Una Tarde Inesperada en la Oficina
Soy Manuel, 27 años, gerente de ventas. Un sábado regresé a la oficina y descubrí a César, el vigilante, y Antonio, el contable, masturbándose viendo porno. En lugar de denunciarlos, mi reacción fue: «Para la próxima inviten». Así comenzó nuestra secreta aventura de cervezas, morbo y pajas compartidas.
Una Tarde Inesperada en la Oficina
Soy Manuel, mis panas me dicen Manu. Tengo 27 años, mido 1.76m, moreno de pelo liso y cuerpo atlético gracias a la natación y el spinning. Trabajo como gerente de ventas en una agencia chiquita de publicidad digital aquí en Nicaragua.
Ese sábado, como es costumbre en este país, trabajamos hasta las 12:30pm. Era el último día del mes y había sido una semana de puta madre para alcanzar la meta. Mi jefa me había encargado un reporte para el lunes a primera hora, pero con tanto jaleo no pude terminarlo. Me fui a almorzar con la idea de regresar de 3pm a 5pm para rematarlo. Como soy gerente y tengo llave, no había ningún pedo.
Llegué a las 3pm y me di cuenta que César, el guarda -un maje de como 30 años, más bajo que yo y flaco como palo- no estaba afuera como siempre. Pensé que andaría en el sanitario o en alguna de sus vueltas.
Al entrar a la oficina, escuché unos raros que venían de la oficina de finanzas. Pero ahí no hay ni mierda de tele, así que imaginé que César se había metido a ver videos en alguna computadora, algo que, si su jefe se enteraba, lo corría a patadas.
Me acerqué de puntillas y cuando vi la escena, se me paró hasta el pelo. César estaba sentado con el pantalón hasta los tobillos, dándole a la verga mientras veía una porno en la computadora. En la pantalla, un tipo musculoso con una polla del tamaño de mi antebrazo estaba rompiendo a una joven con unas tetas enormes. Lo peor: en el suelo había varias latas de cerveza vacías.
De repente escuché otra voz: «¡No jodas, qué rica está esa zorra! Mira cómo se la mete ese cabrón». Me incliné un poco más y vi a Antonio, el asistente contable, un pendejo de como 25 años con su pancita de cerveza y barba de tres días. También estaba sentado, con los pantalones casi en el suelo, y pude ver su verga -una cosa enorme y gruesa- mientras se la jalaba lentamente, recogiendo el precum con un dedo para luego pasarlo por todo el glande.
Mi corazón estaba a mil por hora. No sabía qué carajos hacer, pero mi verga ya estaba más dura que una piedra. Estaba a punto de salirles cuando Antonio anunció que se venía. Comenzó a gemir y a eyacular, llenándose la mano con choros espesos que salpicaron su pierna. Casi al mismo tiempo, César también alcanzó el clímax, aunque no lo podía ver bien.
En ese momento, entré como si nada, sorprendiéndolos. Quedaron más blancos que el papel, aterrorizados. Mi reacción fue inmediata: «¡No jodan, hijueputas! Para la próxima inviten».
Se relajaron un poco, pero me suplicaron que no dijera nada, que tenían familias que mantener. Ya más tranquilos, me contaron que habían descubierto que Guillermo, el contador, tenía un disco duro lleno de películas porno y que aprovechaban los sábados para quedarse «trabajando» hasta tarde con cerveza y porno. Ya tenían tanta confianza que hasta se pajiaban juntos.
Mi mente estaba hecha un lío de morbo. Les dije simplemente que para la próxima me avisaran, que me apuntaba. Me fui a mi oficina a terminar el reporte mientras ellos se iban limpiando.
El siguiente viernes, Antonio me escribió por WhatsApp preguntando si nos juntaríamos con César el sábado. Confirmé inmediatamente.
Ese sábado, todos en la empresa sabían que Antonio se quedaba hasta tarde. Me despedí y me fui a casa, pero regresé como 45 minutos después cuando Antonio me avisó que todos se habían ido. César no estaba; había ido a comprar cervezas a un minimercado cerca, según lo planeado.
Mientras esperábamos, nos fuimos a la oficina de Antonio y ajustamos el monitor para que todos viéramos cómodamente. Una hora después estábamos sentados: Antonio a mi izquierda, tan cerca que nuestros codos casi se rozaban, y César a mi derecha, más nervioso y en posición de vigilar la entrada.
Después de cuatro cervezas cada uno y varias películas de orgías, tetonas, tríos y dobles penetraciones, la calentura era más que evidente. Nos tocábamos las pollas duras bajo los pantalones, mezcla de nervios, morbo y curiosidad.
El momento llegó cuando Antonio anunció: «¡Ya no aguanto esta calentura! Con el permiso de ustedes, me la voy a jalar». Fue como si hubieran soltado a tres perros. Pausadamente nos fuimos desabrochando los pantalones y dejamos salir nuestras vergas. Nos mirábamos comparando tamaños. César resultó tener la más pequeña de las tres, además parecía tener fimosis por la forma en que se mantenía erecta, pero eso era irrelevante ante el nivel de excitación que teníamos.
Poco a poco nos fuimos quedando solo con las camisas del uniforme y calcetines. Nuestras pollas brillaban de precum, pero sabiendo que no sería suficiente, saqué lubricante de mi mochila. Los muchachos hasta celebraron el detalle.
Antonio era más abierto y usaba lenguaje más degenerado, como si fuéramos unos pendejos descubriendo cómo funciona esto del sexo. César decidió no seguir bebiendo y se fue a la calle a vigilar, dejándonos solos con Antonio y las cervezas restantes.
Las sillas de oficina eran incómodas para el jaleo, así que Antonio encontró un contenedor plástico grande en el guarda papeleras, lo colocó frente a nosotros y me dijo: «Ponte cómodo, maje». Estábamos cerca, con las piernas sobre el contenedor. Verse con calcetines no me gustó, así que me los quité. Antonio me imitó. De la cintura para abajo estábamos completamente desnudos, lo que aumentaba todavía más la excitación que teníamos.
Llevábamos como siete u ocho cervezas cuando apareció una escena con un negro de pene enorme y una mujer blanca joven arrodillada haciéndole una tremenda mamada. Luego llegó otro hombre y se dispusieron a penetrarla en un sofá. La escena estaba ardiendo. Noté que mi pie izquierdo se acercaba cada vez más al derecho de Antonio, que los tenía muy bien cuidados. Hice un pequeño movimiento rozándolo «accidentalmente». Antonio, mientras se masturbaba y jalaba sus bolas, respondió presionando su pie contra el mío. Esto dio lugar a caricias entre pies sin mirarnos a la cara, solo diciendo frases como «¡Qué rica esa maje!» o «¡Ya tengo cargadas las bolas!».
De repente Antonio dijo: «¿Y este César se nos perdió? Ya no regresó. ¡Vamos a buscarlo!». Le dije que no, señalando nuestra desnudez con la mirada. «¡Nos vale verga! -respondió- Desactivé las cámaras, nadie nos va a ver». Salimos al pasillo y vimos que César estaba efectivamente en la calle. Al regresar, Antonio dijo: «Voy al baño». «Te acompaño», le dije, ya que las cervezas hacían efecto. El baño más cercano era para una sola persona, pero Antonio insistió: «¡Dale, pasa! Y me propinó una suave nalgada. «Donde alcanza uno, alcanzan dos», le respondí. Así fue, orinando juntos con las vergas aún semi erectas.
Retomamos nuestra posición cuando llegó César, riendo: «¿No jodan y es que no piensan terminar? Les va a explotar la verga y los huevos de lo cargados que están». Escucharlo fue como un reto. Aceleramos el ritmo de nuestras pajas, mirándonos y diciendo cosas como «A ver quién echa más» o «quién acaba primero». César sonreía, disfrutando como voyeur.
Entonces Antonio propuso: «¡Dale, hagámonos una paja cruzada! Ya estamos en confianza». Sentí inmediatamente su enorme verga en mi mano izquierda mientras su mano masturbaba la mía. Después de unos minutos, eyaculamos simultáneamente, llenando nuestras manos y abdomen con semen caliente.
«¡Chocho, si andaban cargados! La falta de mujer», exclamó César entre risas. Nos limpiamos con el rollo de papel higiénico que teníamos estratégicamente cerca, nos vestimos, terminamos la cerveza y comenzamos a recoger. Todo lo que había llevado horas se desvaneció en minutos después de eyacular. Esperaba algún remordimiento o culpa, pero en cambio solo sentí una extraña satisfacción.
Pero en un momento que nos quedamos solos nuevamente con Antonio poniendo todo en orden me dijo. «La próxima solo los dos, pero en otro lado.» Yo le dije «pongamosle fecha», como dejando abierta ya lo que sería nuestra siguiente paja aventura. Pero ya esa historia se las daré en un próximo relato, solo les adelanto que ya eso fue en mi apartamento y ambos desnudos en mi cama.


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