Con mi hijo en el asiento trasero: Un largo viaje a Concepción
En marzo próximo mi hijo ingresa a la universidad, y con mi marido viajamos desde Copiapó a Concepción con él y todas sus cosas. Debemos viajar mi hijo y yo apretados en el asiento trasero, en pleno verano. Y ocurren cositas que aquí les cuento….
Con mi hijo en el asiento trasero: Un largo viaje a Concepción
Autor: Mamá anonima
Nunca te das cuenta de cuántas cosas has acumulado en tu vida hasta que llega el día de la mudanza.
Con nuestro hijo finalmente yendo a la universidad, tuvimos que hacer dos mudanzas en una. Mi marido Roberto y yo nos íbamos a mudar a un departamento a solo unos kilómetros, pero primero íbamos a llevar a Andrés dieciséis horas hasta Concepción donde está la universidad. Tuvimos que guardar todas nuestras cosas en una bodega, ya que no nos entregarían el nuevo departamento hasta dentro de tres semanas. Así que planeábamos un viaje en auto al sur de dos semanas después de ir dejar a Andrés, en un departamentito que le conseguimos cerca de la universidad.
Mientras cargábamos el auto, con todas las cosas de Andrés más nuestras maletas para el viaje de ida y vuelta de casi tres semanas, nos encontramos con un gran problema. Cuando el auto estuvo cargado, solo había espacio para dos personas: el conductor y alguien sentado en el asiento trasero justo detrás del conductor. Todos los demás lugares estaban apilados hasta el techo con las pertenencias de Andrés y nuestras maletas.
Mi marido intentó reorganizar todo, pero simplemente había demasiadas cosas.
Finalmente sugerí: «Andrés y yo podríamos ir ahí atrás un poco apretaditos.»
«¿Durante dieciséis horas?» preguntó Roberto. «Llegarán molidos.»
«Bueno, probablemente tendremos que hacer más paradas en el camino», me encogí de hombros.
«Con tu vejiga del tamaño de una taza de té, tendremos que hacerlo de todos modos», bromeó Roberto, siempre molesto por lo a menudo que necesitaba realizar paradas. Él era de los que pisaban el acelerador y se mantenían ahí, mientras que mi vejiga era de esos viajeros que siempre insistían en parar en cada estación de servicio.
Me giré hacia Andrés, que era delgado como yo, «¿Puedes aguantar dieciséis horas apretado junto a tu vieja madre?»
«Solo si es necesario», mi hijo, siempre sarcástico, aceptó a regañadientes. Se sentía reacio, pero se dio cuenta de que la única alternativa sería dejar algunas de sus cosas, lo cual no sería aceptable para él en absoluto.
«Cuidado con esa actitud, jovencito», respondí con una sonrisa. «Vas a estar atrapado a mi lado dieciséis horas, así que es mejor que yo esté de buen humor.»
Era un día muy caluroso en pleno febrero y todos estábamos sudados cargando el auto. “Vamos a ducharnos, antes de salir.», dijo Roberto.
Me duché rápido. Como iba a estar durante muchas horas, quería llevar algo realmente cómodo. Mis jeans serían demasiado ajustados. Además, hacía demasiado calor para ponérselos. Miré en mi armario. Mientras revisaba mi ropa encontré un vestido veraniego que traje de Santiago. Era del tipo holgado y corto con tiritas en los hombros, cuando me lo puse noté que se me veía demasiado el sostén. Me bajé el vestido, para quitármelo y me volví a poner el vestido. Me miré al espejo. Realmente no necesitaba sostén. Con cuarenta años, mis tetas seguían firmes. El vestido era corto. Llegaba a la mitad de los muslos. Me puse unos calzones blancos. Eché un último vistazo al espejo mientras me puse algo de perfume. Pensé para adentro. «Para ser madre de un hijo de dieciocho años, seguía estando regia. Sé que a mi marido todavía le gusta cómo soy, pues intenta culiarme bastante seguido.»
Antes de salir, todos hicimos una última pasada al baño, que por supuesto aproveché, y luego Andrés y yo nos apretujamos en el acogedor rincón detrás del asiento del conductor
Roberto preguntó, con el mismo sarcasmo de su hijo, «¿Cómodo y cómoda?»
Con el codo derecho de Andrés clavándose en mi pecho, bromeé: «Más apretados que abrazo de curados.”
«Salud», añadió Andrés, moviéndose un poco más, lo que hizo que me presionara aún más el pecho izquierdo, ya que a mi lado derecho estaba apretujada contra un montón de cajas apiladas hasta el techo.
Acabábamos de salir de Copiapó media hora después, cuando dijé: «Esto no funciona.»
«¿No te gusta estar apretujada como una sardina?» preguntó Andrés, mientras dejaba a un lado el libro que estaba leyendo en su iPad, así como yo también intentaba, ver Instagram en mi celular, y que era la único que podía hacer.
«No especialmente», acepté, mientras me movía ineficazmente antes de sugerir, «Quizá podría en tus piernas un rato.»
«Dale,» asintió mi hijo, estando de acuerdo conmigo por una vez.
Me subí a su regazo y suspiré, «Ahora sí que está mucho mejor.»
«De acuerdo», dijo Andrés.
«No soy demasiado pesada para ti, ¿verdad?» Pregunté. Con cuarenta años todavía estaba en muy buena forma. Era delgada, con tetas firmes, buen culo y piernas firmes. Como corredora de propiedades, sabía que mi aspecto físico jugaba un papel clave en mis ventas. El sexo vende, siempre lo ha hecho, siempre venderá. Así que normalmente me vestía con trajes de ejecutiva, pero sexys, o vestidos con estilo y con medias y tacos altos. Mis pechos naturales siempre estaban a la vista, ya que contaba con ellos para cerrar tratos.
«No, estás bien», respondió, moviéndose ligeramente.
Mientras Roberto seguía conduciendo, pronto noté dos cosas:
1. Llevar un vestido corto y delgado había sido una mala idea, ya que ahora estaba sentada en el regazo de mi hijo, con un vestido que no me cubría bien los muslos y un calzón tipo tanga como única separación con mi hijo de mi culo y vagina.
2. El pene de mi hijo estaba duro y podía sentirlo pulsando justo debajo de mi vagina.
Mi hijo, en el colegio había sido bastante estudioso como su padre, así que le ofrecieron beca en la Universidad. Además, había estado yendo a un gimnasio cerca de la casa durante el último año. Sus brazos delgados habían desaparecido, sustituidos por unos músculos impresionantes. Le había felicitado frecuentemente por su reforma física. Mi hijo se había convertido en un hombre.
Pero ahora, mientras conducíamos por un tramo accidentado de carretera que estaba en obras, me di cuenta de que mi hijo efectivamente se había convertido en hombre, pues podía sentir su hombría erecta justo debajo de mí.
Con cada bache en el camino, su dureza rozaba mi vagina, y aunque intentaba controlarme, me mojaba. Pensé en ajustar la posición donde estaba sentada, pero me preocupaba que le avergonzara si dejaba ver que podía sentir su erección. Así que, en vez de eso, intenté controlar mis rebotes sosteniéndome con las manos sobre el respaldo del asiento delante mío.
Sin embargo, durante unos diez minutos, que parecieron una eternidad, la erección de mi hijo, afortunadamente atrapada bajo sus pantalones cortos, seguía frotando contra mis partes femeninas muy mojadas y volviéndome loca.
Por fin la carretera se suavizó y ahora su tumescencia descansaba tranquilamente, pero seguía dura y yo seguía sintiéndola con fuerza, justo debajo de mi abertura. Sabía que debía moverme, aunque fuera de lado un par de centímetros probablemente ayudaría, pero aun así me sentía obligada a quedarme paralizada. En parte porque me preocupaba avergonzarle si me movía, pero también en parte, innegablemente, porque la posición en la que estaba sentada se sentía increíblemente bien.
Durante veinte minutos mi vagina descansó sobre su erección que nunca se redujo, mientras conversaba con mi marido tanto como podía para distraerme de la situación incómoda en la que estaba.
Finalmente vi un anuncio de una próxima estación de servicio y sugerí que paráramos.
Justo cuando Roberto iba bajando la velocidad, sentí el insistente sobresalto del pene de Andrés. Se estremeció tres veces, cada vez presionando ligeramente pero aun notablemente contra mis labios.
Gimí, sin querer.
Roberto preguntó: «¿Estás bien, Ximena?»
«Solo necesito estirarme un poco», respondí, sentada sobre mi hijo con cara roja de excitación.
«Tengo ganas de tomar algo», dijo mi marido mientras se estacionaba.
«Yo también», acepté, sintiéndome un poco deshidratada.
Cuando nos detuvimos, bromeé con Andrés: «Imagino que tú también mueres por un descanso.»
«No creas, he disfrutado del viaje», respondió mi hijo sin dar ninguna insinuación sexual. La verdad es que, salvo por mi frustración y culpa, una parte de mí también había disfrutado del viaje, pero si me atrevía a mencionarlo, mis palabras tendrían una clara carga sexual, así que guardé silencio.
Mi cara, que ya estaba bastante sonrojada, se sonrojó un poco más al abrir la puerta y salir. No estoy segura de sí mi cara podría ponerse más roja de lo que ya estaba, pero cuando mi hijo salió y se levantó, dos cosas quedaron claras:
1. Su erección sobresalía en sus pantalones cortos.
2. Los pantalones cortos tenían una mancha húmeda muy marcada que sin duda venía de mí.
Me di la vuelta y me dirigí al baño, mortificada de que mis fluidos hubieran mojado los pantalones cortos de mi hijo. Una vez dentro, me bajé los calzones y no podía creer lo mojados que estaban.
Debería decir que siempre me he mojado fácilmente, y ahora fue bastante mala onda. Siempre he tenido un apetito sexual feroz que mi marido rara vez podía saciar… así que era normal que me masturbara seguido en la cama o en la ducha.
Decidiendo que necesitaba calmar mi vagina ardiente (la verdad es que estaba tan caliente que apenas podía mantenerme en pie), me apoyé en la pared en un cubículo del baño y empecé a pajearme. No es de extrañar que la media hora de las bromas involuntarias de Andrés (esperaba que fueran sin querer, pero desde luego no iba a preguntar) ya me tenían excitada, y me corrí en un abrir y cerrar de ojos. El jugo de mi vagina se había derramado por la pierna cuando eyaculé, así que me limpié torpemente con papel higiénico.
Cuando ya estaba más o menos recuperada, también exprimí mis calzones envueltos en papel higiénico para intentar que estuvieran menos húmedos, pero después de ponérmelos, aún podía sentir su humedad. Normalmente me encantaba el sexo. Me encantaba correrme con ganas; pero el recordatorio constante de estos calzones mojados por el pene de mi hijo me había excitado era demasiado, así que me los quité.
En cambio, escondí el calzón sexy mojado en mi cartera y salí a lavarme las manos y las piernas. Por desgracia, entró una madre con su hijo, así que lo único que pude hacer fue lavarme bien las manos, esperando que eso fuera suficiente para ocultar el olor de mis fluidos.
Al salir del baño, decidí que de ninguna manera debía sentarme en el regazo de mi hijo. Pensé que, en cambio, tendremos que aguantar ir apretados lados a lado. Compré una Coca-Cola y una bolsa de papas fritas en una máquina expendedora y volví al auto.
Cresta, pensé mientras salía de la zona sombreada del área de descanso y el sol de verano me golpeaba. Aquí fuera era una hace un calor de mierda. Pensé en sacar unos calzones de mi maleta, pero decidí no hacerlo: ¿cómo iba a explicarlo? ‘Oh, solo es un cambio’ sonaría muy tonto e inevitablemente llevaría a más preguntas. No, gracias.
Mi marido y mi hijo estaban apoyados en el auto conversando cuando me acerqué a ellos.
«Bueno, ya quedan menos de catorce horas», bromeó Roberto con una sonrisa. «Chancaca.»
Andrés respondió: «No sé si será chancaca, pero yo creo que va a ser un viaje muy apretado.»
No podía asegurarlo, quizá era solo la parte insegura de mí, pero me pareció que mi enfatizó la palabra ‘apretado’.
Bromeé, dándome cuenta después de que mis palabras añadían más insinuaciones si él insinuaba una, y dije «Sí, lo más seguro será el mayor vínculo inevitable entre madre e hijo.»
«Bueno, sólo pueden ser ustedes dos atrás durante todo el camino», añadió mi marido. «Yo no quepo allí atrás con nadie.»
Eso era cierto. Mi marido era un hombre grande, y no había forma de que mi hijo o yo pudiéramos caber lado a lado con él o en su regazo.
Me quedaban menos de catorce horas para estar con mi hijo en el asiento trasero. Y el siguiente tramo sin ropa interior.
Por la mierda.
Mi hijo volvió a subir primero al auto y se dio unas palmaditas los muslos.
Yo tenía la intención de entrar primero y sugerí: «¿No deberíamos intentarlo codo con codo otra vez?»
«No es problema, mamá», dijo, dándose una palmada en el regazo una vez más.
«¿Seguro?» Pregunté, sabiendo que podría ser incómodo ya que yo iba sin calzones y mi vagina aún estaba húmeda… el goteo posterior a un intenso orgasmo.
«Lado a lado quedaremos demasiado apretados», respondió. «Ya lo sabemos por las malas.»
Ahí está esa palabra ‘apretado’ otra vez, pensé. ¿Lo dice a propósito?
«Pero te aplastaré las piernas», señalé, desesperada para no sentarme en su pene otra vez… aunque lo había disfrutado mucho.
Se encogió de hombros con desdén, «Ya poh, mamy, no pesai nada.»
«¿Seguro?» Pregunté de nuevo, aún con duda, mientras miraba hacia abajo y aún podía ver la mancha de húmedad en sus pantalones cortos, así como el contorno claro de su pene… que al menos ya no parecía estar completamente erecto.
«Mamá, no es tan peludo», respondió, diciendo ahora la palabra ‘peludo’.
Mi lado vivaracho quería responder, ‘puede que luego sea peluda la cosa’, pero la buena madre que hay en mí respondió: «¿Estás seguro de que no te voy a asfixiar?»
Se encogió de hombros, «Sabes que no arrugo.»
Así que me senté de nuevo en su regazo, sus palabras de nuevo posiblemente cargadas de insinuaciones, esta vez acomodándome de lado para sentarme más sobre su pierna y evitar su entrepierna.
Durante media hora me senté precariamente, pero con una clara razón en ese lugar mientras seguíamos avanzando. Entonces sentí sus manos en mis caderas mientras me decía, y sin pedirme mi opinión, levantándome un poco, «Mamá, tenemos que cambiar de posición.»
Cuando me bajó, mi vagina quedó de nuevo directamente sobre su pene, que estaba vez duro y prominente. No pude evitar soltar un leve gemido cuando mi vagina desnuda notó la presión. (Sé que la última vez que estuve sentada en esa posición lo llamaba pene, pero cualquier cosa que pudiera ponerme tan califa ya no era un pene, era una buena tula.)
Durante la siguiente media hora, aunque el camino era suave, seguía notando cómo su pene se estremecía de vez en cuando, lo que hacía que mi vagina temblara y se humedeciera excesivamente.
Roberto preguntó: «¿Van cómodos atrás?»
Mi hijo respondió: «Está apretado, pero bueno.»
Jadeé porque mientras decía eso, sentí tres movimientos distintos de su pene.
«¿Estás bien, Ximena?» preguntó Roberto, mientras sentía que algo de humedad se escapaba de mí.
«Estoy bien», respondí. Quería cambiarme de lugar, pero sabía sin ninguna duda que había dejado más humedad en la entrepierna de mi hijo, y si me movía (aunque no había ningún sitio a donde moverme), se notaría claramente. La posibilidad de disfrutar de múltiples orgasmos húmedos siempre había sido una gran alegría para mí, pero ahora yo estaba como momia.
«La próxima parada está a casi una hora», informó cortésmente Roberto a sus pasajeros.
«Estoy bien», respondí, intentando sonar casual.
Andrés añadió: «Sí, aunque aquí atrás hace calor.»
«El aire está a todo dar», le informó Roberto, y de hecho yo no tenía mucho calor, salvo abajo. Esta vez las palabras de Andrés estaban definitivamente llenas de insinuaciones. ¡Mi hijo estaba coqueteando conmigo!
«Creo que es el cuerpo de mamá apoyado en mí lo que me tiene tan acalorado», dijo Andrés, mientras volvía a flexionar su pene directamente contra mi vagina… Su intención ahora estaba perfectamente clara. Sus palabras también tenían doble sentido, con significado diferente para su padre y otro bastante distinto para mí.
Luego de otro minuto, Andrés preguntó: «Papá, ¿puedes subir el volumen de la radio?»
«Si lo hago, no podré hablar contigo, apenas te oigo ahora», objetó Roberto.
«No pasa nada», le tranquilizó Andrés, «te dejaremos conducir y rockear con tus canciones de los ochenta.»
«Persiana americana», empezó a cantar mi marido mientras subía el volumen de la radio con la melodía de Soda Stereo.
Andrés estaba haciendo algo con su celular. De repente sonó mi celular, anunciando un mensaje de whatsapp.
Estaba en mi cartera, que estaba en el suelo, así que bajé la mano y, al hacerlo, froté mi vagina contra la tula dura de mi hijo. No podía negarlo… Estaba increíblemente excitada.
Tomé el celular y me incorporé de nuevo, incapaz de no frotar mi vagina mojada otra vez, y vi que el mensaje era de mi hijo.
Quedé plop, hice clic en él.
¿Por qué no llevas calzones?
Volví a jadear. Aunque esta vez la música estaba demasiado alta para que mi marido pudiera oírme.
No sabía qué decir.
Siguió un segundo mensaje.
¿Y por qué estás tan mojada?
Todavía no sabía qué decir.
Estaba paralizada por la indecisión. Obviamente debería dejar de enviar mensajes inapropiados de inmediato. Sin embargo, estaba increíblemente caliente, así que no pensaba como una madre o una esposa, sino como una mina loca.
Mientras miraba el celular, sorprendida por los mensajes descarados de mi hijo pero igualmente excitada, me sobresalté al sentir las manos de Andrés agarrando mis caderas, y levantándome.
Me apoyé ligeramente en el asiento del conductor, chocando con mi marido.
Roberto miró hacia atrás y dije, intentando actuar con naturalidad, aunque mi mente se volviera hecha un lío, «Perdona, solo es cambio de posición.»
«Pucha que siento esta situación», se disculpó.
«Es lo que hay», respondí, sin culparle, mientras sentía las manos de mi hijo en mis caderas bajándome de nuevo a su regazo y… ¡Y directo a su pene duro!
Grité sorprendida y Roberto preguntó mientras bajaba la radio: «¿Estás bien?»
«Sí, me acabo de pinchar con algo que hay dentro de una de las cajas», respondí débilmente, incapaz de no decir alguna diablura, y un placer increíble me recorría mientras una media penca, me daba las razones para saber que era más grande que el de mi marido, estaba metida profundamente, sujetándome con sus manos en mi posición firmemente en mis caderas.
«Okey», asintió, mientras subía el volumen de la radio cuando comenzaba otra canción de los ochenta, ‘Es por amor’ de G.I.T.
Me quedé ahí sentada; Todavía en completo shock porque el pene de mi hijo estaba metido con todo, anclándome en el lugar.
Me quedé ahí sentada; El impulso de empezar a cabalgar en el pene de mi hijo crecía con cada segundo que permanecía dentro.
Me quedé ahí sentada; Preguntándome qué iba a hacer mi asombroso hijito a continuación.
Me quedé ahí sentada; deseando en secreto que Andrés tomara aún más control.
Me quedé ahí sentada; preocupada de que si mi hijo tomaba el control, no podría ocultar la obvia realidad de que estábamos cometiendo incesto a solo unos centímetros de mi marido.
Me quedé ahí sentada y… Critícame si es necesario… disfruté del viaje, cada bache en el camino me daba un placer fresco mientras el pene de Andrés se impulsaba dentro mío. Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no gemir, para no alertar a mi marido del adulterio incestuoso que estaba cometiendo y no podía negarlo, lo estaba cometiendo voluntariamente.
Sin embargo, me frustraba que mi hijo, que había sido tan descarado de metérmelo, ahora estuviera sentado leyendo su iPad, como si no lo tuviese metido hasta el fondo en la zorra de su madre.
Me quedé sentada más de media hora como weona, sin hacer nada más que dejar que me agarrara para el weveo.
Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no ceder a mi hambre insaciable y empezar a cabalgar salvajemente arriba y abajo sobre el pene de mi hijo.
Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no gemir en cada bache en la autopista, especialmente cuando Roberto de vez en cuando conducía sobre algunas franjas de vibración, haciendo temblar mi cuerpo y mi vagina.
Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no frotar mi vagina contra su pene para llegar al orgasmo, ¡ Me tenía loca la provocación de un pene quieto dentro de mí, pero sin hacer absolutamente nada!
Roberto me sobresaltó, ya que tenía mi cabeza a kilómetros de distancia, cuando anunció: «Veinte kilómetros hasta la próxima parada.»
Esto pareció hacer que mi hijo finalmente tomara el control. Empezó a levantarme lentamente arriba y abajo sobre su pene.
Apreté los labios para asegurarme de no gemir mientras una mezcla de emociones giraba en mi interior.
Emoción, porque mi hijo por fin estaba tomando el control.
Humillación, porque me emocionaba que él tomara el control.
Placer, porque culiar lento recorría cada fibra de mi ser.
Frustración, porque no me estaba culiando con todo como me gustaba, aunque sabía que ahora no se podía.
Culpa, porque estaba permitiendo que mi hijo me culiara. Teóricamente, cuando su pene estaba inmóvil dentro de mí, no le permitía culiar. Simplemente le había dejado penetrarme. Sé que es una tecnicidad lamentable, pero era todo lo que me quedaba por aferrarme… Y ahora se había ido.
Entonces mi hijo soltó mis caderas, cediéndome la decisión a mí.
Esta era mi oportunidad para poner fin a esto. Levantar mi cuerpo y expulsar su pene de mi vagina que se encontraba muy mojada. Para tomar el control parental de esta extraña situación.
Y efectivamente tomé el control. Aunque no como madre, sino como una weona caliente.
Retomé el control a cámara lenta que antes mi hijo había estado controlando.
De repente no era mi hijo obligándome a montarlo, era yo quien lo montaba por mi propia voluntad… porque quería… porque yo lo quería… aunque poco a poco, lo que solo aumentó mi frustración porque sabía que no podría llegar al orgasmo a full ahí.
Necesitaba cabalgar sobre su pene y hacerlo con fuerza.
Necesitaba montarlo rápido.
Necesitaba que me golpeara. No necesitaba hacer el amor, necesitaba culiar.
Sin embargo, no podía hacer ninguna de esas cosas sin revelarle por completo a mi marido la impactante verdad de lo que estábamos haciendo.
De repente, mi celular, que ya había dejado en modo vibrador, vibró en mi mano.
Lo miré.
Chucha que te quiero, mamá.
Leer esas cinco palabras… leer la más dulce y entrañable… inocente incluso… término para ser madre… y yo era un desastre temblorosa y necesitada.
No podía negar que sentía algo poderoso incluso mientras su pene se movía lentamente dentro de mí, incluso mientras miraba esas palabras tiernas. ¡Hablando de tus señales contradictorias!
Yo también le quería. Sin duda.
Y esto… esto… lo que fuera esto… solo aumentó mi amor por él.
¡Me convencí de que esto no estaba mal!
¿Cómo podía algo malo sentirse tan bien?
Estaba haciendo feliz a mi hijo, que es el objetivo de toda madre… de todas las mamás.
Me costaba controlar mis manos temblorosas para poder escribirle también.
Yo también te quiero, hijo.
Otro mensaje.
Voy a correrme dentro de ti, mamá.
Otro texto:
Solo muévete un poco más rápido, mamá.
Otro texto:
¡Por favor, mamá!
Quería hacer feliz a mi hijo.
Quería sacárselo.
Quería sentir su semen disparado dentro de mi vagina.
Así que…
Empecé a montarle más rápido, agarrándome con cautela al respaldo del asiento de mi marido para apoyarme.
No cabalgué sobre su pene como desesperadamente quería, pero sí me moví más rápido y ejecuté mi movimiento experto que siempre hacía que mi marido se excitara, apretando mis músculos en la vágina alrededor de su rígido pene.
Igual que siempre le funcionó a mi marido, ahora le funcionó a mi hijo… de tal palo, Talcahuano… mientras sentía su semen llenando mi vagina.
Solté un gemido incontrolable, agravado por el hecho de que mi cabeza descansaba en el respaldo del asiento a solo unos centímetros de la oreja izquierda de mi marido.
«¿Estás bien?» preguntó Roberto de nuevo.
«De verdad necesito mear», respondí, buscando desesperadamente cualquier excusa mientras mi hijo seguía eyaculando dentro y yo ordeñándolo hasta donde podía.
«Un par de minutos más», prometió.
«Dále,» respondí, inclinándome y añadiendo el doble sentido, «si me aguanto mucho más, podría explotar.»
«Estoy haciendo lo mejor que puedo», dijo, sabiendo por años de viajes que cuando digo que tengo que mear… Tengo que hacer pis.
Mi hijo empezó a moverse de golpe, culiándome de verdad, haciéndome temblar y jadear, «Cresta.»
«Hay una estación de servicio a unos tres kilómetros», dijo Roberto, señalando un cartel.
«Estoy tan a punto», respondí, otra vez con doble sentido, ahora completamente incapaz de ocultar mi desesperación por venirme, agradecida de que malinterpretara mi urgencia, mientras intentaba desesperadamente correrme al menos sin gritar, y antes de llegar a la estación de servicio.
Andrés siguió bombeando su pene, no súper rápido ni lo bastante fuerte como para hacer ruidos de cacheteo, pero sí lo bastante activo para que mi orgasmo se sintiera.
Sentí cómo subía la marea dentro de mí, sabiendo que la erupción inevitable estaba cerca, cuando vi el cartel de dos kilómetros.
La urgencia me sobrepasaba, tenía que tener este orgasmo, ¡No podía estar más caliente, lo necesitaba ahora! Me aparté de mi marido, me recosté contra el pecho de mi hijo y monté su pene como una loca mientras movía la mano hacia mi clítoris y empezaba a rasguear.
Agradecí que la música estuviera demasiado alta para que mi marido no pudiera oír los sonidos húmedos del sexo justo detrás de él mientras yo daba botes sobre el pene de Andrés, desesperada por llegar al orgasmo.
Pude ver la estación de servicio y un restaurante a poca distancia, acercándonos rápidamente mientras yo hacía lo mismo, y cerré los ojos y monté y monté y me froté… y froté y finalmente explotó.
«Chucha,» gemí fuerte, dejando salir la palabra, segura de que mi marido aún pensaría que estaba desesperada por orinar, sin saber que justo detrás de él no podía contener mis vocalizaciones no por la presión del pipí, sino porque mi orgasmo me golpeaba como una tormenta, mis fluidos brotando de mí, mojando el pene y el regazo de mi hijo. De nuevo agarré el asiento del conductor y me levanté, el pene de mi hijo finalmente salió de mi vagina califa.
Por suerte, Roberto nunca pensó en sexo incestuoso. ¿Por qué iba a ser así? Yo estaba en el asiento trasero con mi hijo mientras Roberto me tranquilizaba, claramente preocupado por mi vejiga, «Treinta segundos, amorcito.»
«Súper, gracias», respondí débilmente, mientras mi orgasmo imparable seguía atravesándome como un tornado.
Podía sentir a mi hijo retorciéndose debajo mío, probablemente guardando su pene, cuando me dí cuenta que aún no se lo había visto.
Simplemente cerré los ojos y permití que el tornado de placer girara por mí, un orgasmo tan intenso como cualquiera que hubiera experimentado. En parte porque el pene de mi hijo era más grande que el de mi marido; en parte por el tabú de culiar con mi hijo; y en parte por la loca realidad de que hacerlo con mi hijo en un auto con mi marido a escasos centímetros.
Cuando llegó y detuvo el auto, mi orgasmo aún no estaba completo. Sin embargo, tenía que parecer urgente, incluso desesperado, como si pudiera mearme en cualquier momento, así que abrí la puerta de golpe, con semen corriendo por mis piernas, y salté del auto, mirando hacia atrás mientras comenzaba a correr para ver a mi hijo sonriéndome con su paquete sano y salvo en sus pantalones cortos… aunque con una clara zona húmeda que proporcionaría pruebas visibles de nuestra mala conducta si la PDI llegara a investigar.
Me escabullí en el restaurante y entré al baño, la culpa y la vergüenza por mi indiscreción y acto incestuoso me golpearon de repente como el calor del verano.
… ¿Yo había…… ¿había… tenido…sexo… con… mi… ¡Hijo!
En… nuestro… ¡Auto!
Con… mi… marido aparentemente despistado… a centímetros… ¡Conchesumadre!
Oh… mierda.. ¡Por la cresta!
… soy… la… la peor… Madre… ¡Por la chucha!
¿Pero peor aún?
¡Había sido la raja!
Puede que haya sido una mala madre, ¡pero fui una muy buena mamá!
Llegué al baño y, hoy por segunda vez, me limpié fluidos de eyaculación de las piernas. Esta vez el fluido no era solo mío.
¿Qué me había pasado?
¿Por qué dejé que mi hijo me hiciera eso?
Podía culpar al espacio reducido, pero la verdad es que nada me había impedido expulsarlo de mí. Nada excepto mi propia disposición a culiar.
¡Por la chucha!
Luego me escribió:
Fue la raja, mamá.
¡Por la chucha!
Le respondí, mi orgasmo finalmente se calmaba, por fin respondía como madre:
¡¡Esto no puede volver a pasar!!
No respondió.
Así que, mientras terminaba de limpiar, volví a escribir:
¡Hablo en serio!
Volvió a ignorar el mensaje.
Me calmé al menos físicamente y me di cuenta de que me sentía completamente deshidratada como sí hubiese estado en el gimnasio.
Salí del baño y vi a mi marido y a mi hijo conversando que me esperaban en una mesa.
Comimos y, aunque estuve ansiosa todo el tiempo, mi hijo tenía cara de póker y no dejaba entrever nada de lo que había pasado. Yo, en cambio, tenía la culpa escrita en la cara.
Dos veces Roberto me preguntó si estaba bien.
Simplemente fingí hambre y agotamiento por tener que aguantar tanto tiempo para orinar.
Después de comer, y de beber mucha agua, nos preparamos para continuar el viaje.
Roberto había echado bencina mientras yo estaba en el baño, así que estábamos listos para salir.
De nuevo, mi temor me sobrepasó.
¿Y ahora qué? ¿Cómo iba a sentarme en el regazo de Andrés otra vez?
Sin embargo, no pude decir nada; Literalmente no había alternativa.
Así que me senté. Aunque esta vez, una vez cerrada la puerta, me coloqué apoyándome en la puerta y estirando las piernas entre los dos asientos delanteros. Mi vagina estaba fuera de alcance en esa posición. Había encontrado la caleta protectora de mi vagina.
Y durante una hora funcionó. Andrés continuó leyendo en su iPad y yo mirando mi Instagram. Pensaba que Andrés y yo teníamos muchos intereses en común, y que el gusto por el placer sexual era uno de ellos.
Sin embargo, si estás sentada en una posición durante una hora, la parte trasera comienza a doler. Sin embargo, aunque estaba muy incómoda, me negué a reposicionarme, aunque empecé a retorcerme un poco.
De repente, la mano de mi hijo descansó sobre mi rodilla, mi vestido estaba levantado mostrando bastante pierna.
Su mano no subió por mi pierna, simplemente permaneció allí como una provocación constante… un recordatorio constante.
Apartaba la mano para pasar una página en su iPad cada ciertos minutos, aunque no la volvía a poner más arriba cuando la volvía.
Parecía ajeno al impacto que eso tenía en mí, una distracción constante, aunque hace unas horas no me habría afectado en absoluto.
«¿Qué tal están ahí atrás?» preguntó Roberto unos minutos después.
«Tengo el culo entumecido», bromeé, aunque era la verdad.
«Hay una parada con vista panorámica en cinco kilómetros», dijo, «vamos a parar y dar una pequeña caminata.»
«Suena bien», dije.
«Sí, me vendría bien estirar los pies», coincidió Andrés, mirando a mis ojos casi por primera vez en todo el trayecto.
Aparté la mirada rápidamente, como si estuviera en séptimo en el colegio y un niño que me gustaba me hubiese mirado.
¿Qué me había pasado?
Le había dicho que no podía volver a pasar.
Parecía respetar mi decisión.
Ahora me sentía insegura y molesta porque me ignoraba… Me sentí como si tuviera quince años otra vez.
Me quedé mirando más allá de mi marido y a través del parabrisas durante los siguientes minutos hasta que bajamos la velocidad.
Cuando nos detuvimos, me giré de espaldas a la puerta. Mientras lo hacía, mi vagina desnuda tocó de nuevo brevemente el pene de Andrés, que estaba duro otra vez.
Mi primer pensamiento fue: ¿Cuánto tiempo lleva duro?
Mi segundo pensamiento fue: ¿Por qué está duro?
Mi tercer pensamiento fue: ¿Cuántas veces puede pararse?
Mi cuarto pensamiento fue: ¿Qué cresta me pasa?
Abrí la puerta y salí.
Me estiré, agradecida de estar al aire libre… Aunque seguía haciendo un calor de mierda.
Roberto preguntó: «¿Quieren ir de excursión?»
«¿Cuánto tiempo?» Pregunté.
Se acercó a un mapa expuesto y comentó: «Hay dos senderos desde aquí. Uno mide unos 1600 metros de largo; el otro, cinco kilómetros.»
«1600 metros, claro; cinco kilómetros con este calor, ni cagando», respondí.
Andrés dijo, «Necesito hacer una larga pausa en el baño, lavarme un poco de este sudor, ¿por qué no van ustedes solos?»
«Claro», dijo Roberto, tomando mi mano.
Empezamos a caminar y no pude evitar mirar atrás a mi hijo para ver si nos estaba observando… Y no lo estaba. Curiosamente, eso me hizo sentir no deseada, lo cual, por supuesto, era absurdo.
Mientras caminábamos por el sendero, tuve de repente la necesidad de demostrarle a mi marido que le quería. Necesitaba compensar mi indiscreción, aunque él no lo supiera, haciendo algo por él.
Unos diez minutos después de empezar la caminata vi un pequeño sendero lateral y le invité: «Sígueme, te conviene.»
Él objetó: «No creo que esto forme parte del sendero.»
«Ojalá que no», ronroneé, intentando parecer sexy y con intenciones inapropiadas.
Un par de minutos después, lo bastante adentro del bosque como para que no nos vieran, le besé en la oreja mientras le saqué el pene del pantalón, me arrodillé para ponerlo en mi boca. Había pensado en culiar, pero no quería que notase que no llevaba calzones.
Jadeó, «¿Ximena, en serio? ¿Aquí?»
«Siempre dices que desearías que fuese más espontánea», bromeé, aunque si supiera lo espontánea que había sido hoy, probablemente se iría de espalda el loro. Además, aunque teníamos una buena cantidad de sexo juntos, yo estaba dispuesta a probar casi cualquier cosa por él en la cama, en cualquier otro lugar, normalmente no era muy arriesgada.
Pero hoy mi típica inseguridad, o la idea de que el sexo era solo para el dormitorio, parecía haberse hecho añicos tras el sexo embriagador y tabú que disfruté en el asiento trasero de nuestro auto. Ahora quería arriesgarme.
Antes de que pudiera decir una sola palabra, tomé su pene flácido en la boca. Me encanta chupar penes… Siempre lo he hecho. En el colegio fui un poco puta. Chupé muchos penes, pensando que era una buena forma de guardar mi virginidad para el matrimonio. Además, sabía que lo hacía bien y hasta disfrutaba del sabor y la textura del semen. Por supuesto, al final no salvé mi virginidad, ya que me culeó un amigo un poco mayor en la fiesta de despedida de cuarto medio.
«Por la mierda,» gimió Roberto, «¿qué te pasa, Ximena?»
La respuesta a esa pregunta era ‘tu hijo’, pero no parecía una respuesta prudente.
Saqué su pene de mi boca y pregunté: «¿No puede tu esposa mostrarle a su marido que lo quiere dándole una pequeña sorpresa? ¿Como una chupadita de tula en un bosque nativo del sur?»
«Sí que puede», se rió.
«Quiero que te vayas», bromeé, volviendo a tomar su pene en la boca.
«Y también es bueno para tu piel», añadió, habiendo leído en algún sitio que el semen es bueno para la piel de una mujer y había usado ese argumento para darme el primero de sus muchos faciales años atrás.
Aunque prefería tragar que aguantar en la cara, como era bastante sumisa, siempre dejaba que Roberto se corriera donde quisiera.
Protesté, por primera vez desde mi primer tratamiento facial, «Ni se te ocurra. No aquí.»
«¿Qué? ¿Crees que Andrés se sorprendería?» bromeó, deslizando su pene de nuevo en mi boca.
Pensé para mí misma, Si tan solo supieras. Aun así, seguía dándole, sintiéndome eufórica de hacerlo en un lugar tan público y exótico.
«No aguantaré mucho», gimió, mientras yo se lo chupaba con hambre.
Seguí dándole y eyaculó una carga completa… en mi boca, por suerte… Aunque lo sacó antes y me lanzó una pequeña cantidad en la cara.
Jadeé, «¿De verdad?»
«No pude resistirme, ese final me excita», se encogió de hombros, mientras deslizaba su pene de nuevo en mi boca.
Ordeñé los últimos restos antes de levantarme y besarle con fuerza, dándole un poco de su propia medicina, por así decirlo. No parecía importarle, lo cual me sorprendió un poco.
Cuando terminó el beso, dijo: «Bueno, eso fue inesperado.»
«Tenía hambre», me encogí de hombros.
«Bueno, siempre estoy dispuesto a darte de comer», sonrió mientras guardaba su pene.
Volvimos al sendero señalizado y reanudamos de la mano nuestra caminata.
No sé cuánto tiempo tardó, pero al final volvimos al punto de partida, y Roberto me susurró: «Deberías ir al baño ahora.»
«Buena idea,» asentí, «de verdad tengo que hacer pis.»
«Y limpiarte eso de la cara», añadió.
«Weon culiao, me dejaste llevarlo durante toda la caminata», le culpé, porque se me había olvidado que estaba ahí.
«Bueno, no parecías demasiado preocupada, y no conocemos a nadie aquí», se encogió de hombros.
«Excepto nuestro hijo», señalé.
«Por eso lo mencioné», dijo.
«Vos soy bien weon», dije juguetonamente, dándole un golpe en el hombro.
«Me parece bien. Quizá esta noche le damos con tutti», replicó, ya que de vez en cuando me daba por el culo.
«Ojalá», respondí con sarcasmo, aunque asumía que estaríamos culiando esta noche, y dado lo sumisa que era, sabía que no le mantendría alejado de mi culo, si eso era lo que él quería.
«No, no quiero, lo sé», dijo, dándome una palmada en el culo.
Fui al baño, y me lavé la cara.
Cogí un Gatorade y un chocolate y volví al auto.
Mi hijo y mi marido estaban apoyados en el auto, conversando. Me preguntaba que sería raro si hablaran de sexo.
Me uní a ellos y pregunté: «¿Listos para irnos?»
«Listo calisto», dijo Andrés, antes de añadir, «¿lista para aguantar sentada en mis piernas un par de horas más?»
«¿Listo para que tu madre te aplaste un par de horas más?» Respondí.
«Ha sido un poco apretado, sí», replicó, sonriéndome por primera vez desde nuestro acto impactante.
Me reí, intentando actuar con naturalidad, preocupada de que mi marido pudiera percibir la tensión sexual entre su mujer y su hijo, «Sí, hace calor ahí atrás.»
Andrés se rió, «Sí, es un panorama seguro para bajar de peso.»
Roberto se disculpó con los dos: «Siento que no lo hayamos planeado mejor.»
Bromeó Andrés, repitiendo una frase que yo había dicho antes: «Ha permitido un vínculo especial entre madre e hijo.»
«Pues prepárate para vincularte un poco más», dijo Roberto, «Quedan dos o tres horas hasta nuestra parada para cenar.»
No pude evitar reírme, pero también sentirme mortificada por las actividades sórdidas de unión que mi marido aprobaba tácitamente, especialmente cuando mis ojos se posaron en mi hijo, que me miraba hambriento con una gran sonrisa en la cara.
Estábamos de vuelta en el auto, yo de nuevo en el regazo de Andrés, esta vez encaramada en su pierna derecha, y apoyada en las cajas a mi derecha.
Como la última vez, solo leyó y me ignoró durante la primera hora. Podríamos haber hablado de cualquier cosa entre nosotros porque Roberto tenía la radio a todo volumen, pero no lo hicimos.
Pero cuando empecé a moverme nerviosa, sintiéndome de nuevo inquieta, me preguntó: «¿Incómoda?»
Asentí.
Él asintió, «Yo también,» y rápidamente sacó el pene de los pantalones cortos. «Ahí está, así está mucho mejor.»
Me quedé mirando su pene semi-erecto.
Era la primera vez que lo veía desde que era un niño.
No podía apartar la vista de él.
Señaló mi vagina.
Le miré confundido.
Movió la mano a mi pierna y metió la mano bajo mi vestido, yendo directamente a mi vagina desnuda.
Gemí suavemente, pero por suerte la música lo tapaba.
Me senté en su rodilla dejando que mi hijo me metiera los dedos en la vagina… que hizo durante unos buenos cinco minutos… Me tenía súper caliente y excitada. Volví a estar en el mejor momento, y sabía que haría lo que él quisiera de mí, salvo delatarnos ante su padre.
Luego sacó el dedo y se lo metió directamente en la boca.
«Delicioso», dijo, lo suficientemente alto para que mi marido le oyera.
«¿Qué hay de delicioso?» preguntó Roberto.
«El tentempié que mamá acaba de compartir conmigo», respondió Andrés con descaro.
«¿Queda alguno?» preguntó Roberto.
«No, lo siento, me lo he comido todo», respondió Andrés, mientras yo permanecía en silencio, inmóvil y sintiendo que debería avergonzarme, pero no lo estaba.
«Me vendría bien un tentempié», comentó mi marido, despistado, continuando nuestra conversación surrealista.
«Yo también», añadí, mirando el pene de mi hijo y relamiendo mis labios con intención desenfrenada.
«Quizá en la próxima parada», sugirió Andrés.
«Definitivamente voy a parar pronto», dijo Roberto. «De todas formas, necesito ir al baño.»
«Dios, qué calor hace aquí atrás», se quejó Andrés, quitándose la camiseta, mostrando sus abdominales duros… Una atracción que mi marido había perdido años atrás.
Luego cogió mi mano y la guio hacia el pene.
Debería haberme resistido, pero su atracción magnética era demasiado, y no dudé en absoluto.
Tomé su herramienta en la mano y la acaricié, sabiendo que, aunque ya había oscurecido, mi marido aún podía mirarme por el retrovisor cuando quisiera… aunque solo veía mi rostro hambriento a través de la penumbra.
Ojalá pudiera chupar el precioso pene ligeramente curvado de mi hijo, pero eso era literalmente imposible en ese espacio reducido.
Para entonces ya había aceptado, mientras me masturbaba y miraba el majestuoso pene de Andrés, que estaba dispuesta a permitir que mi hijo me lo metiera de nuevo.
Quería ese pene dentro. Lo necesitaba.
Estaba a punto de subirme y dar una vuelta cuando Roberto anunció inesperadamente: «Me voy a detener.»
Sus palabras y el auto que frenaba me devolvieron a la realidad como una ducha fría. Una realidad en la que estaba acariciando el pene de mi hijo y a punto de montarlo voluntariamente.
Solté el pene de Andrés y, para mi sorpresa, no lo guardó mientras nos deteníamos en una bencinera de un pueblo pequeño.
Roberto nos dijo: «Parada de cinco minutos», al salir del auto.
«Un tentempié de dos minutos», dijo Andrés, abriendo la puerta, bajando y pidiendo, «chúpalo, mamá.»
Jadeé. Quería chupárselo, pero no podía creer que quisiera que lo hiciera aquí, aunque Roberto nos había estacionado convenientemente en un sitio apartado y el estacionamiento sin luz estaba casi totalmente oscuro.
«Ya poh, dále rápido, mamá», ordenó, «solo tenemos tiempo para un aperitivo.»
Salí rápidamente del auto, abrumada por un hambre y un deseo insaciables, me giré y le exigí acercando la boca a su pene: «Vigila a tu padre.»
«Sí, mamá», gimió, mientras yo me metía la mayor parte de su pene en la boca.
Comencé rápido, recordando como se lo hacía a los cabros del colegio para que se fuesen rapidito.
Hubiera preferido saborear más mientras chupaba el pene y le masajeaba las bolas y entrepierna, me encantaba adorar un pene, pero el tiempo era esencial. Así que me movía furiosamente arriba y abajo, disfrutando de los gemidos que salían de la boca de mi hijo.
«Estoy a punto, mamita», advirtió, y seguí dándole aún más rápido, dejando claro que tenía permiso para irse en la boca de su mamá.
Entonces, de repente, me susurró: «¡El papá! ¡El papá! ¡El papá!»
Me levanté rápidamente y vi a Roberto acercándose con una pequeña bolsa. ¡Menos mal que el estacionamiento estaba tan oscuro! Me preguntó: «Todavía tienes que hacer pis, ¿verdad?»
«Ya me conoces», me encogí de hombros mientras me dirigía a la estación de servicio.
Fui al baño y luego me miré al espejo. ¿Qué me pasa?
No tenía respuesta a la pregunta. Hace unos momentos le estaba chupando la tula a mi hijo en el estacionamiento de una estación de servicio, y estuvimos a segundos de que disparara su carga.
Para alguien que no era de arriesgarse, estaba segura que rompía el personaje. Monté a mi hijo hasta orgasmos mutuos en el asiento trasero del auto mientras mi marido conducía, le había chupado y tragado la carga a mi marido en un sendero apartado, y justo ahora había se lo había chupado a mi hijo, y no fue por ninguna virtud mía que no se corriera en mi boca.
Probablemente Andrés querría que terminara lo que había empezado cuando volviéramos al camino. Seguro que me pondría directo al grano.
Volví al auto y ambos hombres ya estaban sentados dentro. Me coloqué una vez más en el regazo de mi hijo, su pene ya estaba fuera y parecía esperar un cuidado tierno y amoroso.
Volví a la misma pierna derecha en la que había estado sentada antes de detenernos. Me gustaba poder vigilar tanto a mi marido como a mi hijo.
En cuanto volvimos a la autopista, Andrés señaló su pene y yo silenciosamente me acerqué y empecé a masturbarlo, mientras mi marido empezaba a hablar conmigo.
«Nos faltan unos ciento diez kilómetros para que podemos parar a cenar y a un hotel», dijo.
«Me parece bien», dije y continué, de nuevo con doble sentido, «Para entonces estaré muerta de hambre, puede que incluso tenga que comerme un buen y jugoso bistec.»
«Yo también», se unió Roberto; Tuve que morderme el labio para no reírme.
«¿Y tú, Andrés, que te gustaría comer?» Pregunté, lanzándole una mirada a los ojos que lo decía todo.
Volvió a meter la mano bajo mi vestido y respondió, sin apartar la mirada de los míos: «Bueno, espero que esta noche haya pescado.»
Roberto nunca me haría sexo oral, decía que era asqueroso. Así que la idea de que me lamieran la zorrita por primera vez desde hace un par de décadas, por un compañero de universidad en una noche de borrachera del último año, me resultaba muy atractiva.
«¿Pero, si no te gusta el pescado?» Roberto preguntó desconcertado.
«Me gusta un tipo», respondió mi hijo, sin apartar la mirada de mí.
«¿Qué tipo es ese?» preguntó Roberto, ajeno a las insinuaciones traviesas en las que participaba sin querer.
Intenté cambiar de tema: «¿Hiciste la reserva de hotel?»
Roberto, que nunca fue un planificador, se encogió de hombros, «No.»
Sintiendo una oleada de euforia al conversar con mi marido mientras simultáneamente acariciaba el pene de mi hijo, pregunté: «¿No deberíamos llamar antes?»
«Habrá espacio», creyó Roberto a ciegas.
«Okey», me encogí de hombros, concentrada en el pene de mi hijo.
«¿Tienes ganas de vivir solo, Andrés?» preguntó Roberto.
«Compartiré el departamento con un compañero para bajar los gastos», señaló.
«Ah, claro,» asintió Roberto, «¿Lo conoces?»
«Supongo», respondió Andrés, distraído por la forma en que mis dedos recorrían suavemente sus bolas.
«Espero que se lleven bien», continuó Roberto, intentando mantener la conversación moribunda.
Canturreé: «¿Quién no podría querer a nuestro dulce Andrés?»
«Sí, soy prácticamente irresistible», bromeó.
«¿Eso es algo bueno?» preguntó mi marido.
«A veces», respondió Andrés.
Seguimos conversando unos minutos más sobre trivialidades hasta que Roberto volvió a subir la música.
«¿Necesitas cambiar de posición?» preguntó Andrés.
«Sí», asentí, sin haber dejado de mirar y acariciar su pene.
Se dio una palmada en el regazo, como si esta vez pusiera la decisión en mis manos (juego de palabras intencionado, ya que seguía acariciando el pene).
Me detuve para estabilizarme y luego me giré, de espaldas a él, habiendo cambiado de manos para seguir sujetando su pene mientras me sentaba a horcajadas. Volví a hacer una pausa y luego bajé sobre el pene duro y que acercaba a mi vagina. ¡Por la chucha, qué bien se sentía!
Mi vagina estaba hirviendo y recibió fácilmente el pene de mi hijo cuando fue invadida de nuevo.
Cuando estuve completamente asentada en su regazo, simplemente me quedé allí, disfrutando de la sensación de estar llena de nuevo. La primera vez estuve llena de ansiedad y lo hicimos apresuradamente, sin mencionar que estaba luchando con emociones encontradas. Esta vez iba a disfrutar del viaje.
Primero, solo me movía en su pene, moviendo las caderas hacia adelante y hacia atrás.
Mientras hacía esto, Andrés me tomó los pechos por primera vez. Sin embargo, sabiendo que las luces de los autos opuestos podrían permitir que Roberto me viera siendo manoseada por nuestro hijo en el retrovisor, aparté sus manos.
Por suerte, no lo intentó de nuevo.
Para mi sorpresa, esta postura junto con el lento frotamiento fue suficiente para que Andrés se fuera cortado, porque sin previo aviso, a los pocos minutos de la lenta provocación, sentí cómo las paredes de mi vagina se cubrían de semen.
Me decepcionó, ya que quería disfrutar de verdad la última hora del viaje. Pero un minuto después, cuando terminé de ordeñar su semen y empecé a levantarme de él, me sujetó.
Le miré con curiosidad y él me hizo un gesto con los labios: «Dame cinco.»
Era como si hubiera dicho: ‘Te quiero’. Cuando Roberto terminó, terminó… necesitando horas para recargar su arma. Si yo no me iba cortada primero, que casi siempre ocurría, no era un asunto al que le pusiera atención.
Pero Andrés, joven y viril, no solo pudo recargar rápido, sino mantenerse duro mientras lo hacía. Oh, cuánto echaba de menos mis años universitarios cuando era más joven.
Así que me senté sobre el pene de mi hijo mientras veía pasar el aburrido paisaje nocturno, esperando impaciente a que Andrés se preparara para la tercera ronda, pero sabiendo que no estaría satisfecha hasta que me diera otro grito… bueno, okey, esta noche sería un orgasmo ahogado, pero poderoso, al fin y al cabo.
Roberto nos preguntó: «¿Siguen bien ahí atrás?»
«Esperaba más emoción», respondí, frotando ligeramente hacia atrás contra Andrés.
«Sí, ha sido un viaje aburrido», estuvo de acuerdo mi marido.
«Aunque el paisaje es precioso», dijo Andrés, volviendo a acariciar mis pechos con picardía.
Aparté sus manos y dije: «Es difícil estar sentada en una misma posición tanto rato.»
«Media hora para llegar», dijo Roberto, antes de añadir, «más o menos.»
Casi bromeé, ‘ojalá que lo oiga’, porque quería que mi hijo me lo pusiera, pero pude contenerme y en su lugar respondí: «Qué bien, porque estoy hambrienta.»
«¿Por ese bistec?» preguntó Roberto.
«Sí,» asentí, «un gran y grueso bistec.» De nuevo, mi marido no se dio cuenta de las insinuaciones sexuales traviesas. Pero Andrés no lo estaba, ya que levantó las caderas y pene, ahora bien duro, y lo metió profundamente.
Grité, como la primera vez que su pene me llenó.
«¿Estás bien?» preguntó Roberto, que se volvió una pregunta recurrente.
«Sí, no pasa nada. Me volví a pinchar», dije, lo cual era cierto, mientras Andrés movía el culo con picardía.
«Intentaremos reorganizarlo todo mañana en la mañana», prometió Roberto.
«Buena idea», asentí, intentando no gemir.
«Debe haber una forma de que esto funcione.»
Andrés añadió: «Estoy bien, papá. Ya me acostumbré a tener a mi mamá encima mío.»
¡Conchesumadre! Pensé para mis adentros. ¡Sus palabras fueron súper directas! Aun así, por supuesto, Roberto no se dio cuenta… Ni debería. ¿Por qué iba a pensar que su hijo estaba culiando a su esposa justo detrás de él? Sus pensamientos no iban por ahí ni por un instante.
«Oh, me encanta esta canción», dije cuando sonó ‘Mil horas’ de Los abuelos de la nada, queriendo que subiera el volumen, buscando una distracción de los sonidos irreprimibles que estaba a punto de hacer.
Mi marido accedió a mi petición y no solo subió el volumen, sino que también empezó a cantar.
Me acerqué y empecé a cantar con él mientras le ofrecía mi vagina a mi hijo.
Por suerte mi hijo no necesitó instrucciones, ya que empezó a culiar despacio.
Roberto seguía intercambiando miradas conmigo, disfrutando de esta revisita de nuestro dúo de los años 80 mientras él cantaba las estrofas y yo la canción, completamente ajeno a que en ese mismo momento su carne y sangre estaba culiando a su esposa.
Y simplemente me dejé llevar… lo que me convirtió no solo en una mala madre por permitir que mi hijo me culiara, sino en una mala esposa, ya que me excitaba aún más, sabiendo que lo estaba engañando, estando lo suficientemente cerca como para besarlo. Estoy segura de que no podría tener suficiente autocontrol para hacerlo sin gemir directamente en su boca y delatarlo todo.
Mi orgasmo subía mientras la canción se acercaba a su propio clímax y grité, «Cresta,» cuando mi hijo me sorprendió deslizando un dedo por mi culo.
«¿Qué pasa?» preguntó Roberto, frenando el auto.
«Calambre en la pierna», mentí, cayendo completamente sobre el pene de Andrés, y retiró su dedo tan rápido como había entrado.
«¿Debería parar?» preguntó Roberto.
«No, no te preocupes,» dije, mientras empezaba a moverme arriba y abajo sobre el pene de Andrés, «Solo la estiraré un poco.»
«Pobre Andrés», dijo Roberto, viendo cómo mi torso se movía arriba y abajo mientras, supuestamente, estiraba la pierna, sin saber lo que realmente estaba haciendo.
«Estoy bien», dijo Andrés, mientras sus manos me tenían de mis caderas.
«¿No te hago daño?» pregunté, intentando seguir el juego.
Él se rio, «No, está bien.»
«Avísame si necesitas que pare un rato,» ofreció Roberto.
«Lo haré,» asentí, cuando curiosamente sí me dio un calambre en la pierna… Maldita ironía.
Me moví a regañadientes hacia la derecha y hacia arriba, el pene de Andrés se salió, y dije: «En realidad, tenemos que parar.»
«Vale», dijo Roberto, bajando el ritmo.
«Lo siento, Andrés, de verdad necesito salir y estirar la pierna», me disculpé.
«Yo también necesito un estiramiento», simpatizó, guardando su pene palpitante mientras su semen y mi humedad salían de mí.
Me preocupaba que probablemente olía a sexo, así que cogí mi cartera y saqué unas toallitas húmedas. En cuanto el auto se detuvo, salí con dificultad y empecé a estirar la pierna, que seguía acalambrada.
Los hombres salieron y también se estiraron.
«Menos de una hora para llegar», nos tranquilizó Roberto.
«Lo sé», asentí, «estaré bien cuando se me pase este calambre.»
«No hay apuro», asintió Roberto, antes de añadir, «Voy y vuelvo. Voy a mear.»
En cuanto desapareció por el otro lado del auto, empecé a limpiarme las piernas y bajo el vestido con urgencia, sin preocuparme siquiera por el auto que pasaba. Necesitaba deshacerme del olor a sexo.
Andrés tosió, una tos de advertencia, y rápidamente tiré las toallitas húmedas.
Roberto respondió, diciendo: «Mierda, hoy ha hecho mucho calor.»
«Todavía está, caliente», coincidió Andrés.
Añadí, mirando a Andrés, «Sofocante.»
«¿Listos?» preguntó mi marido, aún ajeno a lo que Andrés y yo habíamos estado haciendo juntos para calentarnos casi todo el día.
«Definitivamente lista», asentí, mirando a mi hijo a los ojos con sonrisa pícara, señalándole que realmente tenía ganas de retomar lo que estábamos haciendo.
«Muy bien, la próxima parada será por esta noche», anunció Roberto.
«Suena genial», dije, mientras Andrés volvía a subir al auto.
Una vez dentro y de vuelta en la carretera, saqué el pene de Andrés mientras Roberto decía: «Quizá podamos encontrar un hotel con jacuzzi.»
«Eso sería genial», acepté, con el cuerpo dolorido por el largo día de espacio confinado y, por supuesto, de culiar furtivamente. Saqué el pene de Andrés otra vez, contenta de ver que seguía duro, y lo volví a colocar descaradamente en mi vagina.
Andrés me sostuvo de las caderas para mantenerme en equilibrio mientras me recostaba sobre su pene.
Cuando estuvo completamente dentro, seguí disfrutando de lo llena que me hacía sentir. Luego, al cabo de un rato, empecé a frotarme lentamente sobre él otra vez, con ganas de volver a excitarme.
Simplemente cerré los ojos y disfruté del lento movimiento mientras, irónicamente, ‘We Didn’t Start the Fire’ de Billy Joel resonaba por el auto. Los tambores pulsantes resultaban especialmente útiles.
A medida que mi orgasmo empezaba a acercarse, necesitaba más, decidí probar una nueva posición, así que me incliné hacia mi derecha todo lo que pude, levantando el culo, lo que hizo que su pene se saliera mientras le hacía un gesto.
Andrés se dio cuenta de lo que quería. Que se pusiera de lado y para culiar así.
Se reposicionó, apoyando mi cabeza en las cajas y a la vista de mi marido si se giraba a la derecha y miraba por encima del hombro… Y así fue.
Sonreí, «Nueva posición.»
«Ya veo», asintió, pensando que buscaba consuelo, no que me excitaba.
«Oh,» gemí muy suavemente, mientras el pene de Andrés se deslizaba de nuevo dentro de mí. Y luego, para explicarme, señalé por la ventana y anuncié: «Caballos.»
«Sí», asintió Roberto, intentando cantar junto a Billy Joel.
Yo estaba ultra caliente mientras Andrés deslizaba lentamente su pene metiendo y sacando.
Necesitaba alcanzar otro orgasmo y lo necesitaba pronto. Las partidas y paradas me tenían loca y estaba más desesperada que nunca por venirme.
Moví el culo, dando a entender que quería que me culiara más rápido.
Por suerte, Andrés lo entendió y empezó a pulsar dentro y fuera de mí con renovado vigor cuando empezó una nueva canción, de nuevo irónica, ‘El baile de los que sobran’ de Los Prisioneros.
Y de hecho tenía hambre.
«¿No viste a Los Prisioneros en directo cuando eras adolescente?» preguntó Roberto, mirándome.
«Sí,» asentí, mientras Andrés reducía el ritmo, permitiendo que mi cabeza dejara de moverse de un lado a otro mientras intentaba ocultar las sensaciones de placer que debían de estar reflejadas en mi rostro.
«¿Estás bien?» preguntó de nuevo.
«Oh, sí, me siento genial», dije, «es que no encuentro la mejor posición.» De nuevo, mis palabras tienen dos significados.
«Imagino que no hay ningún sitio perfecto ahí atrás», simpatizó Roberto.
«Es muy cierto», acepté, «puedo sentirme cómoda y bien durante un tiempo, pero luego necesitaré una nueva posición.»
El dedo de Andrés me penetró en el culo mientras Roberto decía, «Quizá Andrés debería conducir los últimos veinte minutos.»
Quise decirle: «‘Me está llevando ahora mismo’, pero en vez de eso, con un leve gemido, mientras mi orgasmo se acercaba, dije otro doble sentido: «No es necesario, ya casi llegamos.»
Y lo estaba.
Solo necesitaba unos cuantos golpes profundos y fuertes más.
Otra vez moví el culo.
Esta vez, Andrés lo tomó como el permiso para tocarme el culo con los dedos, así que los metió con bastante facilidad.
Hice una mueca, la falta de lubricante me provocó una ligera quemadura. Me encantaba el sexo anal, pero normalmente lo hacía con mucho lubricante.
Pero el pene de mi hijo culiando mi vagina, y ahora la estimulación adicional de su dedo metiéndose en el culo me tenían a punto de explotar, mi deseo aumentaba impulsada por la emoción de hacer algo tan travieso con mi marido a medio metro.
Cerré los ojos, me mordí el labio, seguí culiando y dejé que el placer creciera. Por suerte Roberto no interrumpió el ambiente hablando conmigo, y pude disfrutar de sexo en mis dos agujeros hasta que finalmente llegó mi orgasmo.
De alguna manera conseguí contener el grito, aunque cada parte de mí quería gritar mi orgasmo al cielo, mientras mi fluido salía de mi cuerpo alrededor del pene de mi hijo.
Andrés siguió bombeando dentro y fuera de mí durante el orgasmo hasta que le di una palmada en la mano, suplicándole que parara, y me levanté para que su pene saliera, mientras mi humedad también se escapaba. Señalé mi cartera y, por suerte, él sabía exactamente lo que quería. Sacó unas toallitas húmedas para limpiarme las piernas y la vagina.
Roberto se volvió hacia nosotros y dijo: «Diez minutos,»
«Por fin», respondí, tanto porque incluso cuando se giró solo podía ver mi cabeza, como porque ahora todos necesitábamos salir de aquí antes de que el aroma de mi pecado, que muy pronto impregnaría el auto, llegara a la nariz de mi marido.
«Tienes las mejillas muy rojas, Ximena», dijo Roberto, mirándome preocupado.
«Supongo que hace mucho calor aquí dentro», respondí, una excusa válida en esta calurosa noche de verano.
Cuando Andrés terminó de limpiar a su mamá, me senté de nuevo en su regazo y me desplomé contra él, completamente agotada.
Me susurró al oído: «Te quiero, mamá.»
Moví el culo en respuesta, demasiado cansada para hablar, pero sí volví a acariciar su mejilla unos momentos cariñosos.
Finalmente llegamos al pueblo y encontramos un hotel bastante fácil. ¡Incluso tenía piscina con jacuzzi! Roberto reservó dos habitaciones y, después de cenar, todos nos fuimos a dar un chapuzón.
Mientras Roberto iba al sauna, Andrés y yo nos metimos en el jacuzzi donde dijo: «Mamá, cuando papá se duerma quiero que vengas a mi habitación.»
«¿De verdad?» pregunté, haciéndome la pícara. «No me imagino por qué.»
«Y espero que lleves tus medias hasta el muslo», añadió, dirigiéndose a mí con mirada firme, lo que me pareció muy sexy.
«¿Cómo sabes siquiera que tengo medias hasta el muslo?» Bromeé.
«Los llevas todo el tiempo», señaló antes de añadir, «y a menudo tus faldas son lo suficientemente cortas como para darme un vistazo de tus tops de encaje.»
«¿Te gustan mis medias?» Pregunté, algo que a su padre también le encanta.
«¿Cómo no iba a hacerlo?» preguntó, «las llevas todos los días… Llevo años observando tus piernas con esas medias.»
«¿De verdad?» Pregunté, sorprendida por esta información.
«Incluso hice que Verónica se las pusiera para mí», añadió.
«Entonces eres igual que tu padre.»
«¿A él también le gustan?»
«Especialmente disfruta de la masturbación cuando las llevo puestas», revelé.
«Nunca me han hecho eso», dijo Andrés con nostalgia.
«Mmmmmmm,» ronroneé prometedora, poniendo el pie en su pene.
«Me tenís super caiente, quiero culiar contigo en una cama», dijo sin rodeos.
«Yo también,» asentí, «pero no estoy segura de que deba escabullirme de nuestra habitación.»
«Cuando empiece a roncar nada lo despierta», señaló Andrés, lo cual era cierto.
«Pero aún así…» Dije.
«No te lo estoy pidiendo, mamá», dijo, «Te estoy diciendo lo que me vas a hacer.»
«¿De verdad lo quieres?» Pregunté con picardía.
«Así es, mamita», asintió, «Esta noche eres mía.»
«¿Soy tu qué?» Insistí, mientras mi pie seguía presionando contra su pene duro.
«Eres mi mamy putita», respondió con firmeza.
«¿Cresta qué sexy es eso?», gemí, totalmente excitada.
Roberto salió del sauna y nos dijo: «Voy arriba.»
«Pronto me uniré a ustedes», asentí, pensando que primero podríamos divertirnos en la piscina vacía con mi nuevo amante.
«Okey», asintió Roberto, dejándonos solos.
En cuanto se fue, le pregunté: «¿Alguna vez has culeado en una piscina?»
«En realidad, sí,» respondió.
«No te creo, weon mentiroso», bromeé.
Se encogió de hombros, «Nunca lo hice en un tobogán de agua.»
«Hmmmmmmmm», ronroneé. «Estaríamos bastante aislados allí arriba. Está cerrado.»
«Vamos,» asintió, saliendo del jacuzzi de la piscina.
Le seguí escaleras arriba.
Cuando llegamos a la cima del tobogán me ordenó: «De rodillas, mamá.»
Obedecí, arrastrándome dentro del túnel del tobogán de agua. Se puso justo delante de mí, sujetándose de los bordes del tubo mientras yo bajaba un poco sus pantalones lo justo para llegar a su pene, para ponerlo en mi boca.
«Está buenísimo, mamá», gimió, mientras yo me deslizaba hambrienta sobre su pene. No tenía ni idea de cuánto tiempo estaríamos solos aquí fuera, así que me centré en la velocidad… como ya había aprendido en mis años de colegio…aunque hubiera preferido hacerle una mamada larga.
Le chupé durante un par de minutos, masajeándole los cocos y el ano, incluso le di un par de tragos profundos, disfrutando del sonido de sus gemidos.
De repente, la puerta de abajo se abrió.
Andrés suspiró, «Mierda, ahora tendrás que venir a mi habitación esta noche.»
«¿Quieres meterla en la boca de tu mamita?» Pregunté.
«Y darle en tu cara, en tus tetas, por todo el culo y también dentro de tu culo», enumeró.
«Eso sí que sería impresionante», sonreí.
«Los niños están subiendo», advirtió Andrés.
«Entonces será mejor que guardes tu regalón», respondí en tono juguetón, mientras me deslizaba por el tobogán de agua con los pies primero para aterrizar en el agua fría con un chapoteo incómodo.
Volvimos a nuestras habitaciones del hotel con Andrés recordándome una vez más: «Ven a mi habitación apenas puedas.»
Sonreí, «De verdad eres insaciable. No es que eso sea algo malo.»
Volví a mi habitación y Roberto estaba tumbado en la cama, claramente ya de camino al país de los sueños.
Fui a bañarme para quitarme el cloro de la piscina. Fue un baño largo, que me dio mucho tiempo para repasar este día tan loco. Eso me volvió a poner caliente.
Salí de la ducha, me sequé y volví al dormitorio.
Como esperaba, Roberto ya estaba roncando sin parar.
Fui a mi maleta y elegí un par de medias negras transparentes hasta el muslo. Me las puse en el baño, solo me puse una bata de hotel, tomé la llave de la habitación y salí sigilosamente para entrar en la de mi hijo, que estaba a unas puertas de distancia. Vi que había dejado la puerta entreabierta y entré… cerrando y asegurando la puerta con el seguro.
Estaba en la cama completamente desnudo, viendo algunos momentos deportivos de futbol.
Me sonrió con cariño, «Negro, mi color favorito.»
«Grande, mi tamaño favorito», ronroneé, mirando hambrienta su pene flácido.
«Muéstrame esas tetitas que has estado escondiéndome todo el día», replicó.
«¿Qué?» Pregunté, dejando abrir la bata un tanto, mostrando algo mis pechos y mi vagina desnuda, «¿Estas cositas?»
Mi hijo se quedó sin palabras mientras miraba mis tetas y zorrita. Aunque tenía poco más de cuarenta años, eran grandes y muy firmes, y mi zorrita depilada hace años con laser.
«¿Qué piensas?» Pregunté.
«¿Pensar que las chupaba cuando niño?» mencionó.
«Todos los días», asentí, dejando caer la bata al suelo subiendo a la cama para unirme a él antes de preguntar, «¿Por qué? ¿Te gustaría revivir tu infancia?»
«Cresta, claro que sí,» asintió, mientras se incorporaba y cogía mis pechos con ambas manos.
«Mmmmmmm,» gemí. «Chupe mijito los pezones de tu mamá como un buen niño.»
Lo hizo, girando la lengua alrededor de mi pezón rígido.
«Eso es, hijo, a tu mamá le encanta que jueguen y chupen los pezones», gemí. Mientras le manoseaba el pene y las bolas, deslicé mi pierna izquierda por sobre su pierna derecha y comencé a frotar mi pubis masturbándome en su muslo. “Siga así mijito, que tiene a su mamy muy calientita”
Me sorprendió un momento cuando me agarra firmemente y me voltea de espaldas, apoyando mi cabeza en una almohada. Me volvió a sorprender cuando me abrió las piernas y enterró la cara entre ellas.
Gemí fuerte con su primer contacto, agradecida de que Roberto no estuviera durmiendo al otro lado de la pared. Hacía tanto que una lengua no tocaba mi vagina que me sentí instantáneamente en el paraíso. «Tu padre nunca lo hace», revelé un par de minutos después de empezar el exquisito castigo.
«¿Me estay webiando?» preguntó Andrés. «Esto es lo que yo gastronomía de alto nivel.»
«Entonces vuelve a tu cena gourmet», gemí, tirando su cabeza hacia mi vagina ardiente.
Me lamió un par de minutos más hasta que mi respiración se volvió errática y supe que estaba cerca del orgasmo.
«Le doy con todo», advertí.
«Lo has estado demostrando todo el día», respondió antes de tomar mi clítoris con sus labios y lengua. ¡Estallé tiritando! «¡Cresta, sí, mijito rico!»
Lamió mis eyaculaciones con hambre hasta que le ofrecí: «Es hora de terminar lo que empecé hace un rato. Levántate, grandulón.»
Lo hizo.
Mientras él estaba de espaldas sobre la cama, me senté a horcajadas sobre sus piernas dejando mi zorrita a centímetros de su pene y empecé a masturbarlo.
«Oh, cresta qué exquisito», gimió.
Tenía bajo mi control a mi hijo, desnuda, sentada sobre él en medias, sobándole su pecho, y bajando mis manos suavemente hasta su pene, bolas y un suave intento de penetrar su ano con un dedo.
Sin dejar de mirarlo a los ojos, con mi sonrisa de caliente, le dije «Te voy a dejar seco, te voy a exprimir hasta la última gota», le dije.
«Dále mamita», asintió, agarrando mis caderas y deslizándome hasta que la partidura de mi zorra muy húmeda quedó sobre su pene.
«Te gusta cómo me muevo sobre tí», ronroneé.
Comencé a masturbarme sobre el pene de mi hijo, la sensación de sostenerlo de los hombros mientras me movía con exquisitas sensaciones en mi clítoris era de otro mundo. Mis tetas se balanceaban sobre él, e incluso le rosaban su pecho. No dejaba de mirarlo a los ojos y sus labios me llamaban a besarlo cariñosamente.
«¿Me tenis muy caliente, lo quiero meter ahora?» mencionó.
Ese mensaje indicaba que mi hijo tomaría ahora el control, y tomándome con sus manos de la cintura me volteo rápidamente dejándome de espaldas, «Mijito, hijo,» gemí, mirándole a los ojos, «te quiero tanto.»
«Yo también te quiero, mamá», respondió y comenzó a abrirme las piernas y se deslizó sobre mí. Agarró el pene y lo metió con fuerza. “Culeame rico». “Soy tu mamy putita, dále con todo»
Comenzó a darle con gran energía, la cama se movía y sonaba bastante. Por suerte la televisión se encontraba encendida con el relato de un partido de futbol.
Se apoyo en los codos, y me sostuvo con sus manos metiendo los dedos entre mi cabello para sostenerse mejor mientras bombeaba. Yo le besaba los labios, orejas, cuello susurrando “Más mijito, siga así”, “Qué rico está”, “Que rico culeas”, “Mételo con todo”.
Lo abracé con fuerza y agarrando los cachetes de su culo me moví cíclicamente siguiendo con mis caderas sus embestidas y apretándole el pene con mis músculos de la vagina. Seguí moviéndome y en nada noté cómo se le tensaban las piernas mientras decía: «Me voy, me voy mamita.» Hasta que segundos después por fin fui recompensada con una carga completa con espasmos y aullidos de mi hijo en mi oreja derecha.
Ahí quedó exhausto sobre mí, luego se volteó a un costado y me deslicé abajo para seguir chupando hasta que saqué cada gota de su semen y él dijo: «Conchesumadre, esto ha sido mejor de lo que me hubiese imaginado en cualquier paja pensando en ti en todo el tiempo.»
«¿Te pajeabas pensando y culiando a tu mamita? “Pregunté, antes de aclarar: «¿Te calentabas conmigo, cuando estábamos en la casa?”
«Muchas veces», dijo.
«Me dejaste para dentro», sonreí, besándole en los labios. Hoy habíamos culiado tres veces, le había chupado tres veces e incluso le había dejado meterme los dedos en el culo, pero este beso me pareció el más íntimo. Nuestras lenguas siguieron explorando la boca del otro mientras estábamos sobre la cama.
Durante una eternidad nos besamos; No teniendo sexo exactamente, aunque nuestras manos deambulaban.
Ya no éramos solo madre e hijo; También éramos dos adultos lujuriosos explorando los cuerpos del otro.
Después de una media hora, el partido de fútbol había terminado y estaban pasando una película de acción, cuando al final acabamos en un 69, una posición que solo había probado una vez, hace muchos años con una amiga de la universidad. Me deslicé sobre su pene, él lamió mi vagina y sin parar y luego comenzó a lamer mi ano metiendo suavemente la punta de la lengua de forma maravillosa hasta que, sin decir palabra, me giró poniéndome de guata, abrió mis piernas sentándose sobre ellas y sacó algo como crema del velador y comenzó a lubricar mi ano y alrededor, luego se aplicó crema en su pene y se deslizó sobre mí comenzando a frotar su pene en mi raya muy lubricada, e intentando apuntar ingresar en mi ano. Cuando logró meter la cabeza de su pene, apoyó todo su cuerpo sobre mí, me sostuvo firmemente pasando sus brazos por debajo de mi pecho y sosteniéndome de los hombros. Luego deslizó su pene metiéndolo con fuerza, con agresividad. Era como sí estuviendo siendo violada a la fuerza, no podía moverme mientras se movía con mucha energía. Nunca me habían culiado por atrás de esa manera, y me tenía muy excitada.
“Más conchesumadre, dále más”, “Mételo a tu mamita”, le grité con fuerza. Embestió con gran energía. La cama se movía rítmicamente, hasta que me dijo “Qué exquisito es metértelo en el culo”, “Me voy mamita, me voy”. Yo también estaba llegando al clímax, pero al oírlo me fui cortada al toque. Quedamos ahí, exhaustos sobre la cama. Lo sentía jadeando en mi oreja, sentía su corazón palpitando fuerte como el mío, y su pene dentro de mí también palpitando.
Creo que me quedé dormida unos minutos, hasta que desperté.
Lo desperté para darle un beso y decirle, «Pucha, ojalá hubiese sabido que querías esto cuando vivías en la casa»
«Yo también», asintió. «Nunca pensé que mis fantasías se harían realidad.»
«Nunca pensé que culiarias tan rico»
«No puedo dejar de pensar lo espectacular que ha sido, mamá, que esto esté pasando de verdad», dijo, con una mirada de lujuria y amor.
«Entonces será mejor que aprovechemos cada segundo», respondí.
Le chupé el pene hasta que se puso duro otra vez y luego culiamos de pie, con mi hijo a mi espalda y yo apoyando mis manos en la muralla.
«Te quiero, mamá», dijo. «Hoy ha sido mucho más que sexo.»
«Lo sé, Andrés», asentí. «Lo sé.»
«Todo hoy ha sido caliente», repliqué, mientras limpiaba un poco de semen de la cama.
«Debo volver», me preocupaba, «tarde o temprano tu padre despertará.»
«Espero volver a hacerlo», respondió.
«Eres un romántico incestuoso», bromeé.
«Y un adolescente muy caliente», añadió.
«Todavía nos queda un día más para pasar juntos en el auto», le recordé a mi amante.
«Quizá dos, si conseguimos que pare más a menudo», replicó.
«Qué romántico», bromeé de nuevo, mientras me quitaba las medias. «Aquí tienes un recuerdo.»
«De una noche que nunca olvidaré», dijo, deslizándolas sensualmente por su rostro.
«La primera de muchas,» sonreí, «espero que esta sea la primera de muchas, cabro culiao rico.»
«Esas son las palabras más ardientes que he oído nunca», dijo agradecido.
«Y ya sabes… una vez hijo de puta, siempre hijo de puta,» sonreí, acercándome a él para otro beso.
«Bueno, entonces supongo que tendremos que culiar cada vez que podamos,» sonrió.
Le besé una vez más, me volví a poner la bata y salí sigilosamente de su habitación y me metí en la mía en silencio.
Y mientras me unía a mi marido en la cama, mi cabeza daba vueltas tras el día más extraño y surrealista de mi vida.
Había chupado y culeado a mi hijo.
No me arrepiento.
Y esperaba a repetirlo mañana.
Fin



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