Carne y Silencio
En Brooklyn, Bob, un camarero solitario, encuentra un cachorro abandonado en un cubo de basura. .
El acto, casi insignificante, despierta en él una ternura que creía extinguida y lo pone en el camino de Nadia: una niña de 13 años, hermosa y perdida, adicta a los hombres como otros lo son al alcohol o a la fe.
Entre ambos se teje una relación. Nadia se ofrece y se retrae con el mismo impulso de supervivencia con que Bob limpia vasos tras la barra.
Esta historia es un descenso al deseo y la culpa, una historia erótica para espectadores dispuestos a mirar sin pestañear. No busca provocar, sino desnudar —a los personajes, al espectador, al propio lenguaje del amor—.
Una historia para quienes aún creen que el morbo, en su forma más pura, es una manera de pensar.
La basura olía a cerveza vieja y a carne podrida, como casi todo en esa cuadra. Bob había salido a tirar una bolsa del bar cuando escuchó el chillido. Un sonido tan agudo que se le metió entre las costillas, como si lo llamara a él y solo a él.
—No jodas —murmuró, agachándose.
Metió la mano entre los cartones mojados, y ahí estaba: una cosa temblorosa, blanca y marrón, con los ojos pegados de mugre. Un cachorro, medio muerto de frío, tan chico que apenas podía mover las patas. Bob lo envolvió en su delantal sin pensar mucho. No era de los que pensaban mucho en nada.
Volvió al bar. La calefacción apenas funcionaba, el aire olía a fritura. Puso al perro sobre una caja de cerveza vacía y le sirvió un poco de agua en un cenicero limpio. El bicho lo miró como si ya lo conociera de antes, como si lo hubiera estado esperando.
Ahí empezó todo, aunque Bob no lo supo.
No cuando lo limpió, ni cuando lo llevó a casa, ni siquiera cuando decidió quedarse con él. Lo supo después, cuando apareció ella.
Nadia tenía trece años. Dijo que conocía al perro, que lo había visto con un hombre que salía con su madre. Precisamente había llegado al bar porque presentía que habría sido capaz de botarlo por ahí. Aquel hombre era un tipo loco, peligroso.
Bob no dijo nada. Solo siguió sirviendo cervezas y escuchando cómo su respiración se mezclaba con la del cachorro dormido a sus pies.
Nadia se quedó un rato largo, observándolo. Le pidió un cigarrillo. Bob la miró un momento y luego se lo dió sin importarle su edad. Cuando le rozó los dedos, algo cambió de lugar dentro de él. Algo chiquito, pero real, como el primer movimiento de una grieta.
El bar estaba vacío. Afuera amanecía despacio, con esa luz azul que entra como un recuerdo.
A esa hora, las mesas estaban vacías, y solo se oía el ruido del agua cayendo del grifo, el roce de los vasos, el respirar del perro.
—Voy a quedármelo —dijo Bob, secándose las manos en el delantal.
Nadia asintió.
—Está mejor contigo que en la basura —respondió, y sonrió apenas—. Pero déjame venir a verlo, ¿sí?
Bob dudó un segundo, luego dijo que sí. No veía por qué no.
El cachorro dormía sobre un trapo junto a la barra. De vez en cuando daba un quejido leve, como si soñara.
Bob seguía limpiando. Pasaba el trapo por las mesas, recogía botellas, enjuagaba vasos. Cada tanto se agachaba junto al perro, le servía un poco de leche, le revisaba las patas. Y entre esos gestos rutinarios, la miraba a ella.
Nadia se había quitado el abrigo y lo dejó sobre una silla. Era una niña muy delgada, de cabello castaño claro y piel blanca pálida. Tenía las manos pequeñas.
Cuando él le pidió ayuda para enjuagar al cachorro, ella se acercó sin decir palabra. Sostuvo al animal con cuidado, hablándole en voz baja con mimos, y Bob se quedó mirando cómo el agua le caía sobre los dedos.
—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó, más por llenar el silencio que por curiosidad.
Ella se encogió de hombros.
—A nada. Vivo con mi madre, pero casi nunca está. Se la pasa borracha.
—¿Y el tipo ese que tiró al cachorro? —preguntó él, sin mirar directamente.
—El del perro… sí. A veces viene. No me gusta hablar de eso.
—Está bien.
Siguieron en silencio un momento.
Ella se concentró en secar al cachorro, que temblaba envuelto en una toalla. Bob la observaba sin proponérselo, atento a la forma en que fruncía los labios, a cómo apartaba el pelo del rostro con un gesto leve.
La escuchaba hablar, sí, pero no del todo. Algo en ella lo distraía, como un fuego que no se ve pero calienta igual.
Pasaron varios días antes de que Nadia regresara. Bob la reconoció apenas entró: el mismo abrigo gris. El cachorro —que ya respondía al nombre de Max— corrió hacia ella moviendo la cola.
—Mira eso —dijo ella sonriendo—. Como estás de lindo.
—Resultó ser bastante juguetón —respondió Bob, sirviéndole un vaso de leche.
Ella se quedó un rato largo, jugando con el perro, mientras él acomodaba cajas, revisaba el inventario, fregaba la cafetera. El bar también vació, como siempre a esa hora.
—¿Te molesta si te ayudo con algo? —preguntó Nadia.
—Si querés, podés revisar esas botellas del estante. Baja las que están vacías.
Bob lo dijo sin pensarlo demasiado, pero ella se levantó enseguida, decidida.
Buscó la escalera de metal que estaba arrimada junto a la puerta del baño para hombres y empezó a subir con cuidado.
Llevaba un short rasgado, de mezclilla clara, y una camiseta amplia que le quedaba un poco grande. La luz de la mañana entraba por la ventana lateral, cortando el polvo en el aire. Bob la observó desde la barra, con la toalla aún en la mano.
Él no dijo nada. Solo la miró, ella giró un poco la cabeza, notando la mirada, pero no bajó.
Era solo cuestión de bajar la cabeza un poco para poder divisar el trasero de la niña, moviéndose de un lado a otro mientras buscaba las botellas que estuvieran vacías. Bob estaba impresionado con la imagen.
Por la mente de Bob en ese momento pasó la idea de saber lo que podría sentir al penetrar a esa niña, sobre lo que podría sentir. Sin pensarlo demasiado, se acercó a la puerta y se aseguró de que no pudiera abrirse desde afuera, aseguró también la puerta trasera que daba al callejón. En ese momento Nadia le dijo que ya tenía varias botellas vacías pero que no podía bajar. Bob sonrió para sí mismo.
Bob sacó el pene por la cremallera de su pantalón y se acercó a Nadia.
—Baja pequeña, yo te atrapo—. Le dijo parándose detrás de ella. Nadia tenía varias botellas de vidrio en sus manos, las abrazaba con fuerza para que no se le cayeran, bajó algunos peldaños hasta toparse con el cuerpo de Bob, que la tomó con sus brazos y la ayudó a llegar al suelo, restregando en el proceso su verga en el cuerpito de la niña.
Nadia no dijo nada, de hecho no se dió cuenta. Solo fue hasta que llevó las botellas hasta la barra que al darse la vuelta vió a Bob con la verga ya tiesa y libre. No tuvo tiempo ni de quejarse, Bob la tomó con tal fuerza que la niña cayó de rodillas ante él.
Bob comenzó a restregarle la verga por la cara a Nadia que solo cerraba los ojos e intentaba apartarse. Bob, urgido, la tomó fuerte del cabello haciendo que ella abriera la boca para quejarse y fue cuando logró introducir su pene. Nadia ya no tenía escapatoria, Bob comenzó a follarla casi con desesperación. Al menos la mitad de su verga entraba y salía con movimientos erráticos de su boca.
En el interludio, Bob logró sentir lo que sentía que una niña de esa edad le chupara la verga y en eso pensaba, aunque de succión había muy poco, era él el que controlaba la escena. Ese pensamiento y la sensación de placer le corrieron factura, quizá pasaron solo un par de minutos y una oleada de semen se disparó. Bob no permitió en ningún instante que Nadia se safara de su verga, por lo que el semen, al menos gran parte, tuvo que haber llegado hasta el estómago de la niña, lo demás lo terminó escupiendo mientras tosía cuando Bob la soltó por completo.
Nadia no le dijo nada, no lo recriminó, simplemente se puso de pie y se sentó en una de las sillas junto a la barra, limpiándose con la mano los restos de semen en su cara. Un sentimiento distinto comenzó a invadir la mente de Bob, culpa quizás, pero no hubo mucho tiempo para eso, el ruido de un vehículo en la parte trasera del bar lo hizo reaccionar, Bob lo reconocía de inmediato, los barriles de cerveza llegaban justo por esas horas, y lo había olvidado. Bob tampoco dijo nada, guardó su pene y se dirigió al callejón, fingiendo que no había pasado nada.
Un sentimiento distinto comenzó a invadir la mente de Bob: culpa, tal vez, aunque no estaba seguro. No hubo mucho tiempo para pensarlo. Debía abrir la puerta trasera para recibir las entregas de cerveza.
Caminó hacia la puerta trasera intentando parecer normal, aunque sabía que nada lo era. A mitad de camino tuvo la sensación de que ella lo miraba. No necesitó girar la cabeza: lo sintió en la nuca, en la espalda. Rabia, pensó. O tristeza. O las dos cosas. No podía saberlo.
Sintió un nudo en el estómago, algo parecido a la incomodidad, o quizá al remordimiento. No tenía nombre.
Antes de abrir la puerta, se volvió hacia ella.
—Ahí tienes el baño —dijo, señalando con la cabeza—. Si quieres lavarte.
La voz le salió seca, sin tono.
Ella asintió apenas, sin decir palabra, y se encaminó hacia donde él le había indicado.
Bob la vio bajarse del banquillo con un salto y alejarse unos segundos, luego empujó la puerta del callejón.
El aire de afuera estaba helado y olía a metal y a lluvia vieja. El conductor del camión lo saludó con un gesto, y él respondió con otro, mecánico. Empezó a mover los barriles uno por uno, sin hablar, dejando que el esfuerzo físico le ordenara un poco los pensamientos.
Cada tanto miraba hacia la puerta, por si ella salía. No lo hizo.
Bob seguía acomodando los barriles cuando escuchó el chirrido de la puerta al abrirse.
Nadia salió despacio. Se había lavado la cara y el cabello le caía húmedo sobre los hombros.
—¿Necesitabas ayuda con eso? —preguntó, como si nada hubiera pasado.
—No. Ya casi termino —respondió él sin mirarla.
El silencio volvió a estirarse entre los dos, lleno de cosas que ninguno se atrevía a decir.
Nadia se apoyó en la barra, cruzando los brazos, mientras observaba a Max en el suelo jugando con la manta sobre la que debería dormir.
—No me molesta lo que me hiciste —dijo, finalmente.
—¿De verdad?.
—No, no eres el primero que me lo hace.
Bob dejó el barril en el suelo con un golpe seco.
—Mirá, fue un error, ¿sí? No sé qué…
—No tenés que explicarlo —interrumpió ella, con una voz suave pero firme—. Ya está.
La forma en que lo dijo lo descolocó más que cualquier reproche. Era como si ella hablara desde un lugar donde la vergüenza ya no existía.
Bob la observó en silencio. Le resultaba imposible leerla. Tenía el cuerpo de una niña, pero se expresaba como una mujer. No sabía si estaba enojada, triste o simplemente resignada.
—No quise… —empezó, y se detuvo.
—Ya lo sé —dijo ella.
El perro ladró, rompiendo el silencio.
Bob se agachó para asegurar el último barril, solo para tener algo que hacer con las manos.
—Deberías irte por hoy —murmuró.
—¿No puedo quedarme?
—Podés venir mañana.
Ella asintió despacio. Antes de salir, lo miró una vez más.
—No te sientas mal, Bob —dijo casi en un susurro.
Y se fue caminando hacia la calle, con el abrigo mal cerrado y la cabeza baja.
Él se quedó quieto, con el corazón apretado, intentando entender si lo que sentía era culpa, deseo, o una mezcla enfermiza de los dos.
A la mañana siguiente, Bob había llegado temprano, más de lo habitual. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de ella con la verga suya en la boca volvía, mezclada con la del cachorro moviendo la cola y el ruido de los barriles.
Intentó distraerse limpiando el mostrador, ordenando vasos, revisando el dinero en la caja. Todo en vano. El silencio pesaba demasiado.
A media mañana escuchó la puerta abrirse.
No necesitó mirar. Sabía que era ella.
Nadia entró con paso tranquilo, casi inseguro. Llevaba una chaqueta diferente, el cabello suelto. Lo primero que hizo fue agacharse a acariciar al perro, que la reconoció enseguida y empezó a ladrar con alegría.
—Pareciera que ya te reconoce —dijo Bob desde la barra.
Ella sonrió apenas, sin levantar la vista.
Bob le sirvió un vaso de leche sin preguntar. Ella lo tomó y se sentó frente a él.
Ninguno habló durante un buen rato. Solo el ruido del perro bebiendo agua rompía el silencio.
Bob apoyó los codos en la barra, mirándola de reojo.
Sabía que en algún momento tendrían que hablar, aunque no sabía cómo empezar.
Y cuando finalmente lo hizo, la voz le salió baja, como si hablara desde muy lejos.
—Sobre ayer…
—¿Por qué lo hiciste?
—No lo sé. Sentí de pronto unas ganas que no sé explicarte.
—Lo entiendo. Es lo que mi mamá me ha dicho siempre.
—¿A qué te refieres?
—Que las mujeres somos agujeros para los hombres
—No es algo que una madre deba decirle a su hija.
—Pues me lo ha dicho desde siempre y algunos de los hombres que trae a casa me han hecho lo mismo que tu
Bob la miró asombrado.
—¿Desde…..?
—No lo sé, no recuerdo realmente cuando empecé. Pero me he acostumbrado. Dejan más dinero cuando mamá me pide que la ayude.
Bob quedó callado, inquieto, sin saber qué decir o hacer.
—Por eso trate de decirte que no te sintieras mal, tu verga no me disgustó. Tu me caes bien además, cuidas de Max y creo que de esa manera puedo compensarte por recibirme para visitarlo.
—¿Estás segura?
Nadia solo asintió.
Bob no perdió el tiempo, cerró ambas puertas que daban ingresó al bar y se acercó a ella, está vez la desnudó, primero el pantalón junto con el calzón que traía y luego la parte de arriba, dejando su figura menuda a la vista suya. Le acarició sus inexistentes senos, apenas algunas protuberancias. Se arrodilló junto a ella y besó su panza, su piel era muy suave. Nadia respiraba con dificultad y Bob comenzaba poco a poco a perder la cordura.
Por su mente pasó que podía hacer con ella lo que quisiera allí mismo, esa niña era ahora completamente de él. Su verga estallaba dentro de su pantalón con solo pensarlo.
Se encorvó para poder besar la vagina de la niña, metiendo su lengua dentro. Sabía a orina un poco pero delicioso sin duda, disfrutaba de su sabor, Nadia gemía ante sus lamidas. Aun era virgen, eso fue una celebración interna para Bob, lo dilucidó ante lo cerrada que estaba. Luego le dió la vuelta y repitió el proceso con su ano, cerrado al principio pero que poco a poco fue aflojando con las lamidas. En este punto los gemidos de Nadia eran más explícitos. Su lengua fue entrando, penetrando el pequeño ano.
—¿Quieres repetir lo que me hiciste a mí?
Nadia no contestó, simplemente ambos se acomodaron , ella arrodillada y él de pie. Cuando liberó su verga esta vez ella tuvo tiempo de mirarla, de admirarla. De hecho la detallaba lentamente, la veía con curiosidad, observaba la mata de pelos que la cubría. Es una verga grande, ella podía comparar con aquellas que ya habían pasado por su boca.
Nadia tomó el pene por la base y comenzó a pasarle la lengua por la punta con timidez. Bob disfrutaba pero ansiaba penetrarla como la primera vez. Quería apretarle la cabeza de nuevo contra sí y restregárselo hasta su garganta hasta llenarla nuevamente de semen, pero esta vez se contuvo, así que la dejó continuar esta vez a su ritmo.
Continuara.


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