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Heterosexual, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

el abuelo suertudo 4

la suerte del abuelo sigue aumentando y ahora comienza su harem.
Capítulo 4: Las Nuevas Putitas

Al día siguiente, poco después de la hora de salida de la escuela, alguien tocó a su puerta. Carlos se levantó del sofá y fue a abrir. Cuando abrió la puerta, sus ojos se abrieron con sorpresa y lujuria.

Siete niñas estaban paradas frente a su puerta. Eran Andy, Any y Sofy, y otras cuatro niñas que eran mayores y un poco más altas que el trío de amigas. Carlos las miró con lujuria desenfrenada, sus ojos recorriendo cada pequeño cuerpo.

«¡Abuelo!», dijo Andy, con entusiasmo. «Estas son las niñas que presumen que ya han sido folladas. Han venido dispuestas a probarnos que no mienten.»

Carlos tenía una expresión de emoción y lujuria que puso nerviosas a las niñas que no lo conocían aún. Carlos podía sentir su polla comenzando a endurecerse dentro de sus pantalones.

«Pasen, pasen», dijo, haciéndolas pasar a su casa.

Las niñas entraron, mirando alrededor con curiosidad. Any comenzó a presentarlas.

«Esta es Ximena», dijo, señalando a una niña de piel blanca y cabello castaño claro, con ojos marrones claros. Era de piernas largas, y su piel rosada no tenía pecas. Sus tetas eran apenas unos limoncitos en desarrollo, pequeñas protuberancias bajo su blusa.

«Y esta es María», continuó, señalando a una niña rubia de ojos verdes, piel blanca. Sus tetitas ya comenzaban a tener forma, pequeños conos que se marcaban bajo su camiseta. Tenía un culito parado hermoso, que se notaba bajo su falda.

«Carla», dijo, señalando a una niña de piel blanca y cabello castaño oscuro, ojos azules. Era un poco más rellenita que las otras niñas, lo cual hacía que tuviera un culo más grande que parecía el de una adolescente de mayor edad. Sus tetas ya estaban casi formadas, como naranjas, duras y firmes, aunque su rostro se veía como el de una niña de nueve años.

«Y Dalia», dijo, señalando a la última. Era la mayor, estaba por cumplir doce años. Morena, de ojos oscuros, definitivamente se había desarrollado de forma precoz. A pesar de tener un rostro de niña de diez años, tenía un cuerpo espectacular casi como el de una joven de diecisiete. Su culo era grande, parado y redondo, sus piernas gruesas, una cintura delgada y unas tetas grandes como melones que se marcaban claramente bajo su blusa.

Carlos las miraba con tanto deseo y lujuria que las nuevas niñas se sentían incómodas y nerviosas. No lo conocían, y especialmente Carla y Dalia, al notar la mirada lujuriosa del abuelo de Andy recordaban a los hombres que con frecuencia las miraban en la calle, con tanta lujuria, como queriendo violarlas cuando salían de la escuela. La mirada de Carlos era exactamente igual a la de esos hombres, pero más intensa, más depravada y su ereccion ya era muy notoria bajo el pantalón levantando una carpa que las nuevas niñas veian con una mezcla de nerviosismo y miedo.

«Primero tengo que hablar a solas con las nuevas niñas», dijo Carlos, con voz ronca dirigiéndose a su nieta y sus dos amigas. «Ustedes tres esperen aquí en la sala.»

Any, Andy y Sofy se sentaron en el sofá, mientras Carlos hacía pasar a las cuatro niñas nuevas a su habitación.

Una vez dentro, Carlos cerró la puerta y las miró fijamente. Las cuatro niñas se sentían incómodas, nerviosas, con algo de miedo, sus ojos evitando encontrarse con los suyos.

«Quiero que me digan la verdad», dijo Carlos, con voz firme. «¿De verdad ya no son vírgenes?»

Las niñas no contestaron. Sus rostros se sonrojaron, sus ojos mirando al suelo. Carlos supo inmediatamente que habían mentido.

«Ya sé que han mentido», dijo, con voz suave pero firme. «Puedo verlo en sus rostros.»

Las niñas se miraron entre sí, y finalmente Dalia habló.

«Sí… hemos mentido», admitió, con voz temblorosa. «Pero por favor, no les digas a las otras niñas. Se burlarían de nosotras.»

Carlos sonrió, una sonrisa que parecía que llegaba a sus ojos.

«Mi nieta y sus amigas ya saben cómo identificar si otra niña ya no es virgen», dijo. «Pero yo podría ayudarlas para que cumplan con las señales que indican que ya no son vírgenes. De lo contrario, tendrán que admitir que han mentido.»

Las cuatro niñas se miraron, con pánico en sus ojos.

«No queremos admitirlo», dijo Carla. «Se burlarían de nosotras. Preferimos hacer lo que sea para que no se sepa nuestra mentira.»

Carlos sonrió, satisfecho. Perfecto, pensó. Caen justo en mi trampa.

«Muy bien», dijo. «le diré a mi nieta y a las otras dos niñas que estaré ocupado el día de hoy, que debo salir en 15 minutos a atender algo importante y no podremos hacer las pruebas, les diré que deberán regresar mañan las siete. Ustedes pretenderán irse también, pero regresarán en diez minutos. Y entonces Yo las ayudaré.»

Las cuatro niñas asintieron, aliviadas. Salieron de la habitación y Carlos les dijo a las otras tres niñas que esa tarde estaba ocupado y que tendrían que regresar al día siguiente.

Las niñas se fueron, y Carlos esperó impaciente. Tomó una pastilla azul, asegurándose de tener toda la energía necesaria. Diez minutos después, las cuatro niñas nuevas regresaron.

Carlos las hizo pasar y las llevó a su habitación. Cerró la puerta y las miró con una sonrisa depravada llena de deseo por sus cuerpos.

«Para que mañana las otras niñas vean que ya no son vírgenes», dijo, «tendrán que perder su virginidad conmigo.»

Las niñas se sintieron incómodas y nerviosas. Dudaron, mirándose entre sí. Finalmente, Dalia habló.

«No estamos seguras», dijo, con voz temblorosa. «Nos recuerdas a esos pervertidos que nos miran en la calle, queriendo violarnos.»

Carlos sonrió, sin inmutarse.

«O pierden su virginidad conmigo», dijo, con voz firme, «o tendrán que admitir que han mentido a las otras niñas. La decisión es suya.»

Las niñas se miraron, con resignación en sus rostros. Finalmente, Dalia respondió por todas.

«Preferimos ser violadas por un pervertido como tú a admitir nuestra mentira.»

Carlos sonrió, su mirada aún más pervertida y lujuriosa.

Perfecto, pensó. Estas putitas son mías ahora.

«Desnúdense por completo», ordenó.

Las niñas comenzaron a desvestirse lentamente, nerviosas. Carlos las observaba con lujuria desenfrenada, sus ojos devorando cada centímetro de piel que se revelaba.

«Les prometo que las trataré bien», dijo, con voz suave. «Sé que mi rostro muestra deseo, pero es por la hermosura, de sus cuerpos perfectos y la belleza de sus caritas. No las lastimaré. Iré ganándome su confianza, ya lo verán.»

Espero que se traguen mis mentiras, pensó. Si me gano su confianza, podré follarlas otras veces más adelante. Serán mías para siempre.

Le costaba mucho trabajo ocultar su lujuria. Estaba desesperado por follarlas ya. Pero sabía que debía ser paciente, ganarse su confianza para poder tenerlas siempre.

Decidió comenzar con Dalia, por ser la mayor y tener un cuerpo más desarrollado que resistiría mejor ser follada.

«Dalia, ven aquí mi niña», dijo con voz dulce. «Acuéstate sobre la cama, boca arriba, y abre las piernas.»

Dalia obedeció, aunque tremendamente nerviosa, aunque Carlos trataba de contenerse, la niña seguía viendo el rostro de los hombres que la asesinaban en la calle, y no dejaba de pensar que uno de esos pervertidos por fin la iba a violar. Se acostó sobre la cama y abrió sus piernas tembloross, revelando su coñito oscuro, apenas cubierto por un vello púbico fino.

Carlos se acercó y se arrodilló entre sus piernas. Bajó su rostro hacia sus grandes tetas y comenzó a chupar sus pezones.

¡Dios mío!, pensó, mientras succionaba sus grandes pechos. ¡Mira estas tetas! ¡Son enormes, perfectas! ¡Y tiene una carita de niña pequeña! ¡Es increíble!

«¡Mmm…!», gimió Dalia, su cuerpo tensándose.

«Shhh… relájate», susurró Carlos, sin dejar de chupar. «Déjame disfrutar de ti.»

Que pinche putita tan pendeja!, pensó, mientras chupaba sus tetas. Se está dejando follar por un viejo pervertido. Y no sabe que la voy a usar como mi puta personal.

«Eres una hermosura, Dalia», dijo, separando apenas sus labios de sus pezones. «Una niña perfecta con un cuerpo espectacular. No es extraño que los hombres pervertidos en la calle te deseen con lujuria, eres una niña tan bonita.»

Dalia se sonrojó, sintiéndose halagada y las palabras que escuchaba de la boca del viejo la comenzaban a tranquilizar.

«Pero no te preocupes por esos hombres, solo debes ignorarlos», continuó Carlos. «Deja que solamente yo te folle. Te trataré como una princesita, serás una de mis niñas consentidas.»

Dalia comenzó a relajarse, dejándose llevar por sus palabras. Tal vez no sea tan malo, pensó. Me está diciendo cosas bonitas.

Carlos continuó chupando sus grandes tetas, sus manos acariciando su cuerpo. Las otras niñas observaban, viendo cómo Dalia comenzaba a disfrutar. Tal vez sí sea rico ser follada por ese hombre, pensaron.

Carlos bajó lentamente, besando su vientre, hasta llegar a su coñito. Comenzó a hacerle sexo oral, su lengua deslizándose por sus labios menores, encontrando su clítoris.

«¡A-ah…!», gimió Dalia, su cuerpo arqueándose. «¡Eso… se siente…!»

«¿Rico?», preguntó Carlos, sin dejar de lamer.

«Sí…», jadeó Dalia. «¡Muy rico!»

Carlos continuó lamiendo y chupando su coñito hasta que estuvo completamente mojado. Luego, se incorporó y alineó su verga con su entrada.

«¿Lista, Dalia?», preguntó.

Dalia asintió, nerviosa pero excitada. Carlos empujó lentamente, con delicadeza, rompiendo su himen.

«¡AAAHHH!», gritó Dalia, su cuerpo arqueándose de dolor.

Carlos se quedó quieto, su verga enterrada dentro de ella. La besó suavemente, tranquilizándola.

«Shhh… ya pasó», susurró. «El dolor pasará pronto.»

Dalia respiró hondo, sus lágrimas secándose. Carlos comenzó a moverse lentamente, con delicadeza, casi ternura.

Así, pinche puta, pensó, mientras se movía dentro de ella. Trágate toda mi verga. Mira nada más qué pinches chichotas tienes, y qué pinche culote tan rico. Ahora son míos.

«Eres tan hermosa, Dalia», dijo en voz alta. «Tan perfecta. Me encanta estar dentro de ti.»

Dalia sonrió, sintiéndose amada. El dolor se desvanecía lentamente, reemplazado por una sensación extraña pero placentera.

Carlos continuó moviéndose, sus embestidas suaves y delicadas. Dalia gemía suavemente, sus caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas.

Mira cómo se retuerce esta putita, pensó Carlos. De verdad cree que le estoy dando amor, que soy un viejo amable. No sabe que la estoy violando, que la estoy convirtiendo en mi puta.

Cuando Carlos se dió cuenta de que la niña lo estaba disfrutando, comenzó a intensificar las embestidas, hasta que se convirtieron en penetraciones freneticas, casi violentas por la lujuria y el deseo desenfrenado de Carlos por poseerla, y aún así la niña estaba disfrutando de la violación que ella pensaba que era hacer el amor.

«¡Voy a llenarte, Dalia!», jadeó.

«¡Sí!», gimió Dalia. «¡Lléname!» Dijo sin realmente entender lo que decía.

Con un gruñido, Carlos se corrió, su semen inundando su coño. Dalia convulsionó, teniendo el primer orgasmo de su vida. Lo sujetó, atrayéndolo hacia ella.

Carlos la besó suavemente y se retiró. «Carla, es tu turno.»

Carla se acercó, nerviosa pero excitada después de ver a Dalia disfrutar. Se acostó sobre la cama y abrió sus piernas.

Carlos se acercó y comenzó a chupar sus tetas, que eran como naranjas, duras y firmes.

Mira estas tetas, pensó. Son perfectas, grandes, firmes. Y tiene una carita de niña de nueve años. Es increíble.

«Eres tan hermosa, Carla», dijo. «Tienes un cuerpo espectacular.»

Carla se sonrojó, sintiéndose halagada. Carlos continuó chupando sus tetas, luego bajó a su coñito, haciéndole sexo oral hasta que estuvo mojada.

Luego la penetró, rompiendo su himen. Carla gritó de dolor, pero Carlos la tranquilizó con besos y palabras suaves.

Así, pinche puta, pensó, mientras se movía dentro de ella. Trágate toda mi verga. Estas tetas y este culo ahora son míos.

«Eres tan perfecta, Carla», dijo en voz alta. «Me encanta estar dentro de ti.»

Carla sonrió, dejándose llevar. Carlos continuó moviéndose, sus embestidas suaves y delicadas, después de haber descargado gran parte de su lujuria acumulada con Dalia ahora podía contenerse mejor para no asustar a las otras niñas, solo incremento la frecuencia y profundidad de la penetracion sin llegar a ser demasiado fuerte ni violento, hasta que se corrió dentro de ella.

«María, es tu turno», dijo.

María se acercó, tímida pero excitada. Se acostó sobre la cama y abrió sus piernas.

Carlos chupó sus pequeñas tetas, que apenas comenzaban a tener forma. Luego bajó a su coñito, haciéndole sexo oral hasta que estuvo mojada.

Mira estas tetitas, pensó. Apenas están comenzando a crecer ya son mías. Son perfectas.

La penetró, rompiendo su himen. María gritó de dolor, pero Carlos la tranquilizó.

Así, pinche putita, pensó, mientras se movía dentro de ella. Trágate toda mi verga. Eres mía ahora.

«Eres tan hermosa, María», dijo en voz alta. «Tan perfecta.»

María sonrió, dejándose llevar. Carlos estaba aprendiendo a tratar a las niñas, a ser tierno con ellas y hacerlas sentir especiales, se daba cuenta de que eso podría ayudarlo a tener su propio harem, algo que ni en sus sueños más fantasiosos había podido concebir.

Ahora penetraba a la niña con delicadeza aunque en su mente seguía tratando las como sus putas, Carlos continuó hasta que se corrió dentro de ella, y luego se volvió hacia Ximena.

«Ximena, es tu turno», dijo.

Ximena se acercó, nerviosa. Se acostó sobre la cama y abrió sus piernas.

Carlos chupó sus pequeños pechos pero ya no era igual que como lo había hecho con las niñas anteriores, ahora los chupaba delicadamente, ahora disfrutaba de esos pequeños pechos,, esos delicados pezones apenas unos limoncitos en desarrollo sin ser agresivo.

Mira estos limoncitos, pensó. Son tan pequeños, tan tiernos. Quiero devorarlos.

Luego bajó a su coñito, lamiendo su vulva y su clitoris como disfrutando del más delicado y delicioso manjar hasta que ella estuvo completamente mojada.

Entonces la penetró, rompiendo su himen con mayor delicadeza y paciencia. Ximena gritó de dolor, pero Carlos la estaba tratando tan bien que la niña se tranquilizó rápidamente.

Así, pinche putita, pensó. Trágate toda mi verga. Eres mía ahora.

«Eres tan hermosa, Ximena», dijo en voz alta y suave. «Tan perfecta.»

Ximena sonrió, dejándose llevar. Carlos la follaba con movimientos suaves e incrementado el ritmo sin sobrepasarse hasta que se corrió dentro de ella.

Cuando terminó, las cuatro niña yacía en la cama, jadeando, y las cuatro niñas sonriendo. Carlos las miró, satisfecho.

«Ahora las follaré por sus culos», dijo.

Las niñas se miraron, nerviosas. Pero ya confiaban en él, así que aceptaron.

Carlos tomó el lubricante y comenzó con Dalia. La puso en cuatro sobre la cama, y él aplicó lubricante en su ano, metiendo sus dedos para estimularlo.

«Relájate, Dalia», susurró. «Será delicado.»

La penetró lentamente, con delicadeza. Dalia gimió, pero no de dolor, sino de placer.

Mira este culote, pensó Carlos, mientras se movía dentro de ella. Es enorme, perfecto. Y ahora es mío.

«Eres tan perfecta, Dalia», dijo en voz alta. «Me encanta tu culito.»

Dalia sonrió, disfrutando. Carlos se corrió dentro de su ano, y luego continuó con Carla, María y Ximena, follándolas por el culo en el mismo orden.

Después, las hizo chuparle la verga a cada una, corriéndose dentro de sus bocas.

Cuando terminaron, las cuatro niñas yacían en la cama, agotadas pero satisfechas. Dalia se incorporó y miró a Carlos.

«Sigo pensando que eres un viejo pervertido», dijo, con una sonrisa. «Pero me gustó cómo nos trataste. Prefiero seguir follando contigo a imaginarme ser follada por alguno de los pervertidos que me ven en la calle.»

Las otras niñas asintieron, de acuerdo.

Carlos sonrió, orgulloso. Ya me he ganado su confianza, pensó. Tendré mi propio harén de niñas putitas.

«Me alegra que piensen así», dijo. «Me encantaría seguir follándolas.»

Carla sonrió. «Me gustaría volver a follar contigo.»

«Yo también», dijo María.

«Yo también», dijo Ximena.

Carlos sonrió, satisfecho. «Las follaré con gusto», dijo. «Con una condición: que hagan las paces con mi nieta y sus amigas. Después de todo, a todas las voy a follar yo.»

Las niñas se sorprendieron al escuchar esto. No sabían que Carlos se había follado a su propia nieta y a sus amigas.

«¿Te follaste a tu propia nieta?», preguntó Dalia, sorprendida.

«Sí», dijo Carlos, sin inmutarse. «Y a sus amigas. Todas son mías.»

Las niñas se miraron, sorprendidas. Pero finalmente, Dalia asintió.

«Está bien», dijo. «Haremos las paces con ellas.»

«Pero deben guardar el secreto», dijo Carlos. «No pueden decirle a nadie lo que hicimos hoy.»

«Lo prometemos», dijeron las niñas al unísono.

«Y deben regresar mañana con mi nieta y sus amigas», dijo Carlos. «Para mostrarles que ya no son vírgenes.»

Las niñas asintieron. Se vistieron rápidamente, y Carlos las despidió, agarrando sus culos mientras salían.

Cuando se fueron, Carlos se sentó en el sofá, una sonrisa depravada en su rostro.

Ahora tengo siete putitas, pensó. Y si soy inteligente podría tener más.

10 Lecturas/26 de octubre de 2026/0 Comentarios/por darkjuan
Etiquetas: culo, follando, follar, mayor, mayores, orgasmo, semen, sexo
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