El triángulo bajo la mesa
Una chica promiscua le abre los ojos a un chico tímido.
Por los altavoces se escuchaban las habituales palabras de bienvenida a un nuevo ciclo escolar por parte del Director de aquella escuela de gobierno.
Misael, en claro contraste con sus demás compañeros, guardaba silencio y se mantenía muy quieto en la formación. Actuaba como siempre, temeroso de alguna reprimenda (cruel reflejo de la educación autoritaria materna).
En esa condición fue cuando escuchó:
—Mira, esa es la chava —le dijo uno de sus compañeros a otro.
—¿Cuál? —le preguntó el segundo.
—¡Esa, la de cabello suelto! Es la que dicen que expulsaron de su anterior escuela por andar de caliente. Dicen que es bien puta, y que le viene de herencia. Que su mamá está bien buena y es bien caliente. Que hasta se acostaba con los profesores para que su hija no reprobara.
Misael vio a aquella chica de la que hablaban. Estaba parada desenfadada, flexionando una de sus piernas, moviendo su pie despreocupadamente mientras mantenía sus brazos cruzados. Como todas las chicas a su alrededor, vestía el uniforme escolar: suéter azul; blusa blanca; falda gris y calcetas blancas. Pero, de alguna manera, en ella se veía especialmente sensual tal atuendo. En parte era que llevaba la falda mucho más arriba que las otras chicas, enseñando más que las demás. Además, sus finas facciones; su lustroso cabello; su silueta de notables curvas propiamente femeninas, mas la coqueta sonrisa que se le formaba la hacían destacar.
Ya en el salón de clases, Misael, sentado en su pupitre, miraba embelesado a la nueva compañera. A ella se le veía muy sonriente, bromeando con algunos chicos, en el clásico desmadre previo a la entrada del profesor. Una vez éste llegó y exigió que todos se sentaran, la chica fue a sentarse justo a un lado de Misael. Él no perdía detalle de cada movimiento que ella hacía y la chica, notando en cómo la miraba, se levantó la orilla de su falda intencionalmente, dejándole ver la parte alta de uno de sus muslos. Misael se extasió de tal acción.
Pronto inició el pase de lista y cuando el profesor exclamó:
—¡Katy!
Ella respondió:
—Presente.
Katy, ese era su nombre, y tal quedaría grabado para siempre en la memoria de Misael.
Poco más tarde, durante una hora muerta debido a la falta de un profesor, los estudiantes se entretuvieron dentro del aula jugando burro entamalado.
Para sorpresa de sus compañeros, Katy se unió a tal juego, siendo que las chicas habitualmente no participaban, en parte por lo rudo del mismo, y en parte porque no se les vieran sus partes al saltar sobre sus compañeros. A ella poco le importaba, saltaba sobre los chicos, pese a que su cortísima falda arremangada revelaba hasta su calzón; en especial las dos veces que se cayó del burro. Incluso aceptó ser el poste y con ello el agasajo del que metió su cabeza entre sus piernas; hasta sus amigos lo olfatearon señalando el aroma que en su cabello le había quedado.
Misael notó que Katy era muy amistosa con los chicos; a diferencia de sus otras compañeras se llevaba con ellos a tal punto que, literalmente, se dejaba bajar por los chescos, en el clásico juego en el que dos chicos sometían a un tercero a simular un acto de felación, al inclinar su cabeza forzadamente hasta la altura de sus entrepiernas.
Eso hubiera sido algo impensable para otra chica, pero Katy era especial.
Aquel día, más tarde, durante la hora del receso, Misael permanecía en el salón comiendo su almuerzo. A diferencia de sus compañeros, él no salía a comprar chucherías o hacer desmadre, solamente se quedaba ahí sentado. Para su sorpresa, de repente, Katy ingresó corriendo. Misael, único en el aula, se sintió maravillado; pero fue sólo un instante, pues poco después entró otro compañero que, evidentemente, la perseguía.
Ella reía mientras aquel otro estudiante la correteaba juguetonamente por todo el lugar hasta acorralarla en una esquina. Misael se mantuvo atento observándolos. El chico que la tenía cercada la atacó, haciéndole cosquillas por todo su cuerpo. Katy se desternillaba de risa y, tratándose de proteger, se giró dándole la espalda. Aquél, valiéndose de la posición de la chica, con un movimiento hábil sobre su suéter, le desabrochó el sostén. Tal hecho fue perceptible ya que los pechos descendieron.
—Mira lo que me hiciste —dijo Katy.
—Jajaja… si quieres te lo abrocho, mira ven, dame chance —le respondió maliciosamente el chico.
—No, sácate.
Katy caminó hacia Misael.
—Oye amigo, ¿me podrías ayudar? —le dijo, dándose la vuelta y levantándose el suéter y la blusa, descubriéndose así la prenda íntima desabrochada.
Sorprendido por tal solicitud, Misael se quedó pasmado.
El otro chico, al verla distraída, la atacó nuevamente haciéndole cosquillas y ésta perdió el equilibrio cayendo sentada sobre las piernas de Misael. Él no lo podía creer, tenía a la chica más bella que había conocido justo sobre su regazo.
Katy se levantó, disculpándose con Misael por lo ocurrido, tras lo cual riñó con el otro. Ahora fue ella quien lo persiguió y así ambos salieron del salón.
Misael, nuevamente solo en el aula, se miró hacia su entrepierna. Ahí pudo notar su propia erección bajo el pantalón, y justo en la cima de esa protuberancia se le empezó a formar una pequeña marca de humedad, producto de su excitación. Temiendo ser visto así por sus compañeros, se quitó el suéter y lo anudó sobre la cintura para cubrir tal mancha.
Luego de la jornada escolar, Misael regresó a su casa. Entró a la cocina donde su madre preparaba la comida. El intenso ruido producido por la válvula de una olla de presión inundaba el austero lugar. Al molesto silbido se le agregó otro más escandaloso, cuando Martha, la madre del chico, encendió una vieja licuadora para preparar en ella una salsa.
—Ya vine —dijo Misael.
Martha, al ver a su hijo, apagó el aparato y mirándolo con molestia le gritó:
—¡Te me quitas ese suéter de ahí! Ya te he dicho que no me gustan esas fachas. Te compré ese suéter para que lo lleves como se debe, no así.
El chico obedeció a su madre, se desanudó la prenda que estaba atada a su cintura y la colocó sobre el respaldo de una silla de madera, la cual jaló para poder sentarse en ella.
—No arrastres esa silla, ¡levántala! —con voz dominante, exclamó Martha.
El chico dejó la silla como estaba y prefirió salir de ahí.
Días más tarde, durante la clase de dibujo, un grupillo de chicos, a lado de Misael, aprovechaba la altura alta de las mesas de dibujo para asomarse debajo de ellas y, así, mirar entre las piernas de un grupo de chicas quienes estaban unos lugares más adelante. Como ellas estaban de cara a ellos, a los chicos sólo les bastaba asomarse por debajo para verles debajo de sus faldas. Ellas no se daban cuenta debido a que estaban en su propio desmadre, pues no había profesor en ese momento.
Los chicos, usando sus dedos, señalaban el tamaño de las panochas, mientras comentaban lo tupidas que estaban las pelambreras.
La excitación de aquellos despertó la propia exaltación en Misael, tanto que pese a su habitual comportamiento reservado se atrevió a imitarles. Dejó caer uno de sus lápices, como pretexto para agacharse a recogerlo. Al estar bajo la mesa pudo ver, desde allí, las piernas de una de las chicas. La mirada de Misael se clavó entre aquellos muslos que, mediante la falda colegial, formaban un intrigante triángulo de penumbra en el que embelesado se perdió.
De repente las piernas se cerraron violentamente. En ese momento a Misael se le cerró la garganta por el miedo. Misael se dio cuenta de que había sido descubierto.
Se reincorporó sentándose en su banco solo para ver como aquella chica le hablaba al oído a otra, y ambas lo miraron con desprecio. Luego salieron del salón.
Su temor y vergüenza se incrementó al ver por la ventana que las chicas iban directo a las oficinas de la Dirección, evidentemente a reportarlo.
Poco después, Misael fue requerido por una de las autoridades escolares. Esto fue visto por Katy.
Ya en la Dirección, Misael fue informado de que llamarían a su madre. Él se puso muy nervioso.
Su madre llegó casi inmediatamente, pues su casa estaba muy cerca. Luego de que la autoridad escolar hablase con ella, describiéndole la falta de su hijo, Martha regañó a Misael en pleno patio, sin importarle que lo pusiera en ridículo frente a sus compañeros. Esto también fue atestiguado por Katy, quien, a diferencia de los demás compañeros y compañeras, no se burló de la situación. Ella incluso mostró pena por él.
Días más tarde, a Misael se le veía más introvertido que de costumbre. En la misma clase donde había sido cachado, se mantenía sentado sin demasiado ánimo, recargado sobre el restirador.
De repente, justo frente a él, se sentó Katy. Misael estaba notablemente sorprendido de su presencia. Katy, quien balanceaba juguetonamente un lápiz, de pronto lo dejó caer al piso.
—¿Me lo podrías recoger, por favor?
Misael, temeroso y no sabiendo cómo reaccionar, se mantuvo por un instante expectante.
—Por favor —tuvo que insistir la chica.
En su mente del chico pasó la idea de que sólo era una trampa; quizás era una prueba, o incluso una broma de mal gusto por parte de sus compañeros. Pero superando todos sus miedos procedió.
Se agachó debajo del restirador y ahí lo vio. Katy no llevaba pantaletas.
Misael estaba perdido. Era la primera vez que veía eso, el sexo de una chica. De pronto un duro golpe sobre la mesa lo sacó de su embeleso y hasta se golpeó la cabeza al reaccionar a tal susto.
Cuando se levantó vio a Katy reír.
—Discúlpame, no pude evitarlo.
Misael pudo ver que no se trataba de una burla de sus compañeros, únicamente era ella, Katy y tuvo la confianza como para también reírse de la situación.
—¿Cuál es tu nombre amigo? —le preguntó la chica.
—Misael —respondió él.
—No hablas mucho, ¿verdad?
Y así comenzó una plática en la que Katy le confió sus propios problemas: Su madre y ella se habían mudado a ese pueblo luego de un asunto embarazoso. Su mamá se había grabado en un video donde, además de mostrarse desnuda y cachonda, hablaba sexualmente, esto pues, en principio, tal video iba dirigido exclusivamente a un novio de ella, quien sin ningún escrúpulo lo publicó en internet exponiéndola como puta. Luego de la viralidad del video la mamá perdió su trabajo y ya no pudo vivir tranquila debido al acoso. La propia Katy sufrió escarnio en su antigua escuela. Así que por ello decidieron mudarse con los abuelos, aunque debido al internet ya muchos sabían de lo ocurrido.
Viendo que en los ojos de Misael no había malicia ni morbo, luego de contarle su historia, ella le sonrió con ternura. Con esa sonrisa iluminándole el rostro, Katy sacó algo del bolsillo de su falda y se lo extendió hacia el chico. Al abrir su puño se descubrió lo que encerraba.
—Toma, te las regalo —le dijo Katy, luego de abrir su mano.
Eran sus pantaletas las cuales aún olían a ella.
Misael se quedó atónito. Nunca había vivido algo así. Esas emociones y sensaciones lo desbordaban. ¿Acaso Katy podía darse cuenta de lo que le provocaba?
La chica lo invitó a una fiesta que ella organizaba esa tarde en su casa.
Misael sintió el estómago apretársele. Quería ir. Quería verla. Pero la voz de su madre resonaba en su cabeza como un grito constante. Lo de menos era salir, podría decir que iría a la tienda, pero ¿el regreso? Martha no le permitía pasar mucho tiempo fuera de casa. Se decidió al fin, aunque mientras se arreglaba en el baño aún dudaba, el corazón le latía tan fuerte que pensó que su madre se daría cuenta. Salió de la casa sudando, con la camisa pegada a la espalda.
Cuando llegó la fiesta ya estaba en marcha. Música alta, luces tenues, olor a cigarro. Y ahí estaba Katy, en el sofá, pero estaba con dos chicos. Uno le besaba el cuello mientras el otro le metía la mano bajo la camiseta. Ella se reía, se dejaba, se giraba y les devolvía los besos con la lengua. Misael se quedó paralizado en la puerta. El pecho se le hundió. Giró sobre sus talones, listo para irse, cuando ella lo vio.
—¡Misael! —llamó, empujando suavemente a los otros dos—. Ven aquí.
Se levantó, se acercó y le ofreció una bebida. Él la aceptó porque no sabía qué más hacer. La lata le temblaba en la mano.
— Me alegra que siempre sí vinieras —dijo ella, cerca, casi rozándole la oreja.
Ella lo condujo a bailar y él se dejó llevar. Katy se movía pegada a él, las caderas rozándole la entrepierna, las manos subiendo por su pecho. Misael sintió cómo se le endurecía debajo del pantalón y se avergonzó de inmediato. Ella lo notó y sonrió.
Katy se quitó la camiseta. Luego el sujetador. Los pechos rebotaron al aire libre, pezones duros por la excitación. Sus invitados sorprendidos, pero también entusiasmados la ovacionaron, algo así no era habitual.
Los chicos que anteriormente besara se le acercaron. Uno de ellos tuvo el atrevimiento de cargarla y con ella se dirigió hacia un cuarto del fondo. Mientras que los demás compañeros clamaban por lo que estaba por pasar, Misael sintió que algo se le rompía por dentro. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Dio media vuelta, pero…
—¡Hey, espera, Misael!
Katy lo había llamado. Aún en brazos del otro medio desnuda le dijo:
—¿No quieres jugar tú también?
Él se quedó mirándola. El corazón le golpeaba la garganta. Vio a su alrededor, todos lo veían. Pensó en su madre, en las reglas, en el miedo, en la moralidad que le habían metido desde niño. Y entonces, por primera vez, decidió él. Asintió.
Entró junto a Katy y los otros chicos.
No mucho después el cuarto olía a sexo. La cama estaba deshecha. Los dos chicos penetraban a Katy, turnándose, mientras Misael la besaba.
Tal besó a la boca de Katy lo hacía con lentitud, no importándole que por detrás la estuviesen penetrando otros. Misael aún temblaba, era la primera vez que vivía algo así, pero podía soportarlo.
—Relájate —susurró ella.
Le acarició la dura carne de cuya punta una gota ya brillaba.
—Mírala… tan dura y tan virgen —dijo, casi con ternura—. Ven, ahora te toca a ti. Métela. Quiero sentirte dentro. Ensártame.
A petición de la protagonista de aquella escena carnal, los otros chicos cedieron su lugar y le permitieron a su compañero estrenarse.
Él se acercó temblando. Ella le guió la verga hasta su joven panocha, ya resbaladiza y abierta por el otro que estuvo antes. Misael empujó. Entró. El calor lo envolvió de golpe. Un gemido largo se le escapó de la garganta. Empezó a culear, torpe al principio, después más seguro, empujando hondo. Katy se empujaba hacia atrás para recibirlo mejor. La sentía caliente, húmeda, profunda. Misael soltó un gemido ahogado. Nunca había sentido nada así. Ella lo recibía con ganas, mientras con una mano le apretaba los huevos. Los otros dos se acercaron. Katy los besó a la vez que apretaba alrededor de la verga de Misael, vibrando.
Katy tomó la verga de uno de aquellos con la mano libre y empezó a masturbarlo mientras que seguía recibiendo a Misael por detrás. El cuarto se llenó de sonidos húmedos: chupadas, gemidos, el golpeteo de la piel contra la piel.
Cambió de mano y así masturbó al otro.
—Así… pero más fuerte —le ordenó a Misael.
Misael la penetraba lo mejor posible. Uno de los chicos se le paró delante de ella y le metió la verga en la boca.
Misael estuvo lleno de vida mientras follaba a Katy. El placer fue tan intenso que pensó que se iba a desmayar. Estaba atrapado penetrando a su amada Katy, quien gemía con la boca llena.
Cambió de posiciones varias veces con los otros chicos. En un momento Katy se montó a horcajadas sobre él, cabalgándolo con fuerza, los pechos rebotándole en la cara. Después la chica se arrodilló y se turnó para chupar las tres vergas, una tras otra, dejándolas brillantes de saliva. Se la follaron por turnos, a veces dos a la vez: uno en el coño y otro en la boca, o uno en la pucha y otro en el culo. Misael aprendió a no pensar. Solo a sentir. El olor, el calor, los gemidos, el roce de la piel.
Cuando ya no pudo más, eyaculó dentro de ella, profundo, con un grito que casi no reconoció como suyo. Katy se lo quedó mirando mientras se venía también, apretándole la verga con la panocha. Los otros dos se corrieron sobre sus pechos y su cara, a petición de ella, quien lamió tales simientes con la lengua, mezclando sus venidas.
Cuando se quedaron tendidos, sudorosos, respirando agitados, Katy se acercó a Misael y le besó la frente.
—Felicidades. Ya no eres el niño de mamá.
Él no contestó. Solo cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió plenamente. En ese momento no pudo articularlo en palabras, sin embargo sí lo comprendió, había descubierto que el amor no es posesión ni control, como su madre lo ejercía en él. El amor es saberse dar al otro y procurarse la felicidad mutuamente.

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