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Bisexual, Gays

Un Camarero y un Niño Rico

Lalo comienza a trabajar en Villa Hermosa, un club social de alto nivel, donde el hijo de un socio cambiará su vida..
Me había llevado un gran fiasco, pero tenía que seguir intentándolo. Me había dejado todos mis ahorros para poder aprobar el examen de las oposiciones de mis sueños sin tener la preocupación o el cansancio de trabajar, pero me había quedado fuera por escasas décimas. Tenía para pagar apenas un mes más de alquiler y subsistir sin darme caprichos, así que tenía que encontrar trabajo cuanto antes. Mi anterior jefe y yo no quedamos en muy buenas condiciones al decirle que necesitaba un par de meses para estudiar, así que mi anterior trabajo estaba fuera de la ecuación.

 

¿Por qué no trabajas en Villa Hermosa? – me dijo Claudia, mi mejor amiga, mientras sorbía de su taza de café. – Me han dicho que están buscando gente.

Ese es el club de los ricachones, ¿no? – pregunté yo, para ver si nos referíamos al mismo lugar.

Sí. Tengo una amiga que empezó a trabajar allí hace un mes y está bastante contenta. – me respondió ella. – Además, no está lejos de tu piso.

No sé, no me lo había planteado. – empecé a verlo como una opción. – Me da un poco de palo que se rían de mí por mi acento.

No seas tonto, Lalo. – me sonrió y me guiñó un ojo. – Todo el mundo adora el acento andaluz. Seguro que te acabas tirando a algún maromo buenorro, o a alguna tía super estirada y polioperada, según te pille.

Qué mala eres, solo piensas en lo mismo. – me reí con ella. – Bueno, ¿puedes pedirle a tu amiga que me pase el contacto para echar el currículum?

Claro, no te preocupes. – me dijo, antes de darle otro sorbo a su café y hacer una pausa dramática. – ¿Qué tal con Fernando?

Oh, por favor, no tengo ganas de hablar de ese imbécil. – le dije, resoplando y dándole un buen trago a mi refresco.

Pero si estás coladito por él. – me dijo, burlándose y dándome con el codo.

Sí, Claudia, pero estoy harto de sus idas y venidas. – refunfuñé. – Hoy me quiere…, mañana necesita estar solo…, pasado quiere estar conmigo…, el siguiente es que quiere más espacio…, luego resulta que no le presto atención…

Ya… – Claudia comenzó a marear la cuchara por su taza. – Te entiendo perfectamente. Pedro era igual al principio, pero le di un ultimatum y, bueno, ahí seguimos.

 

La conversación se volcó poco a poco hacia su relación y, para mi fortuna, Fernando quedó en un segundo plano. Esa misma noche, Claudia me pasó el email de RRHH de Villa Hermosa y a la mañana siguiente les mandé un correo con mi CV sin mucha esperanza de que me respondieran. Para mi sorpresa, ese mismo mediodía me llamaron desde un número que no conocía y resultó ser una chica encargada del personal del club. Me pidió reunirnos lo antes posible y, al día siguiente a las 11 de la mañana, me encontraba ante la puerta de entrada del club.

 

Había escuchado hablar del lugar, pero no era consciente de que era mucho más de lo que me imaginaba. Estaba cerca de las afueras de la ciudad, aunque sin llegar a estar fuera de ella (en 20 minutos en coche ya estabas casi en el centro). No sabría decir cuántas hectáreas cubría, pero había gigantescos campos de golf, pistas de tenis, pádel, baloncesto, campos de fútbol, de críquet, e incluso un hipódromo y una pequeña plaza de toros. También había muchas cuadras, picaderos y campos para caballos. Aunque el centro neurálgico y que se encontraba en el centro, era la Casa Club, donde había una gran cafetería (una especie de bar), un restaurante, varias habitaciones, un “chiringuito” (le llamaban ‘el Chozo’) junto a la piscina y un largo etcétera. También, algo más alejado, había un Pabellón en el que se celebraban bodas, bautizos, comuniones, charlas…

 

Se entraba a través de un control de seguridad, donde los propietarios de los coches de alta gama que hacían fila entregaban una especie de carnet a un operario de seguridad, y este les levantaba la barrera para darles paso. Yo me sentí totalmente fuera de lugar con mi coche heredado y antiguo (aunque he de decir que me gusta tenerlo cuidado y limpio), pero me sentí mejor cuando el operario me saludó amablemente, sin juzgarme ni nada por el estilo. Al indicarle que iba para una entrevista de trabajo, el hombre realizó una llamada y, después de corroborar la información, me dio paso y me indicó dónde quedaban las oficinas.

 

Aparqué donde me señaló el seguridad y llamé al timbre de la oficina. Una chica me abrió y me pidió que esperase a que me llamara. A los pocos minutos, me hizo pasar a un despacho, donde una mujer de unos 50 años, rubia y con un traje de chaqueta azul marino me recibió amablemente y me pidió que me sentase. No era mi primera entrevista de trabajo, pero sí fue en la que me sentí más cómodo. Después de contarle un poco mis precedentes y responder algunas de sus preguntas, me dio la mano sonrientemente y me preguntó cuándo podría incorporarme.

 

Y así fue cómo comencé a trabajar de camarero en Villa Hermosa. El lugar se dividía en varios sectores, aunque, para simplificarlo, diremos que estaba el sector de “Eventos” y el de “Casa Club”. En el primero, como indica el nombre, se cubren los eventos celebrados por todo Villa Hermosa, desde la entrega de premios del campeonato de niños de golf en el Chozo, hasta bodas enormes en el Pabellón. El sector de Casa Club se enfoca más en el trabajo diario en la cafetería y en el restaurante, donde se trata más con el socio.

 

Ya había trabajado muchos años en caterings y en discotecas, así que encajaba mucho mejor en el sector de Eventos, aunque también trabajé en cafetería algunos días. Al final, Claudia tenía razón y las viejitas que se quedaban a jugar al mus hasta tarde me adoraban por mi acento.

 

Siempre me ha gustado tratar con la gente y suelo ser una persona simpática, cercana y risueña, por lo que casi seguro, me encontrarás con una sonrisa y soltando alguna broma.

 

La historia comenzó en mi segunda semana. Tenía turno para un evento de noche: una puesta de largo. La hija de una de los socios cumplía la mayoría de edad y sus amigos y compañeros de clase harían una fiesta con cóctel y barra libre.

 

Yo, que venía de un par de días de descanso, me enteré qué iba a ser justo al entrar al servicio. El Pabellón estaba lleno de chavales y chavalas de unos 18 años, todos vestidos con trajes de chaqueta y vestidos, respectivamente. Aquello me alegró la noche, ya que suelo conectar mejor con los jóvenes (tengo 25, soy casi un niño…) y me alegró saber que estaría a cargo de la barra durante la noche.

 

Se veía a simple vista que todos venían de familias adineradas, ya que bien podría pagar mi alquiler con cualquier chaqueta o vestido de los allí presentes. Aún así, no se daban aires de superioridad y eran bastante educados al pedir cualquier cosa. Se notaba que estaban algo fuera de lugar, como si todo fuese demasiado formal o de “adultos”. Conforme pasó el tiempo y después de gastarle alguna broma a los chicos cada vez que me pedían alguna bebida, el ambiente en general se relajó.

 

Me fijé en ellos. Había algunos que claramente eran pareja, varios grupitos, algunos padres y unos cuantos niños pequeños. De entre todos, había uno que me llamó la atención. Tenía el cabello castaño oscuro, cortado en un estilo moderno y actual: los lados bien perfilados en un degradado suave que acentuaba la forma angular de su mandíbula, mientras que la parte superior lucía más volumen, peinado hacia un lado con un toque desenfadado pero elegante. Era bajito y no paraba de reír y de moverse y su rostro era fino y aniñado.

 

De hecho, si no fuese porque solo se permitían mayores de edad (aparte de los niños pequeños), hubiese jurado que ese chaval no tendría más de 15 años. Antes de la barra libre, su grupo de amigos vino a pedir rondas de cerveza, pero no hablé con él. Aún siendo tan guapete, se notaba que las niñas de su edad estaban más interesadas en los que parecían más mayores.

 

La gente suele decir que soy guapo, aunque yo no lo considero tan así. Tener los ojos azules claros hace gran parte del trabajo y, es verdad que llevo ya un par de años en el gimnasio, así que estoy en forma, pero no soy Mario Casas tampoco. Me gusta llevar el pelo cortito y la barba no muy larga.

 

Ya noté algunos cuchicheos y miraditas al principio del evento en los grupos de chicas, pero en cuanto se dieron cuenta de que tenía acento sevillano y que era enrollado, pronto empezaron a ser más descaradas y a pasarse por la barra a pedir bebidas entre risitas. Una de ellas me preguntó mi nombre y, al poco, ya todos me llamaban por él. Yo les seguía el rollo, me hacía gracia la situación.

 

 

Cuando la barra libre comenzó, los chavales ya estaban bien colorados de tanta cerveza y vino, pero aún así fueron en masa a pedir cubatas. El DJ dejó la música de tranquileo y empezó a pinchar música más movidita. Después de un buen rato, un chaval de estatura media, de pelo moreno y liso peinado en un tupé se acercó a la barra.

 

¿Me pones un Jhony Cola, porfa? – siseó, dejando claro que estaba algo borracho.

Ahora mismo. – le sonreí, mientras cogía un vaso y echaba hielo en él.

No llevas mucho aquí, ¿no? – preguntó, sentándose en uno de los asientos de la barra.

No, llevo aquí unos cuantos días nada más. – le respondí, echando el whisky en el vaso.

Eso creía… me habría acordado de ti. – se ruborizó al escucharse a sí mismo. – ¡No, espera! Me refería a que como yo suelo venir mucho y eres andaluz y …

Jajaja. – me reí ante la situación mientras echaba la Coca Cola. – Ya, ya. No se preocupe. Bébela despacio, eh…

 

El chico, rojo como un tomate, asintió con la cabeza y se fue junto al grupo del chaval en el que me había fijado antes. Otro rato pasó y esta vez fue el chico del pelo Bieber el que se acercó a la barra. Se sentó y me puse frente a él con una sonrisa. Me miró fijamente a los ojos con el semblante serio. Levanté las cejas de perplejidad y le pregunté amablemente.

 

¿Le pongo algo?

 

Suspiró y negó con la cabeza antes de decir:

 

Negro.

¿Como? – dije, sin saber si me había enterado bien.

¡Que me pones negro! – dijo, con tono exasperado, pero con media sonrisa.

¿Y eso? – le pregunté, sin poder resistir una carcajada.

¡Porque todas las niñas están pendientes de ti! – me confesó.

Joe, macho, ¿y yo qué quiere que le haga? – cogí un vaso y empecé a echarle hielo. – Venga, anda, que le invito a una copa por las molestias.

¡Pero si es barra libre! – dijo, sin entender muy bien.

Bueno, pero la intención es lo que cuenta. – le respondí burlonamente. – ¿Qué le apetece?

 

Al final el chico no pudo evitar reírse también y se notó que su cuerpo se destensó.

 

Un Barceló Cola, porfa. – mientras le servía la copa , volvió a negar con la cabeza. – Encima eres buena gente y no me puedes ni caer mal… ¿Tienes algo malo?

Qué puedo decir, he sido bendecido con este don de gentes y un rostro esculpido por los mismísimos dioses… – le dije, mientras me mordía las mejillas por dentro y ponía cara de Giga Chad.

 

El chico no pudo evitar una carcajada y vi que llevaba brackets en los dientes de arriba. Le di la bebida.

 

Ya, claro… Seguro que la tienes pequeña o algo. – dijo, antes de darle un buche a su copa.

¡Já! ¿Sabe cómo es la sota de bastos? (refiriéndome a la gran porra que apoya en el hombro la carta) – le dije de broma.

 

Aquello le hizo tanta gracia que escupió al suelo todo lo que tenía en la boca mientras tosía.

Yo también estallé de risa y le di unas palmadas en la espalda.

 

Qué cabrón, la sota de bastos dice… – me miró y me sonrió. – Eres un crack.

 

Se marchó de vuelta a su grupo de amigos, donde el chico de antes le preguntó que qué le había dicho. La noche siguió pasando, las copas siguieron cayendo y los chavales cada vez estaban más desfasados. Sacaron cosas con luces y entre varias niñas me convencieron para ponerme unas gafas con leds y un collar hawaiano. El primer chico me volvió a pedir lo que sería su tercer o cuarto whisky con cola y aprovechó para sacarme conversación.

 

Las tienes a todas loquitas, eh… – me dijo, arrastrando las palabras.

Son demasiado pequeñas para mí. – le respondí, encogiéndome de hombros. – ¿Hay alguna que le guste?

¿A mí? – me preguntó, soltando una carcajada seca, como si estuviera loco. – No, que va. Y, por favor, tutéame.

De acuerdo. – sonreí. – Bueno, entonces no te enfadas conmigo, ¿no? – le dije de broma. – Tu amigo no estaba muy contento antes por mi culpa.

¿Currito? – me dijo, señalando con la cabeza al chaval de antes. – Ese no se come un rosco, sin importar que estés tú aquí o no.

Qué lástima. – le dije, dándole la copa.

Pero es muy buen chaval. – aclaró. – Por cierto, yo soy Bosco. – me dijo, ofreciéndome la mano.

Gonzalo, pero llámame Lalo. – le respondí, apretándole la mano.

 

Bosco me sonrió y se marchó mientras un grupo de chicas se acercaba a pedir. Al cabo de otro rato, Curro se acercó a la barra.

 

¡Mu’ buenas! – le saludé alegremente. – ¿Qué le ofrezco?

 

El chico se sentó en la barra y apoyó los codos en ella.

 

No me hables de usted, por Dios. – negó con la cabeza con demasiado ímpetu y, tras unos segundos, dijo: – Quiero que Tania deje de hacerse la estrecha. – resopló, con la mirada un poco perdida.

Bueno, bueno… – me acerqué un poco a él. – ¿Quién es Tania?

 

Curro giró la cabeza, intentando ser disimulado y fallando estrepitosamente, y me dijo:

 

Es la del vestido azul clarito.

¿Has intentado bailar con ella? Parece que le gusta bailar.

Antes, me pego un tiro en un pie. – me respondió, riéndose.

¿Qué dices? Solo tienes que perrear un poco y la vas a tener babeando por ti. – le dije yo.

¿Tú crees? – me dijo, buscando algo de esperanza en mis palabras.

¡Claro que sí! – le di una palmada en el hombro. – Tú piensa: eres guapo, eres divertido y tienes la sota de bastos. – le guiñé un ojo mientras Curro soltaba una carcajada. – Toma, para que te de fuerzas, pero no se lo digas a nadie.

 

Cogí una lata de RedBull que no estaba incluída y se la eché en lugar de la coca cola.

 

Ahora, te tomas media copa, esperas a una canción de perreo intenso y te acercas a ella y bailas pegao’ pegao’. – junté las palmas de las manos. – Que no quepa ni el bigote de una gamba.

 

Curro me miraba impresionado mientras no paraba de reírse.

 

Y cuando veas que se toca el pelo, te acercas a su oreja se la muerdes un poco y cuando meta un gemido, le das un beso en la boca.

Pero, y si… – empezó a decir.

Hemos venido a jugar. – le corté. – Puerta grande o enfermería.

Entendido. – me dijo, asintiendo con la cabeza.

 

Le dio un trago a su copa y me chocó la mano. Se acercó a su grupo de amigos y empezó a contar lo que imagino había sido nuestra conversación, porque sus amigos se partían de risa y algunos me levantaron el pulgar. Al cabo de un cuarto de hora o así, el DJ puso “X’Clusivo” y pensé que esa canción era perfecta. Curro también pensó igual y se acercó a la pista de baile. La ejecución fue perfecta, tal y como le indiqué. Al final, fue puerta grande: Curro y Tania se acabaron enrollando ante el barullo de todo el mundo.

 

Curro levantó la vista y me señaló, como el que marca un gol y agradece la asistencia. Yo le levanté el pulgar mientras me reía. “Qué edad más buena” pensé, recordando mi propia adolescencia. Curro y Tania salieron a los jardines y no los volví a ver en toda la noche. Bosco también se despidió poco tiempo después, diciéndome que nos veríamos por el club. La fiesta tampoco duró mucho más y, tras recoger todo, salimos del turno. Después de cambiarme la ropa y despedirme de mis compañeros del trabajo, me monté en el coche y me dirigí a casa.

 

Habría pasado un par de bloques, cuando me percaté de la figura solitaria de un chico en un banco. Aminoré la velocidad y me di cuenta de que era Curro. Por sus mejillas, iluminadas por la luz de su móvil, se podían ver surcos de lágrimas. Me sentí un poco mal y paré el coche justo delante de él.

 

¿Todo bien? – le pregunté.

 

Curro levantó la cabeza rápidamente, asustado. Escudriñó con la mirada en mi dirección y, al reconocerme, su cuerpo se destensó un poco.

 

Sí, gracias. – me respondió, con una sonrisa forzada.

 

Hice una pausa y no supe si seguir insistiendo o si no era mi asunto. Opté por lo primero.

 

¿Sabes? Hay un McDonald ‘s aquí al lado. ¿Te apetece un helado?

 

Curro se pensó la respuesta. Al final se puso de pie.

 

Me apetece un BigMac. Menú completo. – se sonrió a sí mismo. – ¿Podemos ir andando?

 

No se fía de mí. Chico listo.

 

¡Claro! – le respondí, con una sonrisa. – Déjame que aparque por aquí.

 

Un instante después, Curro y yo caminábamos lentamente hacia la hamburguesería. Se notaba que el alcohol aún le hacía efecto: su mirada un poco ida y su andar errático lo delataban. No había palabras, pero el chico parecía reconfortado por la compañía. Poco antes de llegar, Curro se paró en seco.

 

No me encuentro nada bien. – dijo, llevándose las manos a la barriga.

¿Qué te pasa? – le dije, algo preocupado.

Tengo mucha fatiga. – me respondió, algo asustado.

 

“Debe ser de las primeras veces que bebía tanto”, pensé.

 

Tranquilo, es normal. – intenté tranquilizarlo. – ¿Quieres vomitar? – le pregunté.

Sí…, creo, que sí. – tenía algo de miedo en la cara.

Ven, vamos a ese callejón. – le dije, guiándolo suavemente por los hombros.

 

Curro asintió con la cabeza y fuimos hasta una calle estrecha en la que había unos cubos de basura.

 

Te espero aquí cuando termines. – le dije, para darle algo de privacidad. – Intenta no mancharte los zapatos. – le dije en tono de broma para quitarle hierro al asunto.

 

Curro asintió con la cabeza y se inclinó un poco al lado del contenedor. Le di un par de caladas al vape mientras miraba el móvil mientras escuchaba a Curro dar arcadas.

 

¿Lalo? – me llamó. – No…, no puedo. No me sale. – me dijo, algo colorado.

¿Te has metido los dedos? – le pregunté, como buen experto en borracheras.

Lo he intentado, pero no creo que pueda. – me dijo, algo cortado.

 

Me acerqué un poco a él, recortando el espacio entre nosotros.

 

¿Quieres que te ayude a hacerlo? – le dije, intentando sonar cercano. – Tengo las manos limpias. – le dije, moviendo los dedos para intentar hacerle risa.

¿En serio? – me dijo, entre sorprendido y agradecido.

Ven, anda. – me puse a su lado y le hice inclinarse un poco. – Abre la boca, grande.

 

Al principio dudó en hacerlo, pero al final su mandíbula se abrió. Mis dedos corazón y anular se introdujeron hasta que tocaron su campanilla y un poco más. Después de una gran arcada del chico, este tiró de mi brazo antes de empezar a vomitar, como si de un grifo se tratara. Después de que dejara de toser, y, forzándole un poco, volví a repetir la acción y le metí de nuevo los dedos para que terminara de echarlo todo.

 

Aunque fue algo asqueroso, infinitas noches de borrachera habían acabado así, siendo yo el protagonista o cualquiera de mis amigos o amigas. Ya estaba inmunizado, aunque creo que era la primera vez en la que yo no había tomado nada. Cuando Currito no pudo más que echar saliva y toser, le di unas palmaditas reconfortantes en la espalda mientras sacaba un paquete de clinex.

 

¿Te encuentras mejor? – le dije, ofreciéndole un pañuelito.

Sí, mucho mejor. – me respondió, secándose las lágrimas de los ojos antes de coger el pañuelito.

Bienvenido al mundo de la noche. – le dije en tono jocoso, limpiándome la mano.

Ja ja. – respondió él, limpiándose los labios con el pañuelo. Escupió en el suelo y tiró el pañuelo al contenedor. – Muchas gracias.

De nada, bro. – le dije, dándole una pequeña colleja. – ¿Vamos a por ese BigMac?

Me muero de hambre. – me contestó, asintiendo con la cabeza.

 

El resto del camino fue en silencio, pero esta vez había una complicidad entre nosotros que lo llenaba. Curro caminaba mucho más recto y sus ojos estaban más vívidos. Ya dentro del lugar, en el que había como 10 personas, empecé a marcar en la máquina un helado para mí. Antes de pagar, Curro me hizo al lado con un leve empujón y empezó a rellenar su menú. Antes de darme cuenta, el chico ya había pagado lo de los dos.

 

Hey, gracias. – le dije, algo sorprendido. – No hacía falta.

No te preocupes. – dijo, haciendo un gesto con la mano, quitándole importancia. – Te debo una.

Bueno, voy al baño a lavarme las manos que, ‘por lo que sea’ (hice énfasis), las tengo sucias. – le dije, bromeando.

Sí, yo también voy para enjuagarme la boca. – me dijo.

 

Una vez en el baño, fui al aseo primero para mear mientras escuchaba a Curro hacer gárgaras, lo que me sacó una risa para mis adentros. Cuando salí, el chico se estaba echando agua en la cara y el pelo.

 

¿Te sientes bien? – le dije, mientras me lavaba las manos.

Bof, macho, como nuevo. – me sonrió. – Vamos a por esa puta hamburguesa.

 

Asentí y lo seguí hasta la barra, donde una muchacha llamaba el número de nuestro pedido. Recogí la bandeja y nos sentamos en una de las mesas. Sin esperar mucho, Curro comenzó a devorar las patatas mientras abría la caja de su hamburguesa. Yo lo miraba divertido, saboreando mi helado.

 

Curro tardó menos tiempo en terminar su menú que yo en comerme el helado. Pensé “¿cómo puede comer así y estar tan delgado?”. Él también se había pedido un helado, pero antes de empezarlo, me dijo:

 

Creo que esta está siendo la mejor parte de la noche. – me sonrió tristemente.

Yo creo que la fiesta ha estado bastante bien. – le dije, rebañando mi helado.

Sí, es verdad… Aunque al final se ha torcido todo. – dijo, apesadumbrado, metiéndose la cuchara de madera en la boca.

¿Y eso? – le pregunté, curioso.

Prefiero no hablar del tema. – me contestó, sonrojándose un poco.

Claro, no te preocupes. – le tranquilicé. Hubo una pequeña pausa. – ¿Vives muy lejos?

A unos 20 minutos andando. – me contestó.

¿Quieres que te acerque? – le propuse.

 

Curro pensó su respuesta, mirándome fijamente a los ojos.

 

Sí, estaría bien, gracias.

¿Te metes en el coche del primer desconocido que parece amable? – bromeé, levantando las cejas.

 

Curro terminó de tragar y soltó una carcajada sarcástica.

 

Si no me has hecho nada mientras estaba más borracho y en un callejón oscuro… – me contestó. – Además, se ve que eres un tío de puta madre.

Jajaja. – me sonrojé un poco pero intenté que no se me notara. – Tú también pareces un buen chaval.

¿Vamos yendo al coche? – me dijo, levantándose.

Claro. – le respondí, cogiendo la bandeja para tirar las cosas a la papelera.

 

De camino al coche, intenté sacarle algo de conversación.

 

¿Es Bosco amigo tuyo? – le pregunté.

Sí, es mi mejor amigo, como si fuese mi hermano. – me respondió.

Parece majo. – le dije.

Sí, pero está siempre más cachondo que una mona. – se rió. – ¿Sabes? Ha estado toda la noche pendiente de ti, le has gustado un montón.

Jajaja, sí me he dado cuenta. – le di una calada al vape.

No, en serio. En plan, ha estado mirando Grindr toda la noche por si le salías, pero yo le he dicho que se nota a kilómetros que no eres gay. – me dijo, como si fuese lo más obvio del mundo.

Y es verdad, no soy gay. – le respondí, medio riendo, sin saber si decirle que era bisexual o no.

 

Curro no habló más durante un buen rato.

 

Tienes que tener cuidado con él. – dijo de pronto.

¿Con Bosco? – pregunté, extrañado.

Sí. – dijo, esta vez un poco más serio. – Es un niño caprichoso que no sabe aceptar un no por respuesta. Así que intenta no dar señales contradictorias…

¿Crees que le he dado señales contradictorias? – le dije, aún más confundido.

No es eso… – chasqueó la lengua. – Es que eres demasiado buena gente y puede que le parezca otra cosa.

¿Osea que tengo que ser un capullo con él? – le dije, riendo.

Yo creo que sería mejor. – me respondió.

Bueno, gracias por avisarme. No quiero ningún problema con el hijo de un socio. – le respondí, algo más serio.

 

Curro asintió con la cabeza. Habíamos llegado al banco donde lo encontré, así que el coche no debía estar muy lejos. Para mi sorpresa, Currito se sentó en el banco de nuevo.

 

¿Qué pasa? – pregunté, algo alarmado.

Esto… – el chico se pasó la mano por la nuca, como sin saber si debía o no decir lo que quería. – ¿Puedo pedirte consejo?

 

Me tranquilicé al escucharlo.

 

Sí, claro. – le respondí, sentándome a su lado.

Esque, hoy… Creo que la he liado, pero bien. – me dijo, con la voz algo cogida.

¿Qué has hecho? – le pregunté, curioso.

Qué no he hecho, más bien. – dijo, con tono amargo. – Tu sabes, después de liarme con Tania… Nos hemos ido al jardín a seguir dándonos el lote. El caso es que yo no creía que pasaría algo más, pero ella me ha llevado a uno de los baños.

Curro tragó saliva y empecé a intuir por dónde irían los tiros. No llevaría condón y lo habrían hecho a pelo, y ahora tendrían que pedir una pastilla del día de después y ese tipo de cosas.

 

El caso es que… – continuó. – Nos seguimos liando en el baño. Yo estaba muy caliente y tenía muchas ganas, pero por más que ella me sobaba y me comía el cuello no… – me miró a los ojos, con las lágrimas a punto de salir de sus ojos.

 

No sabía qué hacer en esa situación. Me podía imaginar lo duro que un gatillazo a tan corta edad podía ser y cómo debía haberle afectado a la autoestima y la hombría. Lo único que se me ocurrió fue acercarme a él y darle un abrazo. Curro dejó caer su cabeza sobre su hombro y sollozó profundamente. Yo le daba palmadas en la espalda para confortarlo.

 

Hey, es normal, a todo el mundo le ha pasado alguna vez. – intenté consolarlo.

 

Nos separamos y Currito se enjugó los ojos con el dorso de la mano.

 

Es que no lo entiendo. – comenzó a decir, molesto. – Tania me gusta mucho y yo voy siempre palote y cachondo perdido.

No te martirices, bro. El alcohol hace ese tipo de cosas y tu ibas como una cuba. – le di una palmada en el hombro. – La próxima vez que veas a Tania, le coges la mano y la pones en tu polla dura, para que vea que la sota de bastos es real y que solo fue un desliz.

 

Curro soltó una carcajada, encontrando consuelo en mis palabras.

 

Eres el mejor, tío. – me dijo, con una sonrisa aún algo triste.

Anda, te llevo a casa, que ya es muy tarde. – contesté, poniéndome de pie.

Sí, vale. – respondió él, levantándose también.

 

Caminamos hasta el coche, cada uno absorto en sus pensamientos. Me resultaba increíble lo a gusto que me sentía con ese chico, pero intenté evitar hacerme falsas ilusiones. Nos montamos en el coche y, antes de meter la llave en el contacto, Curro rompió el silencio.

 

¿Ves? – me dijo.

¿El qué? – contesté, sin saber a qué se refería.

Que ya la tengo dura, y no sé ni por qué. – me dijo, medio fastidiado.

Jajaja. – me reí yo, poniéndome algo arrecho también. – Que cochino.

 

Hubo un silencio extraño, sin saber por dónde saldría la conversación.

 

¿Te puedo hacer una pregunta? – me dijo.

Claro. – intenté sonar tranquilo, pero lo cierto es que mi corazón comenzaba a ir a mil.

Es que me da algo de apuro… – me dijo, viendo cómo se ponía colorado.

Curro, te he metido los dedos en la boca, creo que ya hay algo de confianza. – le dije, riendo para romper la tensión.

Ya… – dijo, pensativo.

¿Entonces? – le pregunté, curioso.

Es que… no sé si… – cada vez estaba más colorado. – A ver. – se aclaró la garganta. – Como me has estado diciendo lo de la sota de bastos y tal… Yo creo que más bien la tengo como una de las del 6 de espadas, no sé si me entiendes…

 

Aquello me sacó una sonrisa y me calentó a partes iguales.

 

Bueno, seguro que estás exagerando y es más grande de lo que piensas. – le contesté, quitándole hierro al asunto.

¿Tú crees? – me dijo, esperanzado.

 

Sin decir más, se desabrochó el botón del pantalón y se bajó el calzoncillo, dejando a la vista su polla. Era de un tamaño muy aceptable, de unos 15 centímetros y de un grosor que concordaba con la longitud. Al igual que la piel pálida y lampiña de su vientre, la piel que cubría el glande parecía tersa y apenas tenía una mata de vello oscuro sobre este. Quedaba a la vista parte de su glande, rosado, que no llegaba a ser cubierta.

 

¿Y bien? – me dijo, esperando mi veredicto.

¿Qué dices de 6 de espadas, melón? – le respondí. – ¡Está de puta madre! Verás cómo Tania va a flipar cuando te la vea.

¿Sí? – su tono esperanzado me dio algo de ternura. – Yo creía que la tenía pequeña, porque Bosco la tiene enorme…

 

Aquello me sorprendió. ¿Habrían hecho algunas travesuras estos dos chicos? La cosa no hacía más que ponerse interesante. Al ver mi rostro de sorpresa, Curro se excusó.

 

¡No es lo que crees! – me dijo, sonrojándose. – Nos hemos criado juntos, así que estamos hartos de vernos desnudos, pero no hemos hecho nada juntos. Aunque él no para de hacerme comentarios siempre…

 

Soltamos una pequeña carcajada juntos, lo curioso es que Curro seguía con la polla fuera y había comenzado a sobarse lentamente.

 

¿Y tú? – me dijo, con los mofletes colorados.

¿Yo qué? – le respondí, mareándolo un poco.

Que si es verdad que tienes la sota de bastos. – me dijo, con la voz un poco tomada.


Tenía la disyuntiva de seguir o no. Por un lado, Curro estaba cachondo como una mona y yo cada vez más y no sabía cómo terminaría aquello, aunque me moría de ganas de ver cómo lo hacía. Por otro lado, me podía meter en un lío al ser el hijo de un socio. Finalmente, intenté calmar las cosas, no me podía permitir perder el trabajo.

Estás muy borracho todavía, mocoso. – le dije, intentando darle largas.

Sabía que mentías. – me dijo, intentando picarme. – Algo malo tenías que tener al fin y al cabo.

No miento, pero no creo que esté bien que… – intenté replicar.

Sí, sí, sí… – me interrumpió. – Seguro que la tienes como un gusanito. Al final la voy a tener yo más grande que tú.

A ver, chaval. – le dije, algo molesto por su actitud chulesca de repente. – ¿Seguro que quieres que me la saque? Que te vas a acomplejar otra vez.

Qué fantasma eres. – me dijo en tono burlesco. – Venga, a ver.

 

La calentura me pudo al final y deslicé el elástico de mi pantalón de chándal y el de los calzoncillos hacia abajo. Mi polla saltó libre, dura como una piedra, y se quedó ahí, tiesa, apuntando hacia el volante. A diferencia de la de Curro, mi polla era un poco más grande, de unos 18 centímetros, pero bastante ancha. La piel, que recubría totalmente el glande e incluso sobraba un poco, era un tono más oscuro que el resto de mi piel. Por costumbre, siempre solía ir rasurado, por lo que se podía apreciar en totalidad la base de mi rabo, de donde una vena se marcaba a lo largo de este.

 

La cara de Curro era todo un poema. Sus ojos se clavaban en mi ingle con una curiosidad y expectación palpable. Miró durante unos segundos mi miembro erecto mientras su mano seguía masturbando el suyo suavemente. Tragó saliva de forma que casi pude oír cómo lo hacía.

 

Jo-joder. – dijo Curro en un susurro, asombrado.

¿Qué pasa? – le respondí yo, divertido. – ¿Ves cómo no mentía?

 

Curro me miró a los ojos, con las cejas levantadas.

 

Eso no es la sota de bastos, ¡es el puto rey! – contestó, casi en una queja.

 

Solté una carcajada y me fijé que la polla de Curro comenzaba a estar cada vez más húmedo.

 

Que exagerado. – le respondí, llevando mi mano a mi propio rabo para sobarme un poco.

Es en serio. ¿Cómo puede ser tan ancha? – preguntó, con los mofletes cada vez más rojos y sin dejar de prestar atención a mi pene. – ¿No le duele a las tías cuando te las follas?

Al principio, a veces. Luego no paran de pedirme más. – le dije, guiñándole un ojo.

Joder. – dijo, resoplando, como si le hubiese llegado la imagen mental, y aumentando el ritmo de su semi paja. – Yo creo que no podría ni rodearla con una mano.

 

Esta vez fui yo el que tragué saliva. La situación se estaba saliendo de control y yo estaba cada vez más cachondo. Es el hijo de un socio y apenas es un crío, me voy a meter en un lío…

 

¿Quieres probar si puedes? – me escuché decir con voz ronca, preso de la calentura.

 

Curro me miró a los ojos, para ver si estaba bromeando o si iba en serio. Notó que no estaba de coña y solo asintió con la cabeza. Despacio, como con miedo o dudas de saber si estaba haciendo algo malo, soltó su rabo y llevó su mano derecha a mi entrepierna. Casi temblando y con torpeza, su mano se abrió y sus dedos rodearon mi rabo por la mitad del tronco. No pude evitar suspirar ante la descarga eléctrica de placer que me recorrió el cuerpo ante aquel contacto. Su mano era suave y sus dedos finos e indecisos. Curro tenía las mejillas encendidas y las orejas rojas. Su rostro aún tan juvenil, lleno de excitación, logró ponerme extrañamente cachondo.

 

Qué dura, joder. – susurró. – No me cierra la mano. Qué locura… – dijo, mirándome a los ojos.

 

Mientras lo hacía, su mano comenzó a subir y bajar despacio, pajeándome suavemente. Con su mano libre, se tocaba su propia polla, ya totalmente mojada y que parecía a punto de explotar en cualquier momento. Después de unos segundos, tenía claro que o frenaba esto aquí, o luego no sería capaz de hacerlo.

 

Curro… – comencé a decir. – Necesito que pares, sino…

 

Curro seguía mirándome fijamente y arrugó las cejas durante una fracción de segundos.

 

No sé si quiero. – dijo, respirando fuertemente. – No sé por qué, pero estoy muy cachondo, tío.

¿Estás seguro de que quieres hacer esto? – pregunté, para que luego no hubiese ningún malentendido.

 

Curro asintió con la cabeza, aunque noté que no estaba del todo seguro y que era su calentura quien hablaba por él. Empezó a pajearme un poco más rápido.

 

¿Y tú? – dijo, con un tono claro de excitación.

No quiero meterme en líos… – intenté oponerme, sin mucha convicción.

Nadie se va a enterar, te lo prometo. – su voz, tomada y ansiosa.

Vale… – me dejé hacer.

 

Curro sonrió ligeramente y su vista volvió a clavarse en mi polla, mientras notaba que apretaba un poco más y subía la intensidad de sus movimientos. Yo me sentía en la gloria, sintiendo aquella mano que parecía ridículamente pequeña en comparación. En el coche sólo se oían nuestros suspiros ahogados y la fricción del contacto de nuestras pieles. Miré el rabo de Curro y vi lo mojado que estaba. Aquello casi que me puso más cachondo que la paja que me estaba haciendo el chaval. Sin mediar palabra, llevé mi mano por encima de la palanca de cambios y comencé a sobar los huevos con algo de pelos de Curro.

 

Él soltó un pequeño gemido ante aquel estímulo y consiguió excitarme aún más. Sobé sus testículos, que eran sorprendentemente grandes y estaban algo duros. Miré mi propia polla y cómo la mano de Curro comenzaba a mancharse de mi líquido preseminal. Si seguía pajeándome así de rico, me correría enseguida. Con un movimiento suave, aparté su mano izquierda de su rabo y lo tomé con firmeza. Me sorprendió lo suave y a la vez lo dura que estaba, pero más aún lo caliente al tacto que se sentía. Curro soltó otro gemido, esta vez más audible, cuando empecé a pajearlo, despacio al principio, y un poco más rápido después.

 

Noté cómo mi mano se embadurnaba poco a poco de aquel líquido transparente y viscoso que salía en abundancia de aquel rosado glande. Nuestras respiraciones estaban cada vez más agitadas y se entremezclaban con los gemidos ahogados que éramos incapaces de retener. La mano de Curro se movía frenéticamente sobre mi hombría y yo no pude evitarlo más. Sentí un latigazo de placer que me recorrió toda la columna y, mientras mi cuerpo se tensaba, alcancé a decir:

 

Me corro.

 

Mi polla se hinchó en la mano del muchacho, que no perdía detalle de cómo los chorros de semen salían disparados sobre mi camiseta y su mano mientras yo resoplaba como loco.

 

Mi mano derecha no paró en ningún momento de machacársela y sentí cómo su rabo empezó a palpitar. Curro echó la cabeza hacia atrás contra el asiento, con la boca abierta en un gemido silencioso, su cuerpo temblando entero. Lo sentí todo: cómo su polla se contraía una y otra vez en mi palma, cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo sus dedos se clavaban un poco en mi muslo sin querer. Fue increíble la cantidad de leche que le salió al chico de forma salvaje, llegando a mancharle hasta el cuello y toda la camisa. En mi mano también cayó bastante, espesa y caliente.

Para mí, era la imagen más erótica que había visto en mucho tiempo: ese chaval de cara aniñada, con brackets y el pelo revuelto, corriéndose como si nunca hubiera sentido algo tan fuerte.

Durante unos segundos solo se oyó nuestra respiración. Luego, el silencio se volvió pesado.

Curro miró su mano, llena de mi leche. Miró la mía, llena de la suya. Miró su polla, aún medio dura y goteando. Y entonces vi el cambio en su cara. Los ojos se le abrieron como platos. El rubor de placer se convirtió en un rojo de vergüenza absoluta.

Qué… qué coño… – murmuró, casi para sí mismo.

Se subió el calzoncillo y el pantalón a toda prisa, con las manos temblando. Abrió la puerta del coche sin decir nada más. El aire frío de la noche entró de golpe.

Curro… – empecé a decir mientra me subía el pantalón, pero él ya estaba saliendo.

Me-mejor pido un Uber. – dijo con ansiedad, mientras sacaba su móvil del bolsillo.

Curro, espera… – intenté detenerlo, pero no me echaba cuenta.

En un movimiento que no me esperaba, sacó el teléfono de su funda y cogió un billete que tenía guardado ahí.

Toma, por las molestias. – dijo, tirando al asiento del copiloto el billete, que era de 50€.

Miré el billete como si fuese un gato verde, sin entender nada. Cuando me quise dar cuenta, Curro había cerrado la puerta y caminaba con paso ligero con el móvil pegado a la oreja.

¿Qué cojones acababa de pasar?

 

¡Buenas! Aquí les dejo este relato, espero que lo disfruten tanto como lo he hecho yo al escribirlo. Sé que el inicio es algo lento, pero quería asentar las bases para poder seguir desarrollando la historia si veo que les gusta. Espero su opinión y propuestas en la part

e de comentarios o por email ([email protected]). ¡Gracias de antemano!

11 Lecturas/14 agosto, 2026/0 Comentarios/por bakoxeros
Etiquetas: amigos, bisexual, gay, hermano, hija, madre, mayor, mayores
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