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Heterosexual

Ella y yo

El inicio de un amor adolescente entre un joven y una señorita. Es mi primer relato, por el momento no contiene tantas escenas sexuales, pero de a pocos las abra.
Era una tarde soleada de primavera en San Miguel, Lima. El malecón estaba lleno de familias paseando, niños corriendo y parejas jóvenes sentadas en las bancas mirando el mar.

Jorge, un chico de 14 años con el cabello negro revuelto por el viento y una sonrisa tímida, caminaba nervioso por el parque. Llevaba en las manos un pequeño ramo de flores silvestres que había recogido con cuidado esa mañana: margaritas blancas, unas cuantas lavandas y una rosa roja que había comprado en el mercado de la esquina. Sabía que a Angela le gustaban los detalles simples, esos que vienen del corazón.

Angela tenía 15 años, ojos grandes y expresivos, cabello castaño que le caía en ondas suaves sobre los hombros y una risa que parecía iluminar todo a su alrededor. Se habían conocido hacía tres meses en el colegio, durante un proyecto de ciencias. Desde entonces, los mensajes por WhatsApp se habían vuelto diarios, las miradas en el recreo más largas y las sonrisas más cómplices.

Jorge la vio sentada en su banca favorita, la que estaba bajo el árbol grande cerca del mirador. Llevaba un vestido blanco con florecitas amarillas, el mismo que le había dicho que le gustaba porque la hacía sentir “como en un anime lindo”. Cuando lo vio acercarse, su rostro se iluminó.

—¡Jorge! —exclamó ella, poniéndose de pie de un salto.

Él se detuvo frente a ella, un poco rojo en las mejillas, y le extendió el ramo con manos ligeramente temblorosas.

—Para ti, Angela. Sé que te gustan las flores silvestres… y esta rosa es porque… bueno, porque eres especial.

Angela tomó el ramo con delicadeza, olió las flores y sus ojos brillaron de emoción. Se mordió el labio inferior, tratando de contener la sonrisa enorme que se le escapaba.

—Es precioso… Gracias, Jorge. Nadie nunca me había regalado algo tan lindo y tan pensado.

Se quedaron un momento en silencio, mirándose. El viento del mar movía suavemente el cabello de ella. Jorge respiró hondo y sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña tarjeta hecha a mano. En ella había dibujado un corazón torcido pero lleno de detalles: estrellitas, corazoncitos pequeños y las iniciales “A + J” rodeadas de nubes.

—También te escribí esto… —dijo, entregándosela —. No soy muy bueno con las palabras, pero quería que supieras lo que siento.

Angela abrió la tarjeta y leyó en voz baja:

“Angela,

desde que te conocí, mis días son más lindos. Me gusta cómo ríes, cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta, y cómo siempre tienes un detalle amable para todos. Quiero ser tu pareja, si tú también quieres.

Con todo mi corazón, Jorge”

Ella levantó la mirada, con los ojos un poco húmedos de emoción. Sin decir nada, se acercó y lo abrazó fuerte. Jorge, sorprendido al principio, la rodeó con sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo y el aroma suave de su shampoo de vainilla.

—Sí quiero —susurró ella contra su hombro—. Quiero ser tu novia, Jorge. Me haces muy feliz.

Se separaron un poco, aún abrazados, y se miraron a los ojos. Jorge, reuniendo todo su valor, se inclinó lentamente. Angela cerró los ojos y sus labios se encontraron en un beso dulce, corto y lleno de ternura. Fue un beso inocente, de esos que saben a primer amor: nervioso, emocionado y perfecto.

Cuando se separaron, ambos sonrieron con esa mezcla de vergüenza y alegría que solo tienen los adolescentes enamorados.

—Ven —dijo Angela, tomando su mano—. Vamos a caminar por el malecón. Quiero presumir a mi novio.

Después de ese primer beso dulce en el malecón de San Miguel, Angela y Jorge siguieron caminando de la mano, como si el mundo se hubiera detenido solo para ellos. El sol ya comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados que se reflejaban en el mar. Angela no soltaba el ramito de flores ni la tarjetita hecha a mano; de vez en cuando las miraba y sonreía, como si todavía no pudiera creer que todo eso era real.
Se sentaron en una banca un poco más apartada, desde donde se veía mejor el horizonte. Jorge pasó un brazo alrededor de los hombros de Angela con timidez. Ella se recostó suavemente contra él, apoyando la cabeza en su pecho.
—Esto se siente tan lindo… —susurró ella—. Como si estuviéramos en una película.
Jorge sonrió y le acarició el cabello con cuidado.
—Para mí también. Nunca pensé que me atrevería a decirte todo eso. Tenía miedo de que te rieras o que dijeras que solo me veías como amigo.
Angela levantó la mirada hacia él, sus ojos grandes brillando con cariño.
—Nunca me habría reído de ti, Jorge. Desde el primer día en el proyecto de ciencias me pareciste especial. Eres atento, gracioso sin querer serlo, y siempre tienes esos detalles que me hacen sentir importante.
Se quedaron un rato en silencio, solo disfrutando del sonido de las olas y de la cercanía del otro. Angela tomó la mano libre de Jorge y la colocó sobre su cintura. Él sintió el calor de su cuerpo a través del vestido fino de florecitas. Su corazón latía rápido.
Poco a poco, Angela se acomodó mejor contra él. El vestido se ajustaba suavemente a su figura de quince años, y Jorge no pudo evitar notar la forma delicada de sus pechos pequeños y redondos que se marcaban con suavidad bajo la tela blanca. No era una mirada lasciva, sino de admiración nerviosa, de ese descubrimiento tierno que ocurre cuando dos adolescentes se acercan por primera vez de manera más íntima.
Angela se dio cuenta de que él la estaba mirando un poquito más de lo normal. En lugar de molestarse, sonrió con timidez y se sonrojó.
—¿Qué miras? —preguntó bajito, aunque ya sabía la respuesta.
Jorge se puso rojo hasta las orejas.—Es que… eres muy linda, Angela. Todo en ti. Tu cara, tu sonrisa… y también… tu cuerpo se ve bonito con ese vestido.
Ella mordió su labio inferior, divertida y un poco nerviosa.
—¿Te gustan mis pechos? —preguntó casi en un susurro, con esa mezcla de inocencia y curiosidad propia de su edad.
Jorge tragó saliva, sin saber muy bien cómo responder. Asintió lentamente.
—Sí… son lindos. Pequeños y… perfectos para ti. Me pongo nervioso solo de mirarlos.
Angela soltó una risita suave y se acercó más, pegando su pecho contra el de él en un abrazo más estrecho. Podía sentir el latido acelerado del corazón de Jorge.
—No te pongas tan nervioso… —le dijo al oído—. A mí también me gusta que me mires. Me hace sentir bonita y deseada. Pero despacito, ¿sí? Todo nuevo para mí también.
Se quedaron así un buen rato, abrazados. Jorge acariciaba suavemente la espalda de Angela con la yema de los dedos, trazando círculos lentos. Ella, más atrevida por la emoción del momento, tomó la mano de él y la guió con mucho cuidado hasta que descansara justo debajo de su pecho izquierdo, sobre la tela del vestido. No fue un toque directo ni intenso, solo un roce suave, cálido y lleno de ternura.
—Siente cómo late mi corazón —susurró ella—. Late por ti, Jorge.
Él sintió la suavidad de su piel a través de la tela fina, la forma redonda y delicada de su pecho joven, y cómo subía y bajaba con cada respiración emocionada. Su propia respiración se volvió más profunda. Era un contacto inocente pero cargado de esa electricidad nueva que solo se siente en los primeros amores.
—Eres hermosa, Angela… —murmuró él, besando su frente, luego su mejilla, y finalmente buscando sus labios otra vez.
El segundo beso fue un poco más largo que el primero. Sus labios se movieron con más confianza, todavía suaves y cuidadosos. Angela dejó escapar un pequeño suspiro contra la boca de Jorge cuando sintió su mano acariciando con mucha delicadeza el costado de su pecho. No pasó de ahí. Ambos sabían que querían ir despacio, disfrutando cada detalle, cada descubrimiento.
Cuando se separaron, Angela tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes.
—Vamos a caminar un poco más —propuso ella, entrelazando sus dedos con los de él—. Quiero que este día no termine nunca.
Caminaron por el malecón mientras el cielo se oscurecía. Angela seguía llevando sus flores en una mano y la tarjeta en la otra. De vez en cuando se detenía para darle un beso rápido en la mejilla a Jorge o para susurrarle al oído lo mucho que le gustaba ser su novia.
Llegaron hasta el final del paseo, donde hay unas escaleras que bajan hacia la playa. Se sentaron en el último escalón, con los pies casi tocando la arena. El mar estaba tranquilo y la brisa era fresca. Angela se recostó nuevamente contra el pecho de Jorge, esta vez dejando que él la rodeara completamente con sus brazos. Ella colocó una mano sobre su propio pecho, justo donde él había tocado antes, y sonrió.
—Hoy ha sido el día más lindo de mi vida —dijo—. Gracias por todos los detalles, por las flores, por la tarjeta… y por mirarme como me miras.
Jorge besó la coronilla de su cabeza.
—Y esto recién empieza, Angela. Quiero tener muchos más días como este contigo. En San Miguel, en el colegio, donde sea. Solo quiero estar a tu lado.
Ella levantó la cara y lo besó una vez más, suave y prolongado, mientras las primeras estrellas comenzaban a aparecer en el cielo limeño. Sus pechos se presionaron suavemente contra el torso de Jorge en ese abrazo, recordándole lo cerca que estaban ahora, lo mucho que confiaban el uno en el otro. Todo era nuevo, tierno y lleno de esa emoción pura del primer amor adolescente. La noche caía sobre San Miguel, pero para Angela y Jorge el día todavía brillaba con la luz de un romance que apenas comenzaba.

 

7 Lecturas/18 abril, 2026/0 Comentarios/por atomdragon
Etiquetas: adolescente, amigo, chico, colegio, joven, novia, parque, playa
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