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Heterosexual, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

El Teléfono Descompuesto

En la familia Flores los juegos resultan muy divertidos… .
La siesta había dejado en el aire esa modorra húmeda de febrero. Los cuerpos se pegaban a los sillones, las pieles se buscaban con pereza. Lara, sin embargo, ardía. Había estado dando vueltas, ofreciendo su culito al aire, restregándolo contra el borde de la mesa, contra la pata de la cama, contra el muslo de Leo cuando él intentaba leer. El roce le encendía la piel, le despertaba un cosquilleo que le mojaba los labios vaginales.

—Mami, quiero jugar.

Elena cerró la notebook. La miró. Vio ese brillo en sus ojos, esa inquietud que solo se calmaba cuando alguien la rozaba donde más le gustaba. Suspiró, sonrió.

—Teléfono descompuesto. Formen un círculo. En el piso.

Se sentaron desnudos. Las piernas abiertas, los muslos rozándose apenas. Lara a la izquierda de Leo, Leo de Elena, Elena de Miguel, Miguel cerrando el círculo.

—Lara hace un gesto. Lo pasa. Si llega igual, todos ganan.

—¿Y qué se gana?

—Seguir jugando.

Lara se concentró. Se puso en cuatro patas, arqueó la espalda. Su culito, pequeño y redondo, quedó en pompa. Las nalgas separadas, ofreciendo la raja rosada al aire. Y entonces, con una precisión que a todos les sorprendió, hizo una contracción anal. Rápida. Un parpadeo de carne que dejó ver un destello húmedo, un parpadeo de adentro hacia afuera.

Lara sentía ese músculo como un pequeño puño que se apretaba sin que ella lo ordenara. Era un gesto que había aprendido sola, ensayando a escondidas, cuando nadie la miraba. Le gustaba la sensación: ese cierre y apertura, esa pequeña explosión de presión que le recorría el bajo vientre. No sabía por qué le gustaba. Solo sabía que cuando lo hacía, algo en su interior le latía.

Se giró hacia Leo.

—Pasalo.

Leo tragó saliva. El mástil, que estaba quieto, dio un primer latido. Intentó imitar el gesto, torpe, demasiado abierto. Su culo se apretó alrededor de nada. Sintió el roce seco de los músculos, la extrañeza de un pliegue que rara vez usaba para algo más que para sentarse. Pero al hacerlo, algo se encendió. Una corriente tenue, un cable que conectaba ese músculo con la base de su verga.

—Pasé —dijo, con la voz ronca.

Elena recibió ese gesto. Ella sí sabía hacerlo. Sus músculos vaginales respondieron: un abrir y cerrar de labios que succionó el aire caliente, que dejó escapar un hilito de humedad. Su concha goteaba. Lo pasó a Miguel, rozándole el muslo con su sexo al girar.

Miguel, que llevaba toda la tarde en otra cosa, sintió ese calor contra su piel. Su pene colgaba fláccido, pero al contacto con la humedad de Elena dio un latido. Hizo la contracción, mínima, perezosa. Luego se giró hacia Lara.

—Llegó.

Lara abrió los ojos. —¡Llegó diferente! ¡Perdieron todos!

Elena se rió. Leo también, aunque su pija ya estaba media parada. Miguel suspiró y sonrió.

—Ahora vos —dijo Elena—. Más fácil.

Lara pensó. Se puso en cuatro patas otra vez, pero esta vez comenzó a frotar sus nalgas contra el muslo de Leo. Movimiento circular, suave, insistente. El roce generaba calor. Ella sentía cómo el agujerito se abría y cerraba solo.

Cada frotada era un mensaje que su propio cuerpo se enviaba a sí mismo: más, más, así. Los labios vaginales, abajo, parecían humedecerse. El agujerito, atrás, se abría y cerraba como una boca diminuta que pidiera algo que aún no sabía nombrar.

Leo sintió la piel suave de su hermana contra su muslo. Su pene se irguió por completo, duro, apuntando hacia el costado. Una gota de líquido preseminal escurrió por el tallo.

—No te pares —murmuró Elena.

Lara se separó, se giró hacia él con una sonrisa pícara.
—Ahora pasá.

Leo, con la verga erecta y palpitante, se incorporó apenas. Rozó su pene contra el muslo de Elena. Una pasada larga, lenta, sintiendo cómo la piel de su madre se resbalaba húmeda contra su glande. Elena ardía.

—Pasé —dijo, con la voz quebrada.

Elena recibió el roce. Su sexo, abierto, goteante, se deslizó contra el muslo de Miguel. La piel áspera del marido se empapó con el flujo de ella. El pene de Miguel, que había estado medio dormido, sintió esa humedad caliente y comenzó a endurecerse. Lentamente.

Se giró hacia Lara. La tomó de la cintura con manos temblorosas. La oruga, ahora erecta, rozó las nalgas de su hija. Una sola pasada, rápida, breve.

Lara sintió esa presión exacta. No era Leo. Era la carne de su padre, diferente a la de su hermano, más gruesa, con otra temperatura. La cabeza del pene de Miguel se deslizó sobre su raja, presionando justo donde ella más necesitaba. Un escalofrío le recorrió la espalda, y ella arqueó el culito por reflejo, buscando más, pidiendo sin saber que pedía.

—¡Llegó! —gritó, con la voz entrecortada—. ¡Llegó igual!

Pero no era igual. Era mejor.

Lara tenía seis años, pero su cuerpo ya hablaba un lenguaje que su cabeza no traducía. Los labios vaginales se le hinchaban con una facilidad que a Elena le recordaba a ella misma a esa edad. Respondía a la fricción, a la presión, a la cercanía de otros cuerpos.

El agujerito —así lo llamaba ella, porque nadie le había enseñado otra palabra— era su punto favorito. No porque le doliera ni le picara, sino porque cuando algo lo presionaba, una corriente le subía desde las nalgas hasta la nuca, y después bajaba y se concentraba en el vientre, en ese lugar blando que tenía entre las piernas. Era como una cosquilla honda, de las que hacen apretar los dientes y abrir los ojos.

Había aprendido a buscarla. A escondidas, cuando nadie miraba, se sentaba en el borde del escalón de madera y restregaba el culito contra la arista. Presionaba, movía las caderas, y sentía cómo la madera le mordía suavemente la raja.

Quería sentir esa presión, ese roce, esa cosquilla honda que la dejaba temblando y con una sonrisa idiota en la cara. Y si el roce venía de un pene en lugar de una madera, mejor. Porque los penes eran blandos y duros a la vez, y tenían una temperatura que la madera no tenía, y sobre todo, se movían solos.

Siguieron así. Lara enviaba gestos cada vez más íntimos: contracciones dobles, movimientos de cadera, pequeñas embestidas de su culito hacia atrás. Leo los recibía con el pene erecto, frotándose sobre Elena hasta que el líquido preseminal le escurría por el muslo. Elena los pulía con su sexo, los convertía en caricias vaginales y se los pasaba a Miguel. Miguel, con una erección completa, los traducía en roces sobre el culito de Lara.

Y Lara, cada vez, le gustaba más.

En una de las rondas, el gesto de Lara fue una embestida. Se puso en cuatro patas, arqueó la espalda, y empujó sus nalgas hacia atrás con un movimiento brusco, como si quisiera ensartarse en algo. El gesto pasó a Leo. Leo, con la verga dura, empujó su cadera contra el muslo de Elena con más fuerza de la necesaria. Elena, gimiendo, restregó su concha contra el muslo de Miguel. Y Miguel, sin pensarlo, tomó a Lara de la cintura y empujó su pene erecto contra el culito de su hija.

Solo presionó. La cabeza del pene se apoyó justo en la abertura, en ese agujerito que tanto le gustaba a Lara. La presión fue exacta, firme, caliente. Lara sintió cómo la oruga de su padre se hundía apenas en la carne blanda, rozando el esfínter, empujando sin traspasar. Un grito ahogado se le escapó. No de dolor. De algo más hondo, algo que le hizo apretar los dedos de los pies y arquear la espalda.

—¡Llegó! —gritó, pero esta vez su voz era otra. Era un alarido de placer, de un límite al que le encanta llegar cuando juega con su padre.

Miguel retiró el pene. Su cara estaba desencajada, confusa. No sabía si había hecho algo malo. Pero Lara se giró hacia él y le sonrió. Una sonrisa ancha, feliz, con los ojos brillantes.

—Otra vez —pidió.

Elena intervino. No para detenerlos, sino para regular.

—Última ronda.

Lara, con la piel erizada, los labios vaginales hinchados y el culito todavía latiendo por los roces, hizo el gesto más simple de todos: Ofreció su culito al aire, abierto, palpitante. Era una invitación más que un gesto. Era una pregunta.

La quietud pasó de Leo a Elena. Leo, con la verga todavía erecta, sintió cómo el muslo de su madre recibía esa inmovilidad. Se quedó quieto un segundo, dos, tres. Pasó.

Elena, con la concha goteando, apoyó su sexo contra el muslo de Miguel y se quedó quieta. Pasó.

Miguel, con el pene duro y la conciencia borrosa, se giró hacia Lara. Vio su culito levantado, su raja abierta, su respiración acelerada. Se quedó quieto un momento. Después, sin que nadie se lo ordenara, apoyó la cabeza de la verga en el agujerito de su hija. Solo apoyó. No empujó. Permaneció ahí, quieto, sintiendo cómo el esfínter de Lara se abría y cerraba en pequeños espasmos involuntarios.

La quietud llegó a Lara.

Lara sintió la presión de su padre en el lugar exacto. Cerró los ojos. Un temblor le recorrió la espalda, los muslos, las nalgas. Su cuerpo entero se tensó un segundo, después se relajó. Un hilo de humedad le escurrió por los labios vaginales, mezclándose con el sudor de la tarde. No entendía lo que pasaba. Solo sabía que se sentía muy bien, que quería quedarse así para siempre, con esa presión caliente en el culito, con su padre quieto detrás de ella, con toda la familia mirando.

Abrió los ojos.

—Empatamos —dijo, y su voz era apenas un susurro.

—Empatamos —confirmó Elena, que había visto todo, que había sentido cada latido en su propio cuerpo.

Miguel retiró el pene lentamente. La cabeza se despegó del culito de Lara con un pequeño chasquido húmedo. Lara suspiró. Se dejó caer en el suelo boca abajo, las nalgas todavía en el aire, los brazos extendidos.

—Quiero quedarme así —dijo.

—Quedate —dijo Elena y sonrió.

Se quedaron en el piso. Lara acurrucada boca abajo, con las nalgas todavía tibias y palpitantes. Leo a su lado, con la verga medio erecta, todavía latiendo. Elena recostada, la mano entre sus muslos, sin tocarse, solo sintiendo. Miguel mirando el techo, agitado y con el pene fláccido otra vez.

Esa noche, Elena no escribió en el cuaderno.

Afuera, la madreselva seguía creciendo. El rociador verde, olvidado en el rincón, se cubría de musgo. Y adentro, el Edén seguía en pie.

 

16 Lecturas/6 mayo, 2026/0 Comentarios/por Mercedes100
Etiquetas: anal, culo, hermana, hermano, hija, madre, padre, sexo
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