El primer encuentro con Carla después de las vacaciones
Carla y yo con un hombre que habló conmigo por Zangi .
Después de volver de vacaciones fui a recoger a Carla. Estaba muy contenta de verme, ya que no había tenido nada en dos semanas que estuvo con mi ex mujer. Le dije que tenía una sorpresa para ella. Fuimos a casa y le dije que se bañara y que se pusiera lo que tenía encima de la cama: un picardías negro de encaje que dejaba ver sus pezonzitos rosados y un tanga diminuto, apenas un hilo de tela que se hundía entre sus labios.
A los diez minutos llamaron al timbre. Era Fernando, un hombre de unos cincuenta años, corpulento, con canas en las sienes y una mirada hambrienta que había contactado conmigo por Zangi diciendo que le gustaría probar con una niña yo le propuse a mi hija de 9 años, por supuesto acepto. Lo hice pasar y llamé a Carla.
Apareció en la puerta del salón, el picardías marcando sus pezonzitos erectos como cerezas, el tanga hundiéndose entre sus nalgas perfectamente redondeadas. Fernando se quedó impresionado, los ojos desorbitados recorriendo cada centímetro de su cuerpo, su boca entreabierta en señal de admiración.
—Dios mío —susurró con voz ronca—, eres una niña muy hermosa más de lo que imaginé.
Carla sonrió, coqueta, y se acercó a él. Se miraron unos segundos y él se agacho y la tomó de la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. Se besaron con lengua, hambrientos, las manos de Fernando bajaron a sus nalguitas, apretándolas con fuerza mientras ella gemía contra su boca, restregándose contra su entrepierna.
—Bájate los pantalones —ordenó ella, jadeante, con los labios hinchados de tanto besar.
Fernando obedeció, desabrochándose el cinturón con dedos temblorosos. Cuando bajó el boxer, su polla saltó libre, y ambos nos quedamos admirados. Era una verga impresionante, gruesa como mi muñeca, de unos veinte centímetros de largo, con un capullo enorme, abultado, de un color morado intenso, brillante y ya goteando precum. Las venas azules la recorrían prominentes, palpitantes, y sus pelotas colgaban pesadas, llenas de semen.
Carla se arrodilló frente a él, la tomó con ambas manos apenas pudiendo cerrar los dedos alrededor de su grosor, y comenzó a lamer el glande con la punta de la lengua, saboreando su liquido preseminal. Luego abrió la boca todo lo que pudo y se la metió lentamente, haciendo que ese capullo enorme desapareciera entre sus labios. Fernando echó la cabeza hacia atrás, gruñendo como un animal, mientras Carla intentaba tragarse todo lo que podía, el pliegue de su garganta visiblemente estirado por el grosor de aquella polla.
—Únete —me dijo Carla, sacándosela de la boca un instante, la saliva brillando en su miembro, hilos de baba conectando sus labios con la punta—, quiero veros a los dos.
Me acerqué, desabrochándome los pantalones. Mientras ella seguía chupándosela a Fernando con entusiasmo, haciendo sonidos húmedos y obscenos, yo me posicioné detrás de ella, le aparté el tanguita con un tirón y comencé a lamer su coñito, que estaba empapado, los labios vaginales hinchados y abiertos, goteando excitación. Carla gimió con la boca llena de polla, arqueando la espalda, ofreciéndome más acceso. Metí la lengua profundo, saboreando su excitación, mientras mis manos acariciaban sus muslos temblorosos.
De repente, Fernando sacó su polla de la boca de Carla. Estaba brillante, cubierta de saliva, aún más erecta si cabe, el capullo palpitante.
—Chúpamela tú —me ordenó con voz autoritaria.
Me acerqué a él, tomé aquella verga gorda con ambas manos, el calor era intenso, y me la metí en la boca. El sabor era una mezcla de su precum amargo y la saliva dulce de Carla. Chupé con avidez, intentando llegar hasta la base, sintiendo cómo el capullo enorme golpeaba contra mi campanilla. Fernando puso sus manos en mi cabeza y me guió, embistiendo mi boca despacio, disfrutando de la humedad.
Luego Carla se giró y me la chupó a mí, haciendo un círculo de placer entre los tres. Carla iba intercambiando de mi polla a la de Fernando, besándonos entre nosotros para compartir los sabores.
—Fóllame el culo —suplicó Carla finalmente, mirando a Fernando con ojos vidriosos de excitación—, quiero sentir esa polla gorda dentro de mi culo.
Fernando la tomó de las caderas, le bajó el tanguita hasta las rodillas y la puso a cuatro patas. Posicionó su glande enorme contra su ano, que palpitaba expectante. Empujó despacio, con fuerza, abriéndola, mientras Carla gemía cada vez más alto, enterrando la cara en las sábanas. El capullo abultado fue desapareciendo poco a poco entre sus nalgas, estirando aquel agujerito hasta límites increíbles.
—Joder, qué apretada estás —gruñó Fernando, comenzando a embestir con movimientos lentos pero profundos—, tu culito me está estrujando la polla.
Carla gozaba como loca. Gimía sin control, se arqueaba hacia atrás buscando más profundidad, sus uñas arañaban las sábanas dejando marcas, sus ojos brillosos dejaban caer alguna lágrima. Cada embestión la hacía jadear, su cuerpo convulsionaba de placer, el picardías se le había subido dejando al descubierto sus pezonzitos duros.
—Más duro… fóllame más duro… —suplicaba, la voz quebrada por la excitación—, rompeme el culo.
Yo seguía debajo de ella, lamiendo su coñito, que chorreaba sobre mi cara, sintiendo cómo la polla gruesa de Fernando la penetraba a centímetros de mi lengua, notando el movimiento interno a través de la fina pared que separaba ambos agujeros. El olor a sexo crudo inundaba la habitación.
De repente, Fernando se detuvo, aún hundido hasta las pelotas en ella.
—Ahora quiero que la folles tú, quiero que te folles a tu hija—me dijo, respirando agitado—, y yo te follo a ti. Haremos un trenecito, los tres conectados.
Asentí, excitado por la propuesta. Nos posicionamos: Carla al frente a cuatro patas, yo detrás de ella metiéndole la polla por el coñito empapado, y Fernando detrás de mí, lubricándome con saliva sus dedos primero, luego posicionando su capullo enorme contra mi ano. Cuando penetró, sentí un ardor delicioso, su polla gorda abriéndome por completo. Comenzamos a movernos en sincronía, un ritmo perfecto donde cada embestión que yo daba a Carla la recibía de Fernando. Carla chillaba de placer desatado, el doble impacto de nuestros cuerpos contra ella la volvía loca.
—¡Sí, sí, así! —gritaba—, ¡folladme los dos!
Cambiamos de posición. Fernando volvió a meterse en el coñito de Carla, su polla gorda desapareciendo entre sus labios vaginales aunque no se la podía meter hasta el fondo, y yo en su ano, sintiendo cómo su polla me masajeaba a través de la pared interna. La doble penetración la hizo explotar en un orgasmo tras otro. Gritó, se convulsionó, chorreó líquido claro sobre mis piernas. Fernando embestía sin piedad, sus pelotas pesadas golpeando contra mis pelotas con sonidos húmedos de todo el líquido que desprendia Carla.
—Me voy a correr… —avisó Fernando, acelerando el ritmo hasta convertirlo en una serie de embestidas salvajes—, me voy a correr…
—Dentro… córrete dentro… —gemía Carla, delirante—, llena mi coñito de leche.
Fernando se estremeció, sus músculos se tensaron, y gruñó profundamente descargando su semen en el coñito de Carla. Sentimos cómo su polla palpitaba, inyectando chorros de leche caliente dentro de ella. Cuando sacó su polla, aún chorreando abundante semen blanco y espeso, me la acerqué inmediatamente a la boca y la limpié completamente, tragando su leche amarga y espesa mezclada con los jugos vaginales de Carla, pasando mi lengua por el capullo abultado para no dejar ni gota, saboreando cada resto de su corrida.
Eso me llevó al límite. Carla se giró, todavía jadeante, con el coñito rebosante de la leche de Fernando que goteaba por sus muslos. Tomó mi polla en su boca y comenzó a chuparla con desesperación, sus ojos clavados en los míos. Yo agarré su cabeza y embestí su boca, sintiendo cómo su lengua giraba alrededor de mi glande. En segundos sentí el orgasmo acumulándose en mis pelotas.
—Me corro… —avisé, intentando sacarla.
Pero ella me agarró de las nalgas y me mantuvo dentro, tragando convulsivamente. Descargué mi semen en su boca, chorro tras chorro, llenándole la garganta. Carla tragó todo, con los ojos llorosos pero de placer, y cuando terminé, nos besamos apasionadamente, ella con mi leche derramándose por las comisuras de sus labios, mezclándose con el sabor de Fernando que aún permanecía en mi lengua, intercambiando nuestras esencias en un beso húmedo, degradante y perfecto.
Fernando se vistió, sonriente, satisfecho, su polla aún semi erecta brillando con los restos de nuestras bocas.
—Lo he pasado increíble —dijo—, ha sido mejor de lo que soñé. Tenéis mi contacto por si queréis repetir.
Se fue. Me quedé con Carla en la cama, ambos desnudos, jadeantes, el olor a sexo impregnado en nuestra piel, nuestras secreciones mezcladas brillando sobre nuestros cuerpos. Acaricié su vientre, aún húmedo de nuestros fluidos mezclados, el coñito palpitante.
—¿Quién será el próximo? —susurré, imaginando ya nuestro siguiente encuentro, mi mano acariciando su clítoris sensible.
Carla sonrió, traviesa, y cerró los ojos, soñando despierta con nuevas pollas que conquistar, mi semen aún en su boca mientras me besaba de nuevo, insaciable.
Espero que te guste Crauso

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