El abuelo suertudo 2
la suerte del abuelo aún no acaba.
Capítulo 2: La Lección de Sofy
El aire en la habitación estaba cargado, denso, impregnado del olor a sexo reciente. Any se había vestido rápidamente, aunque su cuerpo aún temblaba ligeramente por la experiencia. Sus ojos brillaban con una mezcla de orgullo y confusión, mientras se ajustaba el top blanco sobre sus pequeños pechos. La toalla oscura que Carlos había colocado sobre la cama cubría discretamente la pequeña mancha de sangre, ocultando la evidencia de la virginidad perdida de la niña.
Sofy, la pelirroja, seguía con la boca abierta, sus ojos grises muy abiertos mientras miraba a Any, luego a Carlos, luego a la cama. La toalla oscura no le llamó la atención; parecía simplemente parte de la decoración de la habitación. Finalmente, encontró su voz.
«¿Cómo… cómo supiste que decía la verdad?» preguntó, con voz temblorosa, sus pecas resaltando sobre sus mejillas sonrojadas. «¿Qué diferencia hay entre Any y nosotras? Quiero decir… si nosotras también fuéramos folladas, ¿cómo lo sabrías? ¿Hay alguna señal? ¿Algo que las delate?»
Carlos sonrió lentamente, una sonrisa depredadora que no llegaba a sus ojos oscuros. Su polla aún estaba dura, pulsante dentro de sus pantalones, y la visión de las tres niñas diminutas frente a él lo excitaba más de lo que podía soportar. La suerte estaba claramente de su lado. Estas niñas eran tan inocentes, tan vulnerables, tan perfectas.
«Puedo mostrarte exactamente cómo saberlo», dijo, con voz ronca y grave. «¿Quieres que te muestre cuáles son las señales para saber si una niña es virgen o no? ¿Quieres aprender a detectar la diferencia?»
Sofy dudó por un momento, mirando a Andy, luego a Any, que ahora sonreía con orgullo. Finalmente asintió lentamente, su curiosidad venciendo al miedo.
«Sí… quiero saber. No quiero que otras niñas me engañen cuando presuman que han sido folladas. Quiero poder saber si dicen la verdad.»
Carlos sonrió, sus ojos brillando con lujuria desenfrenada. Podía sentir su polla palpitar dentro de sus pantalones, ansiosa por liberarse.
«Entonces desnúdate», ordenó, con voz firme. «Por completo. Y recuéstate sobre la cama, exactamente como lo hizo Any. Te mostraré la primera lección.»
Sofy tragó saliva, sus mejillas sonrojándose ligeramente. Pero la curiosidad pudo más que el miedo. Lentamente, comenzó a desvestirse, sus dedos temblorosos luchando con la tela.
Se quitó el suéter abierto, dejándolo caer al suelo con un susurro de tela. Luego, con movimientos lentos y vacilantes, se levantó el top blanco por encima de la cabeza. Sus pequeños pechos quedaron al descubierto: dos montículos diminutos, apenas desarrollándose, con pezones rosados pálidos que contrastaban con su piel blanca salpicada de pecas. Eran tan pequeños que apenas formaban dos suaves protuberancias en su pecho plano, como pequeños botones de fresa.
Carlos jadeó audiblemente, sus ojos devorando cada centímetro de su piel pálida. Podía ver cada peca, cada curva diminuta de su cuerpo infantil. Sofy se quitó la minifalda a cuadros, dejándola caer al suelo, y luego sus braguitas blancas, quedando completamente desnuda.
Su cuerpo era delicado, casi frágil. Su piel era pálida como porcelana, cubierta de pecas en los hombros, las mejillas y los muslos. Sus piernas eran largas y delgadas, bien torneadas por los entrenamientos de patinaje, con músculos suaves pero definidos. Su vientre era liso, sin una sola imperfección, con un pequeño ombligo redondo. Y entre sus piernas, una pequeña rendija rosada, completamente lisa, sin un solo vello púbico, apenas visible entre sus muslos cerrados.
Carlos se acercó lentamente, sus ojos clavados en su entrepierna virgen. Podía ver la pequeña abertura, apenas un pliegue rosado entre sus labios menores. Su polla palpitaba con fuerza, ansiosa por penetrar ese pequeño coño.
«Acuéstate», ordenó, con voz ronca. «Sobre la toalla.»
Sofy obedeció, acostándose boca arriba sobre la toalla oscura que cubría la mancha de sangre de Any. Carlos se acercó y flexionó sus rodillas hacia ella, abriendo bien sus piernas. La niña quedó completamente expuesta, su pequeña entrepierna abierta para él.
«Perfecto», susurró Carlos, sus ojos clavados en su coñito diminuto. «Ahora te mostraré la primera señal.»
Con un movimiento rápido y discreto, retiró la toalla oscura, dejando al descubierto la sábana manchada de sangre debajo. Pero ninguna de las niñas lo notó; todas estaban concentradas en lo que estaba a punto de suceder.
Bajó su rostro hacia sus pequeños pechos y comenzó a chupar sus pezones. Los tomó entre sus labios, succionándolos suavemente al principio, luego con más intensidad. Los lamió con su lengua áspera, los mordisqueó con sus dientes, los chupó frenéticamente, llevado por la lujuria desenfrenada.
«¡Mmm…!», gimió Sofy, su cuerpo tensándose. «¿Q-qué haces…?»
«Shhh… esto es parte de la lección», dijo Carlos, sin dejar de chupar sus pezones. «Cuando una niña es virgen, sus pezones son muy sensibles. Reaccionan de inmediato al tacto. Mira cómo se han puesto duros.»
Pasó largos minutos succionando sus pequeños pechos, alternando entre uno y otro. Sus manos recorrían su cuerpo diminuto, acariciando su vientre liso, sus costillas, sus caderas. Sofy gemía suavemente, sus manos aferradas a las sábanas, sin saber si lo que sentía era placer o dolor.
«¡Mmm… se siente… raro…!», jadeó Sofy, sus ojos cerrados.
«¿Raro cómo?», preguntó Carlos, lamiendo su pezón izquierdo.
«No sé… como cosquillas… pero más fuerte…», dijo Sofy, sonrojándose.
Carlos sonrió contra su piel. «Eso es porque tu cuerpo está reaccionando. Cuando una niña es virgen, su cuerpo es muy sensible a estas caricias. Es otra señal.»
Finalmente, Carlos se incorporó. Se desabrochó el pantalón, liberando su verga. Estaba completamente erecta, grande y gruesa, con la punta enrojecida y cubierta de un líquido viscoso. Sofy la miró con miedo, sus ojos grises muy abiertos.
«Es… es muy grande», susurró, con voz temblorosa.
«Lo sé», dijo Carlos, sonriendo por las palabras de la niña que subían su ego, pues en realidad él sabía que su miembro era de un tamaño promedio. «Pero tu coñito se adaptará. Ahora viene la segunda señal.»
Se colocó entre sus piernas, alineando su verga con la pequeña entrada de Sofy. La niña sintió la presión de su miembro caliente contra su piel, y comenzó a temblar.
«Espera…», dijo, nerviosa. «¿Qué estás…?»
Carlos comenzó a empujar lentamente, sintiendo la resistencia de su cuerpo diminuto. Su verga presionaba contra su entrada virgen, estirando los músculos que nunca habían sido tocados.
«¡Duele!», gimió Sofy, sus ojos llenándose de lágrimas. «¡Por favor, no sigas! ¡Me duele!»
«Shhh…», susurró Carlos, sin detenerse. «Tienes que aguantar. Esto es parte de la lección.»
Su verga continuó presionando, sintiendo el himen listo para romperse. Sofy ya estaba llorando, lágrimas rodando por sus mejillas pecosas.
«¡Por favor! ¡Para! ¡No quiero!», suplicó, retorciéndose bajo él.
Pero Carlos no se detuvo. Con un empujón fuerte y decisivo, rompió su himen, penetrándola por completo hasta los huevos.
«¡AAAAHHH!», gritó Sofy, un grito desgarrador de dolor que resonó en la habitación. Su cuerpo entero se tensó, arqueándose, sus manos aferrándose a las sábanas con desesperación. Lágrimas brotaban de sus ojos grises, rodando por sus mejillas pecosas.
Carlos se quedó quieto, su verga enterrada hasta los huevos dentro de su pequeño coño. Podía sentir cada músculo de su vagina apretándose alrededor de su polla, la resistencia de su cuerpo virgen. El calor de su interior era abrumador, succionándolo.
Miró a las otras dos niñas, que observaban con los ojos muy abiertos, asombradas y parecían un poco aterrorizadas.
«Esta es la primera señal», dijo, con voz firme, aunque jadeando por el placer. «Cuando una niña es virgen, le duele mucho cuando la penetran por primera vez. Ese dolor es la prueba de que nunca antes había sido follada. Si una niña no siente este dolo tan fuerte, entonces ya ha sido follada antes.»
Sofy seguía llorando, su cuerpo temblando bajo él. Carlos se inclinó sobre ella, acariciando su mejilla húmeda con sus dedos ásperos.
«Shhh… tranquila, mi niña», susurró, con voz suave. «El dolor pasará pronto. Solo tienes que aguantar un poco más. Después, tu coñito se acostumbrará y empezarás a sentir rico. Te lo prometo.»
«¿De verdad?», preguntó Sofy entre sollozos, sus ojos grises mirándolo con esperanza.
«Te lo prometo», dijo Carlos, con voz reconfortante. «Solo respira hondo y relájate. Deja que tu cuerpo se acostumbre a mí.»
Sofy respiró hondo, tratando de calmarse. Sus lágrimas comenzaron a secarse lentamente. Carlos comenzó a moverse lentamente, sacando su verga casi por completo y volviendo a meterla con suavidad.
«¡Ah…!», gimió Sofy, su cuerpo tensándose de nuevo.
«Shhh… relájate», dijo Carlos, con voz suave. «Siente cómo tu coñito se abre para mí. Poco a poco, el dolor se convertirá en placer.»
Continuó moviéndose, lento y deliberado, cada embestida un poco más profunda que la anterior. Sofy gemía suavemente, sus lágrimas secándose lentamente. El dolor agudo comenzaba a desvanecerse, reemplazado poco a poco por una sensación extraña, desconocida que con el paso de los minutos parecía convertirse en algo agradable para la niña.
«¿Ves?», dijo Carlos, jadeando. «¿Sientes cómo tu cuerpo comienza a aceptarme? Eso es la segunda señal. Cuando una niña ha sido follada antes, su coñito ya está acostumbrado y ya disfruta de la penetración. No le duele tanto y siente rico desde el principio. Pero tú eres virgen, Sofy. Tu coñito está aprendiendo a sentirlo.»
Sofy asintió débilmente, sus ojos cerrados, concentrándose en la sensación de ese miembro extraño moviéndose dentro de ella. El dolor se desvanecía lentamente, reemplazado por una sensación extraña, casi placentera.
Carlos aumentó gradualmente el ritmo. Sus caderas comenzaron a moverse más rápido, sus embestidas más profundas y fuertes. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo del pequeño coño de Sofy llenaba la habitación.
«¡Mmm…!», gimió Sofy, sus caderas moviéndose involuntariamente. «¡Se siente… extraño…!»
«¿Extraño bueno o extraño malo?», preguntó Carlos, sonriendo.
«No sé…», jadeó Sofy. «¡Pero ya no duele!»
«Eso es porque tu coñito ya se está acostumbrando», dijo Carlos. «Pronto empezarás a sentir rico. Te lo prometo.»
Continuó follándola, sus embestidas cada vez más rápidas y profundas. Sofy gemía cada vez más fuerte, sus pequeños pechos parecían comenzar a sumarse a esa sensación que cada vez se volvía más placentera con cada embestida. Sus pezones estaban duros y erectos, sensibles al aire. Sus pecas brillaban con el sudor de su piel.
Any y Andy observaban desde el borde de la cama, con los ojos muy abiertos, fascinadas. Veían cómo la verga de Carlos entraba y salía del pequeño coño de Sofy, cómo su cuerpo se movía con cada embestida, cómo sus gemidos se volvían más intensos.
«¡Mira cómo la folla!», susurró Any, con una mezcla de asombro y excitación.
«¿Le estará doliendo?», preguntó Andy, con preocupación.
«Ya no», dijo Any. «Mira, ahora está gimiendo. Le está gustando.»
Carlos continuó follando a Sofy por largos minutos, disfrutando cada momento, cada sensación. Su verga se deslizaba suavemente dentro de su coñito, ahora bien lubricado por sus fluidos y la sangre de su virginidad. El calor de su interior era abrumador, succionándolo, haciéndolo gemir de placer.
«¡Mmm… qué rica eres, Sofy!», jadeó Carlos. «¡Tu coñito es tan apretado! ¡Tan perfecto!»
Sofy gemía sin control, sus caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas. Sus pequeños pechos reaccionaban con sensibilidad, sus pezones erectos. Sus ojos estaban cerrados, su boca abierta, jadeando.
«¡Voy a llenarte!», gruñó Carlos finalmente. «¡Voy a dejar mi leche dentro de ti!»
«¡Sí!», gimió Sofy, sin saber lo que decía. «¡Lléname!»
Con un gruñido profundo, Carlos se corrió, su semen caliente inundando el útero de la niña. Sofy gimió, sintiendo el líquido caliente llenándola, una sensación extraña pero placentera. Su cuerpo se tensó, arqueándose, mientras un orgasmo involuntario la recorría.
Carlos se quedó quieto por un momento, su verga aún enterrada dentro de ella, disfrutando de la sensación de su semen llenando su pequeño coño que lo apretaba de forma palpitante, como convulsionando por el orgasmo de la niña. Luego se retiró lentamente, su verga cubierta de una mezcla de sangre y semen.
Sofy yacía en la cama, jadeando, sus ojos brillantes, su cuerpo cubierto de sudor. Sus muslos estaban manchados de sangre y semen, y la sábana debajo de ella mostraba una mancha roja oscura.
«Levántate», dijo Carlos, con voz firme.
Sofy obedeció, incorporándose lentamente. Cuando se levantó, todos pudieron ver la mancha de sangre en la sábana, un círculo rojo oscuro que marcaba el lugar donde había yacido.
Carlos señaló la mancha.
«Esta es otra señal de la virginidad», dijo, con voz instructiva. «Cuando una niña es penetrada por primera vez, sangra por la pérdida de su virginidad. Es algo normal, y desde ahora lo disfrutarán. Por eso supe que Any no mentía: no había sangrado.»
Any sonrió, sintiéndose orgullosa. «¡Les dije que ya lo había hecho!»
Carlos se volvió hacia Sofy, que aún estaba de pie, temblando.
«Ahora ve al baño», dijo, señalando una puerta al fondo de la habitación. «Límpiate la sangre antes de vestirte. Hay toallas limpias en el armario.»
Sofy asintió débilmente y caminó hacia el baño, sus piernas temblando. Cuando desapareció tras la puerta, Carlos se volvió hacia Andy, su nieta, que observaba con los ojos muy abiertos.
«¿Y tú, Andy?», preguntó, con voz suave. «¿Quieres aprender la lección también?»

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