Zendaya
Trans de buen cuerpo es follada en el parque .
Me lié con una mujer; bueno, eso creía hasta que la tuve en cuatro. Pero continúo con el relato: tengo 32 años, estoy casado y tengo cinco hijos de tres matrimonios diferentes.
Un día, de camino al trabajo, vi a una mujer de cuerpo escultural y mirada cautivadora. Me acerqué con el auto y le dije:
—¿A dónde tan solita, bombón?
Ella me regaló una sonrisa coqueta y me respondió que iba al trabajo. Le comenté que, si quería, podía darle un aventón, a lo que aceptó con gusto. El trayecto se hizo corto entre bromas; descubrí que salía a la misma hora que yo, así que la invité por un helado y accedió entusiasmada.
Al regresar, ella ya me estaba esperando. Subió al auto y, al sugerirle ir a comer, ella respondió con una sonrisa juguetona:
—Mejor busca un lugar oscuro para comernos.
Encontramos un árbol frondoso junto a una banca, envueltos por la penumbra de una luminaria fundida. La tensión era palpable; entre besos desenfrenados, ella susurró:
—Sácala, te la quiero mamar.
Me apresuré a bajar el cierre y el bóxer. Recliné el asiento, permitiéndole moverse con comodidad. Sentí su lengua recorriendo cada centímetro con una destreza que me hizo perder el control; cuando succionó la cabeza con fuerza, el placer fue tan intenso que no pude contenerme y eyaculé en su boca.
Ella no se detuvo, asegurándose de dejarme impecable, antes de decir con voz suave:
—Ahora es tu turno de mamarlo.
Cuando descubrió su miembro, quedé atónito. Era impresionante, casi el doble que el mío. No pude evitar el impacto y grité: «¡Eres hombre!», incapaz de asimilar lo que veía frente a tanta belleza. Ella rompió a llorar, confesando que siempre le pasaba lo mismo: en cuanto los hombres descubrían su anatomía, el miedo los dominaba y terminaban expulsándola del auto.
—¿Te gusta dar y recibir, o cómo eres tú? —le pregunté.
—Soy una mujer, solo recibo; pero si me quieres dejar aquí, lo entenderé —respondió resignada.
Sin decir más, bajó del auto y se sentó en la banca, hundida en tristeza. La alcancé rápidamente y la tomé del hombro:
«¿Bonita, por qué lloras?». Me miró con los ojos empañados, temerosa de que, como todos, la abandonara allí.
—No te voy a dejar —le aseguré—. A pesar de todo, me encantas y me gustaría conocerte más.
—¿Estás seguro? Soy trans, ya lo sabes —dijo, buscando confirmación.
—Lo sé; ahorita necesito cogerte, ando muy caliente.
Sin dudarlo, se quitó los pantalones, se dio la vuelta y se apoyó en la banca. La penetré hasta lo más profundo; su cuerpo estaba acostumbrado a recibir y fue un encuentro de placer puro.
Terminamos eyaculando los dos mientras ella me enviaba, poco después, una foto de su trasero con el mensaje: «Todo esto te pertenece».
Al dejarla en la puerta de su casa, me tomó de la mano y me susurró al oído:
—Ahora somos novios, recuérdalo, papacito.
Me quedé un momento frente a su casa, procesando lo que acababa de pasar. Sabía que al cruzar la puerta de mi casa tendría que volver a ser el de siempre, pero algo en mí había cambiado para siempre.
Guardé el teléfono, consciente de que ya no había marcha atrás. Había cruzado una línea, y aunque el riesgo era inmenso, la idea de volver a verla se había convertido en mi nueva prioridad.



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