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Heterosexual, Incestos en Familia

El Campamento 3

historias de padres e hijas.

Capítulo V

La rutina se había convertido en su cómplice perfecta. Cada día, el secreto se reforzaba, tejiendo una red de complicidad y deseo que los envolvía en una burbuja impenetrable. La casa, antes un espacio familiar común, ahora era un territorio lleno de posibilidades, un campo de juego donde sus miradas y gestos codificados decían más que mil palabras.

Un mediodía de martes, el sol entraba por la ventana de la cocina, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire. La madre, animada, había preparado lasaña, y el olor a queso fundido y tomate llenaba la casa. Lucía, sentada frente a Martín, apenas tocaba la comida. Su mente no estaba en el plato, sino en la pierna de su padre, que a pocos centímetros de la suya, prometía un mundo de placer prohibido.

De repente, se llevó una mano a la boca y frunció el ceño.

—Ugh… —gimió, con una voz lo suficientemente convincente como para alarmar a su madre—. Me siento rara. Como si me fuera a devolver todo.

La madre dejó el tenedor inmediatamente. —¿Pobrecita, mi amor? ¿Comiste algo que te cayó mal? Ven, acuéstate un rato.

Lucía negó con la cabeza, mirando a Martín con ojos de cordero enfermo. —No, Mamá. Papá, ¿puedes acompañarme al baño? Me da miedo ir sola, me siento mareada.

Martín sintió un tirón en el estómago, una mezcla de preocupación fingida y una excitación que le recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica. Sabía, por la forma en que su hija lo miraba, que esto no era una simple indisposición. Era una invitación.

—Claro que sí, mi cielo. Vamos, apóyate en mí —dijo, levantándose y ofreciéndole el brazo con una solvencia paternal que contrastaba con el fuego que comenzaba a arder en su entrepierna.

La madre los vio alejarse con una expresión de ternura. —¡Avisame si necesitas algo!

El baño del pasillo era pequeño, íntimo. Tan pronto como la puerta se cerró con un chasquido, el ambiente cambió. La actitud débil de Lucía se evaporó, reemplazada por una sonrisa pícaramente segura. Se apoyó en la tapa del inodoro, simulando una arcada, pero sus ojos estaban fijos en el reflejo de su padre en el espejo.

—Ay, Papá… creo que voy a… —dijo, y mientras hablaba, con movimientos lentos y deliberados, se desabrochó el botón de su short. La tela se deslizó por sus piernas y cayó al suelo. Luego, con una pausa teatral, bajó también su bombachita, dejando al descubierto sus nalgas perfectas y tersas.

Martín se quedó sin aliento. La escena era tan audaz, tan inesperada, que su cuerpo reaccionó antes que su mente. El short que llevaba puesto se le quedó pequeño de inmediato. Se acercó, como si fuera a ayudarla, y se arrodilló detrás de ella.

—¿Estás bien, mi amor? —susurró, su voz un ronco susurro que traicionaba su deseo.

Lucía respondió arqueando la espalda, ofreciéndose por completo. —Mucho mejor ahora que estás aquí, Papi….

No hubo más palabras. Martín, con una urgencia que lo desbordaba, liberó su miembro erecto. Sin previo aviso, apenas un poco de saliva, y sin la delicadeza del bosque, se guió hasta la entrada de ella, le rozo la pija un poco, y admirando la hermosa cola de su niña, con un gemido ahogado, se hundió en su interior. Lucía soltó un grito ahogado que fingió ser una arcada, mezclando el dolor y el placer en una sola sensación abrumadora. Se sentía plena, agarro a su padre por la cintura y lo hizo quedarse adentro, mordiendo su labio expreso el placer que sentía…….papi….nnnmmmm.... El se sentia increible, no creia lo que vivia,, la tenia penetrada, toda…….mi amor, que hermosa sos, que cola perfecta…..mira como te hago la cola…….ssiii Papi, es tuya…haceme la cola…….voces muy bajas, solo susurros.
El acto fue rápido, furtivo, brutalmente excitante. Pero lento, la penetracion era intensa pero lenta. Eso le dio a Martin una mayor exitacion. El sonido de sus cuerpos chocando suavemente, el jadeo contenido de el, el temblor de Lucía apoyada en la porcelana fría. Fue un torbellino de lujuria y riesgo, la adrenalina de que la madre pudiera oírlos solo a unos metros de distancia los llevaba al borde del delirio. En menos de un minuto, explotó dentro de ella, llenándola con su calor, mientras ella se mordía el labio para no gritar.

Se quedaron así un instante, unidos, recuperando el aliento. Luego, con una rapidez asombrosa, se compusieron. Lucía se subió la bombacha y el short, se lavó la cara y se pasó el agua por el cuello. Martín se arregló la ropa y le dio un beso en la frente.

—¿Mejor ahora? —preguntó, con una voz ya recuperada.

—Mucho mejor, Papá. Gracias —respondió ella, con una inocencia tan perfecta que era aterradora. Sentía escurrir la leche de su Papi, desde su cola.

Salieron del baño y regresaron a la cocina. La madre levantó la vista.

—¿Ya te sientes mejor, cariño?

—Sí, Mamá. Fue solo un susto. Ya puedo comer —dijo Lucía, sentándose y tomando un gran bocado de lasaña, como si nada hubiera pasado.

Martín se sentó también, tomando su copa de agua para ocultar la sonrisa que no podía evitar. La madre no sospechó nada. Para ella, solo había sido un padre preocupado cuidando de su hija enferma. Pero para ellos, el aire de la cocina ahora era más denso, cargado con el secreto de lo que acababan de hacer, a pocos metros, con la puerta cerrada. El almuerzo continuó, la conversación fluyó, pero bajo la mesa, las piernas de Lucía y Martín se rozaron una vez más, un recordatorio silencioso de su pacto, un juramento sellado en el suelo frío de un baño familiar. Ambos sentían el ardor del amor intenso. Ael le daría un poco el pene. A ella la cola. Pero la sensacion de satisfacción era total para ambos.

Al día siguiente en el colegio, el patio de recreo se convirtió en el confesionario de sus secretos. Lucía y Ale se encontraron junto a los columpios, sus rostros iluminados por una complicidad que solo ellas entendían. Masticaban sus chicles con una despreocupación adolescente, pero el sabor en sus bocas era distinto, un recuerdo salado y persistente de la mañana.

—Ayer… —empezó Lucía, con una sonrisa cómplice—. En el baño de mi casa. Fingí estar enferma.

Ale se giró, sus ojos brillando de curiosidad. —¿Y? ¿Pasó algo?

—Todo —susurró Lucía, acercándose—. Le dije que me acompañara. Me bajé el short y la bombacha, y él… no pudo aguantar. Fue rápido, fuerte, ahí mismo. Con mi mamá en la cocina.
Me hizo la cola, arrodillados en el baño.

Ale se quedó boquiabierta, una mezcla de shock y fascinación en su mirada. —¡No me digas! ¡En el baño! Qué lindo!!. Y que peligroso.. Yo quiero probar, tengo que probarlo.

Esa misma tarde, Ale decidió que era su turno. La oportunidad se presentó cuando su madre se fue al supermercado, dejándola sola con su padre. Con el corazón latiéndole con fuerza, repitió el guion de Lucía. Se quejó de un dolor de estómago, se acurrucó contra él y lo guio al baño. Pero el destino, a veces, es cruelmente impredecible.

El padre de Ale, llevado por la emoción y la audacia de su hija, no se percató del sonido de la llave en la puerta de entrada. La madre de Ale había olvidado la cartera y vuelto inesperadamente. Al escuchar los susurros y los jadeos provenientes del baño, su instinto le gritó que algo andaba mal. Abrió la puerta sin llamar.

La escena que se encontró la congeló en el umbral. Su hija, de rodillas y parcialmente desnuda, y su marido, con el pene erecto, la evidencia de lanpenetracion. La niña con una cara de inocencia, de «no se que me hace», el

una expresión de pánico absoluto. El silencio que siguió fue más ensordecedor que cualquier grito.

La ira que explotó en la madre de Ale fue un huracán. No hubo gritos histéricos, sino una furia fría y cortante que aterrorizó a ambos. Se fue de la casa esa misma tarde, con una maleta, no sin antes volverse hacia su marido con los ojos inyectados en sangre.

—Te voy a arruinar —le siseó—. Te voy a quitar todo. Y a esa… a esa cosa, no volveré a verla nunca más.

El miedo se apoderó del padre de Ale. Sabía que no era una amenaza vacía. Esa noche, tomando una decisión impulsiva y desesperada, le dijo a su hija que tenían que desaparecer. Empacaron lo poco que pudieron y antes del amanecer, huyeron. Cruzaron la frontera y se instalaron en un pequeño pueblo costero de Portugal, con nuevos nombres, viviendo como una pareja joven y recién casada.

Capitulo VI
La brisa marina del pequeño pueblo portugués traía consigo el olor a sal y a una nueva vida.
Lucia le pidio a su padre visitar a su amiga en su «exilio». Viajaron una tarde solo, entre incertidumbre sobre que iban a encontrar, y la felicidad de otro viaje juntos. Solos. No faltaronnlas palabras bellas, las caricias, y los besos. Algunos muy comprometedores. Al llegar todo alegria, las niñas felices por el reencuentro. Bato a Ale colonias grande, mas adulto. Vio en ella a una casi mujer, no a la niña que decian su edad. Lugo de los saludos, las niñas se encerraron en su cuarto, habia mucho que contarse. Martín y su amigo, a quien ahora todos conocían como «Ricardo», se sentaban en una terraza con vistas a un océano indiferente a sus pasados. Las cervezas frías sudaban sobre la mesa de madera, un contraste con el calor de la conversación que se avecinaba.

—No lo puedo creer, Ricardo —dijo Martín, después de un largo silencio—. De verdad que no lo puedo creer que lo que ha pasado. Pero… dime, desde el principio. Todo. ¿Cómo empezó de verdad con Ale? No me refiero a los juegos, a las caricias. Me refiero a… al final. A cuando la hiciste mujer por primera vez.

Ricardo tomó un largo sorbo de su cerveza, sus ojos perdidos en el horizonte. Una sonrisa melancólica y orgullosa se dibujó en su rostro.

—Fue… inevitable, Martín. Como una marea que no puedes parar. Ale siempre fue… intensa. Curiosa. No sé, como si su cuerpo supiera cosas que su mente aún no. Recuerdo una noche, su madre se fue con unas amigas, dijo que volvería tarde. La casa estaba en silencio. Yo no podía dormir, me movía en la cama, pensando en ella, en cómo había crecido, en cómo me miraba a veces… con esa mirada.

Hizo una pausa, como si reviviera el momento.

—Fui a su cuarto. La puerta entreabierta. La luna entraba por la ventana, la veía dormir, tan tranquila, tan inocente… y a la vez, tan tentadora. Me acerqué, Martín. Me arrodillé junto a su cama. Con un temblor en las manos, le deslicé el edredón. Estaba con una camiseta corta y sin nada abajo. La vi… y supe que no podía volver atrás.

La voz de Ricardo se volvió más baja, más íntima.

—Le empecé a dar besos. En el cuello, en los hombros… y luego bajé. Me separé las piernas con suavidad y le besé… allí. En su cosita. Al principio, ella se movió, como soñando. Pero luego, despertó. Y no gritó de susto, Martín. Gritó de placer. Un gemido largo, profundo, que me hizo perder la cabeza. Se agarró a mi pelo, apretó sus piernas contra mi cabeza… y yo, viéndola disfrutar así, sintiéndola temblar bajo mi boca… ya no pude más.

Se miró las manos, como si aún sintiera el recuerdo.

—Me subí sobre ella. La miré a los ojos, estaban llenos de lágrimas, pero de deseo. La penetré. Fue rápido, casi brusco. Ella gritó, pero no de dolor, no del todo. Fue un grito mixto, de sorpresa, de una ruptura. Le dolió, sí, lo admito. Un poco de sangre, como era de esperar. Fue su primera vez. Pero después del dolor inicial… algo cambió en ella. Me abrazó con una fuerza que no imaginé, me pidió que no me moviera, que me quedara dentro. Y desde esa noche, Martín… desde esa noche, esa niña se convirtió en una mujer insaciable. Me la pedía adentro todo el tiempo. En la ducha, en el sofá, en su cuarto antes de que su madre llegara… No había día que no me la pidiera. Era adicta a mí, y yo a ella. Nos veiamos y ella se preparaba para ser penetrada, solo abría las piernas y me abría los brazos invitándome.
Trataba todo el tiempo de no ser descubiertos, de que no se note, que nadie se de cuenta. Me convertí en mas estrictofrente a todos, era como un juego, a ella le gustaba, sentir mis retos y luego darme placer. Hasta le daba chirlos, que obviamente terminaban en sexo duro y hermoso.

Martín escuchaba con la respiración contenida. La historia de su amigo encendía en él un fuego que ya era casi incontrolable. Sabía exactamente lo que tenía que hacer.

—Tengo que hacerlo —dijo Martín, con una determinación férrea—. Tengo que hacerla mía de esa manera. Totalmente. Aun nonhacemos el amornpor la conchita. Es virgen. Y es toda mía.

En el viaje de vuelta , su cabeza estaba en el limbo queria todo de su Bebe. Faltaba algo. e vuelta. Ya en casa, el plan se puso en marcha. Lucía dormía en su habitación, por que aun era muy niñaa como para ser esposa, y querían guardar algo de apariencia en el pueblo. La puerta cerrada como siempre. Martín esperó a que el silencio fuera total. Con el corazón martilleándole en el pecho, se deslizó fuera de su cama y caminó descalzo por el pasillo.

Abrió la puerta de Lucía con una lentitud exquisita. La luna, igual que en la historia de Ricardo, la bañaba con una luz plateada. Estaba boca arriba, con una pierna doblada y el brazo por encima de la cabeza. Su pecho subía y bajaba con un ritmo tranquilo.

Martín se acercó, se arrodilló. Con dedos temblorosos, tiró de la manta. Lucía dormía con una diminuta camiseta de algodón y unas braguitas de color rosa. La contempló, sintiendo un amor tan profundo, tan abrumador, que casi le dolía. Se inclinó y, siguiendo el guion que su amigo le había narrado, comenzó a besarla. En la frente, en la punta de la nariz, en sus labios entreabiertos. Luego bajó, por su cuello, por su clavícula, hasta el pequeño monte de sus pechos incipientes.

Lucía se movió, emitió un pequeño suspiro. Martín continuó, su boca descendiendo por su estómago plano hasta llegar al elástico de sus braguitas. Las bajó con una paciencia infinita, revelando su sexo, perfecto y liso. Se arrodilló en el suelo, separó sus piernas y, por primera vez, probó su esencia.

El efecto fue inmediato. Lucía se despertó con un sobresalto, un grito ahogado en su garganta. Sus manos se enredaron en el pelo de su padre, no para empujarlo, sino para atraerlo más hacia ella. Sus caderas comenzaron a moverse en un ritmo instintivo, respondiendo a cada lametón, a cada beso. Martín sintió cómo se humedecía, cómo sus gemidos aumentaban en intensidad. No era una niña, era una mujer despertando al placer.

Cuando sintió que estaba al borde, Martín se levantó. Se despojó de su pijama, su miembro erecto y palpitante. Se acostó a su lado, la miró a los ojos.

—¿Estás lista, mi amor?  Vas a ser mia para siempre. Seré tu primer hombre en todo ¿Quieres ser toda mía, Bebe?

Lucía, con los ojos vidriosos por el deseo, asintió sin dudarlo. —Sí, Papi. Por favor. Hazme tuya. Te amo y queiro ser tuya para siempre.

Martín se colocó entre sus piernas. Con una mano, guió su miembro hasta su entrada húmeda y caliente. La penetró lentamente, con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de su deseo. Lucía se tensó, un pequeño grito de dolor escapó de sus labios, sus cejas se fruncieron. Martín se detuvo, la besó, le susurró palabras de amor al oído, esperando a que su cuerpo se acostumbrara a él.

—Relájate, mi amor. Confía en mí. No te haré daño. Duele un poquito,  pero ya pasa.

Poco a poco, el dolor en el rostro de Lucía se fue transformando en placer. Comenzó a moverse debajo de él, a responder a sus embestidas. El dolor inicial se desvaneció, dando paso a una sensación de plenitud, de éxtasis, que la hizo arquear la espalda y clavar sus uñas en su espalda. Martín, sintiéndola disfrutar así, perdió todo control. El movimiento se hizo más rápido, más profundo, hasta que ambos explotaron en un orgasmo simultáneo que los dejó sin aliento y temblando en la oscuridad de la habitación.

Se quedaron abrazados, unidos, con el sudor y el amor como testigos de su nueva realidad. Ya no había vuelta atrás. Lucía ya no era solo su hija. Era su mujer, su amante, su todo. Y él, su hombre, su guía, su vida entera.
En ese momento decidieron que dormirían juntos. Que ya era el tiempo para mostrar su amor.

Capitulo VII
La noticia del desastre de la familia de su amigo, fue para Martín como un balde de agua fría. Lo llamó, y la voz al otro lado del teléfono, llena de terror y arrepentimiento, le contó todo. Martín colgó el teléfono y miró a su alrededor. La casa, su esposa, la vida que habían construido… todo le pareció frágil, una mentira a punto de romperse. El amor que sentía por Lucía no era un juego, no era una aventura pasajera. Era real. Y estaba dispuesto a arriesgarlo todo por ella.

Esa misma semana, se sentó con su esposa. La conversación fue corta, dolorosa y definitiva. Pidió la separación y, lo más importante, la tenencia exclusiva de Lucía. Su esposa, devastada y confundida, no entendía la súbita determinación de su marido, pero Lucía, al ser consultada, fue tajante.

—Yo me voy con Papá —dijo, sin una pizca de duda en su voz.

Martín y Lucía se mudaron. No a Portugal, sino a un pequeño pueblo español en la misma costa, a solo unos treinta minutos de donde su amigo y Ale habían comenzado su nueva vida. Adoptaron nuevos nombres y se instalaron en una casita con vistas al mar, presentándose como un padre viudo y su única hija.

La nueva vida los transformó. Ya no eran padre e hija escondiéndose en los rincones de una casa ajena. Eran una pareja. Martín trabajaba desde casa como consultor, y Lucía asistía a una pequeña escuela local. Por las tardes, sus vidas se entrelazaban por completo. Compraban juntos en el mercado, cocinaban cen íntimas, y sus noches eran un ritual de amor y pasión, sin el miedo constante a ser descubiertos.

Pronto, se reunieron con su amigo y Ale. Las cenas de fin de semana se convirtieron en una tradición. Se sentaban en la terraza de Martín y Lucía, con el olor a sal del aire, y compartían sus vidas. Ale y Lucía, ahora como «hermanas» en esta nueva realidad, reían y se contaban todo. Pronto ambas a cumplir 11 años, ya se veian como mujeres adultas, mientras sus «maridos», los hombres que las habían iniciado en este mundo, las miraban con un amor y una devoción que desafiaba toda convención social. Eran dos familias, forjadas en el secreto y el deseo, que habían encontrado su propia y extraña felicidad en un lugar donde nadie conocía su pasado.

4 Lecturas/12 mayo, 2026/0 Comentarios/por juandiego
Etiquetas: amiga, colegio, hija, madre, mayor, padre, sexo, viaje
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