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Heterosexual, Sexo con Madur@s

Desvirgue Al Hijo De La Patrona

Me llamo Andrea. Tengo 30 años y limpio la casa de Doña Martina y Don Eusebio desde que el hijo de ellos todavía usaba uniforme del colegio..

Ahora acaba de cumplir 18. Se llama Lautaro. Hijo único. Mimado. Tímido hasta para pedir agua.

Siempre me miraba. De reojo. Como si yo no me diera cuenta. Yo me daba cuenta. Se le paraba cuando yo me agachaba a recoger una media. Se le paraba cuando yo tendía la ropa en el patio con la blusa pegada a las tetas. Se le paraba y él se iba al baño con la cara roja.

 

Yo jugaba. No le ponía las manos encima. Todavía. Pero sí lo coqueteaba de más. Cuando le preguntaba, si quería que le cambiara las sábanas le decía “señorcito” con una sonrisa que no era de empleada.

 

Cuando iba a buscar su ropa para lavar se ponía nervioso. Me entregaba el cesto sin mirarme. Una vez, entre los bóxers, encontré una tanga mía. La que se me había “perdido” en el lavadero. No dije nada. Se la dejé otra vez en su cajón, doblada, arriba de todo.

 

Una tarde que lo descubrí espiándome, yo me estaba cambiando el uniforme en el cuarto de servicio. La puerta no estaba cerrada del todo. Vi su ojo en la rendija. Contuve el aire, me saqué la blusa despacio y le di la espalda. Me quité el sostén. Me toqué un pecho, como quien se acomoda. Después me giré de frente, las tetas al aire, y miré directo a la rendija.

 

El ojo desapareció, escuché pasos y La puerta de su pieza cerrándose a lo lejos.

 

No le dije nada. Aunque su mamá lo vio.

 

Doña Martina me preguntó esa noche si Lautaro me había faltado el respeto. Le dije que no. Que era un chico bueno. Don Eusebio ni se enteró. Estaba siempre con los negocios.

 

Yo sabía que el hijo de la patrona se tocaba pensando en mí. Y yo, cuando me encerraba en mi cuarto, también me metía los dedos imaginando esa pija tímida, dura, de virgen.

 

El cumpleaños se lo celebraron un sábado. Torta. Familia. Lautaro sopló las velas mirándome un segundo de más.

 

Esa noche, cuando los patrones se fueron a dormir, yo me quedé en la cocina fingiendo que secaba platos.

 

Él bajó por un vaso de agua. En short. El bulto se le notaba.

 

—Felicidades dije, sin gritar. Ya sos todo un hombre, Lautaro.

 

Se puso rojo.

 

—Gracias, Andrea…

 

Le di la espalda, me saqué el delantal y dejé que se me marcaran las tetas contra la remera.

 

—Si alguna vez querés dejar de espiarme, le susurré, para que solo escuché.

 

— aprendé a entrar.

 

La puerta cierra mejor desde adentro.

 

El vaso le tembló en la mano.

 

Yo sonreí contra la pileta.

 

Al hijo de la patrona

 

todavía no me lo había cogido. Pero era cuestión de tiempo

 

Ese domingo los patrones se fueron al campo.

 

Lautaro y yo nos quedamos solos en la casa.

 

Yo estaba en el lavadero acomodando mi ropa. Y otra vez… me faltaba una tanguita. Roja. La de encaje. Sonreí. Ya sabía dónde estaba.

 

Subí a su cuarto. Abrí sin preguntar.

 

Lautaro estaba recostado en la cama, desnudo de la cintura para abajo. Tenía mi tanga contra la nariz y la pija en la mano. Se masturbaba con los ojos cerrados. Al verme se tapó de un salto con la sábana, rojo hasta el pecho.

 

— Andrea…

 

— Con que vos sos el que se lleva mis tangas, le dije, cerrando la puerta.

 

— Sos un pervertido.

 

Se lo voy a decir a tu mamá. (se lo dije solo para asustarlo). Se le llenaron los ojos.

 

—Perdón. Perdón. No se lo digas. Es que… me gustás. Desde hace un tiempo.

 

Me acerqué a la cama. Le bajé un poco la voz.

 

—A mí también me gustás.

 

Si querés… yo te saco la virginidad.

 

Se le trabó el aire. Asintió, nervioso, la sábana todavía apretada contra la panza.

 

—Mostrame tu pene.

 

Le deslicé la sábana hacia abajo. La pija le dio un salto. No era larga, pero sí gruesa, oscura y la cabeza, brillante de lo que ya se había adelantado él solo. Sonreí.

 

—Mirá vos…

 

La tomé con las dos manos. Se la acaricié despacio, de la base a la punta, apretándole un poco. Lautaro soltó un gemido que no le había escuchado nunca. Me arrodillé entre sus rodillas, lo miré a los ojos y me la metí en la boca.

 

Lo chupé. Lento primero. Después más hondo. La lengua en la cabeza, la mano en lo que no me entraba. Él se agarró de las sábanas y gimió, ronco, tímido, rico.

 

—Andrea… mamá… o sea…

 

—Callate, le dije, sacándomela un segundo, un hilo de saliva uniendo mi labio a su pija.

 

— Hoy no soy tu empleada.

 

Hoy te voy a hacer hombre.

 

Y me la volví a meter. Lo mamé hasta que las caderas se le levantaron solas y tuvo que taparse la boca para no gritar.

 

El hijo de la patrona

 

tenía mi tanga roja tirada al lado de la almohada

 

y la pija gruesa entera en mi boca.

 

La virginidad todavía se la iba a sacar con la concha.

 

Me levanté, me quité la remera, el sostén, el pantalón del uniforme y la tanga que todavía tenía puesta, no la roja, esa seguía en su cama.

 

Me quedé desnuda delante de él.

 

Lautaro temblaba. Me miraba las tetas como si le dolieran los ojos. Después bajó la vista a mi concha. Se le escapó un suspiro que le tembló en la garganta.

 

Me subí encima. Le agarré la pija gruesa con una mano y me la froté en la entrada. Estaba mojada. Lo sentí resbalar entre los labios, golpear el clítoris, volver. Lautaro se agarró de las sábanas, blanco y rojo al mismo tiempo.

 

—Despacio, le dije.

 

—Voy a bajarme. Empecé a descender. La cabeza se me abría la concha pasó a paso. Después el resto. Gruesa. Me llenó de a poco, hasta que se me deslizó entera y se sentó al fondo.

 

Los dos soltamos un gemido largo.

 

Yo, porque hacía tiempo que no me la metían así, tan dura y tan asustada.

 

Él, porque acababa de entrar en una mujer de verdad.

 

Le agarré las manos y se las puse en mis las tetas.

 

—Tocá. No tengas miedo.

 

Obedeció. Torpe. Caliente. Me apretó los pechos mientras yo me movía despacio, subiéndo un poco y bajando otra vez, dejándolo sentir cómo se le cerraba la concha alrededor. Se le humedecieron los ojos.

 

Le tomé la nuca y le acerqué un pezón a la boca.

 

—Chupá.

 

Se lo metió. Lo chupó con hambre de chico grande. Yo lo cabalgué más rico, las tetas en su cara, las manos de él aprendiendo el peso. La cama de Lautaro, la del hijo mimado, crujía.

 

— Andrea… no voy aguantar… no llego…

 

— Adentro, le dije, sin bajarme.

 

— Es tu primera vez. Tírala adentro.

 

Se tensó entero. Me clavó los dedos en la cintura, soltó el pezón y eyaculó. Lo sentí a pulsos, caliente, llenándome la concha. Gimió contra mi pecho, casi un llanto. Yo me quedé sentada sobre él, con la pija todavía adentro, latiéndole, y le acaricié el pelo.

 

El hijo de la patrona ya no era virgen. Y yo, la doméstica,

 

tenía el semen de Lautaro

 

escurriéndome entre los muslos.

 

— Felicidades, le dije, todavía sentada sobre él.

 

— Ya no sos virgen.

 

Le di un beso tierno en los labios. El primero. Corto. Después me levanté y me limpié la concha con su propia sábana. El semen se me resbalaba por el muslo. Lautaro no me apartaba los ojos. Tenía la pija dura de nuevo, gruesa, brillante.

 

— Parece que todavía querés más.

 

Se la agarré. Él tragó saliva.

 

—Otra vez… por favor.

 

Me acosté de nuevo y me abrí de piernas.

 

—Metémela. Y dame como quieras.

 

Se sacó la remera. El pecho lisito, sin pelos, de hijo mimado. Se acomodó entre mis muslos. Le agarré la pija y lo ayudé a entrar. Esta vez resbaló fácil. Empezó a embestirme la concha. Se me fue a las tetas y me las chupó mientras me la metía. Yo gemía como una puta, las uñas en su espalda, las piernas abiertas en la cama de él.

 

Me daba sin tregua. Se le aceleró el ritmo demasiado pronto. Lo detuve, una mano en el pecho.

 

—Pará. Si seguís así te vas a venir otra vez.

 

Lo aparté con cuidado. Le baje la cabeza.

 

—Ahora chupame la concha.

 

Lo hizo torpe. Demasiada lengua. Poca puntería. Aun así me hizo gemir. Le agarré el pelo y lo acomodé la boca donde tenía que estar.

 

—Ahí… eso. Chupá.

 

Cuando me tuve que morder el labio, lo acosté de espaldas y me lo monté otra vez. Me la metí yo. Lo cabalgué mirándolo. Lautaro me apretaba la cintura, rojo, rico, a punto.

 

—Andrea…

 

Me salí. Me arrodillé al lado, le agarré la pija y lo pajee rápido, apuntándome a las tetas. Acabó en chorros. Caliente. En las tetas, en el hueco, en un pezón. Le chupé la punta para limpiarlo y le acaricié los testículos.

 

—Buen trabajo. Lautaro

 

Me vestí despacio. El uniforme otra vez. La doméstica otra vez. Lautaro me miraba desde la cama, desnudo, hecho un desastre.

 

—¿Podemos repetir?

 

Me arregle el pelo y le sonreí desde la puerta.

 

—Cuando quieras.

 

Bajé al lavadero con la tanga roja en el puño.

 

Doña Martina y Don Eusebio

 

todavía no volvían del campo.

 

Y el hijo de la patrona

 

ya sabía dónde golpear cuando se le parara.

 

Esa misma tarde Lautaro bajó al cuarto de servicio.

 

Traía las tangas en la mano, como una excusa idiota y dulce.

 

Yo salía de la ducha. Solo con una toalla envuelta. El pelo mojado. Lo vi y sonreí.

 

—Vengo a devolverte… estas.

 

—Gracias. Ya no tenés que llevártelas a escondidas.

 

Si querés, me las podés quitar mientras las tenga puestas.

 

Dejé caer la toalla.

 

Lautaro se quedó mirándome. Las tetas. La concha. El agua todavía corriéndome por la panza. Se le paró de golpe, contra el pantalón. Lo besé y lo ayudé a desnudarse. Le bajé el cierre. Le saqué el bóxer. La pija gruesa me golpeó la palma, caliente.

 

Me arrodillé y se la chupé. Él se apoyó en el marco de la puerta y gimió, ya no tan tímido. Lo mamé hasta dejarlo brillante.

 

Después me subí a mi cama, estrecha, de empleada, y me puse en cuatro. Me abrí las nalgas con las dos manos.

 

—Metela.

 

La metió en la concha. De un empujón. Empezó a darme duro, las caderas chocando contra mi culo. Yo gemía contra la almohada.

 

—No seas tímido ahora. Nalgueame.

 

Obedeció. La mano le temblaba la primera vez. La segunda ya no. Me nalgueó. El golpe me arrancó un gemido más alto. Lo sentí ponerse todavía más duro adentro.

 

Lo acomodé en la cama y lo monté. Le agarré la pija, la metí en mi concha y lo cabalgué. Le agarré la cabeza y lo hice chuparme las tetas, una y otra, el pelo todavía mojado pegado a la cara. Lautaro mamaba y gemía conmigo encima.

 

Después lo dejé subirse encima de mi. Me abrió las piernas y me la clavó. Me dio duro, desesperado. La cama golpeaba la pared. Yo lo apretaba con las piernas.

 

Eyaculo adentro, con un quejido largo, y se quedó dormido encima de mí. El peso de un hombre de 18, su aliento en mi cuello. La pija ablandandose entre mis muslos.

 

Lo acaricié con ternura, el pelo, la espalda lisa.

 

Arriba, la casa de Doña Martina seguía en silencio.

 

Abajo, en mi cuarto,  el hijo de la patrona dormía desnudo sobre la doméstica que le había sacado la virginidad.

 

Así pasó una semana.

 

Cogíamos a escondidas cuando podíamos. Yo me metía a su habitación a la siesta, si Doña Martina salía. Él, por las noches, bajaba a mi habitación en puntas de pie. Nos cogíamos rápido. O lento. A veces solo se la chupaba y lo dejaba irse con las piernas flojas.

 

Una noche no aguanté. Quería su pija en la concha. Subí. Lautaro estaba en la cama con el celular. Me desnudé delante de él y me metí bajo las sábanas.

 

Le hice chuparme las tetas. Después la concha. Le agarré el pelo y lo tuve ahí lamiendome y chupándo hasta que me temblaron los muslos.

 

Luego se la chupé yo a él, su pija gruesa, caliente, hasta dejarlo al borde. Lo dejé subirse encima. Me la metió en la concha, me embistió con fuerza mientras gemiamos. Después me dio en cuatro, profundo y rapido, me hizo gemir contra su almohada. Me nalgueaba solo. Ya no tenía que pedírselo, me dejaba las nalgas rojas.

 

Lo monté. Me acomodé su pija dentro de mí concha y lo cabalgué con intensidad. Él me agarraba las tetas. Yo lo miré a la cara, perdida, y le solté:

 

— Mañana te voy a dejar que me la metas en el culo.

 

La excitación me supero. Grité. Fuerte. Demasiado fuerte.

 

La puerta se abrió.

 

Doña Martina.

 

Se quedó blanca. Después roja. Lautaro se tapó con la sábana. Yo no llegué a taparme.

 

— ¡Puta!, me gritó.

 

— ¡Malagradecida! En mi casa. Con mi hijo. ¡Desnuda en su cama!

 

Me dijo de todo. Ladróna. Basura. Que me había dado de comer. Que si quería un hombre podía buscarlo en la calle, no en el cuarto de su hijo. Don Eusebio ni se levantó. Se oyó solo un “Martina, qué pasa” que ella no contestó.

 

—Mañana a primera hora te vas. Dejá la llave. Y no vuelvas.

 

Lautaro no sabía qué decir. Tenía la boca abierta y los ojos húmedos. Su madre lo empujó hacia el baño.

 

—Vos también. Cubrite. Ya vamos a hablar.

 

Yo junté la ropa del piso. Me vestí con las manos temblando. En el pasillo, Lautaro me alcanzó un segundo.

 

— Tenés mi número, me dijo

 

— Aunque te vayas… podemos seguir viéndonos.

 

Asentí. No lo besé. No hacía falta.

 

Bajé a mi habitación. Armé la valija. Las tangas, esta vez, me las llevé todas.

 

Al amanecer dejé la llave sobre la mesada de la cocina.

 

Doña Martina no salió a despedirme.

 

Lautaro tampoco.

 

Pero el celular me vibró en la calle, cuando ya había cruzado la esquina: Avisame dónde estás.

 

Sonreí, cansada, con el cuerpo todavía sensible.

 

Había desvirgado al hijo de la patrona y Me había echado por cogermelo.

 

Y aun así, la historia no se había terminado en esa casa.

 

Sabía que iba a seguir cogiendo con el.

3 Lecturas/22 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Anonimo
Etiquetas: baño, cogiendo, colegio, culo, cumpleaños, hijo, madre, semen
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