El Consentimiento 8
historias de padres e hijas.
La semana siguiente fue un torbellino de adrenalina y deseo prohibido. La casa se convirtió en un campo de juego, y cada rincón era una oportunidad para un robo, una caricia, un beso que prometía más.
Empezó el lunes por la mañana en la cocina. Mientras su madre preparaba café de espaldas, Elena se acercó a su padre, que estaba sentado en la mesa. Con una naturalidad asombrosa, se sentó en su regazo, como la niña pequeña. Pero su mano, deslizándose sigilosamente hacia atrás, encontró la entrepierna de él y comenzó a acariciarlo suavemente sobre el pantalón. Recorriendo su pene a lo largo. Él contuvo la respiración, su cuerpo tensándose al instante. Elena sonrió, sintiendo su poder, y retiró la mano justo cuando su madre se giró con dos tazas en la mano. Pero no se bajo, se acomodo mejor, poniendo la cola sobre el pene erecto de el, y son riendo dijo….»buen dia ,mami…»
El martes fue el turno del pasillo. Él salía de la ducha, con solo una toalla envuelta alrededor de su cintura. Elena lo esperaba al final del corredor. Solo traia puesta una remera, y abajo?, abajo nada, desnuda y descalza, era una obra de arte viva. Sin decir palabra, lo empujó suavemente contra la pared, sus labios encontrando los suyos en un beso húmedo y apasionado. Sus manos exploraron su pecho y su abdomen, y apoyo su conchita contra el pene ya erecto de el. Se siguieron besando hasta que una tos proveniente del salón los hizo separarse de un salto, con los corazones latiéndoles desbocados. El la observa correr semidesnuda, con esa hermosa cola al aire hacia su cuarto.
El miércoles, el riesgo llegó a su punto más álgido. Iba en el auto camino a la escuela. Su padre conducía, concentrado en el tráfico, pero Elena solo tenía ojos para él. La tensión de la semana era insoportable, y necesitaba sentirlo.
«Papi», dijo con voz de seda, mientras su mano se deslizaba por su muslo hasta descansar sobre su jeans. «Estoy pensando en ti».
Él la miró por el rabillo del ojo, un gesto de advertencia en su mirada, pero no la detuvo. Ella desabrochó su cinturon de seguridad y se arrodillo en el asiento. Aprovechanzo los cristales oscuros, comenzo a acariciarlo, desprendio el botón de sus pantalones con una lentitud tortuosa. La cremallera bajó con un suave sonido metálico que pareció resonar en todo el vehículo. Todo mirándolo a los ojos. Su mano entró en la abertura, encontrándolo ya duro y caliente.
«Elena, no…..aca no……espera………..», susurró, pero su voz era débil, sin convicción.
Ella ignoró su protesta. Se inclinó sobre él, su cabello cayendo como un velo sobre su regazo. Con un movimiento lo liberó de su ropa. Y entonces, lo tomó en su boca. Fue un acto instintivo, torpe pero lleno de devoción. No sabia bien como era, pero algo le decia que eso se hacia asi. Él soltó un gruñido, su mano apretando el volante mientras luchaba por mantener el control del coche. El mundo exterior se desvaneció; solo existían el calor de su boca, el ritmo de su lengua y el peligro de ser descubiertos, la escena de una niña de 8 años arrodillada en el asiento de acompañante, y chupandole la pija a su padre, era una escena increible, el se sintio un hombre feliz y de suerte. La chupada era inexperta, pero que tu hija te la chupe en el auto y a esa edad, era para acabar muy rapido. Justo cuando sentía que iba a perder el control, se detuvieron en una luz roja junto a un autobús escolar. Elena se incorporó de inmediato, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano, una sonrisa pícara en su rostro. Él la miró, con una mezcla de shock y un deseo tan intenso que casi podía palparse.
El jueves, casi los pillan. Elena subio a llevarle a El un cafe que su madre preparo. El enloqueció al verla, tenia una remera muy corta y una falda suelta que apenas le tapaba la cola, luego de dejar la bandeja, ella apoyo sus codos en el escritorio y sonrio, el desesperado se arrodillo por detrás y empezó a chuparla toda, la muy putita no tenia bombacha. Ella se asusto un poco por la desesperacion de el…..Papi….para..despacio.
«¿Todo bien aquí?», preguntó su madre, mirándolos con sospecha.
«Sí, mamá. Solo le estaba mostrando a papá un problema con mi tarea», respondió Elena con una inocencia que le ganó un Oscar. El no podia creer lo que la niña lo excitaba.
El viernes, la tensión era casi palpable, un electricidad en el aire que los envolvía a ambos. Sabían que al día siguiente, la espera terminaría. Esa noche, en la oscuridad de su cuarto, Elena se masturbó pensando en él, en su boca, en sus manos, en cómo se sentiría finalmente tenerlo por completo. La semana de juegos había terminado. Estaban listos. El sábado los esperaba, no para esconderse, sino para revelarse el uno al otro por completo.


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