El avatar
Ahora le toca a mari.
La cena transcurría con el ritmo habitual de cualquier martes en la casa de Carmen. El olor a guiso llenaba el comedor mientras Carmen, Mari, Angélica y Fran compartían la mesa. Poco después de iniciarse, llegaron el esposo de Carmen y su hija, completando el grupo, y la charla fluyó entre anécdotas cotidianas y risas, con el tintineo constante de los cubiertos contra los platos. Sin embargo, Mari tenía una agenda específica para esa noche. En un momento de calma, se inclinó hacia Fran y, con una voz que guardaba una intención calculada, le preguntó si al día siguiente podría ayudarla a crear un avatar para un juego online que le había recomendado una amiga. Fran, siempre servicial, asintió sin dudar. Coordinaron para verse al mediodía; una hora estratégica, ya que Angélica estaría aún atrapada en clases universitarias. Era el momento perfecto para poner en marcha su plan. Carmen, que no se perdía un detalle, observó la interacción con una mirada penetrante mientras sorbía su vino; no era tonta y sospechaba que tras la solicitud técnica se escondía algo más, una chispa peligrosa en los ojos de Mari. Al terminar la cena, Fran compartió unos minutos más con Angélica, despidiéndose con un beso en la mejilla, antes de retirarse a su casa, que quedaba a escasa distancia de la de Angélica.
Al día siguiente, el sol caía con una furia inclemente sobre el asfalto, distorsionando el aire con una ola de calor que hacía difícil respirar. A las doce en punto, Fran estaba frente al portón de la casa de Mari. Tocó y esperó; la puerta se abrió de inmediato. Lo que vio allí lo dejó paralizado por un segundo. Mari lo recibía con una sonrisa provocadora, vestida únicamente con una bata corta de color blanco, hecha de un encaje tan fino que casi no ocultaba la piel dorada por el sol. La luz del mediodía atravesaba la tela, revelando la silueta de su cuerpo y, sobre todo, dos pezones endurecidos que marcaban el tejido con insolencia. Al moverse, Fran distinguió el destello de un hilo dental rojo, también de encaje, que ella había comprado apenas unas horas antes en una tienda íntima, pensando precisamente en este instante.
—Pasa, hace un calor infernal afuera —dijo ella, guiándolo hacia la cocina con un movimiento de caderas que él no pudo dejar de seguir.
Le ofreció un jugo de naranja, helado y refrescante, y le sugirió que se quitara la camisa para estar más cómodo. Fran asintió, desabotonándose la prenda y quedando solo en franela, el sudor ya brillando en su pecho. Se sentaron en la mesa de la cocina y, durante veinte minutos, mantuvieron una conversación tranquila sobre temas triviales, aunque la tensión eléctrica en el aire era innegable. Finalmente, Fran rompió el hielo sugiriendo que fuera a la computadora para empezar con el avatar. Se dirigieron a un cuarto pequeño que solo contenía una laptop sobre un escritorio y un sillón cómodo al fondo. Fran se sentó frente a la pantalla y comenzó a configurar el personaje. Mari se colocó detrás de él.
—¿Crees que sea mejor un personaje masculino o femenino? —preguntó ella, acercándose peligrosamente.
En ese momento, Mari pegó su cuerpo a la espalda de Fran. Él pudo sentir la textura suave y rasposa del encaje de la bata contra su piel, y la dureza de sus pezones erectos presionando su espalda.
—Es que… me da flojera ir a buscar mis anteojos —mintió ella con voz dulce—. Así veo mejor de cerca.
Fran intentó concentrarse en la pantalla, pero la presencia de Mari era abrumadora. Ella, emocionada por el juego, le dio un beso en la mejilla.
—Gracias, tía —dijo él.
—Falta otro —replicó ella coqueta—. Me dio celos que le dieras un beso a la tía más bonita de tu novia y a mí no.
Mari se inclinó y le dio el segundo beso, pero esta vez sus labios rozaron el borde de los labios de Fran, dejando un rastro de calor y humedad. Fran continuó explicando el juego con la voz entrecortada. Luego, le dijo que era momento de practicar. Mari se sentó frente a la computadora y él se trasladó al sillón, que estaba un poco retirado.
Mari empezó a hacer preguntas, y a cada rato Fran tenía que levantarse del sillón para acercarse al monitor y explicarle. Al cabo de un rato, ella se giró y lo miró con unos ojos llenos de malicia.
—¿Por qué no te sientas aquí? Así no tienes que levantarte a cada rato —propuso, señalando su propio regazo.
Fran asintió con la cabeza, incapaz de negarse, y se sentó en la silla de la computadora. Mari se acomodó sobre sus piernas, rodeándolo con su cuerpo. Después de unos minutos de fingir que entendía el juego, ella empezó un movimiento leve con su cadera, rozando su entrepierna contra la de Fran.
—Qué divertido es este juego con un profesor tan amable como tú —susurró al oído de él—. Regálame un beso en el cachete.
Fran se inclinó y le dio el beso, otra vez rozando casi la comisura de sus labios. Mientras lo hacía, ella realizó un movimiento circular con su pelvis, frotando su sexo directamente contra el paquete de Fran. La reacción fue inmediata; su pene comenzó a endurecerse, creando una abultada evidente que ella sintió claramente contra su cola. Fran pensó que se levantaría, pero ella continuó moviéndose con naturalidad, como si nada ocurriera.
—El juego se está poniendo interesante, ¿cierto? —provocó ella.
Fran asintió y posó sus manos en las caderas de Mari, apretándola ligeramente. Ella abrió las piernas un poco más, permitiendo que su mano deslizara hacia el centro y tocara la erección de Fran a través de la tela del pantalón.
—Hazme el amor —dijo ella, y la frase colgó en el aire, pesada y cargada de deseo.
Fran ya no aguantaba más la calentura. Comenzó a besar su cuello con urgencia, sintiendo el pulso de ella acelerarse bajo sus labios. Mari bajó el cierre de su pantalón con destreza, liberando su pene de la prisión de tela. Con un movimiento rápido, corrió el hilo dental rojo a un lado y, en esa misma posición, se introdujo el miembro erecto en su vagina, que ya estaba empapada y húmeda. Así permanecieron unos veinte minutos, con ella controlando el ritmo de las penetraciones, subiendo y bajando lentamente mientras él besaba su cuello y ambos jadeaban sin parar. La temperatura de la habitación subió drásticamente. Cuando llevaban cuarenta minutos de acción, el cuerpo de Mari se tensó y un gemido profundo escapó de su garganta; su primer orgasmo la sacudió violentamente.
Fran, lejos de detenerse, levantó a Mari de la silla y la acostó en el sillón que estaba en el cuarto. Procedió a quitarse su franela, que estaba manchada de sudor, sus zapatos y luego deshizo el cinturón para quitarse el pantalón, manchado con los fluidos de ella.
—Apenas comienza la tarde, yo no he terminado contigo —dijo él con voz ronca.
Se inclinó y comenzó a besar sus labios, fundiéndose en un beso apasionado y lleno de lengua. Luego, empezó a quitarle la bata muy lentamente, descubriendo su cuerpo desnudo. Bajó por sus senos, chupándolos y mordiéndolos suavemente, dedicándole un buen rato a cada pezón mientras solo se escuchaban sus gemidos de placer. Siguió bajando por su abdomen hasta llegar a su vagina, hinchada y brillante. Con los dientes, agarró el hilo dental de encaje rojo y lo fue deslizando hacia abajo, quitándoselo por completo. Luego, comenzó a chupar su clítoris con insistencia, lamiendo y saboreando sus jugos, hasta que hizo que se corriera nuevamente en su boca.
Fran se levantó y agarró a Mari suavemente por el cabello, colocando su pene erecto frente a sus labios. Ella lo recibió como una diosa, comenzando a chuparlo con profundidad, usando su lengua para estimular cada centímetro mientras él introducía sus dedos en su vagina, manteniéndola excitada. Después de un rato intenso de sexo oral, él retiró su miembro de su boca y la volvió a penetrar, esta vez con más fuerza. La colocó en posición misionero y, buscando una penetración más profunda, elevó las piernas de Mari y las apoyó sobre sus hombros. Empezó a penetrarla con golpes fuertes y profundos; se escuchaban nítidamente los gemidos de ella y el sonido de los choques de su pelvis contra su cuerpo, un golpeteo húmedo y carnal. Así duraron una hora más, sudados y entregados al placer, hasta que ella se corrió otra vez, arqueando la espalda.
—Ya estoy listo, amor —avisó él, con el aliento agitado.
—No lo saques —suplicó ella, mirándolo a los ojos—. Quiero sentir tu leche caliente dentro de mí.
Fran eyaculó con fuerza, llenando su vagina mientras ella gemía de satisfacción, sintiendo cómo el calor de su semen se expandía dentro de su cuerpo.
Se levantaron del sillón, ambos agotados y bañados en sudor. Mari caminó hacia la cocina.
—¿Quieres una bebida? —preguntó, recuperando el aliento.
Fran fue a la nevera y se tomó una cerveza de un trago largo, sintiendo el frío líquido bajar por su garganta. Se acercó a ella y comenzó a besarla por el cuello, despertando de nuevo el fuego entre ambos.
—Si quieres, podemos ir al baño a refrescarnos —sugirió ella con una sonrisa pícara.
—Vamos —respondió él.
Ella lo llevó de la mano hacia el baño. Al entrar, abrieron la regadera y el agua comenzó a caer. Mari procedió a enjabonar el cuerpo de Fran, pasando sus manos por su pecho y espalda. Cuando vio que su pene empezaba a reaccionar a sus toques, sonrió. Luego, Fran empezó a enjabonarla a ella, deslizando sus manos por sus curvas. Cuando introdujo sus dedos en su vagina, ella soltó un gemido ahogado y comenzaron a besarse nuevamente bajo el agua. Su herramienta tomó firmeza de nuevo, palpitante y lista. Sin s
ecarse, se tomaron de la mano y se fueron directamente a su cuarto.



yo desde que descubri a mi hermano espiandome y destaparme por las noches, no se porque sin darme cuenta y de casualidad comencé un juego erotico para excitarlo el cual no puedo dejar, ¿a alguien le pasa algo parecido?
Mari es una maestra de la seducción