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Heterosexual, Masturbacion Femenina

De cómo enseñé a mi hija de 12 a masturbarse con mi cara

Ustedes también deberían intentarlo.

Fantasía | Incesto padre-hija | Dominación (de la hija sobre el padre) | Masturbación femenina | Nymphet | 12 años | Tabú

https://i.ibb.co/LDBv1nkX/wraning-final.jpg

🆂í, sé que es un título fuerte,cuando pude haberle puesto el nombre de mi hija, Chloe, (léase “Cló·u·i”) o “ya no puedo vivir sin los jugos de mi hija”. Ay no, ese es peor. Bueno, salto a la conclusión: Los que tienen una hija tween bonita, si ella nunca ha tenido un orgasmo chorreante en vuestra boca, no has vivido. Así conozcas la mitad de los países del mundo, practiques deportes extremos, te hayas codeado con reyes o celebridades, tengas premios internacionales o ¡qué se yo! Si no has tosido por que se te fué una gotita de los fluidos de amor de tu hija de 12 años a tus pulmones, y no piensas hacerlo, viniste al mundo a nada. Mi hija y yo sí lo hacemos seguido. ¿Quieren detalles? Ay, será que no, bola de enfermos.

Mi hija Chloe practica gimnasia y baile desde los 4. Ahora tiene 15, pero lo que les contaré ocurrió cuando ella tenía 12. Estaba que se comía sola (bueno, así decimos aquí cuando una hembra no puede estar más buena). Todavía tenía su pecho plano y sus caderitas apenas iban a empezar a brotar. A pesar de que esto suena tan raro para los que critican, a los que les gustan las niñas les enloquece. No obstante, si me extiendo en eso, se me van varias páginas y no es la intención por ahora. Las tween (la mayoría, al menos) son lo más bello que puede existir. Son las nínfulas que decía Nabokov, término mejor conocido en el mundo como nymphet. Y tenía toda la razón, es que hay niñas que… Dios dame fuerza. Las niñas normales, como exactamente lo esperan los que critican, no le inspiran nada a uno. Pero una nymphet… según lo que veo y calculo, un 10% de las niñas son nymphets. Tienen todo el atractivo sexual (y más que el) de una Femme Fatale. Llamémoslas Fillé Fatale. Su belleza es imposible de procesar la mente de un pobre hombre sensible, y se enamora como un Romeo de su Julieta. El amor (con todo lo que implica: protección, veneración y celos) y el deseo florecen como cerezo japonés en plena primavera. Los que violan, matan y esclavizan y trafican con niños y niñas son otros, son psicópatas; nada más alejado del amor. Qué mierda siempre tener que romper el tono romántico para aclarar esto, pero es necesario. He leído relatos de profesores que caen de rodillas ante alguna de sus morras de 12 años, Nabokov al cubo. Todo porque la minita en cuestión se pasa de bonita. En los diccionarios debería estar su foto en la definición de “perfección”. Se siente como si uno tuviera en frente un grupo de niñas humanas, normales, benditamente normales, con sus pelos revueltos, caras y vestimentas debidamente descuidadas (¡son niñas, no modelos de pasarela de Victoria Secret!), cuerpecitos con panza de bola y extremidades todavía un ápice regordetas; pero entre ellas hubiera una que asalta la visión y consecuentemente el corazón, y también el tercer chakra (el sexo); porque aún a la misma edad de las demás, ¡SÍ PARECE UNA MODELO DE VICTORIA SECRET!. Uno se pregunta si acaso son humanas, como nosotros y como las otras niñas, o serán acaso de una raza estelar genéticamente superior a los humanos. Algo que históricamente las civilizaciones vieron y clasificaron como ángeles y que hoy viven coladas entre nuestra humilde progenie. Morras tan bonitas que inspiran grandes relatos sobre este espinoso tabú. Morras como las protagonistas de algunas películas, que precisamente por ser tan divinas ellas, llegaron a ser estrellas, pero que si uno manifiesta lo mamacitas que ellas son, le gritan a uno esa palabra horrible que sirve para generar odio, miedo y arriar masas: ¡pedófilo! Guácalas. Yikes. Qué palabra inmunda. Es una etiqueta para pastorear. En fin.
Nymphets, morras que parecen de otro planeta u otra dimensión: Morras como mi hija Chloe. Imaginárosla. No sientan pena, ni nada; yo los invito, para que lleguen ya calientes a la parte álgida de mi relato: Mi hija nymphet Chloe utilizando sin mesura mi barbilla, boca y nariz para complacerse. Chloe tiene la piel del color de una cerveza. Así como cae el chorro cuando la sirves en un vaso. A veces, Dios visita las fábricas de niñas y si está de buen humor, le mete mano a la maquinaria para hacer una que dos nymphets. A mi hija le agregó una gota de oro para colorear su piel, cabello y ojos. De veras, ves a mi hija Chloe y te dan ganas de bebértela. Pero, como no puedes bebértela y si pudieras, te la acabarías; la mejor opción que queda es amarla con locura. ¿Ven? A Dios le gusta que nos amemos entre nosotros (mientras que al diablo le gusta que nos amemos a nosotros mismos, pero ese es otro tema), y puso la trampa perfecta: Nymphets. Dios la pone con dos dedos frente a nosotros y dice «Mire, ¿Le gusta? A ver, lo reto a que no la ame». Y ahí están tantos padres, hermanos mayores y profesores chorreando la baba (y otros fluidos) por sus nymphets. Para un profe, por ejemplo, que una niña normal haga un descuidado cruce de piernas frente a él, le da máximo risa. Máximo. Pero si es una nymphet… el pobre pierde el control, se obsesiona con volver a mirar y cuando se da cuenta, está enamorado. Sí, un tipo de 35 años enamorado hasta el tuétano de una nymphet, de una niña de doce años.
O yo, enamorado de mi hija. Obsesionado, jodido. Cuando llega de sus clases de gimnasia, con esos outfits, su carita que apenas desenrojece y se mete a la ducha…
—Papi, espérate que me estoy bañando.
Pero yo ya sabía que se estaba bañando, por eso fui.
—No te preocupes amor, saco el bote de ambientador y ya.
Y que me meto, haciéndome el que paso de espaldas al vidrio martillado de la ducha. Además de martillado, el agua tibia lo ha empañado. Pero aún así se ve la silueta de Chloe y su cuerpo color cerveza. Me hago el que no miro, pero miro, ¡miro! Mi hija desnuda ¡Qué belleza! Siento una pulsación en la próstata: Se me va a parar el pito. «Dios mío, Chloe», pienso; y me imagino corriendo la puerta empañada y entrando a mojarme. Me devoro a mi hija y de ahí en adelante somos pareja.
—¿Qué haces, Papi? —me pregunta Chloe, porque me ve a través del vidrio y el vapor, ahí congelado como imbécil.
Carraspeo y digo:
—¡Nada!
Y emprendo camino afuera, no sin echar un último vistazo a esa embriagante silueta y forzar los ojos hasta el dolor para ver si podía distinguirle su rajita. Pero no pude. No se le vio. Me fui a pajear a mi habitación. Imaginé entrando mientras ella se escurría la abundante espuma del champú de su cabellera larga de color ámbar. Uff, si vieran como le brilla al sol. Entro, le acaricio los costados de su rostro perfecto con los pulgares. Ella sube la mirada y pone esos ojos apenas verdosos, cuidados del agua por cejas increíblemente tupidas. Me pregunta con la expresión «¿Qué quieres, Papi?». «Te quiero a ti». ¿Me está juzgando, lector? ¿Nunca se ha pajeado por su hija tween? ¿No? Entonces, de seguro, usted no tiene una nymphet por hija.

Eso se volvió costumbre, lo de metérmele al baño, pero ya no me satisfacían esas pajas de venir de verla a través del espeso vaho y las decoraciones del vidrio. Lo más lejos que llegué (y es una parte que bien merece su propio relato), fue hablar de sexo con ella varias veces, excitarme hasta casi perder el control y la cordura e insinuarle que ahí estaba yo para darle «tranca pu’esa cola», si quería. No, obvio no se lo dije así, pero sí le dejé claro que la mejor forma de aprender era conmigo, que la amaba más de lo que se puede humanamente amar. A Chloe le quedó claro, pero no me dio una respuesta. Tardé días en esculcarle la lengua, y al fin me dijo que ¡le daba miedo que yo la lastimara, aunque fuera sin querer! Fue cuando se me ocurrió que, lo que tenía qué hacer era existir para ella… o sea, estar con ella pero que todo el placer y la locura, la satisfacción y los orgasmos fueran para ella. Que yo fuera su objeto. «Para mí, pura paja. Puedo vivir con eso». Con más tiempo todavía, la convencí de mostrarle algo que quería que hiciéramos: Videos de experiencias celestiales de algunos tipos, jaja. Videos porno en los que el tipo está boca arriba y un hermosa joven utiliza su cara como silla Sybian™ (esos cilindros vibratorios que usan algunas damas para subir al cielo). La chica se restriega toda, desde el ano hasta el pubis, en el puente nasal, nariz, boca y barbilla del pobre tipo, que lucha por respirar. Pero es un hombre, así que para el es más importante disfrutar de todo ese restriegue que respirar. Acaso ¿respirar, para qué?
La primera vez que vimos uno de esos videos, mi hija se carcajeó y me preguntó si estaba loco. Pero yo no me daba por vencido. Ya había dormido con ella algunas veces y le había tocado sus glorias y le había dado estimulación, sacándole sabrosos gemiditos dormilones. Valga el comentario: Saber que le estás haciendo rico a tu amada hija es… uff, la Raison d’être. Entonces tenía un plan: El siguiente fin de semana, cuando durmiera con ella y le pegara su disimulada masturbadita por encima de la lycra, mientras le cogía el sueño, yo mismo empezaría a usar mi cara. También debo contarles que haber renunciado a penetrarla y que volverme su esclavo sexual tenía su precio: Se me iba a caer el pito a pajas. Pero valía la pena. Si mi hija todavía no quería sexo “intercourse” con Papi, ni con nadie, iba a respetárselo; pero sí iba darle toneladas de placer.

El día llegó, y mi pequeña diosa tenía puesto un bicicletero fucsia y top blanco. Yo, desde hacía rato estaba viéndole su perfecta cola en ese bicicletero y calentándome. Recuerdo ver el contraste entre el fucsia y la piel de la cintura, con vellitos muy pequeños, suaves y casi traslúcidos. Solo se veían si había mucha luz justo en contra. Ay, mamasita, mi Chloe y qué parola tan tremenda la de su papá.
—Papi, tú sí molestas —me dijo cuando después de un rato de acostarnos en forma de cucharitas, al fin le metí la mano entre las piernas, por delante.
Le besé la nuca y empecé a dar presionaditas con mis dedos sobre su paraíso. Tuve qué usar toda la fuerza de una manada de rinocerontes para no bajarnos los calzones y culeármela como a una puta de El Centro [de la ciudad], acabar en tres minutos y dormirme como gorila sedado. Solo seguí dando esas presionaditas que a ella le gustaban. Si se lo están preguntando, no me lo van a creer: Nunca le había tocado la cuquita directamente, ¡ni siquiera se la había visto! Eso era todo lo que hacíamos, dormir en cucharitas y acariciarle su puchita celestial por encima de lo que tuviera puesto. Ella lo disfrutaba. A veces la veía morderse los labios. Siempre se dormía. No sé si terminaba o qué. Yo me alejaba veinte centímetros de ella para verla y pajearme como loco callejero.
Aquella última vez, ejecuté mi plan. Le hice especialmente rico, para que se calentara y no se opusiera a lo que venía: «¡Usa mi cara, bebé!».
—Papi, hoy estás más inquieto que nunca —me dijo, gimiendo casi dormida.
La manada de rinocerontes. ¡la manada de rinocerontes! Sentía el endurecimiento de mi falo desde mi culo. ¡Desde mi culo! ¡Aguante, aguante! Pero iba a necesitar más que una manada de rinocerontes: Chloe, por primera vez en nuestras sesiones de “Papi masturbando a su hija mientras ella concilia el sueño”, se movió. ¡Se movió! Agarró mi mano entre sus piernas para orientarla y hacerse más fuerte. «Jueputa, esto va a terminar mal, me la voy a culear como un perro a una perra en la calle». Ya no solo le besé los vellitos de la nuca sino que se los chupé. Imaginad el aroma que entró por mi nariz. Su sudorcito, jabón y piel de nymphet. ¡Aguante, aguante! Las cucharitas ya no encajaban, pues yo me había alejado para no clavarle mi carpa de circo en la colita. Por otra parte, el roce de mi ropa de dormir en mi glande pelado se sentía muy bien y tenía la opción de venirme ahí, para tranquilizarme y seguir adelante solo como juguete sexual de mi hija, absolutamente pasivo. Pero corría el riesgo de que ella viera o tocara la humedad, me preguntara por ella y eso desviaría todo el plan de que Chloe usara mi cara para su entero y egoísta placer.
Mi hija seguía usando su mano para estrujar mis dedos índice y medio para presionarse su panochita. Quería sentir más y más rico, y nunca la había oído gemir tan delicioso. Pero la noche era joven.
«Llegó la hora» celebré mentalmente.
Halé mi mano para cambiar de posición, como lo había imaginado, pero ella me tenía con mucha fuerza. Nunca en la vida usaría mi fuerza para superar la de ella. Entonces le susurré al oído:
—Hazlo con mi cara, muñeca.
Los señores que haya leyendo sabrán que tanto aguantar la bombeada y la descarga, termina en un ligero dolor. Así estaba yo ya.
—Hazlo con la cara de Papi, te va a gustar más de lo que imaginas.
Ella me volvió a ver con su carita como de regañada, pero que era de puro gozo. Me analizó para ver si hablaba en serio o acaso estaba probándola para regañarla o algo. Pero, vaya momento hermoso y que quisiera vivir otra vez, ella vio mi cara de arrecho y la entendió al instante. Se movió y empezó a arrodillarse en la cama. Yo, adivinen. ¿No adivinan? Pues me tumbé boca arriba. Ella todavía estaba dudosa, por lo que la tomé gentilmente de las caderas y la guié a acaballarse en mí. Cuando todavía le faltaban unos diez centímetros, me miró, pidiendo una última y temerosa autorización para cometer aquella grosería: Sentarse en mi cara como en galápago de cicla. Le dije con la mirada: «No hay problema, mi amor, hazlo, presiona tus glorias contra Papi».
—Que no te importe si puedo respirar o no. Solo ocúpate de sentir rico —le dije, en voz baja.
Siguió mirándome como pidiendo confirmación del permiso, y así pegó su entrepierna (con su bicicletero fucsia) a mi putamente afortunada cara. El aroma, ¡el aroma, lectores, damas y caballeros! Ese olorcito cálido y espeso a niña excitada. Y como se veía mi hija desde abajo. Cuando al fin hubo contacto, Chloe cerró los ojos y endureció los labios. ¡Le gustaba la sensación! ¡Ya estoy en el paraíso! Iba a decirle cuanta cochinada se me ocurría, pero ya no podía hablar. Tampoco podía ni quería empujarla con mis manos. Ella misma se movía, pero lentísimo, a ojo cerrado y con cara de concentrada como si tratara de acordarse de una complicada fórmula en un examen. «Restriégate hija, restriégate» pensaba yo. A espaldas de ella, me lo saqué y empecé a masturbarme. Debí durar como dos minutos o dos y medio. Acabé como caballo en video de zoofilia con mujeres hermosas, sin que ella se diera cuenta. Ella, apenas subía el ritmo. Solo presionaba y soltaba, pero empezó de a muy poco y muy discretamente a restregarse. Qué hermosura mi niña ahí usando a su Papi para complacerse. Cómo quisiera que me dijera cosas como «Papi, si te ahogas, me vale», «¿Te gusta, te gusta, perro?», «Bébete mis jugos, puto». Pero ella solo cabalgaba muy lento, tratando de procesar en su mente tanto placer.
Me empezó a faltar el aire. Quería apartarla un poco para sobrevivir pero no quería darle ese aparente rechazo. Empecé a gemir, ya no de gusto sino suplicando por un poco de atmósfera. Pero ella estaba tan deliciosamente acaballada en mí y olía tan rico… «Será morirme» pensé. «Buena forma de morir, asfixiado por el panochón de mi hija de doce años». Pero el instinto venció. Torcí la cara para que el área del bigote ya no quedara aplastada en su vagina caliente sino en el fin de su pubis e inicio de su pierna, para obtener una gota de aire. Si moría, ya no podría disfrutarme a mi hija nymphet. Lo hice tan silenciosamente como pude, pero aún así dejé explotar una exhalación y su consecuente inhalación desesperada. Ella abrió los ojos y me miró, asustada. Fue el fin de esa maravillosa primera vez. Debí ser más enfático desde antes en que no debía importarle que yo respirara. Chloe se tiró de lado y cayó a mi costado, mirándome preocupada. Cuando cayó: ¡Qué mamasita! Mi hija con ese culo en forma de corazón, su pequeño bicicletero fucsia ya mojadito en el centro, por mi causa, por mi cara. Uff. Eso sí es vivir.
—No pares —le dije— pero fue inútil—. Estuviste perfecta, por favor no te asustes —me arrodillé y tomé sus manos y las besé—, yo respiro como pueda. Nada me va a pasar. Si necesito aire, lo busco y ya. Pero aprende que lo importante es tu placer, no lo interrumpas por nada del mundo. Si necesitas insultarme por interrumpirte, insúltame. Dame una palmada en la cabeza por debilucho. Tú eres una Diosa y tu placer es sagrado, yo soy solo tu esclavo.
Que ella haya reído, fue para mí como entrar al edén. La abracé y le dije:
—Yo soy de tu propiedad. Mi cara es tu juguete. La tienes para cuando quieras, donde quieras, hija.
Le besé una mejilla sonoramente.

Pasó una semana interminable, eterna como diez edades cósmicas, para volver a dormir con mi hija. Otra vez, tenía una pequeña lycra, esta vez de color negro. Se masturbó con mi cara hasta terminar, y duró creo que quince minutos. Me molió el tabique con su vagina y perineo. ¿yo? Me había venido como a los tres minutos que ella se sentó. Chloe aprendió a ignorar mis súplicas por aire y a ya no dejarse asustar cuando usaba la fuerza para al fin respirar.

Para la tercera vez (después de otras diez edades cósmicas) tuve que quitarle desde el principio la lycra, una blanca, para al fin acceder directamente a sus glorias. Fue la primera vez que le toqué y luego le vi la cuca a mi hija. Difícil de creer, lo sé, pero es lo que pasa cuando decides ser su esclavo, su objeto, su puta, su dildo sucio que nunca lava. Ella no puso problema en darme acceso a su carne. Igual, no iba a meterle ni un dedo (solo quizá la lengua). Esa vez, mi masturbación con ella acaballada en mi cara duró menos que nunca. Quizá dos minutos. Entiéndanme, primera vez con la vagina de mi hija directo en mi boca. Y lo mejor: Ella también duró menos. Al final me agarró de la cabeza para que se moviera menos con su meneo, y se restregó tan bien… con esa carita de hacer memoria para algo, carita de concentrada, ceño fruncido ligeramente y ojos cerrados. Usó la punta de mi nariz para estimular su clítoris. Yo estaba loco por lamerle el ano pero no alcanzaba, jeje. Faltaba quizá medio centímetro, pero fallar por medio centímetro es igual que fallar por un kilómetro. Chloe se calentó lentamente, con mi nariz, su jadeo aumentó, su movimiento también, hasta que estuvo restregándose como nunca, desde su pubis hasta sus nalgas (seguí sin poder lamerle el ano), sobre todo mi puente nasal, nariz, área del bigote, boca (con lengua afuera) y barbilla ligeramente poblada y rasposa de barba. Sé que esto último la tenía loca.
Y fue entonces cuando ella empezó a temblar como nunca antes y sí muchas veces después. Temblor de alta frecuencia y poca amplitud. Casi como si… «¡mierda, ¿habrá un cable pelado en la cama y mi hija lo agarró?!». Apretó los muslos como para aplastarme el cráneo y yo la veía como podía. Cerró los ojos con fuerza, como si hubiera tragado zumo de limón. «Vente, hija vente todo lo que quieras». Tembló más y más duro… hasta que súbitamente no tembló más sino que daba restregaditas muy cortas. Iba y venía, iba y venía, y después de algunas repeticiones, le sumó los chorritos. Iba, venía, chorrito. Iba, venía, chorrito. Y para las dos últimas, le añadió los gemidos. Iba, venía, chorrito, gemido. El tremendo orgasmo de mi hija Chloe directo en mi boca, sacado con mi puta cara. Mi hija, la hermosa, la nymphet por la que se pajeaban sus compañeros e instructores, usando mi pinche boca como depósito de venida. No es que la venida de una niña o mujer tenga un sabor específico, es casi solo agüita. Aroma sí tiene, y bastante. Pero, por arrechera: ¡Qué delicioso jugo el de mi hija! Me tragué un montón, y entonces ocurrió lo mejor que me ha pasado en la vida: Tosí y traté de moverme para toser mejor, pero ella me agarró la cara con la mano y me señaló amenazante con la otra, como diciéndome «¿Quién te dio permiso de moverte, perro?» Solo por eso se me paró otra vez y me la jalé a satisfacción, como en tres minutos, siendo generoso.

Bueno, es lo que quería contarles, pero traten de no imaginárselo ni pajearse. ¡No, mentiras, háganlo, es la idea! Si tienen hijas bonitas tipo nymphet, envíenles de mi parte un saludo.

Fin

Stregoika ©2026

Relato inspirado en una modelo de Instagram, de leotardos y bañadores tween, llamada Chloe.

Cita del día:

Peo qué pedazo de jamón es mi hija.
—Porky.

Échele una mirada a:

Buena suerte en El Infierno y con las humanitas (2da edición)

Aventura con mi nena Waifu

y

Mi niña yudy, inolvidable

11 Lecturas/26 de octubre de 2026/1 Comentario/por Orlok82
Etiquetas: baño, hermanos, hija, incesto, mayor, mayores, padre, sexo
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1 comentario
  1. Orlok82 Dice:
    26 de octubre de 2026 en 2:31 PM

    🚫 📖 𝗥𝗲𝗹𝗮𝘁𝗼𝘀 𝗲𝗿𝗼́𝘁𝗶𝗰𝗼𝘀 𝘆 𝗵𝗲𝗿𝗲́𝘁𝗶𝗰𝗼𝘀 – 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗲𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 📚🚫 Este libro jamás estará disponible en plataformas debido a que su contenido es tabú. Si usted desea luchar contra el fascismo, compártalo. Disponible aquí, gratis, sin suscripciones ni propagandas: https://www.dropbox.com/scl/fi/zv6l9ztoihkj47aq7um0f/relatos-er-ticos-y-her-ticos_SE_4.pdf?rlkey=2kuc3e833l7902fyd4lx8im9i&st=pbi0nm67&dl=0

    Este archivo de Dropbox está puesto como «disponible para cualquiera que tenga el enlace», o sea; cualquiera puede verlo desde aquí. No es necesario solicitar permiso a nadie. Si alguien llega a no poder ver el libro, intente desde otro navegador o bajo otra cuenta, inclusive intente desde otro dispositivo o con otra red. Pero el libro está, ahí, abierto para todos.

    ¡Disfruten la vida sin restricciones, que queda poco!

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