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Gays, Heterosexual, Incestos en Familia

Remembranzas con mi amigo Federico

Texto escrito después de platicar con mi amigo recordando nuestra niñez y adolescencia..
De niño, el sexo sólo se daba por los juegos con mis amigos. A todos nos gustaba acariciar y chupar los miembros entre nosotros. Sin embargo, y quizá con el fin de justificar que no éramos unos maricones, considerábamos que entre nosotros la penetración, los besos y las palabras melosas como parte del entrenamiento para aprender a tratar a nuestras futuras novias, pues las niñas nos resultaban muy atractivas.

Al mamar, me gustaba el sabor que tenían las vergas, fueran de quien fueran. Pero prefería las verguitas de mis amigos que las tenían más pequeñas, las cuales engullía con deleite ya que podía jugar mi lengua y el glande dentro de mi boca, aunque estuvieran paradas. Otro plus era mamar a los dos niños a quienes les hicieron la circuncisión: no tenía que pelárselas arremangando el prepucio para lamer la orilla del glande. Aunque pocos lo pedían explícitamente, yo me daba gusto lamiendo el escroto para sentir las estrías resbalando en mi lengua y luego de varios paseos entre escroto y periné, engullía los huevos uno a uno y después juntos mientras les hacía una chaqueta. Para mí era un placer escuchar sus quejidos de gozo que presagiaban saborearme todo el presemen que tenían entre la cabecita y el prepucio, sorberlo jalando dentro de mi boca todo su pellejo con el pito muy parado. Yo aprovechaba para acariciar las nalgas cada vez que hacía las mamadas, se las apretaba para presionar su pubis contra mi cara.

Obviamente, también me gustaba sentir sus labios en mi pene y en los huevos. Yo me esmeraba en lograr un resultado agradable al dar las caricias besos, lamidas y chupadas, esperando una reciprocidad cuando fuera el turno de recibir los mimos de manos, labios y lengua. No siempre obtenía lo esperado, pero sí me daba cuenta que preferían más mis caricias que las de los otros.

Así, para que el entrenamiento fuese más realista, considerábamos usar el papel de “novio” y de “novia”, los que nos alternábamos, incluido en este último caso tomar el nombre de la niña que le gustaba a quien hacía el papel de “novio” y cambiar el tono de voz por otro más agudo y cachondo.

No me disgustaba hacerla de novio o de novia cuando practicábamos la penetración, lo que me encantaba era sentir la piel de mis amigos sobre la mía. Aunque no siempre podíamos penetrar al besarnos de frente, el abrazo mutuo era imprescindible y sí hacíamos los movimientos de coito restregándonos las vergas en el pubis del otro, principalmente cuando yo era el “novio”. En el beso me deleitaba tener su boca abierta y salivante en contacto con la mía acariciándonos y sorbiéndonos las lenguas. Y cuando yo era la novia, abría las piernas y me colocaba la verga de mi pareja en el culo para que el novio me cogiera mientras yo, haciendo la voz de puta, entre beso y beso, lo nombraba acompañando la frase “mi amor” o “mi amorcito” y le pedía que me cogiera mucho. Hacía mi papel de “novia” excelentemente, pues cuándo me penetraban yo me sentía mujer la posesión y la inmersión emocional en el personaje conectando mis propias vivencias o en las observaciones del comportamiento de otros para «vivir» el personaje de manera realista. Seguramente aprovechaba que los hombres tenemos algo de nuestra personalidad que pertenece a las mujeres. Unos más cargados hacia lo femenino que otros, pero psicológicamente todos somos bisexuales.

De la misma manera en la que yo lamía y chupaba los pezones de mi “novia”, lo exigía a mi “novio” cuando representaba el papel opuesto: “Mámame las chiches, Luis (o Juan o quien fuera), hazlo tan rico como yo te mamé la verga, mi amor…” Muchas veces brotaba mi pensamiento de sentirme mujer cuando mi mejor amigo me mamaba la verga y yo le sostenía la cabeza creyéndolo mi hijo y pidiéndole que se tomara la leche que le daba su mami. No me refería precisamente al semen, porque en ese entonces yo aún no eyaculaba.

La satisfacción mía era darles gusto a mis amigos, mi mayor satisfacción sensorial con mis amigos, además de mamar y ser mamado, la tenía cuando me tocaba cogérmelos, pero tal satisfacción sensual no estaba en mi pene, es decir, no en la sensación al penetrarlos, sino en la de acariciar su cuerpo al estar sentados en mi regazo. Pasar mis manos por su ombligo y su pecho; sentir sus pezones y jugar con ellos; sentir el calor de la piel de su espalda extendiéndose en mi pecho; aparear la tibieza de sus nalgas con la de mi pubis; extender mis brazos para agasajarme jugando con su pene y tener sus testículos en la palma de mi mano. Ellos, ante mi estímulo, se movían para disfrutar mi pene duro y yo besaba su cuello y su espalda. También, cuando me tocaba chuparles el pito, les acariciaba sus bolitas y se las metía en el canal inguinal y mi boca pasaba a su escroto donde, con la lengua, acariciaba las estrías para soltarlo de golpe y mi lengua esperaba a que los huevitos bajaran para succionarlos juntos o separados. En todo ese tiempo, mi mano les hacía una chaqueta y, cuando el presemen abundante me las mojaba, mi boca volvía a su glande para saborear ese néctar ligeramente salado.

A mis diez años tuve mi primera experiencia sexual con una mujer. La chica, de quince años, poseía unos grandes ojos negros, boca sensual de labios gruesos y encarnados que al besarme hicieron descubrir mi calor interior; también las hermosas formas de su cuerpo aprisionadas por la firmeza de su piel que mostraba su temprana madurez en abundancia de nalgas y tetas.

El entrenamiento en los cuerpos de mis amigos y la lujuria que me despertaba la belleza femenina con la que me agasajaba, añadidos a la experiencia previa de la niña, que seguramente ya se la habían cogido otros sujetos de su edad o mayores, hizo que todo fuera muy bien al principio. Yo quería meterle la verga por el culo y la tallé en las nalgas, pero ella me corrigió: “No es por allí, es por acá” y, dándose la vuelta, me colocó la verga en la entrada de su panocha de suaves breñas tupidas que coloreaban de azabache el monte venusino por el que emanaba un delicioso aroma.

Ella me chupó la verga, engulléndola con todo y huevos, dándome el placer que yo había esperado como retribución cuando se la mamaba con gusto a mis amigos. Pero pronto me puso a hacer lo mismo en su vagina que sabía a jaiba y mi cara quedaba llena de su flujo viscoso que aprendí a saborear gustoso.

Me la cogí durante tres años, incluidos besos, manoseos y mamadas. Con esa experiencia, fue muy simple convencer a otras niñas para coger con ellas. Por lo general eran vecinitas de nuestra edad o un poco menores.

Con las niñas, además de besarlas y acariciarlas, era riquísimo penetrarlas, ya fuera por la vagina o analmente. La técnica era jugar con ellas y acariciarlas o abrazarlas y jugar “al papá con la mamá”. Algunas decían, en su inocencia que sólo “jugaban” si éramos novios y ¡claro que aceptábamos ser novios! luego intercambiábamos “novias” entre nosotros. Una niña de nombre Carmelita, la más feíta de todas, pero todos queríamos para “novia” por su facilidad para poner en práctica lo que veía hacer a su mamá, fuese con su papá o con sus novios. El padre era burócrata y la señora cantante en un trío que formaba con “sus novios”. La señora, también de nombre Carmelita, era bonita y tenía unos ojos de color verde turquesa. También nos enseñó cómo le hacía el tío, a ella y a su mamá.

Una vez uno de mis amigos y yo estábamos calientes y discutimos quién de los dos se la fornicaba primero a la niña Carmelita, para evitar discusiones, ella dijo “Sí se puede con dos novios al mismo tiempo, he visto cómo lo hace mi mamá, y nos dirigió para que chupáramos un pezón cada uno y que nuestras manos se complementaran en las caricias abajo. Después hicimos doble penetración, tanto por los dos hoyos como los dos por la vagina a la vez. Era nuestro primer trío con una mujer, ya que a veces, entre nosotros, los amigos hacíamos “trenecitos”: tres o más penetrándose seguidos. Otro trío de hombres que me gustaba era cuando a uno se lo cogían y otro se la mamaba al que penetraban. A mí me gustaba ser el mamador o el mamado.

Aprendimos bastante. Durante la niñez y hasta la adolescencia, esos juegos didácticos fueron mis favoritos. Además de la quinceañera de quien hablé antes, hay otra mujer a quien recuerdo con mucho cariño. Ella tenía diez años y yo doce.

La primera vez que se me insinuó fue obvio que lo planeó al ver que yo estaba solo y leía una revista de comics, simplemente pasó y me dijo “hola”, pero regresó pronto y se sentó junto a mí, mientras platicábamos intrascendencias, levantó la pierna izquierda y resbaló su falda para dejarme ver su sexo pues no traía calzones, ¡se los habías ido a quitar en el breve tiempo que transcurrió en su ausencia! Su clítoris estaba crecido y sobresalía de los labios exteriores. Platicamos y cantamos un poco al tiempo que acariciábamos uno el sexo del otro, yo directamente y ella sobre mi ropa, pero terminó sacándome el pene. Al acabar la canción me tomó de la mano y me llevó a una parte solitaria donde se sentó sobre mí y, con mi pene dentro de ella, se meció mucho… Tuvimos que suspender ya que vimos venir a alguien y simplemente nos pusimos de pie para mirar el paisaje dando la espalda a quien venía, momento que aproveché para guardarme el pene y subirme el cierre. A los pocos segundos solamente me dijo “adiós” y se fue. A partir de ese día, cada vez que nos encontrábamos solos ella hacía que le metiera la verga. Pronto me envolvió más en sus requerimientos sexuales y nos buscábamos para coger. Me contaba cómo veía coger a sus padres sin que éstos advirtieran su presencia. También me contaba chistes sexuales.

Frecuentemente, ella me buscaba en mi casa, y al abrir la puerta me decía “Hola. ¿Hay alguien más en tu casa?” Cuando le decía que estaba solo, ella pasaba y cerraba la puerta para subirse la falda de su vestido inmediatamente y bajarse rápidamente los calzones. Me miraba con una sonrisa pícara que acentuaba los hoyitos que se formaban en sus mejillas, esa señal hacía que bajara el cierre de mi pantalón y sacara mi pene erguido. Se acostaba de inmediato sin dejar de sonreír y dejaba al descubierto su vagina de niña pequeña. Me subía en ella y me tomaba el pene para guiarlo a penetrarle la vagina. Al sentirme dentro empezaba a moverse. Me abrazaba, me besaba la cara repetidamente al ritmo frenético con el que se movía. No sé cómo le hacía para moverse tanto con mi cuerpo de doce años sobre el suyo de diez, pero no me quedaba duda que a esa edad ella ya tenía acumulados muchos coitos furtivos pero rápidos con varios adolescentes que sólo se sacaban el pene para cogérsela; por ello se extrañó cuando vio mis testículos y los acarició sin rubor preguntándome si todos los hombres teníamos estas bolitas. “Sí, ¿no se las has visto a tu primo?”, le pregunté pues ella me dijo que cogía con él. “No, sólo se saca hasta aquí”, contestó tapándome los huevos.

Mientras ella se movía, yo le acariciaba las piernas que me parecían bonitas y correspondía a sus besos. La última vez que lo hicimos —¡y es la que mejor recuerdo!— me pareció sentir que todo mi ser se salía por la punta de mi verga, era una sensación nueva y muy agradable: esa fue la primera vez que me vine y agradezco que haya sido dentro de ella que eras bonita y puro fuego.

Hasta los trece años, conforme crecíamos y andábamos calientes, pero no había una “novia” a la mano, practicábamos cómo hacérselo a ellas y nos acariciábamos y chupábamos los pezones imaginando que el otro era una niña de nacientes volcancitos en el pecho. También era rico recorrer con la lengua la base de los testículos, pasando por el periné y terminando introduciendo la lengua en el ano. Hacerlo o sentirlo era una delicia. Más aún cuando quien la hacía de “novio” mencionaba el nombre de la chica que le gustaba y “la novia” le pedía por su nombre al “novio” las caricias que deseaba.

A veces yo era el novio y mi delicia era acariciar, besar y lamer a “la novia” por todo el cuerpo; embarrar y friccionar la piel de mi pecho en la del pecho de “ella”, hacer lo mismo con nuestros ombligos o nuestros pubis; otra caricia importante que yo hacía era la de pasar mi pene y mi escroto por el cuerpo de “la novia”, recibiendo besos y lamidas cuando acariciaba la cara de “ella”. También yo esparcía besos y decía palabras tiernas y calientes junto con el deslizamiento de mi piel o de mi miembro. Sabía que lo hacía bien cuando percibía elevaba la calentura de la novia, con sus respuestas melosas y tiritantes, tanto de las palabras como de los besos y las caricias de sus manos. Entendía que “ella” sentía lo mismo que yo cuando me tocaba hacer el papel de “novia”.

A mí me gustaba especialmente tomar el papel de la novia pues mi lado femenino se desbocaba tremendamente. Me sentía mujer al momento en que me mamaban la verga y sentía que amamantaba a mi bebé.

A mis catorce años me cambié de domicilio y fuimos más calientes, y por lo general teníamos novia con quien calmábamos nuestra calentura. Asimismo, otros iban con las putas o se desfogaban con las sirvientas. Pocas veces coincidíamos algunos estando solos, pero los juegos cambiaron a hacernos chaquetas para ver quién lanzaba más lejos el chorro de semen.

Sin embargo, una ocasión me tocó bañar a un primo pequeño que estaba de visita y se me antojó acariciarle el pene. Sin pensarlo más, lo hice. El niño estaba asombrado, pero le gustaban las caricias y pronto quedó con el miembro erecto. El tamaño no era grande y quise mamárselo. “A ver a qué sabe este caramelo…” le dije a mi primito antes de meterme el pequeño pene en la boca. Los gestos del primo, un niño de cinco años, delataban que él sentía un placer intenso; y no era para menos, los dos años de práctica que tuve con mis amigos quedaban manifiestos. Cuando terminé, mi primo puso una cara alegre y me abrazó. “¿Te gustó?”, pregunté. Mi primo, sonriendo y sin dejar de abrazarme, movió afirmativamente la cabeza. Al darle una última caricia en el pene, vi sus huevitos y lo acosté para chuparle los pequeños testículos. El niño volvió a asombrarse y lo disfrutó, pero menos que antes. “Ahora te toca a ti”, le dije extrayendo el pene de la bragueta de mi pantalón, el cual se veía enorme frente a la cara de mi primo quien solamente pudo chuparme el glande. Me quedó claro que necesitaba bocas más grandes, así que abandoné la idea de ofrecérselo a los pequeños, que solamente fueron dos más; así, yo los acariciaba y les chupaba la verga sin pedirles que me hicieran lo mismo.

En mi nuevo domicilio conocí a otros dos amigos con quienes, por separado, nos juntábamos para acariciar y chuparnos las vergas. Con uno de ellos, quien era un año menor que yo, nos gustaba presumir el tamaño de sus penes y los comparábamos juntándolos, nos golpeábamos con ellos y nos jalábamos uno al otro el ralo pelambre que nos empezaba a brotar.

Una de esas veces, no pude evitar abalanzarme con la boca abierta sobre su verga y me puse a chupar el falo ardiendo de lujuria. Mi amigo daba gritos de placer y yo no lo dejaba de mamar como ya sabía. Al poco tiempo, mi amigo me pidió que ya no le hiciera pues no podía con tanto placer orgásmico; entonces yo le ofrecí mi verga para que él me la chupara. “Mama, mama, mi niñito, toma tu lechita”, le decía a mi amigo tal como se lo había dicho a los otros; moví la cabeza a mi amigo y le restregué el escroto sobre la barbilla, presionando los huevos para sentir la piel de la cara mientras éste me mamaba. Estuvo bien, pero no tanto como yo hubiera querido, ya aprendería después cómo…

“¿A ti ya te sale leche?”, me preguntó una ocasión que estábamos con los juegos y él escuchaba el estribillo en tono de arrullo que yo decía cuando me chupaba la verga. “¿Cómo me va a salir leche si no soy mujer?”, exclamé pues que me extrañó el tono de la pregunta. “A los hombres también les sale, pero no de las tetas sino de la verga”, me contestó categóricamente, y entonces entendí que así le llamaba él al semen por su color blanco. “¿A ti sí te sale?” pregunté. “No, todavía no”, fue la respuesta de mi amigo. “Pues a mí sí me sale, pero tú no me chupas bien, por eso no me la sacas”, dije con recriminación, recordando los orgasmos que yo le provocaba cuando le chupaba el pito. “¿A ver, hazte una chaqueta para que la vea?”, me exigió mi amigo incrédulo. “Bueno, pero me dejas chuparte mientras me la hago…”, le pedí.

Pasamos del dicho al hecho y disfruté una vez más de la verga de mi amigo, teniendo una venida abundante. ¡Fue una de las masturbaciones con las que más me deleité pues también saqué la primera leche de mi amigo!

Aún nos regocijamos casi un año más haciéndonos chaquetas cruzadas o 69 para saborear las abundantes eyaculaciones.

6 Lecturas/20 agosto, 2026/0 Comentarios/por Chicles
Etiquetas: amigos, hijo, mama, mayor, mayores, padre, primito, sexo
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