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Fantasías / Parodias, Gays

Un fantasma pervertido

Dicen que jugar a la ouija es peligroso, pero yo no me he arrepentido aun.
Me llamo Diego, tengo veintidós años y soy un pinche morboso de primera. No me ando con rodeos, para qué. Desde morrito me gustaba espiar a los vecinos, robarme los calzones de mi primo cuando se quedaba a dormir, jalármela viendo porno de a madres. Soy un pervertido, sí, pero pues ni pedo, así soy. La neta no le hago daño a nadie, nomás me caliento solo y ya. Total, que un día se me ocurrió la pendejada de jugar a la ouija con unos compas. Estábamos bien pedos, era noche de viernes, y el wey del Toño sacó su tablero bien cagado que había comprado en el mercado de Sonora. «Vamos a invocar al diablo», decía bien emocionado, y yo nomás me reía. No creía en esas mamadas, la neta. Puro show para espantar viejas. Pusimos el vaso, hicimos la pinche oración esa de «espíritu del más allá», y el vaso no se movió ni madres. Media hora de estar ahí como pendejos, y nel. Nos aburrimos, nos tomamos otras chelas, y cada quien se fue a su casa. Yo llegué bien pedo a mi depa en la Narvarte, me tiré en la cama y quedé como tronco. Eso fue un sábado. El miércoles siguiente, como a las dos de la mañana, me despertó un frío bien cabrón. No mames, hacía un puto frío que me calaba hasta los huevos, y yo estaba sudando. Bien raro, ¿no? Abrí los ojos y todo estaba oscuro, nomás se oía el refri echando ruido. Intenté moverme y no pude. Sentía como si alguien me estuviera apretando contra el colchón, como si un puto peso enorme me tuviera inmovilizado. Me empecé a asustar bien feo. Quería gritar y no me salía ni madre. Pero entonces sentí algo. Algo frío, bien frío, que me recorría la pierna. Como una mano, güey, pero sin cuerpo. Una mano invisible que me iba subiendo por el muslo, despacito, bien despacito, como jugando. Y yo, en lugar de espantarme, sentí que se me paraba la verga. No mames, qué pedo. Estaba bien cagado del miedo y al mismo tiempo bien prendido. Esa mano invisible me llegó al bulto y empezó a acariciarme, bien suavecito, bien puto. Yo traía puestos unos bóxers bien viejos y sentía cómo los dedos —porque eran dedos, los sentía bien claros— me recorrían el palo por encima de la tela. Se me salió un gemido bien culero. Literal, un «aaaah» bien pendejo, y en cuanto lo solté, sentí que la presión en mi cuerpo se aflojaba. Ya podía mover las manos, ya podía hablar, pero no quería. No quería que se detuviera. —No te detengas —susurré bien quedito, casi sin aliento. Y esa cosa me obedeció. Me bajó los bóxers con una facilidad bien cabrona, como si llevara años haciéndolo. Sentí el aire frío en la verga, ya bien parada, bien tiesa, chorreando un poco de mecos. Y entonces sentí una boca. No mames, una boca invisible que me la empezó a chupar. Yo me retorcía en la cama, mordiéndome la mano para no gritar como puta. Era bien intenso, güey. Sentía la lengua, sentía el calor de la garganta, sentía cómo me succionaba bien rico. Y no veía ni madres, nomás sentía. Eso lo hacía más cabrón todavía, el no saber qué pedo, el imaginarme qué chingados me estaba mamando la verga. Duró un buen rato. Me tuvo al borde del orgasmo como tres veces, y cada vez se detenía, me dejaba ahí temblando, y luego seguía. Hasta que ya no aguanté. —Ya, ya, ya, por favor —le supliqué—. Déjame venirme, cabrón. Y entonces sentí cómo me volteaba. Así nomás, sin tocarme, me giró boca abajo. Me puso en cuatro, güey, como perro. Yo estaba bien nervioso, bien caliente, bien confundido. Sentí sus manos invisibles en mis nalgas, separándomelas, y luego algo frío y bien grueso presionando mi hoyo. —Ándale, métemela —dije, bien desesperado. Y me la metió. No mames, qué pedo. Era bien grande. Sentí cómo me iba abriendo despacito, bien despacito, y yo apretaba las sábanas y gemía como puta. No dolía, güey, eso era lo chingón. No dolía para nada, nomás se sentía bien lleno, bien cabrón, como si me estuvieran rellenando todo el culo. Empezó a moverse. Al principio despacio, bien rítmico, y luego más rápido, más fuerte. Me daba unas embestidas bien profundas, bien hijas de su puta madre. Yo ya ni pensaba, nomás sentía. Sentía cómo me follaba, cómo me abría, cómo me llenaba. Me vine dos veces sin tocarme la verga, nomás de puro culo. Cuando terminó, sentí que se retiraba despacio. Me quedé ahí tirado en la cama, bien sudado, bien temblando, bien satisfecho. Y supe, en ese momento, que iba a querer repetir. A la noche siguiente, me acosté bien temprano, bien emocionado. Apagué la luz, me quedé esperando. Y a las dos de la mañana, puntual, llegó el frío. Llegó la presión. Llegaron sus manos invisibles. Y yo abrí las piernas bien contento. Así llevo tres semanas. Cada puta noche. Mi fantasma, mi sombra, mi demonio, mi lo que sea. No sé quién chingados es, no sé de dónde salió, no sé ni cómo se llama. Pero todas las noches viene a follarme, y yo todas las noches lo espero bien puto, bien abierto, bien listo. A veces me da vergüenza. Soy un cabrón de veintidós años, morrillo todavía, y ya estoy bien enviciado a que un puto fantasma me dé por el culo. Pero nel, la neta no me arrepiento. Es lo más rico que he sentido en toda mi perra vida. Anoche, cuando terminó, sentí algo diferente. Sentí su mano en mi cara, acariciándome el cachete. Bien suave, bien tierno. Y luego sentí un susurro, bien quedito, bien helado, bien cerca del oído. —Diego… siempre serás mío. Y yo sonreí en la oscuridad. —Sí, cabrón. Ya sé. Porque la neta, ya no me importa. Que sea fantasma, que sea demonio, que sea lo que sea. Mientras me siga follando así de rico, yo soy suyo. Bien puto, bien abierto, bien suyo. Y esta noche va a venir otra vez. Ya lo sé. Ya lo siento. Ya me estoy preparando. Ándale, sombra. Ya llegó la hora.

Las primeras dos semanas fueron en mi depa. Nada más. Llegaba la noche, me acostaba, y a las dos de la mañana, puntual como puta de quincena, llegaba el frío, la presión, las manos invisibles. Me follaba bien rico, me dejaba temblando, y luego se iba. Yo me quedaba ahí, bien sudado, bien satisfecho, y dormía como bendito. Pero luego empezó a cambiar la cosa. Un jueves, salí del jale bien tarde. Trabajo en una papelería en el Centro, ayudando a un don que me cae gordo, pero ni pedo, hay que comer. Ese día me tocó cerrar, eran como las diez de la noche, y estaba barriendo bien aburrido. De repente, sentí ese pinche frío otra vez. Pero no en el depa, güey. En la papelería. En el puto local, entre los cuadernos y las plumas. Se me heló la sangre. Literal, sentí cómo se me erizaba la piel del cogote, y la verga se me empezó a parar solita. No mames, pensé, ¿aquí también? Estaba bien pendejo, con la escoba en la mano, viendo hacia la puerta del baño, que estaba abierta. No había nadie. Pero sentía que algo me observaba desde las sombras. —¿Qué pedo? —dije en voz alta, bien pendejo—. ¿Eres tú? No contestó nadie, obviamente. Pero sentí un jalón en el cinturón. Algo me tiró del pantalón, bien juguetón, como diciendo «ven pa’ca». Y yo, bien puto, dejé la escoba y caminé hacia el baño. Era un baño bien culero, chiquito, con un excusado que olía a meados viejos y un lavamanos todo manchado. No había ventanas. Me metí, cerré la puerta con seguro, y me quedé parado ahí, bien nervioso, bien caliente. Sentía el frío en el cuello, en los brazos, en las piernas. Y luego sentí las manos en mi cintura, bajándome el pantalón y los bóxers al mismo tiempo. Me incliné sobre el lavamanos, agarrándome del borde, y abrí las piernas. No mames, qué puto estaba. Ni siquiera me pregunté cómo chingados había llegado esa cosa hasta allá, si me había seguido, si era un demonio de verdad, si me iba a poseer o qué. Nada. Nomás quería que me diera. Y me dio. Bien duro, bien rico, bien cabrón. Me folló contra el lavamanos, empujándome bien fuerte, haciéndome gemir bien culero. Tenía que taparme la boca con la mano para que no me oyera el don de la papelería, que seguro ya se había ido pero ni pedo. Me vine bien rico, chorreando en el piso del baño, y luego me limpié con papel y me subí los pantalones bien rápido, todo temblando. Esa noche, cuando llegué a mi depa, me acosté y esperé. Llegó a las dos, como siempre. Pero ahora sabía que no era nomás de la casa. Era de todas partes. A la semana siguiente, pasó en el metro. Iba en la línea tres, dirección Indios Verdes, bien apretado como siempre. Era hora pico, un puto horno de gente, todos sudando y viendo el celular. Yo iba parado, agarrado del tubo, con los audífonos puestos. De repente, sentí el frío. Pero no el frío de la chingadera esa, sino un frío localizado, bien específico, justo en la entrepierna. Se me paró la verga al instante. No mames, qué vergüenza. Traía un pantalón de mezclilla bien ajustado y se me marcaba todo. Traté de disimular, de ponerme la mochila enfrente, pero sentía cómo algo me acariciaba el bulto, bien despacito, bien pervertido, como si estuviera jugando conmigo en medio de toda esa gente. Nadie lo veía. Nadie lo notaba. Pero yo sentía cada puto roce, cada presión, cada masaje. Empecé a sudar frío, a temblar, a morderme el labio para no gemir. La gente me veía raro, pero ni pedo. Yo estaba bien prendido, bien caliente, bien pendejo. Cuando el metro llegó a mi estación, casi me caigo al bajarme. Caminé bien rápido a la salida, y en las escaleras eléctricas sentí que algo me metía la mano por dentro del pantalón, por la cintura, y me agarraba la verga bien firme. Me quedé paralizado, güey, con la mano en el pasamanos, viendo al frente como si nada, mientras esa cosa me jalaba el palo bien rico. Llegué a mi depa bien alterado, bien caliente, y nomás cerré la puerta y me dejé caer en el sillón. Sentí cómo me bajaba el pantalón otra vez, cómo me abría las piernas, cómo me lamía los huevos bien despacito. Me vine en menos de un minuto, gimiendo como puta, y luego me quedé ahí, todo sudado, viendo el techo. —Ya no te vas a ir, ¿verdad? —pregunté en voz alta, bien quedito. No contestó. Pero sentí un peso en el pecho, como si alguien se hubiera recostado sobre mí. Una presión suave, fría, pero cálida a la vez. Como un abrazo de sombra. Y supe que no. Que no se iba a ir nunca. Ya van como seis semanas de esto. Me sigue a todas partes. Al trabajo, al mandado, a casa de mi mamá los domingos. Una vez estábamos comiendo, mi jefa sirviendo los frijoles, y sentí que algo me metía la mano por debajo de la mesa y me acariciaba la pierna. Casi me ahogo con la torta. Mi mamá me preguntó que si me sentía bien, y yo nomás dije que sí, que nomás estaba cansado. Cuando me fui, en el camión de vuelta, sentí que me la metía. Así nomás, en el asiento de atrás, con el camión lleno de gente. Me la metió bien despacito, bien calladito, mientras yo veía por la ventana como si nada, apretando los dientes para no gemir. Me vine en mis propios bóxers, bien puto, bien mojado, y cuando bajé del camión tenía las piernas temblando. Ya no sé qué chingados es. Si es fantasma, demonio, ángel caído, o qué. Pero ya no me importa. Es mi sombra, mi puta sombra caliente, y no la cambio por nada. Anoche, cuando me estaba quedando dormido, sentí su aliento en el oído. Bien helado, bien cerca, bien real. —Diego… nunca te voy a soltar. Y yo sonreí en la oscuridad, con la verga ya bien parada, esperando a que empezara.

Otro un jueves, ya casi viernes. Salí del jale a las once, y en vez de irme derecho a mi depa, agarré el metro en dirección contraria. No sé ni por qué lo hice. Bueno, sí sé. Desde que la sombra me empezó a seguir a todas partes, me había vuelto más puto, más necesitado, más hambriento. Ya no me bastaba con que me follara en mi cama o en el baño de la papelería. Quería más. Quería que me viera otro, que supieran que yo era suyo, que yo era el puto de una sombra. Bajé en la estación de la línea que ya casi no corre a esas horas. El andén estaba vacío, nomás un vato bien vestido viendo su celular, y yo. Esperé el último vagón, como sabiendo que ahí era el pedo. No soy tan inocente, he oído historias. El último vagón del metro, después de las once de la noche, es territorio de cacería. El tren llegó casi vacío. Unos cuantos borrachos, una señora con un niño dormido, y en el último vagón, un grupo de tres weyes. Uno bien grande, como de gym, con una sudadera negra y una mochila. Otro más flaco, con lentes, viendo el celular. Y otro, más joven, como de mi edad, bien parecido, con una sonrisa de puto que no engañaba a nadie. Me subí al último vagón. El de gym me miró de arriba abajo, el de lentes levantó la vista un segundo, y el joven me sonrió. Yo les devolví la mirada, bien desafiante. El tren arrancó, y sentí el frío. No mames, lo sentí en la nuca, en los hombros, bajando por la espalda. La sombra estaba ahí. Sabía que yo andaba de pervertido, sabía que quería hacer esto, y no le importaba. Al contrario, sentí que me apretaba el hombro, como diciendo «órale, hazlo». Me fui al final del vagón, donde hay un espacio más amplio, cerca de la puerta que comunica con el siguiente vagón. Ahí me recargué contra la pared, con las piernas ligeramente abiertas, y empecé a desabrocharme el pantalón. Los tres weyes me vieron. El del gym dejó de hacer como que veía su celular y se me quedó viendo bien fijo. El de lentes se quitó los lentes y los guardó en la bolsa de la camisa. El joven se lamió los labios. —¿Qué pedo? —dijo el del gym, con voz ronca—. ¿Te sientes bien? Yo no contesté. Nomás me bajé el pantalón hasta los tobillos, me quité los bóxers, y me quedé parado ahí, con la verga bien parada, bien tiesa, brillando bajo la luz fluorescente del vagón. Los tres se me quedaron viendo. El tren traqueteaba, las luces parpadeaban, y yo sentía el frío recorriéndome la piel como lengüetazos. —Síganme la corriente —dije, con la voz temblorosa—. No me pregunten nada. Nomás miren. Y entonces la sombra me agarró. Sentí las manos invisibles en mis caderas, girándome, poniéndome de espaldas a ellos. Me incliné, apoyando las manos en la pared fría del vagón, y abrí las piernas bien abiertas. El tren daba vueltas, y yo sentía el frío metiéndose en mi culo, untándome algo, preparándome. —No mames —susurró el joven—. ¿Qué chingados está pasando? —Es un puto ritual —dijo el de lentes, con voz seria—. O una posesión. —Cállense —dijo el del gym, y su voz sonaba bien caliente—. Déjenlo. Empecé a gemir cuando la sombra me penetró. No mames, qué rico. Sentía cómo me abría, cómo me llenaba, cómo me empujaba contra la pared. Mi verga se estrellaba contra el metal frío, y yo baboseaba la pared, gimiendo como perra en celo. Los tres weyes me veían, bien hipnotizados. El joven se estaba tocando el bulto, el de lentes se había desabrochado el pantalón, y el del gym se la estaba jalando bien duro, viéndome fijamente. —Mírenme —dije, volteando la cabeza—. Mírenme bien. Quiero que vean cómo me folla mi sombra. El del gym se acercó, con la verga en la mano, bien parada, bien gorda. Se puso a mi lado, y empezó a masturbarse viendo cómo me embestía esa cosa invisible. El joven se acercó también, y se puso enfrente de mí, con la verga a la altura de mi cara. —Ábrela —dijo. Y yo la abrí. Me metió la verga en la boca, y empecé a chupar mientras la sombra me daba por detrás. El de lentes se quedó viendo, jalándosela más rápido, con la respiración entrecortada. El tren se detuvo en una estación, las puertas se abrieron, y nadie subió. Las puertas se cerraron. El tren arrancó otra vez. —Me voy a venir —dijo el joven, agarrándome del cabello—. Trágatelo todo, puto. Y se vino en mi boca, bien caliente, bien espeso. Me lo tragué todo, sin dejar de gemir, sintiendo cómo la sombra me daba más duro, más rápido, más profundo. El del gym se puso detrás de mí, al lado de la sombra, y sentí su verga rozando mi culo, esperando su turno. —Déjame —dijo—. Déjame metértela. Pero la sombra no lo dejó. Sentí cómo se ponía más agresiva, cómo me empujaba contra la pared con más fuerza, cómo me gruñía en el oído. El del gym dio un paso atrás, asustado. El de lentes se vino en su propia mano, gimiendo bajito. Yo me vine. Me vine bien cabrón, chorreando en la pared del vagón, temblando, gritando como puta. La sombra me siguió follando, hasta que mi cuerpo se sacudió todo y me quedé sin fuerza, colgando de las manos, con la verga goteando. El tren llegó a mi estación. Me subí los pantalones bien rápido, sin mirar a nadie, y bajé del vagón. Los tres weyes se quedaron viéndome, con las vergas aún en la mano, con las caras de asombro y de calentura. Caminé por el andén vacío, temblando, sintiendo el frío pegajoso de la sombra en mi piel. —¿Te gustó, verdad? —susurré, mientras subía las escaleras. Sentí un apretón en el culo, como respuesta. —Pinche sombra pervertida. Y sonreí en la oscuridad del metro vacío, sabiendo que al llegar a mi depa, me esperaba otra ronda..

7 Lecturas/9 junio, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: baño, culo, follando, joven, madre, orgasmo, puta, puto
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