Crónica Citadina.
Esta es una narración incómoda y cruda sobre un recorrido urbano —entre empujones, manoseos, arrimones, leggings, minifaldas y mucho pero mucho calor— contado desde la perspectiva de alguien que observa el mundo de una forma que pocos se atreverían a admitir y más aún a contar..
¿Qué puede pasar durante un simple viaje a la ciudad?
Para la mayoría, nada fuera de lo común.
Para mí, todo se convirtió en una lucha constante entre pensamientos, impulsos, deseos y mi casi nulo autocontrol.
Probablemente mientras leas la siguiente narración pensarás que soy un verdadero imbécil. Y tienes razón, pero tampoco soy el único imbécil en el mundo. Y no, no voy a justificarme ni a explicar nada más.
Esto va así…
Llegué a la estación del tren suburbano. Debía ir a CDMX.
Mientras recargaba mi tarjeta, el pitido del tren al llegar a la estación, sonó.
Al pasar el torniquete, hordas de personas del tren recién llegado subían las escaleras, dirigiéndose también hacía los torniquetes para salir.
Subió una chica, de piel clara y el cabello teñido de rubio, con unos leggings super ajustados y con manchones azules. Era imposible no mirarle el culo. Que buenas nalgas tenía.
Apenas iba a bajar las escaleras cuando otra chica me rebasó.
Sus pantalones negros, de piel y sin bolsillos traseros, le quedaban casi igual de ajustados que a la chica que acababa de ver hace unos segundos. No sé qué fue, pero esas nalgas se veían tan jugosas, tan ricas.
Subimos al tren. Íbamos en el mismo vagón. No podía y tampoco quería dejar de mirarla, pues no solo tenía buen cuerpo. También era bastante bonita. Tal vez tendría unos 19 o 20 años.
Dos estaciones después, se bajó. ¡Demonios!
Llegué a Buenavista. Todos bajamos del tren.
El aire apestaba a metal.
Miraba al frente, a la derecha, a la izquierda… y no importaba hacia dónde volteara, siempre había alguna mujer vestida de un modo que me jalaba los ojos
Mi recorrido apenas empezaba y yo ya estaba caliente.
Salí del Fórum y el bochornoso calor me golpeó de lleno.
Exactamente afuera había una carpa con algunos stands. Posters, figuras de colección, joyería, libros y demás cosas que vendían ahí.
Seguí caminando hacia la reja para así poder cruzar la avenida, pero justo antes de cruzarla, mientras seguía caminando y viendo los stands a distancia, vi a otra chica. También se veía morra, unos 18 o 19 aproximadamente.
Se me hizo agua la boca.
“¡Hija de tu puta madre! ¡Qué rica te ves!” —pensé.
Delgadita, con muy bonita figura, de piel morena clara, cabello negro, largo y ligeramente ondulado hasta media espalda.
Vestida toda de negro: playerita corta que le dejaba el ombligo al aire. Minifalda hasta medio muslo, de esas como las que usan las chicas que les gusta el anime, tipo colegiala, con dos rayitas blancas marcando el borde justo antes de que empezaran a asomarse las piernas. Calcetas largas por encima de las rodillas, también con una rayita blanca antes del borde. Tenis negros de plataforma. Y como si eso no fuera suficiente, traía unas putas orejas de gato también negras y con el interior rosa, como si fueran una maldita corona de inocencia clavada en la cabeza.
No podía dejar de mirarla, de recorrerla completa una y otra vez. Tragué saliva espesa. Me hirvió la sangre. Se me apretó el pecho. La respiración se me revolvió. Y adentro de la cabeza se me armó un desmadre.
No pensaba: solo la veía, ese pedazo de piel entre las calcetas y la falda, esas orejas de mierda…
Quería subirle esa pinche faldita. Comerle el culo sin piedad hasta dejárselo bien abierto, rojo y baboso. Meterle la lengua, los dedos, lo que fuera. Después voltearla, abrirla y cogérmela a lo bestia, sin prepararla, sin parar, hasta que se le quebrara la voz. Gritarle al oído que eso es exactamente lo que se merece por salir vestida así y aparentar ser una “puta inocente”.
Pude imaginar muchísimas más cosas sucias que quería hacerle. Demasiadas.
No pensaba con la cabeza. Pensaba con la verga.
El corazón me latía tan cabrón que pensé que me iba a explotar. Por un segundo de verdad creí que iba a perder el control. Que iba a agarrarla. Que me valía madre quien viera.
Pero no lo hice. Hay algo que se llama autocontrol y que apenas y tengo.
De inmediato pensé en eso que llaman “Políticamente correcto”. Comportamientos correctos y todo ese puto teatro. La gente los sigue como borregos porque alguien les dijo que así tenía que ser. Políticamente correctos hasta el culo.
¿Y qué? ¿Andar provocando es correcto?
Yo vi lo que vi y pensé lo que pensé. Punto.
Porque hoy: Jueves 30 de julio de 2026 que estoy escribiendo esto, vi demasiadas viejas provocando sin disimulo. Pero ya llegaré a eso. Esperen por favor.
En fin. Regresé y fingí observar lo que vendían en ese stand junto al que estaba parada, solo para verla un poco mejor.
Como ya lo habrán imaginado al leer la descripción de su atuendo… sí, se veía “puti-riquísima”. Y al mismo tiempo se veía como si se hubiera esforzado demasiado en parecer una cosa. Como si el disfraz fuera más importante que ella.
Seguí mi camino. Crucé la avenida y al entrar en la estación para abordar el metrobús, la fila era enorme y en esa fila había tres mujeres super culonas, todas en leggings.
La más rica era la de leggings rosas con un montón de manchas de colores. Se le metían deliciosamente entre sus jugosas nalgas.
No pasaba desapercibida ni a un ciego.
Guapa, piel clara, cabello castaño recogido y unos lentes que la verdad, la hacían ver muy bonita. Iba con lo que parecía ser su hija.
La segunda traía leggings casi iguales, pero rojos. No la pude ver bien, solo el culo: también estaba muy nalgona.
Y la tercera… esa era la más culona de las tres. Pero a ella la vi hasta que subí. —Ya voy a eso—.
Cómo mencioné, la fila era enorme y eso solo me hizo pensar una cosa: “voy a nalguear y a darle un arrimón a alguien”, y sinceramente esperaba que fuera a la de leggings rosas y si era posible, a las tres.
Antes de continuar, déjame decirte algo querido lector.
Desde morro me volví bien mañoso para nalguear a las viejas y darles sus arrimones. Todo empezó en la secu, pero eso se los contaré en otra historia.
Continuemos.
El metrobús llegó. La fila avanzó y mientras más veía cómo se iba llenando, más se me aceleraba el pulso. Me ardían las manos. La verga se me estaba poniendo dura.
De pronto dejaron de abordar.
La de los leggings rosas se hizo a un lado y no subió.
¡Puta madre!
Llevaba algo de prisa. No podía permitirme esperar la siguiente unidad. Además, si esperaba y subía con ella, no solo no iba a poder hacerle nada, sino que me perdería la oportunidad de hacer algo en la unidad que ya estaba llena. Así que subí con algo de pesar.
En cuanto subí, volteé a ver a esa delicia de mujer por última vez.
“Si hubieras subido, ya te estaría restregando la verga” —pensé.
Las personas se iban recorriendo hacia atrás de a poco y delante de mí iban dos señoras. La que iba exactamente frente a mí, solo quería apartarla para que me dejara llegar hasta la que estaba delante de ella, ¿Por qué? Pues porque era la más culona de las tres mencionadas.
Como dije, la había visto apenas subí. Su enorme culo era un puto imán. No podía dejar de mirarlo.
Y si ustedes han usado ese medio de transporte, sabrán que en la parte de en medio se queda la mayoría de la gente; así haya espacio en la parte de atrás, la pinche gente no se mueve y justo eso era lo que iba a aprovechar para mi “travesura”.
Las personas siguieron avanzando. La culona se quedó justo en medio, como yo quería. Y la otra que estaba delante de mí, se fue hasta el área de mujeres.
Ahí tuve mi oportunidad.
En cuanto subió más gente, intenté colocarme detrás de esa culona y darle tremendo arrimón con la excusa de que el metrobús iba muy lleno. Pero no pude.
No tonta la vieja. Olió mis intenciones y se movió de lugar. Pero se quedó casi frente a mí, solo separados por el pasillo angosto por donde pasaba la gente.
El arrimón había quedado descartado. Ahora iba a intentar nalguearla.
Solo tenía que esperar y dejar que las demás personas se amontonaran para poder hacer lo que tanto quería.
La veía de reojo. Ni tan alta ni tan bajita: la altura exacta para que mi verga encajara entre esas enormes nalgas. Blusa blanca y holgada. Leggings negros. Cabello recogido en una cola de caballo que le llegaba hasta la espalda baja.
¿Bonita?
No mucho. Traía unas gafas grandes que casi no me dejaban verle la cara. Solo se le notaban las cejas delineadas a permanente.
Unos 50, 52 años, calculé.
El trayecto siguió y yo esperé y esperé.
Di un pequeño paso hacia ella. Miré en todas direcciones para asegurarme que nadie se diera cuenta de nada, pues sabía perfectamente lo que podía pasar si alguien se daba cuenta.
A un lado de mí iba una anciana que cubría perfectamente el ángulo de la cámara de vigilancia. Y justamente esa anciana era la que estaba detrás y a milímetros de aquella culona.
Ahí estaba otra oportunidad. Justo en ese pequeño espacio, con la excusa de que los cuerpos de la anciana y la culona chocaban por culpa del balanceo.
Deslicé la mano con mucho cuidado.
Espere…
Le di un roce. Volteó de inmediato y me hice el desentendido.
El metrobús seguía avanzando. La estación del metro Hidalgo llegó y más personas subieron, pero por más que lo intenté, no pude.
Llegamos a Bellas Artes y se bajó.
¡Valió verga!
Justo en esa estación subió mucha más gente.
Aunque en la parte de atrás había lugares disponibles, decidí no sentarme. Tenía la esperanza de que subiera alguna despistada (sexy) y pudiera calmar mis ansias.
¿Y qué creen? Así fue, pero a medias.
En esa misma estación, subió una chica muy guapa: delgada, chaparrita, cabello negro y lacio. Vestida con una playera blanca y un pants color azul cielo que aunque le quedaba holgado dejaba ver muy bien la bonita forma de sus nalgas.
Avanzó hacia mí y se quedó casi a un costado.
Quería acercarme, pero había un tipo, justo detrás de ella.
Cuando varias personas bajaron una estación después, ella avanzó un poco más, quedó casi exactamente frente a mí.
Los empujones y el mismo balanceo del transporte, fueron los que terminaron beneficiándome. Esa chaparrita terminó exactamente frente a mí, dándome la espalda. Uno de los movimientos provocó que ella retrocediera y mi verga terminara encajada entre sus nalgas.
Lamentablemente solo fueron unos segundos. El tipo que había estado detrás de ella resultó ser su acompañante. Tal vez su novio, tal vez su amigo o quién sabe qué. Ese tipo terminó moviéndola de ahí para buscar un lugar en la parte de atrás.
No pude disfrutarlo como yo quería y tampoco pude hacer más.
Miré por la ventana.
La vista era asombrosa y yo, parecía un perro frente a una carnicería. Con la boca llena de saliva y deseando que me arrojaran un pedazo de carne para calmar mi hambre.
Chicas sexis por todos lados. Una detrás de otra. Varias en minifalda. Incluso me pregunté si era la maldita hora de las minifaldas o qué verga. Algunas con la falda más corta que otras, pero todas super ricas.
¿A ti te gustan de piernas gruesas o delgaditas? Porque había para todos los gustos.
Pero vi una muy delgadita, de piel blanca. Atuendo de oficina. Si de verdad trabajaba en una, no pude evitar pensar en cuántos cabrones la morbosean todo el día… y en los pobres diablos que andamos en la calle haciendo lo mismo.
Se notaba que disfrutaba ser vista.
¡Maldita provocadora!
Llegué a mi destino. Mientras caminaba preguntaba precios y seguía buscando: mamacitas por aquí, mamacitas por allá.
Chaparritas, altas, flaquitas, llenitas, tetonas, culonas. Unas bonitas, otras no tanto.
La hora de comer llegó. Y ya saben, en la ciudad hay comida casi en cada esquina, sobre todo tacos.
Cerca de la plaza de Santo Domingo, en uno de los puestos que formaba parte de otros tantos que estaban sobre la banqueta, fue donde decidí sentarme y pedir tres tacos.
Había un espacio entre el puesto y la larguísima fila de bancos de plástico, el cual era el pasillo por el que pasaban los transeúntes.
Pasaron varias viejas, pero en especial pasó una que no solo llamó mi atención, sino también la de todos los demás.
Al observarla más de cerca pude ver que no era super hermosa, pero tenía buen cuerpo.
Era muy chaparrita, algo cachetona. Cabello negro y lacio hasta media espalda. Bastante nalgona y piernuda. De unos 18 años aproximadamente.
Cuando pasó justo frente a mí le levanté las cejas como diciendo “Hola”. Ella contuvo la sonrisa. Iba con el que parecía ser su novio.
La ropa que llevaba me encendió la verga al instante: también iba toda de negro, con ropa ligera. Era una chamarra y unos leggings de esos que son acampanados. Pero de tela algo delgada. Se transparentaban sus bragas color rosa.
Todos los que estábamos ahí (taqueros, ayudantes, clientes, otros transeúntes) la miramos sin disimulo mientras pasaba frente a nosotros. Incluso hubo unos segundos de silencio mientras lo hacíamos.
“¡Qué rico se le veía!”
Tuve que tomar el metrobús otra vez. Era hora de recoger mi encargo.
Subí. La unidad iba hasta la madre, pero esta vez no había ninguna nena que valiera la pena.
En cada parada que hacía la unidad, la fila para abordar era enorme (sobre todo en la zona de Mixcalco).
En cada fila había varias mamis ricas que no pudieron subir porque el camión ya iba repleto.
¡Qué puto coraje!
Pero entonces, en una estación, al abrirse la puerta trasera para las personas que iban a bajar… de golpe, abordaron un montón de personas. Entre ellas tres mujeres.
Una súper gorda. Otra, una morra de unos 17 probablemente. Y la tercera, una que tenía el cabello teñido de rubio —la más buena de las tres—.
¿Qué creen que llevaban puesto las tres?
Sí, leggings.
Entre empujones y reclamos yo intenté acercarme lo más que pude hasta ellas. Ahí sí podría hacer lo que tanto quería.
¿Y qué creen mis lectores?
Qué las cosas se dieron.
Yo avancé hacia ellas y ellas hacia mí.
Di un paso a un lado en señal de que se pasarán al área de dónde yo venía y también para que entendieran que yo bajaría pronto y necesitaba pasar.
Entendieron perfectamente el mensaje.
—¡Hay que pasarnos para acá! —dijo la más gorda.
Pasó empujando a todo mundo (incluyéndome) entre el poco espacio que había.
Luego, pasó la morra de 17. No alcancé a verla bien, pero se veía buenona. Ella llevaba puestos unos leggings color beige y de no ser por la maldita mochila que llevaba cargando, le hubiera dado un pinche arrimón descarado.
Y finalmente, estaba la “rubia”.
Me acomodé. Ella también pasó empujándome y ahí recibió una embarrada de verga que no hubo manera en que no la sintiera.
Con lo que no contaba, era con que las otras dos viejas se recorrerían de más y la “rubia” quedaría a un paso y a un costado de mí.
¡Verga!
Quería darle otro arrimón, pero la persona que estaba a mi lado me estorbaba ¡Chinga!
Con el balanceo del viaje, la gente amontonada y la persona detrás rozando el cuerpo de la “rubia”… esta vez sería más fácil manosear sin ser descubierto.
Entre vistazos rápidos a todos lados, deslicé mi mano de nuevo entre los cuerpos.
Primero roce su nalga ligeramente. No retiré la mano y el balanceo provocó que la volviera a tocar. Ella… ni en cuenta.
Ahí me quedé, con la mano pegada a su culo, sintiendo ese calor prohibido a través de la tela fina.
Pero no era suficiente, quería sentir cómo se hundirían mis dedos contra su carne.
No pude evitarlo…
Apreté un poco.
Fue muy suave, pero ella lo notó.
La puta calentura y mi estupidez me ganaron.
Giró la cabeza rápidamente y yo aparté mi mano con cuidado.
“¡Ya valió verga!” —pensé.
Traté de hacerme pendejo mientras me miraba fijamente.
La estación en la que tenía que bajar era la siguiente, pero estaba cruzando la avenida y el semáforo estaba en rojo.
Sentí que el puto tiempo corría demasiado lento a propósito.
¿Y si decía algo?
¿Y si alguien más lo había notado?
¿Y si todo se salía de control?
Tenía la boca seca. El corazón latiéndome con fuerza. Y las manos temblando de los putos nervios.
Su mirada seguía insistente buscando la mía.
No aguanté más. Volteé a verla.
Me miró seria un segundo… y luego, vi cómo se aguantó la sonrisa.
No lo podía creer. ¿En verdad le había gustado?
La siguiente parada llegó y tuve que bajar.
Seguía nervioso, pero mucho más tranquilo.
Recogí mi encargo y tenía que volver caminando un par de calles para recoger otros encargos más.
De nuevo, mamis por todos lados. Incluso algunas extranjeras muy bellas.
En la entrada de una plaza había una edecán: un poco llenita, cabello rizado. Ni bonita ni fea. Pero eso sí, su minifalda tableada color magenta hacía ver tan gruesas sus piernas y tan redondo su culo, que solo deseaba meterle las manos y comprobar de una vez que tan grandes eran esas nalgas.
Mi jornada en la ciudad estaba terminando. Era hora de volver a casa.
Al tomar el metrobús por última vez, la ruta tenía que pasar nuevamente por la zona del metro Hidalgo. Y si son de México, saben lo que hay ahí, ¿cierto? sobre todo por las noches.
Sí, prostitutas.
No me voy a extender mucho más describiendoles a las que ví, pero igual se veían —obviamente— super putas y super ricas.
Pero una que estaba parada sobre la avenida a la vista de todo el mundo, llevaba un putivestido azul cielo con franjas blancas, tacones azules de punta y pantimedias. Medio culo se le asomaba debajo del vestido.
¡Qué rica se veía!
Solo la vi de paso. Nada más.
Llegué al Fórum Buenavista nuevamente. La cantidad de gente era todavía mayor a comparación de la tarde y las morras sexys no faltaron.
Abordé el tren y mi viaje de vuelta empezó.
Una última y muy sexy sorpresa llegó cuando en la siguiente estación se subió una chica.
25 años aproximadamente. Era bastante alta. Menudita. Cabello corto hasta los hombros, de color castaño, y perdón, pero déjenme preguntarles otra vez: ¿Qué creen que llevaba puesto?
¿Adivinan?
Bueno, se los diré: una blusa color café claro, una mini, que por el largo de sus piernas casi era una “putifaldita” café oscuro y unas botas chicas color caqui.
Se me aceleró el pulso otra vez. El calor empezó a subir de golpe.
“¡Qué pinche rica te ves!” —pensé por última vez.
La iba devorando con la mirada mientras el tren avanzaba.
“Podría arrodillarme, meter mi cabeza debajo de tu putifaldita y saborearte el culo hija de tu puta madre” —pensé, tragando saliva y acariciándole las piernas largas con los ojos.
Se bajó una estación antes que yo.
Finalmente llegué a casa y me tiré sobre la cama mientras la ciudad seguía igual de llena de minifaldas, leggings y culos que no me pertenecían.
Y así estuvo mi día.
Buscando, mirando, rozando cuando se podía, tragando saliva el resto del tiempo. Y la próxima vez probablemente sea igual.
Si terminaste de leer mi crónica (o intento de crónica), te agradezco mucho.
Espero que hayas pasado un buen rato leyéndola.
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Si quieres mentarme la madre o decirme lo que sea por lo que acabas de leer… está bien, sé que me lo merezco. Pero también recuerda que las PROVOCADORAS se lo ganan a pulso.
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Nota: no pude publicar todo el texto en esta parte, así que publicaré la parte faltante con el título de «MORBO».

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