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Sexo Sin Tabues 3.0
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Gays, Incestos en Familia, Sado Bondage Hombre

Sexo y violencia con el chico cabrón de 15 años del gimnasio (El Juguete de J). VII

Sintiéndome como una auténtica puta, tomo cada gota de leche de los tres gymbros cabrones de barrio.
Ver aquello en la pantalla, con el vaso empañado y el olor de los tres chavales flotando en el ambiente de la grabación, me estaba haciendo entrar en un trance peligroso. En mi cama, el corazón me golpeaba las costillas con una fuerza que me asustaba, un bombeo rítmico y pesado que me recorría hasta la punta de los dedos. Nunca me había parado a pensar en lo mucho que me ponía el fetiche de la lefa, pero ver ese cóctel turbio de Joel, Toro y J. me trajo de golpe todos los recuerdos: cada vez que me había arrodillado, cada vez que había sentido ese sabor salado y caliente en la garganta, esa sensación inigualable de someterme por completo a un tío mientras me daba de beber su esencia como si fuera mi única recompensa.

Sentía un temblor interno que no podía controlar, una vibración eléctrica que me subía por las piernas mientras veía cómo en el vídeo mi cara era la de un animal suplicante. Recordar esa mezcla de humillación y placer, el peso del tío sobre mi cabeza obligándome a tragar, se mezclaba con la imagen de ese vaso rebosante de leche de gimnasio. Mi pecho subía y bajaba a una velocidad de locos, y notar cómo el pulso me retumbaba en los oídos me hacía sentir más perra y más entregada que nunca.

—¡Venga, que se nos desmaya la muy puta! —gritó Joel en el vídeo como casi pudiera verme en ese momento, riéndose al ver cómo mis ojos seguían en blanco mientras J. me paseaba el vaso por la nariz.

—¡Dale ya, bro, que no puede más con el ansia! —añadió Toro, apretándome el cráneo con sus manos de bruto.

Ver cómo me tenían ahí, totalmente anulado por el simple olor de su vicio, me hacía darme cuenta de que para esos tres yo no era más que un vertedero, un juguete que disfrutaba siendo usado hasta el límite. El temblor se volvió casi una convulsión en mi cama al ver cómo J. inclinaba por fin el borde del vaso sobre mi labio inferior, mientras yo en la pantalla abría la boca con una desesperación que gritaba que esa leche era lo único que me importaba en el mundo.

J. empezó a inclinar el cristal con una lentitud que era pura tortura. En el vídeo se veía el borde del vaso rozando mi labio superior, y entonces, como si el tiempo se detuviera, empezó a caer gota a gota. La primera gota, gorda y blanquecina, impactó seca contra mi piel, resbalando lentamente hacia abajo. La segunda me golpeó directamente en los dientes delanteros, y pude ver en la pantalla cómo ese rastro espeso se filtraba por fin hacia el interior de mi boca.

—¡Eso es, saboréala, puta! —susurró J. con una voz que era puro vicio, mientras seguía levantando el vaso milímetro a milímetro.

Ver aquello en mi cama me hizo soltar un quejido que no pude controlar. El contraste de la leche espesa de Joel mezclada con la de Toro, golpeándome en los dientes y bañándome la lengua de forma tan pausada, me hacía sentir que el corazón me iba a salir por la garganta. En la grabación se me veía cerrar los ojos con fuerza mientras recibía ese goteo constante, con la cara empapada y los dedos de Joel y Toro clavados en mi cráneo para que no pudiera moverme ni un centímetro.

—¡Mira cómo la recibe la muy guarra! —se mofaba Joel, viendo cómo yo intentaba atrapar cada gota con la lengua—. ¡Si es que está disfrutando de cada gota de sus dueños!

Ese ritmo de cámara lenta era una locura. Ver cómo el líquido turbio empezaba a acumularse tras mis dientes, bañándolo todo con ese brillo de vicio, me hacía notar un bombeo en el pecho que me hacía tembrar entero. Era la imagen de la entrega total: yo ahí, recibiendo gota a gota el desprecio de esos tres animales, saboreando el castigo antes de que J. decidiera inclinar el vaso del todo y dejar que la cascada de lefa me inundara por completo.

Pausé el vídeo justo cuando la primera cascada de leche empezaba a inundar mi garganta en la pantalla y me dejé caer hacia atrás, hundiéndome en el colchón. El pecho me subía y bajaba como si acabara de correr una maratón, y el corazón me martilleaba las sienes con una violencia que me nublaba la vista. Tenía la mano pegada al cuerpo, dándome cera con una rabia que me hacía doler, pero fue en ese momento cuando giré la cabeza y lo vi.

Allí estaba, en la mesita de noche, justo al lado de donde había tenido el móvil: el vaso.

Era el mismo vaso transparente del vídeo, el objeto real que esos tres gymbros habían usado para coleccionar su vicio. Al verlo de cerca, me quedé sin aire. Estaba casi vacío, pero las paredes de cristal eran un mapa de lo que había pasado horas antes. Se veía perfectamente el rastro blanquecino y seco, una película translúcida que cubría todo el interior, con churretones espesos que todavía parecían bajar lentamente hacia el fondo. En el culo del vaso quedaba un resto turbio, una mezcla concentrada que brillaba bajo la luz de mi lámpara, recordándome que lo que acababa de ver en la pantalla no era una película, sino lo que yo mismo me había tragado.

Ver los restos reales de Joel, Toro y J. allí mismo, a centímetros de mi cara, hizo que el vicio me estallara en el cerebro. Acerqué la mano temblando y agarré el cristal; todavía me pareció notar el calor de sus manos en el vidrio. El olor me dio de lleno, ese aroma a rabo y a castigo que me hacía sentir la perra más sucia del mundo. Pasar el dedo por el borde del vaso y notar la textura pegajosa de lo que ellos habían dejado me hizo temblar de arriba abajo.

Me quedé mirando el fondo del vaso, donde se acumulaba ese último rastro de los tres, y sentí que el corazón me iba a estallar. Tener allí la prueba física de mi humillación, mientras en el móvil la imagen seguía congelada con mi cara de yonqui a punto de ser cebada, me ponían mazo perra. No podía dejar de mirar esos restos, imaginando que todavía estaban frescos, deseando lamer cada milímetro de ese cristal para que no quedara ni rastro de su desprecio fuera de mi cuerpo.

Me hundí en el colchón, buscando el hueco perfecto entre las sábanas para que el móvil se quedara rígido, enfocándome directo a los ojos. Tenía las manos libres y el cuerpo pidiendo guerra, vibrando por la tensión de lo que estaba a punto de pasar en la pantalla y lo que tenía entre los dedos en la vida real. Agarré el vaso con una mano, notando el frío del cristal en contraste con el calor de mi palma, y con la otra empecé a darme cera, siguiendo el ritmo pesado de mi corazón.

Le di al play y el vídeo cobró vida. En el preciso instante en que veía a J. inclinar el vaso sobre mi boca en la grabación, yo pegué la nariz al borde del cristal real. Cerré los ojos y aspiré con fuerza. El olor me golpeó como un viaje de popper: era una bofetada de vicio puro, un rastro concentrado de sudor de gimnasio y esa fragancia metálica y salada de la lefa de tres tíos distintos que se había quedado encerrada en el vaso. Al aspirar, sentí que Joel, Toro y J. estaban allí mismo, rodeando mi cama, de pie sobre mí mientras yo me deshacía. En el vídeo, mis ojos se ponían en blanco al notar las primeras gotas; en mi cama, yo hacía lo mismo, embriagado por el aroma que desprendían los restos secos en las paredes del vidrio.

Era una locura sensorial. Por los cascos oía las risas de esos tres animales y el sonido húmedo de la leche golpeando mi lengua en el vídeo, mientras en mi habitación el olor ácido, masculino y denso del vaso me confirmaba que yo era su propiedad. Sentía cómo el pecho me subía y bajaba, totalmente fuera de control, mientras mi mano bajaba por mi cuerpo con una desesperación que me hacía daño. Ver el vaso en la pantalla volcándose casi del todo e inundando mi garganta, mientras yo en la cama pasaba la lengua por el borde del cristal real buscando cualquier rastro de sabor, me hacía sentir la perra más útil del mundo.

Ver cómo el chorro de leche de los tres me llenaba la boca en el vídeo, mientras yo inhalaba el aroma real de esos mismos tíos, me ponía loco. Estaba en un bucle de humillación y vicio del que no quería salir, apretando los dientes y dándome cera con una rabia ciega, sintiendo que cada vez que aspiraba el aire del vaso, me sometía un poco más a la voluntad de esos tres animales de barrio que me habían dejado el cuerpo y el cristal marcados con su desprecio.

En la pantalla, la imagen era de una suciedad insoportable: tenía la boca abierta al máximo, pero en lugar de tragar, retenía toda esa mezcla espesa y turbia como si fuera el tesoro más valioso del mundo. Se veía perfectamente cómo la lengua se movía bajo el charco blanco, removiendo la leche de los tres, saboreándola con una parsimonia que volvía locos a J., Joel y a Toro. No era solo beber; era degustar el desprecio de esos animales, dejando que el líquido me llenara cada rincón de la boca.

—¡Eso es, no te lo tragues todavía, puta! ¡Juega con ella! —rugía Joel, acercando su cara a la mía para ver cómo la leche bailaba sobre mi lengua—. ¡Que se vea bien lo que te hemos dado, muévela!

Toro, que no podía quedarse solo mirando, soltó una carcajada bruta y metió uno de sus dedos enormes directamente en mi boca. En el vídeo se ve cómo remueve la mezcla, revolviendo la lefa de los tres con una saña que me hacía arquear la espalda. Al sacar el dedo, una hebra espesa y brillante quedó colgando de su yema y de mi labio inferior, chorreando lentamente mientras yo seguía con los ojos en blanco, totalmente entregado. Era una estampa de puro vicio: el dedo de Toro manchado, mi boca rebosante y J. todavía con el vaso volcado justo encima, dejando caer las últimas gotas que impactaban con un sonido húmedo sobre el charco que ya tenía dentro.

—¡Mira qué bien la guarda la muy cerda! —se mofaba J. mientras el vídeo enfocaba el goteo constante del cristal—. ¡Le encanta tener el vicio de sus dueños ahí metido, moviéndolo como si fuera un caramelo!

En mi cama, viendo cómo Toro metía el dedo y me revolvía la boca, sentí un escalofrío que me recorrió la columna de arriba abajo. Ver esa coreografía de dedos, vasos y leche, conmigo en medio haciendo el papel de recipiente vivo, me dejaba la cabeza frita. Notaba el corazón bombear con una violencia salvaje mientras veía cómo mi lengua, en el vídeo, obedecía cada orden de esos tres chavales, manteniendo la mezcla de su vicio caliente y a la vista, dejándome claro que mi única función en esa habitación era ser el juguete que ellos usaban para regodearse de su propia potencia.

Fue en ese momento cuando perdí el norte por completo. Viéndome en la pantalla con la boca rebosante, sometido al dedo de Toro que me removía el vicio, mi mano en la cama empezó a moverse a una velocidad suicida. El corazón me martilleaba las costillas de una forma salvaje y, sin pensarlo, pegué la lengua al cristal del vaso real, metiéndola hasta el fondo para rebañar lo que quedaba. El contraste me follaba la cabeza: había zonas donde la lefa ya estaba seca y tirante contra el vidrio, pero en los rincones del culo del vaso todavía quedaba sustancia, restos viscosos de Joel, Toro y J. que me hacían gemir de puro placer mientras me regodeaba en ese sabor salado y metálico que me devolvía directamente a esa tarde.

En el vídeo, mi «yo» seguía jugando con el charco blanco, moviendo la lengua con una cara de ida que me ponía a mil, mientras los tres animales se partían el pecho de lo perra que soy. Yo, totalmente fuera de mí, imité el gesto de Toro en la pantalla: metí el dedo con saña en mi vaso, rascando las paredes de cristal hasta que conseguí recolectar una cantidad generosa de esos restos que aún brillaban. Tenía la yema del dedo empapada con la esencia concentrada de los tres y, sin apartar la vista de la grabación, me la restregué por los labios, sintiendo la textura pegajosa y el olor a rabo de gimnasio inundándome la cara otra vez.

Ver cómo me marcaba los labios con su leche real mientras en los cascos oía a J. reírse y a Toro darme órdenes me ponía más perra aún. Era una locura total; tenía el rastro de esos tres chavales de barrio en la cara, en los dedos y en la lengua, sintiendo que el tiempo desaparecía y que volvía a estar allí, de rodillas, siendo su vertedero personal. La imagen en el móvil era una carnicería de vicio, con J. dejando caer las últimas gotas del vaso en mi boca llena, y yo en mi cama estaba ya en otro planeta, dándome cera con una desesperación que daba asco.

En el vídeo, el ambiente se volvió asfixiante de repente cuando Joel me tapó la nariz con su mano enorme, bloqueándome el aire por completo. Casi al mismo tiempo, Toro me puso la palma sobre la boca, obligándome a mantener todo ese charco de leche dentro. Se ve perfectamente el esfuerzo de mi cuello, las venas hinchándose por la falta de oxígeno y la necesidad de pasar ese trago amargo y espeso para poder respirar. En la grabación se oye el sonido seco de mi garganta tragando de golpe toda la mezcla de los tres, y cuando por fin me soltaron, abrí la boca jadeando, con los ojos llorosos y la mirada de haber sido domado por completo.

No me dieron ni un segundo de tregua. J., que todavía sostenía el vaso vacío como un trofeo, se acercó junto a Joel para cerrarme cualquier salida. Sin mediar palabra, me plantaron sus rabos delante, todavía húmedos y recuperando la dureza por el vicio de verme así de anulado. En las puntas, brillando bajo la luz del móvil, tenían pequeños grumos de lefa que no habían terminado de caer, restos blancos y densos que se les quedaban pegados en la corona. En el vídeo se me ve lanzarme a por ellos sin que me lo pidan, sacando la lengua con una desesperación de animal para lamer cada resto, limpiándoles el rabo con una devoción que daba asco.

Ver cómo en la grabación me peleaba por lamer esos grumos de la punta de Joel mientras J. me empujaba su rabo contra los dientes, regodeándose de lo perra que soy, me hacía sentir que el corazón me iba a estallar. Eran tres animales de barrio, sudados y cabrones, usándome para limpiarse después de la faena, riéndose de cómo yo buscaba hasta la última gota de su desprecio como si fuera lo más valioso del mundo.

La imagen de mi cara de ida, lamiendo con ansia esos restos espesos y calientes mientras ellos comentaban lo mucho que me gustaba el sabor, me dejó fuera de combate. En mi habitación, el olor del vaso real se mezclaba con la visión de esos tres rabos húmedos dominándome la pantalla, y yo solo podía apretar los dientes y darme cera con una rabia ciega, sintiendo el pulso de la sangre en mis propios labios manchados, totalmente entregado a la idea de que, por mucho que pasara el tiempo, siempre sería la perra de esos tres chavales.

El vídeo se cortó en negro de golpe, pero la inercia del vicio me tenía ya en otro planeta. Con la imagen de esos tres rabos húmedos grabada a fuego en las retinas, aceleré el ritmo de la paja hasta que la mano me quemaba, mientras mi lengua no paraba de rebañar con desesperación las paredes del vaso real, buscando ese sabor metálico y seco que me conectaba con ellos. El bombeo en mi pecho llegó a su límite, una presión insoportable que estalló en un gemido desgarrador que llenó toda la habitación. Me corrí con una fuerza bruta, sintiendo cómo el cuerpo se me arqueaba igual que en el vídeo, mientras el vaso, resbaladizo por mis propios lametones y el vicio, se me escapaba de la mano y caía sobre las sábanas.

Me quedé recostado, jadeando como un animal, con el pecho subiendo y bajando en espasmos violentos mientras intentaba recuperar el aire que el vídeo me había robado. Tenía el estómago empapado, caliente, y sin pensarlo dos veces, bajé la mano para recoger mi propia lefa. Estaba cargado de la misma adrenalina que Joel, Toro y J. irradiaban en la grabación, y con los dedos temblando, me la llevé a la boca, restregándola contra mis labios todavía manchados por los restos del vaso.

Saborear mi propia lefa mientras el olor del cristal sucio seguía flotando sobre la cama me dejó la cabeza totalmente frita. Allí estaba yo, solo en mi cuarto, pero sintiéndome más perra que nunca, marcado por dentro y por fuera por el recuerdo de esos tres chavales de barrio. Me quedé mirando al techo, con el sabor amargo y el pulso todavía retumbando en los oídos, sabiendo que aunque el vídeo se hubiera acabado y los tres gymbros se hubieran marchado, yo seguía siendo su trapo usado.

8 Lecturas/24 agosto, 2026/0 Comentarios/por kopek17
Etiquetas: chico, culo, leche, metro, puta, recuerdos, sexo, viaje
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