El Secreto de la Casa
Mi sobrina favorita, se convirtió en mi perdición.
Hola, espero que sus masturbaciones sean satisfactorias y sin remordimientos.
No me gusta auto describirme, pero diré que soy un hombre de 48 años, casado desde hace una década, una hija de 16 años de edad y trabajo como profesor universitario. He contado varias historias en esta plataforma y todas han sido vivencias personales que me han pasado a lo largo de mi vida.
Hoy probaré un formato distinto… Para variar.
.- Primer Encuentro: La Mirada
La primera vez que noté algo diferente fue un domingo por la tarde. Gabriela, mi sobrina, acababa de cumplir 17 años. Ella llegó a casa con una camiseta blanca sin mangas y unos shorts de jean bastante más cortos de lo habitual. Se sentó en el sofá, cruzó las piernas y se inclinó para atarse las gomas. En ese movimiento, la camiseta se le levantó y vi la curva de su espalda baja, la piel suave y dorada, el borde de sus bragas asomando por encima del short.
—¿Tío, me sirves un refresco? —preguntó sin mirarme, pero con una sonrisa que no era del todo inocente.
—Claro, mi linda —respondí, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.
Ella lo notó. Me miró de reojo, con una chispa de diversión traviesa en los ojos. No dijo nada, pero esa mirada lo dijo todo. Algo había cambiado entre nosotros y ninguno de los dos estaba dispuesto a ignorarlo.
.- Segundo Encuentro: El Juego de las Piernas
Tiempo después, Gabriela vino a casa con una excusa: necesitaba usar mi computadora para un trabajo de la escuela. Se sentó en mi escritorio, con una falda corta y las piernas cruzadas. Mientras hacía su trabajo, se inclinó hacia adelante para ver la pantalla, y yo, desde mi silla, tuve una vista perfecta de sus muslos, de la sombra oscura entre ellos.
—¿Qué miras, tío? —preguntó, con una sonrisa picara.
—Nada, solo… revisaba que todo estuviera bien —mentí, desviando la mirada.
Ella se rió, bajito y descruzó las piernas lentamente, como si no se diera cuenta. Vi demasiado: el borde de sus bragas blancas, la piel suave de su entrepierna. Mi pene se endureció al instante y tuve que cruzar las piernas para disimular.
—¿Te pasa algo? —preguntó, con una inocencia niñezca que me volvía loco.
—No, nada. Solo estoy un poco cansado —respondí, con la garganta seca.
Ella se levantó, se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla, pero demasiado cerca de la boca. Sus labios rozaron los míos por un segundo, y sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.
—Gracias por ayudarme, tío —dijo, y se fue, dejándome con la sangre hirviendo.
Esa noche no pude dormir. Me masturbé pensando en sus piernas, en su falda, en esa sombra oscura que había visto. Me odié por desear a mi propia sobrina, pero no pude evitarlo. Ella era un veneno dulce y yo ya estaba envenenado.
.- Tercer Encuentro: La Piscina
El verano trajo consigo una reunión familiar en casa de mis padres, sus abuelos. Todos estábamos en el jardín, alrededor de la piscina. Gabriela llevaba un bikini rojo que apenas le cubría nada. Sus piernas largas y torneadas. Sus pechos, pequeños, firmes y redondos. Su culo, perfectamente moldeado, se movía con cada paso que daba.
Me senté en una silla reclinable, con una cerveza en la mano, tratando de no mirarla. Pero era imposible. Cada vez que se sumergía en el agua, cada vez que salía, con el pelo mojado pegado a la cara y las gotas resbalando por su piel, mi pene se ponía más duro cada vez que se daba cuenta.
En un momento, ella salió de la piscina y se acercó a mí, sacudiendo el pelo.
—¿No te bañas, tío? —preguntó, con una sonrisa.
—No, yo… estoy bien aquí —dije, con la voz entrecortada.
Ella se inclinó para agarrar su toalla y vi sus pechos de tamaño perfecto, firmes y redondos. Mi pene se endureció tanto que tuve que poner la cerveza sobre el regazo para disimular.
—¿Seguro? —dijo, con una mirada que me decía que lo sabía todo.
—Seguro —mentí descaradamente.
Ella se rió, bajito y se alejó, dejándome con la sangre hirviendo y una erección que no se me bajaba ni con el agua fría.
.- Cuarto Encuentro: La Noche en el Sofá
Un mes después, Gabriela vino a casa una noche, diciendo que había discutido con su madre y necesitaba un lugar para quedarse. Llame a mi hermana para saber qué pasaba, ella me confirmó que habían peleado y que se sentía aliviada que estuviera conmigo. Me pidió que durmiera en casa y mañana la motivara a volver. La dejé dormir en el sofá, es bastante espacioso para una muchacha como ella. Pero a las dos de la mañana, me despertó un ruido. Bajé a la sala y la encontré sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas, viendo una película.
—¿No duermes, tío? —preguntó, con una voz suave.
—No podía dormir —dije, sentándome a su lado.
La película era una comedia romántica, pero ninguno de los dos la estaba viendo. La tensión entre nosotros era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Ella se movió y su pierna rozó la mía. No la apartó… Yo tampoco.
—Tío, ¿puedo hacerte una pregunta? —dijo, sin mirarme.
—Claro.
—¿Alguna vez has pensado en mí… de otra manera?
Mi corazón se detuvo. Sentí la sangre latiendo en mis oídos.
—Gabiela, no deberías decir eso —dije, con la voz ronca.
—¿Por qué no? —preguntó, girándose hacia mí—. Solo somos tú y yo. Nadie lo sabrá.
Me miró fijamente, con esos ojos oscuros que parecían devorarme. Y entonces, sin previo aviso, se inclinó y me besó. No fue un beso tímido, sino un beso profundo, con lengua, con hambre, ansias y deseos. Sus manos se enredaron en mi pelo y yo, perdido, la agarré por la cintura y la apreté contra mí.
—Mierda, Gabriela —jadeé, separándome por un instante—. Esto está mal.
—No me importa —dijo, con una voz que no temblaba—. Te quiero, tío. Te quiero desde hace meses. Y sé que tú también me quieres.
No pude negarlo. La deseaba con una intensidad que me asustaba. La besé de nuevo, con más fuerza, mientras mis manos recorrían su cuerpo. Sentí sus pechos contra mi pecho, su aliento caliente en mi boca, su mano deslizándose hacia mi entrepierna.
—Estás duro, tío —susurró, con una sonrisa maliciosa.
—Claro que lo estoy, sobrina. Me tienes loco.
Ella se rió, bajito, y me desabrochó el pantalón. Su mano, pequeña y caliente, se cerró alrededor de mi pene y empecé a gemir.
—Joder, Gabriela, así —dije, mientras ella movía la mano arriba y abajo.
—Quiero probarte, tío —dijo, y se inclinó.
Me la chupó con una voracidad que me sorprendió. Su lengua, caliente y húmeda, recorría mi pene de arriba abajo, mientras su mano apretaba mis huevos. Yo gemía, agarrándole del cabello, más por instinto que por otra cosa, ya que sabia bien lo que estaba haciendo, sintiendo cómo el placer me recorría todo el cuerpo.
—No pares, sobrina, no pares —gruñí.
Pero ella se detuvo, justo cuando estaba a punto de correrme.
—No quiero que te corras todavía, tío —dijo, con una sonrisa—. Quiero que me cojas.
No necesité más. La levanté y la tiré sobre el sofá, mientras me quitaba el pantalón y los calzoncillos. Ella se desabrochó la blusa y el sostén, dejando al descubierto unos pechos firmes, con pezones duros que suplicaban ser chupados. Me incliné y tomé uno en mi boca, mientras mis manos le bajaban la falda y las bragas.
—Mierda, tío, sí —gimió, abriendo las piernas.
Su coño estaba mojado, brillante y listo. Pasé un dedo por su rendija y ella se estremeció.
—Estás empapada, sobrina —dije, con una sonrisa sucia.
—Es por ti, solo por ti —respondió, mordiéndose el labio.
Mi boca fue hacía su vagina, al principio besando sus alrededores y después dándole un buen sexo oral. Gemía como nadie lo había hecho en mi casa, como si le dijera al mundo como se sentía. Chupaba, besaba y hasta daba pequeñas mordidas a ese clítoris tan delicioso como deseado. Para intensificar más las sensaciones, metí mis dedos índice y medio, buscando estimular su Punto G. Cuando lo logré conseguir, los gemidos se convirtieron en gritos de placer.
No me importaba si los vecinos nos podían escuchar, sólo quería que Gabriela sintiera todo el placer que pudiera hacerle sentir. Así estuve por un buen rato cuando sentí que llegó su orgasmo, ella gritaba mi nombre como si fuera su salvación ante la perdición que estaba viviendo. Sus jugos vaginales llenaron mi mano, boca y barbilla, los tome y los probe… Dios como estaba de delicioso. Mi pene, por su parte, más erecto que lo normal, pedía a gritos una penetración y yo también. Sin perder tiempo y sin dejar que se recuperara del todo, alineé mi pene con su entrada y ella me miró con una mezcla de deseo y lujuria.
—Hazme tuya, tío —dijo jadeando.
Y la penetré. De una sola embestida, hasta el fondo. Ella gritó, no de dolor, sino de puro placer y sus uñas se clavaron en mi espalda. Empecé a moverme, primero lento, luego más rápido, cada vez más profundo, mientras sus gritos se volvían más y más obscenos.
—Dime lo rica que se siente —jadeé, con la boca pegada a su oreja.
—Me siento tan rica, tan llena, tu pene me parte en dos —gritó, sin censura.
Cambié de posición, la puse a cuatro patas y la embestí desde atrás, viendo cómo su culo rebotaba contra mis caderas. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la sala, mezclado con sus gritos y mis gruñidos.
—Voy a correrme dentro de ti, sobrina —dije, mientras sentía que el orgasmo se acercaba.
—Hazlo, tío, llena mi coño con tu leche —suplicó, con la cara enterrada en el cojín.
Y así lo hice. Con un último empujón, exploté dentro de ella, sintiendo cómo su propio orgasmo la sacudía, otro más, cómo su coño se apretaba alrededor de mi polla, exprimiendo cada gota.
Nos quedamos enredados, sudados, respirando con dificultad. Ella se giró y me besó, suave esta vez.
—Nadie lo sabrá, tío —dijo, con una sonrisa cómplice—. Esto es nuestro secreto.
Y lo fue. Durante meses, nos encontramos a escondidas, en mi casa, al salir de la escuela, en mi automovil. Nadie sospechó nada. En las reuniones familiares, ella me llamaba «tío» con la misma naturalidad de siempre y yo sonreía, sabiendo exactamente lo que había debajo de esa falda. Solo nosotros lo sabíamos. Y así seguimos, alimentando ese fuego prohibido que nadie podía apagar.
Espero que les haya gustado, tratare de estarles relatando otras de mis aventuras sexuales… ¡Larga vida y prosperidad! 🖖🏻

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