanqueando su cuerpo, y folló su ano con embestidas bestiales que hacían chocar sus huevos contra los glúteos del chico. Él apretó los barrotes con las manos, el pene goteando líquido preseminal sobre la ceniza. Bafomet mordió su cuello, el calor infernal quemándole la piel.
—Soy tu perra —gritó el chico, y su pene eyaculó chorros de semen sobre los restos del ritual sin que nadie lo tocara.
Bafomet gruñó, clavó su pene hasta la raíz y eyaculó semen ardiente que inundó el recto del chico y goteó por sus muslos. El calor fecundo se formó en su vientre, hinchándolo levemente. Él sonrió, sabiendo que había quedado embarazado del demonio.
El semen ardiente le goteaba del ano dilatado, espeso y caliente, resbalando por el perineo hasta empapar la ceniza de los restos del ritual satánico. El chico yacía de espaldas sobre la tierra fría, las piernas aún abiertas, el pecho subiendo y bajando con una respiración entrecortada que ya no era de miedo. El calor infernal del líquido dentro de él no se disipaba; al contrario, latía. Lo sentía moverse, asentarse, reclamar cada pliegue de sus entrañas como quien cierra una puerta desde adentro.
Se llevó una mano temblorosa al vientre. Estaba ligeramente hinchado, una curva tensa bajo la piel tatuada que antes no existía. Presionó apenas con los dedos y sintió el calor fecundo responderle desde el interior, un pulso ajeno y vivo que ya no era solo el semen del demonio, sino algo más. Algo que crecía. Sonrió en la oscuridad, los labios partidos, el sudor enfriándose sobre sus sienes.
Bafomet se irguió junto a él. Las pezuñas crujieron sobre la ceniza. El brillo rojo de sus ojos bañó el cuerpo rendido del chico mientras una garra enorme, de uñas negras y palma callosa, descendía lentamente hasta posarse sobre su vientre fecundado. No apretó. Solo cubrió. El peso de la posesión eterna se asentó en ese gesto, y un gruñido aprobatorio retumbó en la garganta del demonio.
—Quiero ser tu perra hombre para siempre —murmuró el chico, la voz rota por el uso y la entrega.
Bafomet emitió un siseo largo, un sonido que vibraba en el calor infernal que ahora los unía. El chico sonrió en la oscuridad con la garra de Bafomet sobre su vientre fecundado, perteneciéndole para siempre.
El calor infernal llegó en oleadas, un fuego que le subía desde las entrañas y le arrancaba el aire. Su vientre se convulsionó, la piel tatuada tensándose hasta parecer a punto de reventar. La garra de Bafomet se posó sobre el abdomen, pesada, dueña, y el chico gritó.
Empujó.
Algo oscuro y húmedo desgarró su canal, abriéndolo desde adentro. El fluido negro brotó caliente entre sus muslos, mezclado con sangre, y un gemido roto escapó de su garganta. La criatura emergió, un bulto palpitante de sombra y calor, y Bafomet la recogió con un gruñido aprobatorio.
El chico quedó vacío, temblando sobre la ceniza, el ano dilatado goteando fluidos oscuros. La criatura desapareció en la oscuridad de la cueva y su cuerpo necesitaba ser llenado de nuevo.
Se arrastró sobre la ceniza, las rodillas raspadas, el ano dilatado goteando una mezcla de sangre y fluido negro que le resbalaba por los muslos. Cada movimiento le arrancaba un gemido, pero no se detuvo. Los barrotes estaban ahí, fríos, y él se aferró a ellos como si fueran el altar de su devoción. Se giró, apoyó la espalda contra el metal y abrió las piernas. Con ambas manos se agarró las nalgas y las separó, mostrando el orificio abierto, palpitante, chorreando los restos del parto infernal. —Mira lo que te pertenece, suplicó, la voz ronca y rota, . Míralo bien abierto para ti.
Bafomet avanzó entre las sombras, los ojos rojos fijos en el agujero expuesto. Su miembro emergió erecto, ardiente, venoso, goteando un líquido espeso que humeaba al contacto con el aire. El calor infernal irradiaba desde su cuerpo oscuro y envolvía al chico, que gimió al sentirlo cerca. —Soy tu perra, murmuró, separando más las nalgas, . Fóllame cuantas veces quieras. Llénamelo todo.
Las garras se clavaron en sus caderas. Bafomet lo empaló contra los barrotes de un solo golpe.
El miembro ardiente lo atravesó hasta el fondo, un golpe seco que arrancó un grito agudo de su garganta. Los barrotes vibraron contra su espalda mientras Bafomet embestía sin pausa, las garras clavadas en sus caderas, levantándolo apenas del suelo con cada empalamiento. El calor infernal del falo demoníaco le quemaba las entrañas vacías, y el chico sintió cómo su ano se dilataba para recibirlo entero, chupándolo con espasmos involuntarios.
—¡Más! —gritó, la voz rota, . ¡Rómpeme, soy tu perra!
Bafomet gruñó y lo giró de un tirón. Lo arrojó boca abajo sobre la ceniza, las rodillas raspándose contra la piedra, el culo en alto. Las pezuñas se plantaron a los lados de sus muslos y el miembro lo ensartó de nuevo, ahora más hondo, montándolo como una bestia en celo. El sonido de las embestidas resonaba en la cueva: un chasquido húmedo, obsceno, mezclado con los gemidos incontrolables del chico. La ceniza se le metía en la boca, le raspaba los pezones, pero él solo empujaba las caderas hacia atrás para recibirlo más adentro.
—No pares, no pares, lléname todo, soy tu perra hombre, nací para esto.
El demonio lo volteó de espaldas sin salir de su interior. Le levantó las piernas hasta los hombros y lo penetró mirándolo a los ojos, los rojos brillantes fijos en su rostro desencajado de placer. El chico sintió la presión en la próstata, una y otra vez, y su propia verga escupió semen caliente sobre su vientre tatuado sin que nadie la tocara. Los chorros le salpicaron el pecho, los tatuajes brillando bajo el líquido blancuzco.
Bafomet embistió una última vez, profundo, y el calor infernal de su semen inundó las entrañas vacías. El chico gritó al sentir el líquido espeso llenándolo, quemándolo, marcándolo por dentro. Su ano se contrajo alrededor del miembro, chupándolo, ordeñándolo hasta la última gota.
Bafomet gruñó y retiró la garra del vientre del chico, dejándolo tendido sobre la ceniza, lleno de semen, el ano goteando, sonriendo.
El calor infernal seguía palpitando en sus entrañas, un latido profundo que ya no dolía sino que lo arrullaba como una canción de cuna oscura. El chico yacía de espaldas sobre la ceniza, los brazos abiertos, las piernas dobladas y caídas hacia los lados, el pecho subiendo y bajando con una respiración entrecortada que apenas lograba calmar. El semen de Bafomet le escurría del ano, lento y espeso, bajando por el perineo hasta gotear sobre la ceniza con un sonido apenas audible, una humedad que se mezclaba con el polvo negro del suelo de la cueva. Sentía el líquido caliente deslizarse, abandonarlo por fuera mientras por dentro algo de ese fuego se quedaba para siempre.
Su vientre, antes plano bajo los tatuajes, ahora se veía ligeramente hinchado por las cargas que el demonio había vaciado en él. La piel estirada brillaba bajo la tenue luz rojiza que emanaba de los ojos de Bafomet, y el chico la miró con una sonrisa cansada, rota, llena de una paz que nunca había conocido antes de entregarse. No era el vientre monstruoso del embarazo infernal, pero sí una hinchazón que hablaba de posesión, de uso, de pertenencia.
Bafomet se irguió a su lado. Las pezuñas hendidas crujieron sobre la ceniza y el chico sintió la sombra del demonio cubriéndolo. Una garra negra descendió lentamente y se posó sobre su vientre hinchado. Las puntas afiladas se hundieron apenas en la piel, sin romperla, marcando cinco pequeños hoyuelos alrededor del ombligo. El chico soltó un suspiro tembloroso al sentir el peso de esa garra reclamándolo otra vez, el mismo gesto que había sellado su destino en aquella primera noche, el mismo que ahora le recordaba que nunca dejaría de pertenecerle.
—Soy tuyo, murmuró, la voz ronca y rota por los gritos, pero firme en su devoción, . Tu perra hombre. Para siempre.
Bafomet emitió un gruñido bajo, un siseo vibrante que retumbó en las paredes de la cueva y que el chico sintió en el pecho como una aprobación. La garra se quedó ahí, pesada, caliente, dueña absoluta de su carne y de todo lo que contenía. El chico cerró los ojos bajo ese peso, sintiendo el calor infernal asentarse definitivamente en sus entrañas, y supo que regresaría a esta cueva cada vez que el demonio lo convocara, arrastrándose sobre la ceniza si era necesario, ofreciendo el culo, la boca, el vientre, lo que Bafomet quisiera tomar. Sonrió en la oscuridad, los labios partidos y secos, y se dejó ir en la certeza de que había nacido exactamente para esto: para yacer bajo la garra de Bafomet, la perra hombre del demonio, listo para volver siempre que lo poseyera.
La garra seguía ahí, pesada y caliente sobre el ombligo, cuando algo se movió. No fue un temblor externo ni un espasmo muscular: fue una patada desde dentro, un golpe seco contra la pared del vientre que hizo que el chico abriera los ojos de golpe. Otro movimiento, más fuerte, rodó bajo la piel tensa como una ola oscura. El chico llevó ambas manos a su vientre hinchado y lo acarició con las palmas abiertas, sintiendo las criaturas agitarse bajo la garra de su dueño.
—Mi vientre es tu templo, murmuró, la voz ronca convertida en plegaria, . Lo llenaste y ahora te devuelve vida.
Bafomet retiró la garra lentamente, dejando los cinco hoyuelos marcados alrededor del ombligo, y se irguió en toda su altura. Sus ojos rojos brillaron en la oscuridad de la cueva, fijos en el vientre que empezaba a contraerse. El chico sintió la primera presión descendente, un peso que bajaba por sus entrañas buscando salida, y abrió las piernas sobre la ceniza.
La presión bajó por sus entrañas como una garra interna abriéndose paso. El chico rodó sobre el vientre hinchado, la ceniza pegándose a sus mejillas y a sus muslos, y se puso a cuatro patas con las piernas abiertas. Alcanzó hacia atrás con ambas manos y separó las nalgas, los dedos hundidos en la carne sudada, ofreciendo el ano a la oscuridad. Otro espasmo lo dobló, más brutal que el anterior, y empujó. El ano se abrió, el anillo de músculo estirándose alrededor de algo duro y caliente que pugnaba por salir. Un líquido oscuro y viscoso rezumó primero, goteando sobre la ceniza entre sus muslos. El chico gimió, un sonido involuntario que rebotó en las paredes de la cueva, y empujó otra vez. Sintió la cría deslizarse por su recto, cada centímetro abriéndolo más, y la pezuña de Bafomet se posó sobre su espalda para mantenerlo firme. Jadeó contra la ceniza mientras la cabeza de la primera cría asomaba por su ano dilatado.
La cabeza de la cría coronó, un bulto duro y resbaladizo que estiró el ano hasta casi desgarrarlo. El chico empujó con un alarido que le raspó la garganta y la criatura salió de golpe, expulsada en un torrente de fluido oscuro y caliente que salpicó la ceniza entre sus muslos. Cayó sobre los antebrazos, jadeando, el cuerpo temblando mientras el ano se le quedaba abierto, palpitante, rezumando más líquido viscoso. La primera cría yacía sobre la ceniza, un bulto húmedo y negruzco que se retorcía débilmente.
Bafomet gruñó, un sonido bajo que vibró en las paredes de la cueva, y una garra recogió a la cría con un cuidado que contrastaba con el filo de sus garras. La depositó en la oscuridad detrás de él y volvió a posar la pezuña sobre la espalda del chico, reclamándolo.
El segundo espasmo llegó antes de que pudiera recuperar el aliento. La presión bajó por su recto como una bola de fuego y el chico se arqueó hacia atrás, la columna doblándose, las manos arañando la ceniza. Sintió la segunda cría abriéndolo de nuevo, más grande que la primera, cada centímetro estirando el anillo de músculo hasta que creyó que se rompería. Empujó con un gemido roto y la criatura resbaló hacia fuera, caliente y mojada, seguida de otro chorro de líquido amniótico que le goteó por los muslos. El ano se le contrajo en espasmos, abriéndose y cerrándose alrededor del vacío antes de que la siguiente presión comenzara a descender.
Bafomet recogió la segunda cría. Sus ojos rojos brillaron al mirar al chico, que temblaba a cuatro patas con el vientre aún hinchado y tenso.
La última cría era la más grande. El chico la sintió rasgar su canal al descender, una garra interna que le arañaba las entrañas, y gritó. Un alarido que rebotó en la oscuridad de la cueva mientras empujaba con todo su cuerpo, los músculos del vientre contrayéndose, el ano abriéndose hasta lo imposible. La criatura salió con un sonido húmedo y obsceno y el chico sintió el orgasmo recorrerle como un latigazo. Eyaculó sin que nadie lo tocara, el semen disparándose sobre la ceniza en chorros calientes que se mezclaron con los fluidos oscuros del parto. Su cuerpo se vació por completo, el vientre desinflándose, el ano abierto y palpitante rezumando los últimos restos.
Yació sobre la ceniza, inmóvil, las piernas abiertas, el semen y los fluidos empapando el suelo bajo él. Levantó la cabeza apenas y miró a Bafomet, de pie en la oscuridad, rodeado de sus crías.
Bafomet se incorporó lentamente, las crías amontonadas a sus pezuñas, y las arrastró hacia la oscuridad más profunda de la cueva. El chico oyó sus chillidos apagarse mientras el demonio las depositaba en alguna grieta, y luego los pasos pesados regresaron. La ceniza crujió bajo las pezuñas. Bafomet se detuvo frente a él, una silueta negra contra la negrura, y el chico levantó la cabeza con esfuerzo. Su cuerpo entero temblaba, el ano abierto y palpitante, los muslos empapados. Con manos temblorosas se llevó los dedos a las nalgas y las separó, mostrando el agujero dilatado que aún rezumaba fluidos oscuros sobre la ceniza. Bafomet gruñó, un sonido grave que retumbó en el pecho del chico, y posó la garra sobre su vientre desinflado. Los cinco hoyuelos rodearon el ombligo, el sello de siempre. El chico sintió el peso y sonrió. Murmuró contra la ceniza que estaba listo, que su vientre era el templo y que podía llenarlo otra vez. Bafomet apretó la garra apenas, marcándolo de nuevo, y el chico sonrió bajo ese peso, la perra hombre del demonio, listo para ser llenado otra vez.
El eco de las voces llegó primero, rebotando contra la piedra desde la ladera del cerro. El chico levantó la cabeza de la ceniza, los oídos aguzados. Eran tres, quizás cuatro, las linternas barriendo la maleza seca afuera. Los barrotes de la entrada brillaron un instante cuando el primer haz los tocó.
—Dicen que aquí hay algo, la voz sonó joven, curiosa, . Mira, la reja está abierta.
El chico sonrió contra la ceniza. En lugar de arrastrarse hacia la oscuridad, giró el cuerpo y empezó a gatear hacia la entrada. Las rodillas raspaban la piedra, los muslos empapados dejaban un rastro húmedo sobre la ceniza. Se detuvo a un metro de los barrotes, justo donde la luz de las linternas empezaba a alcanzarlo, y se arrodilló de espaldas a la entrada. Con ambas manos se agarró las nalgas y las separó, abriéndose por completo, exhibiendo el ano dilatado que aún palpitaba y rezumaba fluidos oscuros.
El primer haz de linterna lo iluminó de lleno. El grito de la chica cortó el aire.
—¡Dios mío! ¡Hay alguien ahí dentro!
Tres haces más se clavaron en él. Vieron su cuerpo desnudo cubierto de ceniza y fluidos, los muslos brillantes, el vientre marcado con los cinco hoyuelos de la garra alrededor del ombligo, el ano abierto como una boca húmeda que goteaba sobre la piedra. Vieron sus dedos separando las nalgas, ofreciéndose.
—Está… está desnudo, la voz del chico temblaba, . ¿Está bien?
—¡Llama a alguien!
El chico giró la cabeza y les sonrió por encima del hombro, los dientes blancos en la cara manchada de ceniza. En ese momento Bafomet avanzó desde la oscuridad. Las pezuñas retumbaron en la piedra, y los excursionistas alzaron las linternas. La silueta negra y cornuda se materializó detrás del chico, las garras extendidas, el miembro infernal erecto y brillante. Los excursionistas gritaron al unísono, las linternas temblando en sus manos, pero ninguno corrió todavía. Estaban paralizados.
Bafomet gruñó, un sonido que hizo vibrar la ceniza en el suelo, y agarró al chico por la cintura con ambas garras. Lo levantó como si no pesara nada y lo aplastó contra los barrotes. El metal frío se clavó en los pezones del chico, en sus costillas, y él soltó un gemido agudo cuando sintió la punta del miembro infernal presionando su ano dilatado. Bafomet no esperó. Clavó el miembro de una sola embestida, abriéndolo con un chasquido húmedo, los fluidos rezumantes salpicando los barrotes. El chico gritó, un sonido que era mitad dolor y mitad éxtasis, las manos aferrándose a los barrotes mientras Bafomet empezaba a follarlo con embestidas bestiales.
El miembro entraba y salía del ano con ruidos de carne húmeda y aire desplazado, un schlick schlick schlick que resonaba en la cueva. Las garras de Bafomet apretaban la cintura del chico, los cinco hoyuelos marcándose de nuevo sobre la piel. Los excursionistas seguían ahí, las linternas iluminando cada embestida, cada centímetro del miembro infernal desapareciendo en el cuerpo del chico. La chica sollozaba. Uno de los chicos vomitó sobre la piedra.
El chico sintió el orgasmo acumulándose en su vientre, un calor que subía desde los testículos sin que nadie lo tocara. Bafomet embistió más fuerte, más hondo, y el chico eyaculó contra los barrotes con un gemido roto, los chorros de semen humano salpicando el metal y goteando hacia el suelo. En ese mismo instante Bafomet gruñó y se vació dentro de él, el semen infernal inundándole el intestino con un calor abrasador. El fluido negro y espeso desbordó por el ano, escurriendo por los muslos del chico y goteando sobre la ceniza.
Bafomet levantó la cabeza y gruñó a los excursionistas, un sonido que no era animal ni humano, y ellos por fin reaccionaron. Las linternas giraron, los pasos tropezaron en la maleza, los gritos se alejaron escalera abajo mientras los haces de luz rebotaban contra las piedras. El chico sonrió contra los barrotes, el miembro de Bafomet aún enterrado en su ano, el vientre volviendo a hincharse.
Entre la confusión, uno de los escursionistas que era gay, regresó por el impacto de lo que habpia visto.
El miembro de Bafomet seguía dentro de él, un tronco oscuro y palpitante que le mantenía el ano abierto y el vientre tenso. El chico sintió el semen negro rezumar por sus muslos, tibio aún, espeso. Los pasos subieron por la escalera de piedra: una sola persona, respiración entrecortada. La linterna iluminó los barrotes oxidados y el chico entrecerró los ojos. El excursionista se detuvo en la entrada, el haz de luz temblándole en la mano. El chico vio el bulto bajo la tela arrugada del pantalón de senderismo, una erección dura que el joven no intentaba ocultar. Pero la mirada del excursionista no estaba en él. Los ojos del muchacho, vidriosos y fijos, apuntaban a la entrepierna de Bafomet, al miembro monstruoso que aún goteaba semen negro sobre la ceniza. El excursionista tragó saliva, los ojos clavados en la entrepierna del demonio, sin retroceder.
Bafomet gruñó y se retiró de un solo movimiento. El miembro salió del ano del chico con un sonido húmedo y obsceno, un chasquido de carne y fluidos que resonó contra las paredes de la cueva. El semen negro brotó en un hilo espeso que goteó sobre la ceniza, y el chico sintió el vacío repentino, el ano abierto y palpitante, el vientre aún hinchado. Bafomet giró la cabeza de cabra hacia el excursionista. Los ojos del demonio brillaron en la oscuridad, y el muchacho en la entrada dejó caer la linterna. El haz de luz rodó por el suelo y apuntó directo al miembro de Bafomet, enorme y oscuro, todavía brillante de semen. El excursionista no retrocedió. El chico vio sus ojos fijos en el demonio y sintió una punzada de celos que le quemó el pecho. Se arrastró por la ceniza, las rodillas raspando la piedra, el semen negro escurriéndole por los muslos. Se arrodilló frente a Bafomet y tomó el miembro con ambas manos. Lo sintió caliente y palpitante contra las palmas, la piel oscura y gruesa, las venas marcadas como cuerdas. Abrió la boca y lamió la cabeza, saboreando el semen negro que la recubría: salado, amargo, infernal. El excursionista gimió. El chico deslizó los labios por el tronco del demonio, ahogándose con la longitud, y escuchó el sonido de una mano metiéndose dentro de un pantalón. Bafomet gruñó, le agarró la cabeza y lo empujó hacia los barrotes.
Bafomet lo levantó como si no pesara nada. Las garras se clavaron en sus caderas y lo estrellaron contra los barrotes. El metal oxidado le mordió la espalda, frío y áspero contra la piel sudada, y el chico gimió al sentir el miembro del demonio presionando su ano todavía abierto y goteante. Bafomet no esperó. Entró de una sola embestida, el ano abriéndose con un ruido húmedo y obsceno, un schlick que resonó en la cueva. El chico gritó, las manos aferrándose a los barrotes mientras el tronco infernal lo llenaba hasta el fondo, el vientre hinchándose aún más. El semen negro que ya llevaba dentro desbordó por los bordes del miembro, escurriendo por sus muslos en hilos espesos.
El excursionista se bajó el pantalón con manos temblorosas. Su pene saltó libre, erecto y pálido en la penumbra, y empezó a masturbarse mirando fijamente cómo el miembro de Bafomet entraba y salía del cuerpo del chico. El sonido era brutal: schlick, schlick, schlick, la carne cediendo, los fluidos salpicando la ceniza del suelo.
—Lléname, suplicó el chico, la voz rota, los ojos clavados en el excursionista con celos rabiosos, . Lléname a mí, solo a mí, soy tu perra, solo yo.
Bafomet gruñó y embistió con furia posesiva. Las garras rasgaron la espalda del chico, dejando surcos rojos que sangraron al instante. El miembro lo abría una y otra vez, el ritmo salvaje, el vientre deformándose con cada embestida. El excursionista se acercó, hipnotizado, la mano moviéndose rápido sobre su pene, los ojos fijos en el tronco oscuro que desaparecía dentro del cuerpo del chico. El chico sintió el orgasmo llegarle sin aviso, el semen humano brotando en chorros que salpicaron los barrotes oxidados, y gimió el nombre del demonio mientras su cuerpo se contraía alrededor del miembro infernal.
Bafomet se retiró de golpe. El ano del chico quedó abierto, palpitante, una caverna goteante de semen negro. El demonio gruñó y eyaculó sobre ambos. Los chorros de semen negro golpearon la espalda marcada del chico, calientes y espesos, y cayeron sobre el rostro del excursionista, que gimió al recibir el fluido infernal en la cara, la boca abierta, la lengua extendida. El chico gritó al sentir el calor del semen sobre su piel herida, y el excursionista cayó de rodillas, cubierto, temblando.
Se arrastró sobre la ceniza, las rodillas raspando el suelo húmedo, el vientre hinchado colgando pesado mientras avanzaba hacia Bafomet. El excursionista yacía aturdido a un costado, el rostro cubierto de semen negro, los ojos vidriosos y la boca aún abierta. El chico llegó hasta las pezuñas del demonio y alzó la mirada. Pasó la lengua por el tronco del miembro de Bafomet, lento, saboreando el semen residual, y tragó sin apartar los ojos del excursionista. Bafomet gruñó aprobatorio. Una garra se cerró alrededor del cuello del excursionista y lo arrastró hacia la oscuridad profunda de la cueva, donde algo se movía entre las sombras. El chico sonrió. Se acurrucó en la ceniza junto a las garras de Bafomet, el vientre hinchado, los barrotes manchados de semen humano e infernal, mientras los gemidos del excursionista se perdían en la oscuridad donde aguardaban las crías.
continuará….
escribeme a [email protected] o a zangui 4328058829


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