Antes de que Lara llegara al mundo
El beso en el pecho que cura un dolor emocional… .
Miguel se fue al amanecer, antes de que el sol empezara a derretir la escarcha. Dijo que volvía a la noche, pero Elena sabía que esa palabra podía significar «mañana» o «el lunes» o «cuando termine de laburar». Desde la cama, escuchó el motor de la camioneta alejarse por el camino de tierra y sintió cómo el aire de la cabaña se volvía más liviano, más suyo.
Se quedó desnuda. El camisón que había usado para dormir cayó al piso sin que ella lo decidiera del todo. Quedó frente al espejo del placard, mirándose: la panza redonda de ocho meses, los pechos enormes con los pezones oscuros y erectos, el vello recortado al ras, la humedad que ya le escurría por los muslos. Desde que estaba embarazada, su sexo no dejaba de lubricar. Era un río interno que no se secaba ni cuando dormía.
Se llevó la mano a la entrepierna y sus dedos se mojaron. Los olfateó: el aroma era denso, más dulzón, con un dejo animal que la excitaba y la inquietaba al mismo tiempo.
Fue a buscar a Leo y lo encontró en la galería, sentado en un banquito de tierra apisonada, con la espalda apoyada en la pared de adobe y una pierna estirada, la otra flexionada. Tenía los ojos cerrados, la cara vuelta hacia el juncal que se extendía más allá del cerco, verde y espeso. Las chicharras mantenían su canto metálico, un mismo sonido que parecía venir de todas partes y de ninguna.
Leo estaba desnudo. Hacía años que no usaba ropa dentro de la cabaña cuando Miguel no estaba. Su cuerpo era largo y magro, con los músculos asomando apenas bajo la piel morena. El vello púbico, escaso todavía, le sombreaba el pubis y se extendía en una línea fina hacia el ombligo. Y entre las piernas, esa parte que Elena no podía dejar de mirar, colgaba fláccida, pesada, con la cabeza rosada asomando entre el prepucio.
—¿Qué andás haciendo, mami? —preguntó él, sin abrir los ojos.
—Venia a ver que estabas haciendo vos.. —dijo ella.
Se quedó un momento en el umbral, mirándolo. Después se agachó y se sentó. La panza le rozaba los muslos al inclinarse. La tierra estaba fresca bajo sus nalgas desnudas.
—Mirá, me corté —dijo Leo de repente, señalando su muslo derecho.
Elena se inclinó para mirar. Tenía un rasguño largo, superficial, que le cruzaba la cara externa del muslo, desde la rodilla hasta casi la cadera. Sangraba apenas, unas gotitas rojas que se mezclaban con la tierra.
—¿Con qué?
—Con los juncos. Es que fui al río.
—¿En serio?
—Sí.
Elena frunció el ceño, pero no dijo nada. Leo tenía doce años, sabía nadar, el río no era profundo. Aun así, le molestó no haberlo sabido.
—Hay que limpiarlo —dijo—. Así no se infecta.
—No duele, ma.
—Igual.
Se puso de rodillas para alcanzarlo mejor. La panza le pesó y tuvo que apoyar una mano en el suelo para no perder el equilibrio. Su cara quedó a la altura de la rodilla de Leo. Desde allí, siguiendo la línea del muslo hacia arriba, veía el vello escaso, la base de la pija y los huevos.
Desvió la mirada.
—Tengo que ir a la cocina —dijo—. Traigo las cosas para limpiarte.
—No te levantes. Usá esto.
Leo le alcanzó su propia remera, que estaba tirada a un costado, arrugada. Elena la tomó. Era de algodón fino, desgastada, y olía a él: a sol, a sudor, a jabón blanco.
—Vay a mancharla.
—No importa.
Elena mojó un borde de la remera con saliva —alcanzó a escupir en la tela— y se acercó a la herida. Limpió el rasguño con movimientos suaves, de arriba abajo, desde la rodilla hacia la cadera. Cada vez que sus dedos se acercaban al nacimiento del muslo, rozaban la piel del pubis. Y cada vez, Leo se estremecía apenas.
—¿Te arde? —preguntó ella.
—No es ardor.
—¿Entonces qué?
—No sé, ma.
Elena siguió limpiando. La herida ya no sangraba, pero ella seguía pasando la tela húmeda por la piel morena. Subía y bajaba. Subía y bajaba. En algún momento, sus dedos rozaron los huevos de Leo, y él aspiró hondo.
—Mami —dijo, y su voz se había vuelto más grave—, ya está limpio.
—¿Seguro?
—Seguro.
Elena dejó la remera a un lado. Pero no se incorporó. Se quedó arrodillada frente a él, con la cara a la altura de su sexo. Su respiración le calentaba los muslos. Podía ver cómo el pene de Leo comenzaba a endurecerse, cómo la cabeza se iba descubriendo, cómo una gotita de líquido aparecía en la hendidura.
No se movió. Sintió que se le llenaba la boca de saliva. Sintió cómo la humedad de su sexo se transfería a la piel de sus piernas. Quería tocarlo. Quería agarrarle la verga con la mano, envolverla con los dedos, sentir ese calor, esa turgencia, esa piel estirada que latía. Quería llevársela a la boca y chuparla, tragar ese líquido que ahora brotaba de la punta, que sabría a río y a adolescencia.
—Ya está, mami —dijo él, después de un silencio largo.
Elena levantó la cabeza. Lo miró a los ojos. Sus ojos negros, grandes, donde ya no había rastro del niño que había sido. Pero en ese momento, mientras ella le sostenía la mirada, su pene siguió endureciéndose hasta quedar completamente erecto, apuntando hacia su costado.
—Si, ya te curé —dijo ella.
Se quedaron así un rato. Ella arrodillada, las manos apoyadas en los muslos, la cara a la altura del sexo de su hijo. Él sentado contra la pared, la espalda recta, la verga erecta temblando en el aire caliente. Cada tanto, el bebé pateaba adentro, y ella sentía el golpe seco contra las costillas.
—Mami —dijo Leo al rato, con esa voz más grave que todavía la sorprendía—, ¿te puedo pedir una cosa?
—Depende.
—¿Te acordás cuando era chiquito y me dabas besos?
Elena sintió que el mundo se le caía encima.
—Me acuerdo.
—¿En todas partes?
—En todas.
—¿También ahí?
Leo no señaló. No hacía falta. Elena sabía perfectamente a qué se refería. Sus ojos bajaron a esa verga erecta, gruesa, que apuntaba hacia la panza de ella y temblaba con cada latido.
—También —dijo, y su voz salió ronca, casi inaudible.
—¿Y por qué dejaste?
—Porque creciste. Porque los niños grandes no reciben besos ahí.
—Me parece injusto.
Elena miró la verga de su hijo. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba, el olor fuerte, adolescente, que se mezclaba con el sudor de su propio cuerpo embarazado. Un hilillo transparente le escurría por la cabeza, bajaba por la piel tensa y se perdía en los testículos, que ya no eran chiquitos ni arrugados sino pesados, llenos.
—Me parece injusto— repitió— y te digo porque… pensé que me ibas a curar la lastimadura con besos.
Leo sonrió. Era una sonrisa pícara, traviesa, pero también tierna. La misma sonrisa que tenía a los cinco años.
—Ahhhh, entiendo… ¿Y no te duele nada más?— preguntó Elena.
—Acá. —Se llevó la mano al pecho, justo donde latía el corazón—. Adentro. Un poco.
Elena lo miró un momento. Soltó una de las manos del muslo de Leo y la llevó a la nuca de su hijo. Los dedos se enredaron en ese pelo oscuro, revuelto, lleno de tierra. Lo atrajo hacia adelante con cuidado de no perder el equilibrio, esquivando la panza que se interponía entre los dos como un mundo. Apoyó los labios en su pecho, justo donde él había señalado. Lo besó. Un beso suave, prolongado, húmedo. La lengua asomó apenas, rozando la piel salada.
Sintió el corazón de Leo latir bajo sus labios. Rápido. Joven. Vivo.
Sintió también la punta de la verga de su hijo rozarle la panza. Apenas. Un contacto mínimo que a Elena le recorrió la columna como un calambre. No se apartó.
—¿Ya se te pasó? —preguntó contra su pecho, con los ojos cerrados.
—Casi.
—¿Casi?
—Falta otro lado.
Elena abrió los ojos. Levantó la cabeza y lo miró. Leo sostenía su mirada con esa naturalidad que a ella siempre la desarmaba. No había malicia. No había cálculo. Solo el deseo simple y directo de un muchacho que la pasaba bien con su mamá.
—¿Cuál? —preguntó Elena, aunque ya lo sabía.
—Acá abajo —dijo Leo, y esta vez sí señaló. No con el dedo, sino con la mano entera, que se posó sobre su propia verga, rodeándola apenas, apenas, como si no se animara a tomarla del todo—. Acá también me duele. Y no sé por qué.
Elena bajó la vista. La verga de Leo palpitaba bajo esa mano que todavía no sabía agarrarla. El hilillo transparente seguía escurriendo, formando un hilo brillante que llegaba hasta el banquito de tierra. La cabeza, gruesa y rojiza, asomaba entre los dedos, húmeda, caliente.
—Es normal —dijo Elena, y no supo si estaba consolando a su hijo o justificándose a sí misma—. Cuando se pone así, es lógico que duela un poco.
—¿Entonces? —dijo Leo.
—¿Entonces qué?.
—¿Entonces me das?
Elena no respondió con palabras. Soltó la otra mano del muslo de Leo, se inclinó hacia delante tanto como la panza se lo permitía, y acercó la cara a la verga de su hijo. El olor era intenso. A virilidad recién estrenada. A sudor limpio.
Le dio un beso. Un solo beso, de labios cerrados, sobre la punta mojada. Un beso breve, casi casto.
Pero suficiente.
Leo emitió un sonido, algo entre un suspiro y un quejido, y su mano subió hasta el hombro de Elena, aferrándose.
—Mami…
—Chist.
Le dio otro beso. Más largo. La boca apenas entreabierta dejó que la punta se apoyara apenas adentro, sin chupar, sin mover, apenas sostenida. La lengua de Elena rozó la ranura, probó la sal de ese líquido transparente que no era semen todavía pero ya sabía igual, y cerró los ojos.
El bebé pateó adentro. Fuerte. Tan fuerte que Elena sintió el golpe en el diafragma y tuvo que apartarse, jadeando, con la boca todavía brillante.
—Se movió —dijo, y se rió bajito, con los ojos húmedos—.
Leo bajó la mirada a la panza. La verga seguía erecta, latiendo, mojada de precum y un poco de saliva. Apoyó una mano sobre la panza. La palma caliente, abierta, sobre la piel estirada. Adentro, el bebé se acomodó con un movimiento lento, como si buscara el calor de esa mano que venía de afuera.
—Mami —dijo, todavía con la mano apoyada—, el bebé se movió de nuevo.
—Sí —dijo Elena, y puso su mano sobre la de él—. Siempre se mueve cuando estoy contenta.
Se quedaron así los tres: la mano de Elena sobre la mano de Leo sobre la panza, y adentro el bebé que se acomodaba despacio, como buscando el calor de esas dos palmas superpuestas. El momento de urgencia había pasado. Ahora era otra cosa: una calma densa, una intimidad sin nombre.
El Edén, una vez más, los envolvía en su silencio.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!