el abuelo suertudo 5
ha llegado el día de consolidar el harem del abuelo.
Capítulo 5: La Prueba de las Mentiras
Carlos se despertó temprano, con una sonrisa depravada en el rostro. Hoy era el gran día. Las siete niñas vendrían a su casa: las cuatro nuevas para ser folladas y demostrar que decían la verdad sobre su virginidad, y las tres originales para presenciar la prueba. Se duchó, se vistió y tomó una pastilla azul, preparándose para el espectáculo que estaba por venir.
Hoy voy a follar a mis putitas putitas, pensó, mientras se arreglaba frente al espejo. Y las otras tres me verán hacerlo. Será un espectáculo digno de admirar.
Poco después del mediodía, escuchó golpes en la puerta. Abrió y encontró a las siete niñas paradas frente a su casa, todas sonriendo.
«¡Buenos días, abuelo!», dijo Andy, con entusiasmo.
«Buenos días, niñas», respondió Carlos, con una sonrisa lasciva. «Pasen, pasen.»
Las niñas entraron, llenando la sala con sus risas y murmullos. Carlos las observó, sus ojos recorriendo cada pequeño cuerpo. Hoy, las cuatro nuevas vestían faldas cortas y blusas ajustadas, mostrando sus piernas y sus curvas. Las tres originales vestían más casual, pero igualmente atractivas.
«Bueno», dijo Carlos, sentándose en el sofá. «Hoy es el día de la prueba. Dalia, Carla, María y Ximena van a demostrar que ya no son vírgenes. Andy, Any y Sofy, ustedes van a venir conmigo a la habitación para ver la prueba con sus propios ojos.»
Las tres originales asintieron, emocionadas. Carlos llevó a las siete niñas a su habitación. La cama estaba tendida con sábanas limpias, y había tres sillas en un costado de la cama.
«Ustedes tres siéntense ahí», dijo Carlos, señalando las sillas y el borde de la cama. «Y observen. Quiero que vean cómo las otras cuatro demuestran que ya no son vírgenes.»
Andy, Any y Sofy se sentaron, mirando con curiosidad. Carlos se volvió hacia las cuatro nuevas.
«Desnúdense», ordenó. «Y pónganse en cuatro sobre la cama, formando una fila.»
Las cuatro niñas obedecieron, desvistiéndose rápidamente y poniéndose en cuatro sobre la cama. Carlos se desvistió también, su polla erecta y palpitante. Las tres originales lo miraron con expectativa, recordando lo que habían experimentado con él.
Mira estas cuatro putitas, pensó Carlos, mientras observaba sus cuerpos desnudos. Todas mías. Y las otras tres mirando, esperando su turno. Hoy será un día glorioso.
Comenzó con Dalia, la primera de la fila. Se colocó detrás de ella y acarició sus grandes nalgas, sintiendo su suavidad.
«Eres tan hermosa, Dalia», dijo en voz alta, con voz suave. «Tu cuerpo es espectacular. Me encanta cómo te ves.»
Dalia sonrojó, sintiéndose halagada y especial parando aún más su culo que ahora se veía monumental. Carlos alineó su verga con su coñito, que ya estaba mojado por la excitación.
«¿Lista, Dalia?», preguntó.
«Sí», respondió Dalia, con voz suave.
Carlos la penetró lentamente, con delicadeza, enterrándose hasta los huevos. Dalia gimió, su cuerpo arqueándose.
«¡A-ah…!»
«Shhh… relájate, mi niña», susurró Carlos, comenzando a moverse suavemente. «Déjame cuidarte. Solo disfruta.»
Así, pinche puta, pensó, mientras embestía. Trágate toda mi verga. Mira nada más qué pinches chichotas tienes y qué pinche culote tan rico. Ahora son míos.
«Eres tan perfecta, Dalia», dijo en voz alta, sus embestidas suaves y rítmicas. «Me encanta estar dentro de ti.»
Dalia gemía suavemente, disfrutando de la sensación. Carlos continuó moviéndose, una de sus manos acariciando sus grandes tetas.
Mira cómo se retuerce esta putita, pensó. Cree en mis palabras amables, piensa que soy un viejo tierno. No se da cuenta de que la estoy violando, que la estoy convirtiendo en mi puta personal.
«¡Mmm… Carlos…!», gimió Dalia. «¡Es tan rico…!»
«Me alegra que lo disfrutes, mi niña», dijo Carlos, con voz suave. «Eres una princesa. Mereces lo mejor, todas ustedes merecen lo mejor.»
Así, pinche puta, pensó. Disfruta mientras puedas. Pronto serás mía para siempre.
Carlos continuó follándola con delicadeza, sus embestidas suaves pero profundas. Dalia gemía sin control, su cuerpo arqueándose con cada embestida.
«¡Voy a llenarte, Dalia!», jadeó.
«¡Sí!», gimió Dalia. «¡Lléname!»
Con un gruñido, Carlos se corrió dentro de ella. Dalia convulsionó, teniendo un orgasmo casi al mismo tiempo. Carlos se quedó quieto por un momento, disfrutando de la sensación de su semen llenando su coño.
Así, pinche puta, pensó. Trágate toda mi leche. Es tu recompensa por ser mi putita.
Se retiró lentamente y se movió a Carla, que estaba al lado de Dalia. Acarició sus grandes tetas, que eran como naranjas, duras y firmes.
«Eres tan hermosa, Carla», dijo en voz alta, con voz suave. «Tienes un cuerpo espectacular. Me encanta cómo te ves desde aquí.»
Carla se sonrojó, sintiéndose halagada. Carlos alineó su verga con su coñito y la penetró lentamente.
«¡A-ah…!», gimió Carla.
«Shhh… relájate, mi niña», susurró Carlos, comenzando a moverse suavemente. «Déjame cuidarte mi niña. Solo disfruta.»
Mira estas naranjas, pensó, mientras embestía. Son tan duras, perfectas. Y tiene una carita de niña de nueve años. Es increíble. Esta pinche putita pendeja se está dejando follar por un viejo pervertido.
«Eres tan perfecta, Carla», dijo en voz alta. «Me encanta estar dentro de ti.»
Carla gemía suavemente, disfrutando de la sensación. Carlos continuó moviéndose, sus manos acariciando sus grandes tetas y su culo.
Así, pinche puta, pensó. Trágate toda mi verga. Estas tetas y este culote son míos ahora.
«¡Mmm… Carlos…!», gimió Carla. «¡Es tan rico…!»
«Me alegra que lo disfrutes, mi niña», dijo Carlos, con voz suave. «Eres una princesa. Mereces disfrutar como una princesita.»
Mira cómo se retuerce esta putita, pensó. Cree que esto es amor. Si supiera que la estoy violando estaría llorando y suplicando que pare.
Carlos continuó follándola con delicadeza, hasta que se corrió dentro de ella. Carla convulsionó, teniendo un orgasmo.
Se retiró y se movió a María, que estaba al lado de Carla. Acarició sus pequeñas tetas, que apenas comenzaban a tener forma y ese culito duro de niña nalgona.
«Eres tan hermosa, María», dijo en voz alta, con voz suave. «Tus ojos verdes son preciosos. Me encanta cómo te ves.»
María se sonrojó, y tenía una linda sonrisa. Carlos alineó su verga con su coñito y la penetró lentamente.
«¡A-ah…!», gimió María.
«Shhh… relájate, mi niña», susurró Carlos, comenzando a moverse suavemente. «Déjame follarte como una princesita como tú se merece. Solo disfruta.»
Mira estas tetitas, pensó, mientras embestía. Apenas están creciendo, pero son perfectas. Esta putita rubia es una delicia.
«Eres tan perfecta, María», dijo en voz alta. «Me encanta estar dentro de ti.»
María gemía suavemente, disfrutando de la sensación. Carlos continuó moviéndose, sus manos acariciando sus pequeñas tetas y su culito.
Así, pinche putita, pensó. Mira nada más como toda mi verga entra en tu coño. Eres mía ahora.
«¡Mmm… Carlos…!», gimió María. «¡Es tan rico…!»
«Me alegra que lo disfrutes, mi niña», dijo Carlos, con voz suave. «Eres una princesa. Mereces ser follada como dios manda.»
Mira cómo se retuerce esta putita, pensó. Disfruta creyendo que un viejito amable la trata con ternura. Ni se imagina que en realidad la estoy violando.
Carlos continuó follándola con delicadeza, hasta que se corrió dentro de ella. María convulsionó, teniendo un orgasmo.
Se retiró y se movió a Ximena, la última de la fila. Acarició sus pequeños pechos, que eran apenas unos limoncitos en desarrollo y ese culito de niña.
«Eres tan hermosa, Ximena», dijo en voz alta, con voz suave. «Tu piel es tan suave. Me encanta cómo me aprietas mientras te penetro.»
Ximena volteó mirándolo con una mezcla de ternura y deseo, sintiéndose halagada. Carlos alineó su verga con su coñito y la penetró lentamente.
«¡A-ah…!», gimió Ximena.
«Shhh… relájate, mi niña», susurró Carlos, comenzando a moverse suavemente. «Te voy a dar como te mereces. Solo disfruta.»
Mira estos limoncitos, pensó, mientras embestía. Son tan pequeños, tan perfectos. Esta pinche putita pálida es una delicia.
«Eres tan perfecta, Ximena», dijo en voz alta. «Me encanta estar dentro de ti.»
Ximena gemía suavemente, disfrutando de la sensación. Carlos continuó moviéndose, sus manos acariciando sus pequeños pezones y su culito.
Así, pinche putita, pensó. Tu deberías estar jugando con tus muñecas y en cambio te tengo bien ensartada con toda mi verga dentro de tu coño. Eres mía ahora.
«¡Mmm… Carlos…!», gimió Ximena. «¡Es tan rico…!»
«Me alegra que lo disfrutes, mi niña», dijo Carlos, con voz suave. «Las princesitas como tu. Merecen que yo las folle asi.»
Mira cómo se retuerce esta putita, pensó. Se cree todas mis palabras. Hasta me dan ganas de decirles que las estoy violandoy comenzar a embestirlas salvajemente.
Carlos continuó follándola con delicadeza, hasta que se corrió dentro de ella. Ximena convulsionó, teniendo un orgasmo.
Cuando terminó, las cuatro niñas yacían en la cama, jadeando, sonriendo. Carlos se incorporó y las miró, satisfecho. Luego, se volvió hacia Andy, Any y Sofy, que habían observado todo desde la silla y el borde de la cama.
«¿Vengan?», dijo, con una sonrisa. «No hay sangre en las sábanas ni en sus coños. Eso significa que Dalia, Carla, María y Ximena ya habían sido folladas antes. Dijeron la verdad.»
Andy, Any y Sofy miraron las sábanas, que estaban limpias, sin manchas de sangre.
«Es cierto», dijo Andy. «No hay manchas de sangre. Dijeron la verdad.»
Las cuatro nuevas sonrieron, aliviadas. Carlos continuó.
«Ahora, quiero que hagan las paces», dijo. «Todas son amigas, ¿verdad? y a todas las follare de ahora en adelante»
Las siete niñas se miraron, y finalmente, Dalia se acercó a Andy.
«Lo siento por habernos sentido superiores a ustedes», dijo. «Pero ahora ya sabemos que todas somos iguales. Ya no somos vírgenes.»
Andy sonrió. «Está bien. Tienes razón Ahora todas somos iguales.»
Las siete niñas se abrazaron, haciendo las paces. Carlos las observó, satisfecho.
Perfecto, pensó. Ahora son todas amigas. Y todas son mías.
Las niñas hablaban entre ellas en un bullicio sin que Carlos entendiera con todas ellas hablando al mismo tiempo, después se separaron y lo miraron. Dalia habló por todas.
«Don Carlos», dijo, con voz suave. «Queremos pedirle algo.»
«¿Qué?», preguntó Carlos.
«Queremos que mañana y todos los días nos folle a todas», dijo Dalia. «A las siete.»
Carlos sonrió, su polla palpitando de nuevo.
«Por supuesto», dijo. «Mañana las espero a todas aquí, a la misma hora. Las follaré a todas.»
Las siete niñas sonrieron, asintiendo con entusiasmo. Carlos las observó mientras se vestían y se iban, sus ojos devorando cada movimiento.
Mañana, pensó. Mañana las tendré a todas. Mi harén completo. Aunque probablemente necesite ayuda extra las primeras semanas, ya después las dividire en dos o tres por día para poder aguantar, pero estás primeras semanas en lo que ellas agarran ritmo, creo que tendré que compartirlas con mis amigos más pervertidos.

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