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Heterosexual, Incestos en Familia, Orgias

El abuelo suertudo 1

un abuelo relativamente joven, encuentra a su nieta y sus amigas discutiendo por algo y descubre algo que hará sus sueños más depravados realidad .
Capítulo 1: El Juego de la Verdad

Las 5:20 de la tarde. El sol dorado se filtraba entre los árboles del pequeño parque del barrio, creando sombras danzantes sobre el césped. Carlos, de 57 años, caminaba lentamente hacia su casa después de una tarde de diligencias. Era un hombre latino, de complexión robusta, cabeza afeitada y bigote canoso bien recortado. Vestía una camisa de manga corta y pantalones caqui holgados.

Al pasar junto al parque, algo captó su atención. Tres niñas estaban sentadas en un banco, discutiendo acaloradamente. Reconoció de inmediato a una de ellas: su nieta Andy, de 10 años, a quien no veía desde hacía casi un mes.

Su corazón dio un vuelco.

Andy era una preciosidad latina. De piel morena clara y grandes ojos verdes que parecían esmeraldas, tenía un rostro angelical que derretía a cualquiera. Su cuerpo apenas comenzaba a desarrollarse: pequeños brotes de pechos que se insinuaban bajo su ropa, caderas diminutas que comenzaban a esbozar una curva, y un culito redondo y firme que se marcaba claramente bajo su minifalda a cuadros. Sus piernas eran largas y bien torneadas, producto de sus entrenamientos de patinaje artístico.

Carlos se detuvo, oculto parcialmente tras un árbol, y la observó. Desde que Andy cumplió nueve años, había comenzado a verla de una manera diferente. Una manera oscura, prohibida, que lo atormentaba y excitaba a la vez. Había pasado noches enteras imaginando su pequeño cuerpo desnudo, sus manos recorriendo su piel morena.

Ahora, al verla con sus amigas, su excitación creció.

Las otras dos niñas eran igualmente hermosas. Una era pelirroja, con pecas esparcidas por su lindo rostro y ojos grises que brillaban con inocencia. Parecía unos meses más joven que Andy, con un cuerpo igualmente delicado y apenas desarrollado. La otra era una niña de raza negra, ligeramente mayor que las otras dos, con ojos azules que contrastaban hermosamente con su piel oscura. Sus pequeños pechos ya comenzaban a formarse como pequeños limoncitos, marcándose claramente bajo su top blanco.

Las tres vestían minifaldas a cuadros muy cortitas que dejaban ver sus hermosas piernas, y suéteres abiertos sobre tops de tela delgada y blanca, casi transparente. Carlos podía ver claramente los pequeños pezones de las tres niñas a través de la tela.

Su polla comenzó a endurecerse dentro de sus pantalones.

Las niñas parecían estar discutiendo por algo. Carlos se acercó lentamente, saboreando la vista de sus piernas desnudas, sus pequeños cuerpos en movimiento.

«Andy, mi niña», dijo, con voz cálida. «¿Qué haces por aquí?»

Andy se giró, y su rostro se iluminó con una sonrisa.

«¡Abuelo!» exclamó, corriendo hacia él y abrazándolo.

Carlos la abrazó, sintiendo su pequeño cuerpo contra el suyo. Sus manos recorrieron su espalda y llegaron a tocar el culito de la niña, deteniéndose un momento más de lo necesario sin que ella dijese nada, como si fuese lo más natural del mundo, ellos dos tenían una buena relación y ella confiaba plenamente en su abuelo favorito, a quien además solía confesarle cosas que no compartía con sus padres.

«Te ves hermosa, mi niña», dijo, besándola en la frente. «¿Y quiénes son tus amigas?»

Andy se separó y señaló a las otras dos niñas.

«Ella es Any», dijo, señalando a la niña de piel negra. «Y ella es Sofy», agregó, señalando a la pelirroja.

Carlos las miró, sus ojos recorriendo sus pequeños cuerpos.

«Mucho gusto, niñas», dijo. «¿Qué estaban discutiendo?»

Las tres niñas se miraron entre sí, intercambiando miradas nerviosas. Andy dudó por un momento, luego habló.

«Abuelo… ¿puedo contarte algo? ¿Y me prometes que no se lo dirás a nadie?»

Carlos sonrió, su corazón latiendo con fuerza.

«Claro, mi niña. Ya sabes que puedes confiar en mí. Cualquier cosa que me digas, será nuestro secreto.»

Andy respiró hondo y comenzó a hablar.

«Es que… otras niñas nos enseñaron unos videos en su celular. Videos donde un hombre le estaba metiendo su palo dentro del agujero de una mujer. Y ellas nos dijeron que ya lo habían hecho, que se sentía muy rico, y que por eso ellas eran más importantes que nosotras.»

Carlos sintió cómo su polla se endurecía por completo. Su oportunidad había llegado.

«Entiendo», dijo, con voz grave tratando de contener la excitación que sentía «Y luego, ¿qué pasó?»

«Cuando ellas se fueron Any nos dijo que ella también ya lo había hecho», intervino Sofy, la pelirroja. «Pero no le creemos. Por eso estábamos discutiendo.»

Carlos miró a Any, la niña negra de ojos azules. Ella lo miró con una mezcla de desafío y nerviosismo.

«¿Es cierto, Any?» preguntó Carlos.

La niña dudó. «Sí… es cierto.»

«¿Y puedes probarlo?»

Any no respondió. Carlos sonrió, viendo la oportunidad perfecta.

«Hay una forma de averiguarlo», dijo. «Mi casa está cruzando la calle. Si de verdad lo has hecho, podemos comprobarlo, o puedes admitir que les has mentido a tus amigas y no pasa nada. ¿Estás dispuesta?»

Any miró a sus amigas, luego a Carlos. Finalmente, asintió.

«Está bien.»

Carlos las condujo a su casa, una modesta vivienda de una planta. Las tres niñas entraron, mirando curiosas a su alrededor. Carlos las llevó directamente a su habitación, una estancia con una cama grande, cortinas oscuras y un olor a hombre solitario.

«Cierra la puerta», le dijo a Sofy, la pelirroja.

La niña obedeció, cerrando la puerta detrás de ella. Carlos se volvió hacia Any.

«Tendrás que hacer todo lo que yo te diga mi niña hermosa» ella asintió. «Desnúdate. Por completo. Y acuéstate boca arriba sobre la cama.»

Any dudó por un momento, pero luego comenzó a desvestirse. Se quitó el suéter, luego el top blanco, dejando al descubierto sus pequeños pechos. Eran dos montículos suaves, con pezones oscuros que ya comenzaban a formarse. Se quitó la minifalda, y luego sus braguitas, quedando completamente desnuda.

Carlos tragó saliva. Su polla estaba completamente erecta, pulsante, a punto de explotar. La niña era perfecta: piel oscura y suave, pequeños pechos como limoncitos, un vientre liso, y entre sus piernas, una pequeña rendija rosada, completamente lisa, sin un solo vello.

«Acuéstate», ordenó Carlos, con voz ronca pero sin perder ternura.

Any obedeció, acostándose boca arriba. Carlos se acercó y flexionó las rodillas de la niña hacia ella, abriendo bien sus piernas.

«Perfecto», susurró, mirando su pequeña entrepierna. «Ahora no te muevas.»

Se desabrochó el pantalón, liberando su verga. Aunque no era grande, ni gruesa, seguramente lo parecería a los ojos de las niñas, y ya se encontraba completamente erecta. Any la miró con miedo, pero no dijo nada.

Carlos se colocó entre sus piernas, bajando su rostro hacia sus pequeños pechos. Comenzó a chupar sus pezones, succionándolos y lamiéndolos frenéticamente, llevado por la lujuria.

«¡Mmm…! ¡Qué rica eres, Any!» jadeó.

La niña gimió suavemente, sin saber cómo reaccionar. Sus amigas observaban desde el borde de la cama, con los ojos muy abiertos.

Carlos se incorporó, alineando su verga con la pequeña entrada de Any. Comenzó a empujar, sintiendo la resistencia de su cuerpo diminuto. Cuando su verga se topó con el himen, supo la verdad.

Any le había mentido a sus amigas. Era virgen.

Carlos sonrió y acercó su boca al oído de la niña.

«Ya sé que mentiste», susurró. «Eres virgen. Pero tengo una propuesta: si quieres que no les diga nada a tus amigas, seguiré. ¿O prefieres que les diga la verdad?»

Los ojos de Any se llenaron de lágrimas. Lo pensó por un momento tratando de avalar si prefería confesarles a sus amigas que había metido y quedar en ridículo o continuar con algo que no entendía del todo «Por favor… no les digas nada. Por favor… continúa.»

«Te va a doler mucho», dijo Carlos. «Pero luego tu pequeño coño se acostumbrará y empezarás a sentir rico. Tienes que aguantar para no gritar de dolor, o tus amigas se darán cuenta de que mentiste. ¿Entendido?»

Any respiró hondo y asintió. «Aguantaré. No gritaré.»

Carlos sonrió y empujó su verga hasta los huevos de una sola vez.

Any apretó los dientes, su cuerpo tensándose. Un grito de dolor luchó por escapar de su garganta, pero ella lo contuvo, sus ojos llenos de lágrimas. Carlos se quedó quieto por un momento, sintiendo el calor de su interior, su verga completamente enterrada en su pequeño coño.

«¡Mierda…!», jadeó. «¡Qué apretada estás!»

Comenzó a moverse, sacando y metiendo su verga lentamente, deliberadamente. Quería disfrutar cada momento, cada centímetro de su pequeña vagina y no quería que la niña sufriera demasiado. Any gemía suavemente, su cuerpo temblando, pero no gritaba.

«¡Sí… así…!», jadeó Carlos. «¡Qué rica eres, Any! ¡Tu coñito es perfecto!»

Pasaron los minutos. Carlos aumentó gradualmente el ritmo, sus caderas chocando contra el pequeño cuerpo de la niña. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo llenaba la habitación.

«¡Voy a llenarte!», gruñó finalmente. «¡Voy a dejar mi leche dentro de ti!»

Con un último empujón profundo, se corrió, su semen caliente inundando el útero de la niña. Any gimió, sintiendo el líquido caliente llenándola.

Carlos se retiró lentamente, su verga aún erecta, cubierta de una mezcla de sangre y semen que las niñas no notaron. Tomó una toalla oscura que tenía al lado de la cama y rápidamente limpió la sangre de la virginidad de Any, sin que las otras niñas lo notaran y la deslizó bajo ella para que la mancha de sangre no fuera visible.

Any y Sofy estaban con la boca abierta, perplejas por lo que habían visto. Carlos se subió el pantalón y se volvió hacia ellas.

«Su amiga dijo la verdad», dijo, con voz firme. «De verdad ya había sido follada antes.»

Any sonrió, sintiéndose orgullosa de sí misma. Se levantó de la cama y se vistió rápidamente, luego se volvió hacia sus amigas.

«¡Les dije que ya lo había hecho! ¡Debieron creerme desde antes!»

Sofy y Andy se miraron, sin saber qué decir. Carlos sonrió, sus ojos recorriendo los pequeños cuerpos de las otras dos niñas.

2 Lecturas/17 de octubre de 2026/0 Comentarios/por darkjuan
Etiquetas: abuelo, amiga, culito, culo, mayor, semen, vagina, virgen
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