el viejo del metro y las niñas 2
el viejo por fin puede hacer sus sueños más pervertidos realidad .
Capítulo 2
Aceptaron.
Don Aurelio dejó que la palabra se le asentara en el pecho como un trago de tequila, despacio, caliente, y luego miró a las dos niñas sentadas en su sofá, desnudas, con las calcetas blancas puestas y los celulares nuevos brillándoles en las manos, y supo que aquella tarde ya no tenía nada que ver con las otras tardes del metro.
Aceptaron, pensó. Aceptaron. Dos niñas de diez años, en mi casa, desnudas, con sus culos al aire, y han dicho que sí. Y yo tengo sesenta y tres. Y ahora viene lo bueno.
Se levantó despacio, como quien no quiere asustar a un pájaro. Cerró la ventana. Bajó la persiana. Dejó la sala en una penumbra dorada de tarde que se colaba por las rendijas, y volvió al sofá, y se quedó de pie delante de las dos, mirándolas.
Tenían los ojos muy abiertos. En la penumbra, los de la morena brillaban de un azul imposible, un azul de mar abierto, un azul que no tenía nada que ver con el color de su piel.
A Don Aurelio se le secó la boca otra vez.
Porque la morena era una cosa y la rubia era otra, y las dos, juntas, en el sofá, con las piernas apretadas y los culos aplastados contra el cojín, eran las niñas más buenas que había visto en su vida.
La morena era la más alta. Diez años, once a lo sumo, sexto de primaria, pero el cuerpo le había crecido antes de tiempo, como si la naturaleza tuviera prisa con ella. Tenía la piel de un moreno como canela, ligeramente oscura, tersa, sin un poro, sin un pelo, sin una mancha, de ese tono que en México se ve poco y que a Don Aurelio le ponía la verga dura como una piedra. Y en medio de aquella cara de canela, dos ojos azules, grandes, de pestañas largas, que lo miraban un poco asustados. El contraste era una locura: la piel oscura y los ojos claros, el trópico y el mar en la misma cara.
Y el culo. Ay, el culo. Porque por debajo de la cintura, la niña tenía un culo que no era de niña: dos nalgas redondas, altas, llenas, separadas por una raya que se le veía de lejos, un culo que ya apuntaba a culo de mujer, de mujer buenísima, de esas que caminan por la calle y voltean a todos los hombres. Un culo que a los diez años ya le levantaba la falda por detrás.
Los pechos, en cambio, eran dos tablas. Planos, lisos, de niña. Pero en las puntas, en el centro de las dos areolitas apenas insinuadas, los pezones le brotaban hinchados, duritos, de un color más oscuro que la piel, dos botoncitos de carne que se le habían puesto duros desde que se desnudó, y que a Don Aurelio le daban ganas de morder.
La estoy mirando como si fuera un manjar, pensó Don Aurelio. Y lo peor es que realmente lo es.
Y debajo, entre los muslos, el coño. Sin un pelo. Una raya limpia, suave, con los labios gorditos asomando un poquito, de un tono más rosado que el resto del cuerpo. Un coño de niña, cerradito, virgen, que no había visto una verga en su vida.
Don Aurelio pensó en los papás. Siempre pensaba en los papás. Era una costumbre de viejo. Porque aquella niña tenía la piel morena y los ojos azules, y eso no salía de la nada: eso salía de un papá blanco, de ojos azules, y de una mamá negra, de culo grande y parado. La mamá, seguro, era una negra de esas de culo alto y tetas grandes, de esas que se ponen a lavar y se les mueve todo. Y el papá, un blanco de ojos claros. Y de la mezcla había salido esto: una niña de canela con ojos de mar y un culote que a los diez años ya le partía la falda. La muy cabrona había heredado lo mejor de los dos.
La voy a violar, pensó Don Aurelio, de pronto, sin saber muy bien por qué. La voy a violar. Tiene diez años, es virgen, y yo la voy a violar aquí en mi sofá. Y ella ni se imagina lo que le espera.
Y se lanzó sobre la morena.
Se sentó a su lado, en el sofá, la agarró de la cintura y la jaló hacia él. La niña se dejó hacer, con las manos todavía en el celular, y Don Aurelio le quitó el celular de las manos y lo dejó en la mesita, y luego le puso la mano en la nuca, suave, y le acercó la cara al pecho.
Y le chupó un pezón.
La niña dio un respingo y soltó el aire de golpe.
—Ay.
El pezón era diminuto. Un botoncito de carne, duro, hinchado, más oscuro que la piel, con la areolita apenas marcada alrededor. Don Aurelio se lo chupó entero, con los labios, y lo mordió suavemente, y lo lamió, y sintió cómo el cuerpecito de la niña se le tensaba entre los brazos. Le chupó un rato largo, sin prisa, pasando la lengua, y luego soltó y le chupó el otro, y la niña soltó otro «ay» y se le agarró de la cabeza con las dos manos.
—¿Qué haces? —preguntó la niña, con la voz apretada.
—Nada —dijo Don Aurelio—. Te como.
—¿Me vas a comer?
—Un poquito.
—Ay.
—Y me gusta. Sabes rico.
—¿Sí?
—A jabón y a chocolate.
La niña se rió, nerviosa, y Don Aurelio aprovechó la risa para seguir. Le chupaba un pezón, luego el otro, luego volvía al primero, y las manos se le iban solas al culo de la niña, que estaba ahí, redondo y caliente, al alcance. Le agarró las dos nalgas con las dos manos, enteras, y las apretó, y las amasó, y metió los dedos en la raya, y sintió el calor de entre las nalgas. La niña se movía, incómoda, y de vez en cuando se reía, y de vez en cuando decía «ay, señor», y la otra niña, la rubia, sentada a un lado, miraba todo con los ojos como platos, comiendo chocolate para disimular.
—¿Y ella? —preguntó la morena, de pronto, señalando a su amiga.
Don Aurelio levantó la cabeza, la miró, y luego miró a la rubia.
—Ella también —dijo—. Pero tú primero.
La morena se quedó pensando, con el ceño fruncido, y luego dijo:
—Está bien.
Y se dejó.
Don Aurelio volvió a bajar, y esta vez bajó más. Le besó el esternón, le besó el vientre, le besó el ombligo, y le pasó la lengua por la piel de canela, que sabía a jabón y a chocolate, y la niña se estremeció entera, de arriba abajo, como si le hubiera pasado un viento. Y luego Don Aurelio la empujó suavemente por los hombros, para que se recostara en el sofá, y le abrió las piernas.
La niña se dejó abrir. Tenía las piernas largas, gruesas en el muslo, y al abrirlas se le estiró toda la piel de la entrepierna, y apareció el coño, entero, abierto delante de la cara de Don Aurelio. Sin un pelo. Los labios gorditos, rosados, cerraditos, con la raya limpia en medio, y arriba, asomando apenas entre los pliegues, el clítoris, un botoncito del mismo color que los pezones.
Don Aurelio se quedó mirándolo un segundo, con la boca abierta.
Es virgen, pensó. Está virgen. Nadie le ha metido nada. Ni un dedo. Y yo voy a ser el primero.
—No te asustes —dijo—. Voy a besarte aquí.
—¿Aquí? —dijo la niña, levantando la cabeza para verse.
—Aquí.
—¿En mi cosita?
—En tu cosita.
—Ay.
Y le pasó la lengua.
La niña soltó un grito que se oyó en todo el departamento.
—¡Ay! ¡Ay, señor!
Don Aurelio no contestó. Tenía la boca pegada al coño de la niña y no pensaba despegarla. Le pasó la lengua de abajo arriba, entera, lenta, desde el perineo hasta el clítoris, y la niña se retorció, y le clavó los talones en la espalda, y se agarró a los cojines del sofá con las dos manos. Y Don Aurelio volvió a pasar la lengua, y otra vez, y otra, y luego le chupó los labios, uno y otro, los agarró con los labios y los chupó, y luego le chupó el clítoris, suave, con la punta de la lengua, y la niña gritó otra vez.
—¡Ay, ay, ay!
Le gustaba. Se le notaba. Le gustaba y no sabía qué hacer con el cuerpo. Movía las caderas sin ritmo, buscando, y abría las piernas más, y a veces las apretaba, y le apretaba la cabeza a Don Aurelio con los muslos, y luego lo soltaba, y todo el rato decía «ay, señor, ay, señor», como si fuera lo único que supiera decir.
Don Aurelio comió aquel coño durante mucho tiempo. Más de lo que había comido ningún otro coño en su vida. Le chupó los labios, le chupó el clítoris, le pasó la lengua por la raya, le metió la punta de la lengua en el agujerito, despacio, y la niña se retorció y soltó un «ay, ahí no» que a Don Aurelio casi le saca la leche antes de tiempo. Le metió un dedo, uno solo, con cuidado, y lo movió despacio, y la niña se quedó quieta, muy quieta, con los ojos abiertos, como si la hubieran pinchado.
—¿Qué es eso? —dijo.
—Un dedo.
—Ay.
—No te asustes. Es para que te vayas abriendo.
—¿Abriendo?
—Para lo que viene.
La niña lo miró con desconfianza. Don Aurelio le metió el dedo un poquito más, hasta el fondo, y notó el himen, esa telita tensa, esa cosa que estaba a punto de romper, y sintió que se le encogía el estómago.
Aquí está, pensó. Aquí está la virginidad de esta niña. Aquí, debajo de mi dedo. Y esta tarde la voy a romper.
—¿Y qué viene? —preguntó la niña.
—La verga —dijo Don Aurelio, sin adornos.
La niña abrió los ojos.
—¿Tu pipí?
—Mi pipí. —Don Aurelio se rió—. Mi pipí.
—Ay.
—No te asustes.
—Es que se me hace que va a doler.
—Un poquito —dijo Don Aurelio—. Al principio. Luego ya no.
—¿Un poquito cuánto?
—Nada. Un ratito.
—¿Y después?
—Después rico.
—¿Rico cómo?
—Rico como ahora, pero por dentro.
La niña se quedó callada, pensando, con el dedo de Don Aurelio todavía dentro. Y Don Aurelio aprovechó el silencio para sacarse el dedo y ponerse de pie, y bajarse el pantalón y los calzoncillos de una vez, y quedarse con la verga al aire delante de las dos niñas.
La morena levantó la cabeza para verla. La rubia también.
—¡Ay! —dijo la rubia, por primera vez en un buen rato.
La verga de Don Aurelio estaba dura como no lo había estado en años. Gruesa, morada de la cabeza, con las venas marcadas, curvada hacia arriba, brillante de una gota de líquido en la punta. Le colgaba entre las piernas como un animal.
—Es grande —dijo la morena, con voz de miedo.
—No es tan grande —dijo Don Aurelio—. Y tú vas a caber. Todas caben.
—¿Todas?
—Todas. ¿Ya has visto alguna verga antes?
—A mi hermano —dijo la morena—. Mi hermano tiene una. Pero chiquita.
—Tu hermano es un niño.
—¿Y tú?
—Yo ya no.
La niña se rió, una risita nerviosa, y Don Aurelio aprovechó la risa para volver a agacharse, para darle un beso en el coño, para que se le pasara el miedo, y luego se le puso encima, con las rodillas en el sofá, con las piernas de la niña colgando por los lados, y le apoyó la punta de la verga en la entrada.
—Respira —dijo—. Y no aprietes.
—¿Aprieto?
—El cuerpo. No aprietes el cuerpo.
—Ay, señor, ya, hagalo.
Don Aurelio empujó.
La punta entró, y la niña soltó un gemido largo, y Don Aurelio siguió empujando, despacio, con las dos manos en las nalgas de la niña para sujetarla, y sintió cómo la telita se tensaba, se tensaba, y luego cedía con un pequeño estirón, y de pronto la verga se le hundió de golpe hasta el fondo, y la niña gritó.
—¡Ay!
Don Aurelio se quedó quieto, hundido hasta las bolas en el coño de una niña de diez años.
Y pensó.
Pensó que estaba metido en un coño de niña. En un coño virgen, caliente, apretado, que le apretaba la verga por todos lados como un puño. En un coño que hacía cinco minutos no había visto nada más grande que un dedo, y que ahora estaba abierto, lleno, estirado, con la verga de un viejo de sesenta y tres años adentro.
La estoy violando, pensó. La estoy violando y la niña ni se da cuenta.
—¿Duele? —preguntó, con la voz ronca.
—Un poquito —dijo la niña, con los ojos llenos de agua—. Un poquito nada más.
—¿Ves? Te dije.
—Ay, señor.
—Ya está. Ya pasó. Ahora viene lo rico.
Y empezó a moverse.
Despacio primero. Sacaba la verga casi entera y la volvía a meter, con calma, y la niña se agarraba a sus brazos y lo miraba con los ojos azules muy abiertos, y cada vez que Don Aurelio la llenaba, ella soltaba un «ay» y se le arqueaba un poquito la espalda. La piel de canela se le había puesto brillante de sudor. Los pezones, duros, se le movían con cada empujón.
—¿Qué se siente? —preguntó Don Aurelio.
—Raro.
—¿Rico?
—…Sí.
—Dime.
—Sí, rico.
—¿Rico cómo?
—Rico, ay, no sé, rico.
Don Aurelio se rió y le dio un empujón más fuerte, y la niña soltó un gemido que ya no era de miedo.
Y entonces empezó a follarla en serio.
Ya no despacio. Ya no con cuidado. La agarró de las nalgas, la levantó un poco del sofá, y empezó a meterle la verga con ganas, con fuerza, buscando el fondo cada vez, y el sofá viejo crujía y las nalgas de la niña chocaban contra sus muslos con un golpe seco, y la morena abría la boca y ya no decía «señor», decía «ay, ay, ay, ay», cada vez más seguido, cada vez más alto, con una voz que a Don Aurelio le ponía la verga más dura todavía.
—Así, mi niña —le dijo—. Así, mi morenita.
Y por dentro pensaba:
Mírala. Mírala cómo se deja. Tiene diez años y le estoy metiendo la verga como si fuera una mujer. Como si fuera mi mujer. La estoy follando. La estoy violando, más bien. Porque ella no dijo que sí a esto, ella dijo que sí a un chocolate, y ahora tiene la verga de un viejo metida en el coño y le está gustando. Le está gustando y ni sabe por qué. Es una putita. Es mi putita. Mi putita de diez años.
—Qué apretada estás —le dijo al oído—. Qué rica estás, mi niña.
—Ay, señor.
—Dime «abue».
—¿Abue?
—Dime «abue, sigue».
—abue… sigue.
—Otra vez.
—abue, sigue, abue, sigue, abue.
Don Aurelio se volvió loco. Empezó a embestir más fuerte, más rápido, con las dos manos clavadas en las nalgas de la niña, y el sofá entero crujía, y las calcetas blancas de la morena se le sacudían en el aire, y la rubia, al lado, se había quedado con el chocolate a medias y la boca abierta, mirando cómo su amiga era follada por un viejo.
Mírala. Míra a la rubia. Se está poniendo colorada. Ya sabe lo que le espera. Ya sabe que es la siguiente. Y todavía no sabe que también le va a gustar. Todavía no sabe que va a gritar igual que su amiga. Todavía no sabe que le voy a romper el coño igual. Pobrecitas. Pobrecitas las dos. No saben dónde se metieron.
—¿Te gusta? —le preguntó a la morena.
—Sí.
—Dilo.
—Me gusta.
—Dilo entero.
—Me gusta, abue.
—Más.
—Me gusta tu pipí, abue.
Don Aurelio casi se corre ahí mismo.
—Más.
—Me gusta tu pipí en mi cosita, abue, no pares, no pares.
Y no paró.
La folló así, fuerte, largo, con la verga entrando y saliendo del coño de la niña con un sonido húmedo y obsceno, y la niña se corrió antes que él, se corrió sin avisar, con un grito corto y un temblor de todo el cuerpo, apretando la verga con el coño de una manera que a Don Aurelio se le saltaron las lágrimas.
Era virgen, pensó. Era virgen y ya se corrió. Se corrió con la verga de un viejo de sesenta y tres años. Se corrió la primera vez que la follan. La muy putita.
Y siguió. Porque él no había terminado. La folló después del orgasmo de la niña, cuando el coño ya estaba más blando y más húmedo, y la niña gemía con la cabeza echada para atrás, y él le chupaba los pezones y le mordía el cuello y le decía cosas al oído, cosas lindas, cosas tiernas:
—Qué bonita eres. Qué bien te portas. Eres mi niña. Mi niña preciosa. Mi morenita. Qué rica. Qué rica estás.
Y por dentro pensaba:
Eres mi puta. Eres una putita de diez años y estás llena de mi verga. Y ni te imaginas lo que te falta. Y esto no es nada. Esto es solo el principio. Todavía te falta el culo. Todavía te falta el culo, mi niña, y ahí sí vas a gritar. Ahí sí vas a llorar de verdad. Y me va a gustar oírte.
Y cuando ya no aguantó más, la agarró con fuerza, la clavó hasta el fondo y se corrió.
Se corrió con un gruñido largo, apretando las nalgas de la niña, hundido hasta las bolas, y sintió cómo la leche le salía a chorros dentro del coño de la morena, chorro tras chorro, caliente, espeso, y la niña, por dentro, lo sintió también, porque abrió los ojos y dijo:
—Ay… algo caliente.
—Es mi leche —dijo Don Aurelio, jadeando.
—¿Leche?
—Mi leche. Está bien. Déjala ahí.
—¿Y no me voy a embarazar?
Don Aurelio se rió, con la verga todavía dentro.
—No —dijo—. Eres muy chiquita y yo ya me operé para no tener hijos.
—Ay, qué bueno.
Y se quedó un momento así, encima de la niña, con la verga hundida en su coño y la leche saliéndose despacio por los bordes, mirándola a los ojos azules, y la niña lo miraba a él, agotada, con las mejillas rojas, con el pelo pegado al sudor, y sonreía.
—¿Y ella? —dijo la morena, de pronto, señalando otra vez a su amiga.
Don Aurelio giró la cabeza.
La rubia estaba ahí, sentada en el sofá, con las piernas apretadas, con el chocolate derretido en la mano, mirándolos con los ojos verdes muy abiertos y una cara de susto y de ganas que era una cosa bella.
—Ella también —dijo Don Aurelio.
Y salió de la morena, despacio, y la verga le salió brillante de leche y de jugos, y la morena se quedó tumbada en el sofá con las piernas abiertas, chorreando, con el coño abierto y rojo y la leche saliéndole poquito a poco.
Don Aurelio se limpió la verga con el pañuelo y se giró hacia la rubia.
La rubia.
La rubia era distinta. Era más pequeña que la morena, más menuda, pero tenía lo suyo. Tenía la piel clara, una piel de mexicanita clara, de ese tono claro sin ser pálido que se ve tanto en Guadalajara, Monterrey y que a Don Aurelio le gustaba igual que el de la morena. Tenía el pelo rubio, de un rubio de verdad, de un rubio claro, suelto, con las puntas hacia afuera, y unos ojos verdes que en la penumbra de la sala brillaban como dos hojas. Los pechos, igual que los de su amiga: dos tablas planas, con los pezones hinchados y duritos, rosados, mucho más claros que los de la morena. Y el culo… el culo era más chiquito, de niña nalgona, y ya se veía que iba a crecer más. Ya se veía que iba a ser grande. Ya tenía esa forma, esa curva, ese levantamiento en la parte de arriba que anunciaba lo que venía.
Hija de una mexicana y de un alemán, pensó Don Aurelio. Rubia de ojos verdes, con la piel clara. Y la mamá, seguro, una señora de esas de cuerpo espectacular, de culo grande y tetas firmes. Por eso la niña tiene este culito. Todavía le falta, pero se le ve la herencia. Se le ve que va a ser una mujerona. Se le ve que en dos o tres años va a tener un culo que va a partir la banqueta. Y ahora es mía. Ahora es una niña de diez años y ahora es mía.
—Ven —le dijo.
La rubia se acercó, arrastrando las calcetas, con la mirada baja. Era más tímida que la morena.
—¿Me va a doler a mí también? —preguntó.
—Un poquito —dijo Don Aurelio—. Igual que a ella.
—¿Y ella está bien?
—Está bien. ¿La ves?
La rubia miró a su amiga, tumbada en el sofá, con las piernas abiertas y el coño chorreado, y la morena le sonrió desde el sofá, agotada, y le hizo una seña con la mano, como diciendo «aguanta, vale la pena».
—Está bien —dijo la rubia, más tranquila.
—Entonces ven.
Y Don Aurelio la agarró de la cintura y la sentó en sus muslos, de cara a él, igual que había hecho con la otra, y le puso las manos en la espalda y le buscó la boca. La rubia tenía la boca pequeña, y Don Aurelio se la besó entera, y la niña se dejó besar sin saber muy bien qué hacer, con los labios apretados, hasta que Don Aurelio le pasó la lengua y ella abrió la boca y le dejó hacer.
—¿Ya has besado? —le preguntó.
—A mi primo —dijo la rubia.
—¿Y tu primo te metió la lengua?
—Sí.
—Entonces ya sabes.
—Más o menos.
Y luego le chupó los pezones.
Rosados, hinchados, duritos. Don Aurelio se los chupó uno y otro, con ganas, y la rubia se agarraba a su pelo y soltaba unos «ay» suaves, unos «ay» tímidos, y movía las caderas contra su barriga sin darse cuenta. Le agarró el culito con las dos manos, aquel culito de niña nalgona, redondo y firme, y lo amasó despacio, y notó cómo iba a crecer, cómo ya tenía la carne justa, cómo la madre le había dejado ahí su herencia.
—Qué rica estás también —le dijo.
—¿Sí?
—Sí. Bien rica.
—Mi mamá dice que estoy gorda.
—Tu mamá no sabe nada. Estás perfecta.
La niña se rió, y Don Aurelio aprovechó la risa para tumbarla en el sofá, al lado de su amiga, y abrirle las piernas, y pasarle la lengua por el coño igual que había hecho con la morena.
La rubia era más estrecha. Más cerrada. Tenía el coño más escondido entre los muslos, más recogido, y Don Aurelio tuvo que abrirle bien las piernas con las dos manos para verlo. Sin pelos también. Los labios más pequeños, más rosados, más discretos. El clítoris, un botoncito claro. Una cosa de nada. Una cosita de niña.
Y le comió el coño igual. Largo. Con calma. Le chupó los labios, le chupó el clítoris, le metió la lengua en el agujerito, le metió un dedo, le buscó el himen, y la rubia, igual que la otra, se retorció y gimió y dijo «ay, ay, señor» y se agarró a los cojines. Y cuando ya estaba blanda y mojada, Don Aurelio se le puso encima.
—Respira —le dijo.
—Ya.
—Y no aprietes.
—Ya, señor, hagalo ya.
Don Aurelio empujó, y la punta entró, y la rubia soltó un grito, y él siguió empujando, y la telita cedió, y la verga se le hundió hasta el fondo, y la rubia se quedó con los ojos abiertos y una lagrimita en la esquina.
—Ya está —dijo Don Aurelio.
—Ay.
—Ya está. Ya pasó.
—Duele.
—Se va a ir. Aguanta.
Y empezó a moverse.
Y la folló igual que a la morena. Primero despacio, luego más fuerte, luego frenético. La rubia era más chica y más estrecha, y le apretaba la verga de una manera distinta, más cerrada, más apretada, y Don Aurelio la folló con ganas, agarrándole el culito con las dos manos, hundiéndola en el sofá con cada empujón.
—Así, mi rubia —le dijo—. Qué apretada estás. Qué rica.
Y por dentro pensaba:
Míralas. A las dos. Una a cada lado, con el coño lleno de mi leche y de mi verga, dos niñas de diez años, dos virginidades rotas, dos culitos que van a ser culotes cuando crezcan. Y yo aquí, viejo, con la verga parada como un cabrón, follándomelas una detrás de otra. Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida. Esto es mejor que el metro. Esto es mejor que todo el metro junto. Y todavía les falta el culo. Todavía les falta el culo a las dos. Y cuando les meta la verga por el culo, van a llorar. Y les va a gustar. Les va a gustar y van a llorar al mismo tiempo, y yo voy a estar ahí, mirándolas, gozándolas, violándolas despacito, como quien no quiere la cosa.
—Dime «abuelo» —le dijo a la rubia.
—abuelo.
—Dime «abuelo, qué rico».
—abuelo, qué rico.
—Otra vez.
—abuelo, qué rico, abuelo, no pares.
Y no paró.
La folló hasta que la rubia se corrió también, con un grito agudo, con el cuerpecito entero temblando, y Don Aurelio siguió follándola después, y luego, cuando ya no aguantó más, la clavó hasta el fondo y se corrió dentro, a chorros, apretándole el culito, con un gruñido que le salió del pecho.
Y se quedó ahí, encima de la rubia, con la verga hundida y la leche saliéndose, jadeando, con el sudor corriéndole por la espalda.
—Ay… —dijo la rubia, con la voz floja—. Caliente.
—Es mi leche —dijo Don Aurelio.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
Y se rió, y la rubia se rió también, agotada, con las mejillas rojas y las calcetas torcidas.
Y la morena, desde el otro lado del sofá, los miraba con una sonrisa, todavía tumbada, todavía con las piernas abiertas.
—¿Ves que no era tanto? —le dijo la morena a su amiga.
—No era tanto —admitió la rubia.
Y las dos se rieron, y Don Aurelio se rió con ellas, y por un momento pareció que ya había terminado.
Pero no había terminado.
Don Aurelio se levantó, se limpió, y miró a las dos niñas. Luego dijo:
—Ahora hay que probar otra cosa.
—¿Otra? —dijo la morena.
—Otra.
—¿Qué cosa?
—El culo.
Las dos se miraron.
—¿Por el culo? —dijo la morena—. ¿Ahí?
—Ahí.
—¡No! —dijo la rubia—. ¡Por ahí no sale nada!
Don Aurelio se rió.
—Por ahí no sale, pero por ahí entra —dijo—. Y entra rico.
—¿Y no duele?
—Un poquito. Igual que antes. Un ratito.
Las niñas se miraron, dudaron, y al final la morena dijo:
—Bueno. Pero primero ella.
—Primero yo, no —dijo la rubia.
—Primero tú, que ya te tocó después.
—Bueno.
Y Don Aurelio, aprovechando la discusión, agarró a la morena y la puso a cuatro patas en el sofá.
Le puso la cabeza contra el cojín y le levantó el culo, y el culo de la morena, así, en pompa, era una cosa impresionante: dos nalgas redondas y llenas, altas, de piel de canela, separadas por una raya que ahora se veía entera, con el asterisco apretadito en medio, más oscuro que la piel, más moreno, todavía cerradito y virgen. Y debajo, colgando entre los muslos, el coño abierto y rojo y lleno de leche.
Don Aurelio se quedó un momento mirándolo.
Este culito es una joya, pensó. Una niña de diez años con un culo así. La mamá tiene que tener un culote. La mamá tiene que tener un culote de negra, de esos que se ven de lejos. Y la niña lo heredó. Y ahora es mío. Ahora le voy a meter la verga por el culo a esta niña. Le voy a romper el culo. Le voy a romper el culo y ella va a gritar y yo voy a seguir.
Se puso un poco de leche de su propia corrida en los dedos y se la untó al asterisco de la morena, y la niña se estremeció con el frío.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Mojarlo.
—Ay, qué frío.
—Ya. Es para que entre.
Le metió un dedo, despacio, y la niña apretó, y luego aflojó, y el dedo entró hasta el fondo.
—Ay —dijo la niña.
—Un dedo nada más.
—Se siente raro.
—Raro rico.
—Raro.
Don Aurelio se rió y le metió el segundo dedo, y la abrió un poquito, y la niña se quejó, y luego se acostumbró, y él sacó los dedos y se puso detrás de ella, de rodillas, con la punta de la verga apoyada en el agujerito.
—Respira —dijo—. Y puja.
—¿Que puje?
—Como cuando haces del baño.
—Ay, qué vergüenza.
—Nada de vergüenza. Puja.
Y empujó.
La punta entró despacio, muy despacio, abriendo aquel culito apretado, y la morena soltó un gemido largo, un gemido que subía, y Don Aurelio siguió empujando, centímetro a centímetro, y sintió cómo el esfínter se abría, cómo cedía, cómo lo dejaba pasar, y la niña se agarraba al cojín con las dos manos y decía «ay, ay, ay, ay» con la voz apretada.
—Ya casi —dijo Don Aurelio.
—Ay, señor.
—Ya casi, mi niña, aguanta.
Y empujó un poco más, y de pronto la verga entró entera, hasta el fondo, y el culito de la niña se cerró alrededor de la base como un anillo, apretándolo, y Don Aurelio se quedó quieto, temblando, con la verga metida en el culo de una niña de diez años.
—Ay —dijo la morena, con los ojos llenos de agua—. Ay, ay.
—Ya está.
—Duele.
—Un ratito nada más.
—Ay.
—Respira. Respira y afloja.
La niña respiró, y aflojó, y el culo se le fue soltando, y Don Aurelio, cuando la sintió más blanda, empezó a moverse.
Y la folló igual. Con la misma intensidad. Primero despacio, para que se acostumbrara, y luego más fuerte, y luego frenético, y el culo de la niña sonaba distinto al coño, más seco, más apretado, y las nalgas de canela chocaban contra los muslos de Don Aurelio con un golpe seco, y la niña se agarraba al cojín y gritaba «ay, ay, ay» y el sudor le corría por la espalda.
—Así, mi niña —le dijo—. Así, mi morenita. Qué bien aguantas.
Y por dentro pensaba:
Mírala. Mírala con la verga en el culo. Con el coño lleno de leche y la verga en el culo. Dos agujeros. Le estoy usando los dos agujeros a una niña de diez años. La estoy violando por el culo. La estoy violando entera, de arriba abajo, y ella grita y aguanta y me dice «papá». Es mi putita. Es mi putita por el culo. Y le gusta. Y va a acabar gustándole más que por delante. A todas les gusta más por detrás cuando se acostumbran. A todas. Y a esta también le va a gustar. Y a la otra también. Y yo voy a estar aquí para verlo.
—Dime «papá» —le dijo.
—Papá.
—Dime «papá, méteme».
—Papá, méteme.
—Más.
—Papá, méteme fuerte, papá, méteme fuerte, no pares.
Don Aurelio embistió más fuerte, más rápido, agarrándola de las caderas, y el culo de la niña se abría y se cerraba alrededor de su verga, y el sofá entero crujía, y la rubia, al lado, miraba con la boca abierta y las manos entre las piernas, tocándose sin darse cuenta.
Y Don Aurelio siguió así, largo, fuerte, hasta que la morena se corrió otra vez, con un grito ronco y un temblor largo, y él, cuando ya no pudo más, se corrió dentro del culo, a chorros, apretando las nalgas de la niña, gruñendo como un animal, con la leche saliéndole dentro y luego, cuando sacó la verga, un poquito hacia fuera, y la morena se quedó tumbada, agotada, con el culito abierto y rojo y lleno de leche.
—Ay… —dijo—. Ya no puedo más.
—Ya casi —dijo Don Aurelio—. Falta ella.
Y se giró hacia la rubia.
La rubia estaba en la esquina del sofá, con las piernas apretadas y las manos entre los muslos, y cuando Don Aurelio se giró hacia ella, la niña se puso roja de golpe.
—¿Ahora yo? —dijo.
—Ahora tú.
—¿Por el culo?
—Por el culo.
—Ay, no.
—Sí.
—Es que a ella le dolió.
—Le dolió un ratito. ¿La oyes quejarse ahora?
La rubia miró a su amiga, que estaba tumbada boca abajo, con el culo al aire y la leche saliéndole, y la morena levantó un pulgar y dijo:
—Vale la pena.
—¿Vale la pena?
—Vale.
La rubia lo pensó. Y luego se puso a cuatro patas ella sola, sin que se lo pidieran, con la cara contra el cojín y el culito levantado, y Don Aurelio casi se enamora.
—Así —dijo—. Bien.
Le untó la leche, como a la otra, y la rubia se estremeció, y le metió un dedo, y la niña apretó, y luego aflojó, y Don Aurelio se puso detrás y apoyó la punta.
—Respira y puja —dijo.
—Ya.
Y empujó.
La rubia era más estrecha también por el culo. Le costó más abrirla, y la niña gimió, y se le saltaron dos lagrimitas, y Don Aurelio fue despacio, con paciencia, hasta que entró entera, y luego se quedó quieto, dejándola acostumbrarse, y la rubia respiró y aflojó y dijo «ya, ya está, muévete».
Y Don Aurelio se movió.
La folló igual. Fuerte, largo, frenético. Le agarró el culito con las dos manos, aquel culito que iba a ser grande como el de su madre, y se lo apretó, y se lo amasó mientras la embestía, y la rubia gritaba «ay, ay, papá, ay, papá» y Don Aurelio le decía cosas lindas al oído:
—Qué bien, mi rubia. Qué bien lo haces. Qué bonita estás. Eres preciosa. Eres mi niña.
Y por dentro pensaba:
Mírala. Rubia, de ojos verdes, con la verga en el culo. Con la leche en el coño y la verga en el culo, igual que la otra. Las dos iguales. Las dos violadas por los dos lados. Las dos con sus culitos abiertos. Y ninguna de las dos sabe que esto es lo mejor que les va a pasar en mucho tiempo. Ninguna de las dos sabe que a partir de hoy van a buscar esto. Van a crecer y van a buscar a un viejo que les meta la verga como yo. Y van a acordarse de mí. Se van a acordar de la tarde en que un señor del metro las llevó a su casa con chocolates y les rompió el coño y el culo. Y van a contarlo. Y sus amigas no les van a creer. Y sus mamás se van a reír. Y ellas van a volver a buscarlo. A mí. Van a volver a buscarme.
—Dime «papá» —le dijo.
—Papá.
—Dime «papá, qué rico el culo».
—Papá, qué rico el culo.
—Otra vez.
—Papá, qué rico, papá, no pares, papá, no pares.
Y no paró.
La folló hasta que la rubia se corrió, con un grito agudo y un temblor entero, y Don Aurelio siguió, y siguió, y luego la clavó hasta el fondo y se corrió dentro del culo, apretándola, gruñendo, vaciándose entero, y luego se quedó un momento quieto, encima, con la verga hundida y la leche dentro.
Y cuando sacó la verga, la rubia se desplomó en el sofá, al lado de su amiga, y las dos quedaron ahí, tumbadas boca abajo, con los culitos al aire, abiertos y rojos y llenos de leche, respirando como dos perritas.
Don Aurelio se sentó en el suelo, apoyado en el sofá, y las miró.
Y se rió.
—¿Ya? —dijo la morena.
—Todavía no —dijo Don Aurelio.
—¿Todavía no?
—Todavía no. Falta una cosa.
—Ay, ya, señor.
—Es la última.
—¿La última de verdad?
—La última.
—¿Qué es?
—Chúpenla.
Las dos niñas levantaron la cabeza.
—¿Qué cosa? —dijo la rubia.
—La verga —dijo Don Aurelio—. Se la chupan y se acabó.
—¿Y ya nos podemos vestir?
—Y ya se pueden vestir. Y se llevan los chocolates y los celulares. Todo.
Las dos niñas se miraron. Y luego, como si fuera lo más natural del mundo, se bajaron del sofá, se pusieron de rodillas en el suelo, una a cada lado de Don Aurelio, y se acercaron a la verga.
Estaba sucia, la verga. Tenía leche, tenía jugos, tenía el olor de los dos coños y de los dos culos. Don Aurelio se la limpió un poco con la mano y se la acercó a la boca a la morena.
—Abre —dijo.
La morena abrió y se la metió en la boca.
Y Don Aurelio casi se corre ahí mismo otra vez.
Porque la boca de una niña de diez años es una cosa caliente y pequeña, y la morena no sabía chupar, claro, no había chupado nunca, así que la agarró con la boca y se quedó quieta, con la verga a medias dentro y los ojos abiertos, mirándolo.
—Muévela —dijo Don Aurelio—. Con la lengua. Como un helado.
La niña movió la lengua. Y Don Aurelio gimió.
—Así. Así, mi niña.
Y a su lado, la rubia esperaba su turno, mirando con curiosidad, y cuando la morena se cansó, Don Aurelio le hizo señas con la cabeza y la rubia se acercó y le pasó la lengua por la punta, y luego se la metió en la boca también, y Don Aurelio se encontró con las dos niñas chupándole la verga a la vez, una por un lado y otra por el otro, con la lengua, con la boca, sin saber muy bien lo que hacían, y él con las manos en las dos cabezas, una rubia y una morena, acariciándoles el pelo.
Míralas, pensó. Dos niñas de diez años chupándome la verga. Una morena de ojos azules y una rubia de ojos verdes. Las dos de rodillas, las dos con la boca abierta, las dos con mi verga entre los labios. Esto no lo había soñado ni en el metro. Esto es lo más grande que he hecho en sesenta y tres años.
—Así, mis niñas —les dijo—. Qué bien. Qué bien chupan.
Y las niñas, al oír el halago, se esmeraron. La morena se la metió más, hasta el fondo, y se atragantó un poco, y tosió, y se rió, y volvió a metérsela. La rubia se la chupó de lado, con la lengua, y le lamió los huevos, y Don Aurelio se agarró al borde del sofá.
—Ya, ya —dijo—. Que me voy a venir.
—¿Y? —dijo la morena, sacándosela.
—Se la tragan.
—¿Toda?
—Toda.
La morena se la metió otra vez, hasta el fondo, y Don Aurelio, cuando sintió que ya no podía más, la agarró de la cabeza y empujó un poquito, y se corrió en su boca.
Se corrió con un gruñido largo, a chorros, dentro de la boca de la morena, y la niña se quedó quieta, con la verga dentro, con los ojos muy abiertos, y Don Aurelio sintió cómo la leche se le llenaba la boca, y luego la niña se la sacó y se quedó ahí, con la boca abierta, con la leche blanca en la lengua, sin saber si tragar o escupir.
—Trágala —dijo Don Aurelio.
La morena tragó.
—Sabe raro —dijo.
—Ya. Ahora tú —dijo Don Aurelio, mirando a la rubia.
Y la rubia, que no había esperado su turno con paciencia, se metió la verga en la boca de inmediato, y Don Aurelio, que había corrido hacía un minuto pero que a los sesenta y tres años ya no era un muchacho, tuvo que aguantar el cosquilleo mientras la niña le chupaba, y aguantó, y aguantó, y la dejó chupar un rato largo, hasta que sintió que se le volvía a levantar algo, y entonces la agarró de la cabeza y le empujó un poquito y se corrió otra vez, un chorrito, dentro de la boca de la rubia.
La rubia se quedó con la leche en la lengua, y miró a la morena, y la morena le dijo:
—Trágala.
Y la rubia tragó.
Y luego las dos se levantaron, y se miraron, y se rieron, y Don Aurelio se quedó en el suelo, apoyado en el sofá, con la verga encogida y brillante y los muslos llenos de sudor, mirando a las dos niñas desnudas que recogían su ropa del sillón.
Y pensó:
Se van a vestir. Se van a poner la falda, y el suéter, y las calcetas, y van a parecer dos niñas normales de sexto de primaria, dos niñas que salen de la escuela. Y debajo de la falda van a llevar el coño y el culo abiertos y llenos de mi leche, y nadie lo va a saber. Nadie. Solo yo. Y ellas.
Y sonrió

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