Zendaya # 2
Los encuentros son en casa de su madre. .
Al día siguiente, conduje hasta su casa. Al llegar, bajé del auto y, antes de que pudiera tocar la puerta, ella salió a recibirme acompañada de su madre. Zendaya la presentó con naturalidad, aunque con un brillo desafiante en los ojos.
La señora me escaneó con una mirada analítica, pero Zendaya me tomó de la mano para llevarme a su habitación.
Al cerrar la puerta, la atmósfera cambió drásticamente. Zendaya se pegó a mí y me abrazó con una intensidad que no esperaba. «No te asustes por ella», me susurró al oído. «Ella sabe perfectamente quién soy y qué busco». La habitación era pequeña, pero estaba decorada con detalles que reflejaban su personalidad.
Zendaya comenzó a desvestirme con una destreza que me dejaba sin aliento. Esta vez, el encuentro fue distinto. La urgencia del parque dio paso a una exploración lenta y deliberada. Cada embestida era más profunda que la anterior. El sonido de nuestros cuerpos chocando era rítmico, casi hipnótico. De repente, un golpe seco en la puerta interrumpió el ambiente.
—¡Niños, dejen de hacer tanto ruido! —se escuchó la voz de la madre desde el pasillo—. Se escucha todo hasta la cocina, ¡tengan un poco de respeto!
Zendaya se tapó la boca con la mano para ahogar una risita nerviosa. Después, decidimos salir a cenar. En el restaurante, Zendaya me dejó sin aliento; bajo un abrigo largo, ocultaba una bata de seda casi transparente, tan fina que dejaba adivinar cada curva de su cuerpo. Era una provocación absoluta.
Regresamos a casa, y al entrar, la madre estaba en la sala. Zendaya se detuvo frente a mí, me atrajo hacia ella y me besó profundamente frente a su madre. La señora, en lugar de estallar, simplemente soltó un suspiro profundo y volvió su vista hacia el televisor.
Ya a solas en su cuarto, la adrenalina nos tenía al límite. Ella se quitó la bata y se colocó encima de mí, decidida a tomar el control absoluto. Cabalgaba con una maestría que me dejó sin palabras, marcando un ritmo hipnótico. Finalmente, la intensidad alcanzó un punto crítico. Ella comenzó a moverse con una urgencia eléctrica, acelerando el paso hasta que nuestras respiraciones se convirtieron en un solo jadeo.
Zendaya se arqueó hacia atrás, dejando escapar un grito agudo. En ese instante, sentí cómo su cuerpo se tensaba y comenzaba a contraerse rítmicamente contra mí.
Su orgasmo fue una liberación absoluta; pude sentir su interior palpitando con una fuerza que me obligó a llegar al mío. Nos desplomamos sobre la cama, enredados en las sábanas.
«Ya no hay marcha atrás, ¿verdad?», susurró. La miré, sabiendo que tenía razón. Había cruzado una línea que me cambiaba la vida, y aunque las consecuencias esperaban afuera, en ese cuarto, solo existía esa unión que empezaba a volverse adictiva.



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