APRENDI LA INTIMIDAD SEXUAL CON MI MADRE
Como hijo único fui muy consentido particularmente por parte de mi madre y una costumbre desde niño fue pasarme en las mañanas a la cama de mis padres y cuando por sus constantes viajes mi padre no estaba, a veces pasaba toda la noche con mi madre. Esta costumbre perduró hasta adolescente.
Como hijo único fui muy consentido particularmente por parte de mi madre y una costumbre desde niño fue pasarme en las mañanas a la cama de mis padres y cuando por sus constantes viajes mi padre no estaba, a veces pasaba toda la noche con mi madre.
Esta costumbre perduró hasta adolescente, cuando comenzaron a llegar nuevas inquietudes que me motivaban a pasarme a la cama de mi madre. La experiencia que trato de compartir comenzó en mi adolescencia, especialmente cuando se marchaba mi padre a sus constantes viajes. Yo me pasaba a la cama de mi madre y ella me recibía con gran alborozo.
En invierno, me acostaba muy pegado a ella, hasta que entraba en calor y a pesar de mi edad, aún jugaba con mi madre como lo hacía de niño, nos hacíamos cosquillas, luchas cuerpo a cuerpo, etc., aunque también dedicábamos largos ratos a conversar de nuestras cosas. Yo comenzaba a despertar al mundo del sexo y eso me llamaba mucho la atención.
Cuando a veces en la cama estábamos entretenidos viendo televisión, si salía alguna chica en paños menores o alguna escena de cierto contenido sexual, mi madre y yo nos lanzábamos miradas de complicidad y siempre le preguntaba qué es lo que hacían, y ella tratando de evadir la respuesta me decía… «ya lo sabrás cuando seas mayor».
Entre juegos, yo trataba de insistir que me lo explicase, a pesar que ya conocía muchas cosas entrando a internet, pero ella siempre eludía cualquier respuesta comprometedora.
Cuando jugábamos, yo propiciaba las peleas que nos ponían más en contacto total, sobre todo cuando notaba que ella llevaba solo el camisón y braga. En otras ocasiones, cuando llevaba pijama de pantalón, no me interesaban estos juegos y creo que ella lo notó, por eso raramente se ponía pijama.
También yo trataba de vestirme con pijamas de cierta elasticidad y de reducidas dimensiones, obviando ropa interior alguna; solía ponerme un pantalón bastante holgado y corto, lo que provocaba que cuando me giraba, quedasen al descubierto parte de mis genitales, aunque yo procuraba no mostrar inquietud de ello y mi madre tampoco debía percibirlo en muchas ocasiones, pues estábamos cubiertos por las frazadas.
En la parte superior me solía poner una camiseta sin mangas que terminaba quitándome con la excusa que estaba acalorado. Mi madre siempre lo aceptaba. Esta ropa que nos poníamos facilitaba algunos contactos íntimos, especialmente de nuestros órganos sexuales, y que yo buscaba intencionadamente.
Mi madre, con sus reducidos camisones, prácticamente quedaba en bragas en la cama en cuanto nuestros juegos provocaban los habituales revolcones.
Algunas veces se ponía tangas que apenas cubrían por delante su concha y por detrás una cinta que se unía a la cintura en un minúsculo triángulo.
En cuanto se daba dos vueltas jugando conmigo en la cama, el camisón se le subía por encima de la cintura y mis genitales se me salían del pantalón, aprovechando esto para propiciar durante los juegos que supusiesen contactos involuntarios. Como ya tenía bastante fuerza con facilidad me lograba subir sobre ella sujetándola por las muñecas para inmovilizarla, y riendo decía que me quitase de encima, sin desearlo en verdad, porque no hacia ningún esfuerzo por lograrlo. Yo mantenía esa posición y con una apariencia de descuido, le acercaba mi pene, erecto, a su tanga, que frotaba con la excusa de un forcejeo que ninguno hacía realmente.
Todo esto transcurría en un aparente juego inocente que no pasaba de ahí. A veces yo no controlaba mis movimientos de caderas, que se hacían excesivamente pronunciados en el roce de mis partes íntimas contra las suyas. Y cuando notaba que mi madre hacía un gesto, corregía inmediatamente, porque ella con un movimiento de evasión mostraba que se encontraba tratando de evitar ese contacto. En otras ocasiones, era ella la que comenzaba haciéndome cosquillas por todo el cuerpo, tocando, más voluntariamente que por descuido, mi pene erguido.
En esas ocasiones solo decía, riendo a carcajadas:» Uy, ¡perdona!, ha sido sin querer». Yo, le devolvía el gesto en sus partes íntimas y también lo tomábamos a broma, lo cual propiciaba que, de vez en cuando, yo lograse tocar su concha, pero eso sí, siempre por encima de la tanga.
En otras ocasiones, era ella la que me «inmovilizaba» por las muñecas subida sobre mí, a modo de montura de caballo, siendo en estas ocasiones cuando yo me excitaba más.
Ella se colocaba de modo que su sexo se apoyaba sobre mi pene, cubierto en ocasiones y a veces fuera del pantalón por el forcejeo, y yo notaba el calor intenso que me transmitía y ella cuando notaba que yo alcanzaba algo más que un pequeño placer, suspendía el juego.
Otras veces, por el contrario, continuaba jugando hasta que veía que me ponía al borde de correrme y siempre sabía cuál era ese momento-, para suspender el juego.
Un buen día, sin darse ella cuenta, realmente, se le soltó algo que mantenía la tanga en su lugar dejando sus genitales al aire.
A decir verdad, yo al principio no lo había notado, pues estábamos jugando a tope haciéndonos cosquillas y en esta ocasión, provoqué de nuevo, -como hacía frecuentemente-, el que mi pene quedara descubierto, dejándome caer debajo de ella, sometido por su fuerza.
Como era lo previsto y habíamos hecho antes numerosas veces, ella se subió sobre mí sin percibir que sus partes más íntimas estaban al descubierto y en cuanto pasó la pierna sobre mi cuerpo y se subió sobre mí, nuestros sexos quedaron en total contacto, aunque no hubo ocasión de penetrarla pues no coincidieron exactamente en ese salto y ella cuando miró hacia abajo comprendió lo que había ocurrido, levantándose y aún de rodillas sobre mí pene erecto apuntándole amenazantemente a su concha, se acomodó su tanga, diciendo, para salir del apuro: ¡Caray, me estoy quedando desnuda sin darme cuenta!. Por cierto, tú también tienes todo al aire y no me había dado cuenta, comentó ella.
Yo me cubrí, pero no pude evitar ver su hermosa concha totalmente depilada apreciando sus labios sonrosados.
Me pareció notar su concha brillante lubricada y de hecho sobre mi pene había una humedad que debía proceder de ella. Era la primera vez que había visto y sentido directamente la concha de mi madre y mi agitación fue más que evidente. Ella, también se estremeció y yo lo noté.
A partir de ese momento todo habría de ser distinto, pues ella se dio por enterada de mi virilidad y de la diferencia de sexos entre ambos.
Vio que yo ya era un hombre y ella, aunque fuese mi madre, era una mujer con muchas debilidades y supongo comprendió que debería mostrarse más recatada en lo sucesivo, aunque yo fuera su hijo.
Posteriormente, cuando ella, entendía que habíamos llegado al límite, con una mueca de autoridad paraba el juego y me obligaba a dejarla libre. Se arreglaba el camisón y al momento se levantaba hacia el baño.
Yo no comprendía algunas veces este repentino cambio de actitud y lo achacaba a que ella, como yo, habíamos alcanzado un nivel de excitación que podría ser difícil de controlar si no parábamos en ese momento.
Cuando ella se marchaba sabiendo que tardaría en volver, aprovechaba para masturbarme, lo cual lograba en escasos segundos, pues el calentón que tenía acumulado favorecía correrme rápido.
Siempre solía tener mi madre kleenex sobre su mesita, yo me secaba y escondía los restos para llevarlos luego a mi baño.
Así pasamos las primeras jornadas de aquel verano, hasta que, después de unos días se nos fue pasando el susto y comenzamos a relajarnos algo más, volviendo en poco tiempo a disfrutar de nuevo de la libertad, confianza y total intimidad, sobre todo después de habernos visto nuestros genitales, perdiendo casi totalmente la vergüenza, así es que ya nos atrevíamos a hablar abiertamente de nuestros sexos, nuestros deseos, nuestras fantasías, etc., aunque he de decir que, desde aquel día, mi madre volvió a ponerse la braga convencional, es decir, la que llega hasta la cintura, ceñida, de textura gruesa y muy pudorosa. También había comenzado a usar sujetador. No obstante, nuestra intimidad había aumentado, aunque con mayores precauciones por parte de ella.
Ella me pidió total confidencialidad del tema. Yo le aseguré que, aunque no tuviese importancia ese pequeño accidente que sufrimos de quedarnos desnudos, no se lo diría a nadie.
Un día y ya con nuestras inhibiciones superadas, le estaba aplicando el bronceador en la terraza y en tono de broma, le toqué sus pechos, a lo que no se opuso y sus muslos, hasta su entrepierna, ofreciendo una simulada resistencia; en esos momentos observé que levantaba la cabeza para ver si alguien nos podía ver.
Si no veía a nadie, simplemente me decía que no fuese atrevido y que le aplicase bien el bronceador. Yo no solía hacer caso y, pasado un rato, ella dejaba que la tocase, incluso abriendo ligeramente las piernas para favorecer mis manoseos. En estos casos, se volvía boca abajo para que no fuese tan evidente la zona que le manoseaba.
Cuando le tocaba a ella aplicarme la crema en la piscina, yo tomaba igualmente la posición de boca abajo y ella hacía lo propio conmigo.
En una ocasión, estando en casa jugueteando, llegó a manosearme tanto, que provocó que me corriese, soltando ella una carcajada sonora. Yo enmudecí de vergüenza y bajé la cara para que no notase mi turbación. No sabía que hacer, pues estaba mojado completamente mi pantaloneta. Ella reía y de repente me dijo: «Me alegro, ahora estamos a la par. Yo sorprendido, levanté la cara y la miré en sus partes íntimas, pues estaba sentada junto a mí en posición india y vi, efectivamente, que tenía su tanga igualmente mojada.
Al notar mi cara llena de curiosidad, me explicó que a las mujeres también les pasaba algo parecido a los hombres y cuando alcanzaban una excitación alta, les bajaba el «flujo vaginal» para favorecer la penetración del pene del hombre.
Yo me quedé de una pieza, pues nunca había hablado con esa claridad conmigo.
Me explicó que yo había alcanzado el clímax y que lo que había mojado mi pantaloneta, era mi semen, pero en su caso era distinto porque aún no había alcanzado el orgasmo.
No sabía si era una invitación a que yo continuase en mi labor de manoseo, así es que le dije que si quería tumbarse le daría un masaje. Esta vez estaba decidido a que el masaje no fuese un jugueteo inocente.
Ella declinó mi oferta y se levantó, dirigiéndose al baño. Yo me levanté también, para ir a cambiarme.
Desde su habitación, mi madre me dijo que me cambiase y que me pusiese un bóxer o algo así, pues en casa no me veía nadie.
Sospechando que mi mama me preparaba alguna sorpresa, obedecí y salí a la terraza y me tumbé al sol. Al poco tiempo salió ella, que se había cambiado poniéndose una tanga roja muy pequeña y el sujetador que apenas le cubría los pezones. Me preguntó si me gustaba su nuevo conjunto y yo de inmediato le respondí que se veía muy hermosa.
¡Se tumbó sobre piso, a mi lado… y se quitó el sujetador! Me preguntó… si me daba pena verla así, le respondí… para nada, todo lo contrario, me fascina admirar tu cuerpo y como ya nos habíamos visto todo, no creía que tuviese que esconderse de mí.
Me di cuenta que ella miraba sonriendo mi entrepierna, y es que el bóxer, elegido a propósito pequeño y por su material dejaba traslucir y mostrar asomándose en la parte superior, una parte de mi pene en erección. Me avergoncé y me di la vuelta boca abajo.
Mi madre me dijo que lo que había dicho sobre la comodidad en casa me era aplicable a mí también y que, en mi caso, ella ya me había visto desnudo muchas veces, así es que podía quitarme el bóxer si quería.
Yo le contesté que ella debía hacer lo mismo con su tanga y acepté desnudarme.
Ella indicó que su cuerpo estaba tan solo cubierto por una delgada cinta en la cintura y otra que le pasaba por el trasero, uniéndose con la anterior de la tanga por demás muy pequeña.
Me dijo, que, si seguía dispuesto a darle ese masaje y rápidamente, me levanté, me puse a su lado y comencé a darle el masaje empezando por las piernas, pues de aquella forma, me resultaba más fácil tocar disimuladamente sus partes íntimas.
Pronto fue aumentando mi deseo y pasión, a la vez que mi pene adquiría proporciones desconocidas. Ya le daba el masaje directamente en el trasero y con los dedos, me acercaba cada vez más a su concha. Estaba prácticamente al descubierto, pues desde detrás, apenas la tela cubría ligeramente su concha.
Ella lo notó y se levantaba ligeramente para favorecer mis manoseos, ya descaradamente centrados en su concha, la cual sentía ardiente y húmeda; ella comenzó a jadear suavemente y a emitir gemidos de placer. Yo me animé y con una mano masajeaba su concha y con la otra mi pene.
Me pidió que no fuese tan deprisa y que, subido sobre ella, le diese un masaje en la espalda. Me subí en el acto y aproveché para situar mi pene lo más cerca posible de su concha, maniobra que ella también me favoreció, dejándome sin aliento y con el corazón a cien por hora, al separar sus piernas.
Yo, evidentemente, ni daba masaje ni nada, simplemente frotaba mis manos, sin control alguno, sobre su espalda y me dedicaba a situar mi pene entre sus piernas y rozarlo contra su diminuta tanga.
Ambos disfrutamos el momento y yo no quise ni siquiera mover la cinta que le cubría el trasero, así es que me contenté con frotar y frotar sintiendo en mi pene todo el calor que desprendía su concha, que se humedecía a gusto.
Ella sincronizó mis movimientos con los suyos, de modo que cuando yo embestía, ella levantaba ligeramente su cadera para que mi pene llegase al centro de su placer, eso sí, con la tanga de por medio.
Ella empezó a acelerar los movimientos con los míos y minutos después me estaba corriendo entre sus piernas mojándole la braga, las piernas y el trasero, con un chorro interminable de semen. Ella se siguió agitando y creo que también alcanzó su orgasmo, a juzgar por los gemidos largos de placer que soltó.
Me quedé sobre ella unos minutos y me dejó recostar sobre su espalda, volviendo hacía mí su cara, me preguntó: «¿Qué tal? ¿Te has corrido bien?». Yo un poco asombrado de la claridad del lenguaje de mi madre y de la sorpresa, le contesté que sí y le pregunté si ella también lo había disfrutado. Me respondió que había disfrutado su orgasmo maravillosamente.
Sonreí y me alegré, pues parecía el inicio de algo más y me atraía enormemente la idea de poder participar con mi madre, con toda comodidad en casa, de estos juegos eróticos que pensé se prolongarían en lo sucesivo.
Ahora, en realidad, lo que me apetecía era meter mi verga en su concha hasta el fondo, pero a eso mi madre parecía no estar dispuesta. No sabía que pensar, sobre todo en lo que respectaba a mi padre… ¿Qué pensaría mi madre del tema?
En este momento me pidió que me bajara y se dio la vuelta, mostrando sus pechos erectos con unos hermosos pezones rosados que no pude evitar acariciar, aceptado por ella con una sonrisa.
También le vi la zona de su concha completamente mojada con mi semen, rodando por la entrepierna. La tanga, desplazada con los movimientos, se le había subido ligeramente, lo suficiente para que, por la parte baja, apreciara perfectamente la parte inferior de sus labios mayores, sonrosados cubiertos de mi semen.
Mirándose ella me dijo: «¡Anda, como me has puesto! ¡Y eso que te habías corrido hacía un momento!
No entendía como tenía tanto semen en mi interior y, lo que, es más, me asombraba de donde había sacado tanta energía.
Ella se levantó y entró a la casa, supuse que a limpiarse y yo hice lo propio tras ella, completamente desnudo y aun goteando mi pene. Vi la puerta del baño abierta y entré, sorprendiendo a mi madre sentada en el bidé lavándose con jabón.
Me dijo que esperase un poco y que ella misma me limpiaría. Yo entendí que saliese del baño, pero ella me retuvo y yo esperé un momento.
Cuando ella terminó, sin ponerse nada, me sentó en el bidé y de rodillas junto a mí, comenzó a lavarme con sus manos mi pene. Aquello volvía a recuperar fuerzas y nuevamente mi pene se levantaba atendiendo al estímulo.
Mi madre reía y se alegraba de ver mi energía diciéndome que tendría que guardar para otra ocasión. Aquí quedó este día, pues la hora de regreso de mi padre se acercaba y mi madre, que había pasado todo el día «jugueteando» conmigo, -o más bien con mi pene-, me dijo que fuera allí cerca a comprar unas cosas mientras ella preparaba la comida.
Cuando regresé del encargo, mi padre ya había llegado y mi madre, sonriente y complaciente, le había preparado un refresco como a él le gustaba y le estaba sirviendo la comida… Al encontrarme con la mirada de mi madre, ella comentó:
«Hay que ver qué responsable se ha vuelto nuestro hijo; se ha pasado la mañana haciendo deporte y leyendo. Se ha hecho un hombre sin darnos cuenta, no te parece, ¿querido?» Mi padre asintió con satisfacción, diciendo: «Espero que el curso próximo te salga como este pasado, así podrás estar todo el verano libre. ¿Haciendo en casa lo que me apetezca? Pensando lo inocente que se encontraba mi padre de lo que habíamos estado haciendo con mi madre. Por supuesto él me respondió.
Esa noche soñé que mi padre nos había sorprendido a mi madre y a mi haciendo el amor y nos disparaba con una escopeta de caza, pero mi madre reía y no nos daba, en fin, una pesadilla que me hizo comprender lo cuestionable que era aquello que estábamos haciendo.
Por la mañana mi madre vino a despertarme hacia las 7.30 h., metiéndose en mi cama, la verdad es que estábamos algo apretados, pero le hice sitio. Yo dormía en bóxer y mi madre se presentó con su camisón corto. no sabía si debajo llevaba algo.
Comprendí de inmediato que un nuevo día de pasión me esperaba. Yo la abracé y enseguida noté mi pene buscando el agujero y mi madre me dijo: «Sabes? ¡Me ha dicho tu padre que se va de caza todo el fin de semana, así que tenemos desde hoy, viernes, hasta el domingo por la noche que regrese!
Lo vamos a pasar en grande practicando el sexo; ¿te apetece?» Yo me llevé un sobresalto al recordar el sueño. Pensé: ¿Y si regresa de improviso y nos sorprende con nuestros jugueteos que va a pasar?
No le dije nada a mi mamá, pues estaba ya como una moto a mil por hora. Le pregunté que a qué se refería con eso de practicando el sexo y ella me dijo que, si ya había olvidado lo de ayer, a lo que contesté que no.
Pregunté si podríamos hacer algo más. Me dijo: «¿No recuerdas ayer lo bien que lo pasamos sin llegar a la penetración? Pues así lo haremos hoy también.
Por este agujero no ha pasado nadie todavía que no sea tu padre por eso no te permitiré entrar. Eso me parece correcto éticamente. ¿De acuerdo?» Contesté que sí pensando si mi negativa me llevaría a suspender la jornada prevista.
Ella volvió al asunto diciéndome: «¿No volverás a insistir, de acuerdo? Ya te avisaré yo sí cambio de opinión. ¿Conforme?» Volví a asentir y le pregunté si podía quitarme al menos, el bóxer, autorizándome ella con un gesto afirmativo. Yo me los quité y una vez liberado de ataduras, me subí sobre ella y tanteando, comprobé que tenía puestas sus bragas.
Me advirtió otra vez mas que tuviese cuidado con lo que hacía y me dijo que tenía todo, todo, autorizado, menos meter mi delicioso pene en su agujerito.
Yo, me monté sobre ella chupándole los pezones y frotando mi pene sobre su braga, en esta ocasión una braga pequeña, más elástica, con lo que mi pene encontraba sin dificultad su agujerito ardiente y mojado, más que húmedo, en donde se centraba mi esfuerzo taladrador.
Así estuvimos, fornicando, un buen rato, a pesar que yo me corrí muy pronto, pero mi madre insistió en seguir así facilitando mi pseudo-penetración. La verdad es que el material elástico de la braga era a propósito para esta actividad, pues permitía que el glande de mi pene se introdujese casi en su totalidad en su concha.
Cuando noté que ella estaba disfrutando su orgasmo, yo comencé a disminuir mis embestidas y a besar cariñosamente a mi madre en la boca, algo que hacíamos por primera vez.
Ella participó de esta iniciativa y nos fundimos en un abrazo tierno, placentero y muy erótico, pues estábamos prácticamente desnudos.
Cuando me pidió que me desmontara, me arrodillé entre sus piernas y pude ver que tenía la braga totalmente metida en su concha a causa de mis embestidas, hasta el punto de desaparecer en su interior un trozo de la tela, mostrando su concha y en esta ocasión el semen y su flujo vaginal, habían quedado en el interior de ella, que se encontraba boca arriba con los ojos cerrados sin decir nada.
Yo le pedí que levantase un poco las caderas, para colocarle la braga y le saqué del interior de su vagina toda la parte baja, comprobando que, en efecto, estaba chorreando y la fina tela, sin forro interior protector como suele ser habitual en esta zona de la ropa interior, completamente arrugada.
Yo seguía ardiendo de deseo y aprovechando el momento de debilidad de mi madre, no quise desaprovechar la ocasión, por lo que le pedí que se bajase ligeramente las bragas para favorecer una mayor introducción de mi pene, pues me apetecía repetir la experiencia; ella, sonriendo dijo que también le apetecía, por lo que levantando ligeramente sus caderas, permitió que le bajase las bragas cuatro o cinco dedos, lo que permitió un sobrante mayor de tela y mi penetración ahora fue más profunda, con este margen, la braga chorreando y arrugada completamente, no sé muy bien si la llegué a colocar bien o no sobre la concha de mi mamá, pues mi nerviosismo me impedía controlar la precisión de mis movimientos.
Traté, no obstante, de situar la braga recogiendo mi glande, algo difícil, pues la braga era muy pequeña en esa zona y mi pene demasiado grande aún, por lo que cuando me volví a situar sobre mi madre, que aún no había terminado de gozar el orgasmo, creo que se llegó a desplazar la braga hacia un lado y mi verga entró directamente en su concha, lo que nos produjo a ambos un suspiro seguido de una larga expresión de gusto.
Mi madre solo acertó a preguntar «¿Seguro hijo, que has colocado bien la braga?» yo contesté entrecortadamente:
«Totalmente seguro, mamá.
Por favor, házmelo muy bien, ¿¿¿vale???»
«Descuida hijo, que será nuestro mejor polvo» y comenzamos a follar de nuevo, aunque con una lentitud que aseguraba un larguísimo polvo y un inolvidable orgasmo, como así fue realmente. Creo que debió durar, en esta segunda ocasión, algo más de cuarenta minutos, en medio de caricias y besos eróticos prolongados.
Tras escuchar el orgasmo más intenso de mi madre, al tiempo que disfruté una corrida fenomenal me incorporé y comprobé que la braga se había desplazado lateralmente y habíamos consumado una penetración total, pero yo no le dije nada a mi madre, ni ella preguntó.
Solo me dijo que se la quitara para no sentir humedad y me confesó que, aunque no había sido una experiencia completa, ella lo había pasado de maravilla y me preguntó si yo también lo había gozado. Le confesé que más aún que ella, pero que me dolía el pene por el rozamiento de la tela de la braga.
Me dijo que había elegido esa braga por su suavidad, elasticidad y finura transparente y que le había quitado, incluso, el protector interior que llevaba, para hacer aún más directo el contacto entre nuestros sexos y simular mejor un coito completo, algo que le parecía que realmente habíamos logrado, pues mi penetración había sido bastante profunda, aunque no total, como nos hubiese gustado a ambos, pero que eso era todo lo que estaba dispuesta a concederme. Yo callé. No obstante, y en consideración al estado enrojecido de mi glande, que ella observó meticulosamente, estudiaría algo menos agresivo, incluso también por ella, que la tela, en su interior, también le había causado molestias y empobrecido el orgasmo.
Nos levantamos a desayunar y duchar y yo esperaba ansioso el segundo tiempo de este largo día que seria, a su vez, preludio de los dos siguientes.
Por supuesto, le dejé la iniciativa a mi madre que, sin recoger la mesa, fuéramos a su dormitorio. Podrían ser las 9.00h. aprox., y yo ya me encontraba preparado para afrontar el segundo asalto. Por lo que aprecié, mi madre estaba más deseosa que yo.
Cuando llegamos a la habitación, me dijo que me desnudase y ella hizo lo propio. Yo me ilusioné pensando en lo mejor, pero mi madre ya había encontrado solución alternativa.
Sin darme tiempo a reaccionar, me tumbó sobre la cama y se dirigió a mi pene a comprobar su estado, el cual le pareció satisfactorio y le dio un tierno beso, comenzando a chupar a continuación, lo que me dejó desconcertado.
El gusto que me daba ante la sensibilidad especial de mi glande, era extraordinario, así es que me dejé llevar y me relajé totalmente.
Ella se fue animando y situándose convenientemente, abrió sus piernas sobre mi cara, acercando su vagina a mi boca y, sin llegar a decir nada, en un momento yo me encontraba lamiendo su concha y notando su sabor exquisito y su calor ardiente en mi lengua, traté de introducirla hasta el máximo posible.
Ella, sin perder el ritmo de mis caricias con la lengua y labios en su clítoris, facilitaba la suya y pronto comenzamos a notar esa subida del gusto preludio del orgasmo. Mi madre, para no precipitar la sesión y prolongarla en lo posible, se dio la vuelta hacia mí y me dejó reducida a la mitad mi excitación.
Ella se subió sobre mí y se frotó mi pene por su concha, jugueteando en la puerta, pero sin permitir ni un milímetro de penetración, a pesar de mis deseos.
Solo pretendía estimular su clítoris con mi pene. Cuando mi verga alcanzó nuevamente dureza con brillo, se volvió a dar vuelta y nuevamente comenzamos la labor del sesenta y nueve a placer total.
Yo debía hacerlo bien, pues mi madre parecía enloquecer y sus gemidos y frotamientos, no dejaban lugar a dudas que estaba excitada a tope disfrutando su orgasmo, noté un flujo suave caer sobre mi boca y yo al alcanzar el clímax por las caricias de mi madre con su boca expulsé toda mi carga de semen que ella succionó sin dejar perder una gota. Caímos desvanecidos sobre la cama.
En esta ocasión el orgasmo había sido perfecto y muy intenso, sin interferencias. Ella se puso a mi lado y descansamos abrazados y desnudos un largo rato en la cama.
Yo le comenté a ella que mi pene no resistiría otra corrida como la primera, pues me dolía al frotarlo con su braga, por lo que tendríamos que inventar algo nuevo. Me pidió calma y nos levantamos.
Tras realizar mi madre algunas faenas domésticas y yo organizar un poco mi habitación, ella me pidió que saliésemos a comprar algo para no tener que guisar y perder el tiempo… Yo me asombré, pues si con tres días por delante y al ritmo que llevábamos, habríamos de terminar exhaustos, pero no hice ningún comentario.
A nuestro regreso y tras comprar algo de comer y unos aperitivos para tomar en casa, mi madre se vistió de gala para la siguiente faena, luciendo una ropa interior negra de encajes que dejaban traslucir lo que ya tenía tan visto y lamido, pidiéndome que yo me quedase en bóxer. Así lo hicimos y nos fuimos al salón, en donde mi madre puso música y me pidió bailar con ella, luego nos sentamos a comer una pizza que habíamos comprado.
Terminamos de saciar el apetito y mi madre me tendió los brazos para que me acercase al sofá donde estaba ella.
Yo obedecí. De pie junto a ella, me quitó suavemente el bóxer y paso su lengua por mi pene, comprobando que aún estaba enrojecido. Me dijo que tuviera paciencia y que ahora la desnudase a ella totalmente.
Tuve algo de dificultad para soltar el liguero, las medias, el sujetador y cuando llegué a la braga, nuevamente me pidió dejarla como estaba, porque era un fetiche que tenía de que, si me dejaba penetrarla desnuda, le parecería estar ofendiendo y engañando a su esposo.
Yo le recordé mi estado y que el encaje de la braga sería aún peor que antes, pero me aseguró que ya lo tenía todo solucionado.
Así, en bragas, me dijo que me reclinara en el sofá y se subió sobre mí sujetando mi pene llevándolo directamente hacia su sexo. En esta posición sentí que la cabeza de mi verga estaba entrando a la concha de mi madre, pero luego ella la sacaba, así una y otra vez y este roce a los dos nos fue excitando y comencé a escuchar gemidos de ella, con ojos cerrados y dejando salir palabras sueltas como… hummmm, que rico, aigghhh, aigghhh y de pronto mi pene penetro totalmente su concha, como si no tuviera su braga
Ella riendo, me dijo: «No, no es magia, es que le he hecho un corte a la braga para que podamos follar sin ningún obstáculo, y yo con mi braga puesta, tengo la sensación que se trata de un juego, como las veces anteriores.
Me alegre mucho, por fin estaba fornicando con mi madre y el placer que estaba sintiendo me enloquecía. Su concha, caliente como un horno delicioso, recibía y frotaba mi verga con movimientos perfectamente sincronizados; así estuvimos cinco o diez minutos, y cuando me iba a correr, ella se levantó para cambiar de posición.
Se puso en el sofá en cuatro y yo de pie la penetre desde atrás. La tomé de las caderas para acercarla y separarla sincronizadamente de mi cuerpo y cuando tomamos ritmo, con mis manos comencé con una a frotar uno de sus pezones endurecidos y con la otra a acariciar su concha y con esto ella empezó a gemir enloquecida diciendo «¡Ay! ¡Que placer estoy sintiendo! ¡Oh! ¡Ah! Así, así, mi amor, más despacio, o nos vamos a correr muy pronto… aghhh, y quiero disfrutar más tiempo tu verga dentro de mí y al final llenes mi concha con tu semen, cuando alcancemos el clímax total de placer.
Yo apretaba mis dientes en una expresión orgásmica y mi madre repentinamente nuevamente se detuvo para cambiar de posición, se acostó boca arriba y separando sus piernas me invitó a penetrarla de frente, diciendo: «Termina de hacerme gozar así que, aunque digan que este es el ‘polvo del obrero’, es el que más me gusta, porqué puedo ver tu cara de deseo y compartir besos eróticos. esto lo decía en medio de jadeos y suspiros propios de su cercano orgasmo.
Yo me acomodé sobre ella y la penetré sin llegar a tocar fondo; ella cruzó sus piernas alrededor de mi cintura limitando mis movimientos solo a los que ella deseaba y decidí dejarme llevar.
Ella una verdadera artista, movía los músculos del interior de su concha expandiéndose y contrayéndose rítmicamente, excitándome más de lo que ya estaba.
Comencé a dejar salir suaves gemidos y le decía: «No aguanto más; me voy a correr» Y ella pidió… «No, mi amor, todavía no, por favor. Aguanta un poco más» Le respondí… «No creo que pueda aguantar, estoy al límite.»
Ella me apretó fuertemente y pasados unos segundos los justos para que ella alcanzara su orgasmo, me corrí coincidiendo en el disfrute del placer.
Ambos gemíamos y nos retorcíamos como locos en unos movimientos espasmódicos. Los gemidos fueron bajando de volumen y los movimientos también, quedando finalmente los dos completamente exhaustos, aunque seguimos moviéndonos entrando y saliendo mi verga de su concha.
Noté contracciones en el interior de su concha que imaginé eran los espasmos de su orgasmo. Sudamos y nos abrazamos muy fuerte.
Estuvimos besándonos largamente, cruzando nuestras lenguas y sin separarnos durante un buen rato, permanecimos así hasta que yo noté que mi pene, contraído a su flacidez natural, se salió de la concha de mi madre. Note como mi semen comenzó a aflorar de su concha y ella se levantó antes que yo y se fue a duchar, me dijo que después que me duchara me esperaba en su cama para disfrutar una siesta.
Así lo hice y efectivamente mi madre, desnuda aguardó mi llegada.
Yo ya no tenía fuerza y esperaba que no me tentase otra vez, porque pensaba no aguantar otro asalto. Afortunadamente, ella comenzó a hablar y me manifestó que quería ponerme al corriente de sus verdaderas intenciones.
Y comenzó diciendo que mi padre había comenzado hace tiempo a sufrir impotencia, originado en un problema físico irreversible.
Detectado el problema, a partir de ese momento, todo sería distinto, ella podría disfrutar del sexo y compensar la ausencia del mismo durante tanto tiempo y su marido estaría libre de obligaciones conyugales.
Entonces le dije que tener el amante en casa, era una gran oportunidad para que ella disfrutara su fresca juventud de los cuarenta años.
Me preguntó que me parecía eso y le comenté que después de esta última experiencia, ya no deseaba conocer mujer alguna y con ella tenía suficiente. Yo no quería que se preocupara pues yo estaría pendiente de satisfacerla y no deseaba probar con nadie más.
Me alegré de contar con esta gratificante satisfacción sexual y que trataría de aprender todo lo que pudiera para estar a la altura de sus deseos y hacerla feliz.
Ella se rió de mi ocurrencia y sentenció que algún día conocería a otra u otras mujeres que me atraerían y finalmente, elegiría una de ellas para que fuera mi pareja.
Por otra parte, ella iría envejeciendo y yo perdería mi deseo hacia ella. Esto me entristeció, pero ella, para salir del paso me dijo que hasta entonces tendríamos mucho tiempo para disfrutar y saturarnos de sexo.
Le plantee mi inquietud qué pasaría si mi padre se enteraba de lo que estábamos haciendo, entonces ella dijo que no veía dificultad alguna porque él era comprensivo, consciente de su problema y haría lo que fuera para que ella fuera feliz.
Así que, al principio con la tradición de acostarnos juntos, mi madre y yo, en tantas noches, seguramente él no sospecharía nada, no obstante, le hablaría para que yo no me preocupara de nada.
Pasadas unas semanas ella me dijo… tengo algo para contarte… hablé con tu padre y le pregunté como se le ocurría que yo pudiera encontrar la forma de encontrar satisfacción sexual, ¿qué se le ocurría sobre el tema porque estaba muy deseosa de calmar mis deseos sexuales?
Él reconoció que de parte de él era imposible porque su condición física que no le permitía hacer algo en ese sentido, pero no se oponía a que tuviera relaciones con otro hombre.
Después de esa conversación deje pasar un par de semanas y una noche le dije… habrás visto que nuestro hijo ha crecido bastante, ya es todo un hombre y he visto por su actitud que tiene muchos deseos sexuales reprimidos y quisiera orientarlo, pero si en este proceso se presenta algún acercamiento intimo ¿te opondrías?
Su respuesta fue… Noooo, que mejor que estos temas íntimos se manejen en casa y no tengas que recurrir a un extraño, lo que puede traer consecuencias, como problemas de salud o sociales si se divulga en nuestro círculo familiar y de amigos la intimidad tuya con un extraño.
De esto mi padre nunca me mencionó nada, creo que lo admitió sin intervenir en el asunto, por la necesidad de mi madre de fornicar a placer frecuentemente. Teniendo su consentimiento, de allí en adelante ninguno de los dos fuimos muy discretos en los gemidos o quejidos al disfrutar nuestros encuentros, además sabíamos que cuando él se dormía le podía pasar un tren por su lado y no se despertaba, adicionalmente él acepto pasarse a dormir a mi habitación y yo con mi madre, gracias a esto las noches de placer que hemos disfrutado son de envidia.
Por otra parte, he estado investigando en internet temas íntimos de parejas para aplicarlos después con mi madre y a ella le ha gustado quedando muy satisfecha.
Lo último que aplicamos fue hace una semana después de desayunar y habiéndose marchado mi padre al trabajo, ella me propuso bañarnos y desde luego desde el primer momento que la vi desnuda mi verga reacciono con una tremenda erección. Comenzamos, primero ella enjabono cuidadosamente cada rincón de mi cuerpo en especial mis genitales. Luego cambiamos y yo recorrí igualmente todo su cuerpo, embelesándome en sus senos, su concha y sus nalgas, y estando a su espalda acerqué mi cuerpo al de ella y mi verga se acomodó en medio de sus piernas rozando su concha y su culito.
Después de quitarse el jabón, ella me pidió le aplicara una crema a su cuerpo y esto fue algo maravilloso, porque al pegarme nuevamente, el roce de mi verga contra su concha y su culito fue increíble, se deslizada generándome más excitación, adicionalmente, con mis manos comencé a frotar sus pezones erectos y su clítoris dilatado y estando en esto percibí que le estaba agradando, porque fue aumentando el volumen de sus gemidos y sorpresivamente ella tomó mi verga con su mano la puso a la entrada de su culito y me pidió la penetrara, esto lo vi en los videos de internet y me pareció que podía ser excitante y antes que yo empujara mi verga para penetrarla, ella fue la que movió sus caderas hacia atrás y mi verga tuvo un poco de resistencia mientras entraba la cabeza, pero luego, lo demás se fue dentro sin problema.
Ella comenzó a mover su cuerpo de adelante hacia atrás y en minutos gracias a la presión que recibía mi verga de su culito, sentí que no iba a aguantar mucho y me iba a correr, se lo dije y ella me pidió esperara un minuto más porque estaba a punto de disfrutar su orgasmo. Hice un esfuerzo enorme por no explotar y cuando ella comenzó a gemir como loca diciendo… me gusta, me gusta, que placer tan fabuloso, uhmmm, entonces exploté dejándole dentro toda mi carga de semen. Luego ella me dijo… quédate dentro hasta que tu verga aguanté la erección y pasados unos minutos sentí que mi verga comenzó a retraerse hasta salir de su culito y a continuación empezó a aflorar el semen que le acababa de dejar dentro. Así van las cosas hasta ahora y los dos estamos muy felices.


(4 votos)
Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!