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Heterosexual, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

Emma, un amor prohibido 3

Emma pasa una tarde en lo de su tío. Entre juegos y mimos, la nena arranca a contarle sus fantasías —lo que vio de sus padres— y a mostrar un interés nuevo, cada vez más grande, por meterse en el mundo del sexo de los grandes..
Hola, ¿cómo están? Perdón por la demora en escribir. Espero ponerme al dia con mis diferentes historias, y en breve empezar otras nuevas.
Les dejo la continuación de esta historia de amor prohibido. Que la disfruten!!

 

**Capítulo 3**

 

Emma estaba como Dios la trajo al mundo; su cuerpo tenía los restos de los recurrentes pecados con su tío favorito —su nuevo novio—: marcas de saliva y semen sobre su piel blanca y sus todavía infantiles formas. Estaba comiendo un sándwich mientras mirábamos unos dibujos animados. Yo no podía dejar de mirarla; era una belleza que no se puede describir con palabras. Su hermoso cabello rubio, su piel dorada, su rostro tan sensual. Cada tanto me miraba y se reía.

 

—Tío… ¿qué me mirás tanto, eh? Jajaja. ¿Acaso te gusto?

 

—Muchísimo, no puedo dejar de mirarte, reina. Es un sueño que mi sobrinita preferida sea mi novia… y tome mi leche… —Me levanté y me puse a su altura, dándole un beso al que ella respondió con maestría. Había logrado besar como si tuviera 20 años de experiencia, a pesar de su corta edad y de nuestros pocos encuentros en las últimas 12 horas—. Sos mi hermosa novia, una reina, sos increíble y besás hermoso.

 

—Ay, tío… gracias… ¿te gustan mis besos? A mí los tuyos me encantan, me hacés sentir muy feliz cuando me besás, me dan como unas cosquillas ricas…

 

—Vos me das cosquillitas ricas en todos lados cuando te veo, y me sonreís con esos ojitos verdes, mi reina hermosa… y amo tus besos, das los besos más deliciosos del mundo. Estoy muy enamorado de vos —le dije tomándola de la barbilla y mirándola a los ojos, y ella sola se acercó a besarme.

 

—Me gustaría contarle a todos que sos mi novio, que me querés más que a la tía… y poder estar con vos todo el tiempo —me decía mientras me daba besos; parecía mucho más grande en sus pensamientos. El miedo y las dudas parecían borrarse con cada segundo: esa hermosa niña se entregaba al placer y al amor prohibido. Me hacía sentir deseado, y a la vez disfrutaba de este encuentro, de estos contactos.

 

—Sí, amor, yo también quiero lo mismo, pero es muy importante que guardes el secreto, si no, podrían pasar cosas malas, y no dejarían que nos veamos nunca más —le recordé mientras acariciaba su hermoso rostro y le daba pequeños besos en su piel.

 

—Ayyy, tío… ¡ya sé, no soy tonta! —me dijo con un gesto exagerado, tan propio de ella y tan gracioso—. Sé que soy una nena y si se enteran vas a ir preso, pero no voy a decir nada. En la escuela me enseñaron, pero a mí no me importa, yo voy a guardar el secreto para estar con vos —lo marcó con una seguridad que me dejó pasmado, intentando no reír.

 

—Jajajaja —largué una carcajada fuerte.

 

—¡Ehhh! ¿De qué te reís, tío? —dijo ofuscada.

 

—Nada, amor, perdón, pero te pusiste seria y lo dijiste de una forma tan tierna, que me matás de amor. Así que sabés que el tío va preso por pervertido si nos descubren…

 

—¿Qué es pervertido? —preguntó con inocencia.

 

—Es alguien que hace cosas así de adultos con nenas, y es algo que está muy mal, pero la verdad es que yo soy muy feliz de poder hacerlo con vos.

 

—¿Pero por qué está mal si los dos queremos y nos gusta? —preguntó inocente.

 

—No sé qué te explicaron en la escuela. Pero es algo que está mal, y van a hacer que no nos veamos otra vez si se enteran; además la tía y tu mamá se van a poner tristes. Así que pase lo que pase tenemos que tener cuidado. Porque van a pensar que busco lastimarte, y no van a entender.

 

—Siii, tío, prometo tener mucho cuidado. No quiero que me separen de vos nunca —me abrazó fuerte, y sentí esa piel suave y ese cuerpo tonificado por la juventud y la gimnasia. Su olor a sexo todavía impregnado en la piel.

 

—Sí, mi vida, nada nos va a separar, guardaremos el secreto pero vamos a estar siempre juntos. —La tomé de la barbilla y la besé otra vez; mis manos acariciaron su cuerpo sintiendo las miguitas del sándwich que había comido hacía unos instantes—. Mmm, estás toda llena de migas, vos, hay que limpiar antes que vengan las hormiguitas… —Empecé a bajar con mi boca por su cuello hasta su pechito, juntando miguitas con mi lengua hasta llegar a los pezones y tomar uno con la boca.

 

—Jajaja, tío —dijo, retorciéndose—. Me hacés cosquillas.

 

—Muchas cosquillas te voy a hacer, pero te voy a dejar limpita, te voy a bañar como una gatita.

 

—Jajaja, tío, ahhhh —empecé a succionar su pezoncito como si fuera un bebé hambriento, haciéndolo entrar todo entre mis labios.

 

—Ahh, tío, jaja, no tengo tetas todavíaaaa, jaja —se reía por la sensación, pero a la vez su cuerpo empezaba a ponerse caliente y a retorcerse—. ¡Jajaja, me hacés cosquillas!

 

Se reía todavía con la boca llena de risa, tirada contra mi pecho, y yo aprovechaba para hundirle la nariz en el pelo y en el hueco del cuello, ahí donde el olor estaba más fuerte. Y estaba fuerte de verdad: mi nena no olía a limpio, no olía a shampoo, olía a todo lo que habíamos hecho. Olía a transpiración de nena, ese sudor tibio y dulzón que le salía del cuerpo con el calor, y por debajo, pegado a la piel, ese olor a sexo espeso que ya era la suma de todo el día. Ese olor me volvía loco; lo aspiraba bien hondo, con la nariz metida en su cuello, y sentía que se me aflojaban las piernas. Y encima estaba el otro olor, el de mi leche secándose, que le había quedado en la cara, en el pelo, en el pechito: costras blanquecinas, el flequillo apelmazado de un lado, una hebra pegoteada cerca de la oreja, dos manchitas en la mejilla. Verla así, marcada, usada, con mi obra encima y todavía mirando los dibujitos como si nada, me daba una cosa en el estómago que no sabía si era ternura o hambre. Me quedé un rato largo ahí, quieto, respirándola. Solo la nariz y la boca apoyadas en su cuello, sintiendo cómo se le movía la garganta cada vez que tragaba el sándwich.

 

Y después la piel. La tenía caliente, caliente de adentro, un calor que le salía por las axilas, por la nuca, por el hueco de las rodillas, y que se me pegaba a la mano cada vez que la rozaba. Le apoyé la palma en el muslo, arriba, cerca de la cadera, y sentí ese calor concentrado ahí, en la entrepierna, como si abajo tuviera una estufa. Emma no dijo nada. Masticó, miró la tele, y se dejó. Le bajé la mano por el muslo, despacio, por la parte de afuera primero, sintiéndole la piel y los pelitos finos que se le erizaban al paso de los dedos, y cuando llegué a la rodilla volví para arriba, ahora por dentro, por esa parte blanda y tibia que las nenas tienen entre las piernas.

 

Las piernas las tenía juntas, y se le fueron abriendo solas, sin que ella se diera cuenta, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza. Cuando el dorso de mi mano llegó al pliegue, la encontré tibia, húmeda y pegoteada de todo lo que había pasado ese día, con ese brillo de cosa usada que me la hacía ver todavía más rica. Le acaricié los labios con dos dedos, abriéndola un poquito, y la sentí chiquita, hinchada y resbalosa. No entré. Me quedé con la mano ahí, quieta, tapándole la conejita entera, como si la estuviera cuidando. Adentro estaba lo otro, lo que todavía no habíamos tocado: era virgen, mi nena, y por eso la tenía cerradita, prolija, con ese labio tirante que le tapaba todo, como si por ahí no hubiera pasado nadie nunca. Ella seguía con los ojos en la pantalla, pero ya no masticaba.

 

Después moví el dedo del medio, apenas, un círculo chiquito, y el cuerpito entero se le estiró como el de una gatita. Ahí estaba el botoncito, duro, escondido en su capuchita, y se me hizo difícil no jugar con él. Lo busqué con la yema, lo apreté sin fuerza, y Emma soltó el primer gemido: corto, agudo, salido de la nada, y se le cortó la risa por la mitad.

 

—Mmm… tío…

 

—¿Qué, mi amor?

 

—Nada… —Y volvió a la pantalla, como si el gemido lo hubiera soltado otra. Pero tenía las orejas rojas.

 

Seguí. Círculos lentos, siempre en el mismo lugar, sin bajar, sin apurar. Cada tanto un toquecito más firme, y cada vez un gemidito nuevo: «ay…», «ahí no… sí…», «tío…». Ninguno era igual al anterior. Se le movía la pancita, se le abrían y cerraban los muslos, y en algún momento dejó el sándwich en el plato porque ya no podía ni comer. Cada vez que se retorcía me llegaba de nuevo ese olor suyo, el de transpiración y sexo, y ahí abajo, en mi mano, todo era calor y humedad. Yo seguía con el dedito, sin bajar, sin apurar, porque me gustaba demasiado tenerla así: colgada, en el aire, sin darme todavía el gusto de que se corriera.

 

Bajé el ritmo del dedo, pero no lo saqué. Ella protestó enseguida, sin abrir los ojos.

 

—No pares…

 

—No paro. Te voy a hacer una cosa nueva.

 

—¿Qué cosa? —Ahí sí levantó la cabeza y me miró.

 

—Te voy a poner el dedo en la conejita —le dije—. Y después, en tu agujerito cochino.

 

Emma se quedó un segundo procesando, y después puso la cara que pone cuando algo le da asco y curiosidad al mismo tiempo: la nariz arrugada, la boca torcida, un ojo entrecerrado.

 

—¿En el…? ¡Uy, qué asco, tío!

 

—¿Por qué asco?

 

—¡Porque por ahí sale la caca! —dijo, escandalizada, como si yo le hubiera propuesto meterme en el inodoro.

 

—Y sí. Por ahí también.

 

—¡Qué aaaasco! —Y se rió sola, tapándose la cara con las dos manos—. ¿Y a vos no te da asco?

 

—No. A mí me gusta.

 

—Uy, tío cochino.

 

—Cochino y todo. Y vos tenés el cochino. —Le apreté el botoncito una vez más, para que no se le fuera la calentura—. Y además te lo voy a chupar.

 

—¡¿También me lo vas a chupar?! —Se levantó media pulgada del almohadón, incrédula—. ¿Y a la mañana te tomaste mi pis?

 

—Y sí.

 

—¡Qué asco!… Pero después te gustó, ¿no?

 

—Me encantó.

 

—Uy. —Se quedó pensando, con la carita arrugada, entre el asco y las ganas—. Bueno, dale. Pero si me hago caca, no me digas nada.

 

—No te vas a hacer nada.

 

Le di un beso largo en la boca y la empecé a dar vuelta. Se dejó hacer, blandita, hasta que quedó boca abajo sobre mis piernas, la panza en mis muslos, la cara en el almohadón y las piernitas abiertas de los dos lados. El pelo rubio le tapaba media cara, la mejilla le quedó aplastada contra la tela con una costra de semen pegada en la sien, y la colita levantada, redondita, ahí a la vista.

 

Al acomodarse me pasó la pancita por encima del pito, y lo sintió duro.

 

—Uy, tío, me pinchás.

 

—Ya sé, perdón.

 

—No me molesta. —Y se rió sola, con la mejilla aplastada contra el almohadón—. ¿Está así por mí?

 

—Por vos. Todo por vos.

 

—Mentiroso. —Y después—: Tío, me estoy perdiendo los dibujitos.

 

—Después te cuento qué pasó.

 

Me chupé el dedo del medio hasta dejarlo empapado y se lo puse delante de la cara, para que lo viera brillar.

 

—Mirá. Todo baboso. Con esto no te va a doler.

 

Y ahí bajé.

 

Le apoyé la yema en la entrada de la conejita. Era tan chiquita que casi no había dónde, y estaba tan resbalosa que el dedo se apoyó solo. Emma se quedó quieta, expectante, con la cara de costado en el almohadón y un ojo abierto, mirándome de reojo.

 

Hice una presión suave, sin empujar, y el dedo entró hasta la mitad, casi sin aviso.

 

—Uhhh… —Se le cortó la respiración. Y después, más bajo—: Tío…

 

—¿Te duele?

 

—No… —Y se quedó pensando cómo decirlo—. Es raro. Lo siento adentro.

 

—Es mi dedo, nada más. ¿Ves que era blandito?

 

—Sí… —Y movió la colita, probando, y el dedo se acomodó solo adentro de ella.

 

Adentro la sentía caliente y apretada, latiéndome alrededor, y con la punta, apenas al fondo, toqué la tapita. Esa que todavía no había tocado nadie. Emma levantó la cabeza.

 

—¿Qué es eso?

 

—Acá adentro tenés una tapita. —Y se la apreté con la yema, suavísimo—. Esto es lo que se rompe la primera vez que entra el pito.

 

—¿Y me va a doler?

 

—Un poquito, una sola vez. Y después nunca más.

 

—Uy. —Y se quedó pensando con la boca abierta—. ¿Y vos me la vas a romper?

 

—Cuando vos quieras, mi amor.

 

Se quedó con eso. Se le notaba en la cara que estaba acomodando la información, como cuando en la escuela le explican algo nuevo y lo repite para adentro, para no olvidárselo. Y a mí me temblaba un poco la mano, porque ahí adentro de esa nena, en la punta de ese dedo, estaba entrando por primera vez, y me caía la ficha de que no era un juego: le estaba abriendo el cuerpo a alguien que tenía toda la vida por delante.

 

Giró la cabeza para mirarme y me encontró mirándola.

 

—¿Estás bien? —le pregunté.

 

—Sí. —Y me sonrió, con la mejilla aplastada contra el almohadón, cómplice—. Tío cochino.

 

—Tu tío cochino —le contesté—. Y vos, mi nena linda.

 

—Jajaja. —Y se rió con las dos manos en la cara.

 

Le saqué el dedo despacio y me incliné para hundirle la cara entre las nalgas. Le olí la cola entera, con la nariz pegada al pliegue, y Emma se rió y se retorció.

 

—¡Tío, qué hacés!

 

—Te estoy oliendo.

 

—¿Ahí? —Y se rió más fuerte—. ¡Qué asco!

 

—Mmm. Rico.

 

Le pasé la lengua por el borde del culito, apenas, y ella se estiró como una gatita.

 

—Uy… —Y después—: ¿Y ahora?

 

—Ahora te huelo el dedo.

 

Me llevé el dedo del medio, el que había estado adentro de su conejita, y me lo pasé por debajo de la nariz. Lo olí bien, largo. Después me lo lamí, entero, de la base a la punta.

 

—Mmm… —dije, como para mí.

 

—¿Qué? —Levantó la cabeza.

 

—Nada. Un olor.

 

—¿Qué olor?

 

—Acá hay un olor. —Y le puse el dedo cerca de la cara, pero sin dejárselo.

 

Ella acercó la nariz y yo lo aparté. Se rió.

 

—¡Tío!

 

—¿Qué?

 

—Dame.

 

—Está acá. —Y se lo puse de un costado, y cuando se estiró se lo saqué del otro.

 

Emma se rió con las dos manos contra el almohadón, se incorporó un poco, me agarró la muñeca con las dos manos y se llevó el dedo a la nariz ella sola. Y ahí se quedó quieta, olfateando.

 

—Ah… —Y volvió a oler, más despacio—. Sabe a… ¿a mí?

 

—A vos. A tu conejita.

 

—Es rico… —Y se sorprendió de verdad—. ¿Y por qué es rico si es de ahí?

 

—Porque es tuyo.

 

—Ah. —Y se quedó pensando, con el dedo todavía pegado a la nariz—. ¿Te acordás cuando me hiciste oler la mano?

 

—Me acuerdo.

 

—Y me dio asco.

 

—Y ahora lo estás oliendo vos sola.

 

—Porque ahora no me da tanto asco. —Y se rió—. Un poco sí.

 

Después se miró el dedo, como si recién cayera, y preguntó lo que yo estaba esperando.

 

—¿Y cómo sabe?

 

—¿Querés saber?

 

—Sí.

 

—Abrí la boca. —Y le puse la yema delante, sin tocarle los labios. Ella sacó la lengua y yo la aparté un poquito. Se rió. Volvió a sacarla, y esta vez la alcanzó.

 

Probó. Hizo una cara rarísima, entre el asco y la curiosidad, y después lamió de nuevo, con más ganas.

 

—Sabe raro.

 

—Sabe a vos.

 

—¿Y a vos te gusta?

 

—Me encanta.

 

—Tío cochino. —Y me agarró la mano y se chupó el dedo entero, como si fuera un caramelo—. Ya está, se lo saqué todo.

 

—¿Y?

 

—Y está rico. Pero no se lo digas a nadie.

 

—A nadie.

 

—Bueno, gracias, ya me lo dejaste todo mojado —le dije.

 

—De nada, tío. —Y se rió sola, con la carita aplastada en el almohadón.

 

Y mientras se reía, aproveché. Con el dedo todavía húmedo de su boca le busqué el culito y le puse la punta en el borde. El esfínter se le cerró enseguida, apretándome la yema, como una puertita.

 

—¿Te acordás de lo que dijiste? —le dije al oído.

 

—Que si me hago caca no te diga nada.

 

—Eso.

 

—Uy, tío, pará…

 

—No pasa nada. Quedate quietita.

 

Esperé. No forcé nada. Le hablaba bajo, contra la nuca, y con la otra mano, la que me quedaba libre, le busqué el botoncito y se lo empecé a mover de costado, despacio, para que no se le fuera la calentura por la cabeza. Y ella se fue aflojando sola, como si el cuerpo se le rindiera antes que la voluntad. Cuando lo sentí ceder, empujé apenas, casi nada, y el dedo se metió hasta la primera falange.

 

Emma se estiró entera, como una gatita, y soltó un gemido largo que no tenía nada que ver con los de antes.

 

—Aaaah… ¡tío, qué es eso!

 

—La punta del dedo. Nada más.

 

—Es raro… es raro, tío… —Y sí, era raro: yo la sentía apretarme desde todos lados, caliente, con esa textura arrugada que se acomodaba alrededor del dedo—. Siento como si tuviera algo adentro.

 

—Tenés algo adentro. Tenés el dedo del tío.

 

—Sí… —Y después, sin que se lo pidiera—: Movelo.

 

Entonces empecé a moverlo. Entraba y salía despacito, un centímetro, dos, sin sacarlo nunca del todo, sintiendo cómo el anillo se abría para dejarme pasar y se cerraba atrás mío cuando volvía. Y con el pulgar no la soltaba: cada vez que el dedo entraba, el pulgar le apretaba el botoncito, así que ella no dejaba de estar estimulada ni un segundo. Emma empezó a mover la colita sola contra mi mano, buscando, y los gemidos le cambiaron de registro: más graves, más largos, más sorprendidos, con una cosa nueva abajo de la voz, como si le salieran de otro lado.

 

—Tío… tío, pará… ay, no pares…

 

—¿Qué querés, mi amor?

 

—No sé… seguí, seguí, seguí…

 

Le mordí la nuca, le di besos en la espalda y en el hombro, y en un momento ella giró la cabeza buscándome la boca y me besó torcida, con la mejilla aplastada en el almohadón, un beso húmedo y apurado, y después volvió a hundir la cara y a gemir. Le bajé la mano libre por la espalda, se la puse en la nuca, y seguí con el dedo adentro, cada vez un poquito más, hasta que el dedo se le enterró entero, hasta el fondo, y me quedó la palma pegada a la colita.

 

—Uy, uy, uy… —Y se le cortó la voz.

 

—¿Está bien?

 

—Sí… sí… no lo saques.

 

Ahí ya no había nena distraída ni dibujitos: estaba entera metida adentro de su propio cuerpo. Con una mano le dedeaba el culito, entrando y saliendo, y con la otra le masajeaba el botoncito, y los dos movimientos se me fueron acoplando, uno cuando entraba el dedo y otro cuando salía, y ella empezó a gemir sin palabras, cosas sueltas, «ahí», «así», «más», «tío», y a mover la cola contra mi mano como si me estuviera cabalgando la mano.

 

—No pares, no pares, no pares…

 

—No paro.

 

—Tío… tío, se me va, se me va…

 

Y se le fue. Le subió de golpe, de adentro hacia afuera, y explotó con todo el cuerpo: la colita contrayéndose fuerte alrededor del dedo, los muslos temblando, la espalda arqueada, la mano mía apretada entre sus piernitas y un gemido largo, ronco, que no le había escuchado nunca en la vida. Se le puso la cara roja, las orejas rojas, el pecho rojo, y quedó agitada, transpirada, respirando como si hubiera corrido diez cuadras.

 

—Así, mi putita… —le dije, sin pensarlo, con la boca pegada a su oreja—. Así, mi putita hermosa.

 

Y ella, en el medio de todo, atinó a decir una sola cosa:

 

—Tío… los dibujitos…

 

Me reí. Le saqué el dedo despacito y me lo llevé a la nariz. Este sí era otro olor, más fuerte, más animal, y lo aspiré entero.

 

—¡Uy, ese! —dijo, levantando la cabeza—. Ese sí que es asco.

 

—Este es el que más me gusta.

 

—¡Sacalo!

 

Le puse la yema en la nariz y ella se la sacó de un manotazo, muerta de risa. Pero después se lo pensó, me agarró la mano de nuevo y se lamió el dedo, rápido, como si le diera vergüenza.

 

—Asco —dijo, y se lamió otra vez.

 

Le abrí la colita para mirar: el culito le había quedado abierto un ratito, chiquito, rosado, brilloso de saliva. La dejé ahí, boca abajo sobre mis piernas, con la espalda toda colorada y la respiración todavía corta.

 

Después empezaron los temblores chiquitos. Las piernas primero, después la pancita, después un estremecimiento que le subió por la espalda y le erizó toda la piel. Y quedó ahí, blanda como un trapo.

 

—¿Lo hice bien? —preguntó, todavía con la cara contra el almohadón.

 

—Perfecto.

 

—Ya sé. —Y después, con la voz pastosa—: Estoy toda floja.

 

—¿Y eso?

 

—Nada. Es como… raro, pero lindo. —Y con una risita—: Me tiemblan las piernas.

 

—¿Querés quedarte así un rato?

 

—Sí. —Y enseguida—: Ahora sí tengo ganas de hacer caca.

 

—¿Querés ir?

 

—Sí. —Y giró la cara para mirarme, con la mejilla aplastada—. ¿Me llevás a upa?

 

—Vení.

 

La alcé con un brazo por la espalda y otro abajo de las piernas, y me la llevé a upa, con ella enganchada de mi cuello, la cabeza apoyada en mi hombro y las piernitas colgando de los dos lados. Pesa nada, mi nena, y en el camino me fui con la nariz en su pelo, respirándola, porque a esa distancia no podía hacer otra cosa. Ella me apretó la nuca con una mano.

 

—Hace mucho que no me alzás, tío.

 

—Hace mucho que no te dejás.

 

—Mentiroso.

 

—Tío, otra vez me pinchás.

 

—Es tu culpa.

 

En el baño la senté en el inodoro y me quedé ahí, parado adelante, mirándola. Hizo pis sin ningún problema, con las manos en las rodillas, y mientras yo aprovechaba para mirarle la cara en el espejo: el flequillo apelmazado de un lado, la mejilla con las dos manchitas blancas, una hebra pegoteada cerca de la oreja. Se vio, se miró un rato y se rió.

 

—Tío, mirá cómo estoy.

 

—Hermosa.

 

—Estoy toda sucia.

 

—Toda mía.

 

Le alcancé el papel, se limpió sola, y después se quedó un segundo pensando, con las piernas abiertas, y se pasó un dedito por el culito. Lo miró. Se lo olió. Y ahí sí puso la cara de asco grande, la nariz toda arrugada.

 

—¡Igual que vos, tío! ¡Qué asco!

 

—Vení.

 

—No me hice nada, ¿eh? —dijo, mientras se levantaba del inodoro—. Me miré y está todo bien.

 

—Te dije.

 

—Ya sé. —Y después, muy digna—: Ahora camino sola.

 

Salió del baño desnuda, caminando de nuevo por el pasillo, todavía medio torcida, con el pelo revuelto, la espalda brillosa de transpiración y las costras blancas en el pechito. Y yo me quedé en la puerta mirándola desde atrás, porque era la primera vez que la veía de lejos, entera, y me di cuenta de que la nena caminaba distinto: no era la misma que había entrado al living a la mañana.

 

Volvió y se me sentó encima, de frente, con las piernas abiertas alrededor de mi cintura y los brazos en mi cuello. Puso la cabeza en mi hombro, la carita contra mi cuello, y se quedó quieta. Olía a sexo, a transpiración, a papel, a nena. Le puse las dos manos en la espalda y la abracé entera, tapándola toda, y ella se acomodó como si ese lugar fuera suyo desde siempre.

 

Afuera ya estaba bajando el sol y en la tele habían cambiado los dibujitos por otra cosa. Ninguno de los dos miraba.

 

—Tío… —dijo al rato, contra mi cuello.

 

—¿Qué, mi amor?

 

—¿Por qué me dijiste putita?

 

Su pregunta me sorprendió. En el medio de la calentura había usado una palabra que no correspondía, una palabra de grande, y ella, lejos de ofenderse, se había quedado mirándome con los ojos abiertos, incrédula y expectante, como si ese modo tan adulto la atrajera. Mi angelito de diez años, mi hermosa princesita, mi sobrinita, estaba madurando en el arte de dejarse amar, y cada vez se mostraba más suelta y más confiada. Así que la dejé hablar, y mientras hablaba le fui buscando el cuerpo: la espalda, la nuca, la parte de atrás de las rodillas, el pelo. Me gustaba oírla contar esas cosas con voz de nena, y me gustaba más todavía acariciarla mientras las contaba.

 

—Porque sos mi putita.

 

—Ah. —Se quedó un segundo con eso, y después, como si recién cayera—: Es que mi papá le dice así a mi mamá. Hace unos días le dijo «mi puta».

 

—¿Y vos cómo sabés?

 

—Porque los escuché. —Se acomodó mejor sobre mí, con la cara contra mi cuello—. No podía dormir, y de curiosa me levanté y fui hasta el pasillo.

 

—¿Y te vieron?

 

—No. —Y bajó la voz, y yo le besé el hombro mientras bajaba la voz—. Me quedé ahí, quietita, descalza. Desde el pasillo se ve el living por el hueco de la puerta.

 

—¿Y qué se veía?

 

—Todo apagado. Solo la luz del televisor. —Se quedó un segundo, acordándose—. Y ellos en el sillón. Y yo no me animaba ni a respirar.

 

—¿Y qué hacían? Contame bien.

 

—Estaban haciendo eso. —Se trabó, buscando la palabra—. Papá estaba atrás de mamá, agarrado de su cola, y le estaba poniendo la pija. Y le decía «mi puta».

 

—¿Y vos cómo sabías que era la pija, si estabas lejos?

 

—Porque la vi. —Y se rió, con la cara escondida en mi cuello—. Cuando papá se corrió un poquito, la vi. Era grande y estaba paradita.

 

—¿Y te asustaste?

 

—Un poco. —Y después, pensándolo—: Pero después me gustó, y me quedé mirando igual. —Levantó la cabeza y me miró—. ¿Vos tenés la pija grande?

 

—Andá a saber.

 

—Sí tenés. —Y se rió—. Yo la sentí.

 

Le seguí la mano por la espalda, se la bajé despacio hasta la colita y le acaricié un cachete con la palma, y ella se estiró como una gata y siguió hablando sin que se lo pidiera.

 

—Y le decía «dale, garchame más fuerte». —Y lo dijo imitando la voz de la mamá, estirando la última sílaba—. ¿Y qué es garchar, tío?

 

—Garchar es coger. —Y le besé la frente—. Coger es cuando la pija entra.

 

—Ah. —Y procesó un rato, con los ojos en el techo—. Y le decía «así, así, abrí las patas». Y le tiró del pelo, así. —Me agarró el pelo a mí, para mostrarme—. Y mamá gritaba «ay, la pija, la pija».

 

—¿Y mamá qué cara ponía?

 

—Ponía cara de… —Buscó—. De que le gustaba y le dolía a la vez. Como yo hoy. —Y se rió—. Y tenía los ojos cerrados y la boca abierta, y se le movía todo el cuerpo para atrás.

 

—Eso se dice de perrito.

 

—¿De perrito? —Y se rió—. ¿Por qué?

 

—Porque quedan como perritos.

 

—Ah. —Y se quedó pensando, con la boca abierta.

 

—¿Y vos qué pensabas que era la pija? —le pregunté.

 

—El pito. —Se encogió de hombros—. ¿Es lo mismo?

 

—Es lo mismo.

 

—Ah, bueno. —Y después, más bajo—: Y le dijo «tragá toda, puta». Y mamá tragaba. —Se quedó un segundo—. Como yo.

 

—Como vos.

 

—Como yo. —Y se calló un rato, con la mejilla aplastada en mi pecho—. También le dijo «mostrame la concha».

 

—¿Y vos qué pensabas que era la concha?

 

—¡La de la playa! —Y se rió fuerte, con la cara escondida en mi cuello—. Posta, tío. Yo pensaba que era eso.

 

—Y también es eso.

 

—Ah, bueno. —Y bajando la voz todavía más—: Y una vez le dijo «dame el orto».

 

—¿Y el orto?

 

—El culito, ¿no?

 

—Sí.

 

—Ah. —Y se quedó pensando con la boca abierta—. Entonces yo ya sé lo que es.

 

Ahí me reí yo. Ella me miró, se rió conmigo y me dio un beso largo, con la boca húmeda, y volvió a recostarse en mi hombro. Yo le bajé la mano hasta la conejita, se la apoyé entera, sin moverla, y ella siguió contándome el resto con mi mano ahí, de a pedacitos, como cuenta ella las cosas: que mamá estaba de espaldas con las manos en el respaldo del sillón, que papá le daba palmadas en la cola y que ella las contaba para adentro para no reírse, que en un momento se asustó porque papá la agarró del pelo y pensó que le estaba doliendo, y que después mamá se dio vuelta, se arrodilló en el piso y se la puso en la boca, y que la chupó un rato largo, con la cabeza yendo y viniendo.

 

—¿Y vos te quedaste todo ese rato?

 

—Sí. —Y se rió—. Con los pies helados de estar parada en el pasillo.

 

—¿Y te tocaste?

 

—Sí. —Y se puso colorada—. Un poquito. Porque me empecé a sentir rara ahí abajo.

 

—¿Rara cómo?

 

—Cosquillas. Como cuando vos me tocás. —Y me apretó la mano con la suya, para que se la dejara ahí.

 

—¿Y eso lo vamos a hacer nosotros?

 

—Algún día.

 

—¿Y cuándo?

 

—Cuando estés lista.

 

—Ya estoy lista.

 

—Vamos a ver.

 

—Tío. —Y me miró con la carita seria, apoyada en mi pecho—. Si mamá es la puta de papá, yo soy la putita del tío.

 

—Eso mismo.

 

—Y vos sos mi putito. —Y se rió, y me dio otro beso.

 

—No, mi amor. Putito no es igual. —Y le agarré la carita con la mano libre—. Vos sos mi putita. Y yo soy tu macho.

 

—¿Mi macho? —Y se rió sola, probando la palabra.

 

—Tu macho.

 

—Mi macho. —Y lo repitió, cada vez más convencida—. Mi macho, mi macho, mi macho. Me gusta más.

 

—A mí también.

 

—¿Y vos sos mi macho aunque seas mi tío?

 

—Sí.

 

—Ah, bueno. —Y me dio un beso, largo—. Entonces yo soy tu putita y vos sos mi macho. Y no se lo digas a nadie.

 

—A nadie.

 

Se quedó callada un rato, con la cabeza en mi hombro, y yo sentí que estaba masticando algo por dentro. Al final lo dijo bajito, casi sin voz, como si se lo estuviera diciendo a ella misma:

 

—Soy la novia… y la putita de mi tío.

 

Y se quedó sorprendida de escucharse, con los ojos abiertos.

 

—¿Te gusta cómo suena? —le pregunté.

 

—No sé. —Y se rió, nerviosa—. Es raro.

 

—Entonces no hace falta.

 

—¿Cómo que no hace falta?

 

—Nada de esto hace falta, mi amor. —Le acaricié la cara con el dorso de la mano—. Es un juego. Es nuestro juego, y lo jugamos como vos quieras. Si te gusta que te diga putita, te digo putita. Si un día no te gusta, buscamos otra palabra y listo. Y si no querés jugarlo, tampoco pasa nada. No es obligación.

 

Emma se quedó pensando, con la boca abierta, como si le hubieran dado a elegir entre dos caramelos y no supiera con cuál quedarse.

 

—Pero a vos te gusta —dijo al final.

 

—Me encanta.

 

—Entonces a mí también. —Y se rió, y se acomodó contra mi pecho—. Soy la putita del tío. —Y lo dijo de nuevo, más fuerte, probando—. Soy la putita de mi macho.

 

—Eso.

 

—Y si un día no me gusta, te aviso.

 

—Me avisás.

 

—Te aviso. —Y me dio un beso en la boca, cortito—. Listo.

 

Y ahí no me aguanté más. La abracé fuerte, con las dos manos en su espalda, y la apreté contra mí hasta que no quedó un centímetro de aire entre los dos. Le hundí la cara en el cuello y le di besos ahí, uno atrás del otro, en el hueco, en la oreja, en el hombro, y ella se dejó apretar y me apretó ella también, con los bracitos cortos que no me alcanzaban la espalda.

 

—Te amo —le dije, contra su piel—. Te amo, te amo, te amo. Sos lo mejor que me pasó en la vida, mi amor. Lo mejor.

 

—Tío… —Y se rió, apretada contra mí, sin poder moverse—. Me estás apretando.

 

—Perdón.

 

—No, me gusta. —Y se acomodó mejor—. ¿Me amás mucho?

 

—Más que a nada.

 

—¿Más que a la tía?

 

—Mucho más.

 

—Uhh. —Y se quedó con eso, contenta, con la carita pegada a mi cuello—. Yo también te amo, tío. Sos mi novio y mi macho y mi tío, todo junto.

 

—Todo junto.

 

—Y me diste como veinte besos.

 

—Veinte y uno. —Y le di uno más en la boca, largo, y ella me lo devolvió como sabe.

 

Después se calló un rato largo, con la cabeza en mi hombro y mi mano todavía en su conejita, y al final preguntó bajito, casi con vergüenza:

 

—Tío… ¿y hay otras nenas que hacen esto?

 

Me quedé un segundo sin contestarle. Tenía la cara contra mi cuello, la voz bajita, casi con vergüenza, y yo con la mano todavía en su conejita, quieta. Afuera el sol ya se había ido, y en la tele habían cambiado los dibujitos por otra cosa que ninguno de los dos miraba.

 

—¿Por qué preguntás eso, mi amor?

 

—Porque en la escuela nos dijeron que está mal. —Y se encogió de hombros, todavía pegada a mí—. Que las nenas no hacen esas cosas con los grandes. Y yo pensé… no sé. Si soy la única.

 

Le besé la sien, despacio.

 

—No sos la única.

 

—¿En serio?

 

—En serio. —Y le acaricié la espalda—. ¿Querés ver?

 

Emma levantó la cabeza y me miró con los ojos grandes, incrédula y expectante, igual que cuando le dije putita.

 

—¿Ver qué?

 

—Un secreto del tío. —Le di un beso en la boca, corto—. Quedate acá.

 

La acomodé en el sofá, con un almohadón detrás, y me levanté. Ella se quedó sentada, desnuda, con las piernitas juntas y las manos entre las rodillas, mirándome ir. Fui hasta el cajón de las cosas, el de atrás, el que la tía nunca abre, y saqué el pendrive. Negro, chiquito, sin etiqueta. Lo tenía hace años. Lo tenía desde antes de que Emma naciera, y ahora, con ella ahí en el sofá, entendía para qué lo había guardado.

 

Volví y me senté. Ella se me trepó encima de una, se acomodó de espaldas contra mi pecho, las piernitas abiertas sobre las mías, y yo le pasé un brazo por la cintura para que no se me cayera. Con la otra mano enchufé el pendrive en el smart TV. La tele hizo un ruidito, y apareció la carpeta.

 

—¿Qué es eso? —preguntó, sin entender.

 

—Videos.

 

—¿De qué?

 

—De nenas. —Y le besé el hombro—. Como vos.

 

Emma se quedó quieta. Yo navegaba con el control, sin apuro, y ella me miraba la pantalla con la boca un poquito abierta. Elegí el primero, el más suave, y le di play.

 

En la pantalla apareció una nena, más o menos de su edad, desnuda, sentada en una cama, y un señor grande al lado, tocándole el pelo. Emma se tensó toda contra mi pecho.

 

—¡Tío! —Y se tapó la boca con las dos manos—. ¡Esa nena está desnuda!

 

—Como vos.

 

—¡Y ese señor…! ¿Ese señor es el novio?

 

—Es el novio, sí.

 

Emma bajó las manos despacio, sin dejar de mirar. El señor le estaba acariciando la cara a la nena, y la nena se reía, y se dejaba. Emma se acomodó contra mí, un poquito más pegada, y yo le pasé la mano por el muslo, despacio, sin bajar todavía.

 

—Tío… —dijo, sin sacar los ojos de la tele—. Esa nena se parece a mí.

 

—Un poco.

 

—¿Y a ella también le gusta?

 

—Mirá.

 

El señor le daba un beso en la boca, y la nena se lo devolvía, torpe, como había aprendido Emma la noche anterior. Emma soltó un ahogado, casi una risa, y se recostó toda contra mi pecho.

 

—Tío, es igual que nosotros.

 

—Es igual que nosotros.

 

Le besé el cuello, y ella se dejó, con los ojos todavía en la pantalla. Yo le bajé la mano por el muslo, despacio, y se la apoyé en la conejita, quieta, tapándosela entera. Emma no dijo nada. Se quedó mirando, con mi mano ahí, y con la respiración un poquito más corta.

 

Con el control busqué el segundo. Este era distinto, más largo, y yo ya sabía de memoria lo que iba a pasar, así que me quedé mirándola a ella más que a la pantalla.

 

Apareció una nena rubia, sentada adentro de una bañadera vacía, con las piernas dobladas contra el borde. Tendría once, doce años. Rubia de verdad, el pelo largo y mojado, la piel clara, y una carita que se parecía bastante a la de Emma. Tenía el celular apoyado en el borde, apuntándole, y se miraba en la pantallita mientras se filmaba.

 

—Tío, ¿está en la bañadera? —Y se rió—. ¿Y por qué no hay agua?

 

—Porque se está grabando.

 

—¿Con el celular?

 

—Con el celular. Para que la vean.

 

Emma se enderezó sola, se inclinó un poco hacia adelante, con las dos manos en mis rodillas, y se quedó con la boca abierta. La nena de la pantalla se miraba, se sonreía, se pasaba la mano por el pecho, por la pancita, y después se abría las piernas y se empezaba a tocar. Se escuchaba todo: el eco de la bañadera vacía cuando se movía, la respiración, y ese sonido húmedo, obsceno, de los dedos entrando y saliendo, que llenaba todo el living.

 

—Tío, se está tocando —dijo Emma, casi en un susurro.

 

—Se está tocando.

 

—Y se mira en el celular. —Y después, girándose a medias—: ¿Y a ella quién la mira?

 

—Nadie, ahora. Después la ve alguien.

 

—¿Y cómo se dice eso? —preguntó, sin sacar los ojos de la pantalla—. Cuando uno se toca así. ¿Tiene nombre?

 

—Tiene. —Y le hablé en el oído—. Se dice que se está haciendo una paja.

 

—¿Una paja? —Y se rió sola—. ¿Como la pajita de la gaseosa?

 

—Más o menos.

 

—Qué palabra rara, tío. —Y la dijo de nuevo, bajito, probándola—. Una paja. Se está haciendo una paja.

 

La nena de la pantalla gimoteaba bajito, con la boca abierta, y en un momento se metió dos dedos, después tres, y se los movía adentro con una tranquilidad que a Emma le pareció increíble. Después hacía caras: cerraba los ojos, se mordía el labio, se reía sola, miraba de nuevo la camarita con una sonrisa de pícara, y volvía a empezar.

 

—¿Tres dedos le entran? —preguntó, escandalizada.

 

—Y sí.

 

—¿Y no le duele?

 

—Mirá la cara.

 

Y era verdad: la nena tenía cara de estar disfrutando muchísimo. Se pajeaba despacio, sin apuro, como si le gustara más el rato que el final.

 

—¿Y ella cuántos años tiene?

 

—Once, doce.

 

—Poco más que yo. —Y se quedó pensando, seria, con los ojos en la pantalla—. Y hace eso sola.

 

—Sola, y se filma, y se mira, y le gusta.

 

—Uh. —Y se mordió el labio, igual que la nena del video—. ¿Y por qué se ríe?

 

—Porque le gusta. Como a vos.

 

Ahí ella se acordó de que tenía mi mano entre las piernas. Se acomodó mejor contra mí, se abrió un poquito más y dejó la cabeza apoyada en mi hombro, y yo aproveché para moverle el dedo despacio, con el mismo ritmo que la nena de la pantalla. Emma soltó un gemidito corto, se le cortó la risa, y después volvió a mirar el video.

 

—Tío… —dijo, sin sacar los ojos de la pantalla—. ¿Vos ya habías visto este video?

 

—Mil veces.

 

—¿Mil veces? ¿Por qué?

 

—Porque se te parece. —Y le hablé en el oído, bajito—. Por el pelo, por la carita, por cómo se ríe. Desde que la tengo, cada vez que la miraba pensaba en vos.

 

Emma se quedó quieta, procesando.

 

—¿Y qué pensabas?

 

—Que eras vos. —Y le apreté el botoncito, suave—. Que eras vos la que estaba ahí adentro, tocándose y mirándome a mí.

 

Emma se dio vuelta, con los ojos grandes, y me miró como si le acabaran de contar un secreto enorme.

 

—¿Y me imaginabas a mí?

 

—Todas las veces.

 

—¿Y yo te gustaba desde antes? —preguntó, bajito.

 

—Desde siempre, mi amor.

 

—¿Y por qué no me dijiste nada?

 

—Porque eras chica, y yo era tu tío, y no sabía si a vos te iba a gustar.

 

—Uhhh. —Y se quedó con eso, con la carita pegada a mi cuello, y después volvió a mirar la pantalla—. Pobrecito el tío. —Y se rió sola.

 

La nena del video seguía pajeándose, con los ojos cerrados, y en un momento se abrió más las piernas y gimió más fuerte, y Emma se apretó contra mi mano, sin darse cuenta, buscándola.

 

—Tío —dijo, con la voz rara—. ¿Yo puedo hacer eso?

 

—¿Qué cosa?

 

—Eso. —Y señaló la pantalla—. Tocarme así y mirarme y reírme.

 

—Podés.

 

—¿Y vos me podés filmar?

 

—Cuando quieras. —Y le besé la nuca—. Pero los videos los guardo yo, ¿eh?

 

—¿Por qué?

 

—Porque si tu mamá los encuentra, se arma quilombo. —Y le apreté el botoncito, despacio—. Una nena de diez años haciendo eso y filmándose… tu mamá no va a entender nada.

 

—¿Y qué va a pensar?

 

—Va a pensar cualquier cosa. Así que los videos quedan acá, en mi pendrive, que nadie lo ve.

 

—Ah, bueno. —Y se retorció despacio contra mi mano, sin dejar de mirar la pantalla—. Pero yo igual te los mando.

 

Mientras hablábamos, la nena del video no paraba. Se pajeaba cada vez más fuerte, con la mano entera, y en un momento se le puso la cara roja, apretó los muslos y gimió largo, con todo el cuerpo, y Emma se quedó sin respirar. Pero la nena no cortó: siguió, más despacio, y al rato volvió a acelerar y volvió a llegar, y otra vez, y otra. Tres veces, cuatro, sin sacarse los dedos, con la boca abierta y la mirada perdida, hablándole a la camarita entre gemido y gemido.

 

—Tío, ¿cuántas veces hace eso? —susurró Emma.

 

—Muchas.

 

—¿Y no se cansa?

 

—No.

 

—Uhhh. —Y se apretó contra mi mano, buscándola—. ¿Y cuántas veces se puede?

 

—Tantas como quieras.

 

Yo no la solté en ningún momento. Le seguía moviendo el dedo con el ritmo de la nena del video, y ella se retorcía lento, cada tanto con un gemidito que se le escapaba en el medio de una frase. Estaba blanda, entregada, y con la cola se movía sola contra mi mano.

 

Cambié el video. Este era otro, más crudo, y ya desde el primer segundo se notaba el acento.

 

—Esta es mexicana —le dije.

 

—¿Mexicana? —Y se enderezó, curiosa—. ¿Y cómo sabés?

 

—Escuchá.

 

En la pantalla, una nena de unos once, morocha y flaquita, se estaba filmando con el celular en su pieza, de costado, hablándole a la cámara como si le hablara a alguien. Se veía la cama, la luz de la tarde, y se escuchaba una tele lejos. La nena hablaba y hablaba, muy rápido, contando que se había tenido que escabullir porque su papá estaba en la casa, que había esperado a que se durmiera, que tenía el celular escondido abajo de la almohada.

 

—¿Qué dice? —preguntó Emma.

 

—Escuchá.

 

Y la nena, sin dejar de hablar, se empezó a sacar el vestido. Se lo levantó por la cabeza y quedó en bombachita, y después se la sacó también, y se sentó en la cama con las piernas abiertas y se empezó a tocar, y ahí la charla se le volvió otra cosa.

 

—»Soy tu puta» —dijo la nena, mirando la cámara—. «Soy tu puta, ¿me escuchás? Quiero que me cojas. Quiero que me metas la vergota.»

 

Emma se rió, se tapó la boca y me miró.

 

—¡Tío, dijo puta!

 

—Dijo puta.

 

—¡Y dijo cojas!

 

—Dijo cojas.

 

—¿Y vergota? —Y se rió más fuerte—. ¿Qué es vergota?

 

—Verga es pija, allá. —Y le hablé al oído—. Vergota es pija grande.

 

—¡Uy! —Y se quedó mirándola, encantada—. ¡Habla como si le hablara a un señor!

 

—Le está hablando a un señor.

 

La nena seguía, gimiendo y diciendo cosas, y ya no hablaba de su papá ni del celular: le decía al supuesto hombre que la cogiera fuerte, que le gustaba, que se la metiera toda, que ella era su puta y que nadie tenía que enterarse. Se tocaba rápido, con la mano abierta, y se movía en la cama como si el tipo estuviera ahí.

 

Emma miraba con la boca abierta, y cada tanto se reía, porque el acento le parecía gracioso y porque la nena decía las cosas con una seguridad que la asombraba.

 

—Tío —dijo al final, seria—. Si vos querés, yo te mando videos así.

 

—¿Así?

 

—Así. Hablando y todo. —Y se dio vuelta—. ¿Y decís lo que quieras?

 

—Hay que tener cuidado con eso —le dije—. Si hablás mucho, tu mamá te va a preguntar por qué sabés esas palabras.

 

—Uhhh. —Y se quedó pensando—. ¿Y entonces?

 

—Entonces hablás poco y decís lo que sabés. Y yo te contesto.

 

Mientras hablaba, le metí el dedo. Lo tenía todo mojado, y se le deslizó adentro de la conejita sin ningún esfuerzo, hasta la mitad, y la sentí apretada y caliente como un horno.

 

—Uy… —Y se le cortó la voz de golpe.

 

—¿Ves cómo estás?

 

—Sí… —Y se retorció—. Tío…

 

—Estás empapada. —Y moví el dedo un poquito, adentro—. Mirá cómo te pones con estos videos.

 

Emma gimoteó, apretó la colita contra mi panza y se agarró de mi brazo con las dos manos. Yo seguí un rato así, moviéndolo despacio, sintiéndola crecer alrededor del dedo, y después lo saqué y me lo chupé entero, largo, sin sacarle los ojos de encima.

 

—Mmm —dije.

 

—¿Y ahora? —preguntó, mirándome—. ¿Por qué lo sacaste?

 

—Porque quiero probarte.

 

Volví a metérselo, más despacio todavía, y la sentí abrirse sola. Se lo moví un rato, y cuando estaba bien mojado, se lo saqué otra vez y con la yema le unté el jugo en la cara, en la mejilla, en el mentón, en el labio de arriba, y después se lo pasé por el cuello y por el pecho.

 

Emma se quedó quieta, con los ojos grandes, dejándose hacer.

 

—Tío, me estás dejando toda mojada.

 

—Sí.

 

—¿Con qué?

 

—Con vos.

 

Y me la quedé mirando, con la cara brillosa y la boca abierta, y le pregunté bajito, contra la oreja:

 

—¿Estabas disfrutando?

 

—Sí —dijo, y se le puso la cara roja.

 

—¿Y te gusta ser tan putita?

 

Emma se rió, se tapó la cara con las dos manos y contestó desde adentro:

 

—Sí.

 

Y estaba en el medio de todo. Se le notaba en el cuerpo: por un lado el pudor, las orejas rojas, la manito que se subía sola a taparse la cara cada vez que el video se ponía fuerte; por el otro la calentura, la colita moviéndose contra mi panza, los muslos que no se le cerraban ni queriendo. La abracé más fuerte, le pasé el brazo por delante y la apreté contra mi pecho, y le hablé en la oreja.

 

—Estás haciendo todo bien, mi amor. Todo bien.

 

Y en el medio de esas dos cosas, con mi mano quieta entre sus piernas, hizo algo que no esperaba. Me sacó la mano. La apartó con la suya, despacio, y se puso los dedos ella misma.

 

—¿Qué hacés? —le pregunté, y le besé la sien.

 

—Nada. Quiero probar. —Y se puso más colorada.

 

—Probá. —Y le acaricié el muslo con la mano libre—. Yo te miro.

 

Se tocó despacio, igual que la nena del video, con dos dedos en el botoncito, y se quedó mirando la pantalla mientras lo hacía. Después se los pasó por la conejita, se mojó los dedos, y se los llevó a la nariz.

 

Los olió. Se quedó un segundo con los dedos ahí, dudando, con la nariz arrugada.

 

—Uy —dijo.

 

—¿Qué?

 

—Es igual que vos. —Y se rió, y volvió a olerlos—. Es igual.

 

—¿Y qué olor tiene?

 

—A mí. —Se los miró, y después, con una carita de asco que era puro teatro, se los llevó a la boca.

 

Los probó con la punta de la lengua, sin decidirse, y volvió a lamer, y al final se los chupó enteros, uno y otro, y se los saboreó con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en mi hombro.

 

—Está rico —dijo, sorprendida—. Tío, está rico.

 

—Te dije. —Y le di un beso en la mejilla—. Sos una campeona.

 

—Pero antes me daba asco.

 

—Y ahora no.

 

—Ahora un poco, pero rico. —Y se chupó otra vez, mirándome de costado—. ¿Ves que aprendí?

 

—Vi todo. —Y la abracé con las dos manos, la apreté contra mí y le hablé con la boca pegada al cuello—. Sos mi princesita cochina. Mi princesita cochina y hermosa.

 

—¿Cochina? —Y se rió, apretada contra mí.

 

—Cochina. —Y le mordí el lóbulo—. Y la mejor novia del mundo. Y la mejor putita.

 

—Uhhh. —Y se retorció—. Decilo otra vez.

 

—La mejor putita del tío.

 

—Eso. —Y se rió, y siguió tocándose ella, con mi mano apoyada encima de la suya, para que sintiera que no estaba sola.

 

Cambié el video. Este era el que yo quería que viera desde el principio, y le puse play sin avisarle. La abracé de nuevo, bien pegada, y le dejé la boca apoyada en el hombro.

 

En la pantalla aparecieron dos nenas en una cama grande, con las sábanas revueltas. La más grande tendría once, rubia, con el pelo hasta los hombros y unas tetitas que ya le apuntaban, redonditas, con los pezones claros. La otra era más chica, nueve, morocha, con el pelo corto y las piernas finas, y estaba casi encima de la grande, mirándola a los ojos como si la conociera de toda la vida.

 

Se tocaban despacio, se miraban, se reían, y en un momento la rubia se estiró y la besó en la boca. Y no fue un besito de nenas: fue un beso largo, con la boca abierta, con la lengua, y las dos se agarraron de la cara y siguieron besándose un rato, apretadas, sin apuro.

 

Emma se olvidó de mis dedos y de los suyos.

 

—Tío… —susurró—. ¿Se están besando?

 

—Sí.

 

—Con la lengua.

 

—Con la lengua.

 

—Y son dos nenas.

 

—Son dos nenas. —Y le di un beso en el hombro—. Y se quieren.

 

Después la chica sacó de abajo de la almohada un juguete de plástico, rosa, de esos que parecen un pene de goma, y lo puso en el medio de las dos. Y después fue al costado de la cama, volvió con un yogur, lo abrió y lo apoyó ahí.

 

Emma se enderezó de golpe.

 

—¡Tío, el yogur!

 

—Ajá.

 

—¡Van a jugar a que es chechona! —Y se rió, con las dos manos en la boca—. ¡Como vos y yo!

 

—Como vos y yo. —Y le apreté la pancita—. Mirá.

 

Las dos lo untaron con yogur, con los dedos, muertas de risa, y después empezaron a chuparlo juntas, cada una de un lado, y la grande le pasaba la lengua de arriba a abajo mientras la chica la miraba y se reía. Emma no podía parar de reírse.

 

—Tío, lo están chupando con yogur.

 

—Sí.

 

—¿Y por qué con yogur y no con otra cosa?

 

—Porque no tienen chechona de verdad. —Y le hablé al oído—. Entonces juegan a que el yogur es la chechona.

 

—Uhhh. —Y se quedó pensando, con la boca abierta—. Como yo, que tomo la tuya.

 

—Como vos.

 

Después la morochita acostó a la grande boca arriba, le abrió las piernas y se metió abajo, y le empezó a chupar la conejita mientras con la mano le apoyaba el juguete en la entrada y se lo iba metiendo despacio. La rubia se agarró de las sábanas, gimió largo y abrió las piernas todo lo que pudo, y la chica se lo movía con la mano, despacio, sin sacar la lengua.

 

—Uy, uy, uy… —dijo Emma, con la boca abierta—. Tío, la chiquita le está metiendo el juguete.

 

—Sí.

 

—¡Y le está chupando!

 

—Sí.

 

—Y la grande se deja. —Se quedó un rato callada, mirando, y después se dio vuelta y me buscó la cara—. Tío, ¿entre nenas también se puede?

 

—Se puede.

 

—¿Y a vos te gusta?

 

—Me encanta. —Y le agarré la carita con una mano y le di un beso largo—. Porque se disfruta con quien sea, mi amor. Con un grande, con una nena, con otra nena. Lo importante es divertirse y saber guardar el secreto.

 

Emma se quedó pensando, con los ojos en la pantalla y los labios apretados. Después, bajito, casi con vergüenza, me preguntó lo que yo estaba esperando desde el primer video.

 

—¿Y yo podría con otra nena?

 

—Podrías.

 

—¿Y estaría bien?

 

—Estaría perfecto. —Y le hablé en el oído, apretándola—. Sería un sueño verte con otra nena.

 

—Uhhh. —Y se retorció toda—. ¿En serio?

 

—En serio. —Y le di otro beso en la nuca—. Pero por ahora sos mía.

 

—Soy tuya. —Y se acomodó contra mí.

 

Mientras le contestaba le volví a meter el dedo en el culito, de a poco, y esta vez no me quedé a la mitad: se lo hundí más, hasta el fondo, y ella suspiró largo y se agarró de mi brazo. Después probé con dos, con cuidado, y el anillito se abrió despacio y se los tragó casi enteros.

 

—Ay… —Y se le cortó la voz—. Tío, son dos.

 

—Dos. ¿Te duele?

 

—No… es raro, es lindo. —Y se retorció—. Ay, ay, ay…

 

Le empecé a mover los dos dedos adentro, despacio, y con la otra mano le masajeé el botoncito más fuerte, con más ganas, y Emma dejó caer la cabeza contra mi hombro y empezó a gemir sin hablar, con los ojos cerrados, apretándose contra mi mano.

 

—No pares —dijo, con la voz ronca.

 

—No paro, mi amor. —Y le besé el cuello—. No paro.

 

En la pantalla las dos nenas ya no se tocaban: se besaban. Se besaban sin apuro, acostadas de costado, abrazadas, con las piernas enredadas, y cada tanto la grande le mordía el labio a la chica y la chica se reía adentro del beso. Se les veía el amor en la cara, y se les veía el gusto.

 

Y a Emma la tenía yo en el medio de los dos agujeritos.

 

Le saqué un dedo del culito, dejé uno ahí, bien adentro, y con el otro le busqué la conejita y se lo metí despacio, hasta la mitad. Y con el pulgar, siempre el pulgar, el botoncito. Emma se estiró entera contra mi pecho, se le cortó el aire y se agarró de mi brazo con las dos manos.

 

—Ay, tío… —Y la voz le salía rara—. Los dos.

 

—Los dos. —Y le hablé con la boca pegada a la oreja—. Uno adelante y uno atrás.

 

—Se siente rarísimo… —Y se retorció, buscando—. Ay, ay.

 

—¿Lindo?

 

—Lindo. —Y cerró los ojos—. Muy lindo.

 

La abracé más fuerte, con la mano libre le agarré la pancita y la apreté contra mí, y le fui moviendo los dos dedos despacito, uno entrando cuando el otro salía, y ella empezó a mecerse sola sobre mi mano, con los ojos cerrados y la boca abierta, mirando la pantalla cada tanto.

 

—Mirá a las nenas —le dije—. Mirá cómo juegan.

 

Emma abrió los ojos y miró. Las dos seguían besándose, y ahora la chica le acariciaba las tetitas a la grande, con la mano abierta, y la grande se dejaba y le hablaba bajito.

 

—¿Vos te imaginás así? —le pregunté—. Con otra nena.

 

—Sí… —Y se mordió el labio.

 

—¿Te gustaría?

 

—Sí. —Y después, más bajito—. Pero con quién.

 

—Podría ser con tu hermanita.

 

Emma abrió los ojos de golpe y giró la cabeza.

 

—¿Con Nina?

 

—Con Nina.

 

—¿Con mi hermana? —Y puso una cara de asco y de sorpresa al mismo tiempo, la nariz arrugada, la boca torcida—. ¡Pero es mi hermana!

 

—Y yo soy tu tío. —Y le apreté el botoncito—. Y mirá lo que somos.

 

Emma se quedó con la boca abierta, pensando. Las nenas de la pantalla seguían besándose, ajenas, y ella miraba el video y me miraba a mí, y se le veía el ruido en la cabeza, como cuando le explicás algo y lo está masticando.

 

—Entre hermanas también se puede —dijo al final, como para ella.

 

—También.

 

—Pero Nina es chiquita. Tiene siete.

 

—Vos tenés diez. —Y le di un beso en la mejilla—. Y yo tengo cuarenta y pico.

 

—Uhhh. —Y se rió, y después se quedó seria—. ¿Y vos me dejarías?

 

—Te dejaría. —Y le hablé en el oído—. Y me quedaría mirando.

 

—Ay… —Y se retorció entera, y los dos dedos se le movieron adentro solos—. Tío, me siento toda rara. Quiero más.

 

—Porque sos una putita. —Y le mordí la oreja—. Mi putita hermosa. Mirá cómo te tengo: un dedo adelante, un dedo atrás, y vos toda mojada para el tío.

 

—Sí… —Y se apretó contra mi mano—. Toda mojada.

 

—Y así, llena, con los dos dedos adentro, sos la nena más linda del mundo. —Y le bajé la voz—. Y la más cochina.

 

Emma se retorcía de placer, con la cabeza tirada para atrás en mi hombro, gimiendo bajito, y en un momento, sin pensarlo, sin que nadie se lo pidiera, estiró la mano hacia atrás, buscando, y me agarró la pija.

 

Se me paró todo el cuerpo de golpe. Ella la agarró con la mano entera, torpe, sin saber bien cómo, y la apretó, y la movió una vez, y después otra, y otra.

 

—¿Está bien así? —preguntó, sin sacar los ojos de la pantalla.

 

—Está perfecto. —Y se me cortó la voz a mí también—. Más despacio.

 

—¿Así?

 

—Perfecto.

 

Y así se quedó, moviéndome la pija con una torpeza de nena y una firmeza de grande, apretando, bajando la mano, subiendo, mientras yo le seguía moviendo los dos dedos adentro a ella. Los dos nos movíamos al mismo tiempo.

 

Cambié el video.

 

Aparecieron dos nenas paradas en un baño, con la luz blanca, en bombacha y corpiño las dos, y una de ellas tenía unas tetas bastante hechas para la edad, redondas, apretadas contra la tela. En el piso, al lado de la bañadera, había un frasco de aceite de bebé. Las dos hablaban y se reían, fuerte, en un idioma que no era el nuestro.

 

—Tío, ¿qué dicen? —preguntó Emma, sin soltarme la pija.

 

—No sé. Son rusas.

 

—¿Rusas? —Y se rió—. ¿Y de qué hablan?

 

—No sé, pero mirá.

 

La más grande se echó aceite en la mano y se lo empezó a pasar por los brazos, por la panza, por el pecho, y después le pasó el frasco a la otra y la otra le untó la espalda. En un momento se sacaron el corpiño y quedaron en tetas, brillosas, con la piel reluciente bajo la luz del baño, y se siguieron pasando las manos por el cuerpo, muertas de risa, sin ningún apuro.

 

Emma se quedó mirando con la boca abierta.

 

—Tío, están todas brillosas.

 

—Con aceite.

 

—¿Y para qué?

 

—Para tocarse mejor. —Y le apreté el botoncito—. Con aceite todo resbala.

 

—Uhhh. —Y movió la mano en mi pija, más despacio—. ¿Y a vos te gusta?

 

—Me encanta.

 

Emma se apretó contra mí, y yo aproveché para bajarle la voz al oído.

 

—Contame una cosa.

 

—¿Qué?

 

—Si algún día estás con Nina. —Y le moví los dos dedos, despacio—. ¿Qué le harías?

 

Emma se quedó callada un rato, mirando el video. Después, con la voz de alguien que está pensando en voz alta:

 

—Le daría un beso.

 

—¿Dónde?

 

—En la boca. —Y se mordió el labio—. Como las nenas esas.

 

—¿Y después?

 

—Y la tocaría. —Y se retorció—. Como me tocás vos.

 

La apreté contra mi pecho y le hablé con la boca pegada al cuello.

 

—Nina es linda, ¿no?

 

—Es re linda —dijo Emma, y se rió.

 

—Y es alta, para tener siete.

 

—Es casi tan alta como yo. —Y se dio vuelta un poco, orgullosa—. Hace gimnasia, igual que yo. Tiene la cola re dura y las piernas re macizas, todo durito. Y es re mandada, más que yo. Es más atrevida. Si le decís algo, te contesta.

 

—¿En serio?

 

—Sí. —Y lo pensó—. Yo soy más tímida.

 

—Vos no sos tímida.

 

—Un poco sí. —Y se apretó contra mi mano—. Nina no. Nina es frontal.

 

Ahí me derretí. La imaginé: la hermanita chica, más alta de lo que le tocaba, con esas piernas de gimnasta y ese carácter, al lado de Emma, que era toda dulzura y risa. Las dos juntas, en una cama.

 

—¿Y qué más le harías? —le pregunté.

 

Emma se quedó pensando, con la mano todavía en mi pija, y después empezó a hablar despacio, como si se estuviera viendo de afuera.

 

—Le mostraría la pija del tío —dijo.

 

—¿Se la mostrarías?

 

—Sí. Se la agarraría con la mano, así. —Y me apretó—. Y le diría que la toque.

 

—¿Y ella la tocaría?

 

—Sí. —Y se rió—. A Nina le gusta tocar todo.

 

—¿Y vos?

 

—Yo la miraría. —Y se le puso la voz rara—. Y después le chuparía las tetitas, que las tiene más chiquitas que las de la rubia del video.

 

—¿Y a mí me dejarías mirar?

 

Emma se dio vuelta de golpe, con los ojos brillantes, y me buscó la cara.

 

—Vos vas a estar mirando —dijo, como si fuera obvio—. Vos vas a estar sentado en el sillón, y nosotras en la alfombra, y vos nos vas a mirar y no vas a decir nada.

 

—¿Y si digo algo?

 

—No. —Y se rió—. Calladito, mirando.

 

—Calladito, mirando.

 

—Y si Nina se porta mal, la retás. —Y volvió a moverse contra mi mano—. A Nina le gusta que la reten.

 

—Uhhh. —Y le hablé en la oreja—. ¿Y a vos?

 

—A mí también. —Y apretó la pija—. Pero yo me porto bien.

 

—Vos te portás muy bien. —Y le apreté el botoncito con el pulgar—. Sos la mejor.

 

Emma gimió, se retorció, y siguió moviéndome la pija con esa mano torpe y firme, y en la pantalla las rusas se seguían untando, brillosas, y en el living ya no se escuchaba nada más que los dos respirando.

 

Emma se dio vuelta en mis brazos y me buscó la boca. Y no fue un beso de los nuestros: fue uno de los que acababa de ver. Me agarró la cara con las dos manos, se me pegó entera, y me abrió la boca con la lengua como hacían las nenas de la pantalla, sin ninguna vergüenza, y me lamió adentro despacio, y después me chupó el labio de abajo, y volvió a entrar.

 

Se separó un centímetro y quedó un hilo de saliva entre las dos bocas, estirado, brillante, y ella lo miró de reojo y se rió.

 

—Como las nenas —dijo, con la voz ronca.

 

—Mejor que las nenas. —Y le mordí el labio—. Ellas aprendieron solas, vos tenés al tío enseñándote.

 

Y volvió. Y esta vez el beso fue más largo, más sucio, con las lenguas buscándose y las narices chocando, y con mi saliva y la suya mezclándose en el mentón. Emma gemía adentro de mi boca, y yo aproveché que estaba de frente y le puse una mano en la conejita y la otra en la cola, y le empecé a mover las dos al mismo tiempo, en espejo, con el pulgar en el botoncito de adelante y el dedo del medio en el anillito de atrás.

 

Emma se retorció entera, sin soltarme la boca. Se le estiró la espalda, se le arquearon los pies, y el gemido le salió adentro del beso, ahogado, largo. Y no paró: se retorcía y me besaba al mismo tiempo, las dos cosas juntas, y cada vez que yo le movía los dedos ella me chupaba más fuerte la lengua, como si el beso fuera la forma de aguantar el resto.

 

Cambié el video con la mano libre, sin soltarla.

 

Aparecieron dos nenas mexicanitas, morochitas las dos, en una cama, y en el medio de la pantalla, parada, una verga enorme, adulta, gorda, de un señor que se veía de la cintura para abajo. Las nenas la miraban como si fuera un trofeo. Y después, sin decir nada, se empezaron a acercar las dos, una de cada lado, y le pasaron la lengua, primero por el costado, después por la punta, y se rieron, y se miraron entre ellas, y la volvieron a lamer.

 

El adulto les hablaba, se escuchaba la voz, y les decía cosas en un tono suave y sucio a la vez, y las nenas se reían cada vez más y le ponían más ganas. En un momento las dos empezaron a chuparla juntas, cada una de un lado, y después una se la metió hasta el fondo y la otra se corrió y le chupó las pelotas, y después se besaron entre ellas con la boca llena de saliva y le volvieron a la verga. Se las veía sonrientes, como si fuera un desafío, y les encantaba.

 

—Tío… —dijo Emma, con la boca todavía húmeda pegada a la mía—. La tienen en la boca las dos.

 

—Y no se pelean. —Y le apreté el botoncito—. Cuando las dos quieren lo mismo, se comparte.

 

—Y él les habla.

 

—Porque le gusta mandarlas. —Y le mordí la oreja—. Y a ellas les gusta que les diga qué hacer. Mirá las caras: están felices de que un grande les pida cosas.

 

Emma se mordió el labio, miró la pantalla un rato, y después volvió a mirarme.

 

—¿Vos te imaginás así? —le pregunté—. Con tu hermana.

 

—Sí. —Y lo dijo sin dudar—. Yo de un lado y ella del otro.

 

—¿Y a vos te gustaría?

 

—Sí. —Y se rió, y después se puso seria—. Le mostraría la tuya y le diría que la huela.

 

—¿Y ella la olería?

 

—Sí. —Y se apretó contra mis dedos—. Nina es re curiosa, más que yo. Se la olería toda y después la chuparía, y yo la miraría.

 

—¿Y si no le gusta?

 

—Le va a gustar. —Y se encogió de hombros, segura—. Le va a gustar y va a querer más, y va a decir «otra vez».

 

—Como vos. —Y le apreté la colita—. Porque vos también pediste más, ¿te acordás? «Movelo», me dijiste.

 

—Ay… —Y se puso colorada—. Sí.

 

—Así que vas a tener que enseñarle. —Y le hablé al oído—. Sos la grande. La que sabe.

 

—Sí. —Y se retorció—. Y vos vas a estar ahí, mirando y hablando.

 

—Hablando y mirando. —Y le di un beso en el hombro—. Como corresponde.

 

—Decí cosas.

 

—¿Qué cosas?

 

—Cosas sucias. —Y se retorció—. Como el señor del video, pero más.

 

Me reí, la apreté contra mí y le hablé en la oreja mientras le seguía moviendo las dos manos.

 

—Entonces vas a estar ahí, con tu hermanita, las dos de rodillas, chupando la pija del tío, y el tío les va a decir putitas a las dos. —Y le mordí la oreja—. Y vos le vas a decir a Nina que se porte bien, y Nina no se va a portar bien, y yo la voy a retar.

 

—Ay… —Y se retorció entera—. Sí.

 

—Y vos vas a ser mi putita grande, la que le enseña las cosas a la chica.

 

—Sí… —Y me apretó la pija con la mano—. Y a vos te va a gustar.

 

—Me va a encantar. —Y seguí, con la voz cada vez más baja, porque a medida que me lo contaba a mí mismo me iba calentando—. Y cuando estén las dos ahí abajo, de rodillas, con la boca llena, yo las voy a oler a las dos. Primero a vos, que ya sé cómo olés.

 

—¿Y a ella?

 

—A ella la voy a oler después. —Y le apreté la colita—. Le voy a levantar la colita y le voy a pasar la nariz, ahí, entre las nalgas, y le voy a decir que se quede quieta.

 

—Uhhh. —Y se retorció—. ¿Y cómo la vas a oler si está vestida?

 

—Ahí está el problema. —Y me reí, con la boca pegada a su oreja—. Así que vos me vas a hacer un favor.

 

—¿Qué favor?

 

—Cuando vayas a lo de Nina, me traés una bombachita de ella. Usada, de la ropa sucia.

 

Emma se dio vuelta de golpe.

 

—¿Para qué?

 

—Porque me encantaría olerla. —Y le dije la verdad—. Quiero saber a qué huele tu hermana. El culo y la conejita.

 

—Uhhh. —Y se quedó con la boca abierta—. ¿Y a mí me olés?

 

—A vos te huelo sin bombachita. —Y le pasé la nariz por el cuello—. El cuello, la panza, y acá abajo cuando te abrís. Pero la bombachita es otra cosa: es el olor de todo el día, el que queda cuando ya te la sacaste.

 

Emma se quedó pensando, con los labios apretados, y después se le iluminó la cara.

 

—Bueno —dijo—. Le robo una a Nina. Y te traigo una mía también.

 

—¿Las dos?

 

—Las dos. —Y se rió—. Así mi novio cochino disfruta.

 

—Mi novia cochina. —Y le apreté el botoncito—. Sos una chanchita.

 

—¿Chanchita? —Y se rió más fuerte.

 

—Chanchita. —Y le mordí la oreja—. Una chanchita hermosa, que le trae bombachitas usadas a su novio para que se enamore más.

 

—Uhhh. —Y se retorció, encantada con la palabra—. Soy una chanchita. —Y lo repitió, probándolo—. La chanchita del tío.

 

—Eso.

 

—Y una putita. —Y me buscó la cara—. Y tu novia. Y tu cómplice.

 

—Todo junto.

 

—Todo junto. —Y me dio un beso, y después se rió sola—. Pobre Nina. No sabe que su bombachita va a terminar en tu nariz.

 

—No le digas nada.

 

—No le digo nada. —Y lo pensó—. Un día le voy a preguntar si tiene una linda, y ella no va a entender nada.

 

Se acomodó otra vez de espaldas contra mi pecho, con la mano todavía en mi pija, y volvió a mirar la pantalla.

 

—Ahora vas a ver lo mejor —le dije.

 

—¿Lo mejor?

 

—Lo mejor de todo.

 

Busqué el video y le di play. En la pantalla apareció una nena mexicana, chiquita, de ocho o nueve años, con el pelo recogido y atado, abierta de piernas en una cama, y entre las nalgas, entrando despacio, un pene adulto, entero, metido hasta la mitad en la cola.

 

Emma se quedó quieta. Después se llevó una mano a la boca.

 

—¡Tío! —Y abrió los ojos como platos—. ¡Es chiquita!

 

—Más chica que vos.

 

—¡Y le está metiendo en la cola! —Y no lo podía creer—. ¡Con la pija!

 

—Con la pija. —Y le apreté la colita con la yema—. Y le entra.

 

—¿Y no le duele?

 

—Al principio un poco, y él le habla para que se relaje. —Y le acaricié la espalda—. Despacito, con paciencia, como te lo hice yo hoy con el dedo. Fijate cómo ella se deja.

 

—Si ella puede, yo también —dijo, seria.

 

—Vos también. —Y le besé la nuca—. Y más fácil, porque vos ya sabés lo que es. Ella está aprendiendo recién.

 

—¿Y después le va a gustar?

 

—Le va a encantar. —Y le acaricié la espalda—. Como te gustó a vos, cuando te dije que no pasaba nada y no pasó nada, y después me pediste más.

 

Emma se apretó contra mis dedos, con los ojos en la pantalla, y no dijo nada más. La nena de la pantalla se mordía el labio y respiraba hondo, y el tipo se lo movía despacio, muy despacio, y se escuchaba todo: la respiración de ella, el ruido húmedo, la voz del hombre diciéndole bajito que se relajara, que ya iba a pasar, que se dejara.

 

Y ahí, mientras la nena se agarraba de las sábanas y empezaba a gemir, Emma dejó caer la cabeza para atrás sobre mi hombro, me apretó la pija y me habló bajito, casi sin voz.

 

—Tío.

 

—¿Qué, mi amor?

 

—Algún día me la vas a meter ahí?

 

—Algún día. —Y le acaricié la colita con la palma—. Y no falta tanto.

 

Y ahí no me aguanté más. La alcé de las piernas, la acomodé contra mí, y le pasé la pija por la canaleta del culo, de abajo hacia arriba, apoyándola entera contra el pliegue, sin entrar. Emma se estiró de golpe y se quedó sin aire.

 

—Tío… —Y se agarró de mis rodillas—. ¿Qué hacés?

 

—Nada. Te la apoyo. —Y se la pasé otra vez, más lento—. Sentí.

 

Se quedó quieta un segundo, con la espalda pegada a mi pecho, y después movió la colita sola, buscándome, y se la volví a pasar. Gimió bajito.

 

—Está caliente —dijo.

 

—Es tu culito. —Y se la pasé otra vez—. Y está caliente porque vos estás caliente.

 

—¿Y por eso está dura?

 

—Por eso.

 

En la pantalla la nena mexicana ya tenía los ojos cerrados y la boca abierta, y gemía largo, sin cortar, mientras el tipo le empujaba despacio y le llenaba el orto de chota. Y yo no podía dejar de mirarla a Emma y de imaginarla ahí abajo, abierta, con la colita levantada, pensando que a esa nena chiquita ya le estaba entrando una pija entera y que la mía era más grande que ella.

 

—Emma.

 

—¿Qué?

 

—No veo la hora de hacerte esto. —Y le pasé la pija otra vez, de arriba abajo—. De tenerte así, con la colita levantada, y metértela despacito hasta el fondo.

 

—Ay…

 

—¿Vos querés?

 

—Sí. —Y lo dijo sin dudar—. Aunque me dé un poco de miedo.

 

—Me lo decís y paramos. —Y le apreté la colita con la pija—. Vos sos la que manda, mi amor. Siempre. Y te lo voy a hacer despacito, y te voy a hablar todo el tiempo, y cuando sientas que se abre ya va a estar adentro.

 

—¿Y si me asusto?

 

—Me agarrás la mano. —Y le di la mía—. Y yo no te suelto.

 

Emma se quedó con eso, y en la pantalla la nena seguía gimiendo, y ella se apretó contra mí.

 

—¿Y eso cómo se dice? —preguntó—. Cuando te la meten ahí.

 

—Culiar. —Y le pasé la pija por el pliegue—. Se dice culiar.

 

—Culiar. —Y lo repitió, probándolo—. ¿Como coger?

 

—Más fuerte que coger. —Y le apreté la colita con la pija—. Culiar es cuando te la meten por atrás y te la dejan adentro. Y es lo que casi ninguna nena de diez años sabe.

 

—¿Ninguna? —Y giró la cara.

 

—Ninguna. —Y le hablé en la oreja—. Vos sos la única que sabe todo esto. Y es porque yo te lo enseño, y porque vos sos viva.

 

—Uhhh. —Y se retorció, y se le notó que la palabra le había entrado—. ¿Y vos me vas a culiar?

 

—Cuando vos quieras.

 

Emma se quedó un segundo con eso, y después hizo algo que no le pedí: se soltó de mis rodillas, se llevó la mano para adelante y se puso los dedos ella sola, igual que la nena rubia del video de la bañadera. Dos dedos en el botoncito, círculos rápidos, la otra mano apoyada en mi pierna. Se empezó a tocar sin sacarme la pija de la cola, apretándose contra mí, y cada vez que yo le pasaba la pija ella movía la mano más rápido.

 

—Así, mi amor —le dije en el oído—. Tocaté. Mirá qué bien lo hacés.

 

—Tío… —Y giró la cara—. Besame.

 

La besé. Y fue un beso obsceno, de los nuevos, con lengua, con saliva, con las dos bocas abiertas y las narices chocando, y ella me chupó la lengua mientras se tocaba y yo le pasaba la pija por la colita. Se separó un segundo, quedó el hilo de saliva, y volvió a entrar, y así estuvimos un rato, comiéndonos la boca, hasta que se separó para respirar.

 

—Te voy a hacer todo —le dije, con la boca pegada a la suya—. Te voy a culiar despacito la primera vez, y te voy a dejar la colita llena, y después te voy a dar vuelta y te voy a coger la conejita, y te vas a quedar con las dos llenas.

 

—Ay, tío…

 

—Y te voy a decir putita mientras te la meto.

 

—Sí… —Y se tocó más rápido—. Decime putita ahora.

 

—Putita. —Y se la pasé con la pija—. Mi putita hermosa. Mi chanchita.

 

—Uhhh. —Y se apretó contra mí—. Todo eso.

 

—Todo eso, y más. —Y le hablé en la oreja mientras le pasaba la pija por el pliegue—. Te voy a poner de cuatro patas, como a la nena del video, y te voy a agarrar de la cola, y te la voy a meter hasta el fondo. Y vos vas a gemir así, ¿escuchás?

 

—Escucho.

 

—¿Y te gusta cómo gime?

 

—Sí. —Y se mordió el labio—. ¿Y ella por qué se ríe?

 

—Porque está feliz. —Y le mordí la oreja—. Porque le están dando por donde nadie le dio nunca. Como te va a pasar a vos.

 

Emma gemía cortito, con la mano entre las piernas, y en un momento, sin que yo le preguntara, empezó a hablar. Con la voz espesa, entrecortada, mirando la pantalla.

 

—Tío… mi mamá hace más cosas.

 

—¿Cómo más cosas?

 

—Más fuertes. —Y se mordió el labio—. Una vez papá le escupía.

 

—¿Le escupía?

 

—Sí. En la cara. —Y se tocó más despacio, acordándose—. Y mamá se reía y le decía «más».

 

—¿Y a vos no te daría vergüenza que te escupan?

 

—No sé. —Y se rió—. ¿Vos me escupirías?

 

—Si querés, sí.

 

—Uhhh. —Y se retorció, como si le acabaran de dar un juguete nuevo.

 

—¿Y qué más hacía tu mamá?

 

—Le metía el pito muy fuerte. —Y se apretó contra mi pija—. Muy fuerte, tío. Y la levantaba del pelo y le decía cosas.

 

—¿Qué cosas?

 

—La insultaba. —Y se rió—. Le decía «puta» y «yegua» y «así te gusta, ¿no?». Y mamá pedía más. «Más, más, dame más», le decía.

 

Y yo me la imaginaba mientras hablaba. Mi cuñada, la hermana de la tía, esa mina bajita, medio gordita, con unas tetas enormes que se le mueven cuando camina, la que siempre me pareció tranquila, la que habla despacio y se ríe bajito. Ahí, de cuatro patas, con el pelo en la mano y la cara mojada de escupitajo, pidiendo más. Y me calentó de una manera que no me esperaba.

 

—¿Y después? —le pregunté.

 

—Y después papá se la puso en la boca. —Y Emma se puso colorada—. Y le dijo «tomá, puta». Y le dio la leche en la cara.

 

—¿En la cara?

 

—En la cara y en la boca. —Y se tocó más rápido, porque se estaba calentando contándolo—. Y mamá tomaba y se reía, y se limpiaba con la mano, y después se la chupaba de nuevo.

 

—Uhhh. —Y le apreté la colita con la pija—. ¿Y a vos te gustaría eso?

 

—¿Qué cosa?

 

—Que te den en la cara.

 

—Sí. —Y se puso roja—. Pero que seas vos.

 

—¿Segura? —Y le mordí la oreja—. Porque si tu papá te agarra un día, el tío se muere de celos.

 

—¿Y si me agarra? —Y se tocó más despacio, pensando.

 

—¿Cuándo?

 

—Un día que mamá no está. —Y se mordió el labio—. O un día que esté dormida y él entre a mi pieza.

 

—¿Y qué haría?

 

—Me destaparía. —Y se rió, con la voz temblorosa—. Y me tocaría.

 

—¿Y vos?

 

—Yo me haría la dormida. —Y se apretó contra mi pija—. Y cuando me toque abajo, me despertaría y le diría «¿qué hacés, papi?».

 

—Uhhh. —Y le apreté el botoncito.

 

—Y él me diría que me quede quietita. —Y se mordió el labio—. Como me decís vos.

 

—Tal cual. —Y le hablé en la oreja—. Y acordate de eso: cuando él te diga que te quedes quietita, vos ya vas a saber qué hacer, porque yo te enseñé antes.

 

—¿Y después me sacaría la bombachita? —Y se tapó la cara.

 

—Y te la va a oler. —Y le pasé la pija por el pliegue—. Como la huelo yo. Y va a decir que olés rico, y va a estar en lo cierto.

 

—Ay… —Y se retorció—. ¿Y si me mira la conejita?

 

—Te la va a mirar. —Y le apreté la colita—. Y va a ver que está todo abierto y brilloso, y no va a entender por qué, porque él no sabe que acá hay un tío que te está abriendo desde ayer.

 

—Uhhh. —Y se apretó contra mí.

 

—¿Y si me la pone en la boca? —preguntó después, bajito.

 

—Seguro que sí. —Y le mordí el lóbulo—. Y vos la vas a chupar como me chupás a mí, y él se va a volver loco, porque no va a saber de dónde sacaste esa maña.

 

—¿Y qué hago si me da leche en la cara? —Y se tocó más rápido, porque se estaba calentando con su propio cuento.

 

—Te la tomás toda. —Y le hablé bajito—. Y no decís nada, y te limpiás con la mano, como tu mamá, y después venís y me contás a qué sabe.

 

—¿Y a vos te va a gustar saberlo?

 

—Y me va a dar rabia. —Y le apreté el botoncito—. Y me va a encantar.

 

—¿Y si sabe más rica que la tuya?

 

—No existe.

 

—Uhhh. —Y se rió, y después se quedó pensando con la mano quieta—. Tío.

 

—¿Qué?

 

—¿Y si un día quiere hacer más?

 

—¿Más cómo?

 

—Todo. —Y lo dijo bajito, casi sin voz—. Como vos.

 

Ahí me quedé un segundo sin contestar, porque me la imaginé entera: la nena de cuatro patas en su pieza, con el papá atrás, y el tío a tres cuadras sin saber nada. Y me agarró una cosa en el pecho que no me esperaba.

 

—Y va a querer, mi amor. —Y le pasé la pija por la colita—. Tarde o temprano va a querer.

 

—¿Y vos?

 

—Y yo te voy a seguir enseñando igual. —Y le apreté la colita—. Porque el primero que te abrió el cuerpo fui yo. Y eso no me lo saca nadie.

 

—A nadie se lo debe. —Y lo repitió, con la voz ronca—. A nadie.

 

—Y ahora sos mi putita con fantasías. —Y le apreté el botoncito—. Mi putita grande.

 

—Sí… —Y se apretó contra mí, y después, sin dejar de tocarse, se rió sola—. Tío, estoy pensando en mi papi y me estoy tocando.

 

—Y a mí me estás apretando la pija. —Y se la pasé otra vez—. Así que estamos los dos pensando en tu papá.

 

—Uhhh. —Y se retorció—. Y él no tiene ni idea.

 

—Ni idea.

 

—Pobre papi. —Y se rió, y en la pantalla la nena mexicana gemía cada vez más fuerte.

 

Entonces giró la cara y me buscó la boca, y nos besamos. Y mientras nos besábamos, con la lengua y con saliva, ella se apretó contra mí y yo le apoyé la punta del pito justo en el anillito y empecé a empujar despacito, sin entrar, solo con la yema de la punta contra el borde, y sentí cómo el culito se le abría un poquito y se volvía a cerrar, mordiéndome la punta cada vez. Emma gimió adentro del beso y se retorció, y yo seguí empujando ahí, en el borde, sin penetrarla, mientras la nena de la pantalla se agarraba de las sábanas y se dejaba llenar el orto hasta el fondo.

 

Estuve un rato así, con la punta apoyada en el anillito y el culito mordiéndomela cada vez que ella se movía, y Emma empezó a gemir bajito adentro del beso, y en un momento se separó y me miró con los ojos vidriosos.

 

—Tío… —dijo, y se mordió el labio—. Me duele un poquito.

 

—¿Querés que lo saque?

 

—No. —Y negó con la cabeza, apurada—. Quiero ser valiente, como la nena.

 

Me reí y le di un beso en la frente, y con el pulgar le acaricié la mejilla.

 

—No tenés por qué apurarte, mi amor. —Y le hablé despacio, bien cerca—. Ya sos mi novia. Ya sos la nena del tío. Y esto no se te va a escapar: yo te voy a hacer mujer por el culito el día que vos me digas que estás segura. Ni un día antes.

 

—Pero yo quiero. —Y se apretó contra mí—. Quiero ser una nena grande.

 

—Ya sos grande.

 

—Más. —Y se puso colorada—. Quiero sentirme como mi mamá.

 

Ahí me quedé un segundo sin saber qué decir, porque la nena me estaba contando todo de golpe: la madre de cuatro patas, el escupitajo, la leche en la cara, y ella queriendo llegar a eso. Y en la pantalla, como si alguien hubiera escuchado, el video se puso más fuerte.

 

El tipo ya no iba despacio. La tenía de cuatro patas sobre la cama, con las dos manos en la cintura, y le entraba y le salía con ganas, y se escuchaba todo: el golpe de los cuerpos, ese plaf, plaf, plaf que llenaba el living, y los gemidos de la nena, que ya no eran cortitos sino largos y agudos y sin vergüenza, y cada tanto un grito cuando el tipo le daba más fuerte. La nena tenía la cara contra la sábana, el pelo pegado de transpiración, y se agarraba de las sábanas con las dos manos como si se estuviera por caer.

 

—¿Escuchás? —le dije en la oreja—. Ese ruido es la pija entrando y saliendo.

 

—Sí. —Y se retorció—. Plaf, plaf.

 

—Plaf, plaf. —Y le mordí el lóbulo—. Y ella lo pide. ¿La escuchás pedir?

 

La escuchábamos. La nena pedía más, en mexicano, y el tipo le contestaba cosas al oído, y las dos voces se mezclaban con el plaf y con la respiración de mi nena, que ya estaba temblando.

 

Y ahí no aguanté más. Me levanté con ella en brazos, la llevé al medio del sofá, corrí el almohadón y la recosté boca arriba con la cabeza apoyada y las piernas abiertas de par en par, con las rodillas dobladas hacia afuera, así, entregada, sin nada tapado.

 

—¿Qué hacés? —preguntó, y se quiso tapar.

 

—Nada. —Y le agarré las dos rodillas y se las abrí otra vez—. Quiero mirarte.

 

Y la miré. De cerca, de arriba, con la luz del televisor de costado. Tenía la conejita hinchada, brillosa, con los labios abiertos y el botoncito asomando en la punta, y más abajo, entre las nalguitas, el culito chiquito, rosado, todavía abierto un poquito por todo lo que le habíamos hecho, con un resto de saliva brillando en el borde. Y el olor. Ese olor que ya era el olor de la tarde entera: la transpiración, el sexo, mi leche secándose en el pecho, y abajo el olor más fuerte, el de ella por dentro.

 

Me tiré y le puse la nariz en la conejita.

 

Olí primero, largo, sin tocarla con la boca, con la nariz pegada al pliegue, y ella se estiró entera y se rió, nerviosa.

 

—Tío, me estás oliendo.

 

—Te estoy oliendo. —Y volví a inhalar, hondo—. Y me vuelvo loco.

 

—¿A qué huelo?

 

—A vos. —Y le pasé la lengua, de abajo hacia arriba, entera, lenta, sin apuro—. A nena.

 

Emma se retorció de golpe y se agarró de mis pelos.

 

—Ay… —Y se le cortó la voz.

 

Le pasé la lengua otra vez, y otra, y le chupé los labios, uno y otro, con la boca abierta, y después le busqué el botoncito con la punta de la lengua y se lo apreté, y ella levantó la cola del sofá y se quedó con la espalda arqueada, temblando.

 

—Tío… tío… —Y me apretaba la cabeza con las dos manos, sin saber si sacarme o dejarme.

 

Seguí. La chupé entera, sin levantar la boca, con la nariz metida ahí, respirándola mientras la comía, y ella empezó a mover la cola contra mi cara, buscando, y a gemir sin palabras. Después le bajé la lengua un poco más, hasta el culito, y se lo pasé por el borde, y se lo metí apenas en el anillito, y ella gritó bajito.

 

—¡Uy, ahí no!

 

—¿Cómo que no? —Y se lo lamí otra vez, despacio—. Si me encanta cómo te huele el cochino.

 

—¿En serio? —Y se quiso mirar—. ¿Y no huele feo?

 

—Huele fuerte. —Y aspiré, con la nariz pegada ahí—. Y fuerte es rico.

 

—Ay… —Y se retorció—. Pero es donde hago caca.

 

—Y también es donde te gusta. —Y se lo chupé otra vez.

 

—Uhhh. —Y se tapó la cara con una mano—. Tío cochino.

 

—Cochino y enamorado. —Y se lo lamí de abajo hacia arriba—. Y vos tenés el cochino más rico del mundo.

 

—¿Más rico que todo?

 

—Y más que eso.

 

—¿Y no te da asco la caca?

 

—A mí no me da asco nada tuyo. —Y le metí la punta de la lengua en el anillito—. Nada. Ni el pis, ni la caca, ni la baba. Todo lo que sale de vos me gusta.

 

—Uhhh. —Y se retorció, y después, con una vocecita—: ¿Y si un día me hago caca?

 

—Te limpio y sigo. —Y se lo chupé—. No paro ni un segundo.

 

—Tío cochino —repitió, y esta vez se rió, y me apretó la cabeza para que no me fuera.

 

Volví a subir a la conejita, y ahí me quedé alternando, un rato arriba y un rato abajo, sin orden, sin apuro, como si tuviera toda la noche. Emma estaba deshecha: se retorcía, se le abrían y cerraban los muslos alrededor de mi cabeza, me agarraba el pelo, me decía cosas que no terminaba.

 

—Más… tío, más…

 

—¿Más dónde?

 

—No sé. —Y se rió, con la voz rota—. En todo.

 

Le puse la lengua en la conejita y dos dedos en la entrada, y se los moví despacio mientras le chupaba el botoncito, y ella empezó a temblar de otra manera, más profunda, con la panza apretada y la respiración cortada.

 

—Tío, tío, tío… —Y lo repetía como un rezo.

 

Levanté la vista un segundo para mirarla: tenía la cara roja, el pelo pegado en la frente, la boca abierta, los ojos cerrados y una expresión que no le había visto nunca, entre el placer y el abandono, como si estuviera en otro lado, como si estuviera drogada.

 

—Mirá cómo estás —le dije, con la boca brillosa.

 

—Seguí. —Y ni abrió los ojos—. No pares, por favor.

 

Le volví a bajar la cabeza y la comí de nuevo, más fuerte, con más lengua, con los dedos adentro, y en la pantalla la nena mexicana ya estaba gritando y el plaf, plaf, plaf no paraba, y el living entero se llenó de gemidos: los de la nena del video, los de mi sobrinita, y los míos, que se me escapaban contra su conejita sin que los pudiera controlar.

 

Y así seguimos, los dos en el sofá y el video llenándonos la cabeza, hasta que Emma se agarró fuerte de mis pelos con las dos manos, levantó la cola, apretó los muslos contra mis orejas y me dijo, con la voz quebrada:

 

—Tío, no pares. No pares, no pares.

 

En la pantalla el tipo ya estaba al final. Le agarró la cintura con las dos manos, se la apretó contra la panza y se vació adentro, con un gemido largo y ronco, y la nena se quedó quieta, con la cola levantada, aguantando todo. Después se salió despacio y el que filmaba acercó la cámara, y se vio el agujerito abierto, rosado, latiendo, con la leche blanca saliéndole y escurriéndole por entre las nalgas hasta la sábana.

 

—Tío, mirá —dijo Emma, con la voz pastosa—. Le dejó la leche adentro.

 

—Así vas a quedar vos algún día. —Y le pasé la lengua por la conejita—. Con la colita llena y la leche saliéndote.

 

—¿Y después?

 

—Y después te vas a reír, como ella.

 

Los dos estábamos desnudos hacía rato, ella en el sofá y yo entre sus piernas, así que me tiré de rodillas en el piso, le agarré las dos rodillas y se las abrí todo lo que daba. Y la pija, al bajarme, se me quedó parada y latiéndome sola, con la punta brillosa y las pelotas apretadas y llenas, porque hacía dos horas que la tenía dura y no me había tocado ni una vez. Emma la miró desde el sofá, con la cara apoyada en el almohadón, y se mordió el labio.

 

—Está grande —dijo.

 

—Está apurada.

 

—¿Por qué no la tocás?

 

—Porque primero vos.

 

Le puse la boca en el botoncito.

 

Lo primero que sentí fue el calor. Y después el gusto: la sal, el dulce, el sabor de todo lo que le habíamos hecho esa tarde. Le chupé el botoncito como si fuera un chupetín chiquito, de nena: la boca entera encima, la lengua apretándolo y moviéndolo, y cada tanto un mordisquito con los labios, apenas, para que sintiera los dientes. Emma se estiró entera y me agarró de los pelos.

 

—Ay… tío… —Y ya no sabía qué hacer con las manos.

 

Y mientras le chupaba el botoncito, le acomodé los dedos. El índice se lo metí despacio en el culito, hasta el fondo, y el pulgar se lo puse en la conejita, también adentro, bien hasta el fondo. Y empecé a moverlos juntos, uno contra el otro, apretando desde los dos lados, con esa pared finita del medio entre los dos dedos, ese tabique que separa un agujero del otro y que ella tenía tan finito que casi se me tocaban los dedos a través. La sentía apretarme de los dos lados, caliente, mojada, y la pared del medio cediendo contra mis dedos.

 

Emma se volvió loca.

 

No hay otra palabra. Se le fue la cabeza de golpe. Empezó a gemir sin palabras, cada vez más fuerte, con la voz aguda, y se retorcía como si tuviera fiebre, y me agarraba el pelo y me empujaba la cabeza y me decía «sí, sí, sí» y «ahí, ahí», y se le puso la cara roja, el pecho rojo, el cuello colorado, y la transpiración le corrió por la frente y por el labio y le mojó el pelo. Y yo no paré: seguí chupando, seguí moviendo los dedos, y ella levantaba la cola del sofá buscándome, y me apretaba la cabeza con los muslos, y las palabras se le fueron yendo y quedaron solo los sonidos.

 

El primer orgasmo le vino rápido, con un grito corto, y no cortó: siguió, y a los pocos segundos le vino otro encima del anterior, y después otro, encadenados, sin que se le terminara ninguno. Y en el tercero, o el cuarto, abrió las piernas de par en par, se le contrajo toda la panza, la conejita se le apretó alrededor de mi pulgar y largó un chorro. Un chorro de verdad, tibio, que me pegó en la boca y me corrió por la cara.

 

—Uh… —atiné a decir, y no levanté la cabeza.

 

Y volvió a largar. Y otra vez. Me mojó la boca, la nariz, los ojos, el mentón, el cuello, el pecho. Y no dejaba de temblar, y no dejaba de gemir, y ya no me hablaba: solo se movía y gemía y me apretaba la cabeza con las dos manos, como si me quisiera meter adentro de ella.

 

Y yo no paré. Seguí chupándola, tragando lo que me daba, con la cara empapada y el gusto salado en la lengua, y el olor a ella por dentro metido en la nariz, y la barbilla chorreándome, hasta que empezó a aflojar, y los gemidos se le hicieron más largos y más suaves, y los temblores se espaciaron, y al final se quedó quieta, desparramada en el sofá, con las piernas abiertas y los brazos tirados, respirando como si hubiera corrido, casi desmayada. Abajo, en el sofá, había quedado una mancha húmeda y brillante, del tamaño de una mano.

 

Le saqué los dedos despacio y le di un beso en la conejita. Un beso suave, con los labios, tierno, de agradecimiento. Emma gimoteó bajito y se rió, con los ojos cerrados.

 

—Te mojé todo —dijo.

 

—Y volvería a dejar que lo hagas.

 

—Perdón.

 

—No se perdona nada. —Y le di otro beso, ahora en el muslo—. Eso es lo más lindo que me hicieron en la vida.

 

Y ahí me levanté. Me paré al lado del sofá, me agarré la pija con la mano y me la empecé a mover, y me temblaron las piernas apenas me la toqué, porque la tenía llena y al límite y hacía dos horas que aguantaba. La primera pasada de mano me arrancó un gemido que no pude controlar.

 

Emma abrió los ojos y me miró desde abajo, con la cara brillosa, el pelo pegado en la frente y la boca abierta.

 

—Miráme —le dije—. Con esos ojos.

 

Y me miró. Los abrió bien, los verdes, los hermosos, y me sostuvo la mirada sin pestañear. Y yo la miré entera, sin apuro, con la mano en la pija: la carita cansada, la transpiración en la frente, las dos manchitas de leche seca pegadas en la sien, las pecas chiquitas que tiene en la nariz y que se le ven solo de cerca, la nariz respingona, la boca abierta, los labios hinchados y perfectos, de muñeca, de nena de revista. Y el pechito subiendo y bajando, y los pezones duros, y las piernas todavía abiertas y mojadas y brillantes por todo lo que me había dado.

 

Me la moví más rápido, sin sacarle los ojos de encima, y ella tampoco me los sacó. Y cuando ya no aguanté, cuando sentí que me subía desde las pelotas, me apreté la base con los dedos y la apunté a su carita.

 

—Te voy a dar toda la chechona en la cara —le dije.

 

—Dame. —Y sonrió, cansada, y se pasó la lengua por el labio.

 

Y me solté. Con un gemido largo que me salió del pecho, y los primeros chorros le cayeron a ella en la mejilla y en la nariz, gruesos, tibios, y después en el mentón y en el labio, y ella se quedó quieta recibiendo, con los ojos abiertos, sin cerrarlos ni un segundo, y una parte le cayó en la boca y otra le quedó colgando y otra le corrió por el cuello. Me vacié entero, chorro tras chorro, y el olor a leche se sumó al de la pieza, y ella no se movió, y la última gota le quedó en la punta de la nariz.

 

Me quedé temblando un segundo, apoyado en el sofá, con la pija todavía en la mano y el corazón a mil. Y después me dejé caer al lado de ella, agotado, con la cabeza tirada en el almohadón.

 

Estuvimos un rato los dos así, desnudos, sin hablar, respirando. Y ahí pasó lo que no esperaba: Emma, con los ojos cerrados y la cara llena de leche, se pasó el dedo por la mejilla, recogió un resto blanco y se lo llevó a la boca.

 

Lo probó despacio, moviéndolo con la lengua.

 

—¿Y? —le pregunté.

 

—Tiene un gusto raro. —Y lo pensó, con el dedo todavía en la boca—. Pero me gusta.

 

—¿Te gusta?

 

—Sí. —Y se rió, y me miró de costado—. Es raro, pero me gusta. Y además yo soy una cochina, como mi novio.

 

—Y yo soy el tío más feliz del mundo.

 

—Y me gusta tomarte la chechona. —Y se pasó el dedo otra vez, ahora en el labio, y se lo chupó entero—. Como la puta de mi mamá con mi papá.

 

Se me apretó todo el pecho cuando lo dijo, con esa carita, con esa voz, con la cara llena de mi leche.

 

Le agarré la nuca, la atraje y la besé. Y el beso fue otra cosa: un beso con gusto a todo, a ella, a mí, a sexo, a sal, a la tarde entera. Ella me devolvió el beso con la boca abierta y me pasó la lengua con mi propia leche adentro, y así estuvimos un rato, comiéndonos despacio, compartiendo todo lo que teníamos en la boca.

 

Después se acomodó. Se dio vuelta, se acurrucó contra mi pecho, se puso la cabeza en mi hombro y me abrazó la cintura con las dos piernas, como un mono chiquito. Yo le puse un brazo por encima y la tapé con una manta del respaldo, y ella se metió adentro y se quedó quieta, con la nariz pegada a mi cuello, piel contra piel.

 

En la pantalla, los videos seguían pasando solos, ya sin nadie que los mirara. Los dos olíamos a sexo, a transpiración, a leche y a pis. Y mi nena, con la cara sucia y el pelo revuelto, se quedó dormida en tres minutos, apretada contra mí, en el mismo sofá donde había empezado todo.

 

Nos quedamos dormidos así, enredados en el sofá, con la manta hasta el mentón y los videos pasando solos en la tele. Yo me desperté primero, con el brazo dormido de tanto tenerla encima, y me quedé un rato quieto mirándola: dormida, con la boca abierta, una costra de leche seca en la sien y el pelo pegado en la mejilla. Tenía la carita de una nena que se durmió jugando.

 

El celular sonó dos veces antes de que lo atinara a agarrar. Era mi cuñada.

 

—Hola, ¿todo bien? —dijo del otro lado—. Te llamo porque en un poco más de una hora paso a buscar a Emma, ¿la tenés?

 

—Sí, acá está. —Y miré el reloj—. Está todo bien.

 

—Uy, perdón por la hora. ¿La desperté?

 

—No, estábamos tranqui.

 

Corté y me quedé un segundo con el teléfono en la mano. Una hora y pico. Y mi nena dormida, con la conejita todavía brillante y la cara sucia.

 

Apagué los videos con el control y me acerqué a su oreja.

 

—Emma… —Y le hablé bajito, sin sacudirla—. Mi amor.

 

—Mmm… —Y se acomodó, sin abrir los ojos.

 

—Hay que levantarse. —Y le acaricié la espalda—. En un rato viene tu mamá.

 

Ahí sí abrió los ojos. Y cuando entendió, hizo un puchero que me mató. Se le frunció toda la carita, me miró con esos ojos verdes todavía dormidos, y se apretó más contra mí.

 

—No quiero —dijo, con la voz ronca.

 

—Ya sé.

 

—Un ratito más.

 

—Un ratito más y no llegamos. —Y le di un beso en la frente—. Tenés que bañarte y vestirte, y peinarte, si no tu mamá se va a dar cuenta de algo.

 

—¿De qué se va a dar cuenta?

 

—De que la nena que dejó acá a la mañana no es la misma que va a buscar ahora.

 

Emma se rió, todavía con el puchero, y me dio un beso en la boca, cortito, de nena.

 

—Te voy a extrañar —dijo.

 

—Y yo. —Y le agarré la carita con las dos manos—. Pero escuchame una cosa, y esto es en serio: yo voy a hacer todo lo que pueda para que nos veamos seguido. Todo. Aunque tenga que inventar cosas, aunque tenga que llevarte a pasear, aunque tenga que hablar con tu mamá. Vos no te vas a quedar sin tío.

 

—¿Me lo prometés?

 

—Te lo prometo.

 

—¿Y no me vas a olvidar cuando no me veas?

 

—Imposible.

 

Me la llevé a upa hasta el baño, ella enganchada de mi cuello con las piernas en mi cintura, y la puse en el piso. Puse la toalla en el toallero, busqué el jabón, y cuando me di vuelta para prender la ducha, la encontré parada en el medio del baño mirándome.

 

Con una carita particular. Las manos atrás, los pies juntos, la boca apretada, y esos ojos fijos en mí, como si estuviera a punto de decir algo y no se animara.

 

—¿Qué? —le pregunté.

 

—Nada.

 

—¿Por qué me mirás así?

 

—Así cómo.

 

—Como si quisieras algo. —Y me acerqué—. ¿Necesitás algo? ¿Querés algo?

 

Emma se puso colorada y se miró los pies.

 

—No sé.

 

—Decime.

 

—Es que… —Y se mordió el labio—. Me da un poco de vergüenza.

 

—¿Vergüenza de qué, si te vi todo? —Y le levanté la carita con el dedo—. Escuchame: yo te amo. Y vos confiá en mí. Lo que me pidas, te lo doy. Lo que quieras, lo hacemos. Y si me pifio, me lo decís.

 

Emma se quedó pensando, y después levantó la mano y me señaló la pija con el dedo índice, sin tocarla.

 

—Quiero eso —dijo.

 

—Eso ya te lo di. —Y me reí—. Muchas veces hoy. Y no tengo más leche, ¿eh? Se me vació el tanque.

 

—Ya sé. —Y se mordió el labio otra vez—. Pero no quiero la leche.

 

—¿Y qué querés?

 

—Lo otro.

 

Me quedé un segundo sin entender. Y después entendí.

 

—¿Querés que te mee?

 

—Sí. —Y se tapó la boca con las dos manos.

 

—Pero si a vos te daba asco. —Y me reí, incrédulo—. Me dijiste asco como cinco veces hoy.

 

—Ya sé. —Y se rió, nerviosa—. Pero quiero probar. Quiero ser una putita grande para vos.

 

—No hace falta que hagas nada por mí.

 

—Ya sé que no hace falta. —Y ahí me sorprendió, porque se me acercó, me agarró la pija con la mano entera y me la apretó—. Pero quiero. Por favor.

 

Se me paró de nuevo, o me terminó de parar, porque esa mano chiquita apretándome la pija después de todo el día era demasiado.

 

—Y si te da asco, me decís y paro —le dije.

 

—Si me da asco, te aviso. —Y me miró con la carita seria—. Pero quiero probar. De verdad.

 

Le agarré la cara con las dos manos y le di un beso largo, con lengua, ahí parados en el baño, y ella me lo devolvió entero.

 

—Bueno —le dije—. Arrodillate.

 

Emma se arrodilló en el piso de la ducha, con las manos en los muslos, y levantó la cara para mirarme. Y ahí me mató otra vez, porque tenía la carita de angelito: los ojos verdes bien abiertos, la nariz respingona, los labios juntos, y esa expresión de muñeca rusa, de nena de porcelana esperando algo. Con la leche seca todavía en la sien y el pelo revuelto.

 

—¿Así? —preguntó.

 

—Así.

 

Me puse adelante, me apunté, y me solté.

 

Tenía mucha pis, porque hacía horas que no iba, y el primer chorro le dio en la frente y le bajó por la nariz, y ella cerró los ojos de golpe y abrió la boca, y el segundo le cayó en el pechito, y el tercero en la boca. Y no se retiró. Se quedó ahí, arrodillada, recibiendo, con la boca abierta y los ojos cerrados, y la pis le corría por el cuello, por los hombros, por los pechitos, y le mojaba el pelo y le chorreaba hasta los muslos.

 

Puso una cara rarísima, entre el asco y la sorpresa, con la nariz arrugada, pero no se movió. Y cuando la boca se le llenó, en vez de tragar, se quedó con la boca abierta y dejó que el líquido le rebalsara y le cayera por el mentón.

 

—Qué buena putita —le dije, mirándola desde arriba—. Mirá cómo tomás. Sos la mejor puta de todas.

 

Emma gimoteó con la boca llena, sin poder contestar.

 

—Y esto te lo voy a hacer siempre que me pidas. —Y le apunté al pecho—. Siempre. Porque sos la mejor hembrita del mundo. La más linda, la más cochina, la más mía.

 

Terminé, y ella se quedó un segundo con la boca llena, con los ojos cerrados, y después hizo un buche, un gargarismo chiquito, se movió la lengua con todo eso adentro, y tragó. Tragó todo, y después abrió los ojos y me miró desde abajo, con la cara chorreando y una sonrisa de triunfo.

 

—Listo —dijo.

 

—Listo.

 

—¿Y? —Y se limpió la boca con el brazo—. ¿Soy una putita grande?

 

—Sos la putita más grande que existe.

 

Se rió, y yo me agaché, la levanté del piso agarrándola de los brazos, y la abracé entera contra mí, sin importarme que me mojara todo el pecho. La besé, y el beso tuvo gusto a ella y a mí y a pis, y ella me lo devolvió con la boca abierta, sin ninguna vergüenza.

 

Después la alcé a upa, con las piernas en mi cintura y los brazos en mi cuello, y me quedé parado así, con ella colgada de mí, sintiendo cómo me pesaba, toda blandita, toda calentita todavía del orgasmo.

 

Y ahí nos empezamos a oler.

 

Le pasé la nariz por el cuello, despacio, subiendo hasta la oreja, y me quedé ahí, respirándola. Y ella me pasó la lengua por la mejilla, un lamido largo, de gatita, y después se me prendió del pelo y me olió a mí, me metió la carita en el hueco del cuello y aspiró fuerte, como si me estuviera tragando.

 

—Estás todo mojado —dijo, contra mi piel.

 

—Es tu pis —le contesté, y ella se rió.

 

Me corrió la pis por el hombro, un hilito tibio, y yo estiré el cuello y se lo lamí. Y después los dos nos probamos los restos, con la lengua, despacio, riéndonos, ella agarrada de mi cuello con las dos manos y las piernas apretadas en mi cintura, y yo con las manos en su colita, apretándola contra mí.

 

—Sabés a pis —dijo.

 

—Y vos también.

 

—Qué asco.

 

—¿De verdad te da asco? —le pregunté, y me corrí un poco hacia atrás para mirarle la cara.

 

Ella se quedó pensando, con la boquita apretada, y después negó con la cabeza.

 

—No —dijo, bajito.

 

—¿No?

 

—No.

 

Y me agarró la cara con las dos manos y me dio un beso. Un beso de novia chiquita, torcido, con la boca abierta, mojado de pis y de mí. Y cuando se despegó tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes, y se escondió en mi cuello.

 

—Me gusta —dijo, ahí, contra mi piel, casi sin que se le entendiera.

 

—¿Qué te gusta?

 

—Estar así. —Y me apretó las piernas. —Con vos. Que me huelas.

 

Le levanté la cara con un dedo y la obligué a mirarme.

 

—¿Y qué más te gusta?

 

—Que vos me huelas a mí —dijo, y se rió, tapándose la boca con una mano, muerta de vergüenza.

 

—A mí me gustás así, toda meada, toda mía —le dije. —No te lavés nunca.

 

—Nunca —repitió, y volvió a esconderse.

 

Nos quedamos un rato así, pegados, oliéndonos, ella con los brazos y las piernas alrededor mío como un mono, y yo caminándola despacio por el baño, dándole palmaditas en la colita, sintiendo cómo se le iba aflojando el cuerpo contra el mío, cómo me dejaba todo su peso, confiada, como si yo fuera lo único que la sostenía en el mundo.

 

—Tío —dijo, después de un rato.

 

—Qué.

 

—¿Te gusta que sea tu putita?

 

—Me encanta.

 

—¿Y la mejor hembrita también?

 

—La mejor de todas —le dije, y le mordí la orejita.

 

Y ahí, con ella todavía a upa, estiré el brazo y prendí la ducha.

 

Media hora más tarde Emma estaba bañada, peinada y cambiada, con la ropita limpia que había traído en la mochila, y los dos estábamos tirados en el sofá viendo dibujitos, como si en el medio no hubiera pasado absolutamente nada.

 

Hasta que sonó el timbre.

 

Me levanté con el corazón en la boca, como si me fueran a descubrir en cualquier momento, y abrí. Era Xime, con Nina de la mano. Venía apurada, con el pelo atado y una remera apretada que le marcaba las tetas como si las tuviera dibujadas, y atrás la nena, con una remera holgada y una calza tan ajustada que le dejaba el culo redondo y durito, ese culo de gimnasta que ya empezaba a tener la muy atrevida. Las miré un segundo de más y me apuré a hacerme el distraído.

 

—Hola, cuñado, perdón por la hora —dijo Xime, y me dio un beso en la mejilla. —Se me fue el tiempo en lo de los Gómez, te juro. ¿Se portó bien Emma?

 

—Se portó diez —le dije.

 

—¿No te la dejé muy encima?

 

—Para nada. Cuando quieras me la traés otra vez.

 

—¿Comió? —preguntó, y ya estaba entrando y dejando la cartera en la mesita, como si la casa fuera de ella.

 

—Le hice un sándwich —dije. —Y miró dibujitos.

 

—Ay, cuñado, gracias. —Se pasó una mano por el pelo. —Se me hizo tardísimo, y a Nina no la quería dejar sola en lo de los Gómez con los chicos.

 

—Yo no soy chica —dijo Nina, desde el marco de la puerta, con una carita de pocos amigos.

 

—Nadie dijo que lo seas, mi amor —le contestó Xime, sin mirarla.

 

Y ahí la nena me miró a mí, de arriba abajo, como midiéndome, y después miró a Emma, que estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas y el control en la mano.

 

—¿Vos también mirás esos dibujitos de nenitas? —le preguntó a Emma, con un tono que no era del todo amable.

 

—No son de nenitas —dijo Emma, ofendida.

 

—Yo miro otros.

 

—¿Cuáles?

 

—Los que son más copados.

 

Xime revoleó los ojos y me sonrió, como diciendo «ya arrancaron». Yo me agaché hasta quedar a la altura de Nina y le guiñé un ojo.

 

—A vos te vi haciendo gimnasia, ¿eh? —le dije.

 

Nina se enderezó enseguida, como un resorte.

 

—¿Cómo sabés?

 

—Por cómo caminás. Parada derechita, la colita dura. Se nota de lejos.

 

—Hago tres veces por semana —dijo, y se puso las manos en la cintura. —Soy la mejor del grupo.

 

—Nina, no te la creas —dijo Xime.

 

—Es la verdad.

 

Emma, desde el sofá, soltó un ruidito con la boca.

 

—La próxima —le dije a Nina, bajito, como un secreto—, te quedás vos también. Y mirás los dibujitos que quieras.

 

—¿En serio?

 

—En serio.

 

—¿Y ella? —Nina señaló a Emma con el mentón.

 

—Ella también.

 

Emma se levantó del sofá, cruzó el living y se me prendió del cuello, me abrazó fuerte, con las dos manos, como si no me quisiera soltar, y con Nina mirando.

 

—Te quiero mucho, tío —dijo.

 

—Y yo te amo, mi amor —le contesté, y le di un beso en el pelo, delante de todos.

 

Xime nos miró un segundo, medio sonriendo, medio desconcertada.

 

—Qué rápido que le agarraste el cariño —dijo.

 

—Es una nena encantadora —contesté, y le guiñé un ojo a Xime, que se rió.

 

—Bueno, Emmita, agarremos la mochila —dijo Xime, y se agachó a levantarla del piso.

 

—¿Tomaste la merienda? —le preguntó, mientras le acomodaba el cuello de la remera.

 

—Sí —dijo Emma, con una carita de ángel. —El tío me dio la chechona.

 

Y tiró una risita.

 

—¿Chechona? —Xime levantó una ceja. —¿Qué marca es esa?

 

—Rica —dijo Emma, encogiéndose de hombros.

 

Xime me miró a mí, esperando una explicación. Yo me hice el que no sabía nada y le alcancé la mochila.

 

—Será que le quedó el nombre —dijo Xime, y no preguntó más.

 

—Chau, tío —dijo Nina, ya desde la puerta, con la mano en alto.

 

—Chau, campeona —le contesté.

 

Xime me dio un último beso en la mejilla, se llevó a las dos nenas escaleras abajo, y yo me quedé con la puerta abierta, mirándolas bajar.

 

Y ahí, desde el primer escalón, Emma se dio vuelta, me buscó con la mirada y me guiñó el ojo.

 

—Tío —dijo, bajito, estirando el cuello para que solo yo la escuchara—. Te dejé un regalo en el sofá.

 

Y desapareció escaleras abajo, agarrada de la mano de la mamá.

 

Cerré la puerta. Me quedé apoyado contra ella un segundo, sintiendo todavía el olor de Emma en mi ropa, y después, con el corazón latiéndome en la garganta, caminé hasta el sofá.

 

Ahí estaba.

 

En el hueco entre los almohadones, doblada con cuidado, la bombachita. Blanca, con corazoncitos. La misma. La del primer día, la que yo estaba oliendo esa noche cuando ella me descubrió, la que había empezado todo, la que después le devolví y que ella, sin decirme nada, se había guardado.

 

La levanté con dos dedos, como si fuera una reliquia. Y me la llevé a la nariz.

 

Estaba cargada. Guardaba su olor entero, espeso, pegado al algodón: el pis, la nena, y por debajo ese olor a sexo que no se le va con nada, ni con el baño, ni con el jabón, ni con la ropa limpia. El olor que me tenía loco desde la primera vez.

 

Cerré los ojos y me la dejé pegada a la cara un rato largo.

 

 Les dejo mi correo para quien quiera conarme que les parecio [email protected]

 

Tambien telegram: @Arcangelper

 

2 Lecturas/22 de octubre de 2026/0 Comentarios/por arcangel_perverso
Etiquetas: amigos, cuñada, cuñado, hermana, hermanita, madre, playa, sexo
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