El inicio sexual de mi nena 2
—Ahhhhhhhhh…. ahhh p-papi ya… y-ya m-me viene!!!! ¡¡Qué rico!! Ahhhhh, mgh…—.
Poco después de mi siesta, ese día me desperté agitado. La última escena de mi hija tocando su carne dulce me había dejado muy mal mentalmente; tanto fue así que esos pensamientos se me metieron a la cabeza y soñé que estaba sentado en el sofá de abajo totalmente desnudo, transpirando sudor, mojando mi cuerpo velludo mientras tomaba de las dos colitas laterales a mi hija, que estaba desnuda con su cuerpo sudado y sus tetitas rosas paraditas, metiéndose mi gran mástil de carne repleto de venas lleno de pelos negros en la base como un pelambre a su boca, babeando en exceso, mojando mis pesadas bolas. Mi niña trataba de meter todo mi rabo por completo a su boquita, pero, como era de esperarse, su cuerpo de niña aún no le permitía tomar más de la mitad de mi poderosa vergota de 23 cm.
Cuando sentí que me iba a correr en su boca, rápidamente grité.
—¡¡Ohhh, ¡¡Sonia!!… ¡¡Sonia!! ¡¡Aquí viene la lechita de papi!! ¡¡La lechita de papá!! ¡Tómala toda, putita! —grité tan fuerte que resonó por toda la sala de star mientras le llenaba la cara de mecos a mi preciosa nena, que tenía su lengua de fuera mirándome desde abajo.
Luego me desperté de mi letargo profundo, agitado, mientras mi pene hacía una gran carpa en los shorts cortos que llevaba puestos para dormir, mojados, llenos de mi esperma caliente y cremoso.
—Puta madre —dije mirando mi potente erección dolorosa dentro de la ropa.
Me sentía culpable, estaba mal, como había tenido un sueño de ese tipo, y sobre todo con mi pequeña. Pronto las preguntas comenzaron a alojarse en mi mente: ¿Cómo es que mi hija ya sepa sobre esos temas? Tenía 11 años; no era posible tal cosa. ¿La estarán tocando en la escuela? ¿Quién le está enseñando tales perversiones a mi niña? ¿¡Están tocando a mi hija!? A mi mente no se le ocurrían más respuestas al dilema.
Mi ignorancia no me permitía ver que mi niña ya comenzaba a ser puta desde temprana edad; aun si nadie le enseñaba, lo supe más tarde porque para la sociedad un infante de esa edad no se tocaría sus partes de esa forma. Pero es un tema que las pequeñas ocultan cuando comienzan a sentir la excitación y el placer sexual por primera vez; yo era de esos padres, esos padres que velan por el bienestar de sus pequeñas. Sin embargo, pronto entendí que mi nena nació con el talento nato de ser una ninfómana adicta a la leche y al sexo. Esto me hizo darme cuenta de que ser padres de niñas es una bendición para cualquier hombre, disfrutando de aquella perversión que mis ojos convirtieron en algo cotidiano. Ser su primer hombre en todo, su protector, su apoyo, su refugio y sobre todo su primer macho en disfrutar del sexo primitivo entre mujer y hombre sin límites; considero que todos los hombres con hijas tienen ese privilegio de poseer a sus nenas hasta el cansancio, hasta llegar a orgasmos intensos de esos que hacen convulsionar todo tu cuerpo con gozo y anhelo.
La cuestión es que, después de ese intenso sueño, aún seguía procesando todas mis emociones. En ese momento, recordé cómo me había masturbado hace unas horas viendo a mi hija frente a su puerta; la culpa y el remordimiento me corcomieron por completo. Hasta donde sé, Sonia se encontraba o haciendo su tarea o viendo la televisión abajo; sinceramente, no sabía cómo iba a mirar a la cara a mi hija después de pensar en ella de tal forma, más aún con el sueño que acababa de tener. Miré el reloj que estaba al lado, encima de un cajón, y noté que eran las 5:30 de la tarde… Solo había dormido unas dos o tres horas desde que llegué a casa. Era momento de pararme; Sonia debía estar hambrienta y necesitaba limpiar el desastre de semen que hice en la puerta de Sonia hace horas. Rápidamente me levanté de la cama y me fui al baño a lavar la cara con agua fría porque mi erección aún seguía demasiado erguida. Luego tomé unas toallitas húmedas y me dirigí a la habitación de Sonia. Noté que el ruido de la televisión de abajo; Sonia estaba abajo entreteniéndose, viendo algo. Por mi parte, vi que la lefa que cayó en la puerta cuando me corrí había resbalado y ahora se encontraba en el suelo, así que tomé una toallita y lo limpié junto con los residuos que se quedaron, luego lo tiré y me lavé las manos.
Bajé las escaleras y vi que Sonia estaba en la sala de Star acostada en el suelo con sus sandalias azules, vistiendo solo una blusita rosada y un pequeño short corto que se metía entre sus nalgas. Aquella imagen solo reavivó mis pensamientos y tuve que controlarme fuertemente para no volver a tener la verga parada.
—Sonia… — Mi voz salió algo entrecortada. —Hija, ¿tienes calor? —Es que estás muy descubierta —mencioné, calmando mi pulso, llamando la atención de mi nena.
—¡¡Papi!! ¡¡Papito!! ¡¡Ya despertaste!! Sí, papi, hace mucho calor. Mira, me puse los shorts que me compraste cuando fuimos a la playa —dijo mi hija, parándose del suelo para mostrarme lo que llevaba puesto.
—Ya veo, cielo, ¿tienes hambre? Podemos pedir pizza o lo que tú quieras —dije ya un poco más calmado. La realidad es que no sabía hacer comida; la que hace siempre los alimentos es mi mujer, pero ella llega hasta las 9 de la noche y, por lo que veía, Sonia tenía ya hambre.
—¡Sí, papi! ¡Quiero pizza! —me contestó con emoción. Pronto asentí con la cabeza y me puse a buscar en mi celular la comida para pedirla y que llegara hasta mi domicilio.
—¿Hiciste ya tu tarea, Sonia? —pregunté, viendo a mi hija, que asintió con su cabeza sonriendo.
Luego de 20 minutos la pizza llegó y nos sentamos a comer ambos. Supongo que mi niña estaba algo incómoda; desde mi llegada, tanto ella como yo no hablábamos como antes y no era culpa suya, era mía porque seguía bloqueado emocionalmente por todo lo anterior y, aunque ella me hacía plática como normalmente lo hace, yo solo respondía, pero en mi cabeza no podía sacarme ese gemido que desordenó todos mis instintos por completo.
—Ahhhhh, mgh, ahhh, papii… papiii… qué rico… mgh, qué rico tocas mi conchita… ahhh, papi…—
Era lo que resonaba en mi cabeza últimamente. ¿De dónde había sacado eso Sonia? Seguía muy perturbado; mi hija tal parece que se dio cuenta de esto, pues siempre había sido muy cariñoso con ella y ver que ahora estaba distante la puso algo triste.
Después de comer, tomé mi celular y marqué al número de Marisa mientras Sonia terminaba de ingerir su segundo pedazo de pizza. Cuando por fin me contestó, le conté que Sonia estaba bien y que ya habíamos comido ambos.
—¡¡Es lo mínimo que debías de hacer, te pedí que llegaras temprano para cuidar de la niña y a ti se te ocurre dejar al último esos documentos que te dije que empezaras a firmar desde hace una semana!! ¡¡Eres un inútil!! —me respondió mi esposa por teléfono mientras yo la escuchaba con cansancio; últimamente peleábamos mucho y por cualquier cosa, eso me ponía muy triste. Amaba con locura a mi esposa y ver que nuestra relación se desmorona poco a poco me puso aún más mal.
Una parte de mí también maldecía en ese momento haber llegado tarde a mi casa; sabía que era mi culpa el trabajo extra, pero si hubiera llegado a la hora que Marisa me dijo, tal vez no hubiera tenido que ver a Sonia en la situación en la que la encontré. Ahora no me arrepiento de nada; gracias a eso descubrí el gran placer sexual que eso me dio y que no cambiaría por nada.
—Ya, Marisa… solo fue un contratiempo, fue solo eso. —Suspiré cansado por el teléfono—. Ahhh… avísame cuando llegues, porfa… —dije; sin embargo, mi esposa no me dejó terminar y colgó la llamada.
Luego de la llamada, me dispuse a recoger los platos de la mesa; Sonia ya había terminado y los llevé al lavabo. Eran las 6 de la tarde, por lo que miré a Sonia un momento antes de suspirar con frustración.
—Sonia, iré a bañarme, no hagas travesuras —dije mientras Sonia se volteaba hacia mí sonriendo.
—Okey, papito —contestó Sonia mientras volvía su vista a la televisión.
Después de eso la miré por última vez y subí las escaleras yendo a mi cuarto para sacar unos bóxers limpios y unos nuevos shorts junto a una camisa de tirantes. Era lo que normalmente me ponía luego de bañarme estando en mi casa. Pronto, con las cosas en la mano y la toalla en mi hombro, llegué al baño y cerré la puerta, abrí la llave y, mientras me desvestía, esperé a que el agua se calentara. Me saqué mi polera, revelando mi pecho fornido y velludo, y luego me quité los shorts y boxers sucios. La realidad es que soy un hombre que huele muy fuerte, por lo que para mí no era una sorpresa que mi cuerpo oliera a sudor y testosterona en exceso. Me metí a la regadera y comencé a mojarme por completo; estuve así por 2 minutos hasta que tomé el shampoo y lo apliqué en mi cabeza. No contaba con que alguien entraría al baño mientras me seguía bañando. Cuando escuché la puerta abrirse, rápidamente giré mi cabeza, encontrando a Sonia en la entrada.
—Mmm, papi… yo también me siento algo sucia, ¿puedo meter a bañar contigo? —dijo Sonia con las mejillas rojas mientras noté cómo apretaba sus muslos.
—¡¡S-Sonia!! —¡QUÉ HACES AQUÍ, SALTE! —dije con voz alta para que se fuera mientras tapaba con una mano mi hombría.
—Ándale, papi, déjame bañarme contigo como cuando era más pequeña —dijo mi hija mientras se quitaba su camisa, dejándome ver sus tetitas rosadas y bien paraditas. Luego se bajo sus shorts cortos junto con sus calzones exponiendo aquel coñito infantil del cuál hace horas ví expulsar jugos en un potente orgasmo.
—¡¿Q-Qué crees que hace Sonia?! —¡Ponte la ropa de nuevo y sal de aquí! —dije mientras esa imagen se me cruzaba a la mente y mi verga comenzaba a endurecerse.
Sin embargo, mi hija no obedeció mi orden y en vez de eso, con una sonrisa, se acercó a la regadera y se metió junto a mí, observando cómo me agarraba la verga, tratando de que no se pusiera dura junto con mi cuerpo repleto de pelos.
—¡¡Wow, papi!! ¡Tienes muchos pelos! —¡Pareces un oso! —dijo mi niña.
—¡¡Sonia!! Ahhh… bien… voltéate, mójate para que pueda ponerte el shampoo —dije resignándome mientras la agarraba de los hombros pequeños y la acercaba al agua. Después de eso, hice espuma con el producto y se lo puse en su cabello. Sonia se dejaba tocar sin ningún problema, pero ahora yo tenía un problema: mi verga ya estaba toda parada y comenzaba a chorrear pre-semen al suelo.
Con mis manos tomé el jabón y comencé a hacer espuma con el estropajo, enjabonando el cuerpo de Sonia. Inevitablemente, tuve que pasar mis dedos por sus senos, cosa que aumentó más mi excitación; tenía unas tetitas muy paradas y apenas comenzaban a hacer bulto. Mi niña jadeó un poco mientras le lavaba ahí. Luego bajé mis manos por su abdomen plano y delgado hasta llegar a su pelvis; fue ahí que me detuve. Mi corazón estaba retumbando en mi pecho con fuerza y comenzaba a sudar.
—Sonia… debo lavarte aquí abajo, cielo… Debes abrir un poco tus piernas para papi… o no podré lavarte ahí… —dije cerca de su oído mientras mis dedos se acercaban a su delicioso monte de Venus sin ningún pelo aún.
—Mgh… bueno, papi, pero despacito, papi… —dijo mi nena mientras abría un poco sus piernas dándome acceso. Fue en ese momento que mi mente se volvió a nublar y rápidamente metí mis dedos entre sus labios vaginales, frotando lentamente.
—¡Ahhh mgh ahh papi… papito… lávame bien, papi, ahhh, papito, lávame!… —Comenzó a jadear mi niña mientras con sus manos tomaba la mía, que se encontraba sobando su coñito.
Yo respiraba agitado mientras con mis dos dedos iba abriendo sus pliegues ya mojados. Pronto la saqué de la regadera y la cargué, llevándola hacia la taza del inodoro, sentándola con la tapa cerrada.
—Sonia… necesito que abras totalmente tus piernitas… no puedo verte bien y necesito lavarte, hija —dije completamente ciego de excitación. La niña no esperó ni un segundo y, después de que le dije lo último, abrió totalmente sus piernas hasta quedar suspendidas en el aire. Era una imagen que nunca pensé ver en mi vida, ver a mi pequeña sentada con las piernas abiertas al aire mostrándome su coñito mojado y goteante fue demasiado para mi, lo único que pude hacer fue agacharme y con mis dedos abrir nuevamente sus labios mientras pellizacaba suavemente su pequeño y sensible clítoris apenas perceptible a mi vista.
—¡¡Ahhhh, papito, papi… mgh, papi, siento rico ahí… papi… lávame ahí, papi, ahí!! —dijo mi niña, que comenzaba a perderse en el placer que yo, su papi, le estaba dando. Con uno de mis dedos comencé a puntear, metiendo solo uno, dos o tres centímetros, mientras mi niña temblaba, pues su cuerpo estaba ansioso. Note que su carita estaba toda roja y su saliva se escurría por la comisura de sus labios y mandíbula.
—Ahhh, Sonia… debo meterte los deditos aquí abajo para limpiarte, amor… dime… ¿Quieres los dedos de papi…? —pregunté con voz excitada mientras seguía con mi asfalto a su vagina.
—Sí, mgh, ahhh, sí, papi… papi… quiero los deditos… los deditos en mi conchita… papi… —Gimió mi nena viéndome. Eso último fue la gota que derramó el vaso y con más confianza le puse un dedo en su boca ordenándole que lo chupara y lo dejara bien mojado. Mi niña obediente lo hizo y mientras chupaba mi dedo, me veía con una lujuria intensa, tal vez siendo consciente de lo que estábamos haciendo. Luego saqué mi dedo de su boca y sin más se lo metí por su vagina hasta que tope con su himen. «Hasta ahí», me dije a mí mismo; aún era algo consciente y sabía que no debía traspasar esa fina tela que aún conservaba la pureza de mi niña.
Metí un segundo dedo a su canal, masturbándola ya sin precedentes. Solo veía cómo mi hija se retorcía deliciosamente arqueando su espalda; estaba encantado con esto, amaba esto. Mi hija estaba desmoronándose de placer intenso y yo soy el causante de tal cosa. Mi orgullo de macho incrementó de golpe; yo era el primer hombre en tocar así a mi bebita. Estuve 10 minutos metiéndole dedo; cuando los saqué, mi hija me lanzó un gemido en reproche. Sabía de antemano que no iba a durar mucho, así que sonreí y acerqué mi boca a la panochita de mi niña. Puta madre, olía demasiado bien, mejor olor que el de su madre. Abrí totalmente sus piernas con mis manos, separándolas, y antes de comenzar, miré a mi niña.
—Papito te va a lavar con su lengua… Papito te va a dar lengua, bebita… —Dije para luego pasar mi lengua por su coño, recorriendo su pequeño ano hasta su clítoris.
Mi niña, al sentir esto, no puedo evitar gritar; los dedos de sus pies se curvaron para adentro y sus ojos rodaron hacia arriba, poniéndolos blancos de placer mientras yo mordía su clítoris. Rápidamente puse una mano en su boca; estábamos en el baño, algún vecino podría oírnos, aunque, siendo sincero, eso era lo que menos me importaba ahora. Comencé a meterle mi lengua dentro de su panocha y mi barba comenzaba a rozarle su botoncito de carne junto con sus labios; no fue para mí una sorpresa sentir las manos de mi hija en mi cabeza tomándome del cabello mientras me pegaba más su coño, mojándome el rostro. Si alguien hubiera entrado al baño de mi casa esa tarde, hubiera encontrado a un hombre de 40 años totalmente desnudo comiéndole la conchita a una niña de apenas once en igualdad de condiciones. El baño se llenó del característico olor a sexo y mi hija no paraba de jadear, sacando su lengua en éxtasis mientras su cabeza caía hacia atrás. Pronto nuestros movimientos se hicieron erráticos, tanto así que ya no era yo quien estimulaba a mi hija, sino que ella se frotaba contra mí de arriba hacia abajo, perdida con la mente nublada de lujuria pura. No sé cuánto tiempo pasó, pero mi nena ya estaba toda sudadita y en un mar de sensaciones; ella gritó fuertemente.
—Ahhhhhhhhhhh…. ahhh p-papi ya… y-ya m-me viene!!!! ¡¡Qué rico!! Ahhhhh, mgh… —dijo mi niña en un balbuceo mientras todo su cuerpo formaba un delicioso arco y comenzaba a expulsar chorritos de orgasmo vaginal directo en mi boca y cara.
—Mmmm… mghh, dámelo todo, nena… —dije perdido, devorándole literalmente su conchita. Pronto y sin la necesidad de masturbarme, mi vergota comenzó a disparar esperma debido a tal intensidad, llenando el suelo de leda espesa y abundante.
Cuando todo acabó, me separé de Sonia para agarrar aire; ella, por su parte, se desplomó completamente en el excusado mientras respiraba pesadamente, tratando de tomar aliento. Fueron 1, 2, 3 minutos hasta que recobré el sentido de lo que había hecho; rápidamente me paré y vi la perversión que ocasioné. No, no, no… ¡¡¡NO!!!
¡¿Qué hice?!
Continuará…


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