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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Sexo con Madur@s

El viejo del metro y las niñas

Un hombre de 63 años tiene un gusto por las niñas que suele explorar en los vagones del metro, pero está vez las cosas serán diferentes .
Capítulo 1 EL VIEJO DEL METRO

Don Aurelio tenía sesenta y tres años, el vientre blando de los hombres que ya no trabajan y una afición que nunca le había confesado a nadie: le gustaban las niñas. No las mujeres de su edad, no las señoras con las que podría haberse vuelto a casar después de enviudar; las niñas. Las de primaria y las de secundaria, esas que salen de la escuela con la mochila a la espalda, la falda tableada y las piernas todavía a medio hacer. Le gustaban sus cuerpecitos estrechos, su piel sin un solo vello de más, su olor a jabón de baño y a cuaderno nuevo. Y sobre todo le gustaba tocar.

Vivía solo en un departamento de dos cuartos en la Ciudad de México, con una estufa que hacía ruido y un sillón que había sido de su esposa. Tenía algo de dinero guardado en su cuenta bancaria y cobraba su pensión el primer día de cada mes y no gastaba en casi nada, porque su único lujo era el metro: la tarjeta recargable, las tardes enteras, los vagones llenos. A la una y media de la tarde, cuando salían los turnos de la mañana, Don Aurelio ya estaba en alguna estación, de pie, tranquilo, mirando la marea de uniformes que bajaba por las escaleras.

Conocía las estaciones de memoria. Sabía cuáles tenían más gente a ciertas horas, en qué andén se llenaba el vagón, en qué punto del tren se apretaba más la multitud. Se colocaba en el borde del andén, contaba los vagones y elegía aquel donde venían más niñas, y cuando el tren frenaba y se abrían las puertas, subía detrás de la más bonita y se quedaba pegado a su espalda.

El método era sencillo y lo tenía afinado como un relojero. El vagón lleno hacía el resto: la gente empujaba, el tren arrancaba con un tirón, todos se apretujaban, y Don Aurelio, con la excusa del movimiento, apoyaba la mano en la cintura de la niña, hasta que la mano se le iba colando por debajo de la falda. Al principio la niña se ponía tiesa, incómoda, mirando a ver quién era ese viejo que le tocaba el culo. Pero el metro seguía, el traqueteo seguía, y a los dos o tres minutos la niña se relajaba y ya no decía nada, y Don Aurelio aprovechaba. Manoseaba despacio, con la palma abierta, midiendo el culito a través de la tela, y cuando la niña empezaba a moverse molesta, a mirar para atrás con esa carita de «ya basta», él soltaba, se hacía el distraído, y en la siguiente estación se bajaba como si nada. Nunca decía nada. Nunca se despedía. Le gustaba el anonimato, le gustaba desaparecer, le gustaba que ellas se quedaran con la duda.

Pero aquel día no iba a ser como los otros.

Aquel día, un jueves de octubre, a la salida de las escuelas, Don Aurelio estaba en el andén de la estación Balderas cuando las vio bajar por la escalera, entre la marea de niños con suéter azul marino. Eran dos. Dos niñas de unos diez años, de sexto de primaria, con la falda de tablas gris, las calcetas blancas caídas y las mochilas rosas rebotándoles en la espalda. Y las dos, a pesar de su edad, eran más altas que todas las demás niñas que salían con ellas, más formadas, más mujerotas en el cuerpo, como si les hubiera tocado la lotería de la pubertad antes de tiempo.

Don Aurelio se quedó mirándolas con el corazón acelerado.

Tenían las caras todavía de niñas, redondas, con las mejillas encendidas del calor y el pelo recogido con ligas de colores. Pero el cuerpo ya era otra cosa. Las dos tenían los pechos completamente planos, tablas, como las de una niña de verdad; sin embargo, en las puntas, los pezones les brotaban ya hinchados, duros, dos botoncitos de carne rosada que se les marcaban a través de la camisa blanca de tela delgada de la escuela. Y por debajo de la cintura, en cambio, les habían salido unos culos que no tenían nada que ver con sus años: culos redondos, altos, grandes, de carne firme y bien repartida, que la falda corta no alcanzaba a tapar del todo, con las nalgas asomando por debajo del dobladillo. Las piernas, largas y torneadas, gruesas en el muslo y estrechas en el tobillo, eran unas piernas de jovencita de dieciséis años que se ha puesto buena, no de niña de diez.

Y la falda. La falda era el detalle que a Don Aurelio se le clavó en la boca del estómago. Les quedaba cortísima, apenas por encima de la mitad del muslo, como si las faldas que les quedaban bien al comienzo del año escolar se hubieran encogido o las niñas hubieran crecido inesperadamente al paso de los meses, y al caminar se les levantaba y se les metía entre las piernas. Las dos se habían puesto de acuerdo, se notaba, en la manera de andar: pasos largos, cadera suelta, como presumiendo. Y cuando una de ellas, la morena de piel canela que parecía tener rasgos afroamericanos y la herencia en el cuerpo que empezaba a dar señales de un desarrollo hacia esa dirección y algunas características europeas por los ojos azules y el rostro delicado, subió el escalón de un salto, la falda se le fue hacia arriba y Don Aurelio vio, bajo el vuelo gris, un trozo de piel un poco más clara y redonda y absolutamente desnuda.

Sin calzón. Las dos iban sin calzón.

Miró disimuladamente los muslos de la otra niña que era rubia natural pero con ligeros rasgos latinos, especialmente por la figura que comenzaba a mostrar su desarrollo recién comenzando y confirmó la sospecha: las faldas se les pegaban al cuerpo con el viento del túnel, y no había línea de tela, ni costura, ni borde. Debajo de aquellas falditas escolares, los culos y los coños de las dos niñas estaban al aire, separados del mundo por una sola capa de tela tableada. Se habían quitado los calzones porque se querían sentir mayores, porque les parecía cosa de bebés, porque a las de secundaria que pronto serían ya no les hacía falta.

Don Aurelio se colocó detrás de ellas sin dudarlo un segundo.

El tren llegó. Las puertas se abrieron con el pitido de siempre y la gente se lanzó a entrar y salir a la vez, y Don Aurelio, pegado a la espalda de la morena, empujó con el montón y entró al vagón con ella, con la mano ya apoyada, por si acaso, en su cadera. La otra niña se apretó a su amiga, y las dos quedaron de espaldas contra el pasillo, rodeadas de gente, con Don Aurelio detrás. Las puertas se cerraron. El tren arrancó con su tirón de caballo viejo y todo el mundo se fue para atrás.

Don Aurelio puso una mano en la cintura de la morena y la otra, con una naturalidad que había ensayado mil veces, en la cintura de la rubia. Las dos llevaban el suéter por fuera y la falda corta, y sus caderas estaban a la altura exacta de sus manos. Esperó. Contó. El tren tomó una curva y la gente se apretujó hacia un lado, y Don Aurelio, aprovechando el vaivén, bajó las dos manos y se las metió por debajo de las faldas.

Y ahí se quedó sin aire.

Porque debajo de la falda de la morena no había nada. Nada más que piel. La mano de Don Aurelio se encontró de pronto con un culo de niña, redondo, tibio, firme, sin una sola prenda que lo cubriera, y el corazón se le disparó. Al mismo tiempo, la otra mano, en la otra niña, tropezó también con carne desnuda: otro culo, otra nalga llena, otra piel suave de niña. Las dos iguales, las dos sin calzón, las dos temblando un poquito bajo la palma del viejo.

Don Aurelio no dijo nada. Empezó a manosear.

Le acarició a la morena las dos nalgas con la palma abierta, primero por encima, dibujando círculos lentos, apretando suave para sentir la firmeza de aquella carne que no tenía nada de infantil. Le subió la mano por la raya del culo, bajó por el pliegue de la nalga, volvió a subir. La niña se puso tiesa, se giró un poco a mirarlo, y al no ver más que a un señor mayor y tranquilo, volvió a mirar al frente. Su amiga le dijo algo al oído. Las dos se rieron por lo bajo, aunque parecían un poco incómodas.

Don Aurelio aprovechó la risa para meter la mano un poco más.

La de la niña de la derecha era una mano más audaz. Bajó por la nalga, se coló por entre los muslos y llegó, por fin, al sitio. Al coño. A la vulva desnuda y caliente de una niña de diez años, lisa, suave, todavía sin un pelo, con los labios gorditos y apretados, escondidos en la raya. Don Aurelio sintió aquel calorcito y creyó que se le iba a salir el corazón por la boca. Movió los dedos despacio, de arriba abajo, rozando apenas la raya, y notó que la niña apretaba las piernas, y luego las abría, y luego las volvía a apretar, sin saber qué hacer.

Con la otra mano le apretó el culo a la morena, entero, con la palma, y se lo amasó como quien amasa pan, porque aquel culo era una delicia y no había por qué disimularlo. La niña soltó un «ay» pequeñito y su amiga se rió.

—¿Qué? —dijo la morena, volviéndose.

—Nada —dijo Don Aurelio, y sonrió, y siguió.

Estuvo así un buen rato. Más de lo que se permitía normalmente. En lugar de bajarse en la siguiente estación, dejó pasar una, y otra, y otra, y siguió con las dos manos metidas debajo de las dos faldas, una mano para cada niña, subiendo y bajando por culos y coños, alternando, apretando, rozando. Le encantaba la diferencia entre las dos: la morena tenía el culo más grande y más duro, la otra lo tenía más redondo pero igualmente duro; la morena tenía el coño más caliente, la otra lo tenía más húmedo ya. Y a las dos les empezaba a gustar. Se les notaba. Ya no se ponían tiesas, ya no se miraban con cara de «quién es este viejo». Al contrario: la de la derecha había empezado a mover la cadera, apenas, disimuladamente, buscando la mano; y la morena se apoyaba ya descaradamente contra el pecho de Don Aurelio, dejándose caer, ofreciéndole el culo.

Entonces Don Aurelio hizo una cosa que no había hecho nunca. Se sacó la verga.

Con las dos manos ocupadas, se las arregló para abrirse la bragueta con los dedos, bajarse la cremallera del pantalón y sacarse la verga, que llevaba largo tiempo dura y ya le dolía de estar apretada. La sacó, la sujetó un momento, y la deslizó por debajo de la falda de la morena, por la raya de su culo, entre las dos nalgas desnudas.

La niña se quedó de piedra. Don Aurelio notó cómo se le tensaba todo el cuerpo. Pero no dijo nada, y él, aprovechando el silencio, empezó a mover la cadera despacio, frotando la verga por la raya del culo de la niña, de arriba abajo, sintiendo la suavidad de aquella piel y el calor de entre las nalgas, con la mano abrió las nalgas de la niña y acomodo su verga bien adentro entre las nalgas rosando el ano de la niña. La morena aguantó, aguantó, y al final se giró otra vez, roja hasta las orejas, y miró a su amiga buscando ayuda.

—Es un viejito —dijo la otra, encogiéndose de hombros—. Déjalo.

Y lo dejaron.

Don Aurelio frotó un rato más, y cuando el tren frenó en la siguiente estación y la gente se movió, sacó la verga de entre las nalgas de la morena y la deslizó, con cuidado, por debajo de la falda de la otra niña, entre las nalgas de la otra. Hizo lo mismo: arriba y abajo y tocando el ano de la niña con la cabeza de su verga, despacio, apretando con la mano libre las dos nalgas para que le hicieran un hueco. La segunda niña se sobresaltó, soltó una risita nerviosa, y luego se quedó quieta, y luego, igual que la otra, empezó a empujar el culo hacia atrás, buscando.

El tren llegó a la estación siguiente y Don Aurelio se bajó… pero esta vez no se bajó solo.

—¿Saben qué? —dijo, ya con la verga guardada y la bragueta cerrada, hablándoles por primera vez en todo el viaje—. Vivo aquí, a dos calles. Tengo unos chocolates en casa. ¿Quieren que les invite?

Las dos niñas se miraron. Se miraron los suéteres, se miraron las faldas, se miraron las calcetas caídas. Eran las dos de la tarde. Sus casas estaban a tres estaciones. Un señor mayor, amable, con chocolates, a dos calles de la estación.

—Sí —dijo la morena.

Y se fueron con él.

Caminaron las dos calles en silencio, una a cada lado del viejo, y Don Aurelio no les tocó nada en el camino, para que nadie en la calle sospechara nada y para que ellas no se asustaran, para que bajaran la guardia. Subieron las escaleras del edificio, un edificio viejo con el pasamanos de hierro y olor a sopa de las otras vecinas, y Don Aurelio abrió la puerta de su departamento y las dejó pasar.

—Pasen, pasen. Siéntense.

Las niñas se sentaron en el sillón, juntas, pegadas la una a la otra, con las mochilas todavía a la espalda, mirando la sala con esa curiosidad desconfiada de los niños en casa ajena. Don Aurelio fue a la cocina, sacó una caja de chocolates que había comprado en el mercado y la puso sobre la mesita.

Sentadas, con las piernas cruzadas, las faldas cortas se les subían hasta lo alto del muslo, y a Don Aurelio se le volvió a poner la boca seca. Aquellos culos, en el sofá, se veían todavía más grandes. Aquellos muslos, cruzados, todavía más largos. Y las puntitas de los pezones, marcándose en las camisas blancas, ahí seguían, hinchadas, provocándolo.

—¿Saben qué? —dijo Don Aurelio—. Les voy a dar un chocolate a cada una, pero para eso tienen que hacer una cosa.

—¿Qué cosa? —dijo la de la derecha, con la boca llena.

—Desnudarse.

Las dos se miraron.

—¿Todas? —preguntó la morena.

—Todas. La ropa se queda ahí, en el sillón. Y yo les doy un chocolate a cada una. —Don Aurelio levantó la caja—. Y les prometo que no pasaba nada.

Las niñas se rieron, se miraron otra vez, y como a los diez años todavía no existe la vergüenza del todo, se pusieron de pie y se empezaron a quitar la ropa. Primero el suéter, por la cabeza, y aparecieron las dos camisetas de tirantes. Luego la falda, con la cremallera lateral, y las faldas cayeron al suelo, y aparecieron por fin, completos, los culos y las piernas que Don Aurelio llevaba media tarde imaginando. Y luego la camiseta de tirantes, por la cabeza, y quedaron con las calcetas blancas y los tenis, y nada más, porque no había calzón que quitarse.

Don Aurelio se quedó mirándolas como quien mira un cuadro.

Eran dos niñas de diez años, planas de pecho, con los pezones hinchados y rosados en las puntas, y con unos culos y unas piernas que parecían de jovencitas de esas que están bien buenas. Sin un solo pelo en el cuerpo, ni en el pubis, ni en las axilas, ni en las piernas. La piel blanquísima de la rubia y la piel canela de la otra. La morena tenía un lunar en la nalga izquierda. La otra tenía el vientre un poquito redondo, de niña. Las dos, al quedarse desnudas, se taparon un segundo con las manos, y luego se destaparon para poder tomar los chocolates, y se sentaron otra vez en el sofá, juntas, con las rodillas apretadas.

—Muy bien —dijo Don Aurelio, con la voz ronca—. Disfruten los chocolates.

Se sentó entre las dos, en el sofá, con las piernas abiertas, y les puso una mano sobre los muslos de cada una. Y mientras las niñas mordían el chocolate, él comenzó a mover manos las manos sobre las piernas de las niñas.

Después subió las mano a los hombros de las niñas de forma suave, y luego bajó. Le acarició la espalda a la morena, la cintura, la curva del culo, y volvió a bajar por el muslo, por la parte de dentro, subiendo otra vez. A la otra le hizo lo mismo, al mismo tiempo, con la otra mano, porque Don Aurelio había nacido con dos manos y aquella tarde por fin les encontró el uso. Las dos niñas se dejaron hacer, comiendo chocolate, con la mirada perdida, sin saber muy bien qué estaba pasando.

Y entonces Don Aurelio bajó la cabeza y le chupó un pezón a la morena.

La niña dio un salto.

—Ay.

El pezón de una niña de diez años es una cosa diminuta, un botoncito de carne rosada, hinchado, todavía sin aureola de mujer, y Don Aurelio se lo chupó entero, lo mordió suavito, lo lamió, y luego pasó a chuparle el otro, y luego se giró y le chupó los dos pezones a la otra, uno y luego el otro, con la boca abierta, con ganas, como si fueran caramelos. Y las manos, entretanto, no paraban: una mano le agarraba el culo a una, entera, con las dos palmas, apretando, amasando, y la otra mano hacía lo mismo con el culo de la otra, y los dedos se colaban entre las nalgas, bajaban, subían, buscaban.

—Ay, ya —dijo de pronto la morena, apartándolo con las manos—. Ya, señor.

Don Aurelio no paró. Siguió chupando, siguió apretando, siguió subiendo los dedos por entre las nalgas hasta la raya, hasta el coño, hasta el calor. Y la niña, al no conseguir que parara, se empezó a asustar. Porque el viejo tenía los ojos puestos en ellas de una manera rara, con una mirada de hambre, una mirada de pervertido, una mirada que decía que no pensaba conformarse con un chocolate.

—Ya, señor, ya —repitieron las dos, apartándole las manos—. ¡Ya!

Y Don Aurelio seguía, y seguía, y de pronto la de la derecha, la más chiquita de las dos, rompió a llorar.

—No, ya… —gimió, con los ojos llenos de agua—. Ya no, por favor.

Y la morena, al ver a su amiga llorando, empezó a llorar también, y las dos se pusieron a llorar ahí sentadas, desnuditas, con el chocolate a medias en la mano y el viejo encima, suplicando que parara, que ya no, que las asustaba.

Don Aurelio se detuvo. Las miró. Y se le ocurrió algo.

—¿Saben qué? —dijo, secándose la boca con el dorso de la mano—. Les voy a hacer una oferta. Si se dejan hacer lo que yo quiera con ustedes, no les doy un chocolate. Les doy todos los chocolates de la caja. Y además, un celular a cada una.

Las niñas pararon de llorar de golpe.

—¿Un celular? —dijo la morena, sorbiéndose la nariz.

—Un celular —repitió Don Aurelio.

Y se levantó, fue al cuarto y volvió con dos cajas de celular nuevas, todavía con el plástico, dos teléfonos pequeños y brillantes que había comprado con la pensión y que tenía pensado regalarle a sus nietas. Se los puso en las manos, uno a cada niña. Las dos dejaron los chocolates y abrieron las cajas con los dedos temblorosos, y sacaron los teléfonos, y los encendieron, y se pusieron a tocarlos, a mirarlos, a compararlos. Los dos nuevos, iguales, con pantalla grande y funda de plástico transparente.

—Esos eran para mis nietas —dijo Don Aurelio—. Pero si ustedes se portan bien, son para ustedes.

Las niñas se miraron.

Se miraron un segundo largo, la una a la otra, con los celulares nuevos en las manos y los culos desnudos en el sofá. Y entonces, como si se hubieran dicho algo sin hablar, dejaron de llorar, se limpiaron las lágrimas con el brazo, y aceptaron.

Aceptaron.

7 Lecturas/29 de octubre de 2026/0 Comentarios/por darkjuan
Etiquetas: amiga, baño, culito, culo, jovencita, mayor, mayores, viaje
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