El aburrimiento es lo peor
Maitén: Todo por irme de este pueblo.
Esta historia transcurre en Provincia de Buenos Aires, en lo profundo de la Pampa, donde el horizonte parece eterno, los sueños se vuelven imposibles y solo el accionar puede hacerte cumplir los sueños.
Todo el pueblo sabía, que en la Estancia Echeverz, se iba pero nunca se volvía. La familia Echeverz era una de las primeras en asentarse en aquellos pagos, donde el viento dobla los árboles y lo más divertido para hacer es contar vacas (ajenas, obvio). A pesar de las historias que su abuela le contaba, Maitén decidió probar suerte en la Estancia. El hambre no iba a ser una opción, además que su único deseo era ir a Buenos Aires, para estar bien lejos de su familia (historia aparte, que detallaré en caso que este relato guste).
Con sus 12 años recién cumplidos, Maitén ya poseía experiencia suficiente en las tareas domésticas, el cuidado de animales y niños, y a saber agachar la cabeza para recibir el pago. Viniendo de una familia pobre, la niñez no es tal, sumándole que era la mayor de dos hermanitos pequeños. Así que en sus manos pequeñas se notaba su historia. Se vistió con la mejor ropa que tenía, heredada de alguna tía (muerta o que supo rajar antes del pueblo) y luchando para que el viento no le levante la pollera, encaró la ruta. Tenía dos horas de caminata hasta la Estancia.
Maitén era la linda de la familia, con piel trigueña y ojos verdes, heredados de su abuela. Las piernas formadas y un culo parado, redondo, que rebotaba al andar. Sus pechos eran pequeños, pero dejaban asomar unos pezones grandes y siempre erectos. Ella no era tonta, sabía lo que generaba en el pueblo, sabía que era linda y que eso era una herramienta en este mundo. Obvio que bastantes cosas sobre el sexo, la pobreza te curte o te mata. Tenía las palabras de su padre bien presente: «Si no hay laburo, con esa cola sacas la familia adelante». Lo odiaba, pero en el fondo sabía que tenía razón. Ya había hecho cosas por plata, a sus 8 años, le había chupado la pija a su primo Emilio y le había hecho la paja a su tío. Sabía lo que era una pija y lo que era sentir la leche espesa y caliente en su cuerpo. No era algo de que le daba orgullo, pero según ellos, tenía talento.
Puteo por lo bajo por decidir salir al mediodía, el sol rajaba la tierra seca, y su transpiración manchaba la única remera decente que tenía. Su mochila le pesaba y lo único que había para distraerse era patear piedritas. «Ya voy a estar en Capital, ya me voy de acá» pensaba ella mientras evitaba que el cansancio le pare el andar. El sonido de un motor la alarmó y enderezó su postura, a lo lejos se veía una camioneta levantando polvo viniendo hacia ella. Respiró profundamente y se preparó para los comentarios que siempre tenía que recibir.
La camioneta frenó de golpe al cruzarse con Maitén, estaba tan oxidada y desvencijada que era un milagro que funcione. De la cabina un rostro anciano se asomó y mostrando una sonrisa con nulos dientes, exclamó:
Viejo: ¡Pero mira lo que trajo el viento! ¿Vos sos la hija de Raúl?
Maitén: (sin poder esconder el malhumor) Si, Don Eugebio. ¿Cómo está?
Eugebio: Bien, querida, cansado, pero bien. ¿A donde vas?
Maitén: A la Estancia.
Eugebio: Apa…¿Sola?
Maitén: No me queda otra. Voy a ver si hay alguna changuita.
Maitén no miraba a Eugebio, siempre le dio asco, su reputación era conocida. Se había cogido a todo su árbol genealógico. Le gustaban las chiquitas. Maitén solo se concentraba en la interminable ruta.
Eugebio: Está muy bien, hay que ayudar a la familia, ya estas lista para llevar unos mangos a casa… Ya que estamos con eso, ¿Te llevo?
Maitén: No, gracias, no queda mucho, camino.
La sonrisa de Eugebio desapareció. Los ojos del viejo, amarillos e inyectados en sangre, se clavaron en aquella carita regordeta y agotada. El viejo, que a pesar de parecer de 200 años, bajó del camión velozmente, y con una fuerza descomunal, le pegó a Maitén, quien cayó desmayada en la tierra. Eugebio contempló a esa niña tirada en el sueño, la pollera levantada dejaba ver una bombacha rota y mojada de transpiración y limpiándose la baba la subió al camión, dobló en «u» y encaró para la Estancia, donde trabajaba como cuidador.
Continuará…


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