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Heterosexual, Incestos en Familia, Infidelidad

Embarazada de mi esposa y mi cuñado

Mujer resulta embarazada de dos hombres al mismo tiempo. .
Me llamo Maía, tengo 35 años de edad y casi 11 de matrimonio con mi esposo Carlos, con el cual vivimos a pleno nuestra sexualidad.

 

Sin embargo, hay un detalle que siempre ha sido un reto: mi esposo tiene un miembro pequeño, por lo que constantemente tengo que recurrir a otros métodos y a mucha estimulación para poder llegar al orgasmo.

 

Un fin de semana, mi cuñado Fernando, quien es mayor que mi esposo por tres años, se quedó a dormir en nuestra casa. Como no traía ropa adecuada para pasar la noche, terminó durmiéndose en ropa interior.

 

Pasadas las altas horas de la madrugada, me levanté de la cama para ir al baño.

Como asumí que todos estaban profundamente dormidos, salí de la habitación sin preocupaciones, vistiendo únicamente una tanga y con las tetas al aire libre.

 

Al pasar por el pasillo, pasé frente a la habitación donde se estaba quedando mi cuñado y por casualidad o destino, la puerta estaba entreabierta.

 

Al mirar de reojo, lo vi: Fernando estaba despierto, masturbándose con una mano mientras con la otra sostenía su celular viendo páginas pornográficas.

 

Me quedé congelada en el umbral. El tamaño de su miembro era casi el doble que el de mi esposo, mucho más grueso y sumamente venoso.

 

Me le quedé viendo unos segundos, completamente hipnotizada por la escena.

Al notar mi presencia, él se sobresaltó e intentó tapar con su mano ese descomunal miembro que poseía.

 

—No tengas pena, estamos en confianza —le dije con voz suave, rompiendo la tensión.

 

 

Entré a la habitación decidida y dispuesta.

Me acerqué a la cama, tomé su miembro con mi mano y comencé a masturbarlo.

Después de unas tres o cuatro machucadas de verga, Fernando me detuvo suavemente por la muñeca, mirándome con ojos llenos de deseo pero también de duda.

 

—Esto que haces no es correcto, Maía… somos familia —me dijo con la voz entrecortada.

 

—La familia no hace esto —le respondi con una sonrisa cómplice.

 

Sin darle tiempo a reaccionar, comencé a pasar mi lengua por la punta de su colosal aparato reproductor. Fernando soltó un gemido profundo ante el roce de mi lengua contra su piel. Disfrutando de su reacción, bajé un poco más para succionar primero un testículo y después el otro, saboreando su hombría.

 

Dejé de lamer su enorme trozo de carne por un momento y me puse de pie. Lentamente, me deslicé la tanga hacia abajo, dejándole ver mis bellos púbicos en forma de corazón sobre mi pelvis.

 

—Ya métela, que va a despertar tu hermano —le susurré mientras separaba las piernas, apoyándome contra la pared.

 

Fernando no lo pensó más. Tomó su miembro enorme y, manteniéndonos de pie, lo fue introduciendo en mi interior.

 

Pude sentir perfectamente cómo se abría paso dentro de mi cuerpo, estirando mis paredes, hasta que sentí el impacto firme de su abdomen chocando contra mi vientre.

 

 

Comencé a gemir de placer a más no poder. Cada centímetro de su vergota llenaba mi vagina por completo; jadeaba como perra ante la intensidad de la penetración. Mmmmm, aaaaa, oooooo… literal, sentía que me llegaba hasta el útero.

 

Él empezó a moverse con un ritmo firme, lo que aumentó el placer de inmediato. Comencé a calentarme demasiado y mi vagina se lubricó más y más, facilitando cada embestida que me acercaba rápidamente al abismo del orgasmo.

 

—Más recio, papacito,más —le exigí, completamente fuera de mí.

 

Fernando aumentó la velocidad. En el silencio de la madrugada, se escuchaba claramente el eco de nuestros sexos chocando con fuerza.

 

De pronto, sentí una oleada de calor indescriptible, como si fuera a orinar, justo cuando él metió su vergota hasta el fondo de mi interior. Ya no la sacó; se quedó ahí incrustado, moviendo su cadera hacia los costados de forma frenética mientras yo me entregaba por completo al clímax.

 

—¡Me corro, me corroooooo!

 

Un gran chorro de líquido salió del interior de mi cuerpo en un orgasmo devastador. Los músculos de mis piernas temblaban sin control.

 

A los pocos segundos, sentí cómo el vergudo de mi cuñado se estremecía, llenándome por completo de su lechita de hombre.

 

Cuando finalmente salió de mi interior, sentí mi vagina totalmente abierta y palpitante; con semejante tamaño, era lógico.

 

Le limpié un poco la zona con agua, me acomodé la ropa y regresé sigilosamente a la habitación donde estaba mi amado esposo.

 

Me metí a la cama y Carlos, entre sueños, me abrazó cálidamente. Sonreí en la oscuridad; él me abrazaba con ternura, sin tener la menor idea de que su hermano me acababa de dar la cogida de mi vida.

 

Horas después, ya al amanecer, mi esposo se despertó cariñoso y me pidió un rapidín. Obviamente le cumplí como la buena esposa que soy.

 

Cabe decir que lo disfruté de sobremanera, ya que durante todo el acto cerré los ojos e imaginé que era la tremenda vergota de su hermano la que entraba una y otra vez en mi interior.

 

 

La luz de la mañana entró por la ventana de la cocina, trayendo consigo la realidad del día después. Mientras preparaba el café, escuché los pasos de Carlos acercándose por el pasillo. Me abrazó por la espalda, deponiendo un beso tierno en mi cuello.

 

—Buenos días, mi amor. Qué bien dormiste anoche, estabas radiante —me dijo con una sonrisa inocente, sin saber que el cuerpo que abrazaba todavía guardaba los espasmos del placer de su hermano.

 

—Buenos días, mi vida. Sí, descansé como nunca —,mentí, manteniendo la voz firme mientras servía las tazas.

 

En ese momento, Fernando entró a la cocina, ya vestido con sus jeans y una playera limpia. Al cruzar la mirada conmigo, una chispa de nerviosismo y complicidad brilló en sus ojos. Su rostro se tensó por un segundo, recordando la forma en que su colosal miembro había reclamado mi interior apenas unas horas antes.

 

—Buenos días, Fer. ¿Cómo dormiste? —preguntó Carlos, completamente ajeno a la electricidad que flotaba en el aire.

 

—Bien, hermano… la cama estuvo muy cómoda —respondió Fernando con la voz un poco ronca, sentándose a la mesa.

 

Evitaba mirarme directamente, pero yo me encargué de que sintiera mi presencia.

 

Al servirle el café, pasé deliberadamente mi mano por su hombro, sintiendo cómo se tensaba al instante. Me incliné un poco, dejando que el escote de mi bata revelara parte de mis pechos, los mismos que él había tenido entre sus manos. Fernando tragó saliva con dificultad y un leve rubor subió por su cuello. Sabía perfectamente que, a pesar de su culpa inicial, se moría de ganas por volver a repetirlo.

 

 

 

Más tarde, Carlos se metió a bañar antes de salir a trabajar. Fernando estaba recogiendo sus cosas en la sala para marcharse. Aproveché el ruido del agua de la ducha y me acerqué a él por la espalda, acorralándolo contra la pared del pasillo.

 

—¿Te vas tan rápido, cuñadito? —le susurré al oído, pegando mi cuerpo al suyo.

 

Pude sentir cómo, casi por instinto, su enorme miembro comenzaba a reaccionar y a endurecerse dentro de su pantalón al recordar la estrechez de mi vagina.

 

—Maía, por favor… lo de anoche fue una locura. Carlos es mi hermano, no podemos —dijo con la respiración entrecortada, pero sin apartarme. Sus manos, con voluntad propia, bajaron a mi cintura y me pegaron más a su pelvis.

 

—Una locura que te encantó, Fernando. Mira cómo te pones solo de tenerme cerca —le respondí, bajando una de mis manos para acariciar el tremendo bulto que ya se marcaba en su pantalón—. Mi esposo se va a trabajar en diez minutos… y yo me quedo sola toda la tarde.

 

Fernando me miró con una mezcla de lujuria salvaje y culpa. Me robó un beso rápido, hambriento, metiendo su lengua con fuerza en mi boca antes de separarse abruptamente al escuchar que el agua de la ducha se cerraba.

 

—Te llamo en cuanto Carlos llegue a la oficina —me susurró con la voz cargada de deseo, dejando claro que el secreto de su colosal aparato reproductor y mi cuerpo apenas estaba comenzando.

 

Capítulo 6: El veredicto de la clínica

 

Tres semanas después de aquella tarde en que Carlos se fue a la oficina y Fernando regresó a la casa para terminar lo que empezamos, mi cuerpo comenzó a dar las primeras señales.

 

Un retraso evidente, náuseas matutinas y una sensibilidad extrema en los pechos me llevaron directo al baño con una prueba de farmacia. El resultado fue inmediato: dos líneas rosadas muy marcadas.

 

Carlos lloró de la emoción cuando le di la noticia. Llevábamos años buscando un hijo, y para él, esto era el milagro que consolidaba nuestro matrimonio. Fernando, por su parte, se enteró durante una cena familiar; se puso pálido, me miró fijamente y apenas pudo articular una felicitación.

 

El remordimiento y el deseo seguían carcomiéndolo, pero ahora había una complicidad mucho más profunda y peligrosa entre los dos.

Sin embargo, el verdadero shock llegó en la primera ecografía de control, en la semana ocho.

 

El ginecólogo movía el transductor de ultrasonido sobre mi vientre, frunciendo el ceño mientras miraba la pantalla. Carlos le sostenía la mano con fuerza, emocionado.

 

—A ver, esperen un momento… —dijo el doctor, ajustando el contraste de la pantalla—. Esto es sumamente inusual. Aquí hay un saco gestacional con un embrión de aproximadamente ocho semanas… pero miren acá, un poco más arriba. Hay un segundo saco gestacional con un embrión más pequeño, de apenas unas cinco semanas de desarrollo.

 

—¿Gemelos? —preguntó Carlos, con los ojos abiertos de par en par.

—No exactamente, Carlos —respondió el médico, mirándonos con seriedad—. En la medicina esto se conoce como superfetación. Es un fenómeno extremadamente raro en humanos. Ocurre cuando la mujer sigue ovulando a pesar de estar ya embarazada, y ese segundo óvulo es fertilizado en una relación sexual posterior. Tienen fechas de concepción distintas, con una diferencia de casi tres semanas.

 

El mundo se me vino abajo en un segundo, aunque por fuera mantuve la compostura. Tres semanas de diferencia. El primer embrión correspondía exactamente a las fechas en las que Carlos y yo habíamos estado intentándolo con insistencia.

 

El segundo embrión coincidía, con una precisión matemática aterradora, con la tarde en que Fernando me acorraló contra la pared y vació toda su lechita de hombre dentro de mi vagina.

Estaba embarazada de mi esposo y de mi cuñado al mismo tiempo.

 

 

Salimos del consultorio en un silencio sepulcral por mi parte, y en un estado de euforia absoluta por el lado de Carlos, quien no paraba de hablar de lo increíble de la ciencia y de que seríamos el centro de atención de la familia.

 

Esa misma noche, aprovechando que Carlos salió a comprar la cena para celebrar, llamé a Fernando con las manos temblorosas.

 

—¿Qué pasa, Maía? ¿Todo bien con el bebé? —preguntó al contestar, con la voz cargada de la ansiedad que arrastraba desde que supo del embarazo.

 

—Fernando, tienes que venir ahora mismo. No es un bebé… son dos —solté de golpe, conteniendo el llanto.

 

—¿Dos? Bueno, es una bendición, ¿no? Aunque me vuelva loco saber que es de mi hermano…

 

—No, Fernando, no entiendes —lo interrumpí, bajando la voz al mínimo—. El doctor me diagnosticó superfetación. El primer embrión tiene ocho semanas, es de Carlos. El segundo tiene cinco semanas… justo el tiempo que pasó desde que te quedaste solo conmigo en la casa.

 

Hubo un silencio de muerte al otro lado de la línea. Pude escuchar su respiración acelerada.

 

—¿Me estás diciendo que… uno de los hijos es mío? —preguntó, con la voz quebrada entre el pánico y un extraño orgullo biológico.

 

—Es tuyo, Fernando. Llevo en mi vientre un hijo de la pequeña herramienta de tu hermano, y otro del colosal aparato con el que me hiciste gemir como perra esa madrugada.

 

La situación se había salido por completo de control. El juego erótico, el secreto de pasillo y las fantasías en la cama ahora tenían forma humana. Conforme los meses avanzaran, los bebés crecerían en mi interior: uno con la genética de Carlos y el otro, muy probablemente, heredando la imponente fisionomía y los rasgos de su verdadero padre, el hermano mayor.

 

El secreto de familia ya no solo estaba en nuestras mentes; ahora crecía latido a latido dentro de mi propio cuerpo, convirtiendo cada reunión familiar en una ruleta rusa donde el menor descuido arruinaría la vida de los tres.

13 Lecturas/31 agosto, 2026/0 Comentarios/por Acabrerg
Etiquetas: baño, cuñado, hermano, hijo, mayor, orgasmo, padre, vagina
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