El Maestro y Catalina
Catalina desapareció una tarde de lluvia, cuando apenas tenía dieciséis años..
La noticia sacudió al pequeño pueblo. Para la mayoría fue una tragedia; para mí, Julián Herrera, su profesor de literatura, fue el día en que algo dentro de mí se quebró para siempre.
Durante semanas observé a la policía recorrer los caminos rurales, registrar fincas abandonadas e interrogar vecinos con una insistencia que parecía destinada al fracaso. Escuché rumores de fugas amorosas, venganzas familiares y desconocidos vistos en la carretera. Cada nueva teoría despertaba una esperanza que moría pocas horas después.
No encontraron nada.
Los meses se transformaron en años. La búsqueda oficial se fue apagando hasta convertirse en un expediente olvidado sobre algún escritorio polvoriento. Los habitantes del pueblo aprendieron a convivir con la incertidumbre. Sus padres siguieron adelante como pudieron, cargando una herida que nunca terminó de cerrar.
Pero yo no podía dejar de pensar en ella.
Porque yo la conocía bien. No solo como una estudiante curiosa, brillante y obstinada que se quedaba después de clase para hablar de novelas o de historia. La conocía en la forma en que sus muslos se sentían bajo mi mano cuando la sentaba en mi escritorio para explicarle un pasaje de Baudelaire, el temblor involuntario que recorría su piel cuando mi pulgar rozaba el interior de su rodilla. Conocía el sabor de su piel detrás de la oreja, un lugar secreto que mi lengua había explorado mientras sus dedos se enredaban en mi pelo, un gesto de confianza que me desarmaba. Conocía el sonido sofocado que hacía cuando mi dedo trazaba el contorno de sus pechos a través del fino uniforme del colegio, una mezcla de susto y un deseo naciente que me hacía sentir a la vez el hombre más poderoso y el mayor de los villanos.
Su cuerpo era un templo que yo había tenido el privilegio de profanar. Recuerdo sus tetas como si las tuviera ahora frente a mí. No eran grandes, pero eran perfectas, cabían exactamente en la palma de mi mano. Eran tan firmes que no necesitaban sujetador para mantener su forma, con unos pezones pequeños y rosados que se ponían duros con solo el roce de mi aliento. Pasaba horas esperando para verlas, para sentirlas sin la barrera del uniforme.
Y su culo… Dios, su culo. Era el culo de una adolescente en la plenitud de su florecimiento, dos globos firmes y redondos que se marcaban bajo la falda del uniforme como una provocación constante. No era plano, ni era exageradamente grande; era simplemente perfecto, con una curva que invitaba a la mano a posarse, a apretar, a sentir la calidez de su piel. Recuerdo una vez, después de una de nuestras clases, en el aula vacía. Se había girado para recoger un libro, y la luz de la ventana le dio de lleno en el trasero. Mi aliento se cortó. Vi la línea perfecta de su espalda descendiendo hasta la hendidura de sus nalgas, y supe en ese momento que estaba perdido. Esa imagen se grabó a fuego en mi memoria, y durante años, fue el combustible de mis noches solitarias, el fantasma que me visitaba cada vez que cerraba los ojos. Era más que una alumna. Era mi obsesión, mi pecado. Ese día No hubo más preámbulos, no más juegos de manos temblorosas o susurros al oído. El ver su culo, esa perfección de carne juvenil ofrecida a la luz del atardecer, rompió la última cadena de mi control. Me levanté de la silla y crucé la distancia que nos separaba en dos zancadas. Ella se enderezó, el libro olvidado en sus manos, y me miró por encima del hombro con una mezcla de sorpresa y un miedo expectante.
—Profe… —empezó a decir, pero la palabra murió en sus labios. El solo ver su cara me puso muy caliente.
Mi mano se posó sobre su hombro y la giró para que me diera la espalda. La empujé suavemente hacia adelante, hasta que sus manos se apoyaron en el borde del escritorio, quedando inclinada ante mí. Su falda se elevó un poco, revelando más de ese espectáculo que me enloquecía. Con un movimiento torpe y urgente, desabroché mi pantalón. Mi miembro, duro y palpitante, se liberó con un suspiro de alivio. No me quité la ropa, no tenía tiempo. Solo necesitaba estar dentro de ella.
Levanté la falda hasta su cintura y me arrodillé detrás de ella. Mis manos temblorosas se deslizaron por la piel de sus nalgas, sintiendo su calor, su firmeza. La separé, exponiendo el pequeño orificio rosado y la entrada de su vagina, que brillaba con humedad. Me incliné y, sin aviso, hundí mi cara en esa hendidura, lamiendo con una desesperación canina. Catalina lanzó un gemido largo y tembloroso, su cuerpo arqueándose en respuesta. Saboreé su sabor, limpio, salado, puramente adolescente.
Pero no podía esperar más. Me puse de pie, tomé mi verga y la guíe hacia su entrada. Estaba empapada, y mi glande se deslizó hacia adentro con una facilidad que me sorprendió. El calor que me envolvió fue abrumador, un abrazo húmedo y apretado que parecía diseñado para mí.
—¡Profe! —gimió, sus dedos aferrándose al borde de madera del escritorio—. ¡Dios mío!
—Mía —gruñí, y empujé con la cadera, clavándome hasta el fondo en una sola embestida.
El golpe fue profundo. Sentí cómo la punta de mi miembro chocaba contra el fondo de su canal, y Catalina gritó, un grito de dolor y placer que se perdió en el aula vacía. Me quedé inmóvil por un segundo, disfrutando de la sensación de estar completamente dentro de ella, de poseerla por fin. Luego, comencé a moverme. No fue un acto de amor, fue una toma de posesión brutal. La follé con una furia que me asustaba, con cada embestida intentando llegar más profundo, para marcarla desde adentro, para dejar mi sello en cada centímetro de su ser. Las carnes de sus nalgas rebotaban contra mis huesos pélvicos con un sonido húmedo y rítmico. Sus gemidos se volvieron incoherentes, una letanía de «sí» y «más» y mi nombre, repetido como un mantra. El escritorio golpeaba contra la pared con cada embestida, un testimonio mudo de nuestra locura. Cuando sentí que sus piernas empezaban a ceder, la agarré por las caderas con más fuerza, levantándola ligeramente para poder penetrarla aún más hondo. Fue en ese momento, cuando la tenía completamente a mi merced, cuando sentí cómo se contraía alrededor de mí en un espasmo incontrolable, que supe que la había roto, que la había hecho mía para siempre. El orgasmo me golpeó como un tren, una descarga eléctrica que me sacudió desde los pies hasta la cabeza, y me vacié dentro de ella con un rugido de triunfo. Era más que una alumna. Era mi obsesión.
Nuestros encuentros después de clase no eran sobre literatura; eran sobre el amor. Un amor imposible, torcido, pero el más real que jamás había conocido. No era una simple atracción física. Era una conexión de almas. Catalina entendía mis frustraciones, mis miedos, la soledad que me carcomía por dentro. Yo veía en ella a una compañera, un espíritu libre atrapado en un cuerpo de adolescente, una mente brillante que el mundo todavía no estaba preparado para recibir. Leíamos a Neruda no como un ejercicio académico, sino como una carta de amor que nos enviábamos el uno al otro. Cada poema era una promesa, cada verso una confesión. «Te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma», leí una vez y ella lloró. En ese momento supe que no era solo su maestro.
Cuando desapareció, una de las posibilidades que había sonado en el murmullo del pueblo era que la joven simplemente había huido, pero a mí esa versión me quemaba como una mentira. Porque conocía a la muchacha. Catalina jamás habría abandonado a sus padres, y tampoco a mí. La idea de que se hubiera ido sin mi permiso, sin mi autorización, era una traición que mi orgullo no podía soportar.
Los años pasaron.
Seguí enseñando, moviéndome como un autómata entre las paredes de mi aula. Los alumnos entraban y salían de mi vida, caras jóvenes y ansiosas que me recordaban constantemente lo que había perdido. Algunos triunfaban, otros desaparecían del mapa. Pero el recuerdo de Catalina permanecía.
La sentía, en el aula. En el escritorio donde la sentaba sobre mis piernas, donde sus manos se aferraban a mis hombros mientras mi boca exploraba el cuello pálido que olía a jabón de niña y a deseo de mujer. Después de que el último alumno se iba y cerraba la puerta con un eco final, me quedaba allí, en el silencio sepulcral del salón. Me sentaba en mi silla, la misma silla donde la había montado, y cerraba los ojos. Y entonces, mi mano, con una voluntad propia, descendía hacia mi verga. Me masturbaba allí, lentamente, con los ojos cerrados, reviviendo cada momento.
El peso de su cuerpo sobre el mío, la forma en que sus caderas se movían instintivamente, el gemido ahogado que escapaba de sus labios cuando mi mano subía por su muslo. Mi mano se movía al mismo ritmo que mi memoria, frotando, apretando, hasta que el orgasmo me sacudía en un silencio de maldad, un placer solitario y vacío que dejaba un reguero de semen sobre mí. Era la única forma de seguir sintiéndola.
Mi mente se transportaba, con una claridad cruel, a la última tarde que la tuve así. Recuerdo el peso exacto de su cuerpo sobre mi verga, una tortura deliciosa a través de las telas de nuestra ropa.
—Profe… —me había susurrado, su voz un hilo tembloroso de excitación y miedo—. Si alguien entra…
—No entrará, Catalina. Ya se fueron todos —le respondí, mi voz un gruñido bajo mientras mis labios se deslizaban por la línea de su mandíbula—. Nadie nos ve aquí. Este es nuestro mundo.
Mi mano había subido con una lentitud agonizante por el costado de su uniforme, sintiendo el calor de su piel y la forma en que su respiración se aceleraba. No me detuve hasta que mi palma cupo perfectamente la forma de su pecho. Estaba firme, cálido, y sentí la dureza de su pezón a través de la tela.
—¡Profe! —exclamó. Su cabeza se ladeó hacia atrás, darme completo acceso a su cuello.
—Así es, mi amor. Disfruta —siseé contra su piel, apretando un poco más con mi mano.
Sus caderas comenzando a moverse en un círculo lento sobre mi entrepierna, un movimiento instintivo que me volvía loco
Mi otra mano deslizándose bajo la falda de su uniforme, sintiendo la piel suave y cálida de su muslo—. Eres mía, Catalina. Completamente mía.
Mi mano siguió ascendiendo, más allá de la media, hasta que mis dedos rozaron el borde de sus bragas. Estaban húmedas. La sentí temblar sobre mí, un temblor que no era de frío.
—Por favor… —suplicó, y esa palabra, dicha en ese tono, fue mi perdición.
Era la única forma de seguir sintiéndola, la única forma de mantener viva la llama de nuestro amor prohibido en ese panteón de conocimientos y de recuerdos.
Hasta que, ocho años después de la desaparición, recibí un sobre.
No tenía remitente.
Con los dedos torpes, lo abrí. Dentro, una sola foto.
La foto me heló la sangre. Era Catalina, pero no era la adolescente que recordaba. Era una mujer. Tenía el pelo más largo, el rostro más liso, pero sus ojos eran los mismos, profundos y llenos de un conocimiento que parecía haber comprado a un precio terrible. Y en sus brazos, sostenía a un niño. Un niño que no podía tener más de siete u ocho años. Y ese niño… ese niño tenía mis ojos. Mis ojos, mi nariz, la misma hendidura en la barbilla que yo tenía desde niño. Era mi hijo. Nuestro hijo. El fruto de nuestro amor prohibido, la prueba tangible de que no había sido un sueño, un error, un pecado. Había sido real.
La nota que acompañaba a la foto se notaba más vieja, el papel se había puesto amarillo y estaba muy arrugada. No era una carta, era un fragmento de su diario, una página arrancada con urgencia. Decía:
«Hoy hablé con mamá. Sabe sobre nosotros. Sabe sobre el bebé. No estaba enfadada. Estaba… asustada. Me dijo que tenía que irme, que tenía que esconderme. Dijo que papá no entendería, que me haría daño. Dijo que conocía a alguien que podía ayudarnos, a mí y al bebé. Alguien que nos mantendría a salvo. Tengo miedo, profe. Tengo mucho miedo. Pero sobre todo, te extraño. Perdóname por no haberte dicho esto primero a tí, ahora entiendo que debí haberlo hecho.»
Ella no me había traicionado.


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