El chipote
Lo que le pasó a mi amigo León con su pareja y la hija de ella cuando se fue a vivir con ellas. Va tal como me lo contó..
En México se le dice chipote a la hinchazón que se forma en la cabeza por efecto de un golpe. También, les decimos “Chipote con patas” a los hijos porque a la mujer se le hincha la panza cuando está embarazada.
Por lo general, una madre soltera tiene que andar con su hijo o hija para todas partes, tal es el caso de mi amiga Lourdes con quien comencé a salir y su hija Lulú, de 11 años, nos acompañaba con frecuencia.
Cuando yo iba a su casa, Lulú no se me despegaba. Me tomaba de un brazo y prácticamente no me lo soltaba mientras estaba allí. No pocas veces ella metía mi mano en su blusa y me obligaba a acariciarle sus tetas, que ya iban tomando forma. Yo me incomodaba pues su madre podría molestarse, pero cuando nos vio en esa acción que hacía Lulú, sólo sonrió y dijo “¿Ya ves el mal ejemplo que le das al meterme a mí la mano bajo la ropa? Ahora te aguantas…”, y yo… me aguanté…
Al poco tiempo Lourdes me pidió que durmiera en su casa y me mudé con un poco de ropa, pero no desocupé mi departamento pues lo seguía utilizando para ejercer mi trabajo: llevar la contabilidad de pequeños comerciantes y profesionales. El departamento sólo tenía una recámara, la sala-comedor, cocina pequeña y un baño. Los tres dormíamos en la misma cama, con Lourdes al centro.
Yo esperaba a que Lulú estuviese dormida para montar a su madre o para que ésta me cabalgara. Pero Lulú se despertaba con los movimientos, aunque se quedaba quieta y silente para que la creyéramos dormida.
En una ocasión que fui por Lulú a la escuela, al llegar acalorados a casa, mientras esperábamos a su mamá, Lulú se quitó la ropa, quedándose en camiseta y calzoncitos de Hello Kitty y metió mi mano bajo la camiseta, pero desde abajo.
–¿A alguien más le haces así con su mano? –le pregunté acariciándole los pezoncitos que se pusieron duros pronto.
–Sólo a mi maestro, en el recreo –contestó antes de darme un beso en la mejilla.
–¿Qué te dijo cuando lo hiciste? –pregunté excitado.
–Nada, mi amiga Josefina fue quien me enseñó a hacérselo. Ella se quedaba en el salón con el profesor y un día ella me pidió que yo también me quedara y ella le dijo al maestro que también me hiciera así –confesó.
–¿Sólo eso hacen con el maestro? –pregunté metiendo también la otra mano para acariciar sus dos montecitos.
–No, también nos acaricia acá abajo… –dijo bajándome una de las manos hacia su conchita y acaricié su raja ya muy mojada–. ¿Te gusta a ti…? –preguntó con una sonrisa coqueta y arrecha.
–¿El maestro les hace algo más? –pregunté asegurando el clítoris de Lulú entre mi pulgar e índice y Lulú lanzó un quejido.
–No, Josefina le ha pedido que nos haga como le hacía su papá, que ya murió –aclaró Lulú, y abundó–. El papá de Josefina fue quien le hizo caricias desde antes de entrar a la escuela, y no solo con la mano, también con el pene, así como tú le haces a mi mamá cuando duermo…, pero el maestro dice que no. ¿Tú sí nos lo harías? –preguntó poniendo una mano encima del monte que me sobresalía en el pantalón.
–No, yo tampoco les haría eso. Además, no conozco a tu amiga Josefina –dije separando su mano de mi paquete y sacando la mano de su cuca, la cual ella tomó y me obligó a ponerla sobre mi cara.
–¿No la vas a chupar, como cuando se la sacas de allí a mi mami en el cine? –preguntó y me puse a lamer los dedos, más para hacerle a ella subir la temperatura pues no olía a gran cosa.
–Si quieres probar directamente… –dijo y se quitó el calzón–, ya tengo pelitos, no tantos como mi mami, pero ya me están saliendo, mira… chúpame… –exigió, recostándose en el sofá abriendo las piernas.
Yo ya estaba calentísimo y chupé, haciendo énfasis en el clítoris y llevando mis manos a sus pezones- Lulú se quitó la camiseta y añadió “También mámame arriba”. Así que pasé a lamer y estrujar sus tetitas. La nena se retorcía tanto como cuando le lamí la cuca y suspendí.
–Ponte tu ropa antes de que llegue tu mamá y nos vea así –le ordené dándole sus prendas y me fui a la cocina para preparar algo de comer.
–¿Cómo les fue, mis amores? –dijo Lourdes como saludo.
–Bien, estoy preparando una ensalada y ya mariné la carne –contesté.
–Mami. ¿Te acuerdas que te platiqué de mi amiga Josefina? Hace rato se lo conté a León y le pedí que me hiciera lo mismo que le hacía su papá porque el profe no quiere hacérnoslo, pero dijo que no.
Lourdes se quedó sorprendida por el comentario de Lulú, ya que ignoraba lo del profesor, y trató de tranquilizar a su hija.
–Hace bien el maestro, porque puede meterse en problemas serios conmigo y con la mamá de Josefina. Prométeme que no harás nada con tu maestro –le pidió a la niña.
–Pero ¿León sí puede hacerme más que acariciarme y chuparme? Yo quiero sentirme tan feliz como él te hace feliz a ti con su pene –explicó.
–¿Chuparte…? ¿León te chupa? –preguntó a la niña lanzando una mirada inquisidora hacia mí y me sentí arrepentido de haberlo hecho.
–Hace rato logré convencerlo de que me chupara la rajita y las bubis, ¡estuvo delicioso! –confesó Lulú-
–A ver, ¿cómo estuvo eso? Entiendo lo de los cariñitos y me pareció divertido que lo hicieras, pero chuparla… –dijo pidiendo una explicación.
–Mejor que Lulú te diga cómo ocurrió, yo sólo me dejé llevar por ella… –
Efectivamente, Lulú le contó a su madre cómo había sucedido, incluyendo sus sensaciones y se quitó los calzoncitos, después la camiseta para mostrar exactamente los lugares donde pasaron mi lengua y mis manos. La carita arrecha que Lulú ponía cuando detallaba las caricias me excitaron tanto a mí como a Lourdes, quien me apretó el miembro que ya lo tenía yo como piedra.
–Mira cómo pusiste a León con tus acciones –le dijo Lourdes a su hija, quien de inmediato añadió su manita a las caricias de su madre.
Me recargué en el respaldo y abrí las piernas para que sintieran la dureza de mi garrote. Fue poco el tiempo que me estuvieron acariciando, pero lo suficiente para que se sintiera la humedad de mi presemen que brotaba generosamente.
–¡Leo ya se hizo pipí! –exclamó la niña.
–No, le pasa lo mismo que a nosotras cuando sentimos las caricias de los hombres, nos mojamos, pero no son orines. Mira… –señaló y me bajó el cierre para sacar mi verga babeante.
Lourdes jugó con su pulgar en mi glande diseminando el líquido y Lulú la siguió.
–¿Eso es lo que le chupas en la noche? –preguntó Lulú y se puso a mamar sin esperar respuesta.
No lo hacía bien, pero me calentó mirar la vehemencia y me abandoné a las caricias de la niña hasta que eyaculé un poco. Lulú se separó al sentir la abundancia y el cambio de sabor.
–¡Ahora sí se orinó León! –dijo al separarse de mi pene con la boca escurriendo mi semen.
–No, es leche de hombre, y eso es lo que me tomo cuando lo hago yo –explicó.
–¡Sabe rica! –aseguró la niña paladeando lo que traía en la boca y se abalanzó para seguir extrayendo mi néctar…
Esa noche, mientras Lourdes restregaba su panocha en mi cara y mi lengua sorbía sus jugos, Lulú se fue a mamarme, acariciando mis testículos con una mano en tanto que la otra hacía el trabajo masturbatorio que había visto hacerme de su madre y… ¡eyaculé dentro de su boca que quería exprimir toda mi alma! Los tres dormimos satisfechos, con una mujer a cada lado.
El domingo siguiente, cuando paseábamos por Chapultepec, Lulú nos contó que le había platicado a su amiga Josefina lo que habíamos hecho. Obviamente con el detalle con el que sabe contarlo Lulú.
Ante esto, Josefina le contó cómo había sido con su papá: “Yo también dormía con mi papá y mi mamá haciendo eso, pero una noche mi papá me abrazó y puso el pene en la entrada de mi cuevita, resbalándolo por fuera en mi rajita. Yo lo tomé del pene y me lo metí. ¡Me dolió!, pero sólo un rato, ¡después estuvo fenomenal! Sobre todo, cuando sentía su leche calientita dentro de mí”. Me recomendó hacerlo así con León. “¿Sí podemos hacerlo esta noche?”, suplicó tomándonos a cada uno de la mano.
León me dijo que no quería hacerlo, pues le parecería que podrían tener problemas. Lourdes también estaba reticente y con miedo.



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