Emma, un amor prohibido 4
El reencuentro de Emma y su tío una semana después. Se arma un triangulo amoroso. Y se arma el terreno para que tío y sobrina queden solos.
CAPÍTULO 4
Llegamos al mediodía.
La casa de Xime tiene pileta y quincho, y apenas el auto entró por el portón ya se oía el griterío de los chicos en el agua. Bajamos las cosas del baúl, el vino que trajo la tía, la ensalada, y antes de que llegáramos a la puerta ya estaba Emma.
Estaba en la pileta, con la malla rosa que me había mandado por foto el domingo a la mañana. Apenas nos vio, saltó del borde y vino corriendo, chorreando, descalza sobre el pasto. Me abrazó mojada, sin decir nada, con la cara contra mi panza. Me empapó la camisa entera.
—Emma, dejá al pobre —dijo la tía, y se rió.
Emma no me soltó.
Después fue como si se acordara de golpe que había más gente en el mundo, y se fue a jugar con los primos. Los primos son hijos míos, y siempre andan celosos de ella, pero ese día la buscaban, la tiraban a la pileta, la perseguían. Emma gritaba, se reía, y cada tanto levantaba la cabeza y me buscaba. Yo estaba en la reposera, con la tía al lado, y le devolvía el gesto como si nada.
Volvió a los diez minutos. Se me sentó en la reposera, en el hueco que le dejé, y me empezó a preguntar cosas. Que si me gustaba el asado, que si había traído el auto nuevo, que si la tía la dejaba dormir en casa algún día. Preguntas de nena, todas juntas, sin esperar la respuesta. Después se cansó y se fue otra vez.
Y así toda la tarde. Iba y venía. Se tiraba a la pileta, jugaba con los chicos, y volvía. Se me colgaba del brazo, me abrazaba de costado, me apoyaba la cabeza en el hombro. Nunca más de un minuto, porque siempre aparecía alguien: la tía, Xime, Thiago que la llamaba, Nina que quería agua.
Xime me habló como si Emma no estuviera ahí:
—No sabés, no dejó de hablar de vos desde que se quedaron juntos el otro día. Que el tío esto, que el tío lo otro. Que sos su tío favorito, dice. Se pasó la semana entera con vos en la boca.
Emma se hizo la que no escuchaba, pero se le puso la cara colorada.
Y en eso me agarró de la mano y me quiso llevar a la pileta. Yo estaba con el papá y con el tío de él, hablando de no sé qué, y le dije que después. Emma insistió. Volvió a insistir. Tironeó del brazo. El papá se cansó:
—Sos re intensa, Emma —dijo—. Y caprichosa. Dejalo al tío, que está hablando con nosotros, ¿no ves?
A Emma se le llenaron los ojos de agua de golpe. Soltó mi mano, dio media vuelta y salió disparada para el fondo, al patio de atrás, donde no hay nadie.
Nadie dijo nada. La tía comentó algo del asado, el papá siguió con lo suyo. Yo esperé un poco, para que no se notara, y después me paré.
—La calmo yo —dije.
—Dale, andá —dijo Xime, con esa media sonrisa—. Por ahí con vos se pone menos pelotuda. Conmigo es un drama cada vez.
Crucé el quincho, el pasto, y la encontré sentada en el escalón del fondo, con las rodillas contra el pecho, llorando sin ruido. La malla rosa, los pies sucios de pasto, el pelo mojado pegado a la cara. Se veía chiquita.
Me senté al lado y no la toqué enseguida, la dejé llorar un poco, porque hay veces que una nena necesita llorar sin que la interrumpan.
—Estás muy hermosa —le dije bajito, cuando el llanto empezó a aflojar.
Emma levantó la cara, sorprendida, como si en el medio del enojo no esperara que le dijera eso.
—Me parte el corazón verte llorar —seguí—. Y más cuando el enojo es conmigo, porque yo vine acá a verte a vos, no a los grandes. ¿Sabés las ganas que tenía de que llegara hoy?
Le puse la mano en la cara, le corrí el pelo mojado de la frente y le sequé las lágrimas con el pulgar, despacio, de un lado y del otro. Ella cerró los ojos y se dejó hacer. La abracé con las dos manos, sin apuro, y ella se me desarmó encima, apoyada toda contra mi pecho, con la cabeza en el hueco del cuello.
—Te amo —le dije al oído.
Emma lloró un poco más, pero distinto, sin rabia. Y después, tan bajo que casi no se escuchó:
—Quiero estar sola con vos.
Nadie nos veía. Nadie nos escuchaba.
—Y yo también —le dije—. Te prometo que vamos a tener un rato solos, ya vas a ver. Pero no te enojes más, ¿eh? Divertite en la pileta, jugá con los chicos, y después de comer salgo yo a nadar con vos. ¿Trato?
—Trato —dijo, y me miró con esos ojos.
Se secó la cara con el brazo, se levantó, se acomodó la malla como si tuviera que ordenarse por dentro. Le agarré la cara una última vez, rápido, y la solté.
Volvimos juntos, como si nada. La tía nos vio llegar y no dijo nada, pero Xime nos clavó la mirada y se le armó la sonrisa.
—Ahh, su tío favorito —dijo, con voz burlona—. A él no le llorás ni le gritás. Sos loca, hija, ¿eh?
Emma se hizo la que no escuchaba, pero se le puso la cara colorada.
Entonces la agarré, la levanté en el aire y la abracé fuerte contra mí.
—Es mi loquita preciosa —dije—. La más compañera con el tío.
Emma se rió y me abrazó del cuello. Después se soltó, se acomodó la malla y se tiró a la pileta.
Antes del asado, los grandes nos sentamos en la mesa del quincho a esperar. El papá estaba en la parrilla, los demás con la copa, la charla de siempre.
Nina apareció con una carpeta bajo el brazo, en bikini, ya seca, el pelo recogido y todavía con marcas de agua en los hombros.
—Tío, mirá lo que hice —dijo, y sin pedir permiso se me sentó encima.
Se sentó de frente, con las piernas abiertas sobre mis muslos, la carpeta entre los dos. Es la hermana chica de Emma: tiene siete, pero es alta, casi como Emma, más grandota, más nalgona, con las piernas gruesas. Y es lo contrario de Emma. Emma es tierna; Nina es desfachatada, te habla de frente, con un humor ácido, sin ninguna vergüenza.
—Mirá —repitió, y me puso un dibujo delante de la cara—. Este sos vos.
Era un monigote con anteojos y panza, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Esa es mi panza? —le dije.
—Sí. Sos gordo.
—¿Cómo gordo, Nina? —me llevé la mano al pecho, como si me hubiera apuñalado—. Me rompés el corazón. Mirá lo que me hiciste.
Le hice una cara de sufrimiento exagerada, la boca torcida, los ojos abiertos, y ella se rió.
—Sos re gordo —insistió.
—Bueno, pero soy lindo.
—No.
—¿Cómo que no? —y la agarré de la cintura y le hice cosquillas.
Nina se retorció, se rió a los gritos. Los grandes levantaron la cabeza medio segundo, sonrieron y volvieron a lo suyo.
Después se calmó, se acomodó otra vez en mi falda y siguió dibujando.
Y mientras dibujaba, se movía. Al principio no le di importancia.
Pero se movía de una manera rara. Se hamacaba despacito, para adelante y para atrás, y cada vez que iba para adelante, se apoyaba justo con la conchita sobre mi rodilla. No parecía casual. Era lento, pero era constante.
Le puse una mano en la panza para sostenerla y con la otra le agarré las piernas. Cada tanto, disimulando, le acariciaba las nalgas por encima de la bikini.
Nina no solo se dejaba. Se movía más. Y seguía con las manos libres, con el lápiz, dibujando.
—¿Y acá qué le pongo? —preguntó, con el lápiz en el aire.
—Ponele pelo.
—¿Vos tenés pelo?
—Poco.
—Bueno, poquito.
—Poquito pero bueno —le dije, y ella se rió, cortito.
Volvió al papel. Y de a poco se fue poniendo rara. El dibujo empezó a salir torcido, los trazos largos y apurados, como si ya no le importara. Se le escapaba la línea y no la corregía. Empezó a mirar menos el papel. Cada tanto levantaba la cabeza, me miraba, y yo la miraba a ella y le sonreía, como si todo fuera por el dibujo. Ella me devolvía la sonrisa, seria, y volvía al papel como si nada.
Eso era lo mejor: que parecía concentrada en dibujar. Nadie que la mirara de afuera iba a pensar nada.
Pero se hamacaba más. Más seguido, más hondo. Ya casi no dibujaba: le salían rayas, círculos, cualquier cosa. Respiraba distinto, más cortito, y entre frase y frase se le escapaba un suspiro chiquito que los grandes no escuchaban pero yo sí.
Yo la ayudaba sin que se notara. Cuando ella iba para adelante, yo levantaba un poco la pierna, y le daba justo donde buscaba. Cuando se frenaba, la sostenía con la mano en la panza para que no se escapara. Así, los dos, sin decir nada, encontramos un ritmo. Ella se dejaba llevar. Ya no era ella la que se movía; era el cuerpo, que se movía solo.
Y ahí sentí el calor. La conchita le largaba un calor chiquito, concentrado, justo sobre mi rodilla, que se iba agrandando. Me atravesaba el bikini y me quedaba en la pierna. Un calor de nena, húmedo y tibio, que me empezó a endurecer a mí también.
Nina levantó la cabeza y me buscó. Tenía los ojos vidriosos, la boca entreabierta. Me miró fijo, y yo la sostuve con la mirada y le sonreí. Ella no dijo nada, volvió al papel, y siguió.
Los grandes no se daban cuenta de nada. Hablaban de política, del club, de no sé qué. Nadie miraba a la nena que se hamacaba sobre la falda del tío.
Y yo pensaba para adentro que Nina era tan puta como Emma. Que con siete años ya se movía así, con la conchita contra mi rodilla, y que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
En un momento el movimiento se hizo cortito, marcado, rítmico. El cuerpo se le puso duro, la espalda recta. Se le frenó la mano con el lápiz apoyado en el papel. Levantó los ojos, me buscó una última vez, seria, con la boca entreabierta, y me clavó la mirada. Yo le sonreí. Y ahí un temblorcito le corrió por las piernas. Dos veces. Tres. Después aflojó toda junta, se le fue el aire de golpe, y se le puso la cara colorada.
Nadie lo notó. La charla de los grandes siguió tapando todo.
Pasó un ratito. Nina seguía callada, encima mío, con el lápiz en la mano y la vista en el papel, y yo no la apuraba. La dejé volver.
Aproveché que nadie miraba y le bajé la mano, despacio, hasta la parte de adelante, y la toqué por encima del bikini.
Estaba mojada. Muy mojada. Y caliente. El bikini estaba seco, hacía rato que no se metía al agua, así que esa humedad era de ella, de adentro.
Levanté la vista. Nina me estaba mirando.
Y sin pensarlo, me llevé los dedos a la nariz y los olí.
Nina siguió el movimiento con los ojos. Vio que me olía los dedos, vio que la miraba a ella, y algo se le armó en la cara. Nos quedamos así, los dos, sin decir nada, ella colorada, yo con los dedos todavía en la nariz, y en el medio la mesa llena de grandes hablando de cualquier cosa. Fueron unos segundos que se hicieron eternos. Nadie más existía.
Y en ese silencio se entendió todo.
Después Nina me sonrió, pícara, cómplice, como si acabáramos de firmar un pacto, y me guiñó un ojo como una grande.
Se bajó de mi falda, me dejó el dibujo en la mano y dijo:
—Tomá, es tuyo.
Y salió corriendo para la pileta.
Lo de Nina me dejó caliente.
Me quedé ahí, sentado, con el dibujo en la mano y la cabeza en cualquier lado. Tuve que hacer fuerza para no quedar como un boludo delante de todos.
Me tomé un vino. Después otro. Hablé de política, del club, del dólar, de cualquier cosa, y de a poco me fui enfriando. Pero cada tanto Nina cruzaba el quincho, me buscaba con la mirada y me guiñaba el ojo como una grande, y a mí se me volvía a prender el calorcito en la rodilla.
Hasta que el papá de Emma, que volvía del living a buscar más hielo, se sentó un rato y empezamos a cargarnos, como siempre.
—¿Y vos cómo andás? —me dijo—. ¿Todavía con ese auto que se te queda en la subida?
—Anda mejor que el tuyo, que lo tenés de adorno en la cochera.
—Lo tengo de adorno porque no me alcanza la nafta, gil.
—Eso es porque manejás como una abuela.
—Manejo como un campeón.
—Como un campeón del mundo de ir a cincuenta.
Nos reímos los dos. Después vino el truco, la vez que le gané con el ancho falso, que él jura que el falso era mío, y la discusión de siempre sobre qué equipo era más desastre. La tía nos miraba como diciendo «estos dos», y Xime nos mandó al carajo dos veces y siguió con lo suyo.
Y en esa boludez de cuñados se me fue yendo el calor. Cuando me serví el tercer café, ya estaba tranquilo.
Cuando me calmé, ya era la sobremesa.
En la mesa quedábamos pocos: Xime, la tía y yo. El papá de Emma iba y venía; aparecía, decía una boludez, y se volvía al living a ver cómo iba el partido. Los chicos andaban por la pileta; Nina, a los gritos con los primos, la peor de todas.
Y en eso apareció Emma, corriendo desde la pileta, mojada, con el celular en la mano.
—¡Tío, tío, mirá! —y sin pedir permiso se me sentó a upa, con las piernas para un costado, y me puso la pantalla delante de la cara.
Eran videos de gimnasia. Pruebas, ejercicios, no sé. Yo no miraba el video. La tenía a ella encima, mojada, recién salida de la pileta, y lo único que podía sentir era el olor. Ese olor a pileta, a sol, a piel de nena. Y la pielcita, suave, la pierna apoyada contra mi brazo, la nuca a un centímetro de mi cara. Estaba loco. Hacía una semana que no la tenía así de cerca, y ahora la tenía ahí, sentada arriba mío, como si nada, mostrándome videos.
La tía se arrimó a mirar.
—¿Y eso qué es? —preguntó.
—La prueba de salto —dijo Emma, seria, concentrada en explicar—. Esta es la más difícil de todas.
—¿Y vos la hacés?
—Sí. Bueno, más o menos.
—Qué grande —dijo la tía—. ¿Y cuándo competís?
—La competencia grande es en Mar del Plata —dijo Emma.
Y ahí, sin saberlo, abrió la puerta.
Xime, que se estaba sirviendo el café, contestó sin levantar la vista:
—La primera semana de diciembre. Pero no vamos a poder ir.
—¿Por qué? —preguntó la tía.
—Porque no llegamos con la plata, y porque no la podemos llevar: ninguno de los dos puede faltar esos días al trabajo.
Emma dejó el celular. Y me miró. Me miró con un puchero que me partió al medio. Un puchero de esos que hacen las nenas cuando piden algo que ya saben que no van a tener.
La tía se quedó pensando.
—Pará —dijo—. Esos días… ¿no son justo los que vas vos a Mar del Plata? —me preguntó.
—Sí —dije.
—Y bueno —dijo ella, mirando a Xime—. Ojalá pudiera llevarla él.
Se hizo un silencio. Todos me miraron. Y yo, que hacía días que le daba vueltas a eso, desde las charlas con Emma por WhatsApp, no me hice el que dudaba.
—Si ustedes quieren, yo la llevo —dije.
Emma se dio vuelta en mi falda y me clavó los ojos.
—Pero escuchen antes de decir que no —seguí—. Yo tengo que estar allá varios días, es verdad. Emma tendría que faltar a la escuela, también es verdad. Pero a mí me pagan todo. El hotel es re top, me dan un departamento con vista al mar y con su cama para ella. Yo laburo todo en el hotel, así que no la dejo sola nunca; a lo sumo baja a la pileta, que hay pileta, y hay niñeras, y está todo controlado. No la va a pasar mal ni un rato.
Xime y el papá de Emma —que justo había vuelto por la cerveza— se miraron.
—No sé —dijo Xime—. Es mucho. Cinco días. Es un abuso de confianza, vos tenés tu vida, tu laburo…
—Es un abuso de confianza —repitió el papá, y los dos se quedaron serios.
Y ahí a Emma se le llenaron los ojos de agua.
—Por favor —se metió—. Déjenme.
La voz le salió chiquita, temblando. Tenía el labio apretado y las manos hechas un puño en la falda.
Y ahí habló la tía.
—Xime, dejá de romper las pelotas —dijo—. El tío la cuidó desde bebé. ¿Te olvidás cuando se quedaba con ella toda la tarde para que vos pudieras trabajar? Emma lo adora, y él la adora a ella. Que vaya. Van a estar bien. Y de paso se quedan unos días más y disfrutan la playa, que la nena se lo merece.
Si supieran cómo la cuida el tío, pensé.
—Y algo más —dije—. Emma se tiene que animar a viajar sola conmigo en el avión, a quedarse sola conmigo, sin vos. Y se tiene que portar bien, hacer caso, y respetar cuando yo esté trabajando. Pero el resto del tiempo, playa, pileta, y la llevo al torneo. De mi parte, cero problema.
—Cero problema —repitió Emma, como un loro, mirando a los padres.
Xime y el papá se miraron una última vez. Se entendieron sin hablar, como se entienden los matrimonios.
—Bueno —dijo Xime, y sonrió—. Si vos estás de acuerdo, la anotamos en el torneo y la llevás.
Emma se quedó quieta un segundo, como si no lo creyera. Y después se me tiró al cuello y me abrazó fuerte, fuerte, con las dos manos, apretada toda contra mí, mojada, temblando.
—Gracias, gracias, gracias —me dijo al oído.
Y después, todavía abrazada, se dio vuelta y miró a la tía.
—Gracias a vos, tía —dijo—. Por la idea. Y por prestarme al tío.
Ya era media tarde, el calor no aflojaba, y la tía estaba con el segundo café, tirada en la silla, sin ganas de moverse. Los chicos se habían ido para el frente, a la vereda, a no sé qué, y por la pile no quedaba nadie.
—Sabés qué —me dijo—. Yo a vos no te presto más. Te regalo. Con moño y todo, así la nena no me rompe más las pelotas a mí.
—Gracias, muy generoso de tu parte —le dije.
—De nada, querido. Andá, andá, que acá te esperamos.
Emma apareció en el marco del quincho, todavía chorreando, con la malla rosa.
—Tío, vamos a la pile —dijo—. Me lo prometiste. Hace un calor bárbaro y la pile está sola, no hay nadie.
—Sos una pesada —dijo Xime, sin levantar la vista del café.
—Una rompebolas importante —agregó la tía.
—Es mi tío favorito —contestó Emma, como si con eso alcanzara—. Por eso va a venir. ¿Verdad, tío?
Y me miró, esperando.
—Voy al baño a cambiarme —dije, y me paré.
—Aaah, qué pollerudo sos —saltó la tía, y se rió, y le pegó un codazo a Xime—. Miralo. Le dice «vamos» y el tipo va. A mí, para que me acompañe a la pile, hay que rogarle. A la nena le dice dos palabras y ya está.
—Es que conmigo es distinto —dijo Emma, muy seria.
Xime y la tía se rieron.
—Ay, esta nena —dijo Xime—. Está enamorada del tío.
Emma se hizo la que no escuchaba, pero por dentro gozaba. Yo la conozco. Se le notaba en la cara: le encantaba que dijeran eso, le encantaba que todos vieran que con ella yo era otra cosa. Que le podía pedir algo y yo iba. Una nena de diez manejándome como quería, delante de la familia entera, y nadie sospechando nada.
Me fui para adentro.
Y Emma, aprovechando que las dos se habían puesto a hablar entre ellas, se me vino atrás.
Entré al baño y ya la tenía en la puerta, asomando la cabeza.
—Emma, ¿qué hacés acá? —le dije, bajito—. Te van a ver.
—No, están distraídas —susurró—. Che, dejame entrar.
Y era cierto. Emma había chequeado antes de venir: la tía y Xime seguían con el café, el papá estaba en el living con el partido, y los chicos, allá en el fondo. Nadie miraba para el baño. Nadie iba a mirar.
—Igual, si te ven salir del baño conmigo…
—¿Y qué? —dijo ella, y se metió—. Que piensen lo que quieran.
Cerré la puerta, sin trabar. Emma se me acercó, se paró adelante, con la malla mojada y el pelo pegado a la cara, y me miró desde abajo.
—Quiero un beso —dijo—. Uno solo. Después me voy, te juro.
—¿Uno solo?
—Uno.
Y ahí, de golpe, se escuchó una silla arrastrarse afuera. Los dos nos quedamos quietos, sin respirar. Después, nada. Solo la voz de Xime, lejana, hablando de cualquier cosa.
Le agarré la cara con las dos manos y la besé. Y fue uno solo, corto, pero no fue un beso de nena. Le di bien, hondo, y ella se agarró de mi remera y se puso en puntas de pie, y cuando quiso acordar ya no era tan corto.
Cuando nos separamos, tenía los ojos brillantes y la boca abierta.
—Listo —dijo—. Me voy.
—Pará —le dije, y le revolví el pelo mojado, rápido—. Ahora andá, y caminá tranquila, como si nada.
Emma se rió, abrió la puerta y salió sin mirar atrás. Y yo me quedé ahí, en el baño, con la remera en la mano y la boca todavía con el gusto de la pileta.
Después me cambié, me puse la malla, y salí.
—Uh, mirá, salió el señor —dijo la tía desde la mesa—. ¿Y qué hacías tanto rato?
—Me estaba por poner —dije.
—Media hora para ponerte una malla —dijo ella—. ¿Y?
—Y bueno —dije—. Me estaba haciendo una paja.
Xime y la tía se cagaron de risa.
—Sos un desubicado —dijo Xime, con la mano en la boca.
—Un desubicado importante —dijo la tía, secándose los ojos—. Media hora, mirá vos.
Y yo pensé: si supieran que con esa misma mano, un rato antes, le había tocado la conchita a la nena, se caían de culo.
Salí del quincho y crucé el pasto con el sol pegándome en la espalda y el cuerpo todavía caliente de todo lo que había pasado adentro. Las voces de los grandes se iban apagando atrás, entre las plantas, y adelante estaba la pileta, quieta, con el agua brillando bajo el sol de la tarde.
Emma estaba sentada en el borde, con las piernas metidas hasta las rodillas, sola, como había dicho. Cuando me vio llegar se le iluminó la cara y se le puso el cuerpo en tensión, como un resorte.
—Apurate —dijo, bajito, mirando para atrás, para la casa.
Fui hasta el borde. El corazón me latía fuerte, de ganas nomás, de tenerla cerca. Apenas me acerqué, Emma se paró, se me trepó y me enganchó las piernas alrededor de la cintura. Piernas firmes, de gimnasta, duras como el músculo, apretadas contra mis costillas. La piel mojada y fresca. Me abrazó del cuello y me pegó la cara a la mía.
—Quiero ir al agua —dijo.
—Agarrate fuerte —le dije.
Y aproveché, mientras la sostenía, para agarrarla de la cola. Le hundí las dos manos en la colita, chica y redonda, y la levanté. Emma se rió y se apretó más contra mí, y sentí el calor de su conejita justo contra mi panza.
Me tiré con ella a la parte honda. El agua me golpeó, fría abajo, tibia en la superficie, y nos hundió de golpe. Por un segundo se hizo todo silencio, todo azul. Salimos juntos, escupiendo agua, y los dos quedamos riéndonos, con el pelo en la cara, el agua tapándonos hasta el pecho.
Desde ahí no nos veía nadie. La casa quedaba lejos, atrás de las plantas, el quincho tapado. Solo llegaba el griterío de los chicos, borroso, y el sol nos daba de lleno en la cara.
Emma seguía enganchada de mi cintura, con las piernas apretadas, flotando conmigo. Me la quedé mirando. Estaba hermosa. Todavía no estaba desarrollada, era una nena, pero el cuerpo ya le empezaba a moldearse para otra cosa: el pecho chiquito, apenas hinchándose bajo la malla, dos bultitos que se le marcaban cuando el agua la apretaba. El culo, en cambio, ya era un culo: redondo, firme, y la malla se le metía en la cola, se le pegaba, y dejaba ver todo. Los pelos pegados a la frente, los ojos grandes, las gotas corriéndole por la cara.
Le di un beso. Un beso largo, hondo, de esos que no se dan delante de la gente. Emma me lo devolvió con todo el cuerpo, apretada contra mí, con las piernas apretándome la cintura, y cuando nos separamos tenía la boca roja y los ojos encendidos.
Nos quedamos mirándonos. Desde muy cerca, casi tocándonos las narices, con el agua meciéndonos. Ella con los ojos verdes bien abiertos, brillantes, como queriendo entrar en mí. Y así, sin dejar de mirarme, con esa carita de nena buena, me metió la mano en la malla y me la agarró.
Le hablé al oído. Sentía su oreja tibia contra mis labios.
—Te quiero culiar.
Emma abrió grande los ojos. No contestó enseguida. Se mordió el labio y me miró, y me preguntó, con la voz chiquita:
—¿Vos ya culiaste?
—Sí —le dije—. Con la tía. Vos ya lo sabés.
—Obvio —dijo ella, y se quedó callada. Y después, bajito, como si confesara algo:
—Pero te lo quiero hacer a vos.
Y se le notó el celo. Se le puso la carita seria, y la mano me la apretó más fuerte, como si me estuviera marcando.
—¿Y con ella qué? —preguntó.
—Con ella es distinto —le dije—. Ya lo hablamos, mi amor. Con la tía tengo que disimular, tengo que estar con ella, es mi mujer. Pero vos sos otra cosa.
—¿Otra cosa cómo?
—Vos sos mi favorita —le dije—. Vos sos la que más amo. Lo dijiste vos misma hoy, en el almuerzo, delante de todos. Y es verdad. Es lo más verdad que hay.
Emma se mordió el labio, y se le armó la sonrisa. El celo se le fue como había venido. Se me apretó más, y le temblaba un poco el cuerpo, de ganas.
—Y va a ser en Mar del Plata —dijo.
—Si vos me dejás, culiamos todos los días.
—Sí —dijo, sin dudar, con la voz apurada—. Sí, sí.
Y ahí me agarró un poco de culpa. Ella tenía diez, y yo le iba a sacar la tapita. Le agarré la cara con una mano y le hablé en serio, bajito.
—Sabés que duele, ¿eh? La primera vez duele. Al principio no se siente lindo.
Emma me miró con esos ojos verdes, seria, como si estuviera pensando muy bien lo que iba a decir.
—No importa —dijo—. Yo voy a ser grande como mi mamá, y lo voy a soportar. Pero despacito, ¿sí? Porque tu pito es re grandote y no me va a entrar todo en la coneja.
Me reí. Y ella se rió conmigo, y en la risa se le movió todo el cuerpo contra el mío.
—Para mí que vos tenés una coneja muy comilona —le dije.
Y le pasé el dedo por el clítoris, provocándola. Emma gimió, un gemido chiquito, y enseguida se rió, una risa rara, mezclada con el gemido, que le salió de adentro. Los dos sonidos juntos, el de nena y el de grande.
—Y el agujerito cochino también va a comer —le dije al oído.
—¿También? —preguntó Emma, y se le abrieron los ojos como platos.
—Y sí —le dije—. Todo tuyo me lo voy a comer.
Emma se quedó un rato en silencio, pensando, con la mano todavía en mi chota, quieta, como si se hubiera olvidado.
—Se siente rico tocarse ahí —dijo al fin—. Pero es más cerrado. Y si es más cerrado, va a doler más.
—Te prometo que casi nada —le dije—. Menos que una vacuna.
—¿Menos que una vacuna? —preguntó, incrédula, y me miró como si le estuviera mintiendo.
—Mucho menos —le dije—. Casi ni lo vas a sentir.
Emma se lo pensó y después asintió.
—Bueno. Pero despacito igual, ¿eh?
—Palabra —le dije.
Le bajé la mano por la espalda, despacio, sintiéndole la columna, y se la metí por debajo de la bombachita rosa. Estaba caliente, mojada, y no del agua. Le encontré el botoncito con la yema y se lo acaricié, suave, en círculos chiquitos. Emma cerró los ojos y se le cortó la respiración. Se apretó contra mi mano.
—Tocame el pito, amor —le dije al oído—. Mirá lo duro que lo tengo.
Emma metió la mano en mi malla, lo buscó, y lo agarró. Firme. Me la apretó toda con la mano chiquita, y después empezó a pajearlo despacio, de arriba abajo, con una lentitud que me hacía cerrar los ojos a mí también.
Y en eso, sin dejar de pajearme, me habló al oído, con una vocecita distinta:
—Tío… ¿no me podés chupar la coneja otra vez? Como el otro día. Que se sintió muy rico.
Y me puso la carita. La carita de angelito. Los ojos verdes bien abiertos, la boca chiquita, la expresión más inocente del mundo. Y yo me desmorono con esa carita. Lo sabe, y la usa.
—No puedo, mi amor —le dije—. Acá no. Si me bajo, me ven, y si tardo mucho, sospechan.
—¿Ni un poquito?
—Ni un poquito. Pero en Mar del Plata te la voy a chupar hasta que grites.
Emma se rió, bajito, y se apretó contra mí.
Le bajé los dedos. El índice en la conejita, el medio, apenas, en el agujerito cochino. Y jugué despacio, con las dos yemas, sintiendo la paredita fina que separa los dos agujeros. Una pinza, los dos dedos a los costados de esa pared, moviéndose juntos.
Emma tiró unos gemiditos chiquitos, apretados, contra mi oreja.
Y me clavó las uñas en la espalda. Y con la otra mano me apretó la chota, muy fuerte, como si con eso me dijera todo lo que no podía decir con la voz.
—No pares, eh —le dije.
—¿Y quién dijo que voy a parar? —contestó ella, y siguió.
—No sabés cómo te extrañé, novia.
—Quiero sentir las cosquillitas otra vez —dijo, con la boca pegada a mi oreja, la voz espesa—. Pensé en eso toda la semana. Todos los días.
Yo estaba al rojo. El agua fría no me hacía nada. Quería cogerla ahí mismo, ahí en el agua, y sabía que no podía: la pileta, la familia a treinta metros, la ropa. Quería meterla y sentirla por dentro, y no daba. Me la tenía que guardar.
Nos estábamos besando, con mis dedos en su conejita y su mano en mi chota, el agua meciéndonos, cuando se escuchó la voz de Nina, lejana pero clara.
—¡Eh, ya voy a la pile! —gritó desde el quincho.
Los dos nos separamos de golpe, y nos quedamos quietos, flotando, como si nada.
Nina apareció corriendo por el pasto, descalza, con una bikini igual a la de Emma pero más chica, y se tiró de panza a la pileta, justo al lado nuestro. El cuerpo le entró al agua con un golpe seco y nos empapó a los dos.
—Tío, yo también quiero jugar —dijo, cuando sacó la cabeza y se pasó el pelo para atrás, con el agua corriéndole por la cara.
Emma, que todavía me tenía enganchada la cintura con las piernas, la miró de costado. Y se le notó el celo, clarito, en la carita: se le apretó la boca, se le frunció el entrecejo.
—Sos una pesada —le dijo.
—Vos sos la pesada —contestó Nina—. Yo también quiero nadar con el tío. No es solo tuyo.
—Es más mío.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Porque sí no es nada —dijo Nina, y se me agarró de un brazo.
Emma me tiró para el suyo. Nina me tiró para el otro. Las dos colgadas de mí, tirando cada una para su lado, y yo en el medio del agua, sintiendo en un brazo la fuerza de la grande y en el otro la de la chica, las dos con las manitos mojadas y resbalosas.
—Bueno, bueno —dije—. Una y una, se acabó.
Nina se me acercó, se agarró de mi brazo y me miró con esos ojos de caradura que tiene, los mismos ojos claros que la hermana pero con otra cosa adentro, algo más filoso.
—Alzame —dijo.
La agarré de la cintura, la levanté en el aire y la tiré. Nina voló, los brazos abiertos, el cuerpo blanco contra el cielo, y cayó al agua con un ruido enorme. Salió tosiendo y riéndose, con el pelo tapándole la cara.
—Otra vez —pidió.
—Después —le dije—. Ahora me pide la otra.
Emma se me trepó de nuevo y me rodeó la cintura con las piernas. Las piernas le apretaban fuerte, duras, y el calor de su conejita se me pegaba otra vez a la panza.
Y en el medio del juego, sin que Nina viera, Emma aprovechó. Se soltó de mi cuello, se hundió, y desapareció abajo del agua. Por un segundo no la vi, solo el pelo flotando, y después sentí su mano que me buscaba por la malla. Me encontró la chota, me la apretó, y volvió a subir, colorada, con los ojos brillantes y el agua chorreándole por la cara.
—Te encontré —dijo, y se rió.
Nina vio la escena y quiso lo mismo. Se me acercó, se agarró de mi hombro y trepó. Pero Nina no se quedó quieta como Emma: se sentó a horcajadas sobre mi muslo, como había hecho con la rodilla en la mesa, y empezó a hamacarse. Se apoyaba con la conejita en mi pierna y se movía, despacito, con la carita seria, la mirada perdida en el agua.
—¿Qué hacés? —le preguntó Emma.
—Nado —dijo Nina, y siguió.
Emma la miró, desconfiada, como si sospechara que su hermana estaba haciendo algo que ella no.
Y así terminé con una en cada brazo. Las agarré a las dos, una con cada mano, y las dos cayeron en mis manos de la misma manera: de la cola. La cola de Emma, redonda y firme, se me llenó en la palma. La de Nina, más chica y más gorda, también. Empecé a caminar por el fondo, con el agua hasta el pecho, los pies hundiéndose en el fondo de la pileta.
A Emma la tenía de espaldas, y aproveché para agarrarla bien, con la palma abierta, los dedos hundidos entre las nalgas, sin ningún disimulo, porque abajo del agua nadie me veía las manos. El agua estaba fría en el fondo y tibia arriba, y en el medio, justo donde las tenía, se estaba calentando con nuestros cuerpos.
Emma se dejó hacer, y cada tanto se apretaba contra mi mano, buscando más.
Y ahí, en el medio del juego, se me dio por probar. Porque lo de Nina en la mesa me había quedado dando vueltas. La nena se había hamacado sobre mi rodilla, se había venido, y después me había guiñado el ojo como una grande. Yo quería saber si era casualidad, si había sido el cuerpo solo, o si Nina sabía perfectamente lo que hacía.
Así que esperé el momento. Emma, en un rato, se soltó y se fue nadando para el otro lado, a saltar del borde, y su cuerpito se alejó cortando el agua. Me quedé solo con Nina.
La tenía a upa, con la mano en la cola, como a la otra. Y aprovechando que Emma estaba lejos y que el agua nos tapaba, le bajé la mano por la panza, se la deslicé por debajo de la bombachita, y le encontré la conchita.
Era distinta de la de Emma. Más chiquita, más gordita, más papuda, con la carne más armada, y toda lampiña, como la de su hermana. La piel, suave como un raso, sin un pelo.
Le puse el dedo en la rayita y empecé a moverlo despacio, de arriba abajo, con una presión leve, buscándole el botoncito. Y lo encontré: también distinto del de Emma. El de Nina sobresalía un poco para afuera, más redondo, más armado, como un porotito duro. Le pasé la yema por encima, apenas, y sentí la viscosidad.
Nina se paralizó. Se le cortó todo el movimiento, se le puso el cuerpo duro, la espalda recta. Y me miró. Nos quedamos así un segundo, los dos, sin decir nada, ella con los ojos abiertos y yo con la mano ahí abajo. Se le puso la piel de gallina en los brazos, en los muslos, y me apretó las piernas, sin miedo, como queriéndome atrapar la mano ahí adentro y no dejarla salir.
Saqué la mano, para ver qué hacía. Nina no se fue. Se quedó donde estaba, quieta, esperando, con la carita seria. Y entonces sonreí, le volví a poner la mano, y seguí, moviéndole el dedo por la rayita.
—Llevame nadando hasta el fondo —dijo ella, de golpe, como si nada.
—¿Hasta el fondo? —le dije—. ¿Y si me quedo pegado allá abajo, quién me saca?
—Yo te saco.
—¿Vos? Si vos no llegás ni a la mitad.
—Sí llego —dijo, y se rió.
—¡Los voy a atrapar! —gritó Emma desde el otro lado, y se vino nadando a toda velocidad, brazadas grandes, el agua saltando.
Pero a nosotros no nos atrapaba. Nosotros ya estábamos en otra cosa.
Emma llegó, se me abrazó de la cintura, y en vez de agarrarnos, me metió la mano en la malla y me buscó la chota. La muy viva. Toda la carrera era para eso.
Y así quedamos los tres, apretados en el agua: Nina sentada en mi brazo con mi mano en su conchita, Emma abrazada a mi cintura con su mano en mi pija. Y ahí, con las dos encima mío, se armó la pelea de verdad.
—Siempre vos —dijo Nina, mirando a su hermana—. Siempre vos con el tío.
—Y bueno, porque llegué primero.
—No llegaste primero, estabas acá de antes.
—¿Y qué?
—Tío —dijo Nina—. Decile que estabas jugando conmigo y me lo sacó.
—Yo no te saqué nada.
—Me sacaste al tío.
—El tío no es un juguete.
—Y bueno, entonces que comparta —dijo Nina.
Emma se quedó sin respuesta. Nina tenía razón, y las dos lo sabían.
—Bueno —dije—. Basta. Jugamos las tres juntas y se terminó.
—Pero ¿a quién querés más? —preguntó Nina.
—A las dos.
—No vale, a una.
Se me quedaron mirando, las dos, colgadas de mí, mojadas, con los ojos clavados.
—A vos, Nina, te quiero porque sos una caradura —dije—. Y a vos, Emma, porque sos mi compañera.
—¿Y a mí me querés más o menos? —insistió Nina.
—Igual.
—No puede ser igual.
—Y bueno, es igual —dije—. Pero distinto.
Nina se quedó pensando si eso le cerraba. Después se encogió de hombros, se me agarró del otro brazo, y las dos se quedaron colgadas de mí, cada una de un lado, la mano de Emma en mi pija, mi mano en la conchita de Nina, y el sol de la tarde cayéndonos encima.
Las tenía a las dos, una en cada brazo, y las dos colgadas de mí como monos. Emma adelante, con las piernas en mi cintura y los brazos en mi cuello. Nina al costado, agarrada de mi hombro.
Y aproveché. Le solté la mano a Nina un segundo, se la llevé a Emma por atrás, le busqué el costado de la bombachita, se la corrí apenas con dos dedos, y le metí el dedo adentro.
Emma se estremeció. Tenía la conchita caliente, resbalosa, y el botoncito ya duro. Se lo encontré con la yema y se lo acaricié, en círculos chiquitos, y Emma tuvo que morderse el labio para no gemir. Se le escapó igual, un gemidito apretado. Después acomodó la colita, se movió despacito, buscando el dedo, hasta que lo sintió bien adentro de la concha. Y ahí se quedó, quieta, apretándolo.
Con la otra mano, la que tenía en la cola de Nina, empecé a moverla a ella. La apretaba contra mi cadera y la hamacaba yo, de un lado para el otro, para que se frotara sola, para que no tuviera que hacer la fuerza. Y Nina se dejó llevar. Ya no se movía ella: se movía mi mano, y su cuerpocito iba y venía con la mano, apoyando la conejita contra mi pierna, cada vez más fuerte.
Las dos, sin decir nada, prendidas de mí, y yo en el medio, moviéndolas a las dos al mismo tiempo.
—No me gusta que se peleen —dije, bajito, mientras seguía con las manos—. Puedo compartir con las dos. Las quiero a las dos igual.
—Mentira —dijo Emma, entre dientes.
—Verdad.
—No sos un premio —dijo Nina.
—No, no soy un premio —le dije—. Pero si se pelean, no juego con ninguna.
Emma dijo «sí» pero le costó, porque el dedo le estaba jugando adentro y la voz no le salía derecha. Se mordió el labio otra vez.
Nina, en cambio, hablaba como si nada, aunque tenía la cara roja y la respiración corta.
—Bueno, está bien —dijo—. Pero decile que comparta, porque ella siempre dice que sos de ella.
Y era verdad, un poco. Emma me quería para ella sola, y eso, más temprano o más tarde, iba a ser un problema. Lo pensé, ahí, con las dos encima. Iba a tener que hablar con ella, en algún momento, para que fuera más cuidadosa.
—Nina tiene razón —le dije a Emma, y la miré—. No te pongas así. Vos sabés que no está bien.
Y le di un beso en la comisura de los labios.
Nina miró el beso. Quiso pensar algo, pero no pudo, porque el clítoris le estaba dando un placer raro, desconocido, que no entendía. No sabía qué le estaba pasando al cuerpo. No sabía qué había visto. Solo sabía que quería que no parara.
—Entonces estamos de acuerdo —dije—. Van a compartir. Emma, vos me vas a tener casi una semana a mí solo para vos, allá en Mar del Plata. Ahora jugamos un rato las tres. Y vos, Nina, cuando quieras podés jugar. Pero no me gusta verte enojada.
Y le di un beso en el cuello.
Nina tembló. Un temblor chiquito, que le corrió por todo el cuerpo, y no era un temblor feo, era otra cosa. Se le puso la piel de gallina en los brazos.
Las dos tenían los cachetes colorados. Las dos tenían calor, a pesar del frío de la pileta. Y yo la tenía como una piedra.
En eso, desde el quincho, se escuchó la voz de Xime.
—¡Emma! ¡Vení para acá, que necesito que veamos algo!
Emma salió medio del trance. Parpadeó, como si despertara.
—Ya voy —dijo, sin moverse.
—¡Ya! —repitió Xime.
—Andá —le dije, bajito—. Después seguimos. Andá, así no te retan.
Emma se mordió el labio, me miró, y se soltó. Salió del agua, chorreando, y se fue caminando para la casa. Nina y yo nos quedamos solos.
Nina se siguió moviendo. No le dije nada, la dejé. Que lo hiciera sola, que se acostumbrara, que no sintiera que la estaba apurando, que no sintiera que era una prueba. Y mientras la dejaba, la miraba.
El sol le pegaba en la carita, de costado, y le calentaba la piel. Hacía calor. Un calor pesado, de media tarde, con el agua tibia arriba y el fondo frío. Nina recostó un poco la cabeza sobre mi hombro, cerró los ojos a medias, y se movió más. Sentía su respiración agitada, el calor del cuerpito, el corazón que le latía rápido contra mi pecho. Y la sonrisa esa, la desfachatada, la juguetona, se le fue. Se le puso en su lugar otra cosa, un gesto nuevo, raro en ella, como si estuviera procesando lo que le pasaba y no supiera dónde ponerlo. Nina, que siempre tiene una respuesta para todo, ahí no tenía ninguna. Estaba seria. Concentrada. Y a mí me pareció que estaba descubriendo algo, algo que le gustaba y que no entendía, algo que le estaba pasando en el cuerpo y que no tenía nombre.
Yo la miraba y pensaba en la suerte que tenía. En que hacía un rato nomás estaba con la hermana mayor, con Emma, temblando de ganas, y ahora tenía a la chica encima, buscándome el cuerpo, sin que nadie supiera nada. Y que las dos eran sobrinas de mi mujer. Y que estaba metido en algo grande, en un lío hermoso, del que no quería salir.
Le hablé despacito, con voz de amigo, sin apuro, para que no se asustara.
—¿Te gusta lo que estás haciendo? —le pregunté.
Nina hizo que sí con la cabeza, sin abrir del todo los ojos.
—¿Y vos sabés que está mal? —insistí—. Que una nena haga esto con el tío. Que se refriegue así, en la pileta, sin que nadie se dé cuenta.
Nina se dio vuelta, me miró, y no habló. Pero hizo que sí otra vez, con la cabeza. Y me sostuvo la mirada, como diciendo «y qué me vas a contar, si vos también lo hacés».
Le acaricié la cola, despacio, por arriba de la bikini, sintiéndole la carne dura.
—¿Querés seguir? —le pregunté—. ¿Y sabés que no tenés que decir una palabra? Ni una, por más que sientas cosas raras.
—Sí —dijo, apenas—. No digo nada.
—¿Querés sentir algo muy rico? —le dije—. Pero me tenés que prometer una cosa. Que vas a hacer silencio. Y que no le vas a contar a nadie. A nadie, Nina. Ni a Emma.
Hizo que sí con la cabeza, con los ojos grandes, y esta vez me pareció que se le movía algo adentro, un cosquilleo de anticipación. Se mordió el labio.
Me acerqué a sus labios y la besé.
Nina no se resistió. Fue raro, pero fue natural: me devolvió el beso. No sabía bien cómo, era un beso torpe, de nena que imita, que prueba, que copia lo que vio. Los labios chiquitos, mojados, abiertos a medias, sin cerrar del todo. Y en el medio del beso, sin dejar de moverse contra mí, seguía buscando. Me separé un poco.
—Te voy a hacer sentir muy rico —le dije—. Pero vas a tener que hacer silencio y confiar en mí. Voy a hacer algo raro. Y te vas a divertir mucho.
—Sí —dijo.
—Nina, por favor —insistí, buscándole los ojos—. Yo te hago sentir algo lindo, pero me prometés que nunca le contás a nadie.
Me miró seria, seria. Se le quedó la carita quieta un segundo, y yo pensé que capaz se estaba asustando, que iba a decirme que no. Y después se le armó la sonrisa, se le abrió toda la cara, y me dijo, con ese gesto tan de nena, tan gracioso, moviéndose igual:
—Siii, tioooo, dallleeee.
La llevé hasta el borde de la pileta, la puse contra la pared, y le metí la mano por debajo de la bombachita.
—Tiooo —dijo.
—Shhh —le hice.
Nina no puso ninguna resistencia real. Todo lo contrario: me agarró con los brazos, más fuerte, y me atrajo hacia ella, apretándome contra su cuerpito, como si quisiera que estuviera más cerca, más encima, como si le diera seguridad tenerme pegado.
Le busqué el clítoris. Y ahí lo noté: era distinto del de Emma. Más grande. Sobresalía más, más para afuera, más armado, como un porotito duro que se salía solo a buscar el dedo. La conchita, también distinta: más gordita, más papuda, con la carne más junta, y toda lampiña, suave como un raso. Le pasé la yema por encima del botoncito y empecé a acariciarlo despacio, en círculos chiquitos. Nina arrancó a gemir bajito, con los ojos cerrados.
—Tío… —decía—. Tío…
—¿Querés que te suelte? —le pregunté.
Hizo que no con la cabeza. Abrió los ojos, como sorprendida de lo que sentía, pero la boquita le mostraba la excitación, no el susto. Los labios abiertos, la respiración corta, la cara colorada.
Sabía que no teníamos mucho tiempo. Así que le acaricié el glandecito con más ritmo. Nina soltó un gemido, y ahí la besé en la boca para taparlo. Ella se dejó besar, sintió mi aliento caliente, el calor de mi piel. Había un riesgo enorme, cualquiera podía aparecer en cualquier momento, pero yo no dejaba de acariciarla. Y pensé, en el medio de todo, cómo de golpe le estaba abriendo la puerta a estar con la otra sobrina. Que era un sueño erótico del que no quería despertar. Que si esto seguía así, no sabía dónde iba a terminar. Y que no me importaba.
Alejé la boca y la miré disfrutar. Nina hacía gestos raros, con la cara, tratando de procesar lo que le estaba pasando con el dedo de su tío estimulándole la concha. Fruncía el ceño, después lo soltaba, se mordía el labio, abría los ojos, los cerraba. Como si el placer le llegara en oleadas y ella no supiera qué hacer con cada una.
—Tío —dijo—. Se siente muy rico, lindo, en mi conejita.
Y me apretó, con las dos manos, buscando más.
—Sí, amor, lo sé —le dije—. Voy a hacer algo más. No te asustes.
Le acaricié el esfinter con otro dedo. Nina se retorció toda, como si le hubieran tocado un cable.
—Respirá hondo —le dije—. Y no hagas ruido.
Hizo que sí y tomó aire, graciosa, con la boca grande. Entonces le hundí el dedo. Le entró casi entero, de una sola vez, la pared de la concha y el ano separados apenas por esa telita, mi dedo de un lado y mi otro dedo del otro, jugando entre los dos. Hizo tope con la caca, y a mí no me importó nada, en ese momento lo único que importaba era darle ese momento de placer a la enana que lo buscaba.
Nina me miró otra vez con los ojos abiertos como una lechuza, con un gesto gracioso. Al principio el anito le respondió, apretando, queriendo sacar el dedo.
—Tranquila —le dije al oído—. Tranquila, amor, relajá. Así, niñita, así… disfrutá.
Nina gimió, y dijo que le gustaba. Y se le movió todo el cuerpo, buscando el dedo.
Y yo pensé, para adentro, que esta era mucho más puta que Emma. Que Emma era tierna, que Emma era la del amor, la de las cosquillas ricas. Pero Nina era otra cosa. Nina tenía el cuerpo hecho para el placer, y lo sabía sin saberlo. Ese culo, duro como una piedra, claramente estaba hecho para recibir. Porque Nina empezó a moverse más, buscando la fricción, buscando la penetración del dedo, subiéndose sola, clavándose.
Me di cuenta, y le busqué meter otro. Nina estaba por pegar un gritito, y le tapé la boca con la mía. Entonces hizo un ruido, pero no de desesperación: yo lo sentí en la boca, era un «mmmm», un sonido de placer, de afirmación, de «sí, más».
Me acerqué y le pregunté al oído:
—¿Te gustó más que cuando te movías en mi rodilla?
Nina me miró como diciendo «claramente me descubrieron». Pero sin hablar. Yo le sonreí.
—Disfrutalo —le dije—. El tío te va a ayudar a sentir rico cuando quieras, si guardás el secreto y vos querés.
Hizo que sí con la cabeza. No podía hablar del placer.
Moví los dedos más rápido. Le di besitos en la cabeza, en el cuello, y con la otra mano le acaricié el poto. No era tan paradito como el de Emma, pero era duro, una piedra. Hermosa la enana.
El movimiento subió de ritmo. Nina se movía más, y yo la ayudaba.
—Dale —le dije al oído—. Sí, movete. Se te viene algo rico. Dale, amor, así, movete, siii.
—Ay, tío… —dijo Nina—. Es raro, siento que… ay, tiooo, se siente muy rico, tío, siii, me gustaaa, siii, tiiooo.
La besé para que no gritara, justo cuando Nina me abrazó con fuerza, prendiéndose de mí. El cuerpo se le puso duro, le tembló todo, y un «mmmmmmmm» largo, que yo le tapé con la boca, hasta que aflojó, como una muñeca de trapo, y se relajó entera contra mí.
La dejé así un rato, sin sacar los dedos, para que bajara despacio. Sentía su corazón latiéndome contra el pecho, rapidísimo, y después más lento, hasta que se le fue calmando. Recién ahí saqué los dedos, uno y después el otro, y la abracé. Le di besos en la cabeza, en el pelo mojado.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Nina tardó en contestar. Se quedó con la cara pegada a mi cuello, respirando.
—Sí —dijo al fin—. Fue muy raro. Me tembló todo. Todo, todo. Hasta las piernas.
—¿Y te gustó?
—Y… sí —dijo, y se rió, cortito, contra mi cuello.
—Acordate que…
—Es un secreto, tío, ya sé —me interrumpió, y levantó la cabeza para mirarme—. No lo voy a contar. Ni a Emma, ni a mis papás, ni a la escuela, ni a la seño. Prometo. No soy tontita.
—No sos tontita —le dije.
—Ya sé.
Y lo dijo con una cara que no era de alguien que acababa de tener un orgasmo, sino de una nena bromeando, con una sonrisita de costado, la cara de caradura de siempre.
—Tío —dijo, de golpe, seria.
—¿Qué?
—¿Me lo vas a hacer otra vez?
—Cuando quieras —le dije.
—¿En serio?
—En serio.
—Bueno —dijo, y se quedó pensando—. Pero no me toques el poto de nuevo, que es raro.
—¿Y te gustó o no? —le dije.
—Me gustó —dijo, rápido.
—No, no me dijiste bien —insistí—. A ver, decime la verdad. Me parece que te gustó mucho.
Nina se quedó callada, dudando, como si le diera un poco de vergüenza.
—Bueno, sí —dijo al final, y se rió—. Pero ahí se hace caca, tío. Ahí sale la caca.
Se rió sola, y me miró como esperando que yo dijera algo, que la tranquilizara.
—¿Y a vos te da asco? —preguntó.
—¿A mí? —le dije—. No me da asco nada. Además vos tenés un poto muy lindo. Y a ese poto hay que hacerle mimos, no asco.
Nina se rió a carcajadas, con la boca grande, tapándose con la mano para no hacer ruido. La tuve que agarrar para que no se hundiera.
Nos quedamos abrazados un minuto más. Nina apoyada contra mí, tranquila, con la cabeza en mi hombro, como si acabara de terminar una carrera y estuviera tomando aire. Después se separó, se pasó la mano por la cara y dijo:
—Bueno, tío. Me voy a salir, quiero agua.
—Vení —le dije, y le di un pico.
Nina lo recibió, y otra vez me miró seria, seria, y después convirtió la mirada en una sonrisa traviesa, de esas que hace ella.
—¿Y a la seño se lo puedo contar? —preguntó, ya desde el borde.
—A la seño no. A nadie.
—Es un chiste, tío —dijo, y se rió—. Ya sé que no se puede contar. En la escuela nos dicen que eso no se hace.
Y se fue caminando por el borde de la pileta, chorreando, sin mirar atrás.
La pendeja entiende todo, pensé.
Salimos juntos para la casa.
Entramos al quincho y Nina se dejó caer en una silla, con la cara de cansada, el pelo mojado y revuelto, las marcas del sol dibujadas en los hombros.
—¿Y? —le preguntó Xime—. ¿Te divertiste en la pileta?
—Sí —dijo Nina, y me miró—. Me divertí con el tío.
Y me guiñó un ojo. Descarada, sin ningún disimulo, con las dos manos apoyadas en la mesa como si nada.
La tía levantó la cabeza de la revista.
—Claramente el tío se convirtió en el favorito de la casa —dijo, con esa media sonrisa—. Fijate.
El papá de Emma y de Nina estaba en el living, tirado en el sofá, mirando el partido. Nina se levantó y se dejó caer al lado de él, con la cabeza contra su brazo.
—¿Y Emma? —pregunté.
—Está en la habitación, enojada —dijo Xime, sin darle importancia—. La reté por desordenada. Dejó todo tirado en el cuarto.
Y yo, mientras Xime hablaba, sentía el cuerpo en otra parte. Estaba caliente. La cabeza me daba vueltas, y el cuerpo también. Traté de no pensar mucho, porque cada vez que pensaba me la sentía dura y no quería caminar por la casa con la malla armada. Pero igual la tenía. Sentía la leche en los huevos, las ganas de coger a mi sobrina, a mi pequeña embrita, de meterla y no salir más.
—Me voy a poner ropa seca —dije, y me fui para adentro.
Pasé por el baño, me sequé rápido con la toalla, me puse el short, y de ahí seguí derecho, descalzo, por el pasillo, hasta la habitación de las nenas.
La puerta estaba entornada. Empujé despacio.
Emma estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas, los brazos cruzados, la cara de enojada, y los ojos llenos de lágrimas que no se había molestado en secarse. Me vio entrar, y no me miró. Se quedó con la vista clavada en la pared.
Entré y cerré la puerta.
Me senté al lado, en el borde de la cama, y le sequé las lágrimas con el pulgar. La piel mojada, tibia, la sal pegada en el pómulo. Ella se dejó, pero sin aflojar la cara.
—¿Y por qué tan enojada? —le pregunté.
No contestó.
—¿Es por lo del cuarto? —insistí—. Porque no me parece que sea por el cuarto.
Seguía callada.
—Ah —dije—. Es porque me quedé jugando con Nina. Los dos solos.
Emma me miró, con una cara de enojada que era casi una confesión.
—Es eso —dije—. Estás celosa.
—No.
—Sí. Estás re celosa.
—No, no estoy celosa —dijo, y se dio vuelta para el otro lado.
—Dame un beso —le dije.
—No quiero.
La agarré de la cintura, la levanté en el aire y la senté sobre mis piernas, de espaldas a mí, mirando para la puerta. Sentí el peso chiquito, el calor del cuerpito todavía fresco de la pileta, la piel húmeda de la malla.
—Soltame, tío. No quiero. Daleeeee —protestó.
—Hacé silencio —le dije—. Porque no saben que estoy con vos acá, y si hacés lío me van a descubrir.
Emma se calló. Pero me corrió la mirada, sin darse vuelta.
—Emma —le dije—. Vamos a estar juntos casi una semana, solos, allá en Mar del Plata. Y tampoco es justo que yo no juegue con tu hermanita.
—Pero sos mi novio —dijo, y ahí sí se dio vuelta, y me miró con los ojos encendidos, llenos de reclamo.
Y ahí me di cuenta de que eso iba a ser difícil de manejar. Que la nena me quería para ella sola, y que con Nina encima la cosa se iba a complicar.
—¿Te acordás del video? —le dije—. El de las dos nenas. El que te gustó tanto.
—Sí, me acuerdo —dijo, desconfiada.
—Esas nenas son hermanas —le dije—. Y comparten al novio. A veces el amor es compartir esas cosas también. Y si vos, como hermana mayor, le mostrás a tu hermana que podés compartir, por ahí va a ser más fácil que la pasemos bien juntos.
Emma me miró extrañada, como si lo que le decía no fuera algo que terminara de entrarle.
—O sea, ¿ser novios los tres? —preguntó.
—Y por ahí sí —le dije—. Por ahí tenemos que ser novios los tres. Por ahí no. Por ahí tu hermana no quiere compartir tanto. Pero si ustedes se pelean cada vez que yo vengo, no van a querer que nos veamos tanto.
Y mientras le hablaba, le metí la mano por debajo de la bombachita. La tela mojada, el elástico que se corría, y adentro la piel caliente, la carne dura del poto, la ranura. Empecé a manosearle el poto y la concha, casi descaradamente, mientras le daba besos en el cuello, sintiéndole el pulso ahí, en la vena, latiéndole rápido.
—Pero tío —dijo Emma—, los novios son siempre un nene y una nena.
—¿Y quién te enseñó eso?
—En la escuela.
—En la escuela también te enseñaron que yo no puedo hacerte esto que te estoy haciendo —le dije—. Y a mí me parece que te gusta.
Y era verdad que le gustaba, porque la piel se le puso toda roja, el pecho le subía y bajaba, y ella se abrió bien de piernas, para sentir el contacto en sus orificios, buscándome la mano con las caderas.
Le encontré el botoncito, duro, chiquito, y se lo acaricié con la yema, en círculos.
—Este puntito está con ganas de que el tío le dé besitos —le dije.
Emma dejó escapar un suspiro.
—Tioooo… —dijo—. Nos pueden ver.
—No me importa —le dije—. Tenemos poco tiempo. Pero prometeme una cosa. Que no te vas a pelear con Nina.
—Ah, tío…
—Prometeme.
—Lo prometo —dijo, y se le fue el aire, porque justo le metí parte del dedo en la conchita y empecé a estimularla desde adentro, con la yema hacia arriba, mientras el pulgar le rozaba el clítoris.
La conejita de Emma estaba empapada. El dedo entraba solo, se deslizaba, y adentro estaba caliente, blando, apretado. La pared le palpitaba. Y Emma se movía, se clavaba, buscando más.
Entonces se dio vuelta y me besó en la boca, con pasión, con la boca abierta. No era un beso de nena. Era un beso abierto, torpe, húmedo, que había aprendido hacía poco y que repetía como podía. La boca chiquita, caliente, buscándome la lengua. Yo le empujé el beso, y aprovechando la lubricación, que era mucha, le metí un dedo en el anito.
—Emita —le dije—. Estás re mojadita. Qué rico, princesa. Te amo, mi putita.
—Ahh, tío —dijo ella—. Extrañaba que me digas así… Tioooooooo.
Y lo dijo por el placer, por los masajes, por los dedos que la recorrían despacio.
—Sí, amor —le dije—. Dame la lenguita, que me encanta.
Emma sacó la lengua, tímida al principio, y me la puso entre los labios. Y ahí se largó. Me la metió en la boca, la movió, la enredó con la mía, sin técnica, sin ritmo, con las ganas nomás, con todo el cuerpito empujando atrás del beso. La respiración le salía por la nariz, caliente, apurada, y me mojaba la cara. Tenía la boca blanda, chiquita, llena de saliva, y cuando yo se la chupaba, ella se apretaba más, como si le dieran de comer. Se le escapaban unos ruiditos húmedos, chasquidos chiquitos, y el aliento le salía tibio, con un gusto a pileta, a nena, a algo dulce de adentro.
Nos separábamos un centímetro, respirábamos, y volvíamos. Yo le chupaba el labio de arriba, después el de abajo, y ella me imitaba, me hacía lo mismo, y se le llenaba la boca de saliva. Tenía la saliva por el mentón, por las comisuras, y no le importaba. Estaba transpirada, con el pelo pegado a la cara, y la boca le brillaba. Le puse la mano en la nuca y la sostuve, y Emma se dejó, con la lengua afuera, ofreciéndome más, buscándome, como si el beso le hiciera el mismo efecto que los dedos.
Era algo nuevo para ella, y se le notaba la sorpresa: no sabía que la boca podía dar tanto. Se reía en el medio del beso, se le escapaba una risita contra mis labios, y después volvía, con más ganas. Y cada vez que volvía, el calor le subía, y las caderas se le movían solas, contra mi mano, contra mis dedos, mientras me chupaba la lengua como si fuera lo único que le importaba en el mundo.
—Nena —le dije, mientras la besaba—. Cómo te voy a culiar en Mar del Plata. Te vas a convertir en mujercita. Por la conejita y por el culito, amor.
—Sii, tío —dijo—. Quiero probar que me la metas adentro. Que me culies como mami hace con papi.
—Te voy a culiar mejor, amor —le dije.
Los dedos me recorrían esa conchita mojada, toda humeada por la calentura de Emma, cuyo cuerpo se retorcía, caliente, abrazado a ese adulto que le vulneraba la inocencia, que le proponía un trío con su hermanita de siete años.
El dedo que le invadía el anito, lejos de resultarle incómodo, parecía darle un placer indescriptible. El anito apretaba, se cerraba, se abría, y Emma se estremecía cada vez que yo lo movía, porque con el mismo movimiento, desde adentro, le llegaba también a la conchita, separadas apenas por esa telita fina. Yo ya estaba acostumbrado a estimularlas así, y era un placer extraño, porque sentía la caquita de mi sobrina, y no me molestaba. Era algo mágico verla disfrutar ese estímulo.
Emma se retorcía toda de placer, abría la boca, y me buscaba con la lengua.
—Tío —dijo, de golpe, entre beso y beso—. Tengo tu regalito.
—¿Qué regalito, princesita?
—Las bombachitas que me pediste. Tengo la mía de gimnasia, la de Nina de gimnasia, y la de mi mami, de la noche que cogió con mi papá.
Paré de besarla y la miré.
—Sos la mejor novia del mundo —le dije—. Gracias por el regalito. Me encanta.
Emma se sintió muy orgullosa, y se le notó en la carita.
Todo esto pasaba conmigo tocándola sin parar, despacio, al ritmo que su cuerpo podía procesar esas cosas lindas. Agarré las bombachitas. Primero olí la que sospechaba que era de ella. La tela de algodón, todavía con la forma, el elástico, y en el centro el olor concentrado, agrio y dulce a la vez, el olor de su conchita.
—A que esta es tuya —le dije.
—¿Cómo sabés? —dijo, sorprendida.
—Porque nunca me voy a olvidar de tu olor —le dije—. Es el perfume más rico del mundo.
Emma se puso más colorada y siguió moviéndose despacio, disfrutando los dedos de mi mano que la tocaban abajo de la ropa de baño. No la desnudé. Me encantaba tenerla vestida así, con su bikini infantil.
Después la hice oler su propia bombachita.
—Olé, amor —le dije—. Sos tan rica, mi reina.
—Ahhh, tío —gimió Emma, de forma infantil.
Inspiró, y lo pensó, pero no lo dijo: le encantaba el olor de su conchita transpirada.
—¿Puedo oler las otras acá? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Es un regalo.
—Es un regalo hermoso —le dije.
Agarré la de Nina. Tenía dibujos de unicornios. La olí profundo. Era un poco más salvaje que la de Emma, tenía un poco más de olor a pis, como a descuido, un olor más animal, más de nena que se olvida de limpiarse.
—Mm —dije—. Tu hermanita es re cochinita, ¿no?
Emma dejó escapar una risita, pero en el medio de la risa los dedos me entraron más en el poto y le estimularon más la conchita, y se le fue el aire.
—Ahh, sí, tío —dijo—. Ella es… ella es más chancha. A veces no se limpia bien.
—¿Vos la oliste antes? —le pregunté.
—No —dijo.
Pero le aumenté la velocidad sobre el clítoris, y le pregunté otra vez.
—Siiii, tío, siiii —dijo—. La olí cuando la robé.
—¿Y te gustó?
—Sii —dijo—. Algo es raro. Pero me gustó olerla.
La dejé y tomé la tanga de Xime. Era distinta, más grande, más fina, de esas que se usan para estar linda. La miré.
—¿Olista a mami? —le pregunté.
Emma hizo que sí con la cabeza, con un gesto gracioso, porque ya le costaba pensar en otra cosa que no fuera el placer en su conejita, en el botoncito, en su anito.
—¿Te gustó? —le pregunté.
—Sí, tío —dijo—. Es más fuerte que el mío y que el de Nina. Me gustó mucho.
—Sí —le dije—. Porque es más grande. Es una hembra adulta. Te gusta el olor de donde saliste, amor. Vos saliste de este agujero.
Y le puse la tanga de Xime en la nariz, para que la oliera. Emma olió como si fuera una droga, con los ojos cerrados, la nariz pegada a la tela, y respiró hondo, dos veces, tres.
—Te amo, chanchita —le dije—. Me encanta que seas así. Cuando estemos en Mar del Plata la vamos a pasar muy bien, amor.
Emma, agitada, caliente, sudando, se me pegó, tomó la bombacha de su mamá, y me habló al oído:
—Quiero que me la chupes toda.
La recosté en la cama, le saqué los dedos despacio, uno y después el otro, y me bajé. Me puse entre sus piernas, abiertas, y antes de bajar la boca le llevé los dedos —los mismos que le habían estado jugando en los dos agujeros— a la nariz y a la boca.
Emma los agarró con las dos manos, se los metió entre los labios, y chupó. Chupó con ganas, con la lengua, buscando el sabor, como si le dieran algo rico. Olía, respiraba, se relamía, y volvía a chupar. Uno por uno, los dedos, los pasaba por la lengua, los mamaba, se los sacaba y se los volvía a meter, y me miraba mientras lo hacía, como buscando mi aprobación. Y ahí entendí que ella también entendía algo: entendió que a mí me encantaba verla hacer esas cosas sucias. Que me gustaba que se secara los dedos con la lengua, que se los chupara, que probara su propio gusto. Y a ella también le empezó a gustar. Eso tan prohibido, eso que le decían siempre, de nena, que no debía hacer. Tocar sus partes. Olerse. Buscar esas cosquillas. Que no podía hacerlo con otro porque era chiquita, que no podía tener novio. Y yo la hacía sentir una chica grande, y conmigo podía compartir todo. Conmigo podía ser una grande y una chica al mismo tiempo. Y a mí me gustaba eso: ser el que le abría la puerta, el que le mostraba todo lo que su cuerpito podía dar.
—¿Te gusta tu gusto? —le pregunté, bajito.
—Sí —dijo, con la boca llena de dedos—. Es raro. Pero rico.
—Es tu olor, amor. Es el olor de tu conejita.
—Ya sé —dijo, y se rió, y siguió chupando.
—¿Sabés que a mí me encanta que te lo chupes?
—¿Sí? —dijo, y se le iluminó la cara.
—Mucho. Me encanta que seas cochina.
Y le gustó la palabra. «Cochina». Se le quedó, se le instaló, y siguió chupando los dedos con más ganas todavía, mirándome, como para que yo viera lo cochina que era.
Me quedé abajo, disfrutando el sabor de esa conejita húmeda, babosa, chupando ese clítoris chiquito que asomaba por debajo de la bombachita del bikini. La tela se le corría, la carne asomaba, y yo la chupaba, la chupaba, subía y bajaba, pasaba la lengua por toda la rayita y volvía al botoncito. Lo chupaba, lo apretaba con los labios, se lo mordía apenas, y ella se levantaba la cola buscándome la boca.
—Tío —decía—. Ahí no, ahí no… ahhh, ahí sí.
—Acá, ¿ves? —le decía, y le pasaba la lengua otra vez por el botoncito.
—Ahhh, sí, tío, ahí…
No teníamos mucho tiempo, y yo lo sabía. Pero quería hacerla disfrutar. Y quería disfrutar yo.
Me saqué el pene por arriba del short, y empecé a masturbarme, preso de la excitación. La pija dura, roja, caliente, y la mano subiendo y bajando. Si alguien aparecía en ese momento, no había forma de disimular: yo en el piso, con la boca entre las piernas de mi sobrina, y la pija en la mano. Rezaba para que mi cuñado no pudiera dejar el partido, para que mi esposa y mi cuñada estuvieran distraídas charlando en el quincho, para que los primos no se les ocurriera entrar al cuarto. Por suerte los escuchaba a todos afuera, en la pileta, y hasta me pareció oír a Nina de vuelta en el agua. Eso nos daba más tiempo. Más tiempo para esto. Para el sueño este en el que estaba metido y del que no quería salir.
Emma se retorcía de placer, con mi mano en la boca. Chupaba los dedos, los olía, y pasaba su lengüita por entre ellos, despacio, uno por uno. Y en el medio de eso, como si se sacara algo de adentro, me confesó, bajito:
—Tío… también olí los boxers de Thiago y de papá.
—¿Ah, sí? —le dije, y sonreí, como si fuera una confesión esperable—. ¿Y cuándo?
—Cuando no estaban. Los saqué de la ropa sucia y los olí. Y después los volví a poner.
—Me parece bien —le dije—. Me parece bien que te atrevas a disfrutar de esas cosas. Mientras no te descubran.
—¿Y qué pensabas cuando los olías? —le pregunté. Porque eso quería saber. Qué se le armaba a la nena en la cabeza.
Emma se quedó un segundo, como si le diera un poco de vergüenza, y después se largó.
—Pensaba… en cómo deben ser. Los pitos. El de Thiago, cuando vuelve del club, con el short pegado. Pienso que se lo debe estar tocando, y por eso el boxer está así. Pienso que debe estar duro, y que si él quisiera, yo se lo podría tocar.
—¿Y el de tu papá?
—El de papá es distinto. Es más grande. Pienso en él con mamá. Cuando cierran la puerta, a la noche. Pienso que se lo hace, y que ella… bueno.
—¿Y eso te gusta?
—Sí —dijo—. Me da… no sé. Como calor.
—¿Cuál te gustó más? —le pregunté después.
—El de Thiago —dijo Emma, sin pensarlo—. El de Thiago después de jugar a la pelota es el más rico.
—¿Y eso?
—Tiene como más olores. Y unas cositas duras y blancas.
Entendí. Mi sobrino se había limpiado la chechona con el boxer, y Emma había encontrado eso, seco, pegado en la tela. Me causó gracia, y me lo guardé. La nena había olido el semen de su hermano sin saber que era semen.
—Tío —dijo Emma, de golpe, con la boca sucia de sus propios dedos—. También espié a mi hermano. Y tiene el pito re grande. Creo que más grande que el tuyo.
Levanté la mirada. Y despacio, le volví a meter un dedo en la cola.
—¿Así que más grande? —le dije—. ¿Y te gustó el pito de tu hermano?
Emma se retorció de placer, no podía parar de gemir.
—Siiii, me gustó.
—¿Te gustaría probarlo?
—Ahh, no sé, tío. Es mi hermano. Por ahí se enoja si se entera.
—Por ahí no —le dije—. Por ahí le vendría bien que su hermanita le haga mimos en el pito. Como si fueran novios.
—Ahh, pero tío —dijo Emma—. Yo soy tu novia.
—Sí. Pero como te dije con Nina: hay que compartir. Y yo puedo compartirte… todo lo que quieras.
—Oooh, tío… pero… ¿cómo?
—No sé. Después veremos —le dije—. Pero no tengas miedo de contarme las cosas. Me encanta que me cuentes lo que sentís y lo que querés, princesa. Te amo.
Y volví a hundir la cara y le chupé la vagina otra vez. La tenía blandita, abierta, empapada, y le chupaba todo: subía y bajaba, del anito a la concha, del anito a la concha, con la lengua ancha, sin apuro, sintiéndole cada pliegue, cada repliegue, la telita esa que le separa los dos agujeros, y volvía a bajar y le lamía la rayita entera. Después, por momentos, le succionaba fuerte el clítoris, se lo chupaba como si fuera un caramelo, y se lo apretaba entre los labios, y ella levantaba la cola buscándome la boca. Y a la vez le dedeaba la cola, le metía los dedos hasta el fondo, uno y después dos, y los movía, y sentía cómo el anito se le abría y se le cerraba, cómo apretaba, cómo latía. El cuerpito le temblaba entero. La nena estaba por tocar el cielo.
Le puse la bombacha de la mamá en la cara.
—Olé —le dije—. Disfrutá este olor mientras te chupo.
Emma empezó a oler. Agarró también la de Nina, y las olía a las dos, intercaladas, se las llevaba juntas a la cara, la nariz pegada a la tela, respirando hondo, la boca abierta. Y mientras olía, mientras se llenaba la nariz con el olor de su mamá y de su hermana, yo seguía abajo, ahora masajeándole el clítoris con la lengua y metiéndole dos dedos en el anito, que tal vez, si no hubiera sido por el poco tiempo, ya la habría penetrado ahí mismo.
—Ahhh, tío —gemía—. Ahhh, sii, tío. Ahii. Ahiii. Ahiíiiii.
Mordió la bombachita de Nina para no gritar. Y el cuerpo se le puso duro, las piernas se le estiraron, los dedos de los pies se le cerraron, y la espalda se le arqueó toda contra la cama. Empezó a temblar, a sacudirse, en oleadas, y de la conejita le salió un fluido espeso, tibio, transparente, que yo junté con la lengua, sin perder una gota, sintiéndolo caer, sintiéndolo en la boca, con su gusto salado y dulce a la vez. Gimió, se sacudió, se sacudió, y al final se relajó, blanda, con los ojos cerrados, la boca abierta, el pecho subiendo y bajando, con la bombachita de su hermana todavía mordida entre los dientes.
—Ahh, tío —dijo, riéndose, satisfecha—. Eso estuvo genial. Tiooooo. Me gustó.
—¿Ves? —le dije—. Te dije que te iba a gustar.
—Me gustó mucho.
—¿Sentiste las cosquillas ricas?
—Sí —dijo, y se rió, con los ojos todavía cerrados—. Muchas cosquillas ricas.
Pero yo no estaba satisfecho. Yo seguía con la pija dura en la mano, palpitando, y la cabeza me daba vueltas. Quería más. Necesitaba más.
Me levanté, me puse la pija apoyada contra la conchita, y empecé a masajearme. La refregaba contra la concha y la cola, arriba y abajo, amenazando con entrar pero sin entrar, y el glande, rojo, hinchado, caliente, se le deslizaba por la ranura, se le hundía apenas, se le volvía a salir, todo mojado con la humedad de la conchita de Emma, con el fluido de su orgasmo. Y la besé, compartiendo el gusto, mientras me pajeaba obscenamente contra los genitales de la nena.
Emma me devolvió el beso, saboreando. Compartiendo ese gusto obsceno, esos olores y sabores que estaba aprendiendo a sentir sin asco, a disfrutar. Los residuos de su propio cuerpo, en mi boca, la de su tío que tanto amaba. Y se movía, se movía contra mí, buscando el roce, y sentía su conchita caliente y mojada apretándome el glande, y la cola también, todo ahí, tan cerca, tan a mano.
—Ahhh, Emma —dije—. Te quiero ensuciar, amor. ¿Me dejás ensuciarte con chechona?
—Siiii, tío —dijo ella—. Dejame sucia. Dejame cochina con la chechona.
—Ahh, amor. Ahhh. Gracias, amor, por prestarme tu cuerpito. Graciasss. Mmmmm. Dios.
Dije tratando de no gritar, mientras todo el cuerpo se me puso duro, y las piernas, y la mano se me iba sola, rápido, y la pija me palpitaba, y en un momento sentí que ya, que se venía, que no podía parar. Y ahí salió. Un enorme torrente de semen, espeso, blanco, caliente, que se fue a detener en el canal de la cola de Emma y en su vulva, enchastrándole toda la entrepierna, y que quedó apenas contenido, ese río de chechona, por la bombachita del bikini. Y yo seguía saliendo, y seguía, y la mano me temblaba, y se me escapaba el aire por la boca, hasta que se me fue vaciando y me relajé.
Emma se quedó quieta, sintiendo. Sintiendo el charco tibio en la entrepierna, la tela empapada, el semen corriéndole por la cola.
—Ahh, tío —dijo—. Está todo mojado.
—Sí —dije—. Es mi chechona.
—Es raro. Está calentito.
—¿Te gusta?
—Sí —dijo, y se rió—. Me gusta.
Así nos quedamos, abrazados, un momento, besándonos despacio, con la respiración todavía corta, los dos, sin hablar.
Hasta que nos levantamos. Emma dijo que se iba a limpiar. La agarré de la cintura, la atraje hacia mí, y le hablé al oído.
—No te limpies. Que te lo tape la bombachita. Quiero que sientas la chechona en la piel. Cuando vayamos a Mar del Plata vas a estar así, sucia, si me dejás.
—Tío, mi mamá se puede dar cuenta.
—No. Cuando te metas a la pileta se va. Y además la tela es clarita.
—Ok, tío, lo hago. Se siente raro. Pero me gusta sentir tu chechona.
—Jajaja, porque sos re chanchita, amor —le dije, y la besé—. Y acordate: no te pelees más con Nina.
—No me peleo más.
—Y ahora, cuando vamos para allá, con una sonrisa. Y después, a pensar en nuestro primer viaje de novios. Te amo, mi reina.
—Yo a vos también te amo, tío —dijo, y me dio un beso.
—Tío, no te olvides las bombachitas —me dijo, ya desde la puerta.
Las escondí en la ropa interior, para después pasarlas a la mochila.
Después aparecimos caminando los dos, donde estaban todos reunidos. La tía levantó la cabeza.
—Mirá quiénes aparecieron —dijo—. Ya estábamos por llamar a la policía para que los busque.
—Estábamos charlando —dijo Emma.
—¿Se te pasó lo chinchuda? —le preguntó Xime.
—Sí —dijo Emma—. Hablé con el tío y no peleo más con Nina. Y ya ordené el cuarto.
—Ayyy, ella con su tío —dijo la tía, y se rió.
—Le voy a tener que decir que venga a vivir con nosotros —dijo Xime—, así te calma la locura a vos.
—Ojalá viniera —dijo Emma—. Porque es mi tío favorito. ¿Yo soy tu favorita, tío?
La tía se rió.
—Ahí está otra vez. Es mi marido, cheeeee.
Emma me abrazó de la cintura.
—Que nooo —dijo.
—Andá a la pile con tus hermanos y tus primos, dale —le dije, y me acerqué y le hablé bajito, pero lo suficiente para que todos escucharan, en tono de broma—: Sos mi favorita. Pero que la tía no se entere, que es re celosa.
CONTINUARA
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