Ay, hija, ¡Dónde te agarre!
Un hombre es advertido por demostrar públicamente las ganas que le tiene a su hija de 11 💋 🥰 😂 💜 ❤️ .
11 años | Tabú | colegiala | Incesto padre-hija

🆂iempre que voy a recoger a mi niña de once años del colegio, ella me ve y agarra a correr hacia mí y termina dando un salto para acaballarse en rededor de mí. Yo casi siempre le digo «¡Hola mi mamacita!», pero recientemente le agregué un «rica».
—¡Hola mi mamacita rica!
Y es que mi hija me tenía loco, aunque yo no sabía. No era consciente de ello, pero iba a serlo al poco. De eso va este relato.
No sé cómo describirles a mi hija Nathel sin caer en la trampa de enumerar sus cualidades con ojos de padre. Para un padre, resulta hermoso hasta un hijo que se parezca a Gollum y tenga el coeficiente de el ratón Pinky. Pero no, yo les diré que mi hija es de las morras más hermosas que deben existir, al punto extremo que cuando ella cumplió 9 y se puso tan mami, me atreví a dudar que fuera mía. Nathel es una copia exacta de su madre y yo no le veo nada físico de mí (gracias a Dios). Pero no puedo hacer nada especial para que me crean que Nathel es como un ángel. Es demasiado bonita. A ver: Mi esposa es blanca como una yuca pelada, herencia Santandereana y de ahí para arriba, europea. Entonces empecemos por ahí, Nathel es blanca, hagan de cuenta esas niñas ucranianas que ponen a modelar con escasa ropa y les toman fotos que enloquecen al público aquí en occidente. Pero va más: Mi hija es mechuda a morir. Desde muy chiquita, su madre se dio cuenta de que tenía bastante cabello y se obsesionó con cuidárselo y enseñarle a Nathel a cuidárselo ella misma. En toda su vida solo ha tenido contacto con unas tijeras para despuntárselo, emparejarlo y que crezca más. El cabello castaño claro de Nathel le llega hasta la cintura, y no solo es largo sino frondoso, abundante. De solo verlo te das cuenta que es tan suave que te dan ganas de perder tu rostro dentro de esas ondulaciones. Ahora imagina hacerlo. Yo me volví adicto a la cabellera de Nathel hace pocos años y puedo decirles que moriría si ya no pudiera dormir con ella con su melena desparramaba en mi cabeza, en especial mi cara. Dicho todo sobre su cabello, paso a algo que lo empeora todo: El color y el tamaño de sus ojos. Son de cuenca enorme, como les gusta a los artistas de ánime dibujar a sus diosas, y el color de sus pupilas es exacto, pero exacto al castaño claro de su cabello. Hube de enterarme años después de que esta fabulosa apariencia se llama monocromática cálida, y que inspira en los pobres hombres, según veo, hasta en el papá; una sensación maternal. Maternal, con todo lo que implica: Amor, fertilidad, calor, protección. ¿Se ha enamorado usted de una mujer así, señor lector? ¿Es usted una mujer así, señora lectora?
Ya casi tiene la foto de mi hija. Súmenle cejas pobladas, que no traicionan el monocromático de su pelo y pupilas, y una boca florecida como rosa, solo que de color un poco más tenue al de la flor. No puedo, ni creo ni quiero imaginar cómo será Nathel cuando tenga unos 16… se me arruga la tripa de contradicciones, como que será la joven más mamacita de La Tierra, por ahí ya con tremendas caderas y un par de tetas que… Y, ¿cómo irá a vestirse? Ay Dios. Pero, así mismo ¿Cuántos perros de todas las edades y clases habrá babeando por ella y queriendo acostarla? ¿Cuántos habrá ahora que tiene 11? por lo menos hay uno suspirando de amor y lentamente creciente deseo: Yo. Su papá. ¿Pueden imaginar la sensación? Tener en casa lo que puede ser lo más bello, y que por ahora tienes que, debes y quieres protegerla, pero que ya pronto se supone que ella se cuidará sola y tú ya no valdrás nada? Que, es más, ¿ella pasará por esa etapa mamerta de los adolescentes que se avergüenzan de, y hasta odian a sus padres? Tengo, y me costó mucho darme cuenta, la obsesión por poseer a Nathel antes de perderla. Tener semejante bizcocho en la casa y no “comérmelo” y sí “dejarlo perder”, es algo que me trae con las tripas descosidas. Estoy seguro de que, si Nathel no fuera tan divina, no me cargaría así de cosas. Una niña, puede que bonita, sí; pero que crezca, tenga novios, se la culeen, la quieran, ojalá mucho; y tenga una vida, no hay problema. Pero Nathel… A quienes todavía no entiendan, busquen imágenes de modelos clásicas underage como Oxi, Maisie o Valensiya, imaginen que tuvieran una hija así y denme la razón.
—¡Hola mi mamacita rica!
—¡Hola papi!
Dimos vueltas así, con ella sentada en mis antebrazos y las piernas en torno a mí. Como se los digo, esto no lo pude notar de inmediato ni por mí mismo, ya paso a contarles, pero lo que hice fue besar a Nathel en su celestial boquita.
—Llévame así al carro —me dijo cuando hice el amague de bajarla para irnos.
Su petición me puso como un tigre. Imaginé que había llegado la hora de tirarla en el asiento trasero del carro, que cayera con su falda de colegial subida y tirármele encima a correrle sus cuquitos a un lado para chuparle la vagina y que ella apretara mi cabeza contra sí, mientras me decía «Ooh síi, paapi». Se me subió el ritmo cardiaco, como a un adolescente que está pidiéndolo por primera vez y le están insinuando un «Sí, vamos». Se me paró, y repetí el amague de bajar a Nathel de mí. No iba a cargarla en medio de los otros padres y estudiantes, caminando con el pantalón abultado. Nathel tomó mi insistencia de bajarla como un juego, gimió consentida y me apretó más con sus piernas.
—¡Noo! —chillé, y a continuación corregí el tono: —¡No!
Pero yo jamás había sido duro con Nathel. La ventaja de antes de la adolescencia, es que se puede derrochar amor, y así había sido nuestra relación (y con su madre) siempre. Para ser “duro”, bastaba con bajarle dos rayitas al amor y ella entendía el mensaje. Así que no podía ser duro ahora con ella así, restregándome las glorias del paraíso en el abdomen. Podía sentir el calor de su panochota a través de sus cuquitos, metiéndoseme por el ombligo, a través del cierre de la camisa. Ahora pueden entender la parola que me había dado. En tal encrucijada, no poder ser duro (aunque mi pene sí lo estaba) ni hacerme el que la quería menos, tuve qué mentir:
—Bájate que me duele la espalda.
¡Ja, «me duele la espalda», sí, que podría cargarla solo teniéndola ensartada en mi pito, sin usar los brazos!
¿Cómo podía estar imaginando tanto sexo con mi hija de once años? Todo se hubo activado justo ahí, ese día, en ese momento, por decirme ella «Llévame así al carro». Se me dañó la cabeza. «Mi hija me ama tanto que creo que me desea, también» me decía mi mente primitiva de hombre.
—Aich, papi —dijo Nathel, decepcionada, y se bajó de mí.
Pero me aseguré de apretarla bien para que en su bajada, se restregara mucho. ¿Cómo puede oler tan bien una niña de once años? El aroma promedio de una mujer adulta es perfume y crema de manos, y en la intimidad, sudor; en la medida justa (muy, pero muy poco) para que puedas decir que es delicioso. Pero mi hija, y supongo que el promedio de niñas de colegio, expelen un tierno y hasta cálido aire a… ¿inocencia? No, no soy poeta, no estoy más lejos de nada. Es literal, huele a inocencia. Como a una mixtura de ropita limpia que ni a sudor huele, y se llena durante todo el día de aire a galletas y golosinas. Alguna vez, cuando era muy joven, entré a un salón de clase, vacío, de noche, y a pesar de que había sido debidamente aseado, no pudo desprenderse de su impregnación a “inocencia”. Sé que puede sonar monstruoso si se extiende esta percepción a niños de preescolar y así, pero no. A mí me gusta mi hija, nada más. Cuento lo del salón vacío para que los lectores tengan un referente de ese aroma celestial que manaba de Nathel, y, no sé porque lo creo así, de debajo de su falda.
—En la casa te cargo.
—Pero acabas de decir que te duele la espalda. Viejito. No vuelvo a brincarte encima.
—¡Noo!
Me hinqué para hablarle al oído:
—Brinca sobre mí todo el resto de mi vida —besé su oído.
Ella reaccionó al sorpresivo ósculo con un gritito, una encogida de cuello y limpiándose como si tuviera insectos en la oreja.
Me cubrí la carpa de circo del pantalón con la maleta escolar de ella y subimos al carro. Y ni bien di vuelta a la llave y empezaron los problemas:
—¡Señor Sierralta!
—A sus pies.
Respondí así por la dulce voz femenina que había dicho mi apellido, sorprendiéndome por la ventanilla del coche. Era la psicóloga del colegio, una típica flaca bonita a quien las gafas la hacen ver inocente.
—Qué gusto saludarlo. ¿Cómo ha estado hoy?
—Bien —respondí con sinceridad.
—Y Nathel ¿Cómo has estado tú? ¿Cómo estás ahora?
Nathel respondió con una señal de like y su sonrisa, por la que bien podría cobrar por segundo.
—Señor Sierralta, me encantaría hablar con usted —me largó la psicóloga, en tono de disculpa por anticipado.
«Ahora, ¿En qué se metió esta china verrionda?» me pregunté en la privacidad de mi cabeza.
—Y ahora, ¿qué hice? —le preguntó Nathel.
—¡Nada, mi amor! Todo está bien.
«Sí, claro, ella tiene qué decir eso» pensé. Fijamos una cita y me fui a casa con mi divino ángel. Aunque se me hizo raro que la psicóloga preguntara a Nathel dónde iba a estar toda la tarde y a qué hora llegaba su madre. Claro, ella estaba sospechando que me iba a comer a mi hija. Yo, ni idea de nada, hasta que tuviera lugar el encuentro acordado.
De no haber sido por la intervención de la psicóloga, estoy seguro, mi mente no habría tenido freno esa tarde, desde que manejaba con mi hija al lado. Habría estado que me la devoraba, sobre todo al verla así como le gustaba ir en carro a ella, con los pies subidos en el tablero y mostrando las piernas por completo. Y donde tuviera esos cuquitos ceñidos que se ponía a veces… ¡No! Yo parqueo por ahí en un potrero y agarro a Nathel y le pego una sotuta culiada que quede gateando dos días. ¡No, mentiras! A mi hija todo con amor, es solo que me gusta decir cosas pasadas, eso me calienta. Pero, la psicóloga había aparecido y me había citado, y más aún le aseguró a Nathel que no había problema alguno. Me puso algo en la mente que contrarrestaba el estado “como un toro” en que me había subido al carro después de ese tórrido «Llévame así al carro» de Nathel. ¿Qué quería?
Al día siguiente, acudí a la cita. La psicóloga me atendió como a un dios, con poco decir. Creo que ellos hacen eso para obligarlo a uno subliminalmente a “bajar los brazos”. Nos separaba una mesa de frío metal, idónea para el tema espinoso que íbamos a tratar. Ella cerró la puerta de la oficina. ¿Acaso dije “espinoso”?
—Señor Sierralta, gracias por venir —dijo ella, haciendo una venia.
—Es mi deber.
—Es que quiero ponerlo al tanto de algo, que estoy más que segura, usted no se ha dado cuenta.
—¿Qué? —Desprendí la espalda de la silla.
—Le voy a mostrar un video que grabé ayer…
Me voló la mente. ¿Nathel haciendo cosas malas? ¿Acaso alguien haciéndole algo a Nathel? ¿A QUIÉN HAY QUE MATAR?
—…de Nathel y usted.
—¿De mi hija y yo? —se me cayó la carraca.
—Este video es sólo para que usted lo vea, para nada más, se lo garantizo.
Puso el celular en mi cara y dio play.
Era lo que había tenido lugar el día anterior, cuando recibí a Nathel, ella se acaballó en mí, giramos y la besé en la boca, nos quedamos unos segundos así y al final la apreté cuando se bajó. Creo que perdí los colores delante de la pantalla.
—No se alcanza a escuchar, pero usted le dice a su hija “Mamacita rica” ¿no?
Yo no podía articular una sílaba ni mover un músculo.
—Por favor, observe —el video ya estaba repitiéndose—, cómo al girar con ella, se le ve toda la cola, bueno todo el panty. Usted parece alardear de ella, señor Sierralta. Ahora mire esos chicos cómo se quedan mirando cuando a Nathel se le sube la falda. Usted los mira y es cuando la besa a ella, en la boca. ¿De qué habla con ella mientras la tiene alzada? Y la hizo restregársele cuando ella se bajó.
La psicóloga me dio un par de segundos, que me parecieron eternos, para dar réplica. Pero no hice ni dije nada. Entonces ella siguió:
—A usted le excita su hija tremendamente, señor Sierralta. Y no solo eso, usted la señorea.
Fue en ese preciso instante que me vi a mi mismo. Hasta ese momento, no tenía idea de nada de lo que ya les he contado en este relato. Fue como que lo arrojen a uno empeloto al centro de una arena cuyas gradas están ocupadas por todos quienes te han conocido. La psicóloga desinfló el pecho y con un tono suave, siguió:
—No hay ningún problema en que usted caiga en los encantos de su hija, pero sí me preocupa que no se de cuenta, la exhiba así y se exponga usted mismo tan tontamente. ¿Usted ama a su hija?
Yo solo resoplé, como si me hubieran preguntado «¿Usted es humano?»
—Ah bueno, eso ni se pregunta —siguió ella—. Pero veo muy claramente que el deseo lo está cegando. No la exponga a ella ni se exponga usted. Vea —cambió a un tercer tono, muy amable—, yo llevo viéndolos desde hace rato, es mi trabajo ver esas cosas. Usted antes solo le decía “mamacita”, pero cuando le empezó a decir “mamacita rica”, me preocupé. Y no por ella, porque sé que usted la ama y nunca la lastimaría. Me preocupé porque se está exponiendo mucho. Déjeme y le cuento:
»En Brasil, esta semana, un pastor fue multado por treinta mil dólares1 por ser como usted. En un servicio dedicado a padres de familia, o sea “padres” hombres exclusivamente, el ingenuo terminó casi confesando que su hija, de la edad de Nathel, lo enciende. Que en un descuido, la besó en la boca, como usted —me señaló—, y que le dijo «Hija, cuando tengas novio, voy a decirle “no eres el primero, el primero en besar a mi hija fui yo”». Claramente es un señor que está que no cabe en sí mismo por la hija bonita que tiene, igual que usted —volvió y me señaló, clavándome el dedo—, y quiere que el mundo vea “todo lo que tiene en la casa”. En fin, en el servicio a padres de familia, dijo que su hija era “un mujerón” y que le dice a veces “Ay, donde te agarre”. Algunos de los asistentes se inquietaron y se ofendieron, y las palabras del pastor llegaron a oídos de una jueza, quien lo multó dizque por sexualizar a una menor y promover la imagen de la mujer como un trofeo para disputarse entre hombres. Todo un escándalo, que se habría podido evitar si ese pastor hubiese sabido lo que estaba haciendo.
La psicóloga otra vez me dio pie a réplica, pero yo estaba petrificado. Entonces prosiguió:
—Este colegio es de muy alto nivel, usted lo sabe. Que algo así ocurriera aquí, sería un deleite mediático igual que un pastor de iglesia. Y ahora peor que la noticia del pastor se conoció, todos los ojos van a estar puestos en casos similares. ¿Entiende? Señor Sierralta, ame a su hija hasta más no poder. A mí lo que me importa es protegernos de un escándalo.
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1Historia real de Lúcio Barreto Júnior, que inspiró este relato. N. del A.
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Y bueno, eso pasó. Tuve qué hacer de tripas corazón para espabilar, dar las gracias, aclarar que sí había entendido todo y ponerme de pie. Cuando estreché con sincera calidez la mano de la psicóloga, ella me dijo antes de soltarme:
—El mundo debería ser un poco más evolucionado y libre de tabúes, para que el amor fluyera así como en ese pastor o en usted, señor Sierralta.
Me interesé como no me pasaba desde joven en hacerme amigo de alguien específico. Me hice amigo de la psicóloga y me enteré con los meses de que ella había trabajado ya con hombres atraídos por menores, inclusive por sus hijas pre-adolescentes, y que para ella ya no era ningún tabú que las niñas de once o doce enloquecieran a muchos hombres. Que abundaba, y me mostró bastante material, el contenido softcore hecho por propios padres o a veces hermanos mayores de niñas que estaban obsesionados con su belleza. «Usted ve los cientos de fotos y deduce que el que las tomó está que no se aguanta, y que quiere que el mundo vea “todo lo que tiene en la casa”». Y hay miles y miles de casos, pero como es tabú, no se ve en cada esquina, como debería. Esas eran situaciones muy alejadas de ser monstruosidades. Solo eran casos de atracción física por una menor de la familia. Incesto potencial con una menor filial. Que, y la cito: «Las niñas son sexies, es un hecho de la naturaleza”. Puro tabú. Hype propagandístico. Que había que trazar una gruesa raya entre el par |amor y deseo| y el abuso, la esclavitud y la explotación. Pero, que la atracción por menores se había vuelto un hype tan rentable tanto económica como ideológicamente, que nada se desperdiciaba. «Mi hija es un mujerón» ¡Multa!
En cuanto a mi hija Nathel y yo, debo admitir que sí me ponía como tigre que los otros la vieran y vieran así mismo que “el que la tenía” era yo, aunque todo fuera inconsciente. ¿Qué más cosas hace uno así como un animal, sin darse cuenta, por puro instinto? Menos mal logré hacerme amigo de la psicóloga.
Y, si quieren saber, sí seguí deseando con desbordada locura a mi hija Nathel. De vez en cuando le sampaba su beso en la boca, bien puesto y sonoro, en ocasiones especiales como cumpleaños. Y a veces le mandaba un palmadón en esas nalgas para que le quedara bien claro “quién era el dueño de eso”. No mentiras, la dueña es ella. Ya saben que me gusta decir cachondeces. También le robé un par de sus cucos más sexies y me los pego en la cara de vez en cuando. Pero eso de echármela pasó a segundo plano, porque me di cuenta que lo que para mí era arrechera, para ella era solo juego. Forzarla a lo que yo percibo como hombre, podría hacerle mucho daño y, ¡no!, que me pase un tren por encima, cien veces. Cosas que aprende uno teniendo una psicóloga de amiga. ¿Que si me pajeo por mi hija? No, qué va. Solo a diario, pero nada más. Sobre todo imaginándomela con su uniforme de colegio. Y cuando estoy con mi esposa, tampoco me imagino que estoy con Nathel. Solo cada vez. No obstante, según la psicóloga, abundaban los casos de niñas que a esa edad sí tenían curiosidad explícitamente sexual y podían llegar a querer explorarla, nada menos que con papi o un hermano mayor. Peor tabú todavía, y que yo opine, ¡qué tipos tan afortunados!
Stregoika ©2026
No he perdido el toque, a pesar de los acomplejados que programan granjas de bots para intentar hundir mi reputación como autor.
Si quieren ‘ver’ a Nathel, busquen a Maisie, modelo desde los 9 años para Star Sessions.

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