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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Incestos en Familia

Carla y Rubén

Al final tuvo que pasar .

Llegamos al piso pasada la medianoche. Carla caminaba delante de mí por el pasillo, con las piernas algo separadas, esa forma particular de andar que tiene cuando lleva el coñito y el culo reventados de tanto uso. Llevaba puesta esa falda corta que le había elegido específicamente para el Glory hole, ahora arrugada y manchada de fluidos. Su pelo, que había salido perfectamente peinado de casa, ahora estaba revuelto, pegado en algunos mechones por el semen seco. Yo iba detrás, con la polla todavía medio dura dentro de los pantalones, oliendo a sexo, a sudor, a la mezcla de aromas que impregnaba mi piel después de horas de juego.

Habíamos pasado la tarde en el Glory hole de la calle Aragón. Esa cabina oscura donde Carla se había arrodillado durante horas, chupando pollas que salían por los agujeros de la pared, una tras otra, sin ver los rostros, solo esos paquetes erectos que ofrecía el anonimato. La habían follado también, por ambos agujeros, mientras yo estaba sentado en la esquina, viéndolo todo, masturbándome, a veces acercándome para limpiarle el semen que le corría por los muslos con mi lengua, para saborear esa mezcla de ella y de desconocidos. Había sido el último en follarla allí, cerrando el círculo, vaciándome dentro de ella mientras ella gemía contra la pared de la cabina, con su voz infantil.

Después, en el autobús de vuelta, conocimos a Toni. El padre de Valeria y que intercambiamos números de teléfono.

En el asiento trasero, donde había más intimidad, mientras el autobús traqueteaba por las calles vacías, Toni se la había follado. Yo estaba de pie delante, mirando, viendo cómo ella cabalgaba sobre él en esa postura imposible dentro del vehículo en movimiento, cómo se mordía el labio para no gritar, cómo se corría encima de su polla. Cuando terminó, cuando Toni se vistió y Carla y yo nos bajamos en nuestra parada y fuimos caminando hacia el piso.

—Voy a ducharme papi —dijo Carla al entrar al piso.

Se metió directamente al baño. Yo me quedé en el salón, escuchando el agua correr, oliendo mis dedos que todavía tenían el olor de su coñito, de las pollas que había tocado, de mi propio semen. Me la imagino bajo el chorro, con el agua caliente cayéndole por la barriga, entre las piernas, llevándose los restos de la tarde, de las múltiples corridas que todavía le salían del coñito y del culo, esas gotas blanquecinas que resistían a la simple limpieza con papel en el autobús.

Pasaron veinte minutos. El agua paró. Escuché sus pasos mojados saliendo, cruzando el pasillo hasta su habitación. La puerta se cerró.

Esperé, con el corazón martilleando. Entré al baño. El espejo empañado, el suelo mojado, el olor a su jabón mezclado con el olor persistente de sexo que traíamos en la piel. Me desvestí rápido, dejando la ropa manchada en el cesto. Me metí bajo el agua caliente, frotándome con fuerza, pensando en todo lo que había visto está tarde, en cómo se había ofrecido Carla a esos desconocidos, en cómo me había mirado a los ojos mientras se la follaban, sabiendo que me ponía, sabiendo que disfrutaba siendo el centro de atención, siendo usada.

Salí de la ducha, me sequé rápido. Salí desnudo al pasillo, con la polla ya medio dura otra vez, oscilando con cada paso, el pelo mojado cayéndome por la frente. Llegué a mi habitación. La puerta entreabierta. Empujé.

Carla estaba en mi cama. Desnuda. Tumbada de lado, con la cabeza apoyada en una mano, mirándome directamente con esos ojos que brillaban de una forma que conocía demasiado bien. Tenía el pelo todavía húmedo, los pezoncitos duros, las piernas ligeramente separadas mostrando ese coñito que había visto siendo usado toda la tarde, ahora limpio pero todavía hinchado, rojo, abierto, con ese brillo de excitación que no había desaparecido.

—Papi —dijo, con voz de que parecía que me iba a pedir algo—. Cierra la puerta.

Cerré. El clic del cerrojo resonó. Me acerqué a la cama, desnudo, con la polla creciendo con cada paso, consciente de cómo me miraba ella, de cómo sus ojos recorrían mi cuerpo, mi pecho, mi vientre, mi polla que ya apuntaba hacia ella erecta, dura, palpitante.

—Te he estado viendo —empezó ella, sin moverse, manteniendo esa postura provocativa—. Todas estas semanas, todos estos meses. Cómo me ofreces a otros. Cómo te quedas mirando cuando me follan. Cómo te pones de rodillas para limpiarme después, para chuparme el semen que otros me han dejado dentro.

Se incorporó, arrodillándose en el colchón frente a mí. Estaba completamente desnuda, expuesta, y no se cubría. Sus rodillas estaban separadas y podía ver su coñito, hinchado, todavía goteando ligeramente de humedad, ese brillo que no era solo agua de la ducha.

—Sé que eres bisexual pasivo —continuó, y extendió una mano tocando mi muslo, subiendo despacio hacia mi cadera—. Sé que te gusta chupar pollas también. Que te has dejado follar por algunos de los tíos que me han cogido, delante de mí, para que vea cómo te gusta, cómo disfrutas siendo usado tú también.

Su mano llegó a mi vello púbico, rozó mi polla que se pegó a mi vientre de la excitación, dejando una estela de presemen en mi piel.

—Me pone verte así —susurró ella—. Me pone que me ofrezcas, que me vean follar, que tú estés ahí, mirando, participando, limpiándome. Pero también quiero otras cosas, papi.

Su mano cerró todo lo que pudo alrededor de mi polla, apretando suavemente, moviéndose arriba y abajo con una lentitud que me volvía loco.

—Quiero que me folles tú —dijo, mirándome a los ojos—. Quiero sentirte dentro de mí. Quiero que seas tú el que me llene, no solo esos desconocidos o tus amigos que me has presentado. Quiero que mi padre me folle, que me haga suya de verdad como lo hace Julio con maria , Toni con Valeria ó Clara con su padre.

—Carla… —mi voz sonaba rota, desesperada—. A mí me gusta verte con otros, sí. Me encanta ofrecerte, verte disfrutar, verte usada, abierta, llena… Me pone ser pasivo, verte follar, participar así, limpiarte, que me vean contigo… Pero tú eres mi hija, esto es…

—¿Y qué? —interrumpió ella, acariciando mi polla con más fuerza ahora—. Yo no tardaré en cumplir 10 años y ya e aprendido mucho gracias a ti. Tú me quieres, papá. Te veo en cómo me miras cuando estoy con otros. No es solo morbo. Me quieres. Y yo te quiero a ti. Quiero todo de ti. Quiero que seas mi padre pasivo que me ofrece a otros, pero también quiero que me folles tú. Que me hagas tuya.

Me empujó suavemente y caí sentado en el borde de la cama. Ella se quedó de pie entre mis piernas, agarrando mi polla, mirándome desde arriba con esos ojos hambrientos.

—Por ti haría lo que sea —dije, y era la verdad absoluta—. Por ti mataría, vendería el alma. Si quieres que te folle, te follaré. Te follaré hasta que no puedas caminar. Eres mía, Carla. Siempre has sido mía, aunque te comparta, aunque te ofrezca, siempre has sido solo mía.

Una sonrisa victoriosa iluminó su rostro. Se inclinó y me besó.

Fue una explosión. Sus labios contra los míos, su lengua entrando, saboreándome, explorándome. Respondí con ferocidad, agarrando su cintura con ambas manos, atrayéndola hacia mí, sintiendo su piel desnuda contra la mía, su coñito húmedo rozando mi polla. Nos besamos como animales, con lengua, con dientes, chupándonos los labios, el cuello, devorándonos mutuamente.

Ella se subió a la cama, arrodillándose a horcajadas sobre mí, sin dejar de besarme. Sentí su coñito, caliente, mojado, resbaladizo, frotándose contra mi polla, dejando un rastro de humedad en mi vientre. Gemí en su boca, agarré sus nalgas con ambas manos, apretándolas, separándolas, sintiendo cómo se abría contra mí.

—Fóllame, papi —susurró contra mi boca—. Fóllame ahora.

La agarré por la cintura y la giré, la tiré sobre el colchón con un movimiento brusco. Ella jadeó, sorprendida, con los ojos brillantes de excitación. Se abrió de piernas, mostrándome todo, su coñito rojo, hinchado, todavía húmedo de la tarde de sexo, brillante, obsceno, perfecto.

Me tiré sobre ella, besándola de nuevo, bajando por su cuello, mordiendo sus clavículas, hasta sus pezoncitos. Tomé uno de esos pezoncitos rosados en mi boca, lo succioné fuerte, lo mordí, lo chupé con fuerza mientras ella gemía y arqueaba la espalda, enterrando sus manos en mi pelo mojado. Pasé al otro, dejándolos rojos e hinchados, brillantes de saliva.

Bajé más, besando su vientre plano, su ombligo, hasta que mi cara estuvo a nivel de su coñito. Olía fuerte, a sexo, a semen, a ella, y el olor me volvió loco. Separé sus labios con los dedos, viendo su interior rosa, húmedo, contrayéndose, pidiendo ser llenado.

—Papi, por favor…

La lamí. Un lametón largo, desde el culo hasta su pequeño clítoris, recogiendo todo ese sabor, esa mezcla de ella y de todos los que la habían tenido esa tarde Sabía salado, amargo, dulce, todo a la vez. Carla gritó, agarrando las sábanas con fuerza. Volví a lamer, una y otra vez, metiendo la lengua dentro de su coñito, sacando ese semen que todavía quedaba en sus paredes, limpiándola con mi boca como había hecho tantas veces antes, pero ahora con una intimidad diferente, chupando sus labios, encontrando su pequeño clítoris y succionándolo, martilleándolo con la punta de la lengua.

—¡Dios, sí, papi, sí! —gritaba ella, moviendo las caderas contra mi cara—. Chúpame, chúpame todo, limpiame, por favor…

La agarré por las piernas, abriéndola más, y metí dos dedos dentro de ella, girándolos, buscando ese punto rugoso en su interior mientras seguía chupando su pequeño clítoris. Los dedos entraron fácilmente, resbaladizos de humedad, y sentí cómo se contraía alrededor de ellos.

—Voy a… voy a correrme… —jadeó ella, con la cabeza echada hacia atrás—. No pares, no pares…

Aumenté el ritmo, dedos entrando y saliendo, lengua girando en su pequeño clítoris, y entonces sentí cómo explotaba, cómo su coñito se contraía en espasmos violentos alrededor de mis dedos, cómo su cuerpo se arqueaba, cómo gritaba mi nombre, «¡Papi, papi, papi!», mientras se venía en mi boca, chorreando sobre mi barbilla.

Esperé a que terminara, lamiendo suavemente. Cuando se relajó, jadeante, me incorporé, limpiándome la boca.

—Te quiero —dije.

—Te quiero, papi —respondió ella, con voz temblorosa—. Fóllame. Por favor, fóllame ya.

Me puse de rodillas entre sus piernas, agarrando mi polla con la mano, guiándola hacia su entrada. La punta rozó sus labios, resbaló en su humedad, y ambos gemimos. Apreté, entrando despacio, sintiendo cómo se abría para mí, cómo me recibía, caliente, estrecha, perfecta.

—Más, más rápido —suplicó ella, agarrándome de los hombros, clavando las uñas.

Empujé con fuerza, entrando casi toda mi polla de una sola estocada. Carla gritó, arqueando la espalda, y yo gruñí, sintiendo su calor envolviéndome por completo, su coñito apretando mi polla con fuerza.

Empecé a moverme, lentamente al principio, sacando casi toda la polla y volviendo a entrar hasta casi el fondo. Ella gemía sin control, moviendo las caderas al ritmo de mis embestidas.

—Más fuerte, papi, más fuerte, fóllame como me follan otros, como un puto animal…

La agarré por las muñecas, se las inmovilicé sobre la cama, y empecé a follarla con fuerza, con brutalidad, con todos estos meses de deseo reprimido. El sonido de nuestras carnes chocando llenaba la habitación, golpes secos, húmedos, obscenos, mezclados con nuestros gemidos.

Cambiamos de posición. La puse a cuatro patas, agarrándola por las caderas, y entré por detrás, profundo, hasta el fondo. Ella gritó, echando la cabeza hacia atrás, y yo agarré su pelo, tirando de él, dominándola, poseyéndola. La follé así, con fuerza, viendo cómo se movía su culo con cada embestida, cómo mi polla entraba y salía de ella, brillante de sus jugos.

—Toca el clítoris —ordené, y ella obedeció, metiendo una mano entre las piernas, frotándose mientras yo la penetraba desde atrás—. Eso es, toca ese coñito, toca ese coñito de putita que es de papá…

—Sí, tuyo, todo tuyo —jadeaba ella—. Fóllame, fóllame el coñito, papi, fóllame…

La saqué, la giré, la puse boca arriba de nuevo, pero esta vez levanté sus piernas sobre mis hombros, abriéndola completamente, viéndola toda, su coñito rojo e hinchado, su culo apretado, todo expuesto para mí. Entré de nuevo, profundo, y ella gritó, un grito agudo, de dolor y placer mezclados, y yo no paré, no podía parar, estaba poseído.

—Mírame —ordené, y ella abrió los ojos, mirándome directamente mientras la follaba—. Mírame mientras te follo, Carla. Mírame mientras te lleno de leche.

—Sí, sí, lléname, papi, échamelo todo dentro, quiero tu semen, quiero sentirte correrte en mí…

El ritmo se volvió frenético, desesperado, animal. Sentía que me acercaba, esa presión en las pelotas, ese hormigueo que precede a la explosión. Pellizque sus pezoncitos, mientras seguía embistiendo, más rápido, más fuerte, sintiendo cómo ella se contraía otra vez, cómo se venía por segunda vez, su coñito apretando mi polla en espasmos rítmicos, succionándome, pidiendo mi semen.

—¡Me corro, me corro, papi!

—¡Yo también, cariño, yo también!

Empujé una última vez, hasta el fondo, hasta donde nadie había llegado, y exploté. Chorro tras chorro de semen caliente salió de mí, llenándola, inundándola, mezclándose con lo que ya había dentro de ella de la tarde, haciéndola rebosar, saliéndose por los lados, manchando las sábanas, creando un charco blanquecino debajo de ella.

Grité su nombre Carla, un grito ronco, desgarrado, animal. Ella gritó el mío Rubén, arañándome la espalda, clavando las uñas, marcándome para siempre.

Me quedé quieto, jadeante, con la polla todavía palpitando dentro de ella, todavía dura, todavía echando pequeños chorros de semen. No quería salir. Quería quedarme ahí para siempre, unido a ella, llenándola, poseyéndola.

—No salgas —susurró ella, con los ojos cerrados, con una sonrisa de satisfacción—. Quedate ahí. Quiero dormir así. Quiero sentirte dentro de mí toda la noche.

—Estoy dentro de ti cariño—respondí, besando su frente, su nariz, sus labios—. No voy a salir. Nunca voy a salir.

Nos quedamos así, conectados, fundidos, mi polla dentro de su coñito, mi semen llenándola, rebosando, manchándonos a los dos. La abracé, la atraje hacia mí, y nos quedamos dormidos así, enredados, sudados, usados, amados.

***

La luz de la mañana entraba por la ventana cuando desperté. Por un segundo no supe dónde estaba, y entonces sentí el calor húmedo alrededor de mi polla, ese movimiento rítmico, succionador, perfecto.

Abrí los ojos. Carla estaba entre mis piernas, desnuda, con el pelo cayéndole por la cara, chupándome la polla con devoción. La tenía casi toda dentro de su boca, hasta casi el fondo de la garganta, y movía la cabeza arriba y abajo con una lentitud deliciosa, succionando con fuerza, haciendo ese ruido húmedo, obsceno, que me volvía loco.

—Buenos días, papi —dijo, sacándola de su boca un segundo, sonriendo con malicia, y volvió a meterla.

—Carla… —gemí, agarrando su cabeza, guiándola, moviendo mis caderas para entrar más profundo en su boca.

Ella aceleró el ritmo, usando su manita para masturbar la base de mi polla mientras chupaba la punta, usando la otra para acariciar mis pelotas, apretándolas suavemente, haciéndome ver las estrellas. Sentía que me acercaba rápido, esa familiar tensión en el bajo vientre.

—Voy a correrme, cariño, voy a correrme…

Ella no paró. Al contrario, aceleró más, succionando con más fuerza, metiéndose mi polla hasta casi el fondo de la garganta, tragándose mis gemidos, mi placer. Y entonces exploté, con fuerza, chorros de semen saliendo de mí directamente a su boca, a su garganta, llenándola. Carla tragó sin parar, sin dejar de chupar, succionando cada gota, limpiándome, tomándolo todo, tragándose mi leche, mi esencia, lo que yo le daba.

Cuando terminé, cuando la última gota salió y ella la lamió con la punta de la lengua, limpiándome con delicadeza, me soltó la polla y se subió a mi pecho, quedando cara a cara conmigo. Tenía los labios hinchados, los ojos brillantes, y sonreía como una gata satisfecha.

—Buenos días —repitió, besándome, dejándome saborear mi propio semen en su lengua, compartiéndolo entre nosotros.

La abracé fuerte, enterrecido, amándola con una intensidad que me asustaba.

—Te quiero, Carla —dije, con la voz rota por la emoción—. Te quiero tanto que me duele. Te quiero más que a nada en este mundo.

Ella me miró a los ojos, y vi lágrimas brillando en los suyos, pero eran lágrimas de felicidad, de amor, de pertenencia.

—Yo también te quiero, papi —susurró, besándome de nuevo, suavemente, tiernamente—. Te quiero más que a nadie. Siempre tuya. Siempre.

Nos quedamos abrazados bajo las sábanas, con la luz de la mañana bañándonos, con el olor del sexo todavía impregnado en nuestra piel, sabiendo que esto era solo el principio, que teníamos toda una vida por delante para amarnos, para follarnos, para ser felices, para ser nosotros, finalmente, sin vergüenza, sin miedo, sin nada más que el amor más puro y el deseo más oscuro, mezclados en algo que no tenía nombre pero que era perfecto.

Gracias por sus votos y por sus comentarios.

Espero Kum38 que este te guste, coméntalo y me dices gracias.

1 Lecturas/6 septiembre, 2026/0 Comentarios/por benjionda42
Etiquetas: amigos, baño, bisexual, follar, hija, padre, semen, sexo
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