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Gays, Zoofilia Hombre

Soy instructor de Smart Fit y creo que in cliente sospecha que mi perro me coge

continuación relato anterior.
A la semana siguiente, en el Smart Fit, todo empezó a sentirse diferente. Eran como las siete de la noche, el gimnasio estaba lleno de gente haciendo su rutina de siempre, con sus audífonos puestos, mirándose al espejo, viendo quién levantaba más peso. Yo estaba en la zona de poleas, ayudando a una señora con jalón al pecho, cuando sentí una mirada clavada en mí. Me di la vuelta y lo vi. Se llama Adrián. Es cliente desde hace como seis meses. Treinta y tantos años, cuerpo trabajado, moreno, barba bien cuidada, siempre con una sudadera Nike y unos tenis caros. Es abogado, creo, o algo así. Siempre saluda, siempre pregunta por las rutinas, pero nunca habla más de lo necesario. Hasta esa noche. —Oye, Diego —me dijo, acercándose con una pesa rusa en la mano—. ¿Puedo preguntarte algo? —Claro, dime —respondí, tratando de sonar normal. Se quedó viéndome un momento, como si estuviera decidiendo si decir lo que iba a decir. Luego sonrió, una sonrisa medio cabrona, medio coqueta. —Es que te he notado diferente últimamente. No sé, como más relajado. Más tranquilo. Como si hubieras encontrado algo que te tiene contento. Sentí un nudo en el estómago. Mi mente voló directo a Canelo, a sus patas en mis caderas, a su lengua en mi cuello. Traté de mantener la cara seria. —¿Ah, sí? Pues no sé, tal vez es que estoy durmiendo mejor. —No mames —dijo Adrián, soltando una risa baja—. No es eso. Es otra cosa. Como si estuvieras cogiendo bien. Me quedé congelado. Literalmente. La señora a la que estaba ayudando me vio raro, y tuve que soltar la polea para no quedar más en evidencia. —¿Qué te hace pensar eso? —pregunté, tratando de sonar ofendido, pero salió más tembloroso de lo que quería. Adrián se encogió de hombros, todavía con esa sonrisa pendeja. —No sé, wey. Es la actitud. La forma en que caminas. La forma en que miras a la gente. Como si supieras algo que los demás no saben. No supe qué contestar. Me limité a asentir, a decirle que tal vez sí estaba cogiendo bien, y cambié de tema rápido. Pero durante el resto de mi turno, no pude dejar de pensar en sus palabras. En su sonrisa. En la forma en que me había mirado. Llegué a mi casa como a las nueve y media, cansado, pero con una excitación rara recorriéndome el cuerpo. Canelo me esperaba en la puerta, moviendo la cola como siempre, lamiéndome las manos cuando me agaché a saludarlo. —Hola, mi amor —le dije, acariciándole la cabeza—. ¿Cómo estuvo tu día? Me miró con esos ojos color ámbar, y sentí que me entendía. Que sabía lo que había pasado en el gimnasio. Que sabía que alguien había estado cerca de descubrir nuestro secreto. Me fui a bañar, pero mientras el agua caliente caía sobre mi cuerpo, no podía dejar de pensar en Adrián. En sus insinuaciones. En la forma en que me había mirado, como si supiera exactamente lo que estaba pasando. Y lo más cabrón es que me excitaba. Me excitaba pensar que alguien pudiera saberlo, que alguien pudiera imaginarme en cuatro patas, siendo cogido por mi perro. Salí del baño con la toalla en la cintura, y Canelo ya estaba en la cama, esperándome. Se había acostado en mi lugar, con la cabeza en la almohada, mirándome con esa expresión que ya conocía bien. —¿Ya quieres, eh? —le dije, riéndome—. Espérate tantito, wey. Me sequé rápido, me puse bóxer y me metí a la cama. Canelo se movió, se puso a mi lado, y comenzó a lamer mi brazo, mi hombro, mi cuello. Yo le acariciaba el lomo, sintiendo su calor, su peso, su olor a perro limpio. —Hoy alguien casi nos descubre —le susurré, mientras él seguía lamiéndome—. Un cliente del gimnasio. Un wey bien guapo, por cierto. Me dijo que me notaba diferente. Que parecía que estaba cogiendo bien. Canelo levantó la cabeza y me miró, como si entendiera cada palabra. —Y la neta, sí, mi amor —seguí, pasándole la mano por el pecho—. Tú me tienes bien cogido. Bien contento. Bien satisfecho. Canelo se movió, se puso sobre mí, con sus patas delanteras a los lados de mi torso. Su verga ya estaba saliendo, roja y gruesa, rozando mi bóxer. Yo sentí cómo se me endurecía el cuerpo, cómo se me erizaba la piel. —Ahorita no, wey —le dije, riéndome—. Déjame pensar un poco en el otro. Pero Canelo no entiende de esperas. Me lamió el cuello, me mordisqueó la oreja, y comenzó a empujar contra mi pierna, buscando calor. —Está bien —suspiré, bajándome el bóxer—. Pero hoy quiero que te tardes. Quiero disfrutarlo. Canelo se colocó detrás de mí, como siempre, y comenzó a lamer mi entrada, preparándome con su lengua áspera y caliente. Yo cerré los ojos, y en mi mente vi a Adrián. Lo vi en el gimnasio, mirándome, sonriéndome. Lo vi descubriéndonos, viéndome siendo cogido por Canelo, masturbándose mientras miraba. Esa imagen me volvió loco. —Sí, wey —gemí, mientras Canelo empujaba su verga dentro de mí—. Sí, así. Cógeme bien. Canelo comenzó a moverse, primero lento, luego más rápido, con esos jadeos calientes en mi oído. Yo pensaba en Adrián, pensaba en su sonrisa, pensaba en la posibilidad de que algún día nos viera, de que supiera lo que hacía con mi perro, de que se uniera de alguna manera. Fue una cogida larga, intensa, salvaje. Canelo no paró hasta que yo gemía como una puta, hasta que mi verga chorreaba sobre la cama, hasta que no podía ni moverme. Terminó dentro de mí, como siempre, y se quedó ahí, recostado sobre mi espalda, lamiéndome el cuello. —Eres mi macho —le susurré, casi dormido—. Mi perro macho. Y nadie va a separarnos. Al día siguiente, en el gimnasio, Adrián me volvió a buscar. —Oye, Diego —me dijo, mientras yo organizaba las pesas—. ¿Sales a correr los fines? Estaba pensando en ir al Ajusco el sábado. ¿Te late? Me quedé viéndolo, con el corazón latiendo fuerte. —¿Al Ajusco? —repetí, tratando de sonar casual. —Sí, wey. Tengo ganas de respirar aire puro. Y pensé que tal vez tú también. Sonrió, y en su sonrisa vi algo más. Una invitación. Un reto. Una sospecha. —Claro —dije, sintiendo cómo se me calentaba el cuerpo—. Claro que sí. Allá nos vemos. Y mientras caminaba a la bodega, no podía dejar de pensar en lo que pasaría si Adrián veía a Canelo. Si veía cómo me miraba. Si veía cómo lo miraba yo. Si descubría nuestro secreto en medio del bosque. La idea me excitó tanto que tuve que meterme al baño para tranquilizarme.

9 Lecturas/16 julio, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: baño, bosque, cogiendo, gimnasio, puta, verga
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